Capítulo
XLII
LOS
LIMITES DEL PENSAMIENTO
En la tercera semana de enero de 1982, Krishnaji se encontraba en
Bombay, hospedándose en los Sterling Apartments. Después de la plática
dominical del 24 de enero, Krishnaji, Nandini y yo estábamos cenando.
Discutíamos sobre el cáncer, y dije que si éste no estuviera en su estado
inicial, yo no permitiría que mi cuerpo fuera destruido por las nuevas terapias
y me prepararía a morir. K dijo que en Occidente se había constituido una
sociedad donde la gente reclamaba el derecho a morir. Habían editado un manual
que ofrecía detalles de la forma más fácil de morir. Prescribía la toma de
píldoras somníferas, una gran dosis; después la colocación de una bolsa
plástica sobre la cabeza con una faja de goma alrededor del cuello; la persona
podía, levantar la faja y dejar entrar el aire si se sofocaba. Si se quedaba
dormida, la mano caería y a la mañana siguiente la persona estaría muerta.
Nandini escuchó esto y en su rostro apareció una expresión de intenso miedo.
“¡No, no!” dijo inconscientemente. La miré y le pregunté por qué reaccionaba
así. ¿Es que alguna vez había pensado en suicidarse? Titubeó, se esforzó, hizo
una pausa y dijo: “Una vez”. Y agregó: “Mientras K hablaba, sentí la
sofocación”.
Discutimos el miedo y su naturaleza. Le pregunté a Krishnaji si alguna
vez había conocido el miedo. Hizo una pausa, reflexionó. “Muchas cosas pueden
ocurrir en la noche; la oscuridad invita a muchas cosas”. En su vida no había
conocido el miedo, pero el mal existía. El mal tenía una presencia, y siempre
estaba aguardando una grieta por la cual poder entrar.
Dijo: “El miedo atrae el mal. Hablar acerca del mal es atraerlo”.
Súbitamente, Krishnaji se tornó extraño y muy distante. Atrajo los brazos hacia
el cuerpo mientras éste se contraía dentro del menor espacio posible. Después
preguntó: “¿Lo sienten en la habitación?” Su rostro había cambiado. La
habitación estaba cargada con poder. Entonces K dijo: “Antes de que vayamos a
dormir, tendré que disiparlo, proteger este lugar”. No explicó qué haría, pero
algo tenía que hacerse. Poco después se levantó y caminó en torno deambulando
por las habitaciones. Devi y Ghanshyam, los hijos de Nandini, habían llegado a
la casa. Percibieron algo y no entraron en la habitación donde nos
encontrábamos. Poco más tarde, Krishnaji regresó al comedor. Estaba sereno, su
rostro lucía hermoso, sus ojos límpidos. La atmósfera había cambiado
totalmente. Cualquier cosa que hubiera estado ahí, había sido totalmente
eliminada.
A través de los años, Nandini y yo habíamos hablado frecuentemente sobre
la actitud de Krishnaji hacia el bien y el mal. El nos había dicho: “El mal es
un hecho. Déjenlo en paz. Nuestra mente no debe jugar con el mal. Pensar acerca
de él es invitarlo. El odio, los celos, atraen el mal. Por eso es importante
para el cuerpo y la mente estar quietos y en silencio y no permitir que surjan
ninguna clase de emociones fuertes sin vigilarlas implacablemente. El deterioro
camina a un paso detrás de nosotros ‑no importa quién sea uno”. Pasando los
años, yo había notado que cuando entre las personas que le rodeaban empezaban a
jugar emociones fuertes, o cuando surgía alguna pregunta relativa al mal, su voz
cambiaba, sus ojos se retraían, solía contraer el cuerpo, y la atmósfera se
congestionaba para disiparse unos momentos después.
Para él, así como existía un depósito del bien, también había tinieblas
que acechaban. Ambas cosas no estaban relacionadas entre sí. El mal esperaba un
apoyo para entrar; de ahí la necesidad de la atenta vigilancia. “¿Han observado
ustedes un gato que vigila el agujero donde se ha ocultado un ratón? Vigilen de
ese modo cualquier sentimiento fuerte sin apartar los ojos”, decía.
