Capítulo
XLV
“¿QUÉ
ES EL TIEMPO?”
Desde comienzos de los años 60, Krishnamurti había estado muy interesado
en el problema del tiempo. En la mesa del desayuno, en los paseos y en las
pláticas y discusiones de grupo, se refería a las muchas dimensiones del
tiempo. En noviembre de 1.983, cuando estábamos juntos en mi casa de Safdarjung
Road, Nueva Delhi, continuó con el tema.
“¿Qué es el tiempo? ¿Podemos ser muy sencillos e investigar tan
profundamente como sea posible la naturaleza del tiempo? Conocemos toda una
serie de movimientos continuos del tiempo. Conocemos el tiempo físico y el
tiempo psicológico como devenir, y el movimiento del no-devenir. Entre ‘lo que
es’ y ‘lo que debería ser’ hay tiempo. El tiempo físico es distancia, de aquí
hasta allá. Ahora bien, ¿está el tiempo físico relacionado internamente con el
tiempo psicológico?”
“Respondí. “Conociendo el tiempo físico del reloj, uno aplica el mismo
tiempo como un medio de llegar a lograr algo internamente. La ilusión es
introducir el concepto de tiempo físico en lo interno, y querer moldear la
estructura interna a base del movimiento lineal del tiempo físico. La medida
del devenir es la medida del tiempo interno”.
“Cuando el movimiento externo se extiende a los estados psicológicos, se
introduce la ilusión del tiempo. La idea de evolución en lo externo se traslada
a lo interno”. Mientras K hablaba, escuchaba profundamente, nos escuchaba a
nosotros y se escuchaba a sí mismo. El escuchar era, en sí, una investigación.
“El movimiento del devenir es el ‘yo debería ser’. Es un proceso de la
fantasía; construye de ilusión en ilusión. La mente rumia: ‘¿Qué será ‑qué irá
a ocurrir después?’ Las ansiedades y los temores forman parte de esta
estructura.
“El cerebro extiende el tiempo físico a la esfera interna psicológica,
porque el cerebro está condicionado al tiempo lineal en lo externo. Como está
condicionado para eso, acepta el tiempo psicológico en lo interno. Yo cuestiono
esa ilusión que condiciona al cerebro. El cerebro está acostumbrado al
movimiento del devenir. Se ve a sí mismo como un movimiento en el tiempo. Opera
dentro de esta ilusión. El cerebro ha evolucionado en el tiempo, y entonces lo
juzga todo en términos de tiempo. ‘Yo soy, yo fui’, modificado en ‘yo seré’.
Ahora pregunto: ¿Es así? ¿Hay un mañana en la psique?”, preguntó K.
“Hay un mañana físico; por lo tanto, el mañana psicológico es
inevitable”, dije.
“Eso es continuidad”, comentó K.
“Yo existo; por consiguiente, habrá un mañana. ¿Por qué la proyección
del mañana queda enredada entre fuertes sentimientos de miedo?”, pregunté. Hubo
un rato de silencio.
“No existe el tiempo”, dijo de pronto Krishnaji. “El tiempo físico lo
conocemos como movimiento. No hay modo de medir el tiempo físico sin el
movimiento. Si en la psique no hubiera un movimiento como el pensar, se
terminaría la rueda del tiempo.
“Véalo”, dijo. “El movimiento es tiempo. El movimiento es pensamiento.
El pensamiento es un proceso material. Eso es sencillo, ¿por qué lo
complicamos? ¿Pueden aceptarlo, aunque sea lógicamente?”
“¿Qué significa aceptar una declaración como ésta lógicamente?”,
pregunté.
“Ver que cualquier movimiento psicológico es un proceso del devenir.
Ahora bien, ¿hay un movimiento donde el tiempo no exista? Si uno se sienta en
una habitación a oscuras, sin movimiento alguno, sin un solo pensamiento, ¿hay
tiempo? Esto es también así en lo interno. Cuando no hay pensamientos, ni
movimiento en el tiempo, lo externo y lo interno son el mismo movimiento”
Dije: “Puede haber una cesación del movimiento físico en el cerebro por
unos instantes, pero la acción del tiempo como duración, como continuidad, es
una actividad que opera en cada célula de mi cuerpo. También actúa en el
cerebro. La acción del tiempo es inevitable”.
“El cerebro es una cosa física. El cerebro envejece. Se deteriora. El
interrogante es si el cerebro necesita por fuerza deteriorarse”, dijo K.
“Si es un proceso material, tan material como el hecho de que mi cabello
se pone gris ‑tiene que deteriorarse. ¿Cómo es posible que una parte del
organismo permanezca sin ser afectada?”, pregunté.
“Usted dice que el cerebro se vuelve senil. La senilidad es el
envejecimiento físico a causa del tiempo. Para mí, el cerebro no necesita
envejecer jamás”.
“¿Cómo distingue usted entre el cerebro y los otros órganos? ¿Cómo puede
ser que sólo el cerebro tenga la capacidad de renovarse?”, insistí.
“¿Está claro para nosotros lo que entendemos por tiempo? Es el mismo
movimiento en lo externo y lo interno. No están separados. Ese movimiento ha
proseguido milenio tras milenio. La pregunta es: ¿Puede ese movimiento
detenerse? Ese movimiento constante es declinación, es el factor de deterioro,
tanto orgánicamente como en la psique”.
“El cerebro recibe estímulos físicos, de modo que siempre responderá al
reto como movimiento”, dije.
“Vaya despacio, vaya despacio”, dijo K. “Hay reacción y acción ‑de lo
contrario el cerebro está muerto. Pero esa acción tiene poco significado en sí
misma”.
“El cerebro no puede estar totalmente en silencio”, dije. “¿Se presenta
la vejez debido al movimiento de fricción?”
“El movimiento, tal como lo conocemos, es fricción. El movimiento es el
factor de deterioro. Es como el pistón en una máquina. Cada movimiento en el
cerebro desgasta físicamente al cerebro. Es el proceso psicológico el que
afecta al cuerpo y al cerebro. No es a la inversa”, dijo K.
“¿Puede haber un movimiento sin fricción?” Habló Asit.
“Si no hay movimiento psicológico, entonces el movimiento ocurre como en
un espacio absoluto, no hay fricción”, dijo K.
“Y sin embargo, hay un movimiento tremendo en el espacio exterior”.
“Cuando no hay movimiento psicológico, el tiempo como devenir no existe.
Pero uno puede sentarse muy quietamente en una habitación oscura durante veinte
años y el cerebro continuará envejeciendo ‑porque el pensamiento, como devenir,
sigue operando. Pero cuando el pensamiento se aquieta, cuando no se mueve,
entonces no hay tiempo en la psique. Si no hay un movimiento como el pensar, no
hay devenir. El devenir crea la dualidad; en consecuencia, hay conflicto,
deterioro, tiempo. El tiempo es la barrera, es limitación. Sólo una nave
espacial que se mueve sin fricción, puede viajar ilimitadamente. Si la fricción
como movimiento, como tiempo psicológico, cesa, ¿hay factor de deterioro?”,
preguntó K.
“Cuando el cerebro está quieto, ¿funciona el cuerpo naturalmente?”,
quiso saber Asit.
“Sí, el cuerpo tiene su propia inteligencia”, dijo K. “¿Es esto una
realidad? ¿Puede el cerebro estar alguna vez sin movimiento, excepto por su
propio movimiento natural? El movimiento psicológico interfiere con el cuerpo.
