EPÍLOGO
“¿Pero cómo os enterraremos?”
“Del modo que
gustéis”, dijo Sócrates,
“eso si
podéis agarrarme y no me deslizo
entre
vuestros dedos”.
-PHAEDO,
Los Últimos Días de Sócrates.
La historia de Krishnamurti ha terminado. El
17 de febrero de 1.986, diez minutos después de la medianoche, hora del
Pacífico, murió en la Cabaña de los Pinos, Ojai, donde había estado mortalmente
enfermo con cáncer de páncreas. Murió en la habitación que da frente al
pimentero, bajo el cual, hace sesenta y cuatro años, experimentó inmensas
transformaciones de conciencia.
Fue cremado en Ventura, California. Sus
cenizas se dividieron en tres partes: para Ojai, la India e Inglaterra. En la
India fueron depositadas en el río Ganges: en el medio de la corriente en
Rajghat, Varanasi; en Gangotri, el origen del río en lo profundo de los
Himalayas; y en la playa de Adyar en Madrás, donde fueron colocadas en un
estrecho catamarán sobre las turbulentas olas para que se sumergieran en el
océano.
Antes de morir, Krishnamurti había dicho que
el cuerpo después de la muerte, no tenía importancia. Como un leño, debía ser
consumido por el fuego. “Soy un hombre sencillo”, dijo, y como el de un hombre
sencillo tenía que ser su último viaje. No debía haber rituales después de su
muerte, ni plegarias, ni agitación, ni grandes procesiones ceremoniales. Ningún
tipo de monumento debía erigirse sobre sus cenizas. Bajo ninguna circunstancia
debía divinizarse al instructor. El instructor carecía de importancia; sólo la
enseñanza era importante. Era la enseñanza la que debía ser protegida de toda
distorsión y corrupción. “No hay lugar en la enseñanza para la jerarquía ni
para la autoridad; no hay sucesor ni representante que haya de continuar con
estas enseñanzas en nombre mío, ni ahora ni en momento alguno del futuro”. Sin
embargo, instruyó a sus colaboradores más cercanos para que las Fundaciones que
llevaban su nombre tanto en la India como en los Estados Unidos e Inglaterra,
continuaran, lo mismo que las escuelas fundadas bajo su guía.
Sus cenizas se trajeron por avión a Delhi.
Las recibí a los pies del avión y de allí regresé en automóvil directamente a
mi casa. Apenas crucé la puerta, cayó un repentino y fuerte aguacero con
granizo. Continuó por unos cuantos minutos, hasta que la urna fue depositada
bajo una higuera de Bengala en el jardín. Entonces, tan repentinamente como
había comenzado, la lluvia cesó.
Fue en Rougemont, Suiza, en julio de 1.985,
que aparecieron dentro de Krishnaji las primeras insinuaciones de la muerte que
se aproximaba. Yo me había encontrado con él a fines de septiembre en Brockwood
Park. Me estaba aguardando en la pequeña cocina del ala occidental de la casa
vieja. Dijo que tenía algo muy serio que comunicarme: “Desde Suiza, sé cuándo
voy a morir. Conozco el día y el lugar, pero no lo revelaré a nadie”. Y agregó:
“La manifestación ha comenzado a debilitarse”.
“Quedé aturdida y permanecí en silencio.
El 25 de octubre llegó a Nueva Delhi, donde
habría de descansar por unos días antes de partir para Varanasi. El 29 de
octubre se entrevistó con R. Venkataraman, vicepresidente de la India y amigo
íntimo, y con Rajiv Gandhi; lo hizo primero durante el almuerzo en la casa del
vicepresidente y después en la cena que tuvo lugar en mi casa. Esta era la
primera vez que Krishnaji se encontraba con Rajiv desde la muerte de Indira
Gandhi acaecida el año anterior, y el encuentro fue muy emocionante.
Desde Delhi Krishnaji viajó a Varanasi,
donde se había organizado un campamento al que asistieron trescientas personas.
Los monzones habían sido abundantes y se observaban signos de una nueva vida
que brotaba en árboles y arbustos; plantas de mostaza de brillantes colores
verdes y amarillos, comenzaban a aparecer en las márgenes del río. El festival
de Diwali se celebró mientras Krishnaji estuvo residiendo aquí; miles de
lámparas de aceite se encendieron en la casa donde él se hospedaba, y el río se
veía brillante con las lámparas de aceite que flotaban titilando bajo la brisa
nocturna. (Diwali, el festival de las luces, se celebra en la noche más Oscura
del mes, cuatro meses después de que los monzones han terminado y la tierra
despierta a una nueva vida. El festival anuncia la siembra, y es una
celebración para invocar a Laksmi, la diosa de la prosperidad. Aun el más pobre
de los aldeanos enciende una lámpara de aceite hecha de barro, a fin de que la
diosa no pase por su casa sin entrar en ella).