Durante el verano de 1.982 me encontraba en Londres por actividades
vinculadas con el Festival de la India. Desde Londres fui a Brockwood Park y
pasé una semana con Krishnamurti. Durante una de nuestras conversaciones
discutimos el discernimiento y la mente. Hablamos de la mente india, del lugar
que ocupaba el mito. Dije: “La mente moderna no tiene peso ni densidad”.
Contestó: “Es indispensable tener una mente antigua, no una mente que en la
superficie sea oriental u occidental. Las percepciones, el discernimiento, dan
vigor a la mente. Casi todos piensan que tienen mentes firmes, decididas. Pero
con una mente decidida, no es posible tantear, sondear. Extrañas cosas están
sucediendo. Me despierto de noche con una acción inmensa dentro de mi cabeza. Siento
vivir, danzar, palpitar cada célula de mi cuerpo”.
Le pregunté a Krishnaji si aceptaría el hecho de que había una mente
india. Esta mente podía contener en sí las mismas tendencias que la mente
occidental ‑la misma codicia, los celos, la ira- pero el suelo desde el cual
estas tendencias brotaban era diferente. Estando distintamente condicionadas ‑proseguí
diciendo- las dos mentes se complementaban entre sí.
Krishnaji dijo que, estando en la India, había presenciado las
manifestaciones de un creciente materialismo. Me preguntó: “¿Cuál es el interés
que hoy mueve a la mente india?” Contesté que eso era difícil de decir. En años
recientes habían existido grandes cambios: un aumento de la violencia y un
movimiento general hacia los bienes materiales y el consumismo. La cultura
tecnológica había penetrado a cierta profundidad en la mente india y en el
medio.
El preguntó entonces cuál era la diferencia fundamental entre las dos
mentes. Durante siglos, la mente india había tenido una cierta agudeza que la
había capacitado para sondear profundamente; pero le faltaba precisión, la
capacidad de tomar una abstracción y convertirla en una solución concreta. La
mente occidental tenía precisión; arraigada en la razón y en la lógica, se
había vuelto hacia lo externo, hacia la transformación del medio. Krishnaji
dijo que tal vez la tecnología había hecho que la mente india fuera más
práctica. Cuestionó, sin embargo, que hubiera en modo alguno un pensamiento
oriental u occidental. “Sólo existe el pensamiento, las expresiones pueden
diferir. ¿Tiene la mente india una tendencia hacia la búsqueda interna?”
“Sí”, dije, “tal como la mente occidental es proclive a moverse y
funcionar en el medio externo. El interés de la India ha estado puesto en el
medio interno”.
“Interés
de muy pocas personas”, comentó K.
“Pero son sólo los pocos quienes crean la cultura. ¿Cómo surge la
cultura?”, pregunté.
Después discutimos qué era lo que había separado las dos mentes, qué
había llevado a moverse en distintas direcciones a la mente india y a la mente
occidental. Krishnaji habló del clima, de las tendencias políticas, del interés
en los asuntos mundanos que condujo en Occidente a la mente inventiva. En la
India, con su antigua civilización, el interés superior se había dirigido a la
vida religiosa y a la búsqueda interna.
“En alguna parte a lo largo de la línea, la gente de un origen racial,
aparentemente se dividió de la otra”, dije. “El Occidente se volcó al
descubrimiento externo en su diálogo con la naturaleza. De esto emergieron
verdades significativas concernientes a la ciencia y la tecnología. La India
también tenía un diálogo con la naturaleza, pero era de un orden diferente”.
“¿Está usted diciendo”, preguntó K, “que la mente india se interesa más
que la mente occidental en las cuestiones religiosas? En la India el interés en
la religión ha sido profundo. La tradición india ha sostenido que la
comprensión del ser, del universo, del Principio Supremo, es la más
significativa de las búsquedas”.
“Hay cierta rapidez en el modo con que la mente india inicia una
investigación interna. Las grandes percepciones son diferentes en la India y en
Occidente”, dije.
“En Oriente, la duda, el escepticismo, el cuestionamiento, forman la
base de la investigación religiosa. En Occidente, lo fundamental es la fe”,
comentó K.
“Ambas culturas están hoy en crisis”, dije.
“Sí. La conciencia humana, la cultura humana está en crisis”.