¿Puede ese movimiento detenerse? Eso implica a su vez: ¿Puede no haber
acumulación de ninguna clase?”
“¿Qué es lo que distingue la negación de todo tiempo como movimiento?”,
pregunté. “¿Cómo se percata uno del tiempo?”
“Me doy cuenta de él cuando hay un reto”, dijo K.
“El cerebro extiende su mirada hacia atrás o hacia adelante, y formula
preguntas”. Yo continuaba inquiriendo.
“Eso es movimiento”, dijo K.
“Pero lo real es que el cerebro está rumiando todo el tiempo”, dije.
“Cuando no lo retan seriamente, se las pasa haciendo juegos consigo mismo.
Lanza recuerdos”.
“El cerebro es memoria”, dijo K. “El remordimiento, la culpa, son un
movimiento constante en el cerebro ‑la memoria. El cerebro es memoria, un
movimiento desde el pasado, a través del presente, hacia el futuro”.
“La continuidad es eso. El cerebro crea la memoria. ¿Juega con ella?”,
preguntó Asit.
“El cerebro sobrevive mediante la memoria”, dijo K.
“Conocemos la función del corazón. Bombea sangre a través de arterias y
venas. ¿Cuál es la función del cerebro? ¿La de crear conocimiento como memoria
acumulada?”, preguntó Asit.
Yo pregunté: “¿Cuál es el movimiento que debe detenerse? ¿O usted dice
que todo el movimiento tiene que cesar?”
“El cerebro siente que en la memoria está la seguridad”, dijo Asit.
“En la terminación de este movimiento, ¿nace un movimiento nuevo que
implica seguridad total para el cerebro? ¿Hay un movimiento fuera del tiempo?”,
pregunté.
“No plantee esa pregunta”, dijo K. “Tal como el corazón funciona
naturalmente, el cerebro tiene su propio movimiento ‑cuando la memoria no
interfiere. El cerebro tiene un movimiento que le es propio, sobre el cual ha superpuesto
la memoria. Escuchen”, dijo, “el corazón no recuerda. El corazón late sin
recuerdos. El cerebro puede funcionar sin el movimiento de la memoria si así se
lo permite el pensamiento. No es a causa del conocimiento que el corazón bombea
la sangre”.
“Deducir semejanzas entre el corazón y el cerebro no es correcto”, dije.
“El cerebro físico ha evolucionado gracias a la memoria, gracias a las
capacidades y experiencias del hombre. Pudo sobrevivir sólo confiando en su
búsqueda de supervivencia”. “¿El cerebro enseña al cuerpo a sobrevivir?”,
preguntó Asit.
“El cerebro que conocemos, ¿está formado a base de memoria? Hay una
parte del cerebro de la cual no somos conscientes. Cuando opera la totalidad
del cerebro, éste no tiene límites”, dije.
“El cerebro enseña las destrezas manuales. El pensamiento mismo crea la
memoria para sobrevivir”, dijo Asit.
“Todo el cerebro no está ligado a la memoria”, dije yo.
“El cerebro ha buscado la seguridad en el conocimiento”, dijo K.
Pregunté: “¿Es a causa de su capacidad que el cerebro humano se ha
vuelto más grande? ¿Está la mutación dentro del cerebro? ¿Seguramente la
mutación no puede hallarse fuera del cerebro?” “¿Qué es lo que muta?”
“El conocimiento ha hecho que la base del cerebro fuera muy limitada. Al
conocer, el cerebro descubre que la base que él mismo ha creado es inestable, y
siente que la fricción como movimiento es indispensable para su supervivencia.
¿Qué ha de hacer, pues?”, preguntó K. “El cerebro ve que no hay seguridad en el
conocimiento, se da cuenta de que su base fundada en el conocimiento es muy
débil”.
“¿Puede ver que es posible una base por completo diferente?”, intervino
Asit.
“Tal como funciona, el cerebro jamás puede desprenderse del pasado. Todo
movimiento es tiempo. Así que pregunto: ¿Ha de permanecer uno en la vieja
casa?” dijo K.
“Cuando no me muevo, no hay base sobre la cual la vieja casa pueda
levantarse. Moverse lejos de la base inestable, crea la nueva base”, dijo Asit
“Cualquier movimiento implica dualidad”, dijo K.
Asit prosiguió: “Cuando no hay tiempo, no hay espacio. Si no hay
movimiento, no hay tiempo. Cuando no hay nada en el espacio ‑ni objeto alguno
ni pensamiento- ¿dónde está el tiempo? Pero lo que digo se encuentra en el
nivel intelectual”.
“Si no hay medida, ¿es el mismo cerebro el que funciona sin movimiento?
Cuando el cerebro está silencioso, opera la mente. Esa es la inteligencia del
universo. Krishnamurti había dado un salto inmenso, y nosotros nos quedamos muy
atrás. No teníamos palabras. Después, fui yo quien rompió el silencio: “¿Acaso
la inteligencia es una facultad propia del cerebro?”
“La inteligencia es la que ve el movimiento de la continuidad; lo ve
como el proceso de envejecimiento. La inteligencia que ve esto, se encuentra
fuera del cerebro”, declaró K.
“Si el cerebro no puede alcanzarla, ¿quién o qué es lo que ve la
limitación del cerebro? Para ver eso, el cerebro tiene que hacer contacto con
aquello”, dijo Asit.
“En su funcionamiento, el cerebro tiene su propia inteligencia. Ese
cerebro limitado no tiene relación alguna con lo otro”, dijo K.
“¿Qué es, entonces, lo que puede detener el movimiento del cerebro?”,
preguntó Asit.
“La percepción de su propia insuficiencia”, contestó K.
“Si el cerebro es solamente un movimiento del tiempo, ¿qué es, entonces,
lo que ve su propia limitación?” Krishnaji habló después de un largo silencio.
“¿Aceptaría usted el discernimiento directo como una operación de la totalidad
del cerebro?”
“La operación del discernimiento, ¿no está relacionada, entonces, con la
estrecha operación del cerebro?”, pregunté.
“El discernimiento en la limitación, libera al cerebro de la limitación.
El discernimiento sólo puede surgir cuando la memoria no opera y, por tanto, no
hay tiempo”, dijo K. “Cuando la totalidad del cerebro está operando, éste no
tiene una dirección, un motivo. Está libre del pasado. El discernimiento total
es la mente operando sobre el cerebro”. Otra vez hubo silencio.
Pregunté: “El cerebro es limitado. ¿Cómo puede la mente operar sobre el
cerebro?”
“K ha observado cuidadosamente, sin motivo alguno. En ese observar hay
una atención tremenda. Es como enfocar la luz sobre algo. Esa atención, la
profundidad de esa atención, es la mente. Esa atención concentra luz sobre las
limitaciones del cerebro. El amor está fuera del cerebro. El amor no es
sensación. El discernimiento no es sensación; no es una reacción. Hemos llegado
a un final”, concluyó el sabio.
El 28 de diciembre de 1.983, me encontraba en vuelo de Nueva Delhi a Madrás.
