domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XII “EL ROSTRO ESTABA JUNTO A MÍ”



Capítulo XII
“EL ROSTRO ESTABA JUNTO A MÍ”

   Cuando regresé a Bombay, pasé por una profunda e inexplicable experiencia. Mis sentidos, arrancados de su rutina, habían estallado. Una noche, cuando me había acostado para dormir, percibí el intenso contacto de una presencia que aguardaba. Fui recibida y envuelta por un denso fluido embriónico. Me estaba ahogando, y sentí que mi conciencia se apagaba. El cuerpo se rebeló; luchaba, incapaz de aceptar este envolvente abrazo, esta sensación de muerte. Luego, la silenciosa presencia desapareció. Esto ocurrió por tres noches consecutivas. Cada vez mi cuerpo luchaba, resistía este encuentro, no podía afrontar este contacto con la muerte, el cual pasó tan rápidamente como había llegado, para no regresar jamás. No hubo temor. Cuando volví a encontrarme con Krishnaji le conté acerca de esto, y él me dijo que lo dejara estar, sin aferrarme a ello ni resistirlo.

   Krishnaji nos había pedido que mantuviéramos en secreto lo que habíamos presenciado en Ooty. Nosotras sentíamos que él no deseaba confundir la precisión, la claridad y el sentido directo de la enseñanza. Pero alrededor de los años 70 Krishnaji mismo empezó a hablar de ello con muchas personas estrechamente relacionadas con él. Le pregunté: “¿Cree usted que las células físicas del cerebro, incapaces de contener o de retener la inmensidad de la energía que fluye dentro del cerebro, tuvieron que crear en éste los espacios que pudieran sostenerla? ¿Hubo de producirse una mutación física en las células cerebrales mismas? ¿O fue como un rayo láser operando sobre las células del cerebro a fin de capacitarlas para funcionar plenamente y así contener lo ilimitado?”
   Krishnaji respondió: “Posiblemente fue así”. Hizo una pausa y prosiguió: “Después de lo de Ojai, Leadbeater no podía explicar el dolor, y tampoco podía hacerlo Mrs. Besant. La explicación que daban ellos era que la conciencia de K tenía que vaciarse para que un fragmento del Bodhisattva Maitreya pudiera utilizar el cuerpo”.
   Cuando le preguntábamos si era ‘Maitreya’, nunca decía que sí ni que no. Le pregunté: “¿Es que estamos en presencia de la primera mente que opera de modo pleno, total?”
   “Es posible”, dijo K. “Y eso es lo que debe hacerse con los niños de aquí [en la escuela del Valle de Rishi]”.
   Krishnamurti, al hablar en 1979 acerca de los acontecimientos de Ooty, dijo que para él la línea divisoria entre la vida y la muerte era frágil y tenue. Durante el estado en que el cuerpo era una cáscara, existía la posibilidad de que K “se fuera lejos” y no regresara jamás, o que algunos otros elementos que querían destruir la manifestación pudieran dañar el cuerpo. Por eso no podía haber miedo entre las personas que estaban cerca de él en esos momentos. El miedo atraía el mal.
   Le dije que mientras él se hallaba en esos estados, sólo el cuerpo estaba operando; había un vacío en el cuerpo. La voz era como la de un niño. K dijo: “¿No podría uno explicar las dos voces diciendo que una de ellas era la del cuerpo solo?”
   Pregunté: “¿Sólo el cuerpo hablaba?”
   Dijo: “¿Por qué no?”
   “¿Solamente una cáscara?”, insistí.
   “Si, ¿por qué no?” Entonces me preguntó: “¿Era histérica la voz?”
   Contesté: “No había histeria”.
   “¿Era un estado imaginario?”
   “¿Cómo podría yo saberlo?”, repliqué.
   K preguntó qué solía ocurrir en la mañana siguiente. Dije que a veces salíamos a pasear con él, y que Krishnaji estaba animado, fresco. El dolor no había dejado huella alguna, y él parecía haber olvidado lo sucedido. Se reía muchísimo, nos miraba burlonamente, era afectuoso, considerado, nos arrollaba con su presencia y no tenía ninguna respuesta para nuestros interrogantes. Decía que no lo sabía.