“¿Distinguiría usted la conciencia, de la cultura?”, pregunté.
“No, son la misma cosa”, dijo K.
“La crisis está en las raíces mismas de la mente humana. Los seres
humanos, percibiendo su insuficiencia, se vuelven hacia otras culturas”, dije.
“Yo me pregunto si en su búsqueda alejada de la perspectiva
materialista, no quedan atrapadas en la superstición, en ideas románticas,
gurús, etc. Si la conciencia humana está en crisis, como lo está, la pregunta
es si la crisis puede ser resuelta, o si es inevitable que los seres humanos
jamás puedan ir más allá de sus limitaciones”.
“Lo externo y lo interno, lo material y la búsqueda interior, son dos
imágenes que se reflejan en el espejo”, dije. “Si el hombre ha de sobrevivir,
¿pueden los dos aspectos reunirse en uno solo? ¿Puede nacer una cultura humana
capaz de sostener y contenerlos a ambos?”
“¿Qué entiende usted por la palabra
cultura?”, preguntó K.
“Todo lo que contiene el cerebro”, respondí.
“El adiestramiento del cerebro y el refinamiento del cerebro; el
adiestramiento del cerebro en la acción, en la conducta, en las relaciones, y también
un proceso de investigación que conduce a algo no contaminado por el
pensamiento. Yo diría que eso es la cultura”, comentó K.
“¿Incluiría usted dentro del campo de la cultura la investigación en lo
profundo? ¿No es la cultura un circuito cerrado?”
“Uno puede hacer que lo sea, o puede ir más allá”, dijo K.
“Tal como existe, la cultura es un circuito cerrado”.
“¿Qué es la cultura?”, insistió K.
“Las percepciones, la manera como miramos las cosas, los pensamientos,
los sentimientos, las actitudes; la operación de los sentidos. Usted puede
seguir añadiendo a esto”, dije.
“Incluir la religión, la fe, la creencia”.
“El contenido puede continuar creciendo, pero dentro de un contorno.
Cuando usted habla de búsqueda, ¿la incluiría en la cultura?”, pregunté.
“Por supuesto”, dijo K. “Estoy investigando, con cierta vacilación y
escepticismo, si el cerebro, evolucionado a través de los años, de miles de
años, habiendo experimentado sufrimientos inenarrables, desesperación,
intentando escapar de sus propios temores a través de todas las prácticas
religiosas, si ese cerebro puede cambiar alguna vez. ¿Puede producir una
mutación en sí mismo? De lo contrario, no podrá generarse jamás nada nuevo,
ninguna cultura diferente”.
“Si el cerebro no produce una mutación dentro de sí mismo, ¿es posible
alguna otra cosa?”, pregunté.
“Los hindúes han formulado esta pregunta hace siglos, si existe un
agente externo, el Principio Supremo, capaz de operar sobre el cerebro
condicionado”, dijo K”.
¿O puede despertar algo que se encuentra dentro del cerebro?”, pregunté.
“Existen dos posibilidades: o hay un agente externo operando como
energía, o desde el interior de las células cerebrales hay un despertar que
transforma”. K continuó inquiriendo si hay un agente externo capaz de producir
una mutación en las células cerebrales condicionadas.
Yo escuchaba profundamente, y respondí desde lo profundo de ese
escuchar. “El hecho es que el flujo de la energía que opera en la naturaleza,
raramente toca las células cerebrales. Hay tantos obstáculos que uno ha
construido, que el fluir de la energía natural jamás parece afectar
creativamente el cerebro”.
De pronto, Krishnaji preguntó: “¿Qué estamos discutiendo?”
“La posibilidad de una cultura que, sin ser india ni occidental,
contenga a toda la humanidad y sus percepciones. En la que haya terminado la
división entre lo interno y lo externo. La percepción es percepción; no es
percepción en lo externo o en lo interno. Si el instrumento es el cerebro, algo
tiene que ocurrir en el cerebro”, dije.
