Capítulo XXV
“ES
NECESARIO FORMULAR PREGUNTAS
PARA
LAS QUE NO HAY RESPUESTAS”
Mientras me encontraba en
Poona, les pedí a Achyut y a Sunanda que se reincorporaran a la Fundación.
Sunanda aceptó. Achyut, si bien no se incorporó formalmente, accedió a
colaborar en todas las formas.
Achyut, Sunanda, Nandini y
yo recibimos a Krishnaji en el aeropuerto cuando llegó a Delhi en el invierno
de 1969. La ausencia de Rao tornaba la ocasión particularmente conmovedora.
Krishnaji nos miró y dijo gravemente: “De modo que no todos me han abandonado”.
Discutimos con K sobre el
futuro de la Fundación para la Nueva Educación, y sobre la relación de ésta con
el Centro Krishnamurti de Madrás. Jayalaxmi se encontraba con nosotros en Nueva
Delhi, y también aquí Krishnaji se mostró vacilante. Finalmente se decidió que
la Fundación para la Nueva Educación recibiera el nuevo nombre de Krishnamurti
Foundation of India (Fundación Krishnamurti de la India). Esto era necesario
para reflejar la naturaleza del cambio en el trabajo. La Fundación ya no era
más un cuerpo que se ocuparía solamente de las escuelas y de otras
instituciones educacionales, así como de conservar y proteger las tierras, sino
que tomaría a su cargo la tarea de difundir la enseñanza. El cambio de
dirección determinaría el cambio de los miembros y de las funciones. En
Inglaterra, Krishnaji había accedido a ser el Presidente de la Krishnamurti
Foundation; en la India nos opusimos fuertemente a esto. Ser el jefe de una
Fundación era aceptar la responsabilidad total por su funcionamiento, tanto
legal como moralmente. Nosotros sentíamos que Krishnaji era el gran maestro y
que no debía agobiársele de ese modo. Nuestras discusiones quedaron incompletas
y habrían de continuar más adelante.
Krishnaji fue a Bombay en
camino a Madrás. Mientras estuvo en Bombay se alojó en Himmat Nivas. Una noche,
durante la cena, estando presentes Nandini, Asit Chandmal y yo, Krishnaji
comenzó a hablar de la Sociedad Teosófica y de Annie Besant. Esta era la
primera vez en veintiún años que él nos hablaba detalladamente de la Sociedad
Teosófica.
Krishnaji exploró el
misterio que rodeaba el descubrimiento del muchacho Krishnamurti. Sondeó
delicadamente, afinando el oído para las sugerencias y descubrimientos que
pudieran surgir en la discusión. Sus afirmaciones acerca de la Sociedad
Teosófica eran claras y precisas. No hizo comentarios en cuanto a la verdad o
ilusión de los hechos descritos. Percibiendo ‘lo otro’ en Krishnaji, nosotros
escuchábamos, formulando pocas preguntas y dejándole hablar.
Krishnaji contó que los
Maestros le habían dicho a C.W. Leadbeater que encontrara a un muchacho que
fuera brahmín, que proviniera de una buena familia y “tuviera un rostro como el
descrito”. Era deber de la Sociedad Teosófica proteger el cuerpo del muchacho y
proveerle de una atmósfera de completa seguridad durante dos años. Si el cuerpo
estaba preparado y listo, el Señor Maitreya le daría al muchacho la mente.
Cuando Leadbeater vio a Krishnamurti en la playa de Adyar, percibió que en el
aura de éste no había vestigio alguno de egoísmo.
Krishnaji se preguntaba
cómo fue que el muchacho permaneció incontaminado a pesar de que se le dio todo
cuanto deseaba ‑desde jugo de naranja a un Rolls Royce y a pesar de haber sido
tratado de un modo especial por la gente que le rodeaba. A nadie le estaba
permitido sentarse en su silla o tocar su raqueta de tenis, se tomó un cuidado
tremendo a fin de que el cuerpo permaneciera sensible. No se le permitía tomar
alcohol ni comer carne ni tratar a personas vulgares o poco refinadas.