Había estado corrigiendo mi manuscrito, cuando súbitamente se me hizo clara la
diferencia entre el sermón y el diálogo. En Occidente, el diálogo rara vez
había jugado un papel fundamental en el despertar de la investigación
religiosa. Había sido usado en la disertación filosófica; los diálogos
socráticos se interesaron en el descubrimiento de la verdad a través de una
indagación lógica y rigurosa. Pero los ecos de la intensidad indagadora
generada por Sócrates, permanecieron como una caja armónica para la estructura
de la lógica y la razón. Al final de los diálogos, se afirmaba la razón. ¿Qué
ocurriría con los otros participantes ‑en su fluir las dos corrientes se unían
en una sola? ¿Cesaba toda división?
En la mayoría de las religiones, la verdad era una verdad revelada,
establecida a través de la doctrina ‑la Biblia o el Corán- cuya aceptación se
basaba en la fe. Cualquier vestigio de duda o de cuestionamiento, se
consideraba herejía; esto era así entre los cataros de Francia, las antiguas
sectas coptas, los gnósticos. La verdad de la iglesia no era la verdad que
surgía de la prístina percepción, de la autoindagación y de la energía generada
por el diálogo.
La investigación religiosa en la India, desde los tiempos más remotos,
había perfeccionado el diálogo como un instrumento de sondeo en lo profundo de
las cosas; usando la herramienta de la lógica hasta sus últimos límites, podía
liberarse de la lógica e inquirir más allá.
Krishnaji había dado al diálogo hondura y dimensión. Mediante el escuchar
a gran profundidad, la dualidad llegaba a su fin y se abrían las puertas hacia
lo interno de la mente y de la naturaleza. La calidad, la percepción, y los
espacios de la mente experimentaban un cambio. Si uno lo observaba, al escuchar
un sermón o una lectura, había aceptación o rechazo, hasta un cuestionamiento;
el pensar estaba en suspenso, entremezclado con pensamientos erráticos
atrapados en el devenir como pasado o futuro.
En el diálogo religioso serio, el oído está abierto, la energía se
concentra, los sentidos despiertan y operan en simultaneidad; la atención llena
la mente. Contenida en la atención, la mente permanece indiferenciada. Desde
esta base, todas las respuestas eran posibles. Para participar de lo profundo,
tiene que haber un escuchar desde lo profundo. En este estado, el que investiga
y el que escucha pierden sus identidades separadas.
Yo vacilaba, insegura sobre las implicaciones de lo que había surgido.
Al llegar a Vasanta Vihar, hablé de ello con Krishnaji. Como un azogue, su mente
reflejó las plenas implicaciones de lo que yo había estado percibiendo. El se
encontraba totalmente despierto, ansioso de proseguir con el tema, de hacerlo
asequible, de sondear en sus profundidades.
Esa tarde iniciamos una discusión sobre la naturaleza del diálogo
intenso y sobre su papel de liberar al cerebro del tiempo.
Krishnaji dijo: “Hablaremos del tiempo y del diálogo, y lo haremos como
dos personas religiosas. Religiosas en el sentido de que están libres de toda
tradición, de toda autoridad, de todos los sistemas. En un diálogo así, existen
un preguntar y un responder; la respuesta provoca una pregunta ulterior, y de
este modo la pregunta se mantiene en permanente movimiento. En un diálogo
semejante, hay un estado de escuchar en el cual las dos personas desaparecen y
sólo queda la pregunta”.
“Los diálogos no necesariamente implican dos personas”, dije.
“Esencialmente, su significado parece ser el de indagar en algo mediante un
escuchar y una situación de reto. Veo que todos los problemas que se suscitan
en el cerebro, nacen del tiempo. Surgen debido a la necesidad de cambiar ‘lo
que es’. El movimiento del cerebro que desea cambiar ‘lo que es’ en otra cosa,
crea el tiempo”.
“El tiempo físico es la salida y puesta del sol”, dijo K. “El cubrir la
distancia de un punto a otro punto. Psicológicamente, el tiempo es el devenir,
el “llegar a ser’ esto o aquello. El tiempo es todo el proceso de la evolución,
tanto en lo psicológico como en lo físico”.
“Mi pregunta es: ¿Existe un tiempo por completo diferente? ¿Tiempo como
no-movimiento? El tiempo tal como lo conocemos es movimiento, la división entre
una acción y otra acción; el tiempo como esperanza; el tiempo es el movimiento
del pasado, a través del presente, hacia el futuro. El tiempo es el movimiento
de la realización, del logro, del devenir. El tiempo es pensar acerca de algo y
después actuar. El intervalo es tiempo. Pregunto: ¿Hay un tiempo que no
pertenezca en absoluto a ninguna de estas categorías?” Krishnaji se había
sumergido en la pregunta.
“Usted dice que el tiempo del que habla no pertenece a la categoría del
movimiento. ¿Pertenece a la categoría de la materia?”, pregunté.
“No tal como la entiendo. Me han dicho que la materia es energía
manifestada, solidificada. El tiempo como el árbol que crece”.
“El cerebro es materia. En esa materia, la evolución tiene que existir”,
dije.
“Por supuesto. Éramos monos; después de millones de años somos Homo Sapiens”, dijo K.
“Vinculamos esa evolución con el contenido interno del cerebro. El
cerebro es materia. La evolución es inherente al cerebro. El Contenido del
cerebro es la memoria. Ligamos la evolución del cerebro con la evolución de la
memoria”. Escuchando, surgía la respuesta.
“Veo de qué está usted hablando. ¿Se ha desarrollado la memoria a través
de un proceso de evolución?”, preguntó K.
“El problema se suscita porque aplicamos a la memoria las mismas pautas
que aplicamos a la materia”, dije. “La evolución es inherente a la materia. El
problema es que tomamos el contenido del cerebro, que es memoria, y sentimos
que hay una entidad que puede cambiar ese contenido. Todo eso es el proceso del
devenir. Es el tiempo de lo interno”.
“Pero toda evolución implica tiempo”, dijo K.
“La evolución que es inherente a la sustancia del cerebro, la aplicamos
a su contenido. ¿Existe la evolución en el tiempo interno?”, pregunté.
“La evolución es tiempo”. Krishnaji era inconmovible.
“Si la evolución es tiempo, ¿por qué no puede ser aplicable al devenir?”
“El devenir implica tiempo. Soy esto, seré aquello. Pupulji pregunta si
el contenido del cerebro forma parte del proceso de evolución”. K se había
vuelto hacia los demás.
“No”, prosiguió. “El cerebro mismo es un producto del tiempo como
evolución. Pero el contenido del cerebro -e1 cual es la acumulación de
experiencias a través de milenios- ¿es idéntico a la naturaleza de la propia
sustancia cerebral?”
“Comprender que el devenir es ilusión, resulta sencillo. Pero hay mucho
más que eso. Usted da a entender que hay un tiempo externo del reloj y un
tiempo interno del devenir. Luego pregunta si hay otro tiempo que no pertenezca a estas dos categorías. El tiempo y
el espacio son una sola cosa. También lo son el tiempo y la materia”. Yo
impulsaba la indagación.
“El tiempo es materia. El
tiempo es energía manifestada. La manifestación misma es un proceso de tiempo”,
dijo K.
“Por lo tanto, ¿el tiempo no puede existir sin la manifestación?”,
inquirí.
“Conocemos el tiempo como pasado, presente y futuro”, dijo K.
“Nosotros proyectamos el tiempo en el futuro. ¿Cuál es la naturaleza ‑la
percepción de ese instante en el cual la realidad existe?”, pregunté.
