KRISHNAMURTY BIOGRAFIA
domingo, 29 de septiembre de 2013
PREFACIO
PREFACIO
A
fines de 1950, Krishnaji ‑así se conoce a J. Krishnamurti en la India y es como
le conocen sus amigos de todo el mundo me sugirió que escribiera un libro
sobre su vida, basado en las notas que yo había conservado desde la primera vez
que me encontré con él en 1948. Comencé a escribir este libro en 1978.
He
intentado escribir acerca de Krishnamurti el hombre, el maestro, y sobre su
relación con los muchos hombres y mujeres que formaron parte del panorama de la
India. El libro se concentra en la vida que Krishnaji pasó en la India entre
1947 y 1985, pero ciertos relatos de sus primeros años se hicieron necesarios
como telón de fondo para desarrollar la historia del joven Krishnamurti.
También se ha incluido algún material nuevo jamás publicado hasta la fecha.
El
lector advertirá pronto que Krishnamurti es llamado en este libro con varios
nombres diferentes. Me he referido a Krishnamurti como Krishna cuando era un
muchacho, porque así se le conocía; como Krishnaji desde 1947, porque por
entonces fue para mí el gran maestro y profeta. Ji es un término de respeto que, en el norte de la India, se agrega
a los nombres tanto masculinos como femeninos; en familias chapadas a la
antigua, aun el nombre de los niños lleva añadido el sufijo, pues se considera
signo de descortesía dirigirse a una persona, hombre o mujer por su primer
nombre. En el sur de la India no se añade ningún sufijo, y el ji es desconocido. Es probable que Annie
Besant, debido a sus estrechas relaciones con Varanasi, agregara el ji al nombre de Krishna como un término
de cariño y respeto.
La
mayoría de los maestros religiosos en la India, tienen un prefijo agregado a
sus nombres, tal como Maharshi, Acharya, Swami o Bhagwan. Krishnaji jamás
aceptó ningún título semejante. Se refería a sí mismo en los diálogos o en sus
diarios, ya sea como “K” o con el impersonal “nosotros”, para sugerir la
ausencia del “yo”, del sentido egocéntrico de la individualidad. Por lo tanto,
cuando en este libro me refiero al hombre o al maestro de una manera
impersonal, lo hago como “Krishnamurti” o como “K”.
Krishnaji accedió a sostener diálogos conmigo, y estos forman parte del
libro. Casi todo lo escrito proviene de notas tomadas por mí durante o
inmediatamente después de las conversaciones o diálogos. Desde 1972 en
adelante, algunos de los diálogos fueron grabados en cinta magnetofónica y se
transcribieron de ahí.
Ciertos acontecimientos que se discuten en el libro ‑los encuentros de
Krishnaji con Indira Gandhi, su relación con Annie Besant podrían llegar a ser
polémicos. Estos capítulos se los leí en voz alta a Krishnaji para que los
comentara. También envié a Indira Gandhi el capítulo que describe sus
encuentros con él; ella sugirió algunos cambios menores, los que han sido
incorporados.
Deseo
testimoniar mi profunda gratitud a Sri Rajiv Gandhi por permitirme incluir las
cartas de Indira Gandhi; a la Krishnamurti Foundation de Inglaterra por
permitir la publicación de los diálogos que sostuve con Krishnaji en Brockwood
Park; a la Krishnamurti Foundation de la India por el permiso concedido para
publicar los diálogos y las pláticas en la India; a Smt. Radha Burnier,
Presidenta de la Sociedad Teosófica, por toda su bondad y su ayuda al hacer
asequible el material guardado en los archivos de la Sociedad Teosófica; a Sri
Achyut Patwardhan por sus numerosas conversaciones, a Smt. Sunanda Patwardhan por
permitirme el acceso a sus notas y grabaciones personales; a mi hija Radhika y
a su esposo Hans Herzberger por sus comentarios críticos; a Sri Murli Rao por
ciertos manuscritos que puso en mi conocimiento; y a los muchos otros amigos
que han compartido sus experiencias conmigo. También me gustaría agradecer a
Sri Asoke Dutt su amistad y la inmensa ayuda que prestó para hacer posible la
publicación; a Mr. Clayton Carlson de Harper & Row por sus valiosas
sugerencias, su interés y su apoyo; a Sri Benoy Sarkar por su inapreciable
ayuda en elegir y cotejar las fotografías; al Instituto Nacional de Dibujo en
Ahmedabad; a los herederos de Mitler Bedi; a Asit Chandmal, Mark Edwards y A.
Hamid por permitirme el uso de sus fotografías; a A.V. José por su completo apoyo
y supervisión; y a M. Janardhanan por acompañarme pacientemente en la
preparación del manuscrito.
“CANTO PARA UN PAJARO AMARRADO”
Despierta, levántate, estando cerca
el gran maestro, aprende.
El camino es difícil, cruzarlo
es como andar sobre el agudo
filo de una navaja.
KATHA UPANISHAD III
Conocí por primera vez a Krishnamurti en enero de 1948. Yo tenía treinta
y dos años y había venido a vivir a Bombay después de casarme con mi esposo,
Manmohan Jayakar, en 1937. Mi hija única, Radhika, nació un año más tarde.
Hacía
cinco meses que la India era independiente, y yo veía extenderse por delante un
grato futuro. Mi entrada en la política era inminente. En esa época, los
hombres y mujeres comprometidos en la lucha por la libertad, se volcaban también
hacia lo que por entonces se conocía como los programas sociales o
constructivos iniciados por el Mahatma Gandhi. Esto abarcaba todos los aspectos
concernientes al establecimiento de la nación, particularmente aquellas
actividades relacionadas con la India de las aldeas. Desde 1941 yo me había vuelto muy activa en cuestiones de
organización vinculadas al bienestar de las mujeres aldeanas, de las
cooperativas y de las industrias del campo. Para mí fue una iniciación ardua y
rigurosa. Con la libertad, las consecuencias de la partición me vieron en el
centro mismo de la principal organización de ayuda establecida en Bombay para
los refugiados que, a montones, ingresaban al país desde Pakistán.
Una
mañana de domingo fui a ver a mi madre, que vivía en Malabar Hill, Bombay, en
un viejo “bungalow” de estructura irregular techado con tejas de la región. La
encontré acompañada por mi hermana Nandini, ambas listas para salir. Me dijeron
que Sanjeeva Rao, que había estudiado con mi padre en el King’s College de Cambridge,
había venido a ver a mi madre. Él observó que, aun después de varios años de
luto, ella seguía sumida en un gran dolor por la muerte de mi padre. Se había
sugerido, entonces, que un encuentro con Krishnamurti podía ayudarla. Una
imagen acudió de súbito a mi mente: la escuela de Varanasi (Benarés), donde yo era estudiante diurna
a mediados de 1920. Rememoré la visión de un Krishnamurti muy joven, una figura
delgada, hermosa, vestida de blanco; estaba sentado con las piernas cruzadas,
mientras uno de los cincuenta niños ponía flores delante de él...