Krishnaji adelantó después algunas teorías para explicar cómo el muchacho se
conservó incontaminado. ¿Era que, a través de nacimientos y reencarnaciones,
había evolucionado hacia la perfección? ¿O el Señor Maitreya había protegido el
cuerpo hasta que estuviera maduro? ¿Había el niño nacido sin un carácter o una
personalidad formal, lo cual le permitió permanecer en un estado de vaguedad,
sin contaminarse por su infancia junto al padre, por la escuela, por las
doctrinas de la Sociedad Teosófica, por el lujo con que vivió en Inglaterra?
Después nos habló de las
jerarquías en la Sociedad Teosófica ‑la más alta era el ‘Señor del Mundo’,
luego venía el Mahachohan, después el Buda. El Bodhisattva Maitreya se
consideraba igual al Buda. Debajo de ellos estaban los Maestros, cada uno con
un nombre diferente ‑uno un lama tibetano, otro un aristócrata hindú, otro un
conde polaco.
El muchacho, que era por
completo inocente y puro, aún tenía que ser protegido a fin de que el mal no
pudiera tocarlo, no pudiera penetrar en él.
Súbitamente, en medio de
la conversación, Krishnaji dejó de hablar. Dijo: “Estamos hablando de cosas
peligrosas. Esto puede hacer que entren en la casa”. Su voz era extraña, su
cuerpo cobró fuerza. “¿Pueden sentirlo en la habitación?” La habitación estaba
latiendo. Krishnaji se quedó en silencio por un largo rato. Cuando comenzó a
hablar nuevamente, la atmósfera dentro de la habitación se había transformado;
había silencio, una cualidad activa de bondad.
Krishnaji continuó. Mrs.
Besant había insistido en que dos iniciados acompañaran todo el tiempo a
Krishnamurti. Ella decía: “Puesto que internamente estás siempre solo, jamás
debes estar solo físicamente. “Existía en el muchacho un depósito de bondad que
no debía contaminarse. Nos dijo que necesitaba protección aun en 1.969, pues su
carácter todavía no se había formado por completo. “La otra noche, mientras
meditaba, pude ver que el muchacho seguía existiendo tal como era antes, nada
le había sucedido en la vida. El muchacho sigue siendo tal como era. El cuerpo
todavía necesita ser protegido del mal”. Hizo una nueva pausa, y agrego. “Sigo
sintiendo que me protegen”.
Habló después de los
primeros años, cuando el cuerpo del niño Krishnamurti tenía que ser protegido
completamente y se le debía dar seguridad por dos años; pero la mente no debía
tocarse, porque “el Señor le daría lo demás”. Había largos silencios entre sus
frases. Dijo que el cuerpo tuvo que pasar por muchísimos sufrimientos (como en
Ojai y Ootacamund) porque aún había imperfecciones en el cerebro.
Después lo interrogamos
acerca de las muchas personas indeseables que a través de los años le habían
rodeado. Asit Chandmal preguntó: “¿Cómo permite el bien que el mal se acerque
en la forma de un ser humano?”
“Yo no puedo apartar a
nadie ni a cosa alguna”, dijo K. “No puedo decir ‘váyanse’; ello tiene que
alejarse de mí. ¿No es extraño que lo haga?” Después preguntó: “¿Qué fuerza es
la que protege algo de modo que permanezca inocente y puro? Uno debe ser muy
cuidadoso si abre la puerta; pueden entrar el mal o el bien. El mal encuentra
fácil entrar, el bien mucho más difícil. El mal no es el opuesto del bien”,
repitió. “No existe relación alguna entre ambos”.
Krishnaji prosiguió luego
hablando de las iniciaciones por las que había pasado en la Sociedad Teosófica.
Conforme a las doctrinas secretas de la Sociedad, había tres iniciaciones.
Después de dos, las cosas todavía podían ir mal. Pero, después de la tercera,
el ser ya no podía ser afectado por la ira, por el sexo, por el dinero. Todo
eso era demasiado trivial. Era casi la medianoche cuando Krishnaji se retiró
para acostarse.
