domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XVIII “¿PUEDE HABER ACCIÓN SIN CONSECUENCIA?



Capítulo XVIII
“¿PUEDE HABER ACCIÓN SIN
CONSECUENCIA?”

   El invierno de 1955 encontró a Krishnaji en Varanasi. Había llegado ahí desde Sydney junto con Rosalind. Su sorprendente, pasmosa belleza había desaparecido. El rostro se veía avejentado, el cabello se estaba poniendo gris.
   Se preguntó a sí mismo en voz alta: “¿Qué es la acción sin consecuencia?” Por tres días investigó la pregunta negándose a permitir ninguna respuesta inmediata, dejando que la pregunta misma se desplegara, que liberara la energía contenida en ella. No abandonamos la pregunta, y durante las reuniones de discusión nuestras mentes investigaban con él. Rehusó permitirnos que contestáramos según el Gita o los libros sagrados. Para él, la pregunta tenía que evocar su propia respuesta. Y aun así, cada respuesta que provenía del pasado o del presente, era una consecuencia, y el futuro proyectado también era una consecuencia.
   Preguntó: “¿Puede haber acción sin consecuencia? ¿Pueden el pasado y el futuro reunirse en el presente y extinguirse? El error del pasado fue una consecuencia, mi acción sobre eso es una consecuencia; y, sin embargo, tiene que existir una acción sin consecuencia”. Siguió explorando. Abordó nuevamente la pregunta, dejando que surgieran todas las sugerencias en torno de la misma, percibiendo las respuestas sin condenarlas ni justificarlas, y, por ende, negándolas. Toda investigación era tentativa, había una ausencia total de cualquier manifestación afirmativa.
   Entonces súbitamente, al tercer día, como si hubiera existido una revelación, Krishnaji dijo: “¿Puede uno vivir sin un concepto de sí mismo? ¿Puede uno vivir sin reflejar la imagen propia? Sólo en eso hay acción sin consecuencia”.
   “¿Qué implica eso?”, preguntamos.
   “Vivir sin concepto alguno acerca de sí mismo”, respondió, “es estar lúcidamente atento a la constante proyección del yo; y ver eso es negarlo”.
   Otra mañana dijo: “Morimos a causa de enfermedad, vejez, suicidio. Morir es sumergirse en lo incognoscible, es un cercenamiento súbito, un olvido”. Después preguntó con mucha gravedad: “¿Puede uno, mientras vive, penetrar en la morada de la muerte?”

   Rosalind estaba visitando la India después de muchos años. Se encontraba con viejos amigos de los días de la Sociedad Teosófica y hacía nuevos amigos, entre ellos Malti Nauroji y Kawji Dwarkadas, hermano de Jamnadas y antiguo colaborador de Annie Besant Kitty Shiva Rao también se encontraba en Varanasi, y pasaban muchos días juntos. Sunanda Patwardhan había estado trabajando como secretaria de Krishnaji desde 1949 durante las estadías de K en la India. Viajaba con él por todo el país, tomando notas taquigráficas, mecanografiando sus cartas, asistiendo a las pláticas y discusiones. Rosalind gustaba de ella y le brindaba mucho afecto. Sin embargo, en la relación de Rosalind con Krishnaji, las tensiones se habían acentuado. Igual que con Rajagopal, la voz de ella se escuchaba a menudo reconviniendo a Krishnaji. Según él nos contó más tarde, al enfrentarse a la ira de ella, se volvía totalmente silencioso y pasivo. La escuchaba con precisión, profunda y extensamente, pero se negaba a responder. La incapacidad de Rosalind para provocar una respuesta de Krishnaji, la ponía furiosa. Era una confrontación sin oponente. El otro se había esfumado.
   Con un interminable torrente de preguntas, Rosalind buscaba descubrir la “influencia” que había debajo del aparente cambio ocurrido en K. Por muchos años Rosalind había “dado por hecho” todo lo concerniente a Krishnaji, y ahora encontraba que no había un Krishnaji con el cual establecer contacto, o con el cual ella pudiera relacionarse.
   Obstinadamente, Rosalind insistió en que Krishnaji accediera a viajar con ella para visitar las cuevas de Ajanta y Ellora. Malti Nauroji y Sunanda los acompañaron. Hacía mucho calor. El paisaje era desolado, las rocas de Deccan se fundían bajo el sol. Había poco verde para alivio de los ojos. Krishnaji sufría, y cuando regresaron a Bombay, la situación seguía siendo desagradable.