Krishnaji habló a la gente reunida, sostuvo
discusiones con los pandits de Varanasi y con eruditos en la tradición budista,
y consideró el futuro de Rajghat con los miembros de la Fundación. El profesor
Krishna, que enseñaba física en la Universidad Hindú de Benarés y a quien
Krishnaji había conocido varios años atrás, accedió a abandonar su empleo y
hacerse cargo como Rector del Centro Educacional de Rajghat. Dos peregrinos, R.
Upasani y Mahesh Saxena, acompañaban a Krishnaji cuando éste paseaba por los
alrededores, mirando y sonriendo a otros peregrinos y a los labriegos,
escuchando el pulso de este antiguo país.
Upasani había vivido por tres décadas en
Rajghat cuidando la tierra; su solicitud e interés lo acercaron a Krishnaji y a
Mahesh Saxena, el recién llegado, ex jefe de policía en Delhi. Vulnerable y
apasionado, Saxena renunció a su trabajo en la policía y se convirtió en un
buscador de la verdad. Vivió por algunos años en los Himalayas, y luego se echó
a andar hasta que llegó a Rajghat. Su presencia e intensidad lo llevaron hasta
la proximidad de Krishnamurti, y pronto él también habría de incorporarse a la
Fundación hasta ser su secretario.
Desde Rajghat, Krishnaji viajó al Valle de
Rishi, donde mantuvo discusiones con estudiantes y educadores. Las lluvias
habían sido copiosas, el suelo árido revivía, los campos recuperaban su verdor,
y un gran número de jóvenes árboles plantados por los niños cubrían las laderas
rocosas.
Los paseos de Krishnaji se estaban haciendo
más cortos, y perdía peso en un grado alarmante. Yendo a su habitación un día,
Radhika oyó que Krishnaji charlaba con una abubilla: “Tú y tus hijos son
ciertamente bienvenidos aquí. Pero puedo asegurarte que no te gustará. En pocos
días yo me habré marchado, clausurarán la habitación, cerrarán las ventanas y
no podrás salir”. Cuando Radhika entró, vio al pájaro en el paisaje enmarcado
por la ventana; estaba posado en la rama de un árbol escuchando a Krishnaji,
quien permanecía acostado en la cama hablando con tonos mesurados. Krishnaji
explicó que al pájaro le gustaba el tono de su voz, y que había estado allí por
algún tiempo oyéndole hablar. Muy a menudo, cuando pequeños grupos de nosotros
nos sentábamos con K sobre la alfombra de su habitación, el pájaro solía
abalanzarse contra la ventana, picoteando el vidrio y haciendo por lo general
un gran alboroto. Krishnaji decía entonces: “Aquí llega mi amigo”.
Acortó su estada en el Valle de Rishi y vino
a Vasanta Vihar, Madrás, donde ofreció tres pláticas públicas. También aquí las
lluvias le habían precedido. El jardín estaba exuberante, y pesados brotes
amarillos habían aparecido sobre la ‘tabubea argentina’, floreciendo fuera de
estación. Krishnaji tenía mucha fiebre, pero rechazó cualquier intervención
médica y prosiguió con sus pláticas. Asistieron a las mismas grandes
multitudes, porque ya era evidente que Krishnamurti estaba enfermo y que ésta
podía ser su última visita. Habló de la muerte y la creación, y de aquello que
se encuentra más allá del principio y del final. La inmensa energía que
acostumbraba inundar el cuerpo y la que solía reverberar en la atmósfera,
estaban ahora en un nivel más bajo de intensidad; el frágil cuerpo, aunque radiante
y erguido, temblaba como incapaz de contener el poder y el empuje de la energía
que se derramaba a través de él. Después de la plática, Krishnamurti pidió a su
auditorio que permaneciera en silencio y meditara con él.
Un niño subió al estrado con una blanca flor
de campacán. Krishnamurti se volvió sonriente hacia él y lo tocó. El niño
sonreía. El sermón terminó con el silencio y la sonrisa. El había dicho que era
la última plática.
Durante los días que siguieron se vio con
sus amigos y colaboradores de la Krishnamurti Foundation India, a veces a
solas, a veces en grupo. Les habló de muchas cosas, de las escuelas, de los
centros de estudio y del silencio. Al terminar la última reunión, dijo. “Estén
absolutamente alertas y no hagan ningún esfuerzo”1. Asit le preguntó
si éstas eran sus últimas palabras para nosotros, y él sonrió.
