domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXXI “NO CONSERVE RECUERDOS DE ELLA EN SU MENTE, ESO LA RETIENE EN LA TIERRA. DÉJELA IRSE”.



Capítulo XXXI
“NO CONSERVE RECUERDOS DE ELLA EN
SU MENTE, ESO LA RETIENE EN LA TIERRA.
DÉJELA IRSE”.

   Krishnaji volvió por Lufthansa a Delhi, el 26 de octubre de 1.981; había estado enfermo y se encontraba muy débil. Le acompañó Asit. El presidente de la India, Shri Sanjeeva Reddy, un antiguo estudiante en la Escuela del Valle de Rishi, había enviado un mensaje a través de uno de sus asistentes, expresando el deseo de que Krishnamurti se alojara con él cuando estuviera en Delhi. Se le explicó al presidente el problema que eso implicaba, y se decidió que éste invitara a Krishnaji a un almuerzo.
   El día anterior a su llegada, Krishnaji comenzó a hablarme de Indira. Quería saber qué clase de mente tenía ella. ¿Contenía en sí el sentido de lo global? ¿Se daba cuenta de la crisis a que se enfrentaba la humanidad? Le respondí que, en mi sentir, ella tenía una percepción de lo global y que podía ver los problemas en su totalidad. Krishnaji preguntó entonces si podía ella dejar de ser nacionalista. Dije que no, que no podía hacer eso y seguir siendo primera ministra. Entonces empezó él a hablar de la carrera armamentista. Estaba muy preocupado por los peligros que afrontaba la humanidad. También tenía presentimientos acerca de Indira. En la India, la corrupción y la violencia iban en aumento, y la violencia se iría acelerando. “¿Podría Indira actuar y controlarla?”, preguntó. “Ella es muy vulnerable”.
   Le pregunté entonces por qué, durante los últimos años, había él mostrado tanto interés por Indira. ¿Qué encontraba en ella? Reflexionó, se interrogó a sí mismo, y dijo que ésa era una pregunta nueva; pareció intrigarle. Por algún tiempo había llevado a Indira en su conciencia. Sentía que, en silencio, podía comunicarse con ella. Nos interrumpieron y la conversación quedó inconclusa.
   Indira había invitado a Krishnaji a tomar el té, y lo estaba esperando en el porche. Permanecieron juntos por dos horas, y al terminar la entrevista ella entró en el comedor donde yo la esperaba junto con Sonia y Maneka, y nos preguntó la hora. Cuando supo que eran las siete y media, rió y dijo que había perdido toda noción del tiempo, olvidando que tenía una reunión. Tomó a los niños con ella y los presentó a Krishnaji. Poco después, nos acompañó a la puerta para despedirnos.
   Durante el regreso, Krishnaji estuvo muy silencioso. Más tarde me dijo que había percibido una gran tensión en la casa; emociones fuertes y reprimidas, y cierto odio latente. Cuando le preguntó a Indira si había problemas en la familia, ella respondió: “Las disputas habituales, como en todas las familias”. Pero Krishnaji no quedó satisfecho. Sentía que había violencia y algo muy malo en la atmósfera.
   El 2 de noviembre fuimos a almorzar a Rashtrapati Bhavan, la residencia presidencial. Acompañábamos a Krishnaji, Achyut, Narayan, Nandini y yo. Krishnaji vestía un dhoti ribeteado en rojo y un kurta hecho de tussar (Tussar: una seda que no procede del gusano de la morera; los capullos de tussar son cultivados en árboles y recogidos por hombres y mujeres de tribus, y luego son vendidos en mercados tribales). hilado a mano. Sobre sus hombros descansaba un angavastram. Espigado, la espalda recta, el semblante grave y los ojos límpidos y compasivos, era un sabio luminoso el que penetró en este símbolo del esplendor imperial. El presidente, Sanjeeva Reddy, recibió a Krishnaji con gran respeto, como es tradición en este país. S. Venkataraman, que había frecuentado a Krishnaji por varios años, inició una conversación. Indira entró pocos momentos después. Como una ágil muchacha, con los ojos brillantes corrió a saludar a Krishnaji.
   Durante el almuerzo, ella insistió en hablarle a Krishnaji en francés. El francés de Krishnaji era perfecto, y había en él una sofisticación que encantó a Indira. Ella advirtió que el presidente estaba intrigado y mostraba curiosidad. Se inclinaba todo el tiempo para escuchar y parecía frustrado al no poder entender lo que se decía. Después del almuerzo, Krishnaji fue despedido en la puerta de Rashtrapati Bhavan por el presidente. Había sido un interludio memorable y, no obstante, divertido.