   Krishnaji regresó solo a Delhi a principios de octubre de 1956. La belleza colmaba su ser. Después de muchos años, hablaba nuevamente en la ciudad capital, bajo un shamiana abierto, una carpa levantada en los terrenos del Constitution Club. Diplomáticos, sanyasis, burócratas, oficinistas, profesores y un pequeño número de jóvenes vinieron a escucharle.
   Los jóvenes eran un puñado. A pesar de las matanzas que originó la partición, la euforia de la libertad continuaba en su cenit. El resplandor y la riqueza generados por el ingenio, y los artefactos de la ciencia y la tecnología, se estaban haciendo notar en la India. Las mentes jóvenes, respondiendo al estímulo de las inmensas explosiones nuevas del conocimiento occidental y a las oportunidades que brindaba la tecnología, no se interesaban en el conocimiento propio o en la perspectiva de largo alcance. Sólo lo inmediato y las nuevas posibilidades encendían esas mentes.
   La generación más vieja segura sumergida en la esterilidad de las tradiciones muertas; con la desaparición de Gandhiji, sus partidarios se habían vuelto hacia Vinoba Bhave. Intrigados por el compromiso total de Rao Sahib y Achyut con Krishnamurti y sus enseñanzas, los seguidores de Gandhi habían empezado a asistir a las pláticas de K. El pequeño grupo de discusiones se había iniciado. Shankar Rao y Dada Dharmadhikari, dos miembros muy importantes del Sarva Seva Sangh, se hallaban presentes en todas las reuniones.
   Shankar Rao Deo, madurado en la lucha por la libertad, estaba embebido en una tradición de austeridad. Altamente instruido, era uno de los seguidores semidesnudos de Gandhiji que se imponía a sí mismo disciplinas rígidas de ayuno y practicaba el brahmacharya, que incluye un voto de celibato total. Había estado en prisión varias veces, y lo habían puesto en la clase “C” ‑la más baja que se reservaba a los prisioneros­. Los presos políticos puestos en la clase “C” tenían que vestir ropas de la prisión, ingerir comidas de la prisión, y no se les permitía leer diarios ni libros. Rebelándose contra las frecuentes injusticias, había protestado sometiéndose a un ayuno. Su negativa a romper el ayuno enfureció a las autoridades de la prisión, que lo colocaron en el triángulo castigándolo con azotes; cuando dejó la cárcel tenía cicatrices permanentes. Una fiera y apasionada urgencia por lo inexpresado encendía sus ojos; había puesto freno a sus sentidos mediante una severa austeridad; muy en lo profundo latían frustraciones y deseos insatisfechos, pasiones y ambiciones. Mientras estuvo en prisión, Shankar Rao Deo había entrado en estrecho contacto con Javdekar, un íntimo amigo de Tilak y de Bhagwat, (Bal Gangadhar Tilak era un brahmin intelectual, erudito, escritor y combatiente por la libertad. Una figura altamente venerada y respetada en Maharashtra, fue sometido a juicio por el gobierno británico bajo cargos de sedición, y encarcelado en las islas Andaman. Bhagwat era un filósofo, luchador por la libertad y editor de un importante periódico en Marathi, el Lok Sakri.) y asociado del Mahatma Gandhi desde 1920. Reconocidos como intelectuales en Maharashtra, eran versados en las más puras tradiciones del estudio. Fue con ellos que Shankar Rao Deo había leído los libros de Krishnamurti. Años más tarde, Javdekar y Bhagwat asistieron a las pláticas de K, pero nunca se acercaron a él personalmente. Sentían con mucha fuerza que Krishnaji expresaba, si bien en un lenguaje nuevo, toda la posición Advaita del Vedanta.
   En 1948, Javdekar y Bhagwat escribieron en el Lok Shakti, un muy respetado periódico de Maharashtra, un artículo a seis columnas en el cual se proclamaba a Krishnamurti como un ser humano realizado. Los pandits de Maharashtra aceptaron a K en 1948; no fue sino hasta los años 70 que los pandits de Varanasi hicieron lo mismo. Con la aceptación de Krishnaji por Javdekar y Bhagwat, una corriente de pensadores de Maharashtra se sintieron atraídos hacia él. Veían en Krishnamurti a un maestro que, sin contradecir el pasado, había hecho añicos la tradición trascendiéndola. A través de él veían revelarse la verdad luminosa y eterna.
   Shankar Rao Deo había estado en Nueva Delhi para las reuniones de la Asamblea constituyente de 1948. También había participado en las pequeñas discusiones que Krishnaji sostenía en esa época. En una de ellas, Krishnaji había estado discutiendo la violencia y el nacionalismo. Sobre esto, Shankar Rao Deo dijo: “Para comprender a Krishnaji, uno tiene que comprender el ‘yo’. Krishnaji ha dicho: ‘La comprensión del ‘yo’ involucra al tiempo y al espacio; la comprensión existe cuando se ha terminado el tiempo’”1.

