domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo VIII KRISHNAMURTI EN OJAI: LOS AÑOS OLVIDADOS, 1938-1947



Capítulo VIII
KRISHNAMURTI EN OJAI:
LOS AÑOS OLVIDADOS, 1938-1947

   Krishnamurti renunció a la Sociedad Teosófica en 1930. Escribiendo ese año en el Boletín Internacional de la Estrella,  había dicho: “Mi enseñanza no es oculta ni mística, porque considero ambas cosas como limitaciones que se le ponen al hombre en su búsqueda de la Verdad”. La única inquietud de Mrs. Besant al escuchar las noticias sobre esta renuncia, fue su ansiedad con respecto al futuro de Krishnamurti. Era consciente de la total ausencia de valores mundanos en él, y se preguntaba cómo subsistiría en este mundo cruel sin la protección de la Sociedad. Se me dijo que Mrs. Besant persuadió a B. Sanjeeva Rao y a su esposa Padmabai, educadores eminentes y estrechos colaboradores de ella, para que renunciaran a la Sociedad Teosófica a fin de que pudieran unirse a la labor de Krishnaji y así acompañarlo y protegerlo.

   El no regresó a la India hasta noviembre de 1932. Desde Bombay fue directamente a Adyar para ver a Mrs. Besant. Ella se  había vuelto muy frágil, había perdido la memoria y estaba viviendo en el pasado. Pero reconoció a su hijo profundamente amado. Era trágico verla, y Krishnamurti sintió una congoja muy honda. A su regreso de Varanasi, habría de visitarla nuevamente. El se había dejado crecer la barba, y Mrs. Besant hizo un comentario acerca de sus bellas facciones y le dijo que lo veía débil y que debía cuidarse. Esta fue la última vez que se encontraron.
   La plática de Krishnamurti en la Convención Teosófica realizada en Adyar en 1932, se topó con los comentarios críticos de los miembros más viejos de la Sociedad. Muchos años más tarde, Krishnaji me contó que ellos lo habían puesto en un aprieto, interrogándolo implacablemente y pidiéndole que afirmara o negara la existencia de los Maestros. Él había rehusado responder.
   En su viaje de regreso a Europa conoció a Bernard Shaw en la casa de Sir Chunilal Mehta. Hablaron de Mrs. Besant. Shaw preguntó cómo estaba ella. “Muy bien”, dijo Krishnamurti, “pero a su avanzada edad no puede pensar consecutivamente”. “Nunca pudo”, murmuró Shaw. Krishnamurti meramente sonrió.
   Más adelante Shaw habría de describir a Krishnamurti ante Heskith Pearson como “el más bello ser humano que él hubiera conocido jamás”1.

   Annie Besant murió en Adyar el 20 de septiembre de 1933. Medio siglo después interrogué a Krishnaji acerca del impacto que la muerte de Mrs. Besant había tenido sobre él. Sus ojos se veían afectados por una mirada de intensa gravedad cuando respondió: “Leí la noticia de su muerte en el New York Times ‑ellos jamás me informaron­”.
   A lo largo de sus vidas tan estrechamente entrelazadas, Mrs. Besant y su hijo adoptivo Krishna pasaron muy poco tiempo juntos. Pero desde las primeras cartas de Mrs. Besant a Krishna, una intensa onda de amor fluye desde ella para alcanzar y envolver al niño, sosteniéndolo y protegiéndolo.
   Los lazos entre ella y Krishna se fusionaron trascendiendo el tiempo y el espacio cuando era un muchacho, él le escribía toda las semanas relatándole sus sueños, contándole acerca de sus estudios, de su vida cotidiana y de sus pequeños problemas. Primero fue una madre ansiosa de que nada pudiera dañarlo; luego fue la maestra; a medida que pasaban los años, a veces adoptaba el papel de una discípula y se sentaba a los pies de él para escuchar sus palabras. Cuando se debilitó su intelecto, sus poderes mentales disminuyeron y sus cartas a Krishna se volvieron descoloridas; las de él eran afectuosas, aunque formales. Pero el profundo amor y el respeto que sentía por ella, no mermaron durante toda la vida de Krishna.
   Ella fue una influencia no en el sentido de moldear o de imprimir una dirección a la mente y a la enseñanza de Krishna, sino en el de proveer la base de una total seguridad de amor. Él había visto cómo el fuego ardía en ella y luego quedaba reducido a brasas, pero el cálido y abnegado amor de Mrs. Besant fue tal vez el único factor constante en la juventud de Krishna.