   Krishnaji regresó a Delhi desde Varanasi, a principios de diciembre de 1.981. Fue el día de la tragedia de Qutub Minar; un pánico desatado en la oscura escalinata en espiral del Qutub (una torre de la victoria construida por el gobernador Qutbudin Aibak en el siglo XII) atrapó a un grupo escolar y murieron cuarenta y cinco niños. Ella vino directamente desde la escena del accidente, desde el horror de los cuerpos mutilados y la histeria y el dolor de los padres. Su rostro estaba tenso y ceñudo, la mirada sombría. Krishnaji se había enterado del desastre y la recibió en la puerta. Indira permaneció con él por más de una hora. Cuando salieron de la habitación para ir a cenar, el rostro de ella se había suavizado, aunque en los ojos persistía aún la agonía de lo que había visto.
   En la cena, la conversación se derivó hacia lo extrasensorio, hacia los acontecimientos mágicos en la India. Krishnaji contó una historia de principios de los años 20, cuando él y su hermano Nitya estaban en Varanasi. Un hombre muy pobre había entrado en el complejo residencial donde ellos se alojaban. Después de hablarles por un rato, les pidió un periódico y lo colocó a cierta distancia. Luego le pidió a Krishnaji que no quitara la vista del papel. K lo estuvo mirando y vio cómo el periódico se empequeñecía hasta que finalmente desapareció. El mago rehusó aceptar dinero alguno por esta proeza, y se fue.
   L.K. Jha dijo que en Darthanga, donde se había criado, vivía un yoga tántrico que era el gurú de la familia. Hubo un robo, y el gurú llamó a L K., que por entonces era un muchacho, y puso kajal (un colirio) en su dedo pulgar. Le pidió que mirara fijamente el Kajal. Mientras L.K. miraba, el color negro se desvaneció y él vio a un hombre que caminaba hacia un pajar para esconder algo. El hombre se volvió, y el muchacho vio claramente el rostro. Después le describió el rostro al gurú, el ladrón fue aprehendido y se descubrió el objeto oculto en el pajar.
   Indira relató algo ocurrido en el 12 de Willingdon Crescent. Narain Dutt Tiwari (quien en la actualidad es Primer Ministro en Uttar Pradesh) había traído a un hombre vestido con un sencillo dhoti y un kurta, para presentarlo a Indira. Este hombre era conocido como “Balti Baba” o “El sabio del cubo”. Pidió él un cubo con agua y sugirió que Indira escribiera una pregunta en un papel. Como ella titubeaba, Narain Dutt Tiwari escribió la pregunta en dialecto hindi, plegó el papel y lo colocó debajo del cubo. Balti Baba pidió entonces otra hoja limpia de papel y un poco de leche. Colocaron esta hoja en el agua dentro del cubo, y derramaron la leche sobre el agua y el papel. Esperaron alrededor de dos minutos. Entonces sacaron el papel del agua. Una escritura en hindi había aparecido en ambas caras de la hoja.
   Aunque manchada, era fácil de leer, y constituía una respuesta pertinente a la pregunta. Balti Baba dijo que esta capacidad o siddhi había venido a él sin que hubiera realizado ningún tipo de prácticas meditativas. Era la voluntad de la diosa y podía desaparecer tan fácilmente como le había sido otorgada. Se mostraba humilde con respecto a sus poderes, y reiteró que no era en modo alguno responsable por lo que había sucedido.