   1956 fue el año del Buda Jayanti, y el gobierno de la India invitó a Su Santidad el Dalai Lama del Tíbet, para que visitara la India y recorriera los diversos lugares sagrados que se relacionaban con El Iluminado. Se le pidió a Apa Sahib Pant, un antiguo funcionario del Servicio Exterior quien por entonces era oficial político en Sikkim, que acompañara al Dalai Lama por todo el país. Viajaron en un gran tren con aire acondicionado y les acompañó un séquito numeroso.
   Como jefe religioso y secular del estado tibetano, la vida del Dalai Lama estaba estrictamente atada al protocolo. Había sido siempre una figura misteriosa. En el Tíbet era raramente visible, excepto para unos pocos lamas, y vivía una existencia de rigurosa disciplina y meditación. Esta era la primera visita que un Dalai Lama hacía viajando fuera de ese enigmático país.
   Cuando en diciembre llegó a Madrás, Apa Sahib Pant sugirió a la encarnación divina de veinte años de edad que visitara a Krishnamurti, quien entonces se alojaba en Vasanta Vihar. Apa Sahib le había relatado la vida de Krishnaji y la extraordinaria naturaleza de sus enseñanzas. El joven monje había comentado. “¡Un Nagarjuna!” (Referencia al sabio budista del segundo siglo, quien enseñaba la adhesión al “Sendero Mediano” y también el camino de la gran negación) expresando el vívido deseo de conocer a Krishnaji. Los que rodeaban al Dalai Lama estaban muy angustiados. Eso era algo que hacía trizas todo el protocolo. Pero el Dalai Lama insistió y se hicieron arreglos para la reunión.
   Según palabras de Apa Sahib. “Krishnaji lo recibió [al Dalai Lama] sencillamente. Fue asombroso sentir el afecto eléctrico que destelló instantáneamente entre ellos”. El Dalai Lama, dulcemente pero de manera directa, preguntó: “Señor, ¿en qué cree usted?”, y entonces la conversación siguió en frases casi monosilábicas, puesto que era una comunicación exenta de retórica. El joven Lama se sentía en un terreno familiar, ya que Krishnaji le permitía “coexperimentar”.  En su viaje de regreso a Raj Bhawan, el Dalai Lama comentó: “Un alma grande, una gran experiencia”2. El Dalai Lama expresó también el deseo de volver a encontrarse con Krishnamurti.

   Desde mediados de los años 50, Shankar Rao Deo se volvió una figura familiar en las pláticas de Krishnamurti; todos los inviernos visitaba Varanasi y se alojaba en la Sede del Sarva Seva Sangh, construida en la entrada a Rajghat. Yo iba a verle con frecuencia acompañada por Rao Sahib Patwardhan y le encontraba ocupado en el shram dan ‑el don del trabajo que, junto con el don de la tierra, formaba parte de las enseñanzas del ermitaño Vinoba Bhave­. Encontrábamos a Shankar Rao sentado durante horas con un bieldo de aventar, separando minúsculas piedritas del arroz. A mí me divertía verle ocupado en esta actividad aparentemente absurda, pero a Rao Sahib le parecía perfectamente apropiada.
   Shankar Rao acostumbraba venir a escuchar las pláticas de K; asistía a las discusiones, y a veces se encontraba con K a solas. Krishnaji bromeaba con Shankar Rao, le hacía reír, señalaba el río y los árboles, hablaba de la belleza, del amor, de la naturaleza de la compasión, y lo colmaba de afecto. Shankar Rao escuchaba, poderosamente atraído por Krishnaji, pese a que todo su trasfondo se rebelaba contra las palabras de éste. Era incapaz de comprender la insistencia de K en la necesidad de amor, belleza y compasión. La actitud de K hacia la sensación y el deseo lo dejaba perplejo: “Escuche al deseo como escucha al viento entre los árboles”, decía Krishnaji. El partidario de Gandhi, nutrido con ideas que exigían la destrucción del deseo, no sabía hacia dónde volverse ni qué decir, Shankar Rao encontraba difícil conciliar la enseñanza de Krishnamurti con los ideales de Gandhi.
   La respuesta de Krishnaji a la decidida austeridad de Shankar Rao y a su dura negación de los sentidos, se reflejó más tarde en las pláticas que K ofreció en Bombay. En febrero de 1957 dijo: “Volver insensibles los sentidos a lo que es tempestuoso, contradictorio, conflictivo, doloroso, implica negar toda la profundidad y belleza y gloria de la existencia. La realidad nos exige la totalidad de nuestro ser, requiere un ser humano total, no uno cuya mente se halla paralizada. Existe una batalla constante entre ‘lo que yo soy’ y ‘lo que yo debería ser’. Esta es la red del dolor en la que el hombre se encuentra atrapado. Refrenar nuestros sentidos es cultivar la insensibilidad. Aunque uno pueda estar buscando a Dios, su mente se embota”.
   En las pequeñas discusiones de grupo se exploró la naturaleza del ser y del devenir. Germinando en los oscuros escondrijos de la mente, “el deseo de devenir, de ‘llegar a ser’, es el suelo en el cual echa sus raíces el dolor”. Para liberarse, la mente tiene que verse a sí misma como el resultado del tiempo ‑sólo en la energía del conocimiento propio es posible una verdadera investigación­.
   “En la quietud del descubrimiento de instante en instante, hay un movimiento asombroso que destruye la germinación en la mente. El conocimiento propio es la comprensión del devenir en uno mismo. La revolución religiosa es la cesación del devenir”. En sus paseos vespertinos por la playa de Worli, nos habló del acto de escuchar, como “algo no premeditado ni calculado. Es una acción de la verdad, porque en ella hay atención total”, y del silencio dijo que es “la fuente de toda creación”. Después hizo una declaración primordial, que habría de encontrar nueva expresión en sus pláticas: “¿Puede haber un sentimiento sin pensamiento? ¿Pueden ustedes moverse con un sentimiento sin dirigir lo, sin buscar cambiarlo, sin decir que es bueno o malo? Inténtenlo”.
   Shankar Rao estuvo presente en las pláticas y en las discusiones del pequeño grupo. Sus conflictos y sus complejas reacciones parecieron intensificarse. Shankar Rao Deo era incapaz de vivir la vida con pasión y austeridad al mismo tiempo. En Bombay, Krishnaji preguntó: “Si usted supiera que está a punto de morir, ¿qué haría? ¿Puede vivir una hora completamente ‑vivir un día, una hora­ como si fuera a morir en la hora siguiente? Entonces, al estar viviendo plenamente en esta hora, hay una vitalidad enorme, una tremenda atención a todas las cosas. Uno mira surgir la vida, la lágrima, percibe la tierra, la cualidad del árbol. Percibe el amor que no tiene continuidad ni propósito. Entonces, en esta atención, descubre que el ‘yo’ está ausente. Es sólo así que la mente, al estar vacía, puede renovarse a sí misma”.

