Capítulo VIII
KRISHNAMURTI EN OJAI:
LOS AÑOS OLVIDADOS, 1938-1947
Krishnamurti renunció a la Sociedad Teosófica en 1930. Escribiendo ese
año en el Boletín Internacional de la
Estrella, había dicho: “Mi enseñanza
no es oculta ni mística, porque considero ambas cosas como limitaciones que se
le ponen al hombre en su búsqueda de la Verdad”. La única inquietud de Mrs.
Besant al escuchar las noticias sobre esta renuncia, fue su ansiedad con
respecto al futuro de Krishnamurti. Era consciente de la total ausencia de
valores mundanos en él, y se preguntaba cómo subsistiría en este mundo cruel
sin la protección de la Sociedad. Se me dijo que Mrs. Besant persuadió a B.
Sanjeeva Rao y a su esposa Padmabai, educadores eminentes y estrechos
colaboradores de ella, para que renunciaran a la Sociedad Teosófica a fin de
que pudieran unirse a la labor de Krishnaji y así acompañarlo y protegerlo.
El no
regresó a la India hasta noviembre de 1932. Desde Bombay fue directamente a
Adyar para ver a Mrs. Besant. Ella se
había vuelto muy frágil, había perdido la memoria y estaba viviendo en
el pasado. Pero reconoció a su hijo profundamente amado. Era trágico verla, y
Krishnamurti sintió una congoja muy honda. A su regreso de Varanasi, habría de
visitarla nuevamente. El se había dejado crecer la barba, y Mrs. Besant hizo un
comentario acerca de sus bellas facciones y le dijo que lo veía débil y que
debía cuidarse. Esta fue la última vez que se encontraron.
La
plática de Krishnamurti en la Convención Teosófica realizada en Adyar en 1932,
se topó con los comentarios críticos de los miembros más viejos de la Sociedad.
Muchos años más tarde, Krishnaji me contó que ellos lo habían puesto en un
aprieto, interrogándolo implacablemente y pidiéndole que afirmara o negara la
existencia de los Maestros. Él había rehusado responder.
En su
viaje de regreso a Europa conoció a Bernard Shaw en la casa de Sir Chunilal
Mehta. Hablaron de Mrs. Besant. Shaw preguntó cómo estaba ella. “Muy bien”,
dijo Krishnamurti, “pero a su avanzada edad no puede pensar consecutivamente”.
“Nunca pudo”, murmuró Shaw. Krishnamurti meramente sonrió.
Más
adelante Shaw habría de describir a Krishnamurti ante Heskith Pearson como “el
más bello ser humano que él hubiera conocido jamás”1.
Annie
Besant murió en Adyar el 20 de septiembre de 1933. Medio siglo después
interrogué a Krishnaji acerca del impacto que la muerte de Mrs. Besant había
tenido sobre él. Sus ojos se veían afectados por una mirada de intensa gravedad
cuando respondió: “Leí la noticia de su muerte en el New York Times ‑ellos jamás me informaron”.
A lo
largo de sus vidas tan estrechamente entrelazadas, Mrs. Besant y su hijo
adoptivo Krishna pasaron muy poco tiempo juntos. Pero desde las primeras cartas
de Mrs. Besant a Krishna, una intensa onda de amor fluye desde ella para
alcanzar y envolver al niño, sosteniéndolo y protegiéndolo.
Los lazos
entre ella y Krishna se fusionaron trascendiendo el tiempo y el espacio cuando
era un muchacho, él le escribía toda las semanas relatándole sus sueños,
contándole acerca de sus estudios, de su vida cotidiana y de sus pequeños
problemas. Primero fue una madre ansiosa de que nada pudiera dañarlo; luego fue
la maestra; a medida que pasaban los años, a veces adoptaba el papel de una
discípula y se sentaba a los pies de él para escuchar sus palabras. Cuando se
debilitó su intelecto, sus poderes mentales disminuyeron y sus cartas a Krishna
se volvieron descoloridas; las de él eran afectuosas, aunque formales. Pero el
profundo amor y el respeto que sentía por ella, no mermaron durante toda la
vida de Krishna.
