domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXV “ES NECESARIO FORMULAR PREGUNTAS PARA LAS QUE NO HAY RESPUESTAS”



Capítulo XXV

“ES NECESARIO FORMULAR PREGUNTAS
PARA LAS QUE NO HAY RESPUESTAS”

   Mientras me encontraba en Poona, les pedí a Achyut y a Sunanda que se reincorporaran a la Fundación. Sunanda aceptó. Achyut, si bien no se incorporó formalmente, accedió a colaborar en todas las formas.
   Achyut, Sunanda, Nandini y yo recibimos a Krishnaji en el aeropuerto cuando llegó a Delhi en el invierno de 1969. La ausencia de Rao tornaba la ocasión particularmente conmovedora. Krishnaji nos miró y dijo gravemente: “De modo que no todos me han abandonado”.
   Discutimos con K sobre el futuro de la Fundación para la Nueva Educación, y sobre la relación de ésta con el Centro Krishnamurti de Madrás. Jayalaxmi se encontraba con nosotros en Nueva Delhi, y también aquí Krishnaji se mostró vacilante. Finalmente se decidió que la Fundación para la Nueva Educación recibiera el nuevo nombre de Krishnamurti Foundation of India (Fundación Krishnamurti de la India). Esto era necesario para reflejar la naturaleza del cambio en el trabajo. La Fundación ya no era más un cuerpo que se ocuparía solamente de las escuelas y de otras instituciones educacionales, así como de conservar y proteger las tierras, sino que tomaría a su cargo la tarea de difundir la enseñanza. El cambio de dirección determinaría el cambio de los miembros y de las funciones. En Inglaterra, Krishnaji había accedido a ser el Presidente de la Krishnamurti Foundation; en la India nos opusimos fuertemente a esto. Ser el jefe de una Fundación era aceptar la responsabilidad total por su funcionamiento, tanto legal como moralmente. Nosotros sentíamos que Krishnaji era el gran maestro y que no debía agobiársele de ese modo. Nuestras discusiones quedaron incompletas y habrían de continuar más adelante.
   Krishnaji fue a Bombay en camino a Madrás. Mientras estuvo en Bombay se alojó en Himmat Nivas. Una noche, durante la cena, estando presentes Nandini, Asit Chandmal y yo, Krishnaji comenzó a hablar de la Sociedad Teosófica y de Annie Besant. Esta era la primera vez en veintiún años que él nos hablaba detalladamente de la Sociedad Teosófica.
   Krishnaji exploró el misterio que rodeaba el descubrimiento del muchacho Krishnamurti. Sondeó delicadamente, afinando el oído para las sugerencias y descubrimientos que pudieran surgir en la discusión. Sus afirmaciones acerca de la Sociedad Teosófica eran claras y precisas. No hizo comentarios en cuanto a la verdad o ilusión de los hechos descritos. Percibiendo ‘lo otro’ en Krishnaji, nosotros escuchábamos, formulando pocas preguntas y dejándole hablar.
   Krishnaji contó que los Maestros le habían dicho a C.W. Leadbeater que encontrara a un muchacho que fuera brahmín, que proviniera de una buena familia y “tuviera un rostro como el descrito”. Era deber de la Sociedad Teosófica proteger el cuerpo del muchacho y proveerle de una atmósfera de completa seguridad durante dos años. Si el cuerpo estaba preparado y listo, el Señor Maitreya le daría al muchacho la mente. Cuando Leadbeater vio a Krishnamurti en la playa de Adyar, percibió que en el aura de éste no había vestigio alguno de egoísmo.