   En el invierno de 1956, Vimala Thakkar, una joven mujer devota de Vinoba Bhave, acompañó a Shankar Rao y Dada Dharmadhikari para ver a Krishnaji en Varanasi. Nacida en Maharashtra, le apasionaba hablar en público, y era una erudita en sánscrito y en los antiguos textos de la India. Desde su niñez estuvo apegada a una vida religiosa, y tuvo visiones de Krishna y otras experiencias místicas. En busca de un gurú, por algunos años había sido discípula de Tukroji Maharaj, un santo aceptado en Maharashtra, y más tarde lo había abandonado para unirse a Vinoba Bhave, con quien estuvo recorriendo las aldeas de la India. El predicar se volvió natural para ella. Se veía a sí misma como una mujer predestinada; esto le daba enorme energía, elocuencia y un gran empuje.
   Krishnaji, percibiendo durante las discusiones la imagen que ella tenía de sí misma, le dijo: “No trate de experimentar la verdad a través de Shankara, Krishna, Gandhi o Krishnamurti”. Ella le hizo preguntas, pero encontró que parecía no haber relación alguna entre los preguntas que le formulaba a Krishnaji y las respuestas de éste. Porque esas respuestas eran un reto para la mente de ella y para sus presunciones.
   Vimala Thakkar había estado practicando intensas sadhanas yogas, y sufría de agudos dolores en el oído. El problema auditivo persistía, y sus amigos le habían dicho que eso se debía al despertar del kundalini. Una mañana, cuando ella, Shankar Rao y Dada Darmadhikari estaban discutiendo con Krishnaji cierto aspecto de la enseñanza, Dada mencionó el problema auditivo de Vimala. Le dijo a Krishnaji que eso se relacionaba con las prácticas yogas de ella, pero Krishnaji no estuvo de acuerdo. Le sugirió a Vimala que acudiera a un médico, porque él sentía que no se trataba de una experiencia mística sino de una enfermedad física. Ella quedó angustiada ante estas palabras de Krishnaji, pero más adelante visitó a un cirujano del oído y en 1960 la operaron en Bombay. El dolor desapareció, pero quedó totalmente sorda de un oído.
   En diciembre de 1960, volvió a ver a Krishnaji en Varanasi, junto con Shankar Rao y Dada. Durante la conversación se mencionó la sordera, y de pronto Krishnaji exclamó: “Cuando yo era muy joven, mi madre solía decirme que en estas manos tenía el poder de sanar”. Lo dijo tímidamente, como siempre que hablaba de sí mismo.
“¿Quisiera usted que yo viera si puedo ayudarla con su oído?” Vimala fue tomada por sorpresa. Educada en una tradición que le hacía reaccionar fuertemente contra los hacedores de milagros, dijo que no creía en estas cosas, y así pasó el momento. Más tarde Dada la reprendió diciéndole que no debía haber rehusado; Krishnaji no era como el sadhu común que vivía de milagros. Después de mucho discutir, ella volvió a Krishnaji y buscó su ayuda.
   Krishnaji tenía cierto sistema para ejecutar un acto de curación. La persona se sentaba en una silla, Krishnaji se paraba detrás y posaba sus manos sobre la cabeza del paciente. Después, con un gesto parecía arrojar fuera lo que había penetrado en sus manos. Solía repetir esto varias veces. Luego colocaba nuevamente las manos por algunos instantes sobre la cabeza del paciente, después de lo cual le pedía a éste que permaneciera quieto por un rato. Más tarde, Krishnaji se lavaba invariablemente las manos. De esta manera y durante unos cuantos días, Krishnaji posó sus manos sobre el oído de Vimala y éste recuperó ligeramente la audición.
   Vimala siguió a Krishnaji a Bombay, donde él estaba ofreciendo pláticas. Krishnaji le preguntó acerca del oído. Ella dijo que escuchaba permanentemente el sonido de una flauta en el oído sordo. Él le dijo que ella traducía el sonido según su propia imaginación; le pidió que dejara de hacerlo y que se aplicara compresas de hielo en el oído para curar los ruidos. Más tarde ella siguió a Krishnaji a Londres ­y después a Saanen en Suiza, donde él continuó con su terapia­. Desde Saanen, Vimala escribió jubilosamente a Dada: “Estoy curada y puedo oír claramente”.
   En una entrevista en Wimbledon, Vimala interrogó a Krishnaji acerca de sus poderes curativos. Él le dijo. “Me temo que usted no ha comprendido”.
   Ella lo siguió a Gstaad, en Suiza. Krishnaji no tenía buen aspecto, parecía estar bajo tensión. Vimala volvió a interrogarlo sobre el poder de curar, ya que sentía que la curación había influido en su mente tanto como en su cuerpo. La sordera se había curado, y la mente también había sido liberada de su cautiverio. Ella sentía que “algo se había desencadenado internamente y no podía detenerse en los límites”. Krishnaji le respondió muy seriamente: “¿Quién le dijo a usted que ambas cosas están relacionadas?” Vimala volvió a hacerle preguntas acerca de la “explosión” que había ocurrido dentro de ella. Pero él no la alentó en su creencia, y se negó a aceptar que el contacto de sus manos hubiera producido profundos cambios psíquicos liberándola de su cautiverio. Ella decidió no asistir nunca más a las pláticas de Krishnaji, pero empezó a hablar de la realidad por su propia cuenta3.