   Pronto llegó mi turno. Relaté los extraños sucesos en Himmat Nivas, Dongersey Road, cuando Krishnaji se alojaba ahí como invitado. Una mañana, dos hombres vestidos con túnicas azafranadas golpearon a la puerta. Uno de ellos era viejo y caminaba con la ayuda de un bastón; el otro era joven. Este último dijo que venían desde Ranikesh y estaban peregrinando a Rameswaram. Mientras caminaban por Ridge Road, en Bombay, el sannyasi más viejo, que era muy conocido por sus percepciones, sintió la presencia cercana de un ser profundamente grande. Y había venido a esta casa con la presencia del gran ser iluminando su camino. Me dijo que deseaba ver al Mahatma que residía en la casa. Conociendo yo la atracción que Krishnaji sentía por la túnica azafranada, les pedí que entraran y hablaran con él; K salió inmediatamente de su habitación y se sentó con ellos en una estera.
   K tomó la mano del viejo sannyasi. Por un rato permanecieron en silencio; luego el anciano se volvió hacia mí y dijo: “Hija, dame un poco de agua”. Traje una botella con agua y algunos vasos. Entonces me pidió un thali una vasija de metal, y vertió el agua sobre sus manos de modo que fuera recogida por la vasija. Después nos pidió que bebiéramos el agua. Para mi estupefacción, Krishnaji la bebió; el thali pasó de mano en mano y cada uno bebió un sorbo. Era simple agua. Entonces el sadhu me pidió que tirara el agua y repitió nuevamente el acto de verter la nueva agua sobre sus manos dentro de la vasija. Y otra vez solicitó que bebiéramos. Cuando probé el agua, encontré que tenía la fragancia y el sabor del agua de rosas. No hubo comentarios.
   El viejo sannyasi se volvió hacia mí y dijo: “Dekshina do, dame una limosna”. Me sentí incómoda; pero como Krishnaji, que observaba con atención, estaba presente, no pude rehusar. Le di 50 rupias. Dijo: “No, dame cien”. Ahora yo ya estaba bastante enojada y sentía que me estaban embaucando. Vi que Krishnaji me observaba. De modo que le di al anciano las 100 rupias. Apenas se las hube entregado, el sannyasi me devolvió el dinero diciendo: “Guárdalo, hija. Te estaba poniendo a prueba”. Inmediatamente respondió mi trasfondo hindú. Le dije que una vez que el dakshina se ha dado, nunca puede ser recibido de vuelta.
   El viejo sadhu dijo: “Estoy complacido contigo, pídeme cualquier cosa que desees”. La oferta era amedrentadora. Dije. “No deseo nada”. El anciano me bendijo, y después se volvió hacia Sunanda: “Tú no tienes hijos ‑pide un hijo­”. Era verdad que ella había anhelado un hijo, pero también replicó: “Swamiji, yo no deseo nada”. Entonces el hombre se volvió hacia Balasundaram: “Tú tampoco tienes hijos. Pide”. Balasundaram estaba aturdido y sacudió la cabeza. Krishnaji había estado observando todo con gran intensidad.
   Y ahora el viejo sannyasi se volvió hacia Krishnaji, se inclinó, pidió su bendición, hizo sus pranams, y dijo que reanudaría el viaje. Después de que se hubieron ido los dos swamis de las túnicas azafranadas, Krishnaji me miró y dijo: “¿Percibió usted el gusto del agua de rosas?” Todos nosotros dijimos que habíamos sentido su fragancia y su sabor. Krishnaji preguntó. “¿Cómo lo hizo el hombre? Yo lo observaba con mucha atención. No pudo introducir nada dentro del agua”.
   Indira se demoró después de la cena, poco dispuesta a irse. Pero era tarde, y poco después se despidió de Krishnaji y se fue a su casa. Él sonreía y se le veía dichoso por ella.