   Krishnaji se preguntaba cómo fue que el muchacho permaneció incontaminado a pesar de que se le dio todo cuanto deseaba ‑desde jugo de naranja a un Rolls Royce­ y a pesar de haber sido tratado de un modo especial por la gente que le rodeaba. A nadie le estaba permitido sentarse en su silla o tocar su raqueta de tenis, se tomó un cuidado tremendo a fin de que el cuerpo permaneciera sensible. No se le permitía tomar alcohol ni comer carne ni tratar a personas vulgares o poco refinadas. Krishnaji adelantó después algunas teorías para explicar cómo el muchacho se conservó incontaminado. ¿Era que, a través de nacimientos y reencarnaciones, había evolucionado hacia la perfección? ¿O el Señor Maitreya había protegido el cuerpo hasta que estuviera maduro? ¿Había el niño nacido sin un carácter o una personalidad formal, lo cual le permitió permanecer en un estado de vaguedad, sin contaminarse por su infancia junto al padre, por la escuela, por las doctrinas de la Sociedad Teosófica, por el lujo con que vivió en Inglaterra?
   Después nos habló de las jerarquías en la Sociedad Teosófica ‑la más alta era el ‘Señor del Mundo’, luego venía el Mahachohan, después el Buda­. El Bodhisattva Maitreya se consideraba igual al Buda. Debajo de ellos estaban los Maestros, cada uno con un nombre diferente ‑uno un lama tibetano, otro un aristócrata hindú, otro un conde polaco­.
   El muchacho, que era por completo inocente y puro, aún tenía que ser protegido a fin de que el mal no pudiera tocarlo, no pudiera penetrar en él.
   Súbitamente, en medio de la conversación, Krishnaji dejó de hablar. Dijo: “Estamos hablando de cosas peligrosas. Esto puede hacer que entren en la casa”. Su voz era extraña, su cuerpo cobró fuerza. “¿Pueden sentirlo en la habitación?” La habitación estaba latiendo. Krishnaji se quedó en silencio por un largo rato. Cuando comenzó a hablar nuevamente, la atmósfera dentro de la habitación se había transformado; había silencio, una cualidad activa de bondad.
   Krishnaji continuó. Mrs. Besant había insistido en que dos iniciados acompañaran todo el tiempo a Krishnamurti. Ella decía: “Puesto que internamente estás siempre solo, jamás debes estar solo físicamente. “Existía en el muchacho un depósito de bondad que no debía contaminarse. Nos dijo que necesitaba protección aun en 1.969, pues su carácter todavía no se había formado por completo. “La otra noche, mientras meditaba, pude ver que el muchacho seguía existiendo tal como era antes, nada le había sucedido en la vida. El muchacho sigue siendo tal como era. El cuerpo todavía necesita ser protegido del mal”. Hizo una nueva pausa, y agrego. “Sigo sintiendo que me protegen”.
   Habló después de los primeros años, cuando el cuerpo del niño Krishnamurti tenía que ser protegido completamente y se le debía dar seguridad por dos años; pero la mente no debía tocarse, porque “el Señor le daría lo demás”. Había largos silencios entre sus frases. Dijo que el cuerpo tuvo que pasar por muchísimos sufrimientos (como en Ojai y Ootacamund) porque aún había imperfecciones en el cerebro.
   Después lo interrogamos acerca de las muchas personas indeseables que a través de los años le habían rodeado. Asit Chandmal preguntó: “¿Cómo permite el bien que el mal se acerque en la forma de un ser humano?”
   “Yo no puedo apartar a nadie ni a cosa alguna”, dijo K. “No puedo decir ‘váyanse’; ello tiene que alejarse de mí. ¿No es extraño que lo haga?” Después preguntó: “¿Qué fuerza es la que protege algo de modo que permanezca inocente y puro? Uno debe ser muy cuidadoso si abre la puerta; pueden entrar el mal o el bien. El mal encuentra fácil entrar, el bien mucho más difícil. El mal no es el opuesto del bien”, repitió. “No existe relación alguna entre ambos”.
   Krishnaji prosiguió luego hablando de las iniciaciones por las que había pasado en la Sociedad Teosófica. Conforme a las doctrinas secretas de la Sociedad, había tres iniciaciones. Después de dos, las cosas todavía podían ir mal. Pero, después de la tercera, el ser ya no podía ser afectado por la ira, por el sexo, por el dinero. Todo eso era demasiado trivial. Era casi la medianoche cuando Krishnaji se retiró para acostarse.