Esa
mañana yo no tenía nada que hacer, de modo que acompañé a mi madre. Cuando
llegamos a la casa de Ratansi Morarji en Carmichael Road, donde estaba alojado
Krishnamurti, vi a Achyut Patwardhan parado fuera de la entrada. En años
recientes él se había convertido en un combatiente revolucionario por la
libertad, pero yo le conocía desde que éramos niños y vivíamos en Varanasi, en
1920. Conversamos por unos momentos antes de entrar en el salón para esperar a
Krishnamurti.
Krishnamurti penetró en la habitación silenciosamente, y mis sentidos
estallaron; tuve una súbita e intensa percepción de inmensidad y resplandor. Él
llenó la estancia con su presencia, y por un instante me sentí arrasada. No
podía hacer otra cosa que mirarlo fijamente.
Nandini presentó a mi madre, de cuerpo frágil y diminuto, y luego se
volvió y me presentó a mí. Nos sentamos. Con cierta vacilación, mi madre
comenzó a hablar de mi padre, de su amor por él y de la tremenda pérdida que
ella había experimentado y que parecía incapaz de aceptar. Le preguntó a
Krishnamurti si se encontraría con mi padre en el otro mundo. Por entonces, la
acrecentada intensidad de percepción que su presencia había evocado al
principio, comenzaba a desvanecerse, y me acomodé en la silla para escuchar lo
que yo esperaba iba a ser una respuesta consoladora. Sabía que muchas personas
acongojadas le habían visitado, y estaba segura de que él conocería las
palabras con las cuales confortarlas.
Abruptamente, habló: “Lo siento, señora. Usted ha acudido al hombre
equivocado. Yo no puedo darle el consuelo que busca”. Me enderecé en el
asiento, perpleja. “Usted quiere que yo le diga que se encontrará con su esposo
después de la muerte, ¿pero qué esposo desea usted encontrar? ¿El hombre que se
casó con usted, el hombre con quien estaba cuando usted era joven, el hombre
que murió, o el hombre que hoy sería él si hubiera vivido?” Se detuvo y
permaneció en silencio por unos instantes. “¿Qué esposo desea encontrar? Porque,
seguramente, el hombre que murió no era el mismo que se casó con usted”.
Percibí un restallido de atención en mi mente; yo acababa de escuchar
algo extraordinariamente retador. Mi madre parecía muy perturbada. No estaba
preparada para aceptar que el tiempo pudiera establecer alguna diferencia en el
hombre que ella amó. Dijo: “Mi esposo no habría cambiado”, Krishnamurti
replicó: “¿Por qué quiere encontrarse con él? Usted no echa de menos a su
esposo, sino el recuerdo de su esposo”. Hizo una nueva pausa, permitiendo que
las palabras calaran profundamente.
“Señora, perdóneme”. Él entrelazó sus manos y yo tomé conciencia de la
perfección de sus gestos, “¿Por qué mantiene usted vivo su recuerdo? ¿Por qué
desea recrearlo en su mente? ¿Por qué trata de vivir en el dolor y continuar
con el dolor?” Sentí que mis sensaciones se intensificaban. Su negativa a ser
benévolo en el sentido aceptado de la palabra, era demoledora. Mi mente saltaba
para aproximarse a la claridad y precisión de sus palabras. Yo sentía que
estaba en contacto con algo inmenso y totalmente nuevo. Aunque las palabras
sonaran crueles, en sus ojos había dulzura y, de su ser fluía una cualidad
curativa. Mientras hablaba, sostenía él la mano de mi madre.
Nandini vio que mi madre estaba alterada. Entonces cambió la
conversación y empezó a hablarle a Krishnamurti del resto de la familia. Le
dijo que yo era una trabajadora social interesada en la política. Él estaba
serio cuando se volvió hacia mí y me preguntó por qué hacía trabajo social. Le
respondí diciéndole que ello daba plenitud a mi vida. Sonrió. Eso me hizo
sentir incómoda y nerviosa. Luego dijo: “Somos como el hombre que trata de
llenar con agua un cubo agujereado. Cuanta más agua vierte dentro, tanta más se
derrama fuera, y el cubo permanece vacío”.
Él me
miraba sin presionarme. Dijo: “¿De qué trata usted de escapar? Trabajo social,
placer, vivir en el dolor... ¿no son todos escapes, intentos de llenar el vacío
interno? ¿Puede este vacío llenarse? Y sin embargo, llenar este vacío es todo
el proceso de nuestra existencia”.
Yo
encontraba sus palabras muy perturbadoras, pero sentía que debían ser
exploradas. Para mí, la acción era vida; y lo que él decía resultaba
incomprensible. Le pregunté si lo que quería era que yo me sentara en mi casa
sin hacer nada. Él escuchaba; y tuve la peculiar sensación de que su escuchar
era diferente de todo cuanto yo había jamás percibido o experimentado. Entonces
sonrió ante mi pregunta, y su sonrisa llenó la habitación. Poco después de eso
nos marchamos. Krishnamurti me dijo: “Nos encontraremos nuevamente”.
La
reunión me había dejado muy alterada. No podía dormir, sus palabras seguían
surgiendo en mi mente. Con el paso de los días, comencé a asistir a las
pláticas que él estaba ofreciendo en los jardines de Sir Chunilal Mehta, el
suegro de Nandini. Yo encontraba difícil comprender lo que Krishnamurti decía,
pero su presencia me resultaba arrolladora y continuaba yendo. Él hablaba del
caos del mundo como la proyección del caos individual. Nos decía que todas las
organizaciones y los “ismos” habían fracasado, y que en nuestra búsqueda de
seguridad formábamos nuevas organizaciones que a su vez nos traicionaban.
Yo
tenía la sensación de no encontrarme en el nivel desde el cual él nos hablaba.
Después de unos días solicité una entrevista.
Me
movía el impulso de estar con él, de ser observada por él, de sondear en el
misterio que impregnaba su presencia. Estaba asustada de lo que podría ocurrir,
pero no podía impedirlo. Durante los dos días anteriores a nuestra entrevista,
estuve planeando lo que le diría y cómo se lo diría. Cuando entré en la
habitación, lo encontré sentado en el piso, con la espalda erecta y las piernas
cruzadas, vestido con un inmaculado kurta
blanco que se extendía hasta debajo de sus rodillas. Se levantó de un salto, y
sus largos dedos semejantes a pétalos se plegaron en el saludo. Me senté frente
a él. Vio que yo estaba nerviosa y me pidió que me tranquilizara.
Después de un rato comencé a hablar. Siempre había estado segura de mí
misma, de modo que, aunque vacilaba, pronto descubrí que estaba hablando
normalmente y que aquello que había planeado decir brotaba a raudales. Hablé de
toda mi vida y de mi trabajo, de mi interés por los desamparados, de mi deseo
de entrar en la política, de mi labor en el movimiento cooperativo, de mi
interés en el arte. Estaba completamente absorta en lo que tenía que decir, en
la impresión que trataba de crear. Sin embargo, después de unos momentos tuve
la incómoda sensación de que él no escuchaba. Levanté la vista y vi que me
estaba mirando con intensidad; sus ojos me interrogaban y sondeaban
profundamente. Titubeé y me quedé silenciosa. Luego de una pausa, dijo: “La he
observado durante las discusiones. Cuando se encuentra en reposo, hay en su
rostro una gran tristeza”.