Desde Bombay Krishnaji se
dirigió a Madrás. En las pláticas públicas y en las discusiones que sostuvo
ahí, planteó una pregunta fundamental: “¿Existe algo como el individuo, o el
hombre es meramente un movimiento de lo colectivo?” Las percepciones en la
naturaleza de lo colectivo revelaban que estaba compuesto por la tradición, las
creencias, el conocimiento y la experiencia de los libros. Krishnaji dijo que,
para que hubiera un individuo, tenía que producirse una revolución en lo
colectivo que se manifestaba en el conocimiento y en la tradición. Y de ese
modo el hombre tenía que descubrir su propia incorruptibilidad.
“Es necesario formular
preguntas”, dijo Krishnaji. “Preguntas para las que no hay respuestas. De
manera tal que la pregunta vuelva al hombre sobre sí mismo y sobre el modo en
que opera la estructura del pensamiento. La mano que busca alejar o rechazar,
es la misma mano que retiene”.
Después, durante un paseo
por Bombay, dijo que “el acto de ver y escuchar activa el sentir. El ver, sin
que intervenga la palabra como pensamiento, crea energía”.
También habló sobre la
urgencia “de conocernos a nosotros mismos tal como somos, no como desearíamos
ser ‑lo cual es ilusorio, ideal e imaginario. Sólo ‘lo que es’ puede
transformarse, no lo que desearíamos que fuera. La comprensión de lo que somos ‑feos,
hermosos, desagradables, malos la comprensión sin distorsión ninguna, es el
principio de la virtud. Solamente la virtud genera libertad”.
El interés de Krishnaji
por explorar el modo tradicional hindú de abordar la liberación, se hizo
evidente desde el otoño de 1.970. El se encontraba en Delhi, y durante nuestros
paseos y discusiones habló sobre la tenacidad de la mente hindú, que a pesar de
la conquista y la represión, había mantenido vivas las viejas enseñanzas.
Discutimos el antiguo
papel desempeñado por el brahmín; en el brahmín había arrogancia, evidente en
su negativa a aceptar dinero por impartir conocimientos. Su don para la
enseñanza tenía que ejercerse libremente. Como brahmín, él no debía aceptar dakshina, caridad. Sentía que tenía el
derecho de ser mantenido por el Estado. La pobreza era su derecho de
nacimiento, así lo había aprendido. Andando el tiempo, este orgullo había
llevado a la arrogancia y a la corrupción, y con ello a la degeneración
brahmínica.
A Krishnaji le encantaban
los mitos de la India. Me hacía repetir con frecuencia la leyenda de Narada, el
semicelestial y chismoso mendicante musical, que viajaba interminablemente
llevando de un dios a otro el chismorreo del mundo de los dioses.
Narada, ansioso por
aprender el secreto del maya de
Vishnu, llegó hasta Vishnu cuando éste descansaba en medio de un bosquecillo.
Terminadas las salutaciones, Narada le preguntó al dios de las aguas azules el
secreto de su maya ‑la red de ilusión
que cubre el mundo del hombre y sus acciones. Vishnu accedió a enseñárselo,
pero le pidió a Narada que, como estaba sediento, fuera a traerle un poco de
agua. Narada vagó a través del bosque buscando una residencia. Después de
cierto tiempo, llegó a una casa y golpeó en la puerta. Esta fue abierta por una
joven mujer de arrebatadora belleza, que le sonrió con sus grandes ojos
soñadores mientras se volvía para traerle el agua. Narada quedó locamente
enamorado y se demoró por días en compañía de ella.
Pasó el tiempo. Narada se
casó con su amor, un año siguió a otro año, y nacieron los hijos. Narada vivía
en la bienaventuranza con su mujer y sus hijos. Llegó un año en que llovió
incesantemente, las aguas de los ríos desbordaron las márgenes, y una corriente
gigantesca barrió la casa de Narada y los árboles que la rodeaban. Sosteniendo
con una mano a su mujer, aferrando a su hijo con la otra y llevando sobre sus
hombros a un hijo más, Narada avanzó con dificultad por las aguas para alcanzar
un terreno más alto. Pero pronto las aguas le llegaron al pecho y después al
mentón. Sus hijos, que se aferraban a él, fueron arrebatados uno tras otro,
hasta que solamente quedó su mujer. Era de noche, y la oscuridad se sumaba al
terror en que estaba sumido; las aguas continuaban subiendo, y su mujer,
incapaz de seguir sosteniéndose de su brazo, fue separada de él y las aguas la
reclamaron. Entonces Narada, solo, levantó los brazos y clamó a los dioses. De
pronto se escuchó una voz: “Han pasado diez minutos. ¿Dónde está mi vaso de
agua?”