Ella
fue una influencia no en el sentido de moldear o de imprimir una dirección a la
mente y a la enseñanza de Krishna, sino en el de proveer la base de una total
seguridad de amor. Él había visto cómo el fuego ardía en ella y luego quedaba
reducido a brasas, pero el cálido y abnegado amor de Mrs. Besant fue tal vez el
único factor constante en la juventud de Krishna.
Con
la disolución de la Orden de la Estrella, el grupo de jóvenes que siempre había
rodeado a Krishna se dispersó. La organización de sus planes de viaje y de sus
pláticas estuvo por un tiempo dividida entre Jadunandan Prasad, un joven y muy
querido colaborador, y Rajagopal. La súbita muerte de Jadu en 1931 a la edad de
treinta y cinco años, dejó a Krishna con pocos compañeros. Muchos de los que
habían abandonado con él la Sociedad Teosófica se sintieron perdidos y
desesperados; la Sociedad había provisto albergue, consuelo y un propósito en
la vida. El dinero era escaso.
Jadu había sido un íntimo amigo
Krishna escribió a Padmabai Sanjeeva Rao, en Varanasi, compartiendo su pena.
Estas cartas descubren la mente de Krishna en los días que siguieron a su
ruptura con la Sociedad Teosófica. El 30 de agosto de 1931, escribió:
Mi muy querida Akkaji:
¿No
es terrible que Jadu se haya ido? Es algo realmente trágico, y puedo imaginar,
querida Padmabai, qué es lo que usted debe estar sintiendo y lo deprimida que
debe estar. Apenas si puedo creer que una cosa así sea posible. Jadu estaba
recién asentándose en su trabajo, y no tiene usted idea de cuánto le encantaba
su gira y del éxito que había logrado en ella. Me enteré durante el campamento
al recibir un cable de John Ingleman: Jadu sufría un golpe de calor y su
presión sanguínea era de 220; unos pocos días después, un nuevo cable decía que
estaba mejorando firmemente. Nos sentíamos naturalmente ansiosos al respecto,
pero él no pensaba que se estuviera preparando nada serio. Cuando vine aquí
recibí un cable del cual usted ya tiene conocimiento. Akkaji, debe usted haber
experimentado un choque muy doloroso y desearía estar a su lado, pero...
En su
carta ‑se la agradezco muchísimo usted fue profética al preguntarse cuántos de
nosotros estaríamos vivos cuando todos volviéramos a encontrarnos. Nitya se ha
ido y así lo ha hecho Jadu. ¡Jadu era tan ingenioso, tan querido por todos! Y
era muy inteligentemente crítico. Lo echaremos mucho de menos y, mi queridísima
Padmabai, todo mi amor está con usted.
Todos
ustedes están abatidos, y éste será otro golpe terrible Akka, somos tan pocos
que hemos de trabajar juntos y en armonía y tenemos que cambiar y comprender
que existe algo infinitamente más grande que el nacimiento y la muerte. Tenemos
que comprenderlo, y el esfuerzo es colosal. Desearía estar con usted, pero así
son las cosas. La vida es así, y es cruel si no somos los amos de ella.
Quisiera
estar a su lado, queridísima Akka2.
La
respuesta de Padmabai debe haber expresado la profunda angustia que sentía,
porque en otra carta del 29 de septiembre, Krishna se refiere a su propio dolor
por la muerte de Nitya, a su investigación en la causa del dolor y al
deslumbrante despertar:
Mi
queridísima Padmabai:
Muchísimas gracias por su carta. Yo sé, Padmabai, la lucha que debe
usted estar sosteniendo, Akkaji, porque nosotros deseamos el amor a través de
una persona solamente, y la muerte oscurece nuestro amor. Siempre existirá la
muerte en tanto nuestra comprensión esté limitada por una perspectiva personal
y egotista. Yo le digo, querida Akkaji, que mientras exista la conciencia de
uno mismo, existirán la muerte, la soledad y el dolor. Pasé por esto cuando
murió Nitya, y comprendí qué es lo que está detrás del dolor, la causa de él.