   Con la disolución de la Orden de la Estrella, el grupo de jóvenes que siempre había rodeado a Krishna se dispersó. La organización de sus planes de viaje y de sus pláticas estuvo por un tiempo dividida entre Jadunandan Prasad, un joven y muy querido colaborador, y Rajagopal. La súbita muerte de Jadu en 1931 a la edad de treinta y cinco años, dejó a Krishna con pocos compañeros. Muchos de los que habían abandonado con él la Sociedad Teosófica se sintieron perdidos y desesperados; la Sociedad había provisto albergue, consuelo y un propósito en la vida. El dinero era escaso.
   Jadu  había sido un íntimo amigo Krishna escribió a Padmabai Sanjeeva Rao, en Varanasi, compartiendo su pena. Estas cartas descubren la mente de Krishna en los días que siguieron a su ruptura con la Sociedad Teosófica. El 30 de agosto de 1931, escribió:

   Mi muy querida Akkaji:
   ¿No es terrible que Jadu se haya ido? Es algo realmente trágico, y puedo imaginar, querida Padmabai, qué es lo que usted debe estar sintiendo y lo deprimida que debe estar. Apenas si puedo creer que una cosa así sea posible. Jadu estaba recién asentándose en su trabajo, y no tiene usted idea de cuánto le encantaba su gira y del éxito que había logrado en ella. Me enteré durante el campamento al recibir un cable de John Ingleman: Jadu sufría un golpe de calor y su presión sanguínea era de 220; unos pocos días después, un nuevo cable decía que estaba mejorando firmemente. Nos sentíamos naturalmente ansiosos al respecto, pero él no pensaba que se estuviera preparando nada serio. Cuando vine aquí recibí un cable del cual usted ya tiene conocimiento. Akkaji, debe usted haber experimentado un choque muy doloroso y desearía estar a su lado, pero...
   En su carta ‑se la agradezco muchísimo­ usted fue profética al preguntarse cuántos de nosotros estaríamos vivos cuando todos volviéramos a encontrarnos. Nitya se ha ido y así lo ha hecho Jadu. ¡Jadu era tan ingenioso, tan querido por todos! Y era muy inteligentemente crítico. Lo echaremos mucho de menos y, mi queridísima Padmabai, todo mi amor está con usted.
   Todos ustedes están abatidos, y éste será otro golpe terrible Akka, somos tan pocos que hemos de trabajar juntos y en armonía y tenemos que cambiar y comprender que existe algo infinitamente más grande que el nacimiento y la muerte. Tenemos que comprenderlo, y el esfuerzo es colosal. Desearía estar con usted, pero así son las cosas. La vida es así, y es cruel si no somos los amos de ella.
   Quisiera estar a su lado, queridísima Akka2.

   La respuesta de Padmabai debe haber expresado la profunda angustia que sentía, porque en otra carta del 29 de septiembre, Krishna se refiere a su propio dolor por la muerte de Nitya, a su investigación en la causa del dolor y al deslumbrante despertar:

   Mi queridísima Padmabai:
   Muchísimas gracias por su carta. Yo sé, Padmabai, la lucha que debe usted estar sosteniendo, Akkaji, porque nosotros deseamos el amor a través de una persona solamente, y la muerte oscurece nuestro amor. Siempre existirá la muerte en tanto nuestra comprensión esté limitada por una perspectiva personal y egotista. Yo le digo, querida Akkaji, que mientras exista la conciencia de uno mismo, existirán la muerte, la soledad y el dolor. Pasé por esto cuando murió Nitya, y comprendí qué es lo que está detrás del dolor, la causa de él. He defraudado a la muerte. Por lo tanto, Akkaji, es el momento de comprender en medio de este dolor y de esta desolación. Usted tiene que comprender, ahonde en lo más profundo y verá, Padmabai querida, que hay algo más permanente, más eterno que todas las personas. Todos hemos de morir, y mientras se encuentra usted en medio de este dolor, es éste el momento de comprender. No lo posponga, Akkaji. Tiene que buscar la salida en medio de la penumbra, y no esperar o dejar que el dolor devore su corazón y la soledad oscurezca su sonrisa. Esté, pues, ansiosa de comprender, Padmabai, aunque ello lastime. Desprenda su mente de la soledad y del dolor y examínelos; verá que al librar su propia conciencia, estará usted más allá del nacimiento y la muerte. Inténtelo, querida Padmabai, y no diga que éstas son meras palabras.
   Desearía estar con usted, tal vez pudiera ayudarla. Oh, Padmabai, no tiene usted idea de la felicidad que implica el verdadero amor impersonal.
   Está usted en mis pensamientos y en mi corazón.
   Todo mi amor, mi queridísima Padmabai. Mi amor para todos.
Krishna

   Sus cartas expresan añoranza por la India; poco a poco se estaba alejando de sus íntimos amigos en Occidente, a los que había conocido desde que era un muchacho. En la carta que escribió desde Ojai decía que estaba solo, descansando y entrando en estados de Samadhi. (Samadhi: Un estado de liberación final, en el que la entidad del ego ha cesado de existir y el buscador ha desaparecido. Es un estado de unión con el cosmos).

   Mi queridísima Padmabai:
   Le agradezco muchísimo su carta del 29 de octubre. Lamento profundamente que esté pasando por estos malos momentos, y desearía estar ahí para ayudarla. Sería bueno hablar sobre algunas cosas, pero eso ha de esperar hasta que volvamos a encontrarnos, lo cual no será sino hasta fines del año próximo. He estado solo conmigo mismo por las últimas dos semanas, repasando los pensamientos de los años pasados. Desearía poder tener con usted una buena conversación, que es mucho mejor que escribir.
   Este lugar es magnífico, y un día (?) usted tiene que venir aquí. Estoy tomando un descanso completo y entro en estados de samadhi. Sólo veo a la gente los domingos, y los demás días los dedico a la reflexión Rajagopal y Rosalind se encuentran en Hollywood, puesto que Rajagopal debe atender su reumatismo que está bastante mal.
   Me entero de que Amma está muy enferma y que no se espera que viva mucho. Rama Rao me escribió que está sorda como una tapia y que apenas si puede reconocer. Eso es trágico, y me pregunto qué va a pasar con la Sociedad Teosófica...
Con todo mi amor,
 Krishna