Olvidé lo que me proponía decir, lo olvidé todo excepto el pesar que
había dentro de mí. Yo siempre me había negado a permitir que el dolor me
venciera. Estaba tan profundamente enterrado, que muy raras veces hacía impacto
en mi mente consciente. Me horrorizaba la idea de que otros pudieran mostrarme
piedad y simpatía, y había ocultado mi dolor bajo capas de agresión. Jamás
había hablado de esto con nadie ‑ni siquiera para mí misma había admitido mi
sentimiento de soledad; pero ante este silencioso desconocido cayeron todas
las máscaras. Miré dentro de sus ojos, y lo que vi reflejado fue mi propio
rostro. Como un torrente largamente contenido, acudieron las palabras.
Me
recordé a mí misma siendo una niña pequeña, una entre cinco, tímida y dulce,
herida ante la más leve aspereza. De piel oscura en una familia donde todos
eran hermosos, pasando inadvertida, niña cuando debía haber sido un muchacho,
viviendo en una gran casa de construcción irregular, sola durante horas,
leyendo libros que rara vez entendía. Me recordé sentada en una terraza poco
frecuentada que daba frente a árboles añosos; escuchando leyendas de ogros y
héroes, de Hatim Tai y Alí Babá los relatos de este antiguo país contados por
Immamuddin, el sastre musulmán de barba blanca, quien se sentaba durante todo
el día en la terraza con su máquina de coser. Me recordé escuchando el Ram Charir Manas de Tulsida, cantado por
Ram Khilavan, el ciego “coolie” punkah
que nos abanicaba, y recordé la fragancia de las frescas, húmedas esteras de khus en un día de verano. (Ram Charir Manas es la historia de Ram y
Sita, de la epopeya Ramayana,
compuesta en dialecto local por el poeta Tulsidas en una cuarteta insertada en
el texto. Antes de que la electricidad llegara a la India, cada “bungalow”,
tenia una larga vara de madera colgada horizontalmente del alto cielo raso, la
cual llevaba atado un pesado lienzo ornamental. Una cuerda conectaba la vara a
través de un agujero en el muro de la terraza exterior, donde un hombre se
sentaba tirando de la cuerda y moviendo de esta manera el abanico para crear
una ligera brisa en el espantoso calor que impera durante los meses del verano
en el norte de la India. Las fragantes esteras de khus colgaban en puertas y ventanas. Cuando estaban húmedas, el
viento caliente que soplaba a través de ellas se transformaba en una brisa
fresca y perfumada). Recordé los paseos con mi institutriz irlandesa,
aprendiendo acerca de plantas y del nombre de las flores, deleitándome con la
historia de los reyes y reinas de Inglaterra, Arturo y Ginebra, Enrique VIII y
Ana Bolena; jamás jugando con muñecas y muy raras veces con otras niñas.
Recordé lo atemorizada que estaba de mi padre, aunque secretamente lo adoraba.
Me
recordé a la edad de once años, los brotes abriéndose en mi matriz, el primer
flujo de sangre, y con éste un milagroso florecer. Era embriagador madurar y
ser joven, ser admirada, vivir intensamente ‑cabalgar, nadar, jugar tenis,
bailar. Con un desenfreno desbordante, yo corría deprisa para encontrarme con
la vida.
Me
recordé yendo a Inglaterra, el colegio y la estimulación de la mente; el
encuentro con mi esposo, el regreso a la India, el matrimonio y el nacimiento
de mi hija Radhika.
Inevitablemente, pronto rechacé el papel de ama de casa. Me sumergí en
el trabajo social, jugaba bridge y póquer por apuestas altas, vivía en el
corazón de la vida social e intelectual de Bombay. Después otro embarazo; al
séptimo mes un ataque de eclampsia trajo consigo violentas convulsiones y una
ceguera total.
Recordé
la azorada angustia de las tinieblas y las explosivas tormentas de color: azul
oscuro, el color del pájaro neelkantha, el color del fuego azul. El cerebro
sufriendo estragos con las convulsiones del cuerpo; luego el fin de los latidos
en el vientre y la muerte del bebé jamás visto; el pesado y mortal silencio de
las entrañas. La vista retornando a través de una neblina, como puntos grises
que convergían para crear la forma.
Mi
mente se detuvo, las palabras terminaron, y miré nuevamente al bello desconocido.
Pero la atormentadora pena ocasionada por la muerte de mi padre pronto despertó
en mí, y otra vez hubo lágrimas, angustia insoportable.
Las
palabras no habrían de terminar. Hablé de las múltiples cicatrices del vivir,
de la lucha por la supervivencia, de la crueldad creciente, del lento
endurecimiento, de la agresión y la ambición, de mi apremio interno con las
exigencias de éxito. Después, el otro embarazo, el nacimiento de una niñita,
hermosa de rostro pero deforme. Y el sumergimiento en la angustia, y otra vez
la muerte de la niña. Ocho años de esterilidad de la mente, del corazón y de
las entrañas; y después la muerte.
En
presencia de él, el pasado oculto en la oscuridad del largo olvido encontró
forma y despertó. Él era un espejo que reflejaba. Había ausencia de
personalidad, del evaluador que pudiera sopesar y deformar. Proseguí tratando
de ocultar algo de mi pasado, pero él no me lo permitía. En el campo de la
compasión había ahora una cualidad de fuerza inmensa. Dijo: “Yo puedo ver si
usted lo desea”. Y entonces, las palabras que por años me habían estado
destruyendo, finalmente se expresaron. Decirlas me trajo un dolor inmenso, pero
el escuchar de él era como el escuchar de los vientos o la vasta expansión del
mar.
Había
estado con Krishnaji durante dos horas. (Ver el Prefacio con la explicación de
las diversas forman del nombre de Krishnamurti que se emplean en este libro).
Cuando dejé la habitación, mi cuerpo se sentía destrozado, y no obstante una
energía curativa había fluido a través de mí. Yo había percibido una nueva
manera de observar, una nueva manera de escuchar, sin reacción, un escuchar que
surgía de la distancia y la profundidad. Mientras yo hablaba, él parecía atento
no sólo a lo que se decía ‑las expresiones, los gestos, las actitudes sino
también a lo que estaba sucediendo alrededor de él ‑el pájaro cantando en el
árbol que se veía por la ventana, una flor cayendo de un vaso. En medio de mi
clamor, me dijo: “¿Vio caer esa flor?”, mi mente se detuvo confundida.
Yo
había estado escuchando a Krishnamurti durante varios días. Fui a sus pláticas,
asistí a las discusiones, reflexioné, discutí con mis amigos lo que él decía.
En la tarde del 30 de enero, cuando todos nos habíamos reunido alrededor de él
en la casa de Ratansi Morarji, llamaron a Achyut por teléfono. Cuando regresó,
su rostro estaba pálido.
“Gandhiji ha sido asesinado”, dijo. Por un instante el tiempo se detuvo.
