Capítulo
XXXVIII
“¿ES
POSIBLE CONSERVAR EL CEREBRO MUY JOVEN?”
El 14 de enero de l.981, Krishnaji ofreció una plática pública en
Vasanta Vihar, Madrás. Hablando del cerebro, preguntó: “¿Es posible conservar
el cerebro muy joven? ¿Es posible que el cerebro se rejuvenezca a sí mismo?
Este cerebro tan viejo, con sus infinitas capacidades; un cerebro que ha
evolucionado en el tiempo a través de las presiones sociales y económicas; el
cerebro que es un instrumento extraordinario, que controla todo el pensar,
todas las actividades, todas nuestras operaciones sensorias... ¿puede ese
cerebro volverse por completo inocente? Uso la palabra ‘inocente’ en el sentido
de ‘lo que no puede ser lastimado’”. Les pidió a cada uno de sus oyentes que no
aceptaran lo que él decía, sino que observaran la propia mente, el cerebro que
es muy, muy sutil. “¿Podemos”, preguntó, “retar al cerebro a fin de que, por sí
mismo, descubra si tiene la capacidad, la energía, el impulso, la intensidad para
romper esta continuidad del pasado de modo que, en esa terminación misma, las
propias células cerebrales experimenten un cambio, una transformación?” Estaba
indagando profundamente.
“El pensamiento es un proceso material; el pensamiento es el resultado
de la memoria, de la experiencia, del conocimiento almacenado en las células
cerebrales. Y ha funcionado continuamente. El pensamiento, la memoria, forman
parte del cerebro. El cerebro es material; este cerebro contiene la memoria, el
conocimiento de las experiencias, de lo cual surge el pensamiento. De modo que
el pensamiento tiene su continuidad, que se basa en el conocimiento, en el
pasado; y ese pasado está operando todo el tiempo, modificándose en el presente
y continuando. En esta continuidad, el pensamiento ha encontrado una seguridad
inmensa en las creencias, en la fe. Esta fe contiene un sentimiento de hallarse
protegido ‘en el seno de Dios’. Esta es una ilusión. Cualquier alteración en
esa continuidad, es el reto; cuando el pensamiento no puede responder
apropiadamente, encuentra que su seguridad ha sido perturbada”. Hizo una pausa
y permaneció silencioso, escuchándose a sí mismo.
“Observen esto en ustedes, obsérvenlo cuidadosamente. Nos preguntamos si
el cerebro ‑que es el cerebro de todos los seres humanos, desarrollados a
través de tiempos inmemoriales, condicionado por las culturas, por las
religiones, por las presiones sociales y económicas nos preguntamos si ese
cerebro, que ha tenido hasta ahora una continuidad ilimitada, puede descubrir
una terminación de la continuidad como tiempo”. Pidió a los oyentes que no se
sintieran estimulados por sus palabras, porque en ese caso dependían de él:
“Entonces quien les habla se convierte en la autoridad de ustedes, en el gurú.
Lo que se requiere es que cada cual sea luz para sí mismo, que no acepte la luz
de otro”.
Aludió a la muerte como una total terminación y destrucción del cerebro,
la cesación para una continuidad de la vida. “Para comprender esto”, dijo,
“¿podemos examinar ‘lo que es’? ‘Lo que es’ nuestra vida, nuestra vida
cotidiana. A través de los tiempos nos hemos aferrado a una continuidad de la
vida. Nunca nos preguntamos cuál es el significado de la muerte. Hemos puesto a
la muerte en oposición a la vida. Pero la continuidad implica tiempo, el
movimiento del pensar. El tiempo implica movimiento ‑de aquí para allá, para
llegar psicológicamente desde esto que no es hermoso a aquello que es hermoso.
“Para descubrir lo que es la muerte, ¿puede cesar esa continuidad?
¿Puede llegar a su fin el sentido de duración?” Hizo una pausa.
“La muerte le dice a uno, ‘termina con ello’, termina con tus apegos
completamente, porque eso es lo que va a suceder cuando dejes de respirar. Vas
a dejar todo detrás.
“De modo que la muerte implica el fin del apego. Es sólo en el fin que
existe un principio.
“Solamente entonces puede el cerebro descubrir por sí mismo una calidad
de movimiento que está completamente libre del pasado”.
Krishnaji formuló una pregunta a sus oyentes: “Si no hay una terminación,
¿qué le ocurre a la mente, a todo el movimiento de la conciencia ‑la conciencia
de ustedes o la mía, la conciencia del hombre? ¿Qué ocurre con nuestra vida
cotidiana? La vida es como un vasto río en el cual hay pena, dolor, ansiedad.
Cuando la parte muere, la corriente continúa. Uno es la manifestación de la
corriente, con su nombre, etc. Pero uno sigue formando parte de esta corriente.
Y estamos diciendo: ¿Puede uno terminar con esa corriente? ¿Entienden? Porque
el ‘yo’ es la continuidad. El ‘yo’ es el resultado ‑no sólo genéticamente de
aquello que ha sido transmitido de generación en generación desde hace
milenios. Es una continuidad, y lo que es continuo es mecánico. Observamos a
una persona que nos ha insultado o elogiado. El cerebro registra. Y así uno
nunca ve realmente. Este registro es el que da la continuidad.
