Capítulo XIII
“¿POR QUE NO EMPIEZA POR LIMPIAR
EL UMBRAL FRENTE A SU CASA, LA
PARTE DE LA CALLE QUE ES USTED
MISMO?”
Mientras estuvo en Delhi, Krishnaji fue huésped del hermano de Sanjeeva
Rao, Sir B.N. Rao, un brillante abogado y burócrata, miembro del Servicio Civil
de la India, a quien el Primer Ministro Jawaharlal Nehru le había pedido consejo
para redactar la Constitución de la India. Delhi estaba calentándose a la
brillante luz del sol, despertando lentamente a las implicaciones de la
libertad y de las vastas oportunidades que surgían en todas las direcciones. La
Asamblea Constituyente había empezado a funcionar; abogados, pensadores
políticos y luchadores de la libertad se habían reunido en Delhi para formular
por escrito una Constitución que contuviera los ideales por los que habían
luchado. Secularismo, igualdad ante la ley, libertad de palabra, abolición de
los arrestos y confinamientos arbitrarios ‑todo eso se debatía con pasión.
Pero subyacentes en sus discusiones estaban el asesinato de Gandhiji, los
traumáticos sucesos de la partición que habían revelado la violencia y los
aspectos divisivos sepultados en lo profundo de la tierra india, y los indicios
del caos, del miedo y la brutalidad que aguardaban en el futuro.
Sanjeeva Rao, el bondadoso educador y uno de los más antiguos
colaboradores de Annie Besant, había venido desde Madrás para estar con
Krishnaji. Le acompañaba su esposa Padmabai, una maestra sumamente capaz y
pionera de la educación femenina en Uttar Pradesh. A fines de la década del 20,
yo había estudiado por un corto período en Varanasi, en la escuela donde
Padmabai era directora. Digna, protectora, asequible, ella comunicaba su afecto
e interés por las jóvenes adolescentes, que a su vez la querían. En los años
20, la educación de la mujer era todavía un tema muy sensible en Uttar Pradesh.
Se requería inteligencia e integridad para impartir valores correctos a las
niñas dentro de la restringida estructura que el medio imponía. Compartía la
casa con Sir B.N. Rao su hermano más joven, Shiva Rao, representante residente
en Delhi, del Hindú, el poderoso
diario inglés del sur de la India. La esposa de Shiva Rao, Kitty, una austríaca
que había venido a la India en los años 20 y enseñaba en la Escuela Montessori
para niños, de Varanasi, actuaba como anfitriona de B.N. Rao.
Por
las noches, después de la cena, K escuchaba a los hermanos Rao discutir sobre
la India y sobre las intrincaciones de la nueva constitución que se estaba
redactando.
K se
encontraba visitando Delhi y ofreciendo pláticas después de una ausencia de
muchos años, y los legendarios días de su juventud habían creado gran
curiosidad e interés. Científicos, administradores, diplomáticos, académicos y sannyasis acudían a sus pláticas y
discusiones, enfrentándolo a preguntas sobre las duras realidades de la
situación que imperaba en la India. Ellos encontraban en Krishnaji a un oyente
silencioso y compasivo, y lo desafiaban planteándole la insuficiencia de su
enseñanza, aseverando que él no tenía soluciones para los problemas de la
pobreza, de los intocables, del sistema de castas. La respuesta de Krishnaji
consistía en formular otra pregunta: ¿Conocían ellos la naturaleza de un
problema tan vasto?
En
este sabio moderno ellos buscaban un Vivekananda, pero salían desconcertados,
porque encontraban a un hombre de suprema presencia que no encajaba en ninguna
de sus conocidas categorías de santos y sanyasis.
El respondía a sus preguntas sobre la pobreza diciendo que las necesidades del
hombre ‑alimento, techo y ropa sólo podrían organizarse eficientemente cuando
las necesidades no fueran utilizadas con propósitos psicológicos para fines
personales y exclusivos, sino que fueran encaradas en su propio nivel.