He defraudado a la muerte. Por lo tanto, Akkaji, es el momento de comprender en
medio de este dolor y de esta desolación. Usted tiene que comprender, ahonde en
lo más profundo y verá, Padmabai querida, que hay algo más permanente, más
eterno que todas las personas. Todos hemos de morir, y mientras se encuentra
usted en medio de este dolor, es éste el momento de comprender. No lo posponga,
Akkaji. Tiene que buscar la salida en medio de la penumbra, y no esperar o
dejar que el dolor devore su corazón y la soledad oscurezca su sonrisa. Esté,
pues, ansiosa de comprender, Padmabai, aunque ello lastime. Desprenda su mente
de la soledad y del dolor y examínelos; verá que al librar su propia
conciencia, estará usted más allá del nacimiento y la muerte. Inténtelo,
querida Padmabai, y no diga que éstas son meras palabras.
Desearía estar con usted, tal vez pudiera ayudarla. Oh, Padmabai, no
tiene usted idea de la felicidad que implica el verdadero amor impersonal.
Está
usted en mis pensamientos y en mi corazón.
Todo
mi amor, mi queridísima Padmabai. Mi amor para todos.
Krishna
Sus
cartas expresan añoranza por la India; poco a poco se estaba alejando de sus
íntimos amigos en Occidente, a los que había conocido desde que era un
muchacho. En la carta que escribió desde Ojai decía que estaba solo,
descansando y entrando en estados de Samadhi.
(Samadhi: Un estado de liberación
final, en el que la entidad del ego ha cesado de existir y el buscador ha
desaparecido. Es un estado de unión con el cosmos).
Mi
queridísima Padmabai:
Le
agradezco muchísimo su carta del 29 de octubre. Lamento profundamente que esté
pasando por estos malos momentos, y desearía estar ahí para ayudarla. Sería
bueno hablar sobre algunas cosas, pero eso ha de esperar hasta que volvamos a
encontrarnos, lo cual no será sino hasta fines del año próximo. He estado solo
conmigo mismo por las últimas dos semanas, repasando los pensamientos de los
años pasados. Desearía poder tener con usted una buena conversación, que es
mucho mejor que escribir.
Este
lugar es magnífico, y un día (?) usted tiene que venir aquí. Estoy tomando un
descanso completo y entro en estados de samadhi.
Sólo veo a la gente los domingos, y los demás días los dedico a la reflexión
Rajagopal y Rosalind se encuentran en Hollywood, puesto que Rajagopal debe
atender su reumatismo que está bastante mal.
Me
entero de que Amma está muy enferma y que no se espera que viva mucho. Rama Rao
me escribió que está sorda como una tapia y que apenas si puede reconocer. Eso
es trágico, y me pregunto qué va a pasar con la Sociedad Teosófica...
Con todo mi amor,
Krishna
Rama
Rao, el amigo de Krishna, había perdido la vista y estaba seriamente enfermo.
Con la muerte de Jadu, Krishna se volvió hacia Rajagopal y la esposa de éste,
Rosalind (se habían casado en 1927) que seguían a su lado y estaban libres para
viajar con él a través de los continentes.
Mientras Nitya vivía, el papel de Rajagopal en la vida del joven profeta
fue periférico ‑Nitya se había hecho cargo de todos los asuntos organizativos
relacionados con la labor de Krishnamurti. La muerte de Nitya creó un vacío
funcional que debía ser llenado. Inevitablemente, primero Jadu y después
Rajagopal, se encargaron de ello, planificando conferencias y giras y
estableciendo la infraestructura para sostener su futuro trabajo. El casamiento
de Rajagopal con Rosalind, una amiga muy intima de Nitya, hizo que Rajagopal se
acercara más a Krishnamurti. Pronto Arya Vihar en Ojai se convirtió para ellos
en el hogar permanente.
Una
relación nacida de un acto de amistad destinado a proteger al joven y
vulnerable Krishnamurti ‑cuya falta de mundanalidad hacía necesaria la
protección poco a poco fue experimentando un cambio inmenso. En el período más
temprano de su vida, protegido por Mrs. Besant, él era el ‘esperado Instructor
del Mundo’, y las actitudes de los camaradas de Krishnaji reflejaban la
conciencia de este hecho y un estado de reverencia. Siempre había una distancia
entre el Instructor del Mundo y sus discípulos.