   Desde Bombay Krishnaji se dirigió a Madrás. En las pláticas públicas y en las discusiones que sostuvo ahí, planteó una pregunta fundamental: “¿Existe algo como el individuo, o el hombre es meramente un movimiento de lo colectivo?” Las percepciones en la naturaleza de lo colectivo revelaban que estaba compuesto por la tradición, las creencias, el conocimiento y la experiencia de los libros. Krishnaji dijo que, para que hubiera un individuo, tenía que producirse una revolución en lo colectivo que se manifestaba en el conocimiento y en la tradición. Y de ese modo el hombre tenía que descubrir su propia incorruptibilidad.
   “Es necesario formular preguntas”, dijo Krishnaji. “Preguntas para las que no hay respuestas. De manera tal que la pregunta vuelva al hombre sobre sí mismo y sobre el modo en que opera la estructura del pensamiento. La mano que busca alejar o rechazar, es la misma mano que retiene”.
   Después, durante un paseo por Bombay, dijo que “el acto de ver y escuchar activa el sentir. El ver, sin que intervenga la palabra como pensamiento, crea energía”.
   También habló sobre la urgencia “de conocernos a nosotros mismos tal como somos, no como desearíamos ser ‑lo cual es ilusorio, ideal e imaginario­. Sólo ‘lo que es’ puede transformarse, no lo que desearíamos que fuera. La comprensión de lo que somos ‑feos, hermosos, desagradables, malos­ la comprensión sin distorsión ninguna, es el principio de la virtud. Solamente la virtud genera libertad”.
   El interés de Krishnaji por explorar el modo tradicional hindú de abordar la liberación, se hizo evidente desde el otoño de 1.970. El se encontraba en Delhi, y durante nuestros paseos y discusiones habló sobre la tenacidad de la mente hindú, que a pesar de la conquista y la represión, había mantenido vivas las viejas enseñanzas.
   Discutimos el antiguo papel desempeñado por el brahmín; en el brahmín había arrogancia, evidente en su negativa a aceptar dinero por impartir conocimientos. Su don para la enseñanza tenía que ejercerse libremente. Como brahmín, él no debía aceptar dakshina, caridad. Sentía que tenía el derecho de ser mantenido por el Estado. La pobreza era su derecho de nacimiento, así lo había aprendido. Andando el tiempo, este orgullo había llevado a la arrogancia y a la corrupción, y con ello a la degeneración brahmínica.
   A Krishnaji le encantaban los mitos de la India. Me hacía repetir con frecuencia la leyenda de Narada, el semicelestial y chismoso mendicante musical, que viajaba interminablemente llevando de un dios a otro el chismorreo del mundo de los dioses.
   Narada, ansioso por aprender el secreto del maya de Vishnu, llegó hasta Vishnu cuando éste descansaba en medio de un bosquecillo. Terminadas las salutaciones, Narada le preguntó al dios de las aguas azules el secreto de su maya ‑la red de ilusión que cubre el mundo del hombre y sus acciones­. Vishnu accedió a enseñárselo, pero le pidió a Narada que, como estaba sediento, fuera a traerle un poco de agua. Narada vagó a través del bosque buscando una residencia. Después de cierto tiempo, llegó a una casa y golpeó en la puerta. Esta fue abierta por una joven mujer de arrebatadora belleza, que le sonrió con sus grandes ojos soñadores mientras se volvía para traerle el agua. Narada quedó locamente enamorado y se demoró por días en compañía de ella.
   Pasó el tiempo. Narada se casó con su amor, un año siguió a otro año, y nacieron los hijos. Narada vivía en la bienaventuranza con su mujer y sus hijos. Llegó un año en que llovió incesantemente, las aguas de los ríos desbordaron las márgenes, y una corriente gigantesca barrió la casa de Narada y los árboles que la rodeaban. Sosteniendo con una mano a su mujer, aferrando a su hijo con la otra y llevando sobre sus hombros a un hijo más, Narada avanzó con dificultad por las aguas para alcanzar un terreno más alto. Pero pronto las aguas le llegaron al pecho y después al mentón. Sus hijos, que se aferraban a él, fueron arrebatados uno tras otro, hasta que solamente quedó su mujer. Era de noche, y la oscuridad se sumaba al terror en que estaba sumido; las aguas continuaban subiendo, y su mujer, incapaz de seguir sosteniéndose de su brazo, fue separada de él y las aguas la reclamaron. Entonces Narada, solo, levantó los brazos y clamó a los dioses. De pronto se escuchó una voz: “Han pasado diez minutos. ¿Dónde está mi vaso de agua?”

