domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXXVIII “¿ES POSIBLE CONSERVAR EL CEREBRO MUY JOVEN?”



Capítulo XXXVIII
“¿ES POSIBLE CONSERVAR EL CEREBRO MUY JOVEN?”

   El 14 de enero de l.981, Krishnaji ofreció una plática pública en Vasanta Vihar, Madrás. Hablando del cerebro, preguntó: “¿Es posible conservar el cerebro muy joven? ¿Es posible que el cerebro se rejuvenezca a sí mismo? Este cerebro tan viejo, con sus infinitas capacidades; un cerebro que ha evolucionado en el tiempo a través de las presiones sociales y económicas; el cerebro que es un instrumento extraordinario, que controla todo el pensar, todas las actividades, todas nuestras operaciones sensorias... ¿puede ese cerebro volverse por completo inocente? Uso la palabra ‘inocente’ en el sentido de ‘lo que no puede ser lastimado’”. Les pidió a cada uno de sus oyentes que no aceptaran lo que él decía, sino que observaran la propia mente, el cerebro que es muy, muy sutil. “¿Podemos”, preguntó, “retar al cerebro a fin de que, por sí mismo, descubra si tiene la capacidad, la energía, el impulso, la intensidad para romper esta continuidad del pasado de modo que, en esa terminación misma, las propias células cerebrales experimenten un cambio, una transformación?” Estaba indagando profundamente.
   “El pensamiento es un proceso material; el pensamiento es el resultado de la memoria, de la experiencia, del conocimiento almacenado en las células cerebrales. Y ha funcionado continuamente. El pensamiento, la memoria, forman parte del cerebro. El cerebro es material; este cerebro contiene la memoria, el conocimiento de las experiencias, de lo cual surge el pensamiento. De modo que el pensamiento tiene su continuidad, que se basa en el conocimiento, en el pasado; y ese pasado está operando todo el tiempo, modificándose en el presente y continuando. En esta continuidad, el pensamiento ha encontrado una seguridad inmensa en las creencias, en la fe. Esta fe contiene un sentimiento de hallarse protegido ‘en el seno de Dios’. Esta es una ilusión. Cualquier alteración en esa continuidad, es el reto; cuando el pensamiento no puede responder apropiadamente, encuentra que su seguridad ha sido perturbada”. Hizo una pausa y permaneció silencioso, escuchándose a sí mismo.
   “Observen esto en ustedes, obsérvenlo cuidadosamente. Nos preguntamos si el cerebro ‑que es el cerebro de todos los seres humanos, desarrollados a través de tiempos inmemoriales, condicionado por las culturas, por las religiones, por las presiones sociales y económicas­ nos preguntamos si ese cerebro, que ha tenido hasta ahora una continuidad ilimitada, puede descubrir una terminación de la continuidad como tiempo”. Pidió a los oyentes que no se sintieran estimulados por sus palabras, porque en ese caso dependían de él: “Entonces quien les habla se convierte en la autoridad de ustedes, en el gurú. Lo que se requiere es que cada cual sea luz para sí mismo, que no acepte la luz de otro”.
   Aludió a la muerte como una total terminación y destrucción del cerebro, la cesación para una continuidad de la vida. “Para comprender esto”, dijo, “¿podemos examinar ‘lo que es’? ‘Lo que es’ nuestra vida, nuestra vida cotidiana. A través de los tiempos nos hemos aferrado a una continuidad de la vida. Nunca nos preguntamos cuál es el significado de la muerte. Hemos puesto a la muerte en oposición a la vida. Pero la continuidad implica tiempo, el movimiento del pensar. El tiempo implica movimiento ‑de aquí para allá, para llegar psicológicamente desde esto que no es hermoso a aquello que es hermoso­.
   “Para descubrir lo que es la muerte, ¿puede cesar esa continuidad? ¿Puede llegar a su fin el sentido de duración?” Hizo una pausa.
   “La muerte le dice a uno, ‘termina con ello’, termina con tus apegos completamente, porque eso es lo que va a suceder cuando dejes de respirar. Vas a dejar todo detrás.
   “De modo que la muerte implica el fin del apego. Es sólo en el fin que existe un principio.
   “Solamente entonces puede el cerebro descubrir por sí mismo una calidad de movimiento que está completamente libre del pasado”.
   Krishnaji formuló una pregunta a sus oyentes: “Si no hay una terminación, ¿qué le ocurre a la mente, a todo el movimiento de la conciencia ‑la conciencia de ustedes o la mía, la conciencia del hombre­? ¿Qué ocurre con nuestra vida cotidiana? La vida es como un vasto río en el cual hay pena, dolor, ansiedad. Cuando la parte muere, la corriente continúa. Uno es la manifestación de la corriente, con su nombre, etc. Pero uno sigue formando parte de esta corriente. Y estamos diciendo: ¿Puede uno terminar con esa corriente? ¿Entienden? Porque el ‘yo’ es la continuidad. El ‘yo’ es el resultado ‑no sólo genéticamente­ de aquello que ha sido transmitido de generación en generación desde hace milenios. Es una continuidad, y lo que es continuo es mecánico. Observamos a una persona que nos ha insultado o elogiado. El cerebro registra. Y así uno nunca ve realmente. Este registro es el que da la continuidad.
   “Estamos echando los cimientos para descubrir qué es la meditación. La comprensión de nosotros mismos es parte de esta meditación. En la comprensión del dolor, de la pena, de la ansiedad, del temor, uno ve que la conciencia es su contenido ‑la tradición, el nombre, la posición, etc.­ ¿Puede esta conciencia en la que se encuentra el cerebro, esta conciencia que forma parte de la mente ‑puede esta conciencia comprender su contenido, comprender su sentido de duración, y tomar una parte de sí misma, como el apego, y terminar con esto voluntariamente­? O sea, ¿puede uno romper la continuidad? O bien, ¿es posible registrar solamente aquello que es necesario, y nada más?
   “El conocimiento es siempre limitado. De este modo, habiendo el cerebro encontrado seguridad en el conocimiento, se aferra a él y traduce cada suceso conforme al pasado. En el movimiento de cesación de la continuidad, hay orden completo. La percepción de esto es la revolución en la estructura del cerebro”.
   Las palabras de Krishnaji fluían. “Es el cerebro el que lo pone todo en su exacto lugar. Entonces, en el discernimiento total del movimiento completo de la conciencia, la actividad y las estructuras del cerebro experimentan un cambio. Cuando uno ve algo por primera vez, una nueva función comienza a operar. Nuestro brazo, este brazo se ha desarrollado a causa de la función. Así, cuando el cerebro descubre algo nuevo, nace una nueva función, un órgano nuevo.
   “Es necesario que la mente, el cerebro se vuelva muy joven, vital, fresco, inocente. Esto sólo es posible cuando no hay registro psicológico”, dijo K.
   Luego habló del amor y la meditación. “¿Tiene el amor una continuidad? ¿Es deseo el amor? ¿Puede el amor nacer como el fresco rocío de la mañana? No puede si el amor tiene una continuidad; por favor, investíguenlo. El amor no existe en el corazón de ustedes, por eso el mundo se encuentra en semejante confusión.
   “Para dar con el amor, toda la corriente de la conciencia tiene que cesar. Siendo la conciencia nuestros celos, nuestro antagonismo, nuestra ambición, el deseo de llegar a ser más grande, de buscar el poder. Cuando hay el más leve sentimiento egoísta, lo otro no existe. Y la esencia del egoísmo es el proceso de registrar psicológicamente. La terminación del dolor es el comienzo de la compasión.
   “¿Podemos ahora hablar de la meditación? Hay diversas cosas implicadas en la meditación. Tiene que haber espacio, no sólo el espacio físico sino el espacio dentro de la mente. Todas nuestras mentes están ocupadas. Esta ocupación es como la del ama de casa con su cocina, con sus hijos, como la de un devoto con su dios, un hombre con su empleo, su sexo, etc. La mente está totalmente ocupada con eso, por lo tanto carece de espacio interno. Si no hay orden en la relación de ustedes con la esposa, con los hijos, mejor olvídense de la meditación. Pero el orden absoluto puede mirar el orden cósmico ‑ese orden tiene relación con el orden cósmico­. El orden cósmico implica la puesta del sol y de la luna, el maravilloso cielo nocturno con toda su belleza. Pero el mero examinar el cosmos, el universo, a través de un telescopio, no es orden. El orden está aquí, en nuestra vida. Entonces ese orden tiene una relación extraordinaria con el universo”.

