domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXXV “UNO TOCO LA FUENTE DE ENERGÍA DE TODAS LAS COSAS”.



Capítulo XXXV
“UNO TOCO LA FUENTE DE ENERGÍA DE
TODAS LAS COSAS”.

   Desde el momento en que llegó a Bombay, Krishnaji era pura llama y comunicaba su intensidad. Inflexible en su cuestionamiento, una mañana durante el desayuno, preguntó: “¿Puede el cerebro, que es memoria, liberarse completamente de la memoria? ¿Existe en el cerebro una facultad capaz de permitirle una transformación total de sí mismo? ¿Qué ocurre cuando ustedes escuchan una pregunta de esta naturaleza?” Guardó silencio por un rato, y nuestras mentes también quedaron en silencio.
   “¿Se está deteriorando la mente del hombre porque contiene milenios de tradición y memoria?” Había un silencio intenso y la conciencia de Krishnaji, que se había retirado a vastas profundidades, habló desde estas profundidades: “¿Hay en el cerebro una facultad capaz de cambiar su naturaleza y estructura, de modo que el cerebro se libere a sí mismo del pasado y emerja vital y nuevo?
   “Desde que estuve en el Valle de Rishi ­y esto lo digo sin ningún sentido personal y sin exageración alguna­ todas las noches el cerebro ha estado experimentando una ‘ruptura’ y penetrando en algo inmenso. He estado observando esto como si estuviera viéndolo operar en algún otro”.
   Percatándome de la inmensidad interna de Krishnaji, le pregunté si meditaba en voz alta. Estuvo de acuerdo. Esto sucedió en los Sterling Apartments, Bombay, hacia fines de junio de 1.980.
   “Durante los últimos cuatro meses más o menos, una actividad peculiar ha estado desarrollándose como si se estuviera lavando el cerebro ‑tenía lugar una purificación­ y me preguntaba qué era eso. Recientemente, cuando estuve en el Valle de Rishi, sucedió algo singular. Por varias noches uno tocó realmente la fuente de energía de todas las cosas. Era un sentimiento extraordinario; no provenía de la mente o del cerebro sino de la fuente misma. Y eso ha estado prosiguiendo en Madrás y aquí. Es como si uno estuviera totalmente aislado ‑si es que puedo usar esa palabra sin un sentido de separación­. Había una sensación de que nada existía excepto ‘aquello’. Esa fuente o sentimiento era un estado en que la mente, el cerebro, ya no operaba ‑sólo la fuente operaba­. Esto puede sonar raro y fantástico, pero no lo es. Me dije que debía observar cuidadosamente si no me estaba engañando a mí mismo, si no estaba preso en una ilusión, en el deseo de aquello que había comenzado y en el deseo de querer multiplicarlo, cambiarlo. He vigilado muy atentamente para ver que un deseo así no penetrara de ninguna manera en aquello. Porque en el momento que interviene el deseo, eso se convierte en un recuerdo y la energía se ha ido, la cosa original ha desaparecido. Por lo tanto, soy sumamente cuidadoso en ver que esa cosa permanezca pura. La palabra ‘puro’ significa claro, inmaculado, incorrupto. Eso es como el agua pura, el agua destilada, un torrente de la montaña que jamás ha sido tocado por la mano o la mente del hombre”.
   “He sido muy prudente a este respecto. He descubierto recientemente que el cerebro está perdiendo ‑tengo que ser muy cauto en el modo como expreso esto perdiendo su propia volición, su actividad propia. Sólo escuchen por un minuto. No sé si es común a la condición humana que, por tantos años como puedo recordar, cuando salgo a caminar por tres o cuatro horas, durante ese período no haya ni un solo pensamiento. Esto no es una invención, no es un producto del deseo. Y ‘aquello’ ha estado ocurriendo... cuando salgo a pasear está siempre ahí”.
   “La mente, el cerebro se halla muy habituado a la recordación, a la experiencia, al conocimiento, a la memoria. Tiene que encontrar su propia tranquilidad... de modo que el origen, el principio no sea interferido por la actividad del cerebro. La Biblia y otros libros religiosos de Oriente, dicen que en el principio era el caos y que del caos surgió el orden. Pienso que es a la inversa. Puedo estar equivocado, pero el principio era orden. El hombre generó el caos. Porque la creación no puede ser caos. Caos significa desorden, y el Génesis dice que había caos, oscuridad; y que de ese caos Dios creó el orden. Estoy seguro de que no es así. Tiene que haber existido un orden total; los terremotos, los cataclismos, los volcanes, eran todos orden. Pienso que hemos perdido ese sentido de orden total, de completo, original y bienaventurado orden. Lo hemos perdido, y la oscuridad del caos ha sido originada por el hombre”.
   “En el principio no era el caos. Eso es imposible. Aun si hubiera un Dios ‑estoy usando la palabra Dios en su significado corriente­ y Él hubiera creado el caos original y de éste el orden, el Origen tiene que haber sido orden. No pudo haber desorden y de éste haberse creado el orden. El principio tiene que ser orden. Y el hombre lo llamó caos, y de ello el hombre produjo un tremendo desorden”.