   Nos reuníamos en la casa de B. Shiva Rao en Lodi Estate. Todas las mañanas discutíamos el pensamiento tradicional de la India; el Tantra, el despertar del kundalini, el yoga y la energía, la percepción, y ‘el movimiento que fluye hacia atrás’. Una de las discusiones fue sobre la muerte. Shiva Rao se encontraba severamente enfermo el día de la discusión, y los médicos estaban a su lado. Krishnaji se había sentado junto a él por algún tiempo, sosteniendo su mano. El corazón de Shiva Rao estaba fallando y no se esperaba que sobreviviera.
   Esa mañana, durante la discusión, Krishnaji se veía muy serio. Cuando empezamos a hablar de la muerte, dijo que Shiva Rao no moriría, que se iba a recuperar. Sin atribuir mayor significación a su comentario, dijo luego que nadie había muerto jamás bajo el mismo techo mientras él se encontraba viviendo en la casa. Como K tenía para entonces setenta y cinco años, su afirmación resultaba asombrosa.
   La discusión sobre la muerte comenzó con una pregunta. “¿Tiene que haber un modo de aprender a morir?”
   Krishnaji dijo: “Nosotros colocamos a la muerte detrás de los muros, fuera del movimiento de la vida. La consideramos una cosa que debe evitarse, eludirse. Uno se pregunta: ¿Qué es vivir y qué es morir? Ambas cosas deben marchar juntas, no separadas. ¿Por qué las hemos separado? ¿Puede uno aprender acerca del vivir, y así aprender acerca de la muerte? El aprender está siempre en el presente activo. A menos que el cerebro perciba de modo directo, jamás podrá comprender. Pero no hay nada que aprender. La muerte no existe cuando la mente está libre de lo conocido”.
   La muerte dice: tú no puedes tocarme, no puedes jugar tretas conmigo ‑la mente está habituada a las tretas­ cincelando algo con la experiencia. La muerte dice: tú no puedes experimentarme. La muerte es una experiencia original... un estado que no conozco... y estoy sumamente atemorizado”.
   Las discusiones continuaron, y cuando Krishnaji fue a Madrás, se formó otro grupo para reunirse con él. Uno de los participantes era George Sudarshan, un joven físico que enseñaba en la Universidad Austin de Texas. En palabras de Sudarshan, ellos discutieron “la segunda ley de la termodinámica”, Krishnaji habló acerca del tiempo, y de cómo el observador era uno con lo observado.
  “El observador se separa mediante imágenes, conclusiones, y así crea el espacio y el tiempo. Esa es una de las mayores fragmentaciones. ¿Puede uno mirar ‘lo que es’, sin el observador ‑que es el hacedor del tiempo, del espacio y la distancia­? El observador es tiempo”. George Sudarshan encontró que no podía conectar inmediatamente con Krishnaji y con el especial significado que éste daba a las palabras. Aún tenía que familiarizarse con el lenguaje de Krishnaji, pero había sido conmovido profundamente por él, sintiendo cómo lo sagrado rebosaba en su presencia.

   Tuve un accidente de automóvil cerca de Madrás, y sufrí un fuerte golpe en una vértebra, de modo que no pude ir al Valle de Rishi, donde Krishnaji había de continuar sus discusiones de grupo. Me llevaron por avión en una camilla a Bombay, y allí tuve que guardar cama durante tres semanas. Pero insistí en participar en los diálogos de Bombay. Cuando Krishnaji se encontró conmigo en Bombay, su respuesta a mi accidente fue por completo inesperada. Me tomó por los hombros y me sacudió, diciéndome que yo no tenía el derecho de ser irresponsable con mi cuerpo. Me quedé sin resuello, y me preparé para nuestra discusión de grupo, la cual abarcó tópicos muy diversos y de inmensa profundidad. El rumbo que toma el diálogo y la energía que se genera en una investigación seria, se revelaron en esta discusión. Después de dos horas, tuve que retirarme a mi dormitorio y me desplomé en la cama muy dolorida. El debe haber advertido esto, pero no hizo ningún comentario.