Sin
embargo, con la disolución de las organizaciones y la negación de toda
jerarquía espiritual por parte de Krishnamurti, eran inevitables actitudes
nuevas. Lentamente, la distancia entre el maestro y sus colaboradores se
acortó. Pronto Rajagopal y Rosalind asumieron el papel de guardianes, sarvadhikaris, poseedores de la
autoridad en torno al joven profeta, haciéndose cargo de todas las decisiones
que debían tomarse en la vida personal de Krishnamurti y en el trabajo
relacionado con la enseñanza. El tímido y vacilante joven que tentaba el camino
en el iridiscente océano de energía que se liberaba en su interior, buscando a
tientas las palabras que pudieran contener sus observaciones y percepciones,
estaba totalmente desinteresado de los asuntos del mundo. Se sentía feliz de
poder dejarlo todo en las competentes manos de Rajagopal. K parecía vago,
pasivo, cándido e incluso inmaduro. Sus primeros discípulos, viviendo en la
estrecha proximidad de Krishnamurti, lo encontraban ansioso de realizar los
quehaceres más humildes, y esto les empañaba la visión. Perdieron así contacto
con la inmensidad, y más adelante empezaron a tratarlo como un niño al que
podían regañar, ignorar, intimidar y decirle qué debía hacer y con quién debía
encontrarse.
Forma
parte de la mística de Krishnamurti que, una y otra vez, él permitió esto. Su
misma naturaleza imposibilitaba cualquier respuesta o acción agresiva o de
afirmación propia. Jamás perdió esa disposición de ánimo. Su mente dúctil, su
ausencia de ego y su total confianza en quienes le rodeaban, hacían factible
que los otros dieran por hecho que él lo aceptaba todo. Firmaría cualquier
papel que le pusieran delante sus íntimos aliados, e incluso a veces haría eco
a las irracionalidades de ellos. Esto condujo a declaraciones y acciones
aparentemente contradictorias que confundían a sus amigos. Sin embargo, cuando
parecía estar totalmente rodeado y dominado, la situación estallaba dejando a
Krishnamurti intacto, libre para seguir su propio camino; mientras que aquellos
que lo dominaban, solían quedar enojados, confundidos y a menudo quebrantados.
Entre
1933 y 1939, Krishnamurti viajó varias veces a la India, ofreciendo pláticas
ante auditorios bastante numerosos. Con la muerte de Mrs. Besant en 1933 y la
elección, en 1934, de George Arundale como presidente de la Sociedad Teosófica,
se interrumpió todo contacto entre Krishnamurti y la Sociedad. Krishnamurti se
había referido a la Sociedad Teosófica como una creencia organizada, “y la idea
de un Maestro conduciendo al hombre hacia la Verdad, no es creíble para mí”3.
El
mundo y los medios de prensa habían perdido interés en el ‘Instructor del
Mundo’ después de que éste rechazara el papel que la Sociedad Teosófica había
concebido para él. Por largo tiempo su nombre desapareció de los periódicos y
él llevó una vida de anonimato.
Hacia
fines de aquellos años, una nueva fundación, la Krishnamurti Writings Inc.
(K.W.I.), se estableció con sede central en Ojai. Krishnamurti fue su Jefe
nominal, pero Rajagopal jugaba el papel de pivote, determinando quiénes serían
los miembros del nuevo cuerpo y fijando las áreas de operaciones. Sin embargo,
había un área donde el joven profeta, por vacilante que pudiera ser, se negaba
a permitir cualquier intromisión. Era en el desarrollo y florecimiento de la
mente nueva, y en el campo silencioso de percepción que estaba naciendo.
Krishnamurti se encontraba en Ojai cuando estalló la Segunda Guerra
Mundial en Europa. Por casi ocho años vivió en Ojai en un relativo aislamiento.