   Indira le escribió a Krishnaji en junio de 1.982. La carta se extravió, y volvió a escribirle en julio:

Querido y respetado Krishnaji:
   Pupul me ha enviado su carta de fecha 21 de junio. Lamento que la mía anterior no le haya llegado. Aparentemente, los británicos no se mantienen fieles a la imagen de eficiencia que han propagado en la India.
   No había mucho en la carta. Sólo mi hondo aprecio por su interés, del cual ahora estoy profundamente necesitada. Es ésta una época muy deprimente. ¿Ha llegado el mundo a un punto muerto? Más y más gente se está dando cuenta de lo que anda mal y de lo que podría hacerse. Sin embargo, la corriente nos arrastra en la dirección opuesta. Un puñado de personas tiene el poder de influir sobre la vida de millones que habitan esta tierra. Los pocos están demasiado envueltos en sí mismos y en lo que ellos consideran que son sus intereses inmediatos en términos de tiempo y lugar, y los muchos desean ser empujados y mantenidos en la ilusión de que son libres y conducen sus propias vidas. El mundo necesita de ese espíritu de compasión suyo, todos tendrían que mirar dentro de sí mismos y poseer el coraje de actuar en consecuencia.
   Cordiales saludos,
Sinceramente suya,
 Indira

   Indira tenía que visitar los Estados Unidos. Antes de partir, fue a pasar unas cortas vacaciones en Kashmir junto con su familia. La ola de la desesperación se había disipado. Me escribió: “Llevé a la familia a Kashmir por un par de días. En realidad, hubo un solo día completo de lo que podría llamarse descanso y relajación, pero constituye un cambio maravilloso. Estuvimos viendo desde afuera Dachigan ‑un santuario­ paseamos mucho y nos acercamos con cuidado a un oso salvaje en el bosque. Además, la belleza del valle es, en sí misma, un tónico. Tuve dos breves entrevistas con el Pandit Lakshmanjov. La primera vez, me ofreció su habitual Paratha, y algunos Bulbuls (Bulbul: especie de ruiseñor persa) vinieron a posarse sobre mis hombros y rodilla para compartirlo”.
   Al comenzar noviembre de 1.982, Krishnaji estaba de regreso en Nueva Delhi. Se vio con Indira nuevamente durante una cena en el 11 de Safdarjung Road. Rajiv acompañó a su madre. Antes de eso, ella me contó que casi no había podido dormir durante las últimas semanas y que solía despertarse todas las mañanas con una sensación de gran desasosiego. Corrían rumores de que sus oponentes se estaban entregando a todo tipo de conspiraciones y ritos de magia negra para destruirla. Por tres noches había soñado con una vieja y horrible bruja que quería hacerle daño, pero no lograba su propósito gracias a que un ser luminoso con barba la estaba protegiendo.
   Indira quería ver a Krishnaji una vez más antes de que él se fuera de Delhi tres días después. El encuentro resultaba difícil de concertar, puesto que K estaría ofreciendo sus pláticas públicas en los dos días siguientes. Finalmente, se decidió que él iría a verla en su residencia después de la última plática del domingo. Nos quedamos muy sorprendidos, porque K jamás iba a ninguna parte después de una plática.
   Mientras Indira lo esperaba en la noche del domingo, nos dijo durante la conversación que el desasosiego que la despertaba en las noches había desaparecido y con él los sueños. Dormía profundamente. La atmósfera en la casa se había aquietado, cosa que Krishnaji habría de comentarme más tarde. Durante la reunión, K le preguntó a Indira si estaba bien custodiada. Ella contestó que había muchos guardias de seguridad, pero que tenía la certeza de que muy pocos de ellos arriesgarían la vida para protegerla.
   Pronto Krishnaji dejó Delhi y se dirigió a Madrás. Indira le escribió, formulándole preguntas sobre la naturaleza de la verdad y la realidad. Él respondió inmediatamente. No sé si la correspondencia prosiguió, pero estaba claro que la investigación interna, por años latente en Indira, se estaba despertando de nuevo.