   Krishnaji estaba contento con la calidad de nuestros diálogos; había percibido en ellos un modo nuevo de abordar la enseñanza. Cuando dejó la India llevó consigo una copia de los mismos; en su sentir, estos diálogos debían formar la base de su nuevo libro. Los diálogos se corrigieron en la India y se publicaron bajo el título de Tradición y Revolución. Fue el primer libro importante de diálogos de Krishnamurti. Había en el libro un reconocimiento de la, importancia del diálogo en el despertar de la mente investigadora, y una clara percepción de que no había respuestas para los problemas esenciales de la vida. Sólo existía el despertar de la inteligencia y la constante formulación de preguntas fundamentales.

   En la primavera de 1.971, se habían acentuado las tensiones entre la India y Pakistán. Como una marejada, los refugiados, hombres, mujeres y niños enjutos de piel oscura y ojos claros, fluían en abundancia traspasando las fronteras del Pakistán oriental y penetrando en la parte occidental de Bengala. La incesante afluencia y el número creciente de estas masas, había llevado a un derrumbe de todas las comodidades ciudadanas, y hacia el mes de octubre, diez millones de refugiados inundaban la campiña oriental. Fue un desastre para la India.
   En junio de 1.971 viajé al exterior. Antes de irme me vi. con mi vieja amiga Indira Gandhi. Me dijo: “Si en los Estados Unidos le hacen preguntas sobre la situación, dígales que Indira Gandhi afirma, con toda solemnidad, que en un año no habrá un solo refugiado que permanezca en el suelo de la India”. La amenaza de guerra era una realidad, la situación se había vuelto sombría.
   Krishnaji tenía que venir a la India desde Roma a fines de octubre. Pero el 19 de octubre escribió desde París que los diarios locales estaban llenos con la posibilidad de una guerra entre la India y Pakistán; le habían dicho que con la histeria de la guerra inundando el país, él no tendría libertad para hablar en la India. Nos pedía que consideráramos seriamente si debía ir. Pronto siguieron cartas desde Roma. En una de ellas, fechada el 28 de octubre, Krishnaji escribió que los diarios informaban que en la India el olor de la guerra estaba en el aire. Me recordaba que, “como usted lo dijo, ha tomado la responsabilidad de proteger este cuerpo, y también yo tengo la responsabilidad de protegerlo. Todas estas cosas pueden poner en peligro el trabajo en la India. Por eso, Pupul, considere todo esto, y entre todos nosotros tenemos que llegar a una sabia decisión”.
   Le escribí una carta asegurándole que, aun cuando hubiera una guerra, él no tendría problemas en dejar la India. El 3 de noviembre, escribió desde Roma:

   ... guerra o no guerra, la situación es ésta, y no le he escrito antes sobre ello porque esperaba que hubiera un cambio que mejorara las cosas. Desde este verano, después de Gstaad, mi cuerpo se fatiga más y más. Ha alcanzado un punto de agotamiento. Desde que me encuentro aquí he estado vomitando diariamente, duermo poco y paso en cama la mayor parte del día; he tenido que cancelar dos pláticas que estaban planeadas. Agregue a esto que el cuerpo se ha vuelto hipersensible. Necesita un descanso completo. Si llego a la India en este estado, estoy seguro de que el cuerpo caerá enfermo, y eso no será bueno para nadie. Los dientes también me han estado molestando. Tenía muchas esperanzas de que las cosas mejoraran durante estas tres semanas que pasé en Roma, pero desgraciadamente no ha sido así, quizás estoy más agotado. Es, pues, más prudente que no viaje a la India este invierno. Lamento mucho no hacerlo, pero así están las cosas, este cuerpo tiene que conservarse tanto como sea posible. Siento que ésa es nuestra responsabilidad.