   Mientras tanto, las contradicciones internas de Shankar Rao se estaban intensificando. En 1962, en medio del conflicto chino y de la traumática confrontación en Bahía de Cochinos entre Kennedy y Krushev, Shankar Rao decidió conducir una marcha por la paz a China. Sus amigos trataron de disuadirlo, pero él se mostró inflexible. De modo que una pequeña partida inicio la caminata por la polvorienta ruta terrestre. Ninguno sabía con claridad qué camino iban a seguir; habían olvidado los límites, pero el espíritu había decidido y, en consecuencia, marcharon. El poeta Allen Ginsberg y su amigo Peter Orlovsky, fundadores del movimiento Beat con su rebelión contra el orden establecido y su cuestionamiento de todos los valores materiales, se encontraban por entonces en la India. Estaban buscando la Verdad en los ghats de Varanasi, junto con los fieros Aghori Bawas y los Nath Panthis. Encantados con el acto de lunática humanidad de Shankar Rao, le acompañaron un trecho del camino, cantando bhajans con sus nasales voces norteamericanas. (Los Aghori Bawes están entre los más aterradores de los sadhus u hombres santos de la India. Los Nath Panthis son seguidores de Goraknath, el autor del primer tratado de hatha yoga. Provenientes de las sectas hindúes y musulmanas, son nómadas, comprometidos con prácticas mágicas y con la adoración de Shiva y Shakti. Se les asocia con muchas leyendas arcaicas del norte de la India. Los bhajans son cantos devocionales cantados por, grupos de hombres y mujeres).
   La Agencia Central de Investigaciones ‑Central Bureau of Investigation (CBI)­ entró en sospechas con respecto a estos dos sucios, barbados extranjeros de cabello largo. Rehusaron extenderles las visas. Yo recibí en Delhi un telegrama de ellos que decía: “Acosamiento CID (Criminal Investigation Department), denegada extensión de visas, telegrafiamos Nehru, Gailbraith y Lord Ganesh llegan Delhi lunes - Allen y Peter”. Le expliqué el problema de estos buscadores occidentales a Viswanathan, un muy simpático pero cínico secretario del ministro local, quien me dijo que el telegrama de ellos dirigido al Primer Ministro Nehru fue anterior al de él, y que se había mencionado mi nombre para atestiguar la integridad de ambos. Se les extendieron las visas. Más tarde se unieron a la marcha de Shankar Rao Deo. El 16 de marzo de 1963, escribieron:

   Querida Pupul:
   Cabalgamos sobre el elefante del zoo y después salimos para Khurja y pasamos un día marchando con Shankar Rao Deo y otros caminantes. Ellos están dándole a esto un sentido, es decir, confrontando la histeria de los altavoces con la calma de persona a persona. Pasamos la noche con ellos: nos aceptaron y nos trataron muy bien, tocamos sus pies caminantes y nos fuimos. Telefoneé a su casa cuando regresamos a Delhi, su marido dijo que usted todavía se encontraba fuera. Supongo que se lo dijo...
OK
con amor, Allen