La guerra restringió sus movimientos, y ya no fue posible que siguiera
viajando. Había sido citado por la Junta de Reclutamiento de los Estados
Unidos, y tuyo que dar explicaciones detalladas de por qué no podía combatir y
unirse al ejército. La Junta sugirió que regresara a la India. El estuvo de
acuerdo y pidió que lo enviaran de regreso, pero no había transportes. De modo
que le dejaron quedarse, pero se le prohibió ofrecer pláticas y tenía que presentarse
regularmente a la policía.
Al
cabo de un tiempo, Krishnamurti habría de referirse a estos años olvidados en
Ojai. Él apreciaba sus paseos en el silencio de las montañas que rodean el
Valle de Ojai. Caminaba “enormemente” por millas inacabables, pasando días
enteros en la soledad, olvidado de la comida, escuchando y observando,
sondeando el mundo interior y el que le rodeaba. Narró episodios de encuentros
con osos salvajes y serpientes de cascabel que él enfrentaba sin movimiento
alguno del cuerpo y de la mente. La bestia salvaje solía detenerse, con sus
cautelosos y vigilantes ojos enfrentándose por varios minutos a los quietos
ojos de K; el animal, percibiendo una total ausencia de temor, daba la vuelta y
se alejaba.
La
mente observadora de Krishnamurti, libre de cualquier tendencia o presión
interna, florecía; y con ello una elemental percepción, una conciencia
mente-cuerpo a través de la cual el suelo, las rocas, los árboles, las tiernas
hojas, los insectos, los reptiles, los pájaros, los animales comunicaban la
historia de la tierra y el misterio de un insondable abismo de tiempo. Él dijo:
“Cuando paseo no pienso, no hay pensamiento. Sólo observo... Considero que mis
paseos solitarios tienen que haber servido para algo”.
Krishnamurti se recordaba cuidando el jardín en Arya Vihar, cultivando
rosas y vegetales, ordeñando vacas, lavando platos. Su intenso interés en las
cosas mecánicas, que él había desarrollado desde la niñez, habría de continuar;
disfrutaba desarmando relojes y motores de automóviles para entender su
funcionamiento, y armándolos después nuevamente. Algunos de sus amigos le
habían obsequiado un automóvil. La gasolina era escasa, pero toda vez que
podía, Krishnamurti gozaba manejando a una velocidad tremenda por los caminos
del valle llenos de curvas.
Informaciones de la guerra y de la devastación ocasionada por las bombas
atómicas en Hiroshima y Nagasaki, lo llenaron de un horror inexpresable, pero
despertaron intensas percepciones sobre la naturaleza de la violencia y el mal.
Esto se hizo especialmente vívido para él un día en que llegó hasta las
proximidades de Santa Bárbara. Se le acercó una mujer ofreciéndole recuerdos
del Japón. Krishnamurti rehusó, pero ella insistió mostrándole lo que llevaba
en su caja ‑la abrió poniendo al descubierto una oreja y una nariz humana
disecadas.
Miss
Muriel Payne, que afirmaba haber cuidado a Krishnamurti en Ojai cuando estuvo
muy enfermo, me contó que la respuesta de él a la devastación y crueldad de la
guerra, había sido traumática. Preguntaba repetidamente: “¿Para qué sirve lo
que hablo?” Y buscaba refugio en la soledad de las montañas, con los árboles y
los animales. Pasó varias semanas sólo, en una choza en Wrightwood, en las
montañas de San Gabriel cerca de Los Angeles, y en Sequoia, más al norte. Se
había dejado crecer la barba.
Krishnaji rememoraba la rutina de su vida en la escasamente amueblada
cabaña en medio del bosque. Solía despertarse temprano en la mañana, daba un
largo paseo, se preparaba el desayuno, lavaba los platos y aseaba la casa, y
por una hora todos los días meditaba escuchando la Novena Sinfonía de Beethoven
(la única grabación que pudo conseguir). No había libros. Por las tardes
cantaba himnos en sánscrito que recordaba de su temprana infancia. El favorito
era uno dedicado a Daksinamunti-Shiva como el gurú supremo. El sonido del
sánscrito surgía desde las profundidades de su vientre; era un sonido virgen
que llenaba los bosques y que escuchaban los pinos y las antiguas secoyas, el
zorrillo, el oso y la serpiente de cascabel. Una araña compartía la choza con
él. Todas las mañanas Krishnamurti deshacía la telaraña, en la que estaban
atrapadas moscas y otros insectos. Recogiendo cuidadosamente a la araña la
colocaba fuera de la choza, pero cada mañana aquella había regresado y estaba
otra vez hilando su tela4. Un verso de los Upanishads, aprendido en la niñez, puede haber acudido a su mente:
“Como una araña emerge desde sus propios hilos/ así también desde este ser toda
vida alienta/ y todos los mundos, todos los dioses y todas las criaturas
contingentes/ surgen y se expanden en todas las direcciones”5.