Krishnamurti decidió regresar a Ojai el 10
de enero. Esa tarde salió para su paseo habitual por la playa de Adyar. Muchos
de sus amigos caminaban con él. Una fuerte brisa llevaba hacia atrás su cabello
como la cola de un cometa, exponiendo la altiva cúpula de su frente. Tenía el
aspecto de un antiguo sabio de los bosques. Caminaba por la playa donde había
sido “descubierto”, adoptado e iniciado. Aquí, junto al mar, en Adyar, setenta
y cinco años atrás, la última vez que el cometa Halley entró en la órbita que
lo llevaría hacia el sol. Cuando regresamos, nos pidió que le esperáramos en la
casa de Radha Burnier, que se encontraba dentro del complejo residencial de la
Sociedad Teosófica. Krishnamurti se demoró en la playa, mirando el mar
rugiente. Después se volvió hacia cada una de las direcciones cardinales y se
detuvo por un minuto; tranquilamente cruzó la entrada y regresó.
Esa noche, una hora antes de partir, bajó de
su habitación. Estaba inmaculadamente vestido con ropas occidentales, su abrigo
de lana echado sobre el brazo y una chalina de seda ‑regalo mío- alrededor del
cuello. Saludó a sus amigos, que formaban un semicírculo; después vino hacia mí
y estrechó mi mano. “¿Cómo me veo?”, preguntó.
“De cuarenta”, respondí. Aludí a su chalina.
“Mi favorita”, contestó. El sabía que era la última vez que habría de
encontrarse con muchos de estos amigos. Pero había eliminado toda emoción, todo
dolor y todo sentimiento de separación. Fue su bendición total. Esa noche
partió, vía del Pacifico, en vuelo directo a Los Ángeles.
En Ojai su condición se volvió crítica y le
diagnosticaron un cáncer de páncreas. Yo llegué allá el 31 de enero para
encontrarle desesperadamente enfermo. Su cuerpo sumamente vulnerable, tan
cuidadosamente protegido a través de los años, estaba devastado por la
violencia de la enfermedad. El primer día nos vimos como a través de una
niebla. Él había perdido todo sentido de tiempo y lugar. Pero al día siguiente
se reanimó, y lo encontré con su mente lúcida, sus ojos claros, y completamente
restablecido. Le leí las cartas que había traído conmigo ‑de Nandini, Sunanda y
del Primer Ministro Rajiv Gandhi, quien había enviado un mensaje personal.
Krishnaji tomó mi mano; el apretón fue firme, y una gran corriente de amor
fluyó hacia mí. Dijo que estaba demasiado débil para escribir, pero que enviaba
su amor a todos los amigos de la India.
Durante los siguientes tres o cuatro días,
su fuerza retornó. Pidió que lo llevaran en una silla de ruedas hasta el
pimentero. Allí permaneció solo, se despidió de las montañas de Ojai, de los
naranjales y de los numerosos árboles.
También caminó con alguna ayuda hasta la
sala de estar y se echó sobre el sofá contemplando el fuego. Esa tarde vio una
película en televisión, y los médicos sintieron que incluso podría haber una
remisión de la enfermedad. A mí me dijo: “Venga a verme mañana y todos los días
que me encuentre aquí”. De modo que vi a Krishnaji todas las mañanas. Me
sentaba al lado de la cama, sostenía su mano con las dos mías y permanecía en
silencio con él.
Noté los libros que había en la cabecera,
libros en inglés, italiano y francés -el Tesoro
Dorado de Palgrave, El Libro de
Oxford del Verso Inglés, narraciones de Italo Calvino, el Diccionario Berlitz de ltaliano, cuentos
de Alphonse Daudet, un libro de Gustave Doré y El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell.
El domingo 8 de febrero, el tumor recomenzó
su implacable ataque y Krishnaji tuvo que permanecer en cama, desesperadamente
enfermo. No pude verle ese día. A la mañana siguiente envió por mí. Me dijo:
“Fui a dar un largo paseo por las montañas. Me perdí y no lograron encontrarme.
Por eso no pude verla ayer”. Por un instante el rostro fue joven, supremamente
bello.
Vi a Krishnaji alrededor de la una del 16 de
febrero, el día de mi partida. Me senté con él por un rato. Sufría grandes
dolores, pero su mente estaba clara y lúcida. Le manifesté que no le diría
adiós, porque no habría separación. Con gran esfuerzo levantó mi mano y la
llevó a sus labios. El apretón aún era firme. Permanecía acunado en un silencio
que me envolvió. Cuando me estaba yendo, dijo: “Pupul, esta noche iré a dar un
largo paseo por las montañas. Las brumas se están levantando”. Dejé su
habitación sin mirar atrás.
Esa noche, a las nueve hora del Pacífico,
Krishnamurti se durmió para iniciar su largo paseo en las altas montañas. Las
brumas se estaban levantando, pero él pasó a través de las brumas y se marchó.