   “Ahora busca volver a ese origen, a ese orden. Ese estado tiene que ser de una inmensa bendición, un estado inmenso, intemporal, incorruptible; de lo contrario no es orden”.
   “¿Puede, entonces, el hombre volver a aquello?
   “Eso jamás puede ser experimentado. Porque la experiencia implica reconocimiento, recordación. y ‘esto’ no es algo que uno pueda experimentar como ‘yo recuerdo’. ‘Esto’ se halla fuera del reino de la experiencia ‑de todas las experiencias­ fuera de todo conocimiento, totalmente más allá de cualquier esfuerzo del hombre”.
   “Pero el hombre se ha quedado con sus sentidos y sus deseos y la vasta acumulación del conocimiento acopiado en el cerebro”.
   “Nos preguntamos, pues: ¿Puede uno extirpar la tremenda acumulación de un millón de años?”
   “Pienso que eso es posible cuando todos los sentidos son excelentes y están totalmente despiertos. Entonces no hay un centro desde el cual pueda tener lugar una experiencia. Cuando no hay centro, existe un estado de no‑experiencia, un estado de observación pura. Cuando todos los sentidos están altamente despiertos y operan, cuando son espléndidamente sensibles, entonces en ese estado no hay un centro donde esté involucrado el ‘yo’. Es este centro, como el ‘yo’, el que crea el deseo. Este estado, este centro, no puede alcanzar aquel otro estado ‑el principio original­”.
   “El hombre no puede ambicionar aquel estado, ni recurrir a disciplinas o sacrificios para aproximarse de cualquier manera a él. ¿Qué ha de hacer entonces? Es muy importante comprender el deseo. Si éste no se comprende por completo, la sutileza del deseo es inmensa y, por lo tanto, tiene unas posibilidades enormes, extraordinarias, de engendrar ilusión”.
   “El deseo, la voluntad, el tiempo, deben cesar por completo. O sea, que la mente, el cerebro, tiene que ser absolutamente puro; no puro por ausencia de sexo o de feos pensamientos, sino que ha de estar completamente vacío de conocimiento. Un estado donde el pensamiento nunca pueda surgir ­a menos que sea indispensable. Entonces ese pensamiento tiene su propia responsabilidad, de modo que sólo puede actuar en ciertas direcciones”.
   “Un cerebro libre de toda experiencia y, por ende, del conocimiento, no está en el campo del tiempo y, en consecuencia, ha llegado al principio de todas las cosas. Uno no puede explicarle todo esto a la gente. Pero la gente debería escucharlo -¿entienden?”
   Intervino Achyut: “¿Usted ha dicho que los sentidos no son perjudiciales, pero que los sentidos crean el conocimiento?”
   Sunanda preguntó. “¿Qué relación hay entre el estado de la mente y aquello?”
   “Esto no puede ir hacia aquello, que es intemporal. La mente que se halla libre de toda experiencia, una mente que jamás ha experimentado, es como un vaso que puede recibir aquello. Pero esto no puede moverse hacia aquello”.
   “¿Qué relación hay entre el vaso y ‘aquello’?”, insistió Sunanda.
   “Ninguna. ¿De qué habla usted?” Krishnaji se hallaba en un estado de exaltación. “El deseo de los sentidos ‑el deseo que proviene del centro­ tiene que ser completamente desalojado. No hay movimiento hacia ‘aquello’ lo cual significa la cesación del tiempo. Cualquier movimiento en cualquier dirección es tiempo. El hombre ha luchado muchísimo por alcanzar aquello. Es imposible. El deseo, que es muy sutil y por eso es el creador de la ilusión, debe cesar. El cerebro tiene que estar libre del deseo. No puede haber patrón alguno, ni dirección, ni volición, ni deseo”.
   Habíamos dado con algo, y hablé: “Eso es creación. No existe un ‘ha sido’ en eso. Sólo existe el comienzo. Sólo existe el estado de comenzar”.
   “Ah, espere ‑obsérvelo cuidadosamente­. Siempre hay un estado de comenzar; obsérvelo, obsérvelo, Pupulji, permanezca ahí. Cuando usted dice esto, ¿qué es lo que significa para las personas que escuchan?” La mente de Krishnaji tanteaba el camino.
   “¿Cuáles son las implicaciones de esto? ¿El fin es siempre el principio? ¿Sí? ¿Qué significa eso?”, preguntó Asit
   “Significa el fin del apego. Ese es el principio. Mire, señor, con el fin de un problema la mente está vacía. No tener problemas en absoluto es no tener experiencia. Pero el hombre común tiene toda clase de temores, de deseos. Los carga consigo toda la vida y nunca dice: ‘¿Puedo terminar con una cosa?’ Con el apego, con los celos…”
   “La mente sigue llena de pensamientos”, dijo Asit.
   “La mente está llena de pensamientos porque los sentidos no están floreciendo en su totalidad. Los sentidos crean el pensamiento. Crean la experiencia, que es conocimiento, memoria ­pensamiento­. Cuando los sentidos florecen en su totalidad, ¿qué ocurre? No hay un centro como deseo”, dijo Krishnaji.