“Veo que el futuro es el pasado modificándose en el presente. Eso es
tiempo: ‘Yo haré, yo llegaré a ser’. Ahora bien, ¿existe una acción intemporal
que es percepción ‑una acción sin intervalo?” Krishnamurti había iniciado la
pregunta destinada a abrir las puertas.
“¿Qué es lo que se modifica en el presente?”, pregunté.
“El pensamiento”, dijo K.
“¿Podemos examinar ese instante en que tiene lugar la modificación?”,
pregunté.
“Me asusta lo que podría ocurrir mañana. Mañana es tanto el presente
como el ayer. El presente, el ‘ahora’, es tanto el pasado como el futuro”, dijo
K.
“La percepción en el presente, ¿niega tanto el pasado como el futuro?”
“Esa percepción requiere una terminación del pasado. La percepción es
intemporal. Correcto. Uno percibe que está lleno de prejuicios, conocimientos,
conclusiones, creencias, y con ello mira el presente, y ese presente se
modifica a causa del reto. Uno puede alterar eso, pero sigue estando en el
mismo campo”, respondió K.
“Sí, éste es un estado donde no hay punto alguno de percepción. Pero
comprender el tiempo que no pertenece a esta corriente, es comprender la
percepción del ‘ahora’”, dije.
“La percepción no pertenece al tiempo. No contiene el pasado”, dijo K.
“¿Qué es el ‘ahora’?”
“Se lo diré: El ‘ahora’ es el pasado y el presente. El ‘ahora’ es la
totalidad del tiempo como tiempo pasado, tiempo futuro y tiempo presente”, dijo
K.
“¿Puede uno experimentar el tiempo pasado? ¿Puede uno experimentar el
tiempo futuro? ¿Qué es la experiencia de la totalidad del tiempo?” Yo retaba a
Krishnaji.
“Usted no puede experimentar eso. Experimentar eso implica el experimentador,
el cual está experimentando en el tiempo”. La respuesta había llegado
rápidamente.
“Por lo tanto, cuando usted dice que el ‘ahora’ es la totalidad del
tiempo -¿qué es lo que quiere decir realmente?” Hubo una larga pausa. “¿Existe
un verdadero contacto con el ‘ahora’?”, pregunté.
“El pasado ha creado el presente”, intervino Achyut.
“Eso es fácil de verse. Yo estoy tratando de sondear a mayor
profundidad. Krishnaji dice que el pasado y el presente están ambos contenidos
en el ‘ahora’. Pregunto qué es este ‘ahora’”. Yo presionaba hasta donde podía.
Intervino Sunanda. “Pupul, obsérvelo. El ‘ahora’ es lo que es’ ‑en ‘lo
que es’ está la totalidad del pasado”.
“¿Pero qué es ‘lo que es’?”, insistí.
“¿Cómo afirma usted que el pasado está contenido en el presente? ¿Lo
experimenta realmente o es una teoría? Esta es mi pregunta. Pupulji pregunta:
¿Qué le hace decir a usted que el pasado está contenido en el presente? ¿Es
ello una idea, una teoría, o de verdad lo percibe?” Krishnaji se interrogaba a
sí mismo.
“Veamos lo que Krishnaji está diciendo”, dije. “Él pregunta: ‘¿Hay un
tiempo que no es el tiempo lineal, ni el tiempo del devenir? ¿Hay un tiempo
independiente de estos dos tiempos?’”.
“Eso es todo”, dijo K.
“Sólo la percepción o la revelación pueden hacer que ese tiempo se
manifieste en el presente. ¿Cómo llego a ese ‘ahora’ de la experiencia?”
“Usted no puede llegar a él. No puede experimentarlo. No puede
concebirlo.
“Vea lo que ha ocurrido. Usted no puede experimentarlo, pero su cerebro
está condicionado para la experiencia, para el conocimiento. Está condicionado
para medir con las palabras. Y esto no puede abordarse de ese modo. ¿Correcto?
Esta es la mente religiosa ‑ha borrado las teorías, las ideas. Nosotros estamos
tratando con realidades. ¿De acuerdo? Aquí es donde comienza la indagación
religiosa”. Krishnaji estaba en el núcleo mismo de la investigación.
“¿Es posible indagar en este tiempo del que usted habla?”, preguntó
titubeando.
“Es posible en el sentido de que uno puede usar palabras, pero las
palabras no son la cosa”.
“Uno no puede dividir el pasado, el presente y el futuro con palabras”.
Habló Sunanda.
“Sí. Pero la pregunta subsiste”, dijo K.
“Sí, la pregunta subsiste. Eso es lo extraordinario. La pregunta
subsiste, pero los que preguntan no subsisten”, dije.
“Sí, los que preguntan dejan de existir”, dijo K.
“¿Pero es ésa en absoluto una pregunta verbal?”, intervino Radhika.
“¿Sobre qué opera la pregunta?”, preguntó Asit.
“Investiguémoslo. Decimos que el tiempo es evolución. El tiempo es
devenir. El tiempo es desde aquí hasta allá ‑física y psicológicamente.
Conocemos ese proceso del devenir y del no devenir ‑lo negativo y lo positivo-
y proseguimos a lo largo de estas líneas durante toda nuestra vida. Entonces
viene alguien y pregunta: ‘¿Con qué fin?’ Nos ha dejado con esa pregunta.
Nosotros reflexionamos sobre ella y decimos: ‘Observémosla; vamos a
descubrirlo’. Vemos que entre el ver, el pensar y el ser, hay tiempo. Ese
intervalo es tiempo, está en el campo del tiempo. Uno también ve que todo el
tiempo está contenido en el presente. Entonces Pupul pregunta: ‘¿Podemos
explorar dentro del presente?’ Yo digo: ‘No.’ Si uno lo experimenta, el
experimentador es el pasado y la experiencia misma es del tiempo. ¿Cuál es el
estado del cerebro que ha descartado todas las teorías y las conjeturas? ¿Cuál
es el estado del cerebro que ve como una sola cosa la acción y la percepción?
Ve que no hay intervalo y que, por tanto, no hay tiempo. La percepción está
libre del tiempo. ¿Qué es ese estado del ‘ahora’? La percepción es el ‘ahora’.
La percepción no es del tiempo. No existe el ‘aprenderé’ para percibir’.
“¿Qué es la percepción? No pertenece al tiempo. ¿Puede uno experimentar
eso? Es imposible. La percepción no tiene un percibidor. La percepción es
‘ahora’ ‑por tanto, es intemporal. En consecuencia, la acción que nace de la
percepción es intemporal.” La pregunta había florecido.
“¿Entonces, en esa percepción, el pasado y el futuro quedan totalmente
aniquilados?”, pregunté con vacilación.
“¿La percepción de qué?”, preguntó Asit.
“¿Qué necesidad tiene la percepción de percibir, señor?”, preguntó
Sunanda.
“‘¿Qué es el ahora?’ dice K, ‘éste contiene el presente, el pasado y el
futuro’. Entonces el cerebro se pregunta: ‘¿Cómo entro en contacto con eso?’ Y
dice: ‘No es posible establecer ese contacto. Sólo puede haber percepción’.
Entonces el escuchar, percatándose de esa percepción, anula el pasado y el
presente...” Yo tentaba mi camino en la pregunta.