   Para Indira, 1.983 fue el año de su destino. Ella habría de jugar un papel vital en el escenario del mundo; pero dentro de la India, las tempestades se estaban acumulando. Los países que rodeaban a la India hervían de agitación. A medida que los horizontes de Indira se ampliaban, las cargas de las responsabilidades iban en aumento; y con ello llegaron exigencias extraordinarias de tiempo y energía. Para enfrentarse a este reto, desde junio de 1.983 ella había impuesto una disciplina rigurosa a su cuerpo, comiendo frugalmente para eliminar toda onza demás. La energía de Indira era legendaria ‑su trabajo diario se extendía por más de dieciocho horas­. Exquisitamente peinadas, dos vetas de plata corrían hacia atrás desde la frente, dándole al delgado, tenso cuerpo, dignidad y elegancia.
   Su conversación reflejaba sus preocupaciones en aumento constante. Consciente de la crisis sin precedentes que amenazaba aniquilar el mundo, había una urgencia apasionada en su llamado al desarme total. Desde percepciones surgidas en la soledad, manifestaba interés por aquellos vínculos esenciales que se requerían para unir el mundo y sus recursos en una totalidad no fragmentada.
   Humanidad, herencia, ecología, eran palabras que habían adquirido para ella un significado intenso. Los muros protectores que había erigido a su alrededor en la infancia, terminaron por derrumbarse; estaba despierta y era vulnerable.
   En el invierno de 1.983 resultaba evidente que el país iba a enfrentarse a graves peligros. El problema de Punjab se tornaba cada vez más serio. Krishnaji se encontró con Indira a principios de noviembre, y conversaron largamente. En el Valle de Rishi me dio una carta para que yo se la entregara a ella conjuntamente con unas chirimoyas. Ella contestó el 26 de diciembre de 1.983:

Respetado Krishnaji:
   Pupul me trajo sus saludos y las chirimoyas. ¡Alimento para el alma y el cuerpo! Gracias por su atención.
   No se qué escribir, porque estoy llena de angustia. Tengo la sensación de que me he extraviado en un planeta desconocido. La premeditación y el deseo de dominar han estado con nosotros desde que comenzó el mundo, o más bien desde que comenzó la raza humana, pero nunca en tal escala ni a tal nivel de peligro. Sin embargo, qué pocos se preocupan de nada que no sea lo inmediato, y ni siquiera tratan de comprender eso. Así, muchas personas acuden a sus pláticas, ¿pero qué hacen después? ¿Qué hacen en sus casas o en sus trabajos? Es realmente difícil conservar la esperanza o la fe.
   Sólo tenía la intención de hacerle saber que he recibido su mensaje, y lo mucho que significan para mí sus atenciones. Lo siento, me he ido por las ramas; si bien hay muy pocas personas con las que una puede hablar, con usted no es necesario hablar.
   Guardo como un tesoro nuestros breves encuentros.
   Con saludos cordiales y buenos deseos,
Indira.

   Con la inevitabilidad de una tragedia épica, la vida de Indira marchaba hacia su destino. Profundamente sabedor de la dirección y el fluir de los acontecimientos, Krishnaji llegaba hasta ella para comunicarle la hondura de su sentir y de su preocupación. Le ofreció venir a verla en cualquier momento si eso podía ayudar.

Mi querida Indiraji:
   Me alegró mucho recibir su carta, que Pupul me entregó hace unos días.
   Lamento realmente que usted se sienta perturbada y angustiada. El mundo está al revés, ocurren cosas terribles; amenaza de guerra nuclear, asesinatos, torturas y todas las cosas indescriptibles que están sucediendo. Todo se está volviendo más y más demencial, y me preocupa muchísimo que usted esté involucrada en todo esto.
   Como a usted le cuesta leer mi escritura, espero que no le importe que haya recurrido a una máquina de escribir.
   Si de cualquier manera, “de cualquier manera”, ello pudiera servirle de ayuda, iré a Delhi. Pupulji y yo hemos conversado al respecto. El 15 de febrero dejaré la India. Pupulji puede siempre darle mi programa de actividades.
   Espero que se encuentre bien.
   Acepte por favor mi afecto.
J.K.