Por
días continuó el ritual entre la araña y Krishnamurti, una comunicación sin
palabras; entonces un día Krishnamurti le dijo a la araña: “Paz, compartamos la
choza”.
Krishnamurti tenía visitantes ocasionales. Aldous Huxley, que se había
establecido en California y estaba perdiendo la vista, paseaba con Krishnamurti
por largas horas. A veces hablaban de los sentidos y de la ceguera.
Krishnamurti ayudó a Huxley; el poder de curar estaba activo. Lo usó parcamente
y en secreto; se mostraba más bien tímido al respecto y se disculpaba aun antes
de hablar de ello.
Muchos años después, al preguntársele qué quería decir cuando hablaba de
todos los sentidos operando simultáneamente, Krishnaji habló de un amigo ciego
a quien conoció mientras estuvo viviendo en los cerros. Ellos habían tratado el
tema de los sentidos. Luego, solo en la choza, Krishnamurti pasó una semana con
los ojos vendados para ver qué sucedía cuando un sentido de los que uno
dependía era negado. Contó que, al estar plenamente alerta cada poro de su
cuerpo, y todos los sentidos operando intensamente, ello compensaba el sentido
faltante. Habló de que todo tenía que estar en su justo lugar, interna y
externamente.
Hay
también indicaciones de que en esa época estuvo experimentando con muchas de
las rígidas austeridades del yoga ‑ayunando por largos períodos; observando
completo silencio durante días; clausurando con las dos manos los órganos de
los sentidos para tapar la visión, el sonido y la respiración, despertando así
a las vastas reverberaciones del sonido interno. Pero desechó estas posturas
del yoga, considerándolas un juego superficial e insignificante.
La
luminosa belleza y la dramática y legendaria juventud de Krishnamurti, habían
despertado la curiosidad y el interés de un número de escritores, actores e
investigadores que, además de Huxley, se habían asentado en y alrededor de Los
Angeles. Gerald Heard, que estaba ahondando en la investigación religiosa de la
India, fue uno de los primeros místicos occidentales que se estableció en
California. Era amigo de Huxley, Krishnamurti, Christopher Isherwood y
Prabhavanand, un monje de la misión Rama Krishna. Huxley y Heard habían llegado
a ser íntimos amigos de Krishnamurti. Fue una relación curiosa. Krishnamurti, a
fines de la década del 30 y a comienzos de la del 40, era muy tímido, y quizá
no había permitido que lo infinito que había dentro de él se revelara. De otro
modo, es imposible entender el comentario que María Huxley hizo a su respecto.
Dijo él durante los años 1938 a 1939: “Es encantador y divertido y tan sencillo
¡Cómo debe sufrir cuando lo tratan como a un profeta!”6.
Aldous Huxley y su primera esposa, María, gustaban de los picnics, igual
que Krishnamurti. Anita Loos, escribiendo sobre Los Angeles a fines de los años
30; relata un incidente que, como ella lo expone, “podía haber tenido lugar en
‘Alicia en el País de las Maravillas’” En uno de tales picnics, los invitados
incluían a los Huxley y a Krishnamurti; a Greta Garbo, vistiendo un desaliñado
par de pantalones masculinos y un maltratado sombrero; a Charlie Chaplin y a su
bella esposa Paulette Goddard vestida con un conjunto mexicano de prendas
campesinas; a Bertrand Russell (que es descrito por Anita Loos, como “un
espíritu travieso de parranda”); y al escritor Christopher Isherwood.