   Cierta noche, un sadhu barbudo, de pies desnudos, vistiendo una túnica de color ocre y un paño atado alrededor de la cabeza, habló con Achyut, y más tarde durante la semana se entrevistó con Krishnaji. Pertenecía a la antigua secta de los Siddhas y vivía con un gurú en el distrito de Anantpur. Su gurú era viejo, y le había dicho a su discípulo que percibía la presencia mística de un gran ser que impartía enseñanzas en el mundo. “Me estoy muriendo”, dijo el gurú, “de modo que él será tu gurú; encuéntralo”. El discípulo había ido de aquí para allá en busca del verdadero maestro. Había visitado todos los ashrams, pero no estaba satisfecho. Entonces, en Madres oyó hablar de Krishnamurti y asistió a las pláticas. Sintiendo que había encontrado lo que buscaba, volvió a su gurú y le describió lo que había visto. El gurú confirmó así su percepción y le pidió que regresara a Madrás y a Krishnamurti. Más tarde, estando en Madrás, el sadhu supo que su gurú había muerto.
   Este sannyasi tenía conocimientos secretos sobre la alquimia de las plantas y sobre el uso de las hierbas en recetas medicinales. Conocía el momento del día o de la noche en que las plantas debían recogerse, sabía cómo guardarlas y los mantras que debían acompañar la preparación de las pociones. Un gran elemento de magia se manifestaba en lo que decía: que las plantas poseían inteligencia y percepción. Estas cualidades se revelaban sólo a quienes se acercaban apropiadamente a ellas. Le dijo a Achyut: “Una planta a la que uno se aproxima con codicia o deseo, desaparece y es imposible encontrarla. A las plantas y a las hierbas hay que hablarles. Es necesario tener su permiso antes de tocarlas, hay que dirigirse a ellas con humildad ‑‘¿Me permites que te toque, o quisieras que esperara?’­ Dan luz y fragancia a quienes se comunican con ellas”. Sus palabras tenían reminiscencias del misterioso carácter sagrado y del prodigio de las plantas como dadoras‑de‑vida, protectoras y contenedoras de energía, que se encuentra en los himnos del Atharva Veda. Krishnaji se mostró muy interesado en el hombre y en su sensibilidad, así como en su relación con las plantas.
   Achyut lo envió para que llevara las enseñanzas de Krishnamurti entre los Siddhas y las sectas ambulantes de los sadhus.