   Desde aquí regresaré a Brockwood y después iré a California. Mrs. Zimbalist está con su familia en los Estados Unidos. Tengo que escribirle para averiguar si ella puede alojarme en Malibú. Necesito ir a alguna parte donde el cuerpo pueda descansar, y ‘desaparecer’ silenciosamente. Espero que usted comprenda. Me mantendré en contacto con usted, querida Pupul.

   Nandini y yo estábamos profundamente preocupadas por su salud, y el 8 de noviembre le hablé por teléfono. Pronto empezaron a circular rumores en la India de que K se encontraba muy enfermo en un hospital. Telefoneamos a Malibú, donde K estaba descansando en casa de Mrs. Zimbalist, y obtuvimos una respuesta tranquilizadora.

   En el otoño de 1.971, mientras me encontraba en Bombay, sufrí un ataque de insuficiencia cardiaca, que fue acompañado por hipertensión; tuve que permanecer en cama durante varias semanas. Mientras tanto mi esposo, que se encontraba en Delhi, cayó otra vez seriamente enfermo. Sus pulmones estaban muy débiles y sufría de un severo enfisema. Lo llevamos a Bombay para un tratamiento, pero su condición continuó deteriorándose. Yo viajaba constantemente entre Nueva Delhi y Bombay.
   El 23 de julio, su estado se volvió súbitamente crítico. Un poco después de la medianoche me hicieron pasar. Jayakar estaba semiconsciente; hablaba, pero uno tenía que inclinarse muy cerca para escuchar sus palabras: “Ayúdame, sostén mi mano, ayúdame”. No sé si me reconoció. Yo tomé su mano. Nandini había entrado en la sala y tomó la otra mano.
   El cuerpo se había quedado tranquilo y ya no se escuchaba la voz, pero la presión de la mano aún continuaba. La habitación estaba totalmente silenciosa, y lo mismo la mente. En el enorme silencio, percibimos una presencia que se hacía cargo de él y dulcemente lo llevaba a través del umbral. De pronto, la mano se aflojó. El consumido rostro perdió su expresión de intenso sufrimiento; se veía joven, bello, no tocado por su enfermedad. ¿A quién iba yo a llorar? Mi hija Radhika había entrado. Lo vio ‘durmiendo’, y pasaron unos momentos antes de que se percatara que la muerte era nuestra compañera. El silencio que se había despertado esa noche permaneció conmigo en los días que siguieron. Luego partí hacia Delhi, y la quietud proseguía dentro de mí.
   Una noche de octubre desperté sintiendo que el miedo estallaba en mi interior. La ventana estaba abierta, y en la oscuridad percibí una presencia que aguardaba afuera. El miedo me ahogaba. Encendí la luz y me quedé levantada toda la noche, temerosa de cerrar los ojos ‑porque con la oscuridad, la presencia estaba ahí­. Esto continuó por diez días. Yo solía caer dormida y despertaba en un torrente de miedo, con la presencia aguardando en la oscuridad. Ninguna observación interna era posible. La intensidad del miedo me aniquilaba; estaba hecha un desastre y no pude dormir por más de quince días.

   Krishnaji llegó a Delhi en el otoño de 1.972, y fui a verle. Me interrogó con gran detalle sobre la manera en que había muerto Jayakar, sobre el instante de la muerte y el estado de mi mente. Hablamos de ello, permanecimos quietamente con ello, pero después de ese día nunca más volvió él a mencionar el hecho de la muerte de Jayakar. Un aspecto de mi vida había llegado a su fin; yo tenía que estar libre del pasado y seguir adelante. Después le hablé acerca del miedo que se había despertado en mí y me estaba destruyendo. Me escuchó con gravedad, sostuvo mi mano, e hizo que permaneciera en silencio con él. Nos quedamos así por un largo rato.