Habló Krishnaji: “Vea, eso está sucediendo ahora. El escuchar no es del
tiempo. Si escucho, eso ocurre ‘ahora’. No existe el tiempo en el escuchar. Por
lo tanto, no hay tiempo horizontal”.
“¿Qué es la investigación, entonces?”, preguntó Asit.
“Del preguntar surge el escuchar; del escuchar, surge la pregunta”,
dije.
“No teorice”. Krishnaji vio rápidamente que mi respuesta carecía de
profundidad.
“No estoy teorizando”.
“La percepción es intemporal”.
“Entonces yo le formulo una pregunta. ¿Es posible indagar en ella?”
“Yo digo, sí. Al indagar, la mente misma se desembaraza de todos los
conceptos, de todas las teorías, las esperanzas, los deseos. Ahora se encuentra
en un estado de pureza. En ese estado, usted puede investigar. Yo le digo: ‘El
amor no es del tiempo” ¿Cómo escucha eso? ¿Cuál es su respuesta? Usted oye
palabras, las palabras tienen un significado. Usted las interpreta de acuerdo
con su capacidad. ¿Puede escuchar la verdad de eso sin la palabra?, preguntó K.
“Uno no puede escuchar así. Uno escucha las palabras”, dijo Asit.
“La palabra no es la cosa”, fue la respuesta de K.
“Yo escucho la palabra, pero no comprendo”, reiteró Asit.
“Vengan, dialoguen conmigo”. Krishnaji atraía a los oyentes hacia él.
“Si puedo decir algo, ¿cómo escucha uno? ¿No es ésa la pregunta
fundamental?”, dije.
“Uno no puede escuchar las palabras sin traducirlas”, dijo Asit.
“En un diálogo con Krishnaji, pese a que uno escucha sin que el
pensamiento opere, uno abarca plenamente lo que él dice. Hay un escuchar a tal
profundidad, que hace accesible lo que se está investigando”, dije.
“¿Qué entiende usted por ‘abarcar’?”, preguntó Sunanda.
“¿Puede uno generar un diálogo con la declaración: ‘El amor no es del
tiempo’?”
“No verbalicen. Todos hemos sido educados para ser altamente
intelectuales. Un pobre hombre que no parece brillante, entenderá una
declaración sencilla”, dijo K.
“¿Cómo puede investigarse en un estado de atención?”, preguntó Asit.
“Sólo escuche”, contestó K. “Yo le digo: ‘El amor no es del tiempo’.
Para mí ése es un hecho tremendo. Usted dice que realmente no lo comprende, y
yo le digo que no lo comprenderá del modo en que quiere comprenderlo. ¿Capta lo
que estoy diciendo? Usted quiere comprenderlo a través del proceso intelectual,
a través de argumentos, de un proceso verbal de reacción. Pero no lo
comprenderá de ese modo. Usted dice: ‘Es el único instrumento que tengo’. Y yo
le digo que hay un instrumento por completo diferente. Usted dice: ‘Hábleme de
ese instrumento’. Yo respondo: ‘Deje de lado su capacidad, su conocimiento, que
es tiempo’”.
“¿Dice usted, ‘Deje de lado su instrumento intelectual?”, preguntó Asit.
“Por supuesto que no”, contestó K. “Yo dije: ‘Deje de lado el
conocimiento.’ El conocimiento es evolución. ¿Existe una captación, un
discernimiento, una percepción instantánea sin la palabra, sin introducir en
ello el conocimiento? Yo digo que sí. ¿Puede haber un estado de pura percepción
de algo, y puede uno inquirir en ese estado?”
Las discusiones sobre la cuestión del tiempo habrían de continuar en
Madrás. El 4 de enero de 1.984, en Vasanta Vihar, el tema fue discutido
nuevamente. Asistieron a las discusiones el profesor George Sudarshan y el
Pandit Jagannath Upadhyaya.
George Sudarshan comenzó exponiendo lo siguiente: “Nuestro amigo ha
planteado el interrogante sobre el funcionamiento de las diferentes clases de
tiempo. Vale decir: ¿Existe un tiempo que entra a operar, que funciona aun
cuando deja de existir el devenir? Cuando han cesado la causa y el efecto,
cuando el proceso normal de causación, de memoria y expectación, de
anticipación ‑todo el trasfondo acumulado durante la vida de uno e incluso
antes de eso- ha desaparecido, ha muerto, ¿hay todavía una clase de tiempo
donde se desarrollan los acontecimientos?”
Yo agregué: “Krishnaji también habló del surgimiento de una percepción
que simultáneamente niega ese surgimiento, una simultaneidad de surgimiento y
negación; y, ¿cuál es la naturaleza del tiempo en relación con el ‘ahora’?”
“Hemos dicho: ‘El presente, que es el pasado, también es el futuro’.
Asimismo, dijimos que el tiempo no es sólo devenir, anticipación, esperanza,
sino que el tiempo también es posesión ‑el sentido de poseer, de acumular
conocimientos y vivir con esos conocimientos; eso también es tiempo. Y
preguntamos: ¿Existe otro movimiento del tiempo? El movimiento del pensar, ¿es
un proceso material? ‑el pensamiento, que también es tiempo. De modo que el
tiempo y el pensamiento son similares. Está el tiempo físico, de aquí hasta
allá.
“Ahora usted formula una pregunta: ‘¿Existe un no-movimiento cuando uno
se ha salido del tiempo psicológico? ¿Hay un movimiento por completo diferente
del movimiento del tiempo y del pensar?” El instructor había dado comienzo a la
investigación.
“¿Habla usted del cerebro que deja de funcionar, o de la mente que deja
de funcionar?”, preguntó Sudarshan.
“Quisiera separar el cerebro de la mente. El cerebro está condicionado.
La mente está fuera del cerebro. La mente, para mí, es algo que no tiene
relación alguna con el cerebro condicionado y, por lo tanto, no puede ser
medida por las palabras o el pensamiento. Mientras que la actividad del cerebro
y el desgaste de esa actividad son mensurables, y la medida es tiempo.
Entonces, cualquier función que surge del conocimiento acumulado en el cerebro,
es lo conocido ‑como el sí mismo, mi ego, mi actividad egocéntrica. ¿Es
posible, pues, no ser egocéntrico? ¿Cabe preguntarse si uno puede estar
completamente libre del yo?
“El ‘yo’, el ego, es producto del tiempo ‑evolución. Es la actividad del
cerebro egocéntrico -’mi’ posición, ‘mi’ poder. Y en tanto exista ese ‘yo’ que
es conocimiento acumulado, memoria, experiencia, existirá la limitación del
tiempo”, dijo K.
Intervino Jagannath Upadhyaya: “Uno puede hablar del tiempo en
cualquiera de sus aspectos ‑tiempo como pensamiento, tiempo como movimiento,
etcétera. Está el tiempo de nacer y el tiempo de morir, que constituyen el
proceso del devenir en que vivimos. Pero detrás de eso, ¿existe la mente en la
que no hay comienzo ni fin? Si es así, entonces está fuera de nosotros, uno
nada puede hacer al respecto. No podemos actuar sobre ella ni investigarla”.
“No, no podemos. En tanto el ‘yo’ esté surgiendo, muriendo, surgiendo,
terminando y otra vez surgiendo, este constante proceso de devenir, es tiempo”.