Percibiendo la presunción que había en sus interlocutores, él los reprobaba
severamente: “La mente son ustedes mismos. Esa mente no puede hallarse quieta
cuando está sentada sobre un volcán”. Negando todas las creencias, las
doctrinas secretas y las prácticas, les decía a aquellos que se habían reunido:
“Él ‘yo’ no es una entidad fija, es una corriente, un agua que fluye”.
Casi
todos en la India habían sido testigos de la lucha por la libertad y del poder
de una masa humana en movimiento, y sentían que, a fin de construir una India
nueva, un vasto número de personas debía acometer una nueva lucha para
conquistar esos valores. Krishnaji les decía: “Para crear una estructura nueva,
tiene que haber un arquitecto, un constructor, y también los obreros”. Cuando
alguien preguntaba qué podía hacer un hombre solo, respondía: “Usted piensa en
términos de grandes movimientos, de grandes acciones, de grandes
responsabilidades, pero no asume la responsabilidad. ¿Por que no empieza por
limpiar el umbral frente a su casa, la parte de la calle que es usted mismo?”
La
luz de su inteligencia sondeaba el pensamiento y la mente. “Nosotros sentimos
que el ‘yo’ es diferente del pensamiento, de la mente. ¿Está el ‘yo’, el
pensador, separado del pensamiento? En tal caso, el pensador puede operar sobre
el pensamiento. ¿Está el ‘yo’ separado de sus cualidades? Eliminen el
pensamiento y, ¿dónde está el pensador?” “Después de cada frase hacía él una
pausa, como para dejar que las palabras se sumergieran profundamente en las
conciencias de quienes le escuchaban.
“Nosotros sentimos que el ‘yo’ es permanente, porque todos los otros
pensamientos vienen y se van. Si el pensador es permanente, entonces el
pensamiento puede ser cambiado, controlado, transformado por el pensador. Pero,
¿acaso no es el ‘yo’ el resultado del pensamiento? Nuestra mente separa al ‘yo’
del pensamiento porque no puede soportar la impermanencia. El pensamiento no
puede moverse de lo conocido a lo desconocido. Todo cuanto la mente puede hacer
es liberarse de lo conocido. Para descubrir aquello que está más allá de las
palabras, las palabras deben cesar. Yo sólo puedo usar las palabras para llegar
hasta la puerta”.
En
diciembre Krishnaji fue invitado a la Teen Murti House, la residencia oficial
del Primer Ministro. Yo también estuve presente. Jawaharlal Nehru acababa de
regresar del Congreso de Jaipur, y se le veía muy cansado y deprimido. Le dijo
a Krishnaji. “He estado muy ocupado últimamente, haciendo no sé qué”. Preguntó
cómo podrían detenerse las fuerzas de desintegración que estaban extendiéndose
con tanta rapidez. Krishnaji contestó que la integración sólo podía empezar en
el nivel individual.
“Este
tiene que ser un proceso lento, mientras que la desintegración avanza muy
rápidamente”, dijo Jawaharlal Nehrun “¿Qué hay ahí que pueda demostrar que las
fuerzas de la desintegración no hundirán a las fuerzas integradoras?”
Krishnaji respondió: “Eso es posible”.
Después
discutieron cómo el individuo habría de regenerarse a sí mismo. Krishnaji dijo:
“La comprensión del yo sólo surge en la relación, al observarse uno a sí mismo
en su relación con las personas, las ideas y las cosas; con los árboles, la
tierra y el mundo que existe alrededor y dentro de uno mismo. La relación es el
espejo en el cual el yo se revela. Sin el conocimiento propio no hay base para
un pensamiento y una acción correctos”.
Jawaharlal Nehru interrumpió preguntando: “¿Cómo empieza uno?”
K replicó:
“Empiece donde usted se encuentra. Lea cada palabra, cada frase, cada párrafo
de la mente mientras operan a través del pensamiento”.
Nehru
escuchaba, pero uno podía ver la fatiga en su rostro. Preguntó: “¿Cuál es el
factor común entre toda la gente?”
“El
deseo de evitar el dolor y buscar la felicidad”, dijo Krishnaji.
Nehru
discutió después el miedo que estaba impulsando a la gente hacia actos de
violencia. Le preguntó a Krishnaji si la acción originada en la comprensión
podría liberar al hombre del miedo, del miedo psicológico que era la fuerza
motriz de muchas de las acciones humanas.