No
pudiendo encontrar un sitio adecuado para el picnic, finalmente descendieron
hasta el polvoriento lecho del río Los Angeles. Mientras procedían a preparar
sus comidas especiales ‑Greta Garbo portando manojos de vegetales crudos,
Goddard con su champaña y su caviar, Krishnamurti con su arroz de pronto
apareció un fornido policía y preguntó: “¿Qué diablos está pasando aquí?”
Ellos
interrumpieron todos los preparativos, “pasmados y silenciosos”. Se presentó un
sheriff portando un rifle. “¿Nadie en esta pandilla sabe leer?”, le preguntó a
Aldous Huxley, señalándole un letrero que decía: “Se prohibe intrusos”. Huxley
se excusó con el sheriff prometiendo asear el lugar y dejar el lecho del río
más limpio que como lo encontraron. El sheriff se estaba enojando y le dijo a
Huxley “¡Andando! y eso significa ¡ya!” Huxley, pensando que podría apaciguar
al sheriff mencionando a algunas de las celebridades, lo hizo señalando a
Charlie Chaplin y Greta Garbo”.
“¡No
me salga con eso!” gruñó el sheriff. “He visto a estos astros en las películas
y ninguno de ellos pertenece a este grupo. ¡Váyanse de aquí, vagos, o arrestaré
a todo el montón!” Y así, cuenta Anita Loos, “plegamos nuestras carpas como los
árabes, y nos escabullimos...”7
A
mediados de los años 40, Krishnamurti y Huxley se habían vuelto íntimos amigos.
Se encontraban a menudo y daban largos paseos. Huxley hablaba y Krishnamurti
escuchaba. Huxley estaba perplejo; su formidable intelecto encontraba difícil
comprender la dúctil fuerza de una mente nacida de la percepción no contaminada
por el pensamiento. A su vez, Huxley escuchaba y aprendía a estar en silencio
cuando Krishnamurti hablaba de la percepción, del tiempo y del estado de
alerta. Que la mente de Krishnamurti interesaba a Huxley es obvio. En uno de
los paseos, le dijo a Krishnamurti “que lo daría todo por una percepción
directa de la verdad, pero que su mente era incapaz de tenerla. Estaba
demasiado llena de conocimientos”. Christopher Isherwood relata una
conversación que sostuvo con Huxley. Isherwood le había estado hablando a
Huxley de las instrucciones para la meditación que le había entregado su gurú,
Swami Prabhavanand, “lo cual impulsó a Aldous a decirme que Krishnamurti nunca
meditaba sobre ‘objetos’ como flores de loto, luces, dioses y diosas, y que
incluso creía que hacer eso podía conducir a la demencia”8.
Rememorando su relación con Huxley y Gerald Heard, Krishnamurti dice:
“Yo era terriblemente tímido. Todos ellos eran tremendamente intelectuales. Yo
los escuchaba, interpolando una o dos manifestaciones”9. Gran parte
de la correspondencia entre Krishnamurti y Huxley, y las notas tomadas por
Huxley, se quemaron en un incendio que destruyó la casa de éste y todas sus
grabaciones. Más adelante, Huxley escribiría la Introducción al libro de
Krishnamurti ‘La Libertad Primera y
Última’. En 1961, justo antes de su muerte, Huxley escuchó hablar a
Krishnamurti en Saanen, Suiza. En una carta a un amigo, describe eso como “algo
que está entre las cosas más impresionantes que yo haya escuchado jamás... era
como escuchar el discurso del Buda ‑tal poder, tal autoridad intrínseca, tan
inflexible rechazo a permitir al hombre medio sensual cualquier tipo de escapes
o sustitutos, cualquier tipo de gurús, salvadores, führers, iglesias”. Yo les
muestro el dolor y la terminación del dolor, y si ustedes no satisfacen las
condiciones para terminar con el dolor, estén preparados, cualesquiera que sean
los gurús, las iglesias, etc. en que puedan creer, para la indefinida
continuación del dolor”10.