Nos reuníamos en la casa
de B. Shiva Rao en Lodi Estate. Todas las mañanas discutíamos el pensamiento
tradicional de la India; el Tantra, el despertar del kundalini, el yoga y la energía, la percepción, y ‘el movimiento
que fluye hacia atrás’. Una de las discusiones fue sobre la muerte. Shiva Rao
se encontraba severamente enfermo el día de la discusión, y los médicos estaban
a su lado. Krishnaji se había sentado junto a él por algún tiempo, sosteniendo
su mano. El corazón de Shiva Rao estaba fallando y no se esperaba que
sobreviviera.
Esa mañana, durante la
discusión, Krishnaji se veía muy serio. Cuando empezamos a hablar de la muerte,
dijo que Shiva Rao no moriría, que se iba a recuperar. Sin atribuir mayor
significación a su comentario, dijo luego que nadie había muerto jamás bajo el
mismo techo mientras él se encontraba viviendo en la casa. Como K tenía para
entonces setenta y cinco años, su afirmación resultaba asombrosa.
La discusión sobre la
muerte comenzó con una pregunta. “¿Tiene que haber un modo de aprender a
morir?”
Krishnaji dijo: “Nosotros
colocamos a la muerte detrás de los muros, fuera del movimiento de la vida. La
consideramos una cosa que debe evitarse, eludirse. Uno se pregunta: ¿Qué es
vivir y qué es morir? Ambas cosas deben marchar juntas, no separadas. ¿Por qué
las hemos separado? ¿Puede uno aprender acerca del vivir, y así aprender acerca
de la muerte? El aprender está siempre en el presente activo. A menos que el
cerebro perciba de modo directo, jamás podrá comprender. Pero no hay nada que
aprender. La muerte no existe cuando la mente está libre de lo conocido”.
La muerte dice: tú no
puedes tocarme, no puedes jugar tretas conmigo ‑la mente está habituada a las
tretas cincelando algo con la experiencia. La muerte dice: tú no puedes
experimentarme. La muerte es una experiencia original... un estado que no
conozco... y estoy sumamente atemorizado”.
Las discusiones
continuaron, y cuando Krishnaji fue a Madrás, se formó otro grupo para reunirse
con él. Uno de los participantes era George Sudarshan, un joven físico que
enseñaba en la Universidad Austin de Texas. En palabras de Sudarshan, ellos
discutieron “la segunda ley de la termodinámica”, Krishnaji habló acerca del
tiempo, y de cómo el observador era uno con lo observado.
“El observador se separa
mediante imágenes, conclusiones, y así crea el espacio y el tiempo. Esa es una
de las mayores fragmentaciones. ¿Puede uno mirar ‘lo que es’, sin el observador
‑que es el hacedor del tiempo, del espacio y la distancia? El observador es
tiempo”. George Sudarshan encontró que no podía conectar inmediatamente con
Krishnaji y con el especial significado que éste daba a las palabras. Aún tenía
que familiarizarse con el lenguaje de Krishnaji, pero había sido conmovido
profundamente por él, sintiendo cómo lo sagrado rebosaba en su presencia.
Tuve un accidente de
automóvil cerca de Madrás, y sufrí un fuerte golpe en una vértebra, de modo que
no pude ir al Valle de Rishi, donde Krishnaji había de continuar sus
discusiones de grupo. Me llevaron por avión en una camilla a Bombay, y allí
tuve que guardar cama durante tres semanas. Pero insistí en participar en los
diálogos de Bombay. Cuando Krishnaji se encontró conmigo en Bombay, su
respuesta a mi accidente fue por completo inesperada. Me tomó por los hombros y
me sacudió, diciéndome que yo no tenía el derecho de ser irresponsable con mi
cuerpo. Me quedé sin resuello, y me preparé para nuestra discusión de grupo, la
cual abarcó tópicos muy diversos y de inmensa profundidad. El rumbo que toma el
diálogo y la energía que se genera en una investigación seria, se revelaron en
esta discusión. Después de dos horas, tuve que retirarme a mi dormitorio y me
desplomé en la cama muy dolorida. El debe haber advertido esto, pero no hizo
ningún comentario.