Krishnaji dijo: “La libertad con respecto al miedo sólo surge cuando el
hombre percibe el movimiento del miedo dentro de sí mismo. Ver el miedo es
extinguirlo”.
Jawaharlal Nehru y Krishnaji no parecieron comunicarse realmente excepto
una o dos veces. El primer ministro se veía muy interesado, pero muy agotado.
Se mantenía despierto fumando. Su mente volvió otra vez al problema de la
integración y a la manera de abordar el conocimiento propio. “¿Cómo se
comprende el hombre a sí mismo?”, seguía preguntando en busca de algún indicio.
“Mire
lo que hay fuera de usted y dentro de usted. Mire sus pensamientos”, decía
Krishnaji. “¿Quién es el pensador? Y, ¿están los pensamientos separados del
pensador?” Habló de la necesidad de una profunda revolución en la conciencia;
dijo que era urgente que operara una percepción de lo global, sin la cual el
hombre no podría sobrevivir. Estas fueron palabras proféticas; asumirían
importancia suprema en el fragmentado, violento mundo de los años 80.
En el
camino a la casa, después de la reunión, Krishnaji se veía perturbado y triste.
Comentó que la mente de Nehru era muy fina y sensitiva. Estaba desgastada por
la política. La política era perniciosa. Más tarde, en la cena, Krishnaji
discutió con los hermanos Rao el problema de la desintegración de la India. “La
sociedad se está desintegrando continuamente. ¿Cuál es, entonces, el lugar de
un reformador en la sociedad? ¿Acaso no agrega lo suyo a la desintegración? Un
reformador se interesa en los efectos y en el reordenamiento de estos. Sólo un
revolucionario va a la raíz, a la causa en la que el fin está contenido”.
Krishnaji se cuestionaba a sí mismo. Preguntó si Gandhiji era un revolucionario
o un reformador.
“Gandhiji poseía la visión del revolucionario. Tenía la capacidad de
pensar en grande. Su pensar no era el de un reformador”, dijo Sir B.N. Rao.
“Entonces era un revolucionario en pensamiento, pero en la ejecución la
visión se estrechaba. Preso en la política, Gandhiji tenía que comprometerse,
por lo que su sentido revolucionario quedaba sumergido, y él emergía como un
reformador”, reflexionó Krishnaji. Después le preguntó a Sir. B.N. Rao si la
India tenía líderes capaces de generar efectos transformadores.
“Los
líderes de la India parecen ser ineficaces. Los efectos están barriendo con
ellos. En esta rápida desintegración hay tanto desesperación como esperanza. La
India tiene ante sí dos caminos: O arrasarán completamente con ella y dejará de
tener importancia alguna en el mundo, o, por el propio contacto con las
profundidades de la desintegración, el individuo despertará a su
responsabilidad y rehusará ser arrastrado por la corriente. Emergerá entonces
una sociedad nueva, por completo diferente de todas las que se han conocido”.
Krishnaji agregó que estaba sumamente interesado en ver qué ocurriría.
Habló
nuevamente de su entrevista con Jawaharlal Nehru. Se había sentido
profundamente conmovido por la mente sutil del primer ministro, y era triste
para él que una mente sensible como ésta hubiera sido atrapada por la política.
Krishnaji dijo: “La política envejece la mente, es destructiva para el
florecimiento de la mente”.
Anandmai Ma, la más famosa de las divinizadas ‘Madres’ vivas en esa
época (mujeres que en su vida trascendieron el ‘yo’ y se convirtieron en
símbolos de Sakti, la madre primordial como energía), que tenía muchísimos
seguidores en el norte de la India, vino a ver a Krishnaji. Se encontraron en
el jardín, puesto que la Madre jamás entraba en la casa de un padre de familia.
Ella no hablaba inglés, de modo que lo hacía por medio de un traductor. Tenía
una presencia radiante, sonriente. Dijo que muchos años atrás había visto una
fotografía de Krishnaji, y sabía que él era un gran ser. Le preguntó: “¿Por qué
niega usted a los gurús? Usted, que es Gurú de Gurús” (esto se le tradujo a K).