   Le llevé la carta a Indira. La puso aparte para leerla más tarde, y conversamos un rato. Su energía estaba menguando, y aludió a los peligros que acechaban. Tenía premoniciones de desastre, y habló de fuerzas que buscaban desestabilizar el país.
   Exteriormente, ella estaba en calma, y así se lo comenté. Contestó: “A veces el mar no tiene ni una sola onda, pero muy en lo profundo hay movimientos tempestuosos”.
   Hacía casi un año que Indira no veía a su nieto Varun, y yo me daba cuenta del dolor que le causaba la separación. Después de la muerte de Sanjay, durante los veinte meses que Varun había pasado en la casa, estuvo durmiendo en la habitación de la abuela; yo había estado con ella cuando jugaba a luchar con el niño, cuando actuaba como abuela mimándolo, hablando con él en el lenguaje de los niños. Se negaba a admitirlo, pero la decisión de Maneka impidiendo al niño visitarla después de marzo de 1.983, la había lastimado profundamente.
   Le escribió a Krishnaji el 29 de enero, y llevé la carta conmigo a Bombay.

Respetado Krishnaji,
   Muchas gracias por su carta.
   Es muy considerado de su parte ofrecerme venir a Delhi. Estoy verdaderamente abrumada. Encontrarse con usted es una experiencia muy especial, pero me sentiría culpable si le solicitara que interrumpiera usted su programa en Madrás para venir aquí justo cuando estamos en medio de una ola de frío. Por cierto que tendría tiempo para usted, pero estos dos meses son particularmente exigentes para mi por las muchas actividades formales y los visitantes.
   No pasa un día sin que lleguen ciertas noticias que se agregan a la preocupación que una siente por el futuro. El científico norteamericano Prof. Morrison, ha estado explicándome con mucho detalle las implicaciones del “invierno nuclear”.
   Estaré en Bombay, con motivo de una operación naval, el domingo 12 y el lunes 13 de febrero. Si es conveniente para usted, puedo ir a verle el 12 después de las 8,00 p.m. y el 13 después de las 6,00 p.m.
   Espero que se encuentre usted bien.
   Con saludos cordiales.
Indira

   Krishnaji se alojaba en Sterling Apartments, Peddar Road, Bombay, donde Indira vino a verle en la noche del 13 de febrero. Permaneció más de una hora con él. K bajó en el ascensor para acompañarla hasta el automóvil, y sostuvo sus dos manos cuando se despidieron. Esta fue la última vez que habrían de encontrarse.

   La situación en Punjab, ya de por sí sombría, hizo explosión. Comenzaron a llegar en abundancia amenazas contra la vida de Indira Gandhi y de su hijo Rajiv. En febrero, con el asesinato de Atwal, un antiguo funcionario policial, cuando abandonaba el Golden Temple (Templo de Oro) después de ofrecer plegarias, la situación se tornó crítica. A principios de abril yo me encontraba en Washington, D.C.; Krishnaji había llegado a Nueva York, donde tenía que ofrecer una serie de pláticas. Por teléfono lo puse al tanto de los acontecimientos en la India.
   Me preguntó si podía él hablarle a Indira Gandhi por teléfono. Mi sobrino Asit Chandmal se encontraba en Nueva York con K, y finalmente, después de muchas dificultades, logró comunicarse con ella. Krishnaji nunca había aprendido a hablar por teléfono, y la conversación no duró mucho; pero le envió a Indira su amor y ella respondió con emoción profunda. Poco tiempo después hablé con ella; me agradeció una y otra y otra vez.
   Yo tenía que encabezar una delegación a Delfos, Grecia, para asistir a un seminario sobre cultura a realizarse allí a principios de junio. En la noche anterior a mi partida, escuché a Indira hablar por televisión. Por la suprema gravedad de su discurso y por el tono de su voz, percibí que el país iba a afrontar muchos peligros en un futuro muy próximo. Pedí a mi secretaria que cancelara mi partida a Atenas, porque sentía que no debía dejar Delhi. Al día siguiente recibí un llamado telefónico de Dhawan, asistente personal de Indira. Me dijo que la primera ministra quería saber por qué yo no había ido a Atenas. Le contesté que se lo explicaría a ella cuando la viera esa noche.
   Cuando nos encontramos, Indira insistió en que fuera. “Todo está muy bien, Pupul”, dijo. “Debes ir”. Ella tenía una carta que había escrito al presidente de Grecia, y me pidió que se la entregara con sus saludos personales. Volví a verla nuevamente en la noche que precedió a mi partida. La noté despreocupada y tranquila. Yo tenía la sensación de que la decisión crítica había sido tomada; habiéndola tomado, ella daba un paso atrás, puesto que el futuro ya no estaba bajo su control. Nos sentamos en la sala y hablamos de Grecia ‑su arte, su luz transformadora y la belleza de sus paisajes­. Luego cené con la familia. Cuando llegamos a Roma al día siguiente, supimos que las tropas habían penetrado en el Golden Temple (Templo de Oro).