“No sólo el devenir sino el ser”, explicó el budista.
“Cuando Upadhyaya habla del ser, él quiere decir ‘yo soy’. Existe un
devenir, pero también está el sentido de ‘yo soy’”. Radha Burnier se había
incorporado al diálogo.
“Vemos este proceso de surgir, devenir -e1 pensamiento que surge, el
pensamiento que se termina. Cuando esto se detiene, ¿qué ocurre?”
“¿Cómo sabe usted que se detiene?”, preguntó K.
“Para expresarlo sencillamente: Cuando el devenir llega a su fin,
¿existe el ser?”, continuó Radhaji.
“¿Qué entiende usted por ‘ser’?”
“El sentido de ‘yo soy’”, sugirió Achyut.
“Existir”, intervine yo.
“¿Qué es existir? En el momento en que uno reconoce que está viviendo,
pone en actividad todo el proceso del yo”, dijo K.
“No, no aceptaré eso”, dije. “Con el final de la existencia, termina el
devenir. Para la mayoría de nosotros es posible terminar con una proyección del
pensamiento, que es terminar con el devenir. Pero ese estado no es una cosa
muerta. Es un estado de existencia”.
Sudarshan preguntó: “Cuando usted habla del ser, ¿se refiere a una
condición o función, o está hablando acerca de un objeto? Si es un ser, por
definición es un objeto”.
“No estoy hablando del ser como objeto”.
“Entonces, cuando habla de vivir o ser, hasta el punto en que no hay
separación de una persona conocida con respecto al resto, hasta el punto de vyaapti, identificación completa, sin
reclamar nada para uno mismo, no existe división alguna entre uno y todas las
demás cosas”, dijo Sudarshan.
“¿Por qué niega usted el ser? Ser es el sentido de que algo ‘es’. ¿Dice
usted que nada hay?”, pregunté.
“No hay diferencia entre ser y devenir. Cuando cesa el devenir, cesa el
ser”, respondió el pandit.
“Sí”, dijo K.
“Devenir y ser son la misma cosa. Donde hay devenir y ser, existe el yo
con todas sus actividades, etcétera, y cuando aquello se termina, también eso
llega a su fin. Pero cuando hay un final para todo esto, para el pensamiento,
etc., ¿existe algo en lo que todo se sustenta?”, preguntó Jagannath Upadhyaya.
“Si puedo preguntarlo, ¿cuál es la distinción que usted hace entre
devenir y ser?”, le pregunté al pandit.
“En sánscrito, no hay dos palabras. Bhava
significa tanto ser como devenir”, explicó Radhaji.
“El panditji dice que lo que usted llama inteligencia, no está
relacionado con el intelecto. Sólo cuando este intelecto reconoce su
fragmentación y su limitación, deja de ser y nace la inteligencia”, dijo
Achyut.
“Me gustaría investigar un poco más el devenir y el ser. El ser es un
estado de no diferenciación”, dije.
“¿Por qué distingue usted entre ser y devenir?”, preguntó K.
“Hay un estado del cual las cosas surgen y en el cual las cosas
desaparecen”, contesté”.
“¿Es el yo ese estado?”, dijo K.
“En un estado de atención, un estado de percepción, ¿qué es lo que hay
ahí?”, pregunté.
“En la atención no hay yo”, dijo el Instructor.
“¿Cuál es, entonces, la naturaleza de la atención?”, pregunté.
“¿Pregunta
usted cuál es la naturaleza de la atención, o si hay una base o sustrato del
cual la atención surge?”, Radhaji se dirigía a mí.
“La atención no tiene un trasfondo”. Krishnaji nos trajo de vuelta a la
cuestión central.
El científico Sudarshan comenzó a explorar. “Hay dos clases de
funcionamiento en el universo físico. Está el funcionamiento que se caracteriza
por acontecimientos separados en los cuales encontramos una cronología, una
secuencia de cosas, y entonces construimos leyes que relacionan los
acontecimientos entre sí. De ese modo, decimos que el viento es causado por
diferencias de temperatura, y descubrimos que un suceso es causa de otro suceso
que, a su vez, da origen a otro suceso, y somos capaces de comprender una
cantidad de cosas. Después, hay otra clase de funcionamiento donde no
diferenciamos, por ejemplo, un objeto que se mueve libremente. Fue un gran
descubrimiento de la física cuando se decidió que el movimiento libre no
requiere explicación. Uno no se pregunta por qué eso se mueve continuamente; lo
atribuye a la naturaleza de las cosas, dice que está en la naturaleza de los
objetos moverse. Y se puede ampliar, generalizar el alcance de esto, de modo
que en cierto sentido, ningún sistema funcione sin esta condición. Un sistema
aislado ‑aislado en el sentido de que no hay otro- un sistema completo, no
tiene historia, no contiene acontecimientos. Los acontecimientos surgen cuando
ponemos el sistema, que funciona por sí mismo, en la matriz de alguna otra
cosa, y entonces decimos que algo que se está moviendo en un sistema cerrado,
no es natural, porque nos gusta pensar de manera consecutiva. Y entonces nos
preguntamos: ¿Por qué eso no se mueve de manera consecutiva? Y así el tiempo
cronológico del desarrollo se manifiesta cuando tenemos un sistema incompleto,
incompleto en el sentido de que hay modelos para el comportamiento del sistema
que no son externos al sistema, y cuando medimos el comportamiento real del
sistema confrontándolo con estos modelos, entonces hablamos de acontecimientos
y de cronología. Pero cuando el sistema es completo en sí, si bien no carece de
peculiaridades, en su funcionamiento no hay cronología, no hay acontecimientos
dentro del sistema. Desafortunadamente, estamos tan habituados a la idea de
cronología, que la evolución natural es siempre incomprensible: una evolución
en la que no hay sucesos. Por lo tanto, siempre que hay un movimiento que
contiene cosas que ocurren pero a las cuales no podemos atribuir de modo
definido una causa y un efecto, nos sentimos muy ansiosos, sentimos que no las
comprendemos plenamente. Queremos dividirlas, separarlas.
“Tal vez estas dos posibles clases de funcionamiento puedan ser útiles
como modelos para esta discusión. Hay una clase de tiempo -el tiempo físico en
el que los sucesos tienen lugar, en el cual se cumple la segunda ley de causa y
efecto. Y hay otro tiempo en el cual no se puede decir cuál es la causa y cuál
el efecto, porque no hay al respecto una división de los acontecimientos”.
Sudarshan se detuvo.
“¿Cuándo ocurre eso?”, preguntó K.
“Cuando el sistema no tiene un modelo con el cual compararse”, dijo
Sudarshan.
“¿Y eso qué quiere decir?”, apremió K.
“Nos referimos a él como un sistema cerrado, pero entendemos que puede
ser un sistema completo”, contestó Sudarshan.
“¿Todos los sistemas ‑burocráticos, científicos, religiosos- contienen
de manera inherente el deterioro, la entropía?”, preguntó K.
“Sí”.
“Por lo tanto, mientras el cerebro es colectivo, forma un sistema”.
“Completamente de acuerdo”.
“¿De modo que el proceso de deterioro, de degeneración, forma parte
inherente de lo colectivo?”
“Krishnaji, me preocupa la atención que usted dedica al cerebro. El
cerebro también forma parte del sistema físico, y no tengo por qué dedicar
mucha más atención al cerebro que a los árboles o a los pájaros”, dijo el Dr.