   Ese mismo año, 1979, cuando K estaba en Bombay, algunos de nosotros le pedimos que nos explicara el fenómeno del cambio que se producía en su rostro. Dijo: “Hace muchos años desperté y el rostro se hallaba junto a mí. Era el rostro en que se estaban convirtiendo las facciones de K. Ese rostro me acompañaba todo el tiempo, dichosamente. Era extraordinario, sumamente refinado, cultivado”. Él hablaba y sus palabras se referían a otro ser. “Y un día el rostro ya no estuvo más ahí”.
   “¿Se había vuelto uno con K?” pregunté.
   K dijo que no lo sabía. También habló de la necesidad que el cuerpo tenía de que se le protegiera. Nada desagradable debía ocurrir en torno al cuerpo mientras K estaba fuera, nada malo. En ese estado el cuerpo se hallaba indefenso y toda clase de elementos deseaban destruirlo. “Cuando el bien está presente, también está lo otro”.
   Se le preguntó si el mal podía apoderarse de su cuerpo cuando éste se encontraba vacío. Su “no” fue absoluto.
   “¿Qué es, entonces, lo que el mal puede hacer?” “¿Destruir la manifestación?”
   “Sí”, dijo K, “por eso es que tiene que haber amor. Cuando hay amor, hay protección”.
   K también dijo que era posible que el dolor y lo que ocurría era algo necesario, porque el cerebro aún no estaba preparado. Subsistían rastros de inmadurez, y las células cerebrales no eran lo suficientemente amplias como para recibir la energía. “Cuando la energía se derrama a raudales dentro del cerebro y éste no es capaz de contenerla, entonces esa energía siente que tiene que perfeccionarlo. Puede que sea la actividad propia de esa energía”.
   Al hablar después sobre la necesidad de que dos personas estuvieran con el cuerpo, K dijo: “Donde hay amor, hay protección. El odio permite que el mal penetre”.
   Cuando se le preguntó adonde iba la conciencia de K, contestó: “Me he preguntado a mí mismo qué ocurre cuando no hay movimiento alguno del cerebro”. Al cabo de un rato continuó: “Cesa completamente. Viene solamente cuando tiene que manifestarse. Deja de existir cuando no está ahí. ¿Acaso el aire tiene algún lugar especial, lo tiene la luz? Encierran al aire, y entonces está ahí. Se rompe el encierro, y está en todas partes”.
   Parecía vacilar en inquirir más. Dijo que él no debía indagar más allá. “Ustedes pueden preguntar”, dijo, “y yo contestaré. Pero yo no puedo preguntar”.