   Octubre es un mes suave en Delhi. El calor húmedo disminuye y el rocío matinal anuncia la llegada del invierno. Los chales abrigados salen de sus envolturas perfumadas con clavos de olor, y en toda la vasta campiña hay festivales para celebrar las cosechas.
   Vi a Indira varias veces durante octubre de 1.984, el último mes de su vida. Nos sentamos juntas en su estudio; ella estaba en paz consigo misma, había dejado a un lado sus cargas y sus barreras. En las últimas semanas se había reunido una que otra vez con físicos, filósofos y poetas. Para el 3 de noviembre tenía programado almorzar en mi casa con Krishnaji y el Dalai Lama. Este mes de octubre era para ella un intervalo, un mes intermedio, un período de renovación, porque en noviembre comenzaban los preparativos para las elecciones.
   Esa noche discutimos acerca de los símbolos, y le hablé del Santuario Bhadrakali en Canara del Norte (el nombre local para la costa occidental de Karnataka y Kerala del Norte), donde no existe ni una sola imagen o icono. La gran Madre como Energía, está simbolizada dentro del santuario por un extraordinariamente pulido espejo de bronce, donde el adorador o la adoradora ve reflejado su propio rostro ardiendo en un viaje por los caminos del autoconocimiento. Un viaje de austeridad y soledad; porque allí no hay ‘otro’, ni dios ni gurú.
   El simbolismo animó a Indira. Estaba pronta a responder, reavivada por la exposición a un movimiento nuevo. Despierto a las intimaciones de ese salto refrescante, surgió en ella un recuerdo, y comenzó a hablar de un día en su vida cuando experimentó una arrolladora oleada de felicidad. Esta no tenía causa, pero la explosión fue tan intensa que sintió como si la tierra se abriera y la tragara. El éxtasis había transformado su rostro, y la gente comentaba que ella se veía radiante. Cuando sintió que podía desaparecer dentro de la tierra, ése no fue un deseo de muerte. Me dijo que jamás había temido morir, a ninguna edad. “Siempre he percibido eso como un proceso natural, una parte de la vida. Vivimos un cierto número de años, y después morimos” ‑no temía a la muerte­. Habló de la necesidad de volver a las raíces; dijo que el pensamiento hindú sostiene que “la luz está dentro de uno”, y que es imprescindible encontrar el modo de descubrir eso.
   La vi por última vez en la noche del 26 de octubre. Ella iba a visitar Srinagar a la mañana siguiente. Jamás había estado ahí en otoño, y anticipaba ansiosamente la visión de las hojas del ‘chinar’ cambiando de color. Deseaba tenderse bajo el sol y ver cómo el verde de la hoja se tornaba en rojizo, bermellón y dorado, contemplar el color castaño de una hoja que cae. Tal vez fue el final de una hoja lo que le hizo proseguir con el tema de la muerte. En tono meditativo dijo: “Mi padre amaba los ríos, pero yo soy una hija de los Himalayas y he dicho a mis hijos” ‑por un instante pareció olvidar que Sanjay estaba muerto­ “que mis restos deben ser esparcidos sobre los picos coronados de nieve de los Himalayas”. Cuando me iba, exclamó dirigiéndose a mí. “Recuerda lo que dije, Pupul, recuérdalo”.
   Krishnaji llegó tarde esa noche acompañado por Mary Zimbalist Tenía programado ofrecer una plática pública el 4 de noviembre, en el mismo estrado que el Dalai Lama. Noticias de esta plática habían llegado a muchos centros budistas de la India y del exterior, y se esperaba que asistiera un gran número de monjes budistas. En la noche del 30 de octubre, Krishnaji, después de una cena liviana, insistió en que leyéramos en voz alta el libro que yo estaba escribiendo sobre él. Mary Zimbalist leyó una parte del libro, la que trata de los primeros años ‑de su nacimiento y de su infancia­. Después me hice cargo yo de la lectura.
   Durante todo el tiempo Krishnaji se mantuvo completamente en silencio. Sólo interrumpió una vez, cuando escuchó mi lectura del pasaje de Alcyone, en el cual yo había escrito que la palabra “Alcyone” significaba “alción o martín pescador”, el apaciguador de las tormentas. Interrumpió para corregirme. “No”, dijo, “significa ‘la estrella más brillante de las Pléyades’”. Mientras la lectura proseguía, la habitación cobró vida como si hubiera allí una presencia escuchando. A medida que yo continuaba leyendo, la sensación de presencia se hizo abrumadora, y mi voz se detuvo. Krishnaji se volvió hacia mí. “¿Lo percibe? ¿Podría yo postrarme ante Ello?” Su cuerpo se estremecía cuando habló de la presencia que escuchaba. “Sí, puedo postrarme ante esto, se encuentra aquí”. Súbitamente, se volvió y nos dejó yéndose solo a su habitación.