   Hola Pupul y Babu Pa y Babu Ma:
   Fue una alegría marchar con ellos día y noche; antes de la caminata dormimos con ellos en un ashram, todos nosotros en una sola habitación. Durmiendo cerca de mí había un tipo de Madrás llamado Jain, que escribe artículos para un periódico budista ­también una joven de Bangalore casada con un austríaco seguidor de Gandhi­, compañeros ambos de quienes marchan hacia Pekín, uno de apellido DADA, estuvo acompañando a Shankar Rao por unos cuantos meses, caminando y hablando ‑DADA hacia bromas y animaba a todos­. Espero sigan haciéndolo en Pekín ‑sería grande si Bhave y Nehru y Shankar Rao Deo pudieran encontrarse y caminar juntos un día y hablar de esto...
Peter
¿Qué está leyendo ahora?
Acabo de terminar la autobiografía del Dalai Lama.

   Shankar Rao y sus sucios peregrinos fueron detenidos en las fronteras de Burma. Se sentaron y aguardaron, pero el gobierno de Burma fue inflexible. De modo que los viajeros tuvieron que regresar y se dispersaron. Los comentarios periodísticos fueron satíricos, los burlones se reían, y Shankar Rao se sintió profundamente lastimado.
   Rao se había entrevistado con Krishnaji en Varanasi durante el invierno de 1961, y le había hablado del enorme temor que lo estaba consumiendo. Cuando Krishnaji le preguntó de qué tenía miedo, Shankar Rao contestó: “De la muerte”. Entonces Krishnaji investigó con él la cuestión del temor y la muerte, pero más tarde habría de decir que era la forzada represión de los sentidos la que estaba destruyendo a Shankar Rao.
  Después del fracaso de la marcha por la paz, Shankar Rao trató de ver nuevamente a Krishnaji, pero éste no estuvo en la India durante el invierno de 1962. Frustrado, lleno de temor, no sabiendo hacia dónde volverse, los años de abstinencia y de negación sensoria fueron súbitamente quebrantados, y Shankar Rao se expresó a sí mismo en un acto de pasión. Horrorizado, cargando con un gran sentimiento de culpa, cayó en una depresión profunda y en un total aturdimiento. Sus amigos, enormemente preocupados, escribieron acerca de él a Krishnaji.
   Cuando Krishnaji regresó a la India en el invierno de 1963, Rao Sahib Patwardhan y Dada Dharmadhikari trajeron a Shankar Rao hasta Krishnaji. Al principio Shankar Rao rehusó acompañarlos, pero de pronto inclinó la cabeza y dejó de luchar. Recuerdo a la persona corpulenta, oscura, de aspecto salvaje y ojos fieros, vestida con un alto dhoti, que introdujeron en el salón de Himmat Nivas en Bombay.
   Krishnaji entró en la habitación y le dijo a Shankar Rao: “¿Qué ha hecho usted de sí mismo, mi amigo?” Y lo abrazó. Al contacto con Krishnaji, los fieros, terribles ojos se desataron en lágrimas. Tomándolo por el hombro, Krishnaji lo condujo a su habitación. Salieron una hora después. El rostro de Shankar Rao estaba en calma; le habló a Dada con afecto y se despidió de Krishnaji. Al parecer, Krishnaji le había advertido a Shankar Rao que no volviera a tocar la política.
   Las noticias del ‘milagro’ se difundieron por el Sarva Seva Sangh, y desde ahí a los ashrams de todo el país. La gente afluía para escuchar a Krishnaji. Según Dada Dharmadhikari, éste fue el segundo milagro que él había presenciado, siendo el primero la curación del oído de Vimala Thakkar. En las pláticas de Krishnaji en Bombay, se congregaban multitudes cuando después de la reunión él se dirigía al automóvil; la gente se esforzaba en tocar su mano, en participar de su bendición. Estos incidentes (de los cuales por muchos años Krishnaji se negó a hablar) y la inmensidad de su silenciosa presencia, impresionaban a la gente de una manera tremenda. Aunque todos concordaban en que la enseñanza estaba fundada en la no-dualidad, les parecía demasiado distante y demasiado inasequible.