La respuesta de Krishnaji fue preguntar si eso podía suceder sin la idea
de que había un agente externo que produciría la mutación en un cerebro
condicionado. ¿O el cerebro condicionado podía despertar a su propio condicionamiento,
percibir sus propias limitaciones y permanecer ahí? “Todo el tiempo estamos
tratando de hacer algo. Y yo pregunto: ¿Es el hacedor diferente de aquello que
hace? Veo que mi cerebro está condicionado y que todas mis actividades, mis
relaciones, son limitadas. Veo que la limitación debe ser derribada. Pero es el
‘yo’ el que opera sobre la limitación. Y el ‘yo’ es limitado; no está separado
de la limitación que trata de derribar. La limitación del ‘yo’ y la limitación
del condicionamiento no están separadas. El ‘yo’ no está separado de sus
cualidades”.
“¿De lo que observa?”
“Una parte observa a la otra parte”, fue la respuesta de K.
“Usted dice eso, pero nosotros estamos todo el tiempo tratando de operar
sobre lo otro”, dije.
“Toda la vida es eso. Aparte del mundo de la tecnología, el cerebro está
condicionado por esta tradición de que el actor es diferente de la acción. Y
así el condicionamiento continúa. Pero cuando uno se da cuenta de que el actor
es la acción, entonces cambia toda la perspectiva. Nos estamos preguntando,
Pupulji, qué produce un cambio en el cerebro humano”.
“Esto es crucial: ¿Qué hace que la división se termine?”
“El hombre siempre ha sido igual por un millón de años ‑y,
psicológicamente, somos tan primitivos como éramos. Básicamente, no hemos
cambiado mucho. Buscamos poder, posición, nos matamos unos a otros. Estamos
corruptos. Los seres humanos somos hoy psicológicamente lo mismo que éramos.
¿Qué hará que la humanidad cambie todo eso?”
“¿El discernimiento?”, pregunté.
“¿Es la llamada cultura la que impide la percepción directa, el
discernimiento?”, fue la pregunta de K,
quien dijo que pocas personas habían investigado en la India esta cuestión del
discernimiento, mientras que el resto tan sólo repetía. “La tradición es una
cosa muerta, y la India vive con esta cosa muerta. También aquí la tradición
tiene un poder tremendo”.
“En Occidente están los pocos que tienen grandes percepciones en el
campo de la ciencia”, dije.
“Sí. ¿Pero qué hará que los seres humanos produzcan una mutación en sí
mismos? La cultura está tratando de producir ciertos cambios en la conducta
humana. Las religiones han dicho, ‘no mates’, y el hombre mata. Están los
edictos, las sanciones, y nosotros hacemos todo lo opuesto”, dijo K.
“Las culturas han fracasado”.
“Eso es lo que quiero averiguar: si es que las culturas han fracasado y
el hombre no puede volver a ellas nunca más. En tal caso, el hombre se
encuentra ahora perdido. ¿Qué es lo que podrá dar origen a una mutación en las
células cerebrales?” El interés apasionado de Krishnaji era evidente.
“Estábamos diciendo que la matriz india puede ser diferente de la matriz
occidental. Pero el problema es idéntico. ¿Cómo producimos una mutación en la
matriz humana, en el cerebro humano?”, pregunté.
“Después de todo, los indios sufren aquí igual que los europeos; la
desesperación, la desdicha, son las mismas. Así que olvidemos el Oriente y el
Occidente y veamos qué es lo que impide que esta mutación ocurra”.
“¿Hay algún otro modo de percibir lo real?”
“Eso es lo que hemos estado diciendo por años. Lo real, lo factual, es
más importante que la idea. Los conceptos ideales no tienen valor alguno porque
se apartan de ‘lo que es’. Parece que resulta muy difícil no tener ideales”.
“En el acto de percibir lo real, ¿no hay movimiento del cerebro?”,
pregunté.
“Es todo cuanto estoy diciendo. Si uno observa muy cuidadosamente, son
los hechos mismos los que producen un cambio. El dolor humano no es oriental ni
occidental. Siempre estamos tratando de escapar del dolor. ¿Podemos comprender
la profundidad y el significado del dolor? No con una comprensión intelectual,
sino sondeando realmente en la naturaleza del dolor. El dolor no es suyo ni
mío; ¿qué es, entonces, lo que bloquea al cerebro humano impidiéndole
investigar profundamente en lo interno?”