   Krishnaji visitó Bangalore a su regreso de Ootacamund. Se alojó en Premalaya, una casa que pertenecía al renombrado físico Vikram Sarabhai, presidente de la Comisión de Energía Atómica y un pionero en la India de la investigación del espacio. Maurice Friedman lo atendía. Un insaciable deseo de experimentar hizo que Friedman sugiriera a Krishnaji que el ajo sería beneficioso para su salud. De modo que se agregaron a su dieta seis dientes de ajo. Bajo las instrucciones de Friedman, Balasundaram, que se encontraba en Bangalore, masajeaba diariamente a Krishnaji con un aceite medicinal.
   Por entonces, un pequeño grupo de jóvenes se había reunido alrededor del profeta. Balasundaram y su esposa Vishalakshi, Sunanda y su prima Lalita, Dwaraka (un joven amigo en Bangalore) y Shanta Rao, estaban constantemente cerca, añadiendo color, charlas y risas a la atmósfera. Sanjeeva Rao, que también estaba en Bangalore, se sentía perturbado por tanta gente joven que se reunía alrededor de ese ser asombrosamente bello. Sentía que había cierta frivolidad en la atmósfera, y tal vez se acordaba de las instrucciones de Annie Besant sobre la necesidad de que dos iniciados protegieran a Krishnaji contra las fuerzas destructivas. Comenzaron los rumores, y algunos de los chismes que andaban flotando en derredor llegaron a oídos de Krishnaji. Percibiendo cierta actitud presuntuosa en la situación, reprendió al grupo de mayor edad durante una reunión pública. Habló de la naturaleza destructiva del chismorreo irresponsable, y de la necesidad de tener una mente seria.
   Ahora había llegado a Bangalore el mismísimo Madhavachari. Quedó horrorizado ante los experimentos de Friedman, e inmediatamente ordenó a éste que le suspendiera a Krishnaji la dieta de ajo y los masajes. Subha Rao, un viejo teósofo que había dejado la Sociedad Teosófica junto a Krishnaji y ahora dirigía la Escuela del Valle de Rishi, pronto llegó a Bangalore para discutir con Krishnaji los asuntos de la escuela. Subha Rao era un excelente y consagrado educador, muy querido por los estudiantes; pero estaba envejeciendo. Como Madhavachari repetidamente lo afirmaba, los asuntos del Valle de Rishi estaban cayendo en manos del grupo Coimbatore. Subha Rao, incapaz de controlar las cosas, había insinuado su deseo de renunciar. Un día Sanjeeva Rao le dijo a Krishnaji: “El Valle de Rishi se compró con £10.000 que se donaron para ese propósito. Es propiedad de usted. Lo están destruyendo. Usted debe intervenir”. “¿Propiedad mía? Yo no tengo ninguna propiedad”.