   Las discusiones habían comenzado, y una de ellas versó sobre el miedo. Krishnaji dijo que el miedo existía cuando había una sensación de completo aislamiento, de absoluto desamparo. Yo respondí que uno podía habérselas con los temores conscientes, incluso permitirles florecer y terminar. Pero uno parecía estar indefenso ante los temores inconscientes, ante la oscuridad primitiva que yace en las raíces de la existencia.
   “¿Contiene el inconsciente estos temores?”, preguntó Krishnaji. “¿Invita el inconsciente a estos temores, o los recoge del medio circundante? ¿Se encuentran en los genes heredados?”, siguió preguntando. “¿Por qué consideramos que el inconsciente es el depósito del miedo?”
   “El miedo está siempre ahí, ‘es en una crisis que nos volvemos conscientes de él”, dije.
   A medida que la discusión” fluía, reflejaba los oscuros, innominados temores que acechaban como sombras en el cerebro. Percibiendo esto, Krishnaji preguntó: “¿Es que toda la estructura de la célula tiene miedo de no ser? ¿Forma el miedo parte de la existencia humana? ¿Forma parte de la más minúscula cosa viviente, de la más diminuta de las células? Si es así, ¿por qué debería yo crear una crisis para habérmelas con el miedo?” Hubo silencio.
   “Un gesto, un pensamiento, una palabra, una mirada, un susurro, generan miedo. El miedo está aquí, afuera y adentro. “Mientras él hablaba, el miedo estaba ahí, alrededor de nosotros y dentro de nosotros”. ¿Por qué no establecemos contacto con el miedo antes del reto?”, preguntó. “¿Es qué la mente consciente tiene miedo de enfrentarse al miedo?” Luego, al percibir la atmósfera y al ver la enormidad del problema, dijo: “Vayamos despacio, estamos siguiéndole la pista a un cohete.
   “Lo que se requiere”, dijo, “es verdadera sencillez, no análisis. El miedo de no ser forma parte de las células de nuestra sangre. Es nuestra herencia. Yo digo que está ahí, debajo de la alfombra; levántenla y miren. Está ahí, Cuando la mente está despierta por sí misma, no tiene miedo. ¿Por qué debo asustarme si el miedo forma parte de mi ser?”
   Había poco que yo pudiera agregar para contribuir a la discusión. De pronto, Krishnaji dijo: “¿Puede la mente estar por completo inmóvil? Entonces dejen que el miedo venga, déjenlo surgir. Cuando la mente se halla despierta, ¿cuál es, entonces, la raíz central del miedo?” Mientras él hablaba, hubo una intensa detención de la ascendente espiral del miedo. El cerebro estaba quieto, igual que el cuerpo.
   “Este estado, ¿ha surgido alguna vez en usted, señor?”, pregunté. Nuevamente quedó en silencio. “Varias veces, muchas veces, cuando la mente tiene completa estabilidad, cuando no retrocede, cuando no acepta ni niega, ni racionaliza, ni escapa, cuando no hay movimiento de ninguna clase. Hemos llegado a la raíz de ello, ¿no es así?”
   Yo había escuchado. Me fui de allí viendo que el estar libre de miedo no descansaba en ninguna acción interna o externa, que esa libertad sólo podía existir cuando el cerebro estaba totalmente silencioso. La quietud generada por el diálogo permaneció conmigo, y esa noche me dormí sin temor alguno. Los miedos catastróficos, primitivos, no volvieron a aparecer en mí desde aquel diálogo. Los pocos temores que surgieron estaban en la superficie del nivel consciente, por lo que era posible enfrentarse a ellos.
   En los días que siguieron, K me habló sobre la naturaleza de la soledad. Era un extraordinario estado del ser, un estado de completo aislamiento. Era la esencia del ‘sí mismo’ ‑el ‘yo’ con su red de palabras en que la mente se halla atrapada­. Me pidió que afrontara la completa soledad interna; sólo así podía uno verse totalmente libre del miedo.
   “Estar libre del miedo es estar totalmente libre del tiempo” dijo. Yo recibí esas palabras y las guardé muy dentro de mí.