“Usted usa las palabras sondear, investigar dentro de uno mismo. Ambas
palabras se vinculan con el movimiento -pese a que usted habla de una cesación
del movimiento”.
“Por supuesto... por supuesto... el movimiento es tiempo… es
pensamiento. Tiene que haber una cesación del movimiento. ¿Puede realmente
cesar, o pensamos que puede cesar? Nosotros separamos a la entidad que ha de
ser investigada. Esa es mi objeción ‑ése es el mayor bloqueo”.
“Cuando usted usa la palabra ‘investigar’, ¿la usa en el sentido de una
percepción?”, pregunté.
“Percepción - observación”, fue la respuesta de K. “¿Qué hará que los
seres humanos cambien el modo en que se comportan? Expresado muy sencillamente:
¿Qué cambiará toda esta espantosa brutalidad? ¿Quién la cambiará? No lo hará el
político, ni el sacerdote ‑ni las personas que hablan del medio ambiente, los
ecologistas, etc. Ellos no pueden cambiar al ser humano. ¿Quién lo cambiará si
el hombre mismo no lo hace? La iglesia ha fracasado en querer cambiar al
hombre. Las religiones han tratado de transformar el mundo, de humanizarnos, de
hacernos más inteligentes, más afectuosos. No han tenido éxito”.
“Todo esto lo vemos, Krishnaji, pero eso no genera en el hombre una
percepción del hecho”, dije.
“¿Qué le hará tener esta percepción? Usted puede tenerla ‑pero si yo no
la tengo, ¿qué efecto tendrá su percepción sobre mí? Formulo una pregunta más
profunda: ¿Por qué, después de milenios, los seres humanos son así? ¿Por qué un
grupo lucha contra otro grupo, una tribu contra otra tribu, una nación contra
otra nación? ¿Traerá el cambio una nueva cultura? ¿Quiere el hombre cambiar? ¿O piensa que todo está bien, que el
hombre evolucionará hasta cierto nivel? Mientras tanto, nos estamos destruyendo
unos a otros”.
“¿Cuál es el momento real de afrontar un hecho? ¿Cuál es la realidad de
ello?”, pregunté.
“¿Qué es un hecho? Es lo que se hizo en
el pasado y lo que se está haciendo ahora. El actuar ahora y lo que ha
sucedido, constituyen el hecho.
“Seamos claros. Cuando vemos el hecho, el hecho de ayer o el de hace una
semana, el suceso ha pasado, pero yo lo recuerdo; el recuerdo está almacenado
en el cerebro. Lo que se está haciendo ahora es también un hecho, coloreado por
el pasado, controlado por el pasado. ¿Puedo ver todo este movimiento como un
hecho?”
“¿Diría usted que el ver eso como un hecho, es ver sin acumular?,
pregunté.
“Ver sin prejuicio”.
“Sin nada que rodee al hecho”.
“Correcto. ¿Y qué significa eso?”
“Negar todas las respuestas que surgen”.
“Negar los recuerdos”.
“Que emergen de ello”, interrumpí.
“¿Es eso posible, entonces?”
“Es posible. La atención misma disipa el movimiento”.
“Eso significa: ¿Puede el cerebro estar tan atento que el suceso que
ocurrió la semana anterior se revele? Usted no carga con el recuerdo. Lo que
ocurre es que mi hijo ha muerto y yo sufro. Y la memoria de eso está tan
fuertemente impresa en mi cerebro que hay un constante surgir del sufrimiento, que
es recuerdo”.
“De eso emerge el movimiento del dolor. La atención termina no sólo con
el dolor, sino que le impide emerger”. Yo estaba sondeando.
“Investíguelo un poquito más”, dijo K. “¿Qué significa eso? Mi hijo ha
muerto. Yo lo recuerdo y está el retrato de él cerca del piano o en la repisa
de la chimenea. Existe este constante fluir del recuerdo hacia adentro y hacia
afuera”.
“La negación del dolor y su disolución, ¿no tienen una acción directa
sobre el cerebro?”, pregunté.