Krishnaji estaba contento
con la calidad de nuestros diálogos; había percibido en ellos un modo nuevo de
abordar la enseñanza. Cuando dejó la India llevó consigo una copia de los
mismos; en su sentir, estos diálogos debían formar la base de su nuevo libro.
Los diálogos se corrigieron en la India y se publicaron bajo el título de Tradición y Revolución. Fue el primer
libro importante de diálogos de Krishnamurti. Había en el libro un
reconocimiento de la, importancia del diálogo en el despertar de la mente
investigadora, y una clara percepción de que no había respuestas para los
problemas esenciales de la vida. Sólo existía el despertar de la inteligencia y
la constante formulación de preguntas fundamentales.
En la primavera de 1.971,
se habían acentuado las tensiones entre la India y Pakistán. Como una marejada,
los refugiados, hombres, mujeres y niños enjutos de piel oscura y ojos claros,
fluían en abundancia traspasando las fronteras del Pakistán oriental y
penetrando en la parte occidental de Bengala. La incesante afluencia y el
número creciente de estas masas, había llevado a un derrumbe de todas las
comodidades ciudadanas, y hacia el mes de octubre, diez millones de refugiados
inundaban la campiña oriental. Fue un desastre para la India.
En junio de 1.971 viajé al
exterior. Antes de irme me vi. con mi vieja amiga Indira Gandhi. Me dijo: “Si
en los Estados Unidos le hacen preguntas sobre la situación, dígales que Indira
Gandhi afirma, con toda solemnidad, que en un año no habrá un solo refugiado
que permanezca en el suelo de la India”. La amenaza de guerra era una realidad,
la situación se había vuelto sombría.
Krishnaji tenía que venir
a la India desde Roma a fines de octubre. Pero el 19 de octubre escribió desde
París que los diarios locales estaban llenos con la posibilidad de una guerra
entre la India y Pakistán; le habían dicho que con la histeria de la guerra
inundando el país, él no tendría libertad para hablar en la India. Nos pedía
que consideráramos seriamente si debía ir. Pronto siguieron cartas desde Roma.
En una de ellas, fechada el 28 de octubre, Krishnaji escribió que los diarios
informaban que en la India el olor de la guerra estaba en el aire. Me recordaba
que, “como usted lo dijo, ha tomado la responsabilidad de proteger este cuerpo,
y también yo tengo la responsabilidad de protegerlo. Todas estas cosas pueden
poner en peligro el trabajo en la India. Por eso, Pupul, considere todo esto, y
entre todos nosotros tenemos que llegar a una sabia decisión”.
Le escribí una carta
asegurándole que, aun cuando hubiera una guerra, él no tendría problemas en
dejar la India. El 3 de noviembre, escribió desde Roma:
... guerra o no guerra, la
situación es ésta, y no le he escrito antes sobre ello porque esperaba que
hubiera un cambio que mejorara las cosas. Desde este verano, después de Gstaad,
mi cuerpo se fatiga más y más. Ha alcanzado un punto de agotamiento. Desde que
me encuentro aquí he estado vomitando diariamente, duermo poco y paso en cama
la mayor parte del día; he tenido que cancelar dos pláticas que estaban
planeadas. Agregue a esto que el cuerpo se ha vuelto hipersensible. Necesita un
descanso completo. Si llego a la India en este estado, estoy seguro de que el
cuerpo caerá enfermo, y eso no será bueno para nadie. Los dientes también me
han estado molestando. Tenía muchas esperanzas de que las cosas mejoraran
durante estas tres semanas que pasé en Roma, pero desgraciadamente no ha sido
así, quizás estoy más agotado. Es, pues, más prudente que no viaje a la India
este invierno. Lamento mucho no hacerlo, pero así están las cosas, este cuerpo
tiene que conservarse tanto como sea posible. Siento que ésa es nuestra
responsabilidad.