   Las pláticas en Bangalore tuvieron una buena asistencia, y pronto surgieron las discusiones en relación con la Escuela del Valle de Rishi. En esta etapa intervino Miss Muriel Payne. Muriel Payne, que había llegado a Bangalore proveniente de Inglaterra, era una mujer huesuda e inmensamente enérgica. Jefa de una organización de enfermeras durante la guerra, vendió su colegio de adiestramiento para enfermeras y vino a la India. Había conocido a Krishnamurti por muchos años. De hecho, me contó que había asistido a Krishnamurti en Ojai cuando él estuvo seriamente enfermo durante 1945 y 1946.
   Se entrevistó con Krishnamurti en Bangalore y sugirió que ella reuniría a un grupo de jóvenes e iniciaría las tareas en el Valle de Rishi. La capacidad práctica que Miss Payne tenía para la organización, combinada con alguna percepción y cierto discernimiento en la enseñanza, hacían de ella una personalidad formidable. Era una amiga fervorosa, pero detestaba a los ineficientes y mediocres, y tenía un trato áspero con las personas. Siendo una mujer poco atractiva físicamente, no se había casado; y la falta del amor físico había acentuado su natural dureza. Pero era una mujer de gran estatura en todo el sentido de la palabra. Podría llenar una habitación con su irrefrenable propósito de moldear la vida de la gente.
   Se decidió establecer una comunidad que se ocupara del Valle de Rishi; el grupo incluía a Miss Payne, Madhavachari, Maurice Friedman, Subha Rao y Rajagopal Iyengar. También estaban en el grupo Evelyn Wood, Gordon Pearce y Adhikaram. Evelyn Wood, un inglés casado con una mujer india, era profesor de inglés en la Universidad de Bombay; sirvió en el gobierno británico y más adelante se quedó en la India después de la independencia. Gordon Pearce era teósofo y un educador muy conocido, casado también con una mujer india, Anusuya Paranjpaye. Estableció una Escuela Pública en Gwalior, se hizo cargo, como director, de la Escuela del Valle de Rishi, y más tarde habría de fundar la Escuela Blue Mountain en Ootacamund. Adhikaram, un renombrado educador natural de Sri Lanka, más tarde llegó a ser canciller de la Universidad de Colombo. Posteriormente habrían de ir todos al Valle de Rishi para hacerse cargo del mismo. Sin embargo, fue inevitable que pronto surgiera la división a causa de las discusiones. Evelyn Wood fue el primero en irse, seguido de Maurice Friedman. Madhavachari renunció y Subha Rao dejó el Valle. Pearce y Adhikaram no vinieron nunca. Miss Payne fue la única que quedó al frente de la Escuela. Sanjeeva Rao estaba ahora horrorizado por Miss Payne y su “falta de educación”. Educado en el Kings College de Cambridge, Sanjeeva Rao no podía tolerar la ignorancia de Miss Payne con respecto a la gramática inglesa, ni su espantosa caligrafía. Sanjeeva Rao me escribió cartas punzantes en las que se quejaba de la ignorancia de Miss Payne y de la incongruencia que implicaba la conexión de ella con la labor educacional.
   Fue en esta etapa que se sugirió la venta del Valle de Rishi y de los terrenos adyacentes. Miss Payne reaccionó con fuerza ante este rumor y escribió a Krishnamurti, que se encontraba en Poona; en su carta protestaba ella por la venta de las tierras, pero sugería que se cerrara la Escuela. Miss Payne aconsejaba el establecimiento de una comunidad internacional. Madhavachari, que se oponía enérgicamente a la idea de vender las tierras, como expresión de protesta renunció al Trust del Valle de Rishi.
   Finalmente, Krishnaji decidió que no se vendiera el Valle de Rishí. Sin embargo, Subha Rao renunció, y la escuela fue parcialmente clausurada por Kitty Shiva Rao, la esposa austríaca de Shiva Rao, y por Rao Sahib Patwardhan, en ese entonces presidente y secretario del Trust del Valle de Rishi. Miss Payne volvió a Inglaterra después de que Madhavachari se reincorporó al Trust. Sin embargo, regresó al Oriente y se vio con Krishnamurti en Colombo, Sri Lanka en octubre de 1949. Más tarde, conjuntamente con Adhikaram y Pearce, Miss Payne estableció la Rishi Valley Sangha, una comunidad destinada a que en ella se vivieran las enseñanzas de Krishnamurti. Se dirigieron todos al Valle de Rishi y se hicieron cargo de la propiedad. Rajagopal Iyengar, un antiguo ingeniero de los Servicios Centrales, que había renunciado prematuramente a sus funciones en el Gobierno para poder trabajar en el Valle de Rishi, también era miembro de la comunidad, como lo era Maurice Friedman. Inexorablemente, Miss Payne asumió la dirección de todo. A los viejos colaboradores se les pidió que se fueran, y pronto la comunidad quedó reducida a un esqueleto.

   De Bangalore, K viajó a Poona, donde se alojó en la casa de huéspedes de la Sociedad de Funcionarios de la India. Mi madre, Iravati Mehta, actuó como anfitriona y atendió a K mientras éste permaneció en Poona. Estaba con mi madre mi sobrino Asit Chandmal, de nueve años. El padre de éste, miembro del Servicio Civil de la India, contrajo una enfermedad mental. El padre y la madre se separaron, y Asit fue educado por su abuela, mi madre. Consciente de la complejidad de los problemas del niño, ella lo había retirado de la escuela para que estuviera en Poona, comprendiendo intuitivamente que dos meses con K bajo el mismo techo, harían por Asit más que cualquier escuela.
   Le pedí a Asit que escribiera sobre sus recuerdos de este período, puesto que había pasado mucho tiempo con K. En una carta, Asit escribió:

   Cuando yo tenía nueve años estuve alojado con Krishnaji en Poona durante varios meses. Mi abuela había establecido su casa en la Sociedad de Funcionarios de la India ‑había dos dormitorios y una sala de estar entre ambos­. El comedor y la cocina estaban en una cabaña separada por doscientas yardas. Acostumbrábamos caminar juntos hasta la cabaña para almorzar ‑su paraguas lo protegía siempre contra el más mínimo vestigio de sol. A menudo me invitaba a que corriéramos hasta la cabaña ‑él corría conmigo y llegábamos al mismo tiempo­. Yo tenía nueve años y él tenía seis veces mi edad ­cincuenta y cuatro­. Cuando me veía remontando cometas, me hablaba acerca de las enormes cometas de California, cuya envergadura era más grande que sus brazos extendidos, y más tarde, en Dewali, fuimos a los mercados de Poona, compramos petardos y los encendimos por la noche. Una vez, cuando yo huía asustado de un petardo que estallaba, me dijo: “Obsérvalo, no escapes”1.