Krishnaji se había quedado muy silencioso. Parecía estar atento a cada uno de
nosotros y a nuestras reacciones. Entre nosotros surgió un solo pensamiento:
¿El asesino era hindú o musulmán? Rao, el hermano de Achyut, preguntó: “¿Hay
noticias del matador?” Achyut contestó que no lo sabía. Las consecuencias que
seguirían si el asesino fuera un musulmán, estaban claras para todos. Nos
levantamos silenciosamente, y uno a uno dejamos la habitación.
Las
noticias de que Gandhi había sido asesinado por un brahmin de Poona,
recorrieron la ciudad; en Poona estallaron disturbios contra los brahmines. Uno
podía oír el suspiro de alivio de los residentes musulmanes. Escuchamos la
angustiada voz de Jawaharlal Nehru dirigiéndose a la nación. El país parecía
paralizado. Lo inconcebible había sucedido, y por un breve momento hombres y
mujeres exploraron en sus corazones.
El 1º
de febrero, un auditorio más apaciguado se reunió para escuchar la plática de
Krishnaji. Se le formuló una pregunta difícil: “¿Cuáles son las causas reales
de la extemporánea muerte del Mahatma Gandhi?
Krishnamurti replicó: “Me pregunto cuál fue la reacción de ustedes
cuando escucharon las noticias. ¿Cuál fue la respuesta? ¿Ello les afectó como
una pérdida personal, o como una indicación del curso tomado por los
acontecimientos mundiales? Los sucesos del mundo no son incidentes desconectados
unos de otros; están relacionados entre sí. La causa real de la extemporánea
muerte de Gandhiji radica en ustedes. La verdadera causa son ustedes. Debido a
que son comunales, fomentan el espíritu de división a través de la propiedad,
de la casta, de la ideología, de las diferentes religiones que profesan, de las
sectas, de los líderes. Cuando alguno de ustedes se titula a sí mismo hindú,
musulmán, parsi o Dios sabe qué otra cosa, está obligado a producir conflicto
en el mundo”.
Después de esto, durante días discutimos la violencia, su origen y su
terminación. Para Krishnaji, la no-violencia como ideal era una ilusión. La
realidad era el hecho de la violencia, el surgimiento de la percepción capaz de
comprender la naturaleza de la violencia y la terminación de la violencia en el
“ahora” ‑el presente de la existencia, único ámbito en que era posible la
acción.
En
las pláticas que siguieron, habló de los problemas cotidianos que afronta la
humanidad ‑el miedo, la ira, los celos, la feroz embestida de la posesión. Al
referirse a las relaciones como el espejo para el descubrimiento propio, usó el
ejemplo del marido y la esposa, la relación más íntima y, no obstante, a menudo
la más insensible e hipócrita. Los hombres miraban con ojos embarazados a sus
esposas. Algunos hindúes tradicionales abandonaron las pláticas, incapaces de
entender qué tenía que ver la relación de marido y mujer con el discurso
religioso. Krishnaji rehusaba apartarse de “lo que es”, de lo real. Se negaba a
discutir abstracciones tales como Dios o la eternidad, mientras la mente fuera
un remolino de lujuria, odio y celos. Fue por esta época que algunas personas
de su auditorio comenzaron a sentir que él no creía en Dios.
A
mediados de febrero fui a verle nuevamente. Me preguntó si yo había advertido
algo distinto en mi proceso de pensar. Le dije que no tenía tantos pensamientos
como antes, que mi mente no estaba tan intranquila como acostumbraba estar.
Él
dijo: “Si usted ha estado experimentando con el conocimiento propio, habrá
notado que su pensar ha disminuido la velocidad, que su mente ya no divaga sin
descanso”. Estuvo callado por un rato; yo esperé que continuara. “Trate de
agotar cada pensamiento hasta el fin, llévelo hasta su término. Descubrirá que
esto es muy difícil, porque apenas surge un pensamiento, éste ya es perseguido
por otro pensamiento. La mente se niega a completar un pensamiento; escapa de
pensamiento en pensamiento”. Es así. Cuando yo he tratado de seguir un
pensamiento, siempre he advertido lo rápidamente que éste elude al observador.
Le
pregunté entonces cómo podría uno completar un pensamiento. Contestó: “El
pensamiento sólo puede llegar a su fin cuando el pensador se comprende a sí
mismo, cuando ve que pensador y pensamiento no son dos procesos separados; que
el pensador es el pensamiento, y que el pensador se separa a sí mismo del
pensamiento para su propia protección y continuidad. De modo que el pensador
esta constantemente produciendo pensamientos que se transforman y cambian”.
Hizo una pausa”.
“¿Está el pensador separado de sus
pensamientos?” Había largas pausas entre sus frases, como si él esperara que
las palabras viajaran lejos y profundamente. “Elimine el pensamiento y, ¿dónde
está el pensador? Descubrirá que el pensador no existe. Así, cuando usted
completa cada pensamiento, bueno o malo, hasta el final ‑lo cual es
extremadamente arduo la mente se mueve con mayor lentitud. Para comprender el
yo, el yo debe ser observado mientras opera. Ello puede ocurrir sólo cuando la
mente se aquieta y esto puede usted hacerlo únicamente si sigue cada
pensamiento, a medida que surge, hasta su terminación. Verá entonces que sus
condenaciones, sus deseos, sus celos, se revelarán ante una conciencia que está
vacía y completamente silenciosa”.
Escuchándolo por más de un mes, mi mente se había vuelto más flexible;
ya no estaba cristalizada y sólida en sus incrustaciones. Le pregunté: “Pero
cuando la conciencia está llena de prejuicios, deseos, recuerdos, ¿puede
comprender al pensamiento?”
“No”,
contestó, “porque está actuando constantemente sobre el pensamiento ‑escapando
de él o confiando en él”. Se quedó callado nuevamente. “Si usted sigue cada
pensamiento hasta su consumación, verá que al final de ese pensamiento hay
silencio. A causa de ello existe una renovación. El pensamiento que surge desde
este silencio ya no contiene más al deseo como fuerza motriz: emerge desde un
estado no obstruido por la memoria.
“Pero
si luego el pensamiento que así surge no se completa, deja un residuo. Entonces
no hay renovación, y la mente está presa otra vez en una conciencia que es
memoria, que está atada por el pasado, por el ayer. Cada pensamiento que sigue
entonces, es el pasado ‑el cual no tiene realidad.
“La
nueva manera de abordar esto, es terminar con el tiempo”, concluyó Krishnaji.
Yo no comprendí, pero me retiré con las palabras vivas dentro de mí.
Nandini y yo llevábamos a veces con nosotras a Krishnaji para paseos
nocturnos en automóvil a los Jardines Colgantes de Malabar Hill, o a la playa
de Worli. En ocasiones solíamos caminar con él, encontrando difícil seguirle el
paso con sus largas zancadas. Otras veces acostumbraba caminar solo, y al
regresar después de una hora era un desconocido. Durante los paseos con
nosotras, solía hablar ocasionalmente de su juventud, de su vida en la Sociedad
Teosófica y de sus primeros años en Ojai, California. Nos contó acerca de su
hermano Nitya, de sus compañeros Rajagopal y Rosalind y de la Happy Valley
School (Escuela del Valle Feliz). A menudo, cuando hablaba del pasado, su
memoria solía ser precisa, exacta. Otras veces se volvía vago y decía que no
recordaba. Era rápido para sonreír, y su risa era profunda y resonante.