Desde aquí regresaré a Brockwood
y después iré a California. Mrs. Zimbalist está con su familia en los Estados
Unidos. Tengo que escribirle para averiguar si ella puede alojarme en Malibú.
Necesito ir a alguna parte donde el cuerpo pueda descansar, y ‘desaparecer’
silenciosamente. Espero que usted comprenda. Me mantendré en contacto con
usted, querida Pupul.
Nandini y yo estábamos
profundamente preocupadas por su salud, y el 8 de noviembre le hablé por
teléfono. Pronto empezaron a circular rumores en la India de que K se encontraba
muy enfermo en un hospital. Telefoneamos a Malibú, donde K estaba descansando
en casa de Mrs. Zimbalist, y obtuvimos una respuesta tranquilizadora.
En el otoño de 1.971,
mientras me encontraba en Bombay, sufrí un ataque de insuficiencia cardiaca, que
fue acompañado por hipertensión; tuve que permanecer en cama durante varias
semanas. Mientras tanto mi esposo, que se encontraba en Delhi, cayó otra vez
seriamente enfermo. Sus pulmones estaban muy débiles y sufría de un severo
enfisema. Lo llevamos a Bombay para un tratamiento, pero su condición continuó
deteriorándose. Yo viajaba constantemente entre Nueva Delhi y Bombay.
El 23 de julio, su estado
se volvió súbitamente crítico. Un poco después de la medianoche me hicieron
pasar. Jayakar estaba semiconsciente; hablaba, pero uno tenía que inclinarse
muy cerca para escuchar sus palabras: “Ayúdame, sostén mi mano, ayúdame”. No sé
si me reconoció. Yo tomé su mano. Nandini había entrado en la sala y tomó la
otra mano.
El cuerpo se había quedado
tranquilo y ya no se escuchaba la voz, pero la presión de la mano aún
continuaba. La habitación estaba totalmente silenciosa, y lo mismo la mente. En
el enorme silencio, percibimos una presencia que se hacía cargo de él y
dulcemente lo llevaba a través del umbral. De pronto, la mano se aflojó. El
consumido rostro perdió su expresión de intenso sufrimiento; se veía joven,
bello, no tocado por su enfermedad. ¿A quién iba yo a llorar? Mi hija Radhika
había entrado. Lo vio ‘durmiendo’, y pasaron unos momentos antes de que se
percatara que la muerte era nuestra compañera. El silencio que se había
despertado esa noche permaneció conmigo en los días que siguieron. Luego partí
hacia Delhi, y la quietud proseguía dentro de mí.
Una noche de octubre
desperté sintiendo que el miedo estallaba en mi interior. La ventana estaba
abierta, y en la oscuridad percibí una presencia que aguardaba afuera. El miedo
me ahogaba. Encendí la luz y me quedé levantada toda la noche, temerosa de
cerrar los ojos ‑porque con la oscuridad, la presencia estaba ahí. Esto
continuó por diez días. Yo solía caer dormida y despertaba en un torrente de
miedo, con la presencia aguardando en la oscuridad. Ninguna observación interna
era posible. La intensidad del miedo me aniquilaba; estaba hecha un desastre y
no pude dormir por más de quince días.
Krishnaji llegó a Delhi en
el otoño de 1.972, y fui a verle. Me interrogó con gran detalle sobre la manera
en que había muerto Jayakar, sobre el instante de la muerte y el estado de mi
mente. Hablamos de ello, permanecimos quietamente con ello, pero después de ese
día nunca más volvió él a mencionar el hecho de la muerte de Jayakar. Un
aspecto de mi vida había llegado a su fin; yo tenía que estar libre del pasado
y seguir adelante. Después le hablé acerca del miedo que se había despertado en
mí y me estaba destruyendo. Me escuchó con gravedad, sostuvo mi mano, e hizo
que permaneciera en silencio con él. Nos quedamos así por un largo rato.