“Estamos echando los cimientos para descubrir qué es la meditación. La
comprensión de nosotros mismos es parte de esta meditación. En la comprensión
del dolor, de la pena, de la ansiedad, del temor, uno ve que la conciencia es
su contenido ‑la tradición, el nombre, la posición, etc. ¿Puede esta
conciencia en la que se encuentra el cerebro, esta conciencia que forma parte
de la mente ‑puede esta conciencia comprender su contenido, comprender su
sentido de duración, y tomar una parte de sí misma, como el apego, y terminar
con esto voluntariamente? O sea, ¿puede uno romper la continuidad? O bien, ¿es
posible registrar solamente aquello que es necesario, y nada más?
“El conocimiento es siempre limitado. De este modo, habiendo el cerebro
encontrado seguridad en el conocimiento, se aferra a él y traduce cada suceso
conforme al pasado. En el movimiento de cesación de la continuidad, hay orden
completo. La percepción de esto es la revolución en la estructura del cerebro”.
Las palabras de Krishnaji fluían. “Es el cerebro el que lo pone todo en
su exacto lugar. Entonces, en el discernimiento total del movimiento completo
de la conciencia, la actividad y las estructuras del cerebro experimentan un
cambio. Cuando uno ve algo por primera vez, una nueva función comienza a
operar. Nuestro brazo, este brazo se ha desarrollado a causa de la función.
Así, cuando el cerebro descubre algo nuevo, nace una nueva función, un órgano
nuevo.
“Es necesario que la mente, el cerebro se vuelva muy joven, vital,
fresco, inocente. Esto sólo es posible cuando no hay registro psicológico”,
dijo K.
Luego habló del amor y la meditación. “¿Tiene el amor una continuidad?
¿Es deseo el amor? ¿Puede el amor nacer como el fresco rocío de la mañana? No
puede si el amor tiene una continuidad; por favor, investíguenlo. El amor no
existe en el corazón de ustedes, por eso el mundo se encuentra en semejante
confusión.
“Para dar con el amor, toda la corriente de la conciencia tiene que
cesar. Siendo la conciencia nuestros celos, nuestro antagonismo, nuestra
ambición, el deseo de llegar a ser más grande, de buscar el poder. Cuando hay
el más leve sentimiento egoísta, lo otro no existe. Y la esencia del egoísmo es
el proceso de registrar psicológicamente. La terminación del dolor es el
comienzo de la compasión.
“¿Podemos ahora hablar de la meditación? Hay diversas cosas implicadas
en la meditación. Tiene que haber espacio, no sólo el espacio físico sino el
espacio dentro de la mente. Todas nuestras mentes están ocupadas. Esta
ocupación es como la del ama de casa con su cocina, con sus hijos, como la de
un devoto con su dios, un hombre con su empleo, su sexo, etc. La mente está
totalmente ocupada con eso, por lo tanto carece de espacio interno. Si no hay
orden en la relación de ustedes con la esposa, con los hijos, mejor olvídense
de la meditación. Pero el orden absoluto puede mirar el orden cósmico ‑ese
orden tiene relación con el orden cósmico. El orden cósmico implica la puesta
del sol y de la luna, el maravilloso cielo nocturno con toda su belleza. Pero
el mero examinar el cosmos, el universo, a través de un telescopio, no es
orden. El orden está aquí, en nuestra vida. Entonces ese orden tiene una
relación extraordinaria con el universo”.
Cierta noche, un sadhu
barbudo, de pies desnudos, vistiendo una túnica de color ocre y un paño atado
alrededor de la cabeza, habló con Achyut, y más tarde durante la semana se
entrevistó con Krishnaji. Pertenecía a la antigua secta de los Siddhas y vivía
con un gurú en el distrito de Anantpur. Su gurú era viejo, y le había dicho a
su discípulo que percibía la presencia mística de un gran ser que impartía
enseñanzas en el mundo. “Me estoy muriendo”, dijo el gurú, “de modo que él será
tu gurú; encuéntralo”. El discípulo había ido de aquí para allá en busca del
verdadero maestro. Había visitado todos los ashrams,
pero no estaba satisfecho. Entonces, en Madres oyó hablar de Krishnamurti y
asistió a las pláticas. Sintiendo que había encontrado lo que buscaba, volvió a
su gurú y le describió lo que había visto. El gurú confirmó así su percepción y
le pidió que regresara a Madrás y a Krishnamurti. Más tarde, estando en Madrás,
el sadhu supo que su gurú había
muerto.
Este sannyasi tenía conocimientos
secretos sobre la alquimia de las plantas y sobre el uso de las hierbas en
recetas medicinales. Conocía el momento del día o de la noche en que las
plantas debían recogerse, sabía cómo guardarlas y los mantras que debían acompañar la preparación de las pociones. Un
gran elemento de magia se manifestaba en lo que decía: que las plantas poseían
inteligencia y percepción. Estas cualidades se revelaban sólo a quienes se
acercaban apropiadamente a ellas. Le dijo a Achyut: “Una planta a la que uno se
aproxima con codicia o deseo, desaparece y es imposible encontrarla. A las
plantas y a las hierbas hay que hablarles. Es necesario tener su permiso antes
de tocarlas, hay que dirigirse a ellas con humildad ‑‘¿Me permites que te
toque, o quisieras que esperara?’ Dan luz y fragancia a quienes se comunican
con ellas”. Sus palabras tenían reminiscencias del misterioso carácter sagrado
y del prodigio de las plantas como dadoras‑de‑vida, protectoras y contenedoras
de energía, que se encuentra en los himnos del Atharva Veda. Krishnaji se mostró muy interesado en el hombre y en
su sensibilidad, así como en su relación con las plantas.
Achyut lo envió para que llevara las enseñanzas de Krishnamurti entre
los Siddhas y las sectas ambulantes de los sadhus.