   Rama Rao, el amigo de Krishna, había perdido la vista y estaba seriamente enfermo. Con la muerte de Jadu, Krishna se volvió hacia Rajagopal y la esposa de éste, Rosalind (se habían casado en 1927) que seguían a su lado y estaban libres para viajar con él a través de los continentes.
   Mientras Nitya vivía, el papel de Rajagopal en la vida del joven profeta fue periférico ‑Nitya se había hecho cargo de todos los asuntos organizativos relacionados con la labor de Krishnamurti­. La muerte de Nitya creó un vacío funcional que debía ser llenado. Inevitablemente, primero Jadu y después Rajagopal, se encargaron de ello, planificando conferencias y giras y estableciendo la infraestructura para sostener su futuro trabajo. El casamiento de Rajagopal con Rosalind, una amiga muy intima de Nitya, hizo que Rajagopal se acercara más a Krishnamurti. Pronto Arya Vihar en Ojai se convirtió para ellos en el hogar permanente.
   Una relación nacida de un acto de amistad destinado a proteger al joven y vulnerable Krishnamurti ‑cuya falta de mundanalidad hacía necesaria la protección­ poco a poco fue experimentando un cambio inmenso. En el período más temprano de su vida, protegido por Mrs. Besant, él era el ‘esperado Instructor del Mundo’, y las actitudes de los camaradas de Krishnaji reflejaban la conciencia de este hecho y un estado de reverencia. Siempre había una distancia entre el Instructor del Mundo y sus discípulos.
   Sin embargo, con la disolución de las organizaciones y la negación de toda jerarquía espiritual por parte de Krishnamurti, eran inevitables actitudes nuevas. Lentamente, la distancia entre el maestro y sus colaboradores se acortó. Pronto Rajagopal y Rosalind asumieron el papel de guardianes, sarvadhikaris, poseedores de la autoridad en torno al joven profeta, haciéndose cargo de todas las decisiones que debían tomarse en la vida personal de Krishnamurti y en el trabajo relacionado con la enseñanza. El tímido y vacilante joven que tentaba el camino en el iridiscente océano de energía que se liberaba en su interior, buscando a tientas las palabras que pudieran contener sus observaciones y percepciones, estaba totalmente desinteresado de los asuntos del mundo. Se sentía feliz de poder dejarlo todo en las competentes manos de Rajagopal. K parecía vago, pasivo, cándido e incluso inmaduro. Sus primeros discípulos, viviendo en la estrecha proximidad de Krishnamurti, lo encontraban ansioso de realizar los quehaceres más humildes, y esto les empañaba la visión. Perdieron así contacto con la inmensidad, y más adelante empezaron a tratarlo como un niño al que podían regañar, ignorar, intimidar y decirle qué debía hacer y con quién debía encontrarse.
   Forma parte de la mística de Krishnamurti que, una y otra vez, él permitió esto. Su misma naturaleza imposibilitaba cualquier respuesta o acción agresiva o de afirmación propia. Jamás perdió esa disposición de ánimo. Su mente dúctil, su ausencia de ego y su total confianza en quienes le rodeaban, hacían factible que los otros dieran por hecho que él lo aceptaba todo. Firmaría cualquier papel que le pusieran delante sus íntimos aliados, e incluso a veces haría eco a las irracionalidades de ellos. Esto condujo a declaraciones y acciones aparentemente contradictorias que confundían a sus amigos. Sin embargo, cuando parecía estar totalmente rodeado y dominado, la situación estallaba dejando a Krishnamurti intacto, libre para seguir su propio camino; mientras que aquellos que lo dominaban, solían quedar enojados, confundidos y a menudo quebrantados.

   Entre 1933 y 1939, Krishnamurti viajó varias veces a la India, ofreciendo pláticas ante auditorios bastante numerosos. Con la muerte de Mrs. Besant en 1933 y la elección, en 1934, de George Arundale como presidente de la Sociedad Teosófica, se interrumpió todo contacto entre Krishnamurti y la Sociedad. Krishnamurti se había referido a la Sociedad Teosófica como una creencia organizada, “y la idea de un Maestro conduciendo al hombre hacia la Verdad, no es creíble para mí”3.
   El mundo y los medios de prensa habían perdido interés en el ‘Instructor del Mundo’ después de que éste rechazara el papel que la Sociedad Teosófica había concebido para él. Por largo tiempo su nombre desapareció de los periódicos y él llevó una vida de anonimato.