Las discusiones habían
comenzado, y una de ellas versó sobre el miedo. Krishnaji dijo que el miedo
existía cuando había una sensación de completo aislamiento, de absoluto
desamparo. Yo respondí que uno podía habérselas con los temores conscientes,
incluso permitirles florecer y terminar. Pero uno parecía estar indefenso ante
los temores inconscientes, ante la oscuridad primitiva que yace en las raíces
de la existencia.
“¿Contiene el inconsciente
estos temores?”, preguntó Krishnaji. “¿Invita el inconsciente a estos temores,
o los recoge del medio circundante? ¿Se encuentran en los genes heredados?”,
siguió preguntando. “¿Por qué consideramos que el inconsciente es el depósito
del miedo?”
“El miedo está siempre
ahí, ‘es en una crisis que nos volvemos conscientes de él”, dije.
A medida que la discusión”
fluía, reflejaba los oscuros, innominados temores que acechaban como sombras en
el cerebro. Percibiendo esto, Krishnaji preguntó: “¿Es que toda la estructura
de la célula tiene miedo de no ser? ¿Forma el miedo parte de la existencia
humana? ¿Forma parte de la más minúscula cosa viviente, de la más diminuta de
las células? Si es así, ¿por qué debería yo crear una crisis para habérmelas
con el miedo?” Hubo silencio.
“Un gesto, un pensamiento,
una palabra, una mirada, un susurro, generan miedo. El miedo está aquí, afuera
y adentro. “Mientras él hablaba, el miedo estaba ahí, alrededor de nosotros y
dentro de nosotros”. ¿Por qué no establecemos contacto con el miedo antes del reto?”, preguntó. “¿Es qué la
mente consciente tiene miedo de enfrentarse al miedo?” Luego, al percibir la
atmósfera y al ver la enormidad del problema, dijo: “Vayamos despacio, estamos
siguiéndole la pista a un cohete.
“Lo que se requiere”,
dijo, “es verdadera sencillez, no análisis. El miedo de no ser forma parte de
las células de nuestra sangre. Es nuestra herencia. Yo digo que está ahí,
debajo de la alfombra; levántenla y miren. Está ahí, Cuando la mente está
despierta por sí misma, no tiene miedo. ¿Por qué debo asustarme si el miedo
forma parte de mi ser?”
Había poco que yo pudiera
agregar para contribuir a la discusión. De pronto, Krishnaji dijo: “¿Puede la
mente estar por completo inmóvil? Entonces dejen que el miedo venga, déjenlo
surgir. Cuando la mente se halla despierta, ¿cuál es, entonces, la raíz central
del miedo?” Mientras él hablaba, hubo una intensa detención de la ascendente
espiral del miedo. El cerebro estaba quieto, igual que el cuerpo.
“Este estado, ¿ha surgido
alguna vez en usted, señor?”, pregunté. Nuevamente quedó en silencio. “Varias
veces, muchas veces, cuando la mente tiene completa estabilidad, cuando no
retrocede, cuando no acepta ni niega, ni racionaliza, ni escapa, cuando no hay
movimiento de ninguna clase. Hemos llegado a la raíz de ello, ¿no es así?”
Yo había escuchado. Me fui
de allí viendo que el estar libre de miedo no descansaba en ninguna acción
interna o externa, que esa libertad sólo podía existir cuando el cerebro estaba
totalmente silencioso. La quietud generada por el diálogo permaneció conmigo, y
esa noche me dormí sin temor alguno. Los miedos catastróficos, primitivos, no
volvieron a aparecer en mí desde aquel diálogo. Los pocos temores que surgieron
estaban en la superficie del nivel consciente, por lo que era posible
enfrentarse a ellos.
En los días que siguieron,
K me habló sobre la naturaleza de la soledad. Era un extraordinario estado del
ser, un estado de completo aislamiento. Era la esencia del ‘sí mismo’ ‑el ‘yo’
con su red de palabras en que la mente se halla atrapada. Me pidió que
afrontara la completa soledad interna; sólo así podía uno verse totalmente
libre del miedo.
“Estar libre del miedo es
estar totalmente libre del tiempo” dijo. Yo recibí esas palabras y las guardé
muy dentro de mí.