Krishnamurti recordaba que en Ojai, durante los años de la guerra, había
visitado a Gerald Heard en ‘Trabuco’, “un club para místicos” edificado a cinco
millas de Los Angeles por Gerald Heard y Félix Green, un sinólogo inglés que
también se interesaba en la investigación religiosa de la India. Gerald Heard,
que había sido elocuentemente descrito por Christopher Isherwood como “uno de
los pocos grandes constructores [en el mundo] de mitos mágicos y reveladores
del prodigio de la vida”11, había edificado un retiro con una sala
de meditación que daba sobre el Océano Pacifico. Krishnamurti visitó ‘Trabuco’
por una semana a invitación de Gerald Heard. Describiendo a ‘Trabuco’ para
nosotros, Krishnamurti habló del parecido que tenía con un monasterio trapense ‑excepto
que aquí las personas podían venir para un retiro y no quedaban atrapadas por
el resto de sus vidas. Las sesiones de meditación tenían lugar unas seis veces
al día. A los residentes se les permitía conversar en las mañanas, pero después
del almuerzo se imponía un silencio estricto. Krishnaji se unió a las sesiones
de meditación; sentado con las piernas cruzadas sobre el piso durante cuatro
horas en la oscurecida sala de meditación, percibía los agitados pensamientos
en las mentes de quienes meditaban alrededor de él. La intensa oscuridad era
usada como una ayuda para crear la mente silenciosa. La atmósfera misteriosa y
los caóticos, excitados pensamientos de los otros invitados, perturbaron
grandemente a Krishnamurti, quien no volvió a visitar ‘Trabuco’ nunca más.
Tal
vez el más perspicaz de los comentarios provenientes de ‘extraños’ que vivieron
en la costa del Pacífico en los años 40 y 50, fue el de Henry Miller, el
obsceno, tempestuoso escritor de algunas de las más bellas prosas surgidas en
Norteamérica durante el siglo veinte. En sus últimos años Miller se convirtió
en un recluso y vivió en el Gran Sur, sobre la costa meridional de San Francisco.
Jamás había conocido a Krishnamurti; pero después de leer un libro sobre
Krishnamurti escrito por Carlo Suarez, Miller expresó:
Krishnamurti
ha renunciado más que ningún hombre en quien yo pueda pensar excepto Cristo.
Fundamentalmente, él es tan sencillo de entender, que es fácil comprender la
confusión que sus claras, directas palabras y acciones han ocasionado. Los
hombres son renuentes a aceptar lo que puede captarse con facilidad.
Jamás he conocido personalmente a Krishnamurti, aunque no existe ningún
hombre viviente a quien más privilegiado me sentiría de conocer.
Su
trayectoria, única en la historia de los líderes espirituales, recuerda la de
la famosa epopeya de Gilgamesh. Aclamado en su juventud como el futuro
Salvador. Krishnamurti renunció al papel que habían preparado para él, desdeñó
a todos los discípulos, rechazó a todos los mentores y preceptores. No inició
una nueva fe o un nuevo dogma, lo cuestionó todo, cultivó la duda
(especialmente en los momentos de exaltación) y, a pura lucha heroica y
perseverancia, se liberó a sí mismo de la ilusión y el hechizo, del orgullo, de
la vanidad, y de toda forma sutil de dominio sobre otros. Llegó hasta la fuente
misma de la vida para encontrar sustento e inspiración. El resistir los ardides
y acechanzas de aquellos que buscaban esclavizarlo y explotarlo, le exigió
eterna vigilancia. Él liberó su alma, por así decirlo, de la tierra y del
cielo, abriendo de ese modo para ella “el paraíso de los héroes”.
¿Es,
acaso, necesario definir este estado?12
En
1945, cuando terminó la guerra, Krishnamurti tenía que ir a Nueva Zelandia,
pero cayó muy enfermo. Padecía dificultades urinarias, tenía fiebre alta y
permanecía inconsciente por largos períodos. Es posible que algunos de sus
inmensos cambios psíquicos ocurrieran en él durante esta enfermedad. Él había
de haberse recuperado por sí mismo, de que el cuerpo fue dejado solo. Los
médicos lo vieron, pero parecían incapaces de diagnosticar su enfermedad y no
le prescribieron medicina alguna