“¿Y eso qué significa? Mi hijo está muerto. Ese es un hecho. No puedo
cambiar el hecho. Suena cruel decirlo, pero él se ha ido para siempre. Sin
embargo, lo llevo conmigo todo el tiempo. ¿Correcto? El cerebro lo conserva
como recuerdo y carga con ese recuerdo todo el tiempo. Vivo de recuerdos, que
son cosas muertas. El recuerdo no es lo real. Tiene que haber una terminación.
Mi hijo está muerto. Eso no significa que he perdido mi amor por él”.
“¿Pero qué queda?”
“¿Puedo decir algo sin que resulte chocante?”, preguntó K. “No queda
nada. Mi hijo se ha ido -lo cual no es una afirmación de crueldad ni una
negación de mi amor. Lo que se ha terminado no es el amor por mi hijo, sino la
identificación del amor con mi hijo”.
“Usted establece una distinción entre el amor por el hijo y el amor”.
“Si yo amaba a mi hijo en el más profundo sentido de la palabra, amo a
la humanidad. Si amaba a mi hijo, amo a todo el mundo ‑amo la tierra, los
árboles, la totalidad del universo. ¿Qué ocurre cuando hay una pura percepción
del hecho, sin ningún prejuicio, sin ningún escape? ¿Puede uno ver el hecho
completamente? ¿Es eso posible? Cuando me encuentro sumido en el dolor, estoy
perdido. Es un gran choque emocional, y en el momento de la muerte uno no puede
decir nada a la persona que sufre. Pero cuando sale de su confusión, de su
aislamiento, de su desesperación, entonces tal vez tenga la suficiente
sensibilidad para ver este hecho”.
Le pregunté si la percepción del hecho requería un gran estado de
observación. “A una persona que nunca ha observado, uno no puede decirle que
termine con el dolor”.
“Eso sería cruel. Pero un hombre que ha observado, que ha inquirido en
la muerte y ve que ésta es común a toda la humanidad, el hombre sensible, ése
necesita encontrar una respuesta”.
Comencé: “Señor, en ese nivel, tan sencillo
como es...”
“Tenemos que mantenerlo sencillo, no introducirlo en el campo
intelectual de las teorías y las ideas”.
“¿A la mente le asusta lo sencillo?”, pregunté.
“¡Somos tan intelectuales! Hacer que las cosas sean complejas forma
parte de nuestra educación, de nuestra cultura. Las ideas son tremendamente
importantes. Consideramos que son esenciales...”
“Para usted, el punto supremo de la cultura es la disolución del yo.
Cuando se refiere a la disolución del hecho, se trata esencialmente de la
disolución del yo”.
“Sí. Pero la disolución del yo se ha vuelto un concepto, y nosotros le
rendimos culto al concepto. En todo el mundo se hace eso. Los conceptos son
elaborados por el pensamiento. ¿Qué hará que los seres humanos en todo el mundo
se comporten, no a mi modo ni al suyo, sino de modo tal que no maten, que estén
llenos de afecto? Nada de lo que hemos hecho ha conseguido esto. El
conocimiento no ha ayudado al hombre”.
“Viviendo de la manera en que el hombre lo hace, el miedo es su sombra”.
“Y el hombre quiere conocer el futuro...”, dijo K.
“¿Forma eso parte de su miedo?”, pregunté.
“¿Debido a que busca seguridad en tantas cosas y todas ellas fracasan, y
siente que tiene que haber seguridad en alguna parte?” Hizo una pausa. “Pongo
en duda que haya seguridad en ninguna parte”.
“¿Qué acción ejerce sobre las células cerebrales la disolución del
hecho?”, pregunté.
“Yo usaría la palabra discernimiento. El discernimiento instantáneo no
es cuestión de memoria, de conocimiento o de tiempo, todo lo cual forma parte
del pensamiento. Yo diría que ese discernimiento es la completa ausencia de
todo el movimiento del pensar, del tiempo y de la memoria. De modo tal que haya
percepción directa. ¿Puedo ver que he estado yendo al Norte por los últimos
diez años? ¿Que mi cerebro se ha habituado a ir al Norte? Entonces viene
alguien y dice: ‘Eso no llevará a ninguna parte. Vuélvete al Este’. Cuando me
vuelvo al Este, las células del cerebro experimentan un cambio. Si veo que todo
el movimiento del pensar es limitado y que el pensamiento no resolverá ninguno
de mis problemas, entonces dejo de marchar hacia el Norte. En la terminación
del yo reside la terminación de un movimiento que ha estado prosiguiendo por
miles de años. Eso es el discernimiento
de que hablamos. Eso da origen a una mutación, a un cambio en el cerebro.