   Hacia fines de aquellos años, una nueva fundación, la Krishnamurti Writings Inc. (K.W.I.), se estableció con sede central en Ojai. Krishnamurti fue su Jefe nominal, pero Rajagopal jugaba el papel de pivote, determinando quiénes serían los miembros del nuevo cuerpo y fijando las áreas de operaciones. Sin embargo, había un área donde el joven profeta, por vacilante que pudiera ser, se negaba a permitir cualquier intromisión. Era en el desarrollo y florecimiento de la mente nueva, y en el campo silencioso de percepción que estaba naciendo.
   Krishnamurti se encontraba en Ojai cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en Europa. Por casi ocho años vivió en Ojai en un relativo aislamiento. La guerra restringió sus movimientos, y ya no fue posible que siguiera viajando. Había sido citado por la Junta de Reclutamiento de los Estados Unidos, y tuyo que dar explicaciones detalladas de por qué no podía combatir y unirse al ejército. La Junta sugirió que regresara a la India. El estuvo de acuerdo y pidió que lo enviaran de regreso, pero no había transportes. De modo que le dejaron quedarse, pero se le prohibió ofrecer pláticas y tenía que presentarse regularmente a la policía.
   Al cabo de un tiempo, Krishnamurti habría de referirse a estos años olvidados en Ojai. Él apreciaba sus paseos en el silencio de las montañas que rodean el Valle de Ojai. Caminaba “enormemente” por millas inacabables, pasando días enteros en la soledad, olvidado de la comida, escuchando y observando, sondeando el mundo interior y el que le rodeaba. Narró episodios de encuentros con osos salvajes y serpientes de cascabel que él enfrentaba sin movimiento alguno del cuerpo y de la mente. La bestia salvaje solía detenerse, con sus cautelosos y vigilantes ojos enfrentándose por varios minutos a los quietos ojos de K; el animal, percibiendo una total ausencia de temor, daba la vuelta y se alejaba.
   La mente observadora de Krishnamurti, libre de cualquier tendencia o presión interna, florecía; y con ello una elemental percepción, una conciencia mente-cuerpo a través de la cual el suelo, las rocas, los árboles, las tiernas hojas, los insectos, los reptiles, los pájaros, los animales comunicaban la historia de la tierra y el misterio de un insondable abismo de tiempo. Él dijo: “Cuando paseo no pienso, no hay pensamiento. Sólo observo... Considero que mis paseos solitarios tienen que haber servido para algo”.
   Krishnamurti se recordaba cuidando el jardín en Arya Vihar, cultivando rosas y vegetales, ordeñando vacas, lavando platos. Su intenso interés en las cosas mecánicas, que él había desarrollado desde la niñez, habría de continuar; disfrutaba desarmando relojes y motores de automóviles para entender su funcionamiento, y armándolos después nuevamente. Algunos de sus amigos le habían obsequiado un automóvil. La gasolina era escasa, pero toda vez que podía, Krishnamurti gozaba manejando a una velocidad tremenda por los caminos del valle llenos de curvas.
   Informaciones de la guerra y de la devastación ocasionada por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, lo llenaron de un horror inexpresable, pero despertaron intensas percepciones sobre la naturaleza de la violencia y el mal. Esto se hizo especialmente vívido para él un día en que llegó hasta las proximidades de Santa Bárbara. Se le acercó una mujer ofreciéndole recuerdos del Japón. Krishnamurti rehusó, pero ella insistió mostrándole lo que llevaba en su caja ‑la abrió poniendo al descubierto una oreja y una nariz humana disecadas­.
   Miss Muriel Payne, que afirmaba haber cuidado a Krishnamurti en Ojai cuando estuvo muy enfermo, me contó que la respuesta de él a la devastación y crueldad de la guerra, había sido traumática. Preguntaba repetidamente: “¿Para qué sirve lo que hablo?” Y buscaba refugio en la soledad de las montañas, con los árboles y los animales. Pasó varias semanas sólo, en una choza en Wrightwood, en las montañas de San Gabriel cerca de Los Angeles, y en Sequoia, más al norte. Se había dejado crecer la barba.
   Krishnaji rememoraba la rutina de su vida en la escasamente amueblada cabaña en medio del bosque. Solía despertarse temprano en la mañana, daba un largo paseo, se preparaba el desayuno, lavaba los platos y aseaba la casa, y por una hora todos los días meditaba escuchando la Novena Sinfonía de Beethoven (la única grabación que pudo conseguir). No había libros. Por las tardes cantaba himnos en sánscrito que recordaba de su temprana infancia. El favorito era uno dedicado a Daksinamunti-Shiva como el gurú supremo. El sonido del sánscrito surgía desde las profundidades de su vientre; era un sonido virgen que llenaba los bosques y que escuchaban los pinos y las antiguas secoyas, el zorrillo, el oso y la serpiente de cascabel. Una araña compartía la choza con él. Todas las mañanas Krishnamurti deshacía la telaraña, en la que estaban atrapadas moscas y otros insectos. Recogiendo cuidadosamente a la araña la colocaba fuera de la choza, pero cada mañana aquella había regresado y estaba otra vez hilando su tela4. Un verso de los Upanishads, aprendido en la niñez, puede haber acudido a su mente: “Como una araña emerge desde sus propios hilos/ así también desde este ser toda vida alienta/ y todos los mundos, todos los dioses y todas las criaturas contingentes/ surgen y se expanden en todas las direcciones”5.