Compartía bromas y nos formulaba preguntas acerca de nuestra infancia y nuestra
madurez. También hablaba de la India, ansiosamente interesado en nuestro
parecer sobre lo que estaba ocurriendo en el país. Nos sentíamos tímidas e
indecisas; una sensación de misterio y su arrolladora presencia tornaban
difícil para nosotras ser informales con él o hablar de trivialidades estando
él presente. Pero su risa lo aproximaba más a nosotras.
Durante unos días discutimos el pensamiento. Él solía preguntar: “¿Ha
observado usted cómo nace el pensamiento? ¿Ha observado su terminación?” Otro
día habría de decir: “Tome un pensamiento, permanezca con él, reténgalo en la
conciencia; verá qué difícil resulta sostener un pensamiento tal como es hasta
que el pensamiento se termina”.
Le
conté a Krishnaji que, desde que lo había conocido, me estaba despertando en
las mañanas sin pensamientos, sólo con el sonido de los pájaros y las voces
distantes de la calle fluyendo a través de mi mente.
Para
los hindúes, el extraño de espalda recta, el mendicante que se detiene y
aguarda en los portales de las casas con la mente conteniendo una invitación a
“lo otro”, es un símbolo de poder. Evoca en el dueño de casa ‑hombre o mujer
anhelos apasionados, angustias, un tratar de alcanzar física e internamente
aquello que es inalcanzable. Pero este profeta reía y bromeaba, paseaba con
nosotras, estaba cerca y, no obstante, muy lejos. Con mucha vacilación, le
invitamos a cenar en la casa de mi madre.
Llegó
sonriente, vistiendo un dhoti un largo kurta y un angavastram (Un dhoti es una tela de algodón tejido a
mano, no cosida, de cuarenta y cinco pulgadas de ancho y cinco yardas de largo,
con un dobladillo simple de color rojo oscuro o negro. Va atado alrededor del
talle, plegada en el frente, y se dobla entre las piernas para asegurarse en la
espalda y caer hasta los tobillos. Es una prenda elegante para vestir en
ocasiones ceremoniales. El kurta es
una camisa suelta, cosida, sin cuello, con mangas largas, y llega hasta debajo
de las rodillas. Un angavastram es un
chal de algodón tejido a mano, sin blanquear, con un dobladillo de color rojo
oscuro, índigo o negro, y tiene un dibujo tejido en color dorado. Plegado y
echado sobre el hombro, se usa en todas las ocasiones ceremoniales,
particularmente en el sur de la India) y fue recibido con flores por mi
menudita madre. Ella jamás había tenido una educación formal, pero el natural
refinamiento de su mente, su gracia y dignidad, hacían posible para ella
encontrarse y hablar con Krishnaji. Era la viuda de un antiguo funcionario
civil de la India. Mientras vivía con mi padre, había participado en su vida
intelectual y social, actuando junto a hombres de letras y trabajadores
sociales, siendo ella misma una trabajadora social. Tenaz y despierta, mi madre
se había desprendido tempranamente de la tradición en su vida marital. Hablaba
el inglés con facilidad, tenía donaire para recibir a los invitados, cocinaba
deliciosamente. En mi infancia teníamos dos cocineras, una para comidas
Gujarati vegetarianas, y otra adiestrada en el arte culinario occidental; un
mayordomo Goan aguardaba junto a la mesa. La muerte de mi padre la había destrozado, pero la casa materna
continuaba resonando con risas, a las cuales se unió la de Krishnaji. Pronto se
sintió él como en su casa, y vino frecuentemente a cenar. A fines de marzo ya
podíamos hablarle con naturalidad; sin embargo, después de cada una de sus
pláticas y discusiones, percibíamos intensamente las distancias que nos
separaban del misterio que no podíamos alcanzar ni comprender.
Hacia
fines de marzo, le hablé a Krishnaji del estado de mi mente y de los
pensamientos que me perseguían. Le hablé de los momentos de quietud y de los
estallidos de actividad frenética; de los días en que mi mente estaba presa en
el dolor de no realizarse. Me aturdían estos constantes saltos de la mente
hacia atrás y hacia adelante.
Él
tomó mi mano y nos sentamos en silencio. Finalmente, dijo: “Usted está agitada.
¿Por qué?” Yo no lo sabía, y me quedé callada. “¿Por qué es usted ambiciosa?
¿Quiere ser como alguien que usted conoce y que ha avanzado más?”
Vacilé y luego dije: “No”.
“Usted tiene un buen cerebro”, continuó, “un buen instrumento que no ha
sido correctamente usado. Posee un impulso interno que ha sido mal dirigido.
¿Por qué es ambiciosa? ¿Qué es lo que desea llegar a ser? ¿Por qué quiere
malgastar su cerebro?”
Estuve súbitamente alerta. “¿Por qué soy ambiciosa? ¿Puedo evitar ser lo
que soy? Estoy atareada trabajando, realizando cosas. No podemos ser como
usted”. Su mirada era inquisitiva. Por un rato permaneció sin hablar,
permitiendo que lo que estaba latente dentro de mí se revelara a sí mismo.
Luego preguntó: “¿Ha estado alguna vez sola, sin libros, sin la radio? Trate de
hacerlo y vea lo que ocurre”.
“Enloquecería, yo no puedo estar sola”. “Inténtelo y vea. Para que la
mente sea creativa, tiene que haber quietud. Una quietud profunda que sólo
puede existir cuando uno se ha enfrentado a su soledad.
“Usted es una mujer, y sin embargo tiene dentro de sí mucho de hombre.
Ha descuidado a la mujer. Mire dentro de usted misma”. Sentí removerse algo muy
profundo en mi interior, el desmenuzamiento de múltiples costras de
insensibilidad. Y otra vez la desgarradora angustia.
“Usted necesita afecto, Pupul, y no lo encuentra. ¿Por qué extiende su
escudilla limosnera?”
“No
lo hago”, dije. “Es una cosa que jamás he hecho. Antes moriría que pedir
afecto”.
“Usted no lo ha pedido. Lo ha sofocado. No obstante, la escudilla del
mendigo está siempre ahí. Si su escudilla estuviese llena, no necesitaría
extenderla. Es porque se encuentra vacía que está ahí”
Por
un instante me miré a mí misma. Cuando niña lloraba a menudo. De adulta, no
permitía que nada me lastimara. Rechazaba eso furiosamente y atacaba. Él dijo:
“Si usted ama a alguien, no exige nada. Entonces, si encuentra que ese alguien
no le ama, usted le ayudará a amar, así sea a alguna otra persona”. Me vi a mí
misma con claridad ‑la amargura, la dureza. Me volví hacia él. “Eso es
demasiado horrible para mirarlo. ¿Qué he hecho de mí?”