   Cuando llegó a la India con Rajagopal en el invierno de 1957, Krishnaji estaba en un semirretiro y no ofrecía pláticas públicas.
   Rajagopal había acompañado a Krishnaji a la India para resolver unos asuntos relacionados con Vasanta Vihar y con los derechos de autor, Krishnaji se revelaba impreciso acerca de las estructuras institucionales y desinteresado con respecto a sus derechos legales y a las responsabilidades emergentes, y accedió a todo cuanto le había sugerido Rajagopal, si bien las rúbricas de los documentos legales se finalizaron sólo en el invierno de 1958. Krishnaji cedió a Rajagopal y a la Krishnamurti Writings, Inc., todos los derechos de propiedad intelectual, y prácticamente se retiró de la K.W.I., de la cual había sido el presidente.
   En 1957, Madhavachari se había convertido en secretario de la Fundación para la Nueva Educación; también era el representante en la India de la K.W.I. Había llegado a ser el constante compañero de Krishnaji, su amigo y anfitrión. Retirado del servicio oficial, estaba viviendo en Vasanta Vihar. Era un recio brahmín del sur de la India, y la vida en Vasanta era espartana. La austeridad se igualaba con una falta de interés por el espacio o la forma, o por un ambiente donde lo creativo pudiera florecer. Los espacios creados por el ingenio de la India Meridional, que pueden encontrarse en los lugares sagrados de los templos, en las cabañas campestres y en los objetos de uso cotidiano, se habían abandonado mucho tiempo atrás. La ropa lavada colgaba en los tendederos y sobre las camas, y las paredes estaban adornadas con litografías.
   Sentimientos indefinidos surgían en Krishnaji con respecto a los desaseados jardines y a la situación general en Vasanta Vihar. Las pláticas coincidieron con la convención de la Sociedad Teosófica, y asistieron a ellas muchas personas de edad avanzada. Muy pocos jóvenes estaban en contacto con el centro de Vasanta Vihar o con las enseñanzas de Krishnamurti.
   Desde Madrás, Krishnaji y Rajagopal fueron al Valle de Rishi y después regresaron. Cumplida su tarea, Rajagopal volvió a los Estados Unidos. Lo despidieron en el aeropuerto de Bombay, Sunanda y L.V. Bhave.
   Yo no había podido ir al Valle de Rishi ni a Madrás porque mi esposo había sufrido un muy serio ataque al corazón; tuve que esperar a Krishnaji en Delhi. Las relaciones con mi esposo habían sido muy difíciles por algún tiempo; natural de Maharashtra, él no podía tolerar una esposa que vivía su propia vida y tenía intereses independientes de los suyos. Golpeaba donde sabía que podía herir, pero en este proceso el conflicto lo destrozó y su cuerpo quedó agotado.
   Krishnaji, acompañado por Madhavachari, llegó a Delhi a principios de 1958. Habían pasado varios años desde que yo conociera a Krishnamurti el sanador. Le hablé de mi pena, de mi dolor. Su compasión me envolvió enteramente. Hizo que me enfrentara al hecho de que no había existido relación alguna entre mí y el hombre con quien me había casado. Yo no estaba preparada para ver esto. El dolor llegaba en oleadas, me arrastraba, y hacía imposible una visión clara de los hechos. Él colocó las palmas de sus manos rodeando mi rostro como las alas de una golondrina. Hizo que mirara dentro de sus ojos y vi. mi dolor reflejarse en ellos. Era el padre, la madre, el amigo y el maestro que proporcionaba a mi espíritu angustiado fortaleza y ternura; pero no permitió que siguiera mirando. Como una columna de fuego, su mirar aniquilaba los recuerdos, la soledad y la falta de atención, que eran las raíces de la pena. Fui puesta frente a frente con la vacuidad del dolor. Se generó una percepción que quemaba las cicatrices de lo que había sido. Él entregaba en abundancia su amor, y éste fluía a través de mí aquietando el corazón. Si a mí me curó internamente, también a mi esposo le entregó su caudal. Físicamente, curando el corazón lesionado; y sanando su mente y su espíritu al hablarle con igual afecto.
   Desde Delhi, Krishnaji y Madhavachari se dirigieron a Varanasi. Recibí varias cartas de Krishnaji en las que me pedía que fuera a Rajghat, pero la condición física de mi esposo no permitía que se le dejara solo.