Sudarshan.
“No”, dijo K.
“A veces lo uso, pero del mismo modo uso a veces el árbol. ¿Por qué,
pues, debo sentirme tan atado a lo que ocurre en mi cerebro ‑las ondas de
pensamiento, la actividad de las distintas conexiones y así sucesivamente?
¿Debo también interesarme en lo que hace el cerebro?”, preguntó Sudarshan.
“Mientras mi cerebro está condicionado, se vuelve muy limitado. El
cerebro tiene una capacidad infinita, y esa capacidad es negada por su propia
limitación. Usted es un científico y yo no lo soy. Usted ha adquirido tremendos
conocimientos y tiene ocasionales percepciones en algo. Usted se mueve
constantemente, sumando más y más. Esta suma es el factor de condicionamiento.
Obviamente. Por lo tanto, el cerebro se vuelve limitado, y esa suma, esa
adición, es el ‘yo’. No examinaremos las diferentes terminologías. En tanto el
yo esté ahí, el yo es un sistema, y el yo es el factor de deterioro”, dijo K.
“Eso es lo que llamamos el ‘yo’ con ‘y’ minúscula en vez de la ‘Y’
mayúscula”, replicó Sudarshan.
“El yo es el yo, no la gran ‘Y’ o la pequeña ‘y’. Uso esa palabra
solamente en un contexto, el de la ‘y’ minúscula. Para mí no existe la ‘Y’
mayúscula en relación con el yo”, dijo K.
“Volviendo a lo que Pupulji expresó, señor, usted dijo que la atención
no tiene trasfondo”, apuntó Radhaji.
“Aquí hay un científico. ¿Qué es la atención para usted, señor? Sea
sencillo”. Krishnaji se volvió hacia Sudarshan.
“Bien, yo diría que la atención existe cuando no hay separación, cuando
no hay identificación con ninguna otra cosa. La atención es un estado en el
cual no hay anticipaciones ni recuerdos”.
“¿Eso qué quiere decir? ¿Que no hay trasfondo?”
“Ni trasfondo. Siento que ésa es la enunciación más sencilla. En la
atención no hay trasfondo porque el trasfondo supone una matriz, un modelo. En
la atención no hay comparación alguna. La atención es una sin lo segundo”, dijo
Sudarshan.
Habló Krishnaji: “Cuando hay atención no hay trasfondo. Estuvimos
discutiendo el tiempo. Digo que en el amor no hay tiempo. En el amor no hay
reminiscencias. El amor no es la actividad del deseo o del placer. Esta
actividad involucra al tiempo, y en el amor no existe el tiempo”.
“Ese es un salto extraordinario”, comenté.
“Es un Brahmastra. Es un arma
que lo aniquila todo”, agregó Upadhyaya.
Pero Krishnaji no aceptaría esta declaración. “Es algo accesible”, dijo.
“No pongo eso en un pináculo y luego digo que es inaccesible”.
“¿Tiene el amor un comienzo y un final?”, preguntó el pandit.
“No. Si hay un comienzo y un final, no es amor”.
“Entonces está más allá de toda discusión”, dijo Upadhyayaji.
“¿Qué es un diálogo? Un diálogo es: usted pregunta y yo contesto; así,
usted y yo quedamos olvidados. No existimos. Sólo la pregunta permanece. Y si
uno deja la pregunta, ésta florece, tiene vitalidad, suministra una respuesta”,
dijo K. “¿Ha comprendido, Panditji, mi respuesta?”
“El acepta lo que usted dice ‑que hay una pregunta y que fluye una
respuesta, pero dice: ¿Qué tiene esto que ver con el amor?”, explicó Radha
Burnier.
“Yo hago una declaración: ‘Donde hay amor no existe el tiempo’. Usted
escucha, usted la cuestiona y yo respondo. Hay una conexión, tanto verbal como
no verbal, y la pregunta permanece, el hecho permanece. Si usted lo deja estar,
ello comienza a moverse”.
“¿Dice usted que en el amor no existe el tiempo...?”, pregunté.
“Vea la belleza de ello”.
“Es una buena pregunta y no surge ninguna respuesta, pero la pregunta
subsiste”, dije.
“Entonces permanezca con ello, Pupul, tome una flor de loto, mírela”.
“Miro”.
Hubo una larga pausa. Entonces Radha Burnier se volvió a Jagannath
Upadhyaya y dijo: “En el mirar no hay preguntas”.
“Yo no sé cómo responder a la pregunta de Krishnaji”. Percibiendo cierta
aridez en la dialéctica, Krishnaji súbitamente abandonó la discusión y dio uno
de sus grandes saltos: “En la muerte no existe el tiempo”.
“Por gentileza hacia nosotros, ¿podría usted acortar un poco esos
saltos? Porque ya Panditji está diciendo que encuentra difícil responder a su
declaración, con la cual puede estar completamente de acuerdo. ¿Cómo se
relaciona esta declaración particular, con la cuestión del ‘ser, devenir?”,
intervino Sudarshan. Y continuó:
“A mí me parece que antes de movernos hacia la muerte, tenemos que
hablar sobre el amor y su relación con la pregunta. Usted ha dicho
anteriormente que cuando hay un diálogo entre dos o más personas, y el propósito
está realmente en el diálogo mismo, las personas cesan de existir como tales y
lo que permanece es la pregunta en movimiento funcionando entre ellas con su
propia vitalidad. Pienso que Panditji dice que no sabe cómo responder, no
porque esté en desacuerdo con usted ‑no porque lo que usted dice sea un brahmastra, el arma final que todo lo
destruye, incluyendo la plataforma de lanzamiento- sino que no sabe cómo
responder a su formulación anterior de que el diálogo tiene vitalidad propia”.
“¿Usted la ha comprendido?”, le preguntó Krishnaji a Sudarshan.
“Sí”.
“Entonces explíquesela a Panditji”, dijo K.
“Pienso que lo que Krishnaji dice, es que el propósito del diálogo no es
que una persona formule preguntas y otra las conteste, sino que la pregunta y
la respuesta circulen y, en cierto sentido, se muevan por sí mismas entre los
que dialogan. Así, no hay una persona que suministra información a otra
persona, sino que la propia pregunta se responde a sí misma utilizando las
voces de las personas como instrumento. Pero nosotros siempre sentimos que
tiene que ser en la forma de catecismo ‑una pregunta y una respuesta. Krishnaji
sostiene que si hay un momento en que la pregunta cesa, ése es también un
momento muy valioso, es de hecho algo muy natural. En cierto sentido, lo que
eso revela es una imagen, un eco de lo que él estuvo considerando anteriormente
‑o sea, ¿hay un ser en este punto, hay un devenir, o hay algo que es diferente
de ambos? Visto desde un punto de vista, está el ser; visto desde otro punto,
cuando cesan todas las preguntas, ¿quién está ahí para formular pregunta
alguna, quién está para comprender? Ese contener la pregunta dentro de uno -o
contener la respuesta si no hay más preguntas‑ de algún modo es en sí mismo un
diálogo. Es una meditación en la que no se pronuncian palabras porque se trata
de un yato vaacho nivartante, un
estado donde las palabras no llegan”.
“Sí. Por lo tanto, hablemos de la muerte. ¿Qué es la muerte según los
budistas, según Nagarjuna?”, preguntó K.