   Antes de abandonar Bangalore, K le entregó a Sunanda 400 rupias y un mantón. Fue un gesto simbólico, una sugerencia de que ella dejara su casa y entrara en el mundo. Sunanda había venido a Poona con su prima Lalita, Dwaraka y Gauntam, su tío materno. Se alojaron en la residencia de descanso de la Sociedad Teosófica. También estaba presente Gawande, un joven muy inteligente y reflexivo que tiempo después iba a convertirse en sannyasi.
   El auditorio que asistía a las pláticas era muy animado. Había partidarios de Gandhi, estudiantes, escritores, eruditos y profesionales. Las discusiones eran vibrantes, dominadas por preguntas sobre el alivio de la pobreza y por requerimientos de trabajo social.
   K estaba congregando a un gran número de personas. Muchas mujeres con vidas maritales conflictuadas, le solicitaban entrevistas, y pronto percibió él las inseguridades y los sufrimientos que agobiaban la existencia de una mujer casada. En sus pláticas públicas se le formulaban numerosas preguntas acerca de “las obligaciones de una esposa” y del papel desempeñado por el matrimonio. K fustigaba la hipocresía de la sociedad india, sus valores y moralidades. Habló de la situación de la mujer y del dominio económico del marido. “Es solamente una sociedad estática y en deterioro la que habla de obligaciones y derechos”. Dijo: “¿Han observado ustedes a un hombre cuyo corazón está vacío? Su rostro se vuelve feo. Miren sus propios rostros en el espejo de vez en cuando, vean qué informes, qué indefinidos son”. Habló de la ausencia de amor, del amor con su hondura y su profundidad. “Amar es ser casto, puro, incorruptible”.

   Yo había precedido a K en Delhi. Para entonces, mi esposo había trasladado sus oficinas centrales a Delhi y nos estábamos alojando en el Delhi Gymkhana Club. Como mi trabajo se desarrollaba principalmente en Bombay, yo viajaba todos los días entre ambas ciudades. Muy alterada por los acontecimientos de Poona, mi mente había comenzado a rebelarse. Sentí que debía volver a mi vida de antes y a mis viejas actividades, a mi trabajo, a mis clubes, a mi incesante rutina. Traté de hacerlo, pero encontré que me sentía una extraña. Tampoco podía acudir a K. Cada vez que me encontraba cerca de él, percibía un muro entre nosotros. Mi equilibrio interno estaba destrozado.
   Le pregunté a K qué había pasado conmigo. En Ooty me había sentido al borde de un despertar; sólo necesitaba un paso más para sumergirme en la nada. Pero el paso jamás había llegado, y antes de que tuviera tiempo para aferrarme a lo que tenía, fui arrebatada y hundida en las profundidades de la soledad. En Ooty había júbilo y la pasión de despertar cada mañana, de ver a K en llamas con el sol naciente. Era como enamorarme de la luz del sol, apasionadamente, pero con delicadeza. Yo había vislumbrado vastas profundidades y una gran inmensidad de visión. Ello permaneció conmigo, me sostuvo durante días. Pronto, sin embargo, habría de ser empujada a las ásperas reverberaciones de Bombay ­a sus ruidos, a las crudas explotaciones, a la fealdad y vulgaridad de la existencia­. Este súbito descenso a la densidad y dureza de una ciudad contaminada, me impulsó a escribirle a Krishnaji diciéndole que sería más fácil ponerse la túnica azafranada.
   Pero ésa no era la única razón de que me hubiera sentido tan rápidamente abatida. En Poona, yo había interrogado a K una y otra vez sobre las razones de la desesperación, y él había contestado: “¿Por qué pide una razón? Usted se encuentra alterada, no en un estado de percepción alerta. Véase a sí misma en el pozo y estará fuera de él. La próxima vez estará alerta y verá que no vuelve a caer en el pozo”. Pero yo no podía comprender, y sentí que era completamente inútil acudir a él.
   Uno de los Upanishads dice que es mejor mantenerse por completo alejado de la verdad; pero, una vez que hemos escuchado, tenemos que actuar o la verdad actuará como un veneno dentro de nosotros. Krishnamurti dice la misma cosa: “Si no es usted serio, manténgase alejado”. Pero yo era seria. Nunca había sido tan seria, jamás había sentido tan profundamente. Cuando estaba por irme de Poona, K me dijo: “Suelte su asidero. ¿Qué es lo que usted quiere retener tan apretadamente? Suéltelo, y vea lo que ocurre”.