“Criticándose no resuelve el problema. No hay riqueza fluyendo en su
interior, de otro modo no necesitaría simpatía y afecto. ¿Por qué no tiene
usted riqueza? Vea, esto es lo que usted es. Uno no condena a un hombre que
está enfermo. Esta es su enfermedad; mírela con calma y sencillamente, con
compasión. Sería estúpido condenarla o justificarla. El acto de condenar es
otro movimiento del pasado para fortalecerse a sí mismo. Mire lo que ocurre en
su mente consciente. ¿Por qué es usted agresiva? ¿Por qué desea ser el centro
de cualquier grupo?
“Cuando mire usted la mente consciente, la inconsciente lanzará poco a
poco sus insinuaciones ‑en sueños, en el estado de vigilia del pensamiento”.
Habíamos estado hablando por más de una hora, pero ese lapso nada
significaba. En su presencia uno perdía el sentido del tiempo como duración. Le
hablé de los cambios que estaban ocurriendo en mi vida. Yo ya no estaba segura
de mí misma ni de mi trabajo. Si bien los deseos e instintos aún surgían,
carecían de vitalidad.
Le
dije que me había dado cuenta de que gran parte del trabajo que estaba haciendo
se basaba en el engrandecimiento propio. Ya no me parecía posible ingresar en
la vida política. También mi vida social estaba cambiando radicalmente. Entre
todas las cosas, ya no podía jugar más al póquer. Había tratado de jugar, pero
encontré que me estaba faltando la intención de ser más lista que los otros
jugadores. Espontáneamente, tenía momentos de percepción lúcida en medio del
juego de póquer que hacían imposible el “bluff”. Krishnaji echó la cabeza hacia
atrás y rió y rió y rió.
Le
expliqué que a veces sentía un inmenso equilibrio interno, como el de un pájaro
jugando con el viento. Todo deseo se disolvía en esta intensidad, se consumía a
si mismo. Otras veces me hundía en las realizaciones personales. Mis amarras se
iban soltando y yo estaba a la deriva. No sabía qué había por delante. Jamás
me había sentido tan insegura de mí
misma.
Krishnaji dijo: “La semilla ha sido plantada, permítale que germine ‑déjela
en barbecho por un tiempo. Esto ha sido completamente nuevo para usted. Al
llegar a ello sin preconceptos ni nociones ni creencias, hubo un impacto
directo; ahora la mente necesitará descanso. No ejerza presión sobre ella”.
Permanecimos callados. Krishnaji dijo: “Obsérvese a sí misma. Usted
tiene un empuje que pocas mujeres poseen. En este país, los hombres y mujeres
se agotan muy fácilmente, muy tempranamente en la vida. Es el clima, el modo de
vivir, el estancamiento. Vea que ese empuje no se pierda. Al librarse de la
agresión, no se vuelva inocua y blanda. Librarse de la agresión no es volverse
débil o sumiso”.
Repetidamente habría de decirme: “Vigile su mente, no deje que se escape
ni un sólo pensamiento, por feo, por brutal que sea. Observe sin elegir, sin
sopesar ni juzgar, sin dar una dirección al pensamiento ni dejar que éste eche
raíces en la mente. Sea completamente implacable en la vigilancia”.
Cuando yo dejaba la habitación, él se incorporó para acompañarme hasta
la puerta. Su rostro estaba en reposo, su cuerpo delgado se elevaba como un
cedro de la India. Por un instante abrumada por su belleza, pregunté: “¿Quién
es usted?” Contestó: “No importa quién soy yo. Lo único que importa es lo que
usted piensa y hace, y si puede usted transformarse”.
Mientras viajaba hacia mi casa, de pronto advertí que en las muchas
conversaciones que había tenido con Krishnaji, él jamás había dicho una palabra
acerca de sí mismo. No se había referido nunca a ninguna experiencia personal,
ni un sólo movimiento del yo se había manifestado. Esto era lo que hacía de él
un desconocido, por mucho que pudiera uno conocerle. En medio de un gesto de
amistad, de una conversación casual, uno percibía eso ‑una súbita distancia,
silencios que emanaban de él, una conciencia que no tenía un punto focal. Y no
obstante, en su presencia uno sentía la generosidad de un interés infinito.
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Capítulo I “UNO NACE EN EL ESPACIO Y NACE HACIA EL ESPACIO”
PRIMERA PARTE
EL JOVEN KRISHNAMURTI
1895-1948
Capítulo I
“UNO NACE EN EL ESPACIO Y
NACE HACIA EL ESPACIO”
Alumbradas por el sol ardiente, rocas esculpidas que se cuentan entre
las más antiguas del mundo, protegían la aldea de Madnapalle, en el distrito de
Chittoor, perteneciente a Andra Pradesh en el sur de la India. Desde la sagrada
región de Tirupati, a través del Valle de Rishi hasta Anantpur se extendían,
coronadas por grandes peñascos, colinas que se entremezclaban con pequeños
valles. Las lluvias eran mínimas, la población escasa. Tamarindos y árboles
dorados como el mohúr (Mohúr, antigua moneda de la India y de Persih)
suministraban sombra y estallidos de color. Era una tierra sagrada, punyasthal, donde místicos y santos
habían vivido y enseñado durante siglos, y sus cuerpos estaban enterrados ahí
para santificar el suelo. Fue aquí, el 12 de mayo de 1895, treinta minutos
después de la medianoche, que un hijo le nació a Sanjeevamma, la mujer de Jiddu
Naraniah, un funcionario público de menor jerarquía.
Los
antepasados de Jiddu Krishnamurti, fueron un brahmin de la subasta Velanadu,
que originalmente vino de Giddu o Jiddu, una aldea que se encuentra en medio de
los arrozales en la costera Andhra. El abuelo paterno de Krishnamurti,
Gurumurti, también fue un funcionario civil de menor importancia; pero el
abuelo de éste, Ramakrishna, célebre por su gran erudición, su conocimiento del
sánscrito y de los Vedas, tenía una posición responsable en el departamento
judicial de la Compañía Británica East India.
La
casa de Naraniah en Madnapalle, una de las áreas más propensas a la sequía en
el sur de la India, era muy pequeña; de dos pisos y mal ventilada, tenía un
frente angosto que daba a un callejón, a lo largo del cual corría un desagüe
abierto. Toda el agua para la casa de Naraniah se extraía de un pozo cercano, y
transportada por aguateros se almacenaba dentro de la casa en grandes vasijas
de cobre pulido o en marmitas de barro.
Sanjeevamma dio a luz a Krishnamurti en la habitación que en la casa
destinaban al puja1. La
significación de esto no ha sido entendida por los biógrafos de Krishnamurti.
Para un hindú tradicional, ya sea que viva entre los picos nevados de los
Himalayas o en Kanyahumari que está en el profundo sur de la India, en una
residencia urbana o en la choza de una aldea, la habitación del puja era el lugar sagrado, el corazón de
la casa donde se veneraba a los griha
devaras, los dioses domésticos; era una habitación de buen auspicio gracias
a las flores y al incienso y a la recitación de mantras sagrados. A la
habitación destinada a los dioses sólo podía entrarse después de un baño ritual
y vistiendo ropas recién lavadas. El nacimiento, la muerte y el ciclo menstrual
eran los focos de la contaminación ritual. En el nacimiento y la muerte, el
dueño de casa y su familia participaban en la contaminación y se abstenían de
practicar el puja cotidiano; en lugar
de eso, se invitaba a un brahmin del templo local para que efectuara los
rituales diarios. Que un bebé pudiera nacer en esta habitación, era algo
inconcebible.