   Krishnamurti pasó en la India el verano de 1958. Se le ofreció el ‘bungalow’ M.E.S. en Chowbatia, una casa espaciosa situada en el punto más alto de Ranikhet, con una vista magnífica a los picos nevados de los Himalayas. Krishnaji se encontraba nuevamente en las montañas sagradas de su pasado ancestral. Por las tardes, se sentaba a cantar los himnos sánscritos que había vuelto a aprender. Paseaba por los bosques de cedros, se extraviaba, y encontraba el sendero que llevaba de regreso a la casa.
   Hablando de estos paseos, nos contó que una tarde llegaron noticias de que un tigre había matado no muy lejos de la casa donde se hospedaba. A la mañana siguiente, Krishnaji salió para su paseo habitual, internándose más y más en la jungla. Los numerosos sonidos del bosque ‑el canto de los pájaros, el murmullo de las hojas, el parloteo de los monos­ fluían a través de él. Llegó a un claro y descubrió que su cuerpo rehusaba moverse. Instintivamente había percibido algo, y la inteligencia del cuerpo había respondido. Los sonidos cesaron por completo. Todo parecía hallarse en un estado de espera ‑la respiración de la naturaleza había quedado en suspenso por un instante­. Krishnaji se detuvo por cerca de dos minutos, su mente alerta por completo, su cuerpo sin movimiento alguno. Podía sentir la expectativa reinante. Luego, súbitamente, todo pasó; los pájaros se llamaban unos a otros, los monos saltaban de árbol en árbol, el bosque estaba vivo, y Krishnaji regresó a la casa. Al anochecer, llegaron a la casa informaciones de que habían avistado al tigre en el bosque.
   En mayo, Radhika, mi hija de dieciocho años, y Asit Chandmal, mi sobrino de diecisiete, fueron a visitar a Krishnaji y Madhavachari en Chowbatia. Más tarde habrían de viajar al extranjero para continuar su educación ­Radhika a Bryn Mawr en los EE.UU., donde estudió filosofía­, y Asit al Colegio Real de Ciencias en Londres.
   Krishnaji se sentía dichoso de que dos personas jóvenes se alojaran con él. Madhavachari les servía cantidades de comida, y Krishnaji les enseñaba asanas, posturas del yoga. Les mostraba cómo caminar, cómo pararse, cómo ver desde la parte posterior de la cabeza. Esto consistía en dejar que la visión fluyera hacia atrás y entonces ver desde lo profundo. Los llevaba para largas caminatas, observando, escuchando y enseñándoles a ver y escuchar”.
   Levanten una hoja”, decía, “Mírenla ‑miren a lo lejos los picos cubiertos de nieve y dejen que la mirada fluya más allá, y entonces miren muy cerca y relacionen el mirar con el escuchar­. Miren al estilo japonés” les decía. Según Radhika, eso consiste en bajar la cabeza y mirar entre las piernas el mundo invertido, de abajo hacia arriba. Asit recuerda que Krishnaji, en uno de los paseos, hablando de la cruz dijo. “La línea horizontal es el ‘yo’, y la barra vertical es la negación del ‘yo’“.

   Madhavachari viajó a Madrás antes que Krishnaji; y Murli Rao, que por mucho tiempo había colaborado con Krishnaji, llegó a Chowbatia desde Delhi y bajó con K a las praderas. Aunque los jardineros y otros ayudantes no podían hablar el inglés, sentían la silenciosa, meditativa presencia de Krishnaji. Las noticias del gran yogui se habían difundido, y la gente llegó desde todas partes del pueblo para tener un darshan y decirle adiós. Krishnaji los saludó con sonrisas de afecto, recorrió el jardín y se detuvo silenciosamente ante el nudoso cedro y los pinos. Más tarde, Murli Rao le preguntó a Krishnaji qué había estado observando, y éste le dijo que estuvo diciéndoles adiós a sus amigos. Los árboles habían sido sus compañeros durante los meses en que vivió ahí, y él se había comunicado con ellos.

   En enero de 1958, Rao Sahib Patwardhan trajo a Bombay a un amigo, P.Y. Deshpande ‑abogado, escritor y teórico marxista­ para que se entrevistara con Krishnaji. Desilusionado del marxismo, erudito conocido por su intelecto y su impetuoso temperamento, Deshpande vino a Bombay acompañado por su esposa Vimala Tai, para encontrarse con Krishnaji. El dolor los había destrozado; se les había muerto el hijo y el marxismo no tenía respuestas. Deshpande se había vuelto hacia su pasado brahmínico, y él y su esposa habían estudiado los Vedas y los Upanishads. El Himno a la Creación, del Rig Veda, evocó en ellos un instante de intensa percepción. Deshpande escribió un comentario sobre el himno, y gracias a esto conoció a Rao Patwardhan.
   Los Deshpande se entrevistaron con Krishnaji en Himmat Nivas. Deshpande tenía un cuerpo frágil, su rostro era enjuto y estaba surcado por el dolor, pero su espíritu tenía una asombrosa vitalidad. Le dijo a Krishnaji: “Soy marxista y deseo poner las cosas en claro con usted. Tengo que hablarle sin ninguna clase de impedimentos. Si lo que me diga es cierto, renunciaré al marxismo y me uniré a usted”.
   Como más tarde habría de describirlo el propio Deshpande, él trató de lidiar con Krishnaji mediante las palabras. Desafió a Krishnaji, pero encontró que en el otro extremo no había nadie a quien combatir. Esto le hizo enojarse y sentirse frustrado. Cuanto más fuertes y vehementes eran sus cuestionamientos, más vacío era el campo al que se enfrentaba. Súbitamente, todo eso terminó. Habló Krishnaji: “El problema no es el marxismo sino la muerte de su hijo”. Los Deshpande no pudieron proseguir. “Hablemos de eso, y del dolor que ustedes experimentan”, dijo Krishnaji.
   Se sentaron ambos en silencio frente a Krishnaji, mientras él les hablaba de la muerte. Cuando las palabras llegaron a su fin, los Deshpande salieron fuera con los ojos llorosos. Al verlos así, Rao les preguntó: “¿Está todo bien con ustedes?” Deshpande respondió: “Se acabaron todos los problemas”. Ellos regresaron a Nagpur empacaron sus pertenencias, y vinieron a vivir en Sarai Mohana, en una cabaña construida sobre las orillas del Ganges. En años posteriores, Deshpande y su esposa estuvieron vinculados con todos los aspectos de la labor en Rajghat.