   “¿Cuáles son las implicaciones de eso en mi vida cotidiana?”, inquirió Asit.
   Krishnaji contestó: “En su vida cotidiana, su principal interés es ver si los sentidos pueden florecer. Todos sus sentidos, no sólo el sexo, no sólo la vista, no sólo el oír con el oído. ¿Puede mirar a una mujer con todos sus sentidos? Entonces pierde usted el centro; no existe la experiencia. ¿De acuerdo?”
   “¿Qué es lo que interfiere con el florecimiento de los sentidos?”, volvió a preguntar Asit.
   “No hay nada que interfiera. Nunca les hemos permitido florecer a los sentidos. Hemos operado con el pensamiento como el medio de la acción. Pero no hemos investigado profundamente el origen del pensamiento. Si uno no tuviera sentidos sería un pedazo de roca con vibraciones, o una masa de carne. Pero en el momento que comienzan los sentidos, aparece el apetito, el sexo... uno comienza a moverse en un surco estrecho. Es necesario investigar eso profundamente, de modo que todos los sentidos estén operando. La tradición niega los sentidos ‑por lo tanto, siempre hay…­”
   Asit interrumpió: “Si puedo preguntarlo, ¿cuál es la relación entre un trozo de roca que no tiene sentidos, con todos mis sentidos operando? Las rocas no tienen sentidos…”
   “No estoy seguro de que las rocas no tengan sentidos ‑la materia es meramente la rueda de la energía­”, dijo Krishnaji.
   Asit insistió: “¿Es un asunto de ingreso de esta energía ilimitada? ¿Una cuestión de la cantidad que puede penetrar dentro de la roca, o es una cuestión de los sentidos despiertos a medias o totalmente? La energía ilimitada, ¿está siempre ahí para entrar? ¿Es la cantidad que puede ser recibida la que establece la diferencia?”
   “Mi interés está en descubrir si mis sentidos pueden florecer en plenitud, porque de ahí surge todo”, dijo K.
   Asit siguió apremiando: “¿Los sentidos se embotan por la falta de atención?”
   “Usted es los sentidos. No usted que se da cuenta de los sentidos. Todas las asociaciones que se han fortalecido, se vuelven tremendas. ¿Es el amor un movimiento de los sentidos?”
   “La atención, ¿despierta los sentidos?”, preguntó Asit.
   “Atención significa cuidado, responsabilidad, afecto, ausencia de motivo”, señaló K. “Cuando surgen los problemas, no está operando la totalidad de los sentidos. Cuando los sentidos están despiertos y no hay un centro, hay un comienzo y un final.
   “Los problemas psicológicos no existen en el estado de no-centro. No diga ‘tengo que estar atento’, porque entonces está perdido. Ayer, cuando paseábamos, usted me estuvo hablando de la computadora. El cerebro escuchaba sin registrar. Había una sensación de algo que fluía, que se derramaba hacia el cerebro. Cuando algo ocurre realmente, no hay sentimientos al respecto; cuando hay realmente miedo, no existe el sentimiento de miedo. Este surge un segundo después. El miedo existe en el momento en que usted no comprende”, dijo K.
   “Tiene que haber algo en ese estado”, insistió Asit.
   “Esto no puede contestarse”, dijo K.
   “¿Hay una completa renovación?”
   “¿Una renovación del cerebro? Sí, las células del cerebro se depuran. No contienen más la vieja memoria”, dijo K.
   “Su cerebro, ¿no contiene ningún recuerdo antiguo? ¿Los millones de años han sido extirpados?”, pregunté.
   “De otro modo sólo hay oscuridad”, concluyó Krishnaji.

   Días después, cuando estábamos en la mesa del desayuno, le pregunté a Krishnaji si estaba apuntando a un uso nuevo de los sentidos. Cuando los sentidos florecen en plenitud, en un estado de simultaneidad, cesa el centro. Le pregunté si en ese estado se disuelve el impulso de la conciencia del ‘yo’, que da una dirección a la mente. Esta totalidad de la inteligencia sensoria negaba la línea que divide lo externo de lo interno, el ayer del mañana.
   “Véalo, Pupulji, véalo”, dijo Krishnaji. “Sólo existen el ser y el comenzar”.
   En los días que siguieron Krishnaji habló una y otra vez de aquello que reside más allá de la creación misma. Dijo: “El orden es el principio, la fuente de una energía que jamás puede decrecer. Para investigar eso, tiene que haber una investigación de los sentidos y del deseo. Esa bendición del orden existe cuando la mente no contiene un solo deseo y los sentidos operan totalmente, en plenitud”. Le pregunté a Krishnaji si, esencialmente, estaba diciendo lo mismo que había dicho en años anteriores, pero empleando palabras nuevas; o si estas percepciones eran enteramente distintas. Dijo: “Esto es por completo diferente”.

   Desde nuestros encuentros en el Valle de Rishi y en Madrás, yo venía observando que cuando él hablaba de la simiente, de los milenios de edad del cerebro humano, del principio, de la creación, su rostro experimentaba un cambio.