“Cualquiera que sea la causa por la que surge la vida, por la misma
causa la vida se termina; eso es la muerte”, dijo el budista.
“Yo existo porque se encontraron mi padre y mi madre, y por eso nací.
Vivo ochenta y nueve años o cien años. Al final de los cien años muero. Hay un
proceso causativo y el fin del proceso causativo, ¿Correcto? ¿Es eso lo que
usted llama muerte?”, preguntó K.
“Este proceso causativo no está en el nivel de las cosas, o sea, en el
nivel biológico; pero está en el nivel de la memoria, en el nivel del
pensamiento. Nagarjuna dice que en ese movimiento están el pasado, el presente
y el futuro”.
“Si usted dice que el pasado y el presente contienen el ‘ahora’, ese
ahora es muerte. Devenir y morir. ¿Es eso la muerte?”, reiteró K.
“Sí”, dijo Jagannath Upadhyaya.
“Eso es lógico”, dijo K.
“Sí, lógico”.
Krishnaji prosiguió: “Es un concepto intelectual”.
“Sí”.
“Eso no me interesa”, dijo K, “estoy muriendo”.
“En todo instante hay un final, cada instante está separado del otro.
Hay una muerte todo el tiempo”, dijo Upadhyayaji.
“Pero tengo un hijo que se está muriendo y estoy sumido en el dolor,
derramo lágrimas, me siento solo, estoy deprimido. Viene usted y me habla del
proceso causativo. Pero yo estoy sufriendo. ¿Qué hará usted al respecto?”
“Cualquier cosa que surge a la vida, muere de instante en instante”,
dijo Upadhyayaji.
“He escuchado todo eso antes”, dijo K. “Pero estoy sufriendo”.
“Pero lo que conecta entre sí los instantes es la memoria”, insistió
Upadhyaya.
“Muy bien. Acudo a usted y usted me explica eso. Y le digo: ‘Váyase al
infierno’”.
Intervine yo: “Lo que Upadhyaya dice es que ninguna de las enseñanzas
budistas han abordado la muerte, excepto como un surgir y un terminar”.
Krishnaji dijo: o Hace algunos años, señor, estuve con un hombre. Se
estaba muriendo. Vino su mujer y me dijo: ‘Está preguntando por usted’. Fui a
verle, me senté a su lado y sostuve su mano. Dijo: ‘Me estoy muriendo, no me
predique filosofía. Me estoy muriendo y no quiero morir. He vivido una vida
bastante buena, bastante moral, tengo mi familia, mis recuerdos, todas las
cosas que he acumulado... y no quiero morir. Pero me estoy muriendo’. ¿Cuál es
su respuesta a eso? No me venga con su ‘comenzar y terminar’”.
“La respuesta es que él tiene que morir”, dijo Upadhyayaji.
“¡Oh, Dios!”, gritó Krishnaji. “¿Es eso lo que le dice usted a su hijo,
a su mujer, a su amigo? ‘¿Tiene que morir? Está enfermo, de cáncer, de
tuberculosis... Es muy joven, y dice: ‘Dios mío, ayúdame a comprender’”.
“Pero la muerte es parte de la vida”, dijo el pandit.
“Panditji, ¿está usted diciendo que no hay terminación para el dolor?”
Traté de aclarar la situación.
“A menos que la causa del dolor sea eliminada, el dolor no puede
terminar”, dijo Upadhyaya.
“Pero el hombre que está muriendo no lo ha eliminado. Usted tiene que
tratar con este hombre que está muriendo. Nadie ha sostenido su mano. Por lo
tanto sostengo su mano y él siente que hay amor. No le hablo del comienzo y del
final”, dijo K.
“¿Cuál es aquí la dificultad? Él puede morir o puede no morir. Alguna
vez morirá. Pero nosotros estamos muriendo en este momento, estamos muriendo a
este sentimiento. Sufrimos, de eso no hay duda. La cuestión no es si nuestro
hermano está muriendo. Somos nosotros quienes estamos sumidos en el dolor y
pedimos ayudar protección. Él desea ser consolado. Pero yo no le doy cosa
alguna ‑no podemos darle la vida. El que está muriendo no muere fuera de sí
mismo, está muriendo dentro de sí mismo, y ese es su problema. ¿Es cuestión de
cómo trata usted con esa persona?”, preguntó Sudarshan.
“No”, dijo K. “Es cómo trata usted con la muerte”.
“En el proceso hay dos cosas. Una es mi sentir que mi amigo está
muriendo y que tiene miedo, que es desdichado y no está preparado para la
muerte. La otra es qué puedo hacer yo para ayudarle en este punto. ¿Cuál de los
dos aspectos estamos discutiendo?”
Krishnaji replicó: “Ambos. Quiero saber acerca de la muerte. Voy a
morir. En mayo cumpliré ochenta y nueve ‑probablemente viva otros diez años. No
tengo miedo. No necesito que nadie me ayude. He vivido simultáneamente con la
vida y la muerte todo el tiempo, durante toda mi existencia. Debido a que no
poseo cosas, tampoco poseo nada internamente. Estoy muriendo y viviendo al
mismo tiempo. No hay separación para mí. Puede que esté viviendo en una
ilusión, pero tómelo como es.
“Y mi amigo se está muriendo. Nadie lo ha amado y él no ha amado a
nadie. ¿Lo que decía el Buda puede ayudarle? El necesita que alguien lo ame,
que lo acompañe. Alguien que le diga: ‘Mira, estamos juntos en esto. Tú te
sientes solo, ¿y qué implica la llegada de la muerte?’ Veo que está totalmente
aislado, separado de todos los demás. Y hay ‘un miedo espantoso. Y viene usted
y habla del comienzo y del final. Y yo le digo a usted: ¡Por el amor de Dios!”
“Si yo amo, ¿puedo darle mi amor a él? ¿Es algo que puede darse a
otro?”, preguntó Jagannath Upadhyaya.
“No”, dijo Krishnaji, “él está conmigo, no que yo le doy amor. No es
algo que yo le doy”.
“Si está enfermo y va a morir y no quiere morir, ¿cómo le damos amor?”,
dijo Upadhyaya. “El amor no puede sobrepasar el proceso causativo, no puede
estar fuera de la causa y el efecto. Por grande o profunda que sea la
compasión, no puede ser independiente de lo causal”.
“Señor”, dijo K. “Él no se interesa en su filosofía. No está interesado
en lo que dijo el Buda. Se está muriendo. No le hable de comienzos,
surgimientos y finales. No está interesado en eso. Nos enfrentamos al morir con
un montón de palabras, y estas palabras son para él como cenizas, incluyendo
las palabras de Buda. Se está muriendo y dice: ‘Dios mío, ¿qué pasa con mi
vida? ¡No me hablen de todo esto!’ ¿Puede uno llegar a él con nada y sostener
su mano? ¿Puede uno decir: ‘Amigo mío, cuando mueres, una parte de mí también
está muriendo? Jamás te he conocido antes. Pero tu mujer vino a verme y me
pidió que te visitara. Así que ambos vamos a morir hoy. Yo sé lo que significa
morir. He vivido mi vida muriendo y viviendo, sin separar jamás ambas cosas.
Muero cada día’. De modo que le digo: ‘Amigo mío, muramos juntos. Comprendo tu
temor’. Entonces la muerte no es miedo”.