La
esposa y prima de Naraniah, Sanjeevamma, era una mujer devota y caritativa. Se
le consideraba psíquica, experimentaba visiones y podía ver los colores en las
auras de la gente. Al igual que el oído de un músico se afina perfectamente
para un instrumento de cuerda, así, como madre, el oído de ella estaba afinado
para los latidos del corazón del bebé que esperaba en el crisol de su cuerpo,
pronto para iniciar su pasaje por los portales de la vida. Ciertos indicios de
la singularidad de este nacimiento deben haberle infundido una visión profética
y mucho valor; de lo contrario, no hubiera podido desafiar de ese modo a los
dioses.
Temprano en la noche del 11 de mayo, Sanjeevamma percibió indicios del
inminente nacimiento del bebé. Este sería su octavo hijo, y ella conocía muy
bien los preparativos de rutina necesarios para la ocasión. De modo que preparó
la habitación, cantó con su melodiosa voz canciones Telugu (Telugu es un idioma
dravidiano hablado por la gente de Andhra Pradesh en la India. Incluye un gran
número de palabras en sánscrito) para su esposo, y se echó sobre una estera en
el piso superior de la casa. Los dolores comenzaron en medio de la noche. Ella
despertó a Naraniah, fue a la habitación que había preparado, y se acostó sobre
una estera para el nacimiento. Una mujer local, pariente muy versada en la
experiencia del alumbramiento, vino para ayudarla mientras su marido esperaba
afuera. Sanjeevamma tuyo pocos dolores. Durante ese período, las únicas
palabras que pronunció fueron. “Rama,
Rama, Anjaneya”, otro nombre para Hanuman (Hanuman, el mono devoto del
héroe divino Rama en la epopeya del Ramayana,
es un dios popular ampliamente adorado en toda la India. En el sur se le conoce
también como Anjaneya). A las 0:30 hs., en la madrugada del 12 de mayo, la
mujer que ayudaba abrió la puerta y le dijo a Naraniah: “Sirsodayam, la cabeza está visible”. Conforme a la tradición, éste
es el momento exacto del nacimiento.
En
esta pequeña habitación alumbrada con lámparas de aceite, en presencia del ishta devaca, el dios doméstico,
Krishnamurti respiró por primera vez. Desde los protegidos espacios de la
matriz, el bebé penetró en los espacios del mundo.
“Uno
nace en el espacio y nace hacia el espacio”2.
El
horóscopo del niño fue hecho a la mañana siguiente por Kumara Shrowthulu, un
renombrado astrólogo de esa región, quien le dijo a Naraniah que este nuevo
hijo habría de ser un gran hombre. La carta astrológica era compleja; el niño
tropezaría con muchos obstáculos antes de madurar hasta llegar a ser un gran
Maestro.
Durante once días del período prescrito, el bebé permaneció en una
atmósfera que recreaba el ambiente de la matriz. Yacía en la semioscuridad,
dulcemente mecido en una cuna de lienzo, próximo a su madre. Como en todos los
nacimientos de hindúes ortodoxos, el ingreso de Krishnamurti en la deslumbrante
luz del sol y en el mundo, fue gradual.
En el
sexto día posterior al nacimiento, tuyo lugar la ceremonia en que se otorga el
nombre. Era inevitable en esta familia atada a las tradiciones, que al octavo
hijo se le diera el nombre de Krishnamurti, simbólico de Krishna, el
dios-pastor que fuera el octavo hijo.
Tres
años más tarde, en 1898, Sanjeevamma dio a luz otro niño. Se le llamó
Nityananda, “bienaventuranza eterna”.
Cuando Krishna cumplió seis años, se realizó el upanayanama. Esta es una ceremonia de iniciación en el brahmacharya, el período de casto
discipulado, que es la primera etapa en la vida de un brahmin. La ceremonia
tuyo lugar en Kadiri, adonde fue destinado Naraniah.
Se
colocó alrededor de los hombros de Krishna “el hilo sagrado”, y su padre
susurró en el oído del niño el mantra secreto gayatri, la invocación al sol. Se le enseñó a recitar el mantra con
la entonación, el acento y el gesto correctos. Debe haber aprendido a recitar
el mantra gayatri al sol en el
amanecer, y a realizar los rituales Sandhya durante la puesta del sol, a tomar
los baños rituales, y a estar libre de cualquier forma de contaminación ritual.
También deben haberle enseñado a recitar los Vedas.
Según
la descripción de Naraniah: “Es una ceremonia por la que pasan los muchachos
brahmines cuando es tiempo de lanzarlos al mundo de la educación. Tiene lugar
entre la edad de cinco y siete años, de acuerdo con la salud y capacidad del
niño. Así, cuando Krishna hubo alcanzado esa edad, se reservó un día para esta
ceremonia. Es nuestra costumbre hacer de ello una fiesta familiar, y se invita
a cenar a amigos y parientes”.
Cuando toda la gente estuvo reunida, se bañó a Krishna y se le vistió
con ropas nuevas. Luego el niño fue introducido y se le colocó sobre las
rodillas de su padre, mientras la mano extendida de Naraniah sostenía una
bandeja de plata con granos de arroz diseminados. Su madre, sentada junto a
Naraniah, tomó después el dedo índice de la mano derecha del niño, y con él
trazó en el arroz la palabra sagrada AUM, que en su pronunciación sánscrita
consta de una sola letra ‑la primera letra del alfabeto sánscrito y de todas
las lenguas vernáculas.
“Después”, cuenta Naraniah, “me sacaron mi anillo del dedo y lo
colocaron entre el índice y el pulgar del niño; y mi esposa, sosteniendo la
manita, con el anillo trazó otra vez la palabra sagrada en carácter telugu.
Luego, sin el anillo, trazó de nuevo la misma letra tres veces. Después de
esto, el sacerdote oficiante recitó mantrams y bendijo al niño a fin de que
fuera dotado intelectual y espiritualmente. A continuación, mi esposa y yo nos
trasladamos con Krishna al templo de Narasimhaswami para adorar y rezar por el
éxito futuro de nuestro hijo. Desde allí seguimos a la escuela más cercana,
donde Krishna fue entregado al maestro, quien llevó a cabo la misma ceremonia
trazando la palabra sagrada en arena. Mientras tanto, numerosos escolares se
habían reunido en el salón de clases, y nosotros distribuimos entre ellos, a
modo de regalo, muchas cosas buenas. Así iniciamos a nuestro hijo en su carrera
educativa conforme a nuestras costumbres. Después regresamos a la casa y
compartimos la cena con nuestros parientes y amigos”3.
Krishna y su hermano Nitya eran muy íntimos, pero por naturaleza eran
totalmente distintos. Nitya era extraordinariamente inteligente. Aun “antes de
que pudiera hablar, cuando veía a otros niños que iban a la escuela, solía
tomar una pizarra y un lápiz y los seguía”4. Krishnamurti era un
niño débil y experimentaba penosos ataques de malaria. En una etapa sufrió de
convulsiones, y por todo un año estuvo alejado de la escuela debido a que
sangraba por nariz y boca.