El
contestó: “La gente usa al gurú como una muleta”.
“Las
personas vienen a escucharle a usted por millares”, dijo ella. “Eso significa
que usted es un gurú”. El sostuvo tiernamente la mano de ella y no contestó.
Muchos visitantes vinieron y se prosternaron a los pies de K y de
Anandmai Ma. Ella aceptaba sus reverencias, pero Krishnaji estaba turbado. Como
siempre, él no habría de permitir que se doblegaran para reverenciarlo; se
levantó de un salto y se inclinó para tocar los pies de aquel que buscaba sus
bendiciones.
Más
tarde, cuando Anandmai Ma se fue, Krishnaji habló de ella con calidez y afecto.
Había existido una comunicación, aunque la mayor parte de ésta había sido no
verbal. Sin embargo, él estaba horrorizado de las histéricas seguidoras que la
rodeaban y se prosternaban ante ella.
En
mis notas de aquel período he registrado la visita de un viejo sannyasi ciego, que sólo hablaba el
dialecto hindi. El sannyasi interrogó
a Krishnaji sobre la libertad con respecto a las ataduras del cuerpo y de la
mente. Alguien traducía. Krishnaji respondía con pasión e intensidad, y el otro
parecía comprender. Aunque en sus pláticas públicas Krishnamurti fustigaba a
los que se ponían la túnica, en lo profundo de su fuero íntimo sentía un
inmenso parentesco con la persona que vestía la túnica. Hay evidencias de que
en su juventud pensó a veces convertirse en sannyasi.
Al darse cuenta de las implicaciones que ello tenía, no lo hizo; pero siempre
perduró en él una ternura especial por el verdadero sannyasi o por el monje budista, y jamás se negó a verlos por
cansado que estuviera. No obstante, su crítica a los rituales de ellos, a sus
disciplinas y prácticas, era devastadora.
Un
día vinieron a ver a Krishnaji dos princesas iranias. Estaban visitando la
India y habían oído acerca de la presencia en la ciudad de un gran maestro
religioso. Le preguntaron a Krishnaji si podía predecirles el futuro. Krishnaji
tenía un aspecto burlón cuando les dijo que él no era un astrólogo. Ellas se
sintieron desconcertadas, porque habían supuesto que Krishnamurti, siendo una
persona religiosa, también era un adivino.
Habían comenzado las discusiones con un pequeño grupo. Achyut Patwardhan
se encontraba en Delhi, y también Sunanda con su elástico cuerpo juvenil y su
intelecto agudo como una navaja. Sunanda era muy joven, y sus sentidos en plena
explosión la tenían arrebatada. Extática en la atmósfera que rodeaba a
Krishnaji e inflamada por la suprema belleza de éste, solía seguir sentada en
el piso cuando las discusiones ya habían terminado, con los ojos apretadamente
cerrados y la palma de su mano apoyada en la mejilla. Cuando después de unos
minutos le preguntaban qué le pasaba, ella abría sus grandes ojos diciendo:
“Estoy experimentando”.
Las
discusiones eran precisas, inquisitivas; cada movimiento, cada acción de la
vida se exponía a la luz de la atención y se examinaba. A veces, el proceso
resultaba penoso, y la mente física rehuía la confrontación. Discutimos la
violencia, el miedo, los celos y la muerte.
En
una de las discusiones vespertinas se le preguntó a K: “¿Cómo puede uno amar?
Estar tan embebido en ese estado, que la acción y la respuesta sean las del
amor y de esa manera pueda uno liberarse del yo”.
Krishnaji dijo: “¿Puede usted conocer el amor? Obviamente, lo que uno
conoce no es amor. Amar es ser sensible, vulnerable a todo. Es ser virtuoso. ¿Puede la virtud estudiarse? Cualquier
intento de volverse uno virtuoso, cualquier esfuerzo, implica negar la virtud”.
Un
joven funcionario civil dijo que algunos místicos sostenían que, si uno
aceptaba la existencia de un Dios personal y dotaba a ese Dios de ciertas cualidades
y le dedicaba un amor exhaustivo, rindiendo el yo a esas cualidades, el yo se
extinguía.
“Esto
implica la proyección del yo en una idea preconcebida de lo que son las
cualidades del amor”, dijo Krishnaji. “Yo digo que para conocerlas, uno tiene
que hallarse en un estado de no-conocer. Pero el querer hallarse en tal estado
de no-conocer, es desear un resultado que uno ha proyectado previamente; porque
todo lo que uno conoce es, obviamente, lo conocido. ¿Cómo puede uno moverse de
lo conocido a lo desconocido? Cualquier cosa que hagamos desde el estado de lo
conocido, seguirá encontrándose dentro del campo de lo conocido. ¿Qué ocurre,
entonces?” Los participantes estaban absortos por la claridad y lucidez de sus
palabras. “Ustedes no buscan una salida, porque no conocen una salida. En el
momento que ven realmente esto, están fuera ‑en un estado de no-conocer, un
estado receptivo dispuesto a recibir lo desconocido”.
También discutimos la naturaleza de la percepción, de que a través del
pensamiento la mente no puede salirse de su rutina, porque el pensamiento es la
esclavitud de la mente. Krishnaji preguntó: “¿Es posible tener una mente por
completo vacía, libre de cualquier fluctuante movimiento del yo? ¿Puede cesar
el movimiento hacia adelante y hacia atrás? ¿Acaso no se encuentra en esto la
disolución del yo?”
En
ese momento se apagaron las luces. En la oscuridad, la atmósfera se puso
cargada, y las mentes buscaron la oscuridad como una ayuda para el vacío y la
nada. Súbitamente, Krishnaji dejó de hablar. Dijo que esperaría a que las luces
se encendieran de nuevo. “En la oscuridad la mente puede hipnotizarse a sí
misma, puede imaginar toda clase de estados. Esto es peligroso. Es ilusión”.
Son
estos pequeños incidentes los que revelan la integridad e inmensidad de una
mente que rehúsa admitir o permitirse apoyo alguno.
Achyut Patwardhan, que se encontraba en Delhi, venía regularmente a
entrevistarse con Krishnaji. Había estado con el Dr. Gyanchand, un economista
muy conocido de la Universidad de Delhi, quien había expresado sus opiniones
socialistas. Gyanchand venía de debatir con Achyut la naturaleza y estructura
del sistema que se necesitaba para establecer los principios de igualdad en la
Constitución. Sostuvo que la norma para el liderazgo tenía que ser la capacidad
intelectual. Achyut le preguntó a Krishnaji si ésta era la manera correcta de
abordar la cuestión. Para Achyut, el socialismo implicaba la ausencia de
jerarquías en todos los niveles. Por poner el énfasis en el odio y el encono, el
marxismo había fallado en advertir esto. Krishnaji preguntó: “¿Puede haber un
modo de abordar el problema, que borre las diferencias de intelecto y
capacidad?”
“El
socialismo”, dijo Achyut, “no puede ocuparse meramente de las necesidades
económicas del hombre. La lucha económica debe por fuerza crear diferencias de
capacidad, a menos que la base sea una igualdad de espíritu”.
Alguien sacó a colación la historia de Krishna haciendo erguirse y
recuperar su dignidad a una mujer jorobada. “¿Cómo puede uno, del mismo modo,
erguirse psicológicamente? ¿Puede haber una transformación en la raíz de la
mente, ajena por tanto al examen previo de las diferencias de capacidad?”
Krishnaji preguntó: “¿No consiste el problema en rehusar la aceptación
de un líder? Sólo esto trae igualdad en las relaciones sociales y económicas.
Librado a su propia responsabilidad, el hombre habrá de plantearse, por fuerza,
cuestionamientos. Y en el cuestionar no existe lo superior ni lo inferior.
Cualquier sistema que se base en la aceptación de las diferencias de capacidad
para establecer las condiciones sociales, debe inevitablemente conducir a una
sociedad jerárquica, y engendrar así la lucha de clases”.
Más
tarde, Krishnaji me preguntó: “¿Qué es lo que le da dignidad al hombre? El
conocimiento propio ‑el conocimiento de lo que uno es. El seguidor es la mayor
de las calamidades”.