   Cuando K llegó a Delhi, fui a verle a solas. Me dijo que había soñado conmigo (raramente tenía sueños). “Escuche lo que digo. Voy a hablarle como si yo fuera usted: Soy una brahmín nacida de una tradición cuya cultura y saber contienen un trasfondo de intelecto y sensibilidad. En este trasfondo hay una veta de debilidad, de crudeza. Pasé mi infancia en la casa de un funcionario civil. Comí carne y se me hizo rechazar mi condición brahmínica. Viajé a Europa, me casé, tuve una niña, me enfermé gravemente. Quedé ciega, la vida me usó y dejó sus huellas en mí. Crecí ambiciosa, cultivé la crueldad y negué la sensibilidad. Al encontrarme con distintas personas, he absorbido y reflejado la vulgaridad o la sensibilidad de ellas. No he tenido inteligencia como para enfrentarme a la vulgaridad con dicha inteligencia. Entonces llegó Krishnamurti. Al principio vi en lo que él decía, un medio para agudizar mi cerebro, pero pronto quedé atrapada en eso ‑en la influencia más poderosa que yo hubiera conocido­. Y todo el tiempo, aunque negaba mi trasfondo brahmínico, eso estaba ahí, la principal contradicción: el trasfondo brahmínico rechazado pero jamás comprendido. Y por eso estoy siempre en conflicto”.
   Después añadió: “Usted ve el cuadro, los remiendos, las luces, las sombras, la vulgaridad, la sensibilidad. ¿Qué siente cuando ve el cuadro como una totalidad?” Dije que lo que sentía era confusión, y pregunté qué podía hacer para librarme de la maraña de contradicciones. Seguramente ­dije­ debo ser capaz de actuar sobre la contradicción.
   Contestó: “Usted sigue preocupada por el hacer. Pero cualquier acción de su parte implicará agregar otro remiendo más. ¿Por qué no puede solamente verlo? Eso es usted, con todas sus sombras y luces. ¿De qué sirven el prejuicio o el placer? Sólo absorba todo eso y véase a sí misma como es, claramente. Entonces dejará de tender puentes entre la vulgaridad y la sensibilidad”.
   “O sea, que no debo tratar de ser sensible cuando soy vulgar”.
   “No”, replicó Krishnamurti. “Usted no puede hacer nada. Sólo observe la verdad de que está tendiendo esos puentes, cosa que hace todo el tiempo”. Esta era la primera vez que yo le oía referirse el trasfondo y a la necesidad de comprenderlo. Le pregunté cómo podía comprenderse ese trasfondo.
   “Vea que está ahí con toda su riqueza, con su plenitud, con sus miles de años de memoria racial. Entonces, la próxima vez que eso se proyecte, usted lo verá y habrá una comprensión instantánea y se terminará el conflicto con su trasfondo. Usted no puede rechazarlo, porque está ahí tanto como su brazo o su piel. Sólo puede comprenderlo, y comprendiéndolo estará libre de él”. Poco después agregó: “Lo que el hombre necesita es ese contentamiento que hay en la tierra cuando ésta ha dado nacimiento a un árbol. O en un arbusto cuando ha producido una flor”.