Capitulo
XLIII
“¿HASTA
DÓNDE PUEDE UNO VIAJAR?”
A la mañana siguiente Krishnaji entró mientras yo estaba tomando mi
primera taza de té matinal. Comenzamos a hablar. Más tarde, durante ese día,
habríamos de sostener un diálogo, y me dijo: “Pupul, ¿podríamos discutir hasta
los límites mismos del pensamiento y viajar más allá?”
Él se encontraba en un estado de ánimo exaltado. Yo tenía una fea tos y
no me sentía particularmente brillante esa mañana. No pensaba en el tema que
estábamos discutiendo ni intenté siquiera despertar el cerebro.
Después, cuando ambos estábamos sentados frente a frente, yo todavía no
sabía qué decir. Entonces comencé a hablar, y las palabras fluyeron como si
hubieran sido programadas. Me sentía lúcida, locuaz; había un sondeo profundo y
un ver extensivo. Dije que recientemente había leído acerca de una nave
espacial que viajaría hasta los límites exteriores del universo, y que el viaje
no terminaría jamás. Al no haber fricción ni tiempo, tampoco habría un final.
Pregunté: “¿Existe en los dominios del ser, en la mente humana, un espacio
interno de las cosas? ¿Hay espacios vastos, inmensurables que están en lo interno
de la naturaleza?”
“¿Está usted preguntando si dentro del cerebro humano ‑preferiría usar
‘mente’ como algo separado del ‘cerebro’ -si existe allí o puede existir un
espacio infinito, una eternidad más allá del tiempo? Podríamos especular al
respecto, pero la especulación no es la realidad”.
“Pero había una percepción de que era posible explorar el espacio
exterior, y ésta capacitó al hombre para explorar el espacio exterior. Si no
postulamos una cosa, no podemos explorar y probar que es así”, dije.
“¿Estamos especulando, o estamos realmente investigando si existe una
inmensidad semejante, si hay un movimiento que no pertenezca al tiempo, un
movimiento eterno?”
“Para investigar esto tenemos que formular la pregunta. Lo que surja de
ello determinará si la pregunta es especulación o investigación”.
“Nos hemos preguntado si el cerebro puede descubrir la verdad acerca de
la existencia o no-existencia de la eternidad. ¿Cómo empezamos a investigar?
¿Cómo sondea uno diligentemente en esta pregunta, una pregunta que el hombre se
ha formulado por miles de años? ¿Está el hombre atado para siempre al tiempo?
¿O hay ‑o puede haber- realmente dentro del cerebro una comprensión de que
existe un estado de eternidad?”
“¿Cómo procede usted en esto? Comenzó haciendo una distinción entre
cerebro y mente. ¿Querría explicarse?”
“El cerebro está condicionado. El condicionamiento es producido por el
conocimiento, la memoria, la experiencia. El cerebro es limitado. De modo que
para descubrir algo nuevo, tiene que haber un período, aunque sea transitorio,
en que el pensamiento no se mueva, en que se encuentre ausente”.
“El cerebro es una cosa material, tiene su propia actividad”.
“Sí, una actividad no impuesta por el pensamiento”, dijo K.
“Para nosotros, la operación del cerebro ha sido la operación del
pensamiento”, dije.
“Sí, el movimiento del cerebro, la parte del cerebro que está siendo
usada, se halla condicionada por el pensamiento. El pensamiento es siempre
limitado, está condicionado por el conflicto. Lo que es limitado, debe por
fuerza crear conflicto. La mente es una dimensión por completo distinta que no
tiene contacto con el pensamiento. Déjeme explicarlo. El cerebro que ha estado
funcionando como un instrumento del pensar, ese cerebro ha sido condicionado; y
en tanto esa parte del cerebro permanezca en esa condición, no hay una
comunicación completa con la mente. Por lo tanto, cuando el pensamiento
psicológico no funciona, hay comunicación, la cual constituye una dimensión por
completo diferente; esa dimensión puede comunicarse con el cerebro utilizando
el pensamiento”.
“¿Está usted postulando un estado fuera del reino del pensamiento?”,
pregunté.