   Por días continuó el ritual entre la araña y Krishnamurti, una comunicación sin palabras; entonces un día Krishnamurti le dijo a la araña: “Paz, compartamos la choza”.
   Krishnamurti tenía visitantes ocasionales. Aldous Huxley, que se había establecido en California y estaba perdiendo la vista, paseaba con Krishnamurti por largas horas. A veces hablaban de los sentidos y de la ceguera. Krishnamurti ayudó a Huxley; el poder de curar estaba activo. Lo usó parcamente y en secreto; se mostraba más bien tímido al respecto y se disculpaba aun antes de hablar de ello.
   Muchos años después, al preguntársele qué quería decir cuando hablaba de todos los sentidos operando simultáneamente, Krishnaji habló de un amigo ciego a quien conoció mientras estuvo viviendo en los cerros. Ellos habían tratado el tema de los sentidos. Luego, solo en la choza, Krishnamurti pasó una semana con los ojos vendados para ver qué sucedía cuando un sentido de los que uno dependía era negado. Contó que, al estar plenamente alerta cada poro de su cuerpo, y todos los sentidos operando intensamente, ello compensaba el sentido faltante. Habló de que todo tenía que estar en su justo lugar, interna y externamente.
   Hay también indicaciones de que en esa época estuvo experimentando con muchas de las rígidas austeridades del yoga ‑ayunando por largos períodos­; observando completo silencio durante días; clausurando con las dos manos los órganos de los sentidos para tapar la visión, el sonido y la respiración, despertando así a las vastas reverberaciones del sonido interno. Pero desechó estas posturas del yoga, considerándolas un juego superficial e insignificante.
   La luminosa belleza y la dramática y legendaria juventud de Krishnamurti, habían despertado la curiosidad y el interés de un número de escritores, actores e investigadores que, además de Huxley, se habían asentado en y alrededor de Los Angeles. Gerald Heard, que estaba ahondando en la investigación religiosa de la India, fue uno de los primeros místicos occidentales que se estableció en California. Era amigo de Huxley, Krishnamurti, Christopher Isherwood y Prabhavanand, un monje de la misión Rama Krishna. Huxley y Heard habían llegado a ser íntimos amigos de Krishnamurti. Fue una relación curiosa. Krishnamurti, a fines de la década del 30 y a comienzos de la del 40, era muy tímido, y quizá no había permitido que lo infinito que había dentro de él se revelara. De otro modo, es imposible entender el comentario que María Huxley hizo a su respecto. Dijo él durante los años 1938 a 1939: “Es encantador y divertido y tan sencillo ¡Cómo debe sufrir cuando lo tratan como a un profeta!”6.
   Aldous Huxley y su primera esposa, María, gustaban de los picnics, igual que Krishnamurti. Anita Loos, escribiendo sobre Los Angeles a fines de los años 30; relata un incidente que, como ella lo expone, “podía haber tenido lugar en ‘Alicia en el País de las Maravillas’” En uno de tales picnics, los invitados incluían a los Huxley y a Krishnamurti; a Greta Garbo, vistiendo un desaliñado par de pantalones masculinos y un maltratado sombrero; a Charlie Chaplin y a su bella esposa Paulette Goddard vestida con un conjunto mexicano de prendas campesinas; a Bertrand Russell (que es descrito por Anita Loos, como “un espíritu travieso de parranda”); y al escritor Christopher Isherwood. 
   No pudiendo encontrar un sitio adecuado para el picnic, finalmente descendieron hasta el polvoriento lecho del río Los Angeles. Mientras procedían a preparar sus comidas especiales ‑Greta Garbo portando manojos de vegetales crudos, Goddard con su champaña y su caviar, Krishnamurti con su arroz­ de pronto apareció un fornido policía y preguntó: “¿Qué diablos está pasando aquí?”
   Ellos interrumpieron todos los preparativos, “pasmados y silenciosos”. Se presentó un sheriff portando un rifle. “¿Nadie en esta pandilla sabe leer?”, le preguntó a Aldous Huxley, señalándole un letrero que decía: “Se prohibe intrusos”. Huxley se excusó con el sheriff prometiendo asear el lugar y dejar el lecho del río más limpio que como lo encontraron. El sheriff se estaba enojando y le dijo a Huxley “¡Andando! ­y eso significa ¡ya!­” Huxley, pensando que podría apaciguar al sheriff mencionando a algunas de las celebridades, lo hizo señalando a Charlie Chaplin y Greta Garbo”.
   “¡No me salga con eso!” gruñó el sheriff. “He visto a estos astros en las películas y ninguno de ellos pertenece a este grupo. ¡Váyanse de aquí, vagos, o arrestaré a todo el montón!” Y así, cuenta Anita Loos, “plegamos nuestras carpas como los árabes, y nos escabullimos...”7