Pienso que esto lo vemos muy claramente. ¿Pero esa percepción hará que la
humanidad cambie? ¿Qué hará que mi hijo, que mi hija cambien? Ellos leen esto,
y continúan con su viejo modo de vivir. ¿Es tan fuerte la tradición del pasado?
He estado pensando en mí mismo por los últimos mil años, y sigo pensando en mí
mismo. Esta es mi condición. Esta es mi tradición. ¿Es el pasado tan
tremendamente fuerte? Y el pasado está encarnando todo el tiempo. ¿Es eso parte
de la cultura ‑continuar en nuestra condición?”
“Yo diría que es parte de la cultura”, dije.
“Obsérvelo. He estado observando esto muy seriamente, lo fuerte que es
la tradición. Hablo de la tradición como una continuidad del pasado, que se
prolonga mediante su propio impulso. Y nosotros somos eso. Nuestra cultura,
nuestros conceptos religiosos son nuestra tradición. ¿Qué ha de hacer, pues, el
cerebro?”
“Yo siento, señor, que nosotros hablamos de observar el pensamiento,
pero que eso es por completo diferente del verdadero estado de atención”.
“Eso es el pensamiento percatándose de sí mismo. El problema central es
que el mundo se ha vuelto más y más superficial, más y más afecto al dinero,
más identificado con el yo-yo-yo.
“¡Es tan fácil convertir lo que usted dice en un concepto! ¿Pero puede
haber una cultura viviente, viviente porque su vida es el discernimiento?”
“Yo no usaría la palabra ‘cultura’”.
“Usted comenzó diciendo que la palabra ‘cultura’ alude a algo que
contiene más que sólo la cultura humana ‑que quizás es la cultura de la mente.
En un estado semejante, ¿qué ocurre con todas las civilizaciones que el mundo
ha visto y conocido y contiene?”
“Eso significa, Pupulji, ‘¿Qué es la libertad?’ ¿Nos damos cuenta de que
somos prisioneros de nuestras propias fantasías?”
“Creo que sí”.
“Si nos damos cuenta, se han extinguido”.
“Usted no admite un estado intermedio. Ese es todo el problema”.
“El hombre que es violento y trata de ser menos violento en un estado
intermedio, es violento”.
“No necesariamente. ¿No existe también, en lo que usted dice, todo el
movimiento del tiempo y del pensar?”
“¿Y eso qué implica? El pensamiento es limitado. Se que el pensamiento
investigándose a sí mismo es limitado”.
“La diferencia, señor, es que yo podría ver esto ‑pero la atención
necesaria para que eso ocurra, puede no permanecer activa durante todas mis
horas de vigilia. La capacidad, la fuerza de esa atención puede no estar ahí en
el momento justo”.
“Esa pasión, ese movimiento sostenido de energía, no se disipa por el
pensamiento, por ninguna clase de actividad, y esa energía adviene cuando uno
comprende el dolor. En la terminación del dolor hay compasión. Esa inteligencia,
esa energía, no experimenta depresiones”.
“Usted quiere decir que ni se eleva ni decae”.
“No, si se eleva o decae, uno tiene que darse cuenta de que está
elevándose o decayendo, y de quién es el que se da cuenta...”
“¿Pero es posible sostener eso durante todo el día?”, pregunté.
“Sólo esté atenta, dése cuenta, no lo sostenga. Es como un perfume ‑está
ahí. Usted no tiene que sostenerlo. Por eso pienso que uno ha de comprender
todo el condicionamiento de nuestra conciencia. Creo que ésa es la verdadera
investigación. La verdadera exploración es dentro de la conciencia, que
constituye el suelo común a toda la humanidad. Y eso jamás lo investigamos.
Nunca decimos... ‘Voy a estudiar esta conciencia que soy ‘yo’’.
“Y estar libre del ‘yo’ es una de las cosas más difíciles que hay,
porque el ‘yo’ se oculta bajo diferentes rocas, en diferentes hendeduras”.