   Indira Gandhi fue muerta a tiros por dos de sus guardias de seguridad el día 31 de octubre a las 9,20 de la mañana, cuando salía de su residencia para ir a la oficina. Acribillada por las balas, cayó mortalmente herida a tierra, rodeada de cosas en pleno florecimiento. Cayó cerca del huerto de ‘kadambas’ que ella había plantado durante la estación de las lluvias después de la tragedia de junio en Punjab.
   Al escuchar las noticias corrí a su casa, sólo para encontrar que se estaban erigiendo barreras. Los nietos de Indira, Rahul y Priyanka, estaban solos con una amiga. No sabían lo que había sucedido, pero me dijeron que Sonia había llevado rápidamente a Indira al hospital. La atmósfera de la casa estaba impregnada con una corriente subterránea de violencia y miedo. Sharada Prasad, su Jefe de Informaciones, se encontraba en la oficina y me puso al tanto de lo ocurrido. Antes de ir al hospital, le envié un mensaje a Krishnaji anunciándole el asesinato de Indira. Cuando regresé a la casa tarde en la noche, encontré a Krishnaji esperándome levantado. Al verme, me llevó a su habitación y me pidió detalles de los acontecimientos. Mi familia dijo que, al escuchar las noticias, Krishnaji se sentó durante todo el día en mi sala de estar contemplando el jardín; estuvo observando los árboles y los pájaros, casi no habló y comió muy poco. A las cuatro de la tarde él había percibido la presencia de Indira, e hizo un comentario sobre la necesidad de silencio dentro de la mente para permitir que ella estuviera en paz. Yo pude ver que se sentía profundamente conmovido. Tarde en la noche siguiente, me dijo: “No conserve recuerdos de Indira en su mente, eso la retiene en la tierra. Déjela irse”. Su mano hizo un gesto hacia el espacio y la eternidad.