   A mediados de los años 40, Krishnamurti y Huxley se habían vuelto íntimos amigos. Se encontraban a menudo y daban largos paseos. Huxley hablaba y Krishnamurti escuchaba. Huxley estaba perplejo; su formidable intelecto encontraba difícil comprender la dúctil fuerza de una mente nacida de la percepción no contaminada por el pensamiento. A su vez, Huxley escuchaba y aprendía a estar en silencio cuando Krishnamurti hablaba de la percepción, del tiempo y del estado de alerta. Que la mente de Krishnamurti interesaba a Huxley es obvio. En uno de los paseos, le dijo a Krishnamurti “que lo daría todo por una percepción directa de la verdad, pero que su mente era incapaz de tenerla. Estaba demasiado llena de conocimientos”. Christopher Isherwood relata una conversación que sostuvo con Huxley. Isherwood le había estado hablando a Huxley de las instrucciones para la meditación que le había entregado su gurú, Swami Prabhavanand, “lo cual impulsó a Aldous a decirme que Krishnamurti nunca meditaba sobre ‘objetos’ como flores de loto, luces, dioses y diosas, y que incluso creía que hacer eso podía conducir a la demencia”8.
   Rememorando su relación con Huxley y Gerald Heard, Krishnamurti dice: “Yo era terriblemente tímido. Todos ellos eran tremendamente intelectuales. Yo los escuchaba, interpolando una o dos manifestaciones”9. Gran parte de la correspondencia entre Krishnamurti y Huxley, y las notas tomadas por Huxley, se quemaron en un incendio que destruyó la casa de éste y todas sus grabaciones. Más adelante, Huxley escribiría la Introducción al libro de Krishnamurti ‘La Libertad Primera y Última’. En 1961, justo antes de su muerte, Huxley escuchó hablar a Krishnamurti en Saanen, Suiza. En una carta a un amigo, describe eso como “algo que está entre las cosas más impresionantes que yo haya escuchado jamás... era como escuchar el discurso del Buda ‑tal poder, tal autoridad intrínseca­, tan inflexible rechazo a permitir al hombre medio sensual cualquier tipo de escapes o sustitutos, cualquier tipo de gurús, salvadores, führers, iglesias”. Yo les muestro el dolor y la terminación del dolor, y si ustedes no satisfacen las condiciones para terminar con el dolor, estén preparados, cualesquiera que sean los gurús, las iglesias, etc. en que puedan creer, para la indefinida continuación del dolor”10.
   Krishnamurti recordaba que en Ojai, durante los años de la guerra, había visitado a Gerald Heard en ‘Trabuco’, “un club para místicos” edificado a cinco millas de Los Angeles por Gerald Heard y Félix Green, un sinólogo inglés que también se interesaba en la investigación religiosa de la India. Gerald Heard, que había sido elocuentemente descrito por Christopher Isherwood como “uno de los pocos grandes constructores [en el mundo] de mitos mágicos y reveladores del prodigio de la vida”11, había edificado un retiro con una sala de meditación que daba sobre el Océano Pacifico. Krishnamurti visitó ‘Trabuco’ por una semana a invitación de Gerald Heard. Describiendo a ‘Trabuco’ para nosotros, Krishnamurti habló del parecido que tenía con un monasterio trapense ‑excepto que aquí las personas podían venir para un retiro y no quedaban atrapadas por el resto de sus vidas­. Las sesiones de meditación tenían lugar unas seis veces al día. A los residentes se les permitía conversar en las mañanas, pero después del almuerzo se imponía un silencio estricto. Krishnaji se unió a las sesiones de meditación; sentado con las piernas cruzadas sobre el piso durante cuatro horas en la oscurecida sala de meditación, percibía los agitados pensamientos en las mentes de quienes meditaban alrededor de él. La intensa oscuridad era usada como una ayuda para crear la mente silenciosa. La atmósfera misteriosa y los caóticos, excitados pensamientos de los otros invitados, perturbaron grandemente a Krishnamurti, quien no volvió a visitar ‘Trabuco’ nunca más.
   Tal vez el más perspicaz de los comentarios provenientes de ‘extraños’ que vivieron en la costa del Pacífico en los años 40 y 50, fue el de Henry Miller, el obsceno, tempestuoso escritor de algunas de las más bellas prosas surgidas en Norteamérica durante el siglo veinte. En sus últimos años Miller se convirtió en un recluso y vivió en el Gran Sur, sobre la costa meridional de San Francisco. Jamás había conocido a Krishnamurti; pero después de leer un libro sobre Krishnamurti escrito por Carlo Suarez, Miller expresó:

   Krishnamurti ha renunciado más que ningún hombre en quien yo pueda pensar excepto Cristo. Fundamentalmente, él es tan sencillo de entender, que es fácil comprender la confusión que sus claras, directas palabras y acciones han ocasionado. Los hombres son renuentes a aceptar lo que puede captarse con facilidad.
    Jamás he conocido personalmente a Krishnamurti, aunque no existe ningún hombre viviente a quien más privilegiado me sentiría de conocer.
   Su trayectoria, única en la historia de los líderes espirituales, recuerda la de la famosa epopeya de Gilgamesh. Aclamado en su juventud como el futuro Salvador. Krishnamurti renunció al papel que habían preparado para él, desdeñó a todos los discípulos, rechazó a todos los mentores y preceptores. No inició una nueva fe o un nuevo dogma, lo cuestionó todo, cultivó la duda (especialmente en los momentos de exaltación) y, a pura lucha heroica y perseverancia, se liberó a sí mismo de la ilusión y el hechizo, del orgullo, de la vanidad, y de toda forma sutil de dominio sobre otros. Llegó hasta la fuente misma de la vida para encontrar sustento e inspiración. El resistir los ardides y acechanzas de aquellos que buscaban esclavizarlo y explotarlo, le exigió eterna vigilancia. Él liberó su alma, por así decirlo, de la tierra y del cielo, abriendo de ese modo para ella “el paraíso de los héroes”.
   ¿Es, acaso, necesario definir este estado?12

   En 1945, cuando terminó la guerra, Krishnamurti tenía que ir a Nueva Zelandia, pero cayó muy enfermo. Padecía dificultades urinarias, tenía fiebre alta y permanecía inconsciente por largos períodos. Es posible que algunos de sus inmensos cambios psíquicos ocurrieran en él durante esta enfermedad. Él había de haberse recuperado por sí mismo, de que el cuerpo fue dejado solo. Los médicos lo vieron, pero parecían incapaces de diagnosticar su enfermedad y no le prescribieron medicina alguna