Krishnamurti se interesaba poco en la escuela y en el trabajo académico,
pero pasaba largas horas contemplando las nubes, las abejas, hormigas e
insectos, y fijando la mirada en la vasta distancia. Ha sido descrito como
enfermizo y poco desarrollado mentalmente. Su vaguedad, sus pocas palabras, su
falta de interés en los asuntos mundanos, y sus ojos que miraban el mundo
viendo más allá de los horizontes, fueron confundidos por sus maestros con
retardo mental.
El
joven Krishnamurti, pese a su aparente vaguedad, se interesaba grandemente en
todos los artefactos mecánicos. Un día faltó a la escuela. Buscándolo, su madre
lo encontró solo en una habitación, totalmente absorto en abrir un reloj. No se
movería de la habitación y rehusaría todo alimento y bebida hasta no haber
desarmado el reloj y, habiendo entendido cómo funcionaba, hubiera repuesto la
maquinaria en su lugar.
El
niño Krishna estaba profundamente apegado a su madre, quien parecía darse
cuenta de la naturaleza singular de su hijo5. Sanjeevamma murió en
1905, y su muerte dejó al niño Krishna confundido y desolado. Años más tarde,
en el verano de 1913, cuando él estaba en Europa, decidió empezar a escribir su
autobiografía. La tituló: “Cincuenta años de mi vida”, teniendo el propósito, a
medida que pasaran los años, de “añadir nuevos acontecimientos, y por el año
1945 habré justificado el título”6. Pero, ¡ay!, el relato habría de
ser abandonado después de las primeras páginas. Sin embargo, el corto
manuscrito arroja una luz muy interesante sobre sus sentimientos y los primeros
años vividos con su madre. A la edad de dieciocho años sus recuerdos eran
todavía muy vívidos, y es muy conmovedora la descripción que hace de las
visiones que tuyo de su madre después de que ella muriera:
Los
recuerdos más felices de mi niñez se concentran alrededor de mi madre, quien
nos prodigaba todo el cuidado amoroso por el que tan bien conocidas son las
madres de la India. Yo no puedo decir que me sintiera particularmente feliz en
la escuela, ya que los maestros no eran muy amables y me daban tareas muy
difíciles para mí. Gozaba con los juegos en tanto no fueran demasiado rudos,
pues tenía una salud muy delicada. La muerte de mi madre en 1905 nos privó a
mis hermanos y a mí del ser que más nos amaba y cuidaba, y mi padre estaba muy
ocupado en sus asuntos para prestarnos mucha atención. Yo llevaba la existencia
usual de un joven indio corriente, hasta que llegué a Adyar en 1908 [en
realidad, fue en enero de 1909].
Adyar
tenía para mí un interés especial, puesto que mi padre acostumbraba asistir ahí
a las convenciones de la Sociedad Teosófica. También en Madnapalle celebraba él
reuniones para el estudio de la Teosofía, y yo aprendí acerca de Adyar gracias
a mi madre y a él. Mi madre tenía una habitación para el puja, donde practicaba regularmente su culto; en la habitación
había cuadros de deidades Indias y también una fotografía de Mrs. Besant
vestida con ropas indias y sentada con las piernas cruzadas sobre un chowki, una pequeña plataforma en la que
había una piel de tigre.
Yo
generalmente me encontraba en casa mientras mis hermanos estaban en la escuela,
porque sufría mucho de fiebre ‑de hecho, casi todos los días y con frecuencia
entraba en la habitación del puja
cerca del mediodía, cuando mi madre practicaba sus ceremonias cotidianas.
Entonces solía hablarme acerca de Mrs. Besant, del karma y de la reencarnación,
y también me leía cosas del Mahabharata,
del Ramayana y de otras escrituras
hindúes. Yo tenía solamente unos 7 u 8 años, de modo que no podía entender
mucho, pero creo que sentía en gran manera aquello que no podía realmente
comprender.
El
escribir acerca de mi madre, trae a mi memoria algunos acontecimientos que tal
vez valga la pena mencionar. Ella era hasta cierto punto psíquica, y a menudo
veía a mi hermana que había muerto unos dos o tres años antes. Ambas
conversaban, y había un lugar especial en el jardín al cual mi hermana
acostumbraba venir. Mi madre sabía siempre cuándo mi hermana estaba ahí, y en
ocasiones me llevaba con ella hasta el lugar y me preguntaba si yo también la
veía. Al principio yo solía reírme ante le pregunta, pero ella me pedía que
mirara nuevamente, y entonces, a veces, veía a mi hermana. Más tarde, siempre
pude verla. Debo confesar que eso me asustaba muchísimo, porque la había visto
muerta y su cuerpo incinerado. Por lo general, me pegaba precipitadamente a mi
madre, y ella me decía que no había razón alguna para temer. Yo era el único
miembro de mi familia, excepto mi madre, que tenía esas visiones, si bien todos
creían en ellas. Mi madre podía asimismo ver las auras de las personas, y yo
también las veía a veces. No creo que ella supiera qué significaban los
colores. Hay muchos otros acontecimientos de similar naturaleza que ahora no
recuerdo. Hablábamos a menudo de Krishna, por quien yo me sentía especialmente
atraído, y una vez le pregunté a mi madre por qué lo representaban siempre de
color azul. Me dijo que su aura era azul, pero no sé cómo podía ella saberlo.
Mi
madre era muy caritativa. Se mostraba afectuosa con los niños pobres, y
entregaba comida regularmente a los que eran de su propia casta. Cada niño
venía a nuestra casa un día especial de la semana, y a otras casas iba en otros
días. Teníamos cotidianamente un número de mendigos que a menudo acudían desde
una distancia considerable para recibir arroz, dal, y de vez en cuando ropas.
Antes
de venir a Adyar, mis hermanos y yo asistimos a muchas escuelas, de las cuales
la más agradable fue la de Madnapalle. Esta fue mi primera escuela cuando era
muy niño, puesto que nací en Madnapalle. Siendo mi padre un funcionario
gubernamental, lo transferían continuamente de un lugar a otro, de modo que
nuestra educación se interrumpía muchísimo.
Después de la muerte de mi madre las cosas empeoraron, porque realmente
no había nadie que nos cuidara. En relación con su muerte, puedo mencionar que
la veía frecuentemente después de que murió; recuerdo haber seguido una vez la
forma de mi madre subiendo las escaleras. Extendí la mano y me pareció que
tocaba su vestido, pero ella se desvaneció tan pronto llegamos al último
escalón. Hasta hace poco tiempo, acostumbraba oír a mi madre siguiéndome cuando
iba a la escuela. Esto lo recuerdo particularmente, porque oía el sonido de los
brazaletes que las mujeres indias llevan en las muñecas. Al principio miraba
hacia atrás medio asustado, y veía la forma vaga de su vestido y parte de su
rostro. Esto ocurría casi siempre cuando yo salía de la casa.
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