“Así es. Aquello está fuera del reino del tiempo”, dijo K.
“Como el tiempo y el pensamiento parecen ser el núcleo esencial de este
problema, tal vez podríamos investigar el fluir del tiempo, descubrir en qué
instante es posible la intercepción”.
“¿Qué entiende usted por ‘intercepción’?”, preguntó K.
“No me refiero al interceptor, sino a un contacto directo que es la
cesación del tiempo. ¿No proviene el tiempo de un pasado inmemorial y se
proyecta en un interminable futuro?”
“No, el pasado condiciona el futuro”.
“Entonces, a menos que los seres humanos dejen de estar...”
“Dejen de estar condicionados”, dijo K.
“Pero uno aún seguirá usando el pensamiento. Su contenido experimentará
un cambio, pero el mecanismo del pensamiento continuará”, dije.
“Ahora bien, el pensamiento es el principal instrumento que tenemos.
Después de miles de años de fricción, de guerras, ese instrumento se ha
embotado. No puede ir más allá de su propia cuerda. El pensamiento es limitado,
está condicionado y se halla en un perpetuo estado de conflicto”.
“He usado la palabra ‘intercepción’ para indicar un contacto con el
movimiento desde el pasado como el ayer”.
“Como el hoy”, dijo K.
“¿Qué es el hoy? ¿Cómo hacemos contacto con el hoy?”
“El hoy es el movimiento del ayer modificado. Somos un manojo de
recuerdos. ¿Qué implica eso? El pasado, el presente y el futuro constituyen un
movimiento del tiempo-pensamiento. ¿Cómo percibe usted eso?”
“¿No hay algo así como un contacto táctil con ello?”
“¿Cómo toca usted esta cosa? ¿Cómo establece uno contacto con el hecho
de que uno es toda una serie de recuerdos, que son tiempo-pensamiento?”
“Seamos concretos. El pensamiento de que yo me voy esta tarde y le
dejaré a usted, es un hecho”.
“Es una realidad”.
“De eso surge una cierta nostalgia de dejarle, la cual es algo
emocional, psicológico, que encubre el hecho. Con lo que hay que establecer
contacto, ciertamente, no es con el hecho de que me voy, sino con la pena que
me ocasiona el irme”.
“La pena de irse, mil siglos de pena, de ansiedad, de dolores. ¿Está eso
separado de usted que lo siente?
“Puede no estar separado. ¿Cómo toco eso?”, pregunté.
“¿Qué quiere decir?”
“Es sólo en el presente que yo puedo entrar en contacto con todo este
edificio”, respondí. “El ahora
contiene al pasado, y también al futuro y al presente”.
“El presente es el pasado y el futuro. El presente se mueve. El presente
es un millar de ayeres del pasado que se modifican, y el futuro es ‘ahora’, es
el presente”.
“El presente tampoco es estático. En el momento que uno trata de verlo,
se ha ido. ¿Qué es, entonces, lo que uno observa?”, pregunté.
“El hecho de que el presente es todo el movimiento del tiempo y del
pensamiento. ¿Puede uno ver la verdad de eso? ¿Puede uno tener un
discernimiento instantáneo, una percepción en el hecho de que el ahora es todo tiempo
y pensamiento?”
“Esa percepción, ¿emana del cerebro?”
“¿O la percepción es un discernimiento que nada tiene que ver con el
tiempo y el pensamiento?”, dijo K.
“¿Surge dentro del cerebro?”, pregunté.
“Sí, ¿o surge fuera del cerebro?”, contestó K. “¿Está dentro de la
esfera del cerebro, o hay un discernimiento que adviene cuando uno está libre
del condicionamiento? Este discernimiento, esta mente, es inteligencia
suprema”, dijo K.
“No entiendo”.
“El cerebro está condicionado por el tiempo y el pensamiento. En tanto
ese condicionamiento exista, el discernimiento no es posible. Usted puede tener
un discernimiento ocasional, pero este discernimiento de que hablamos es la
aprehensión de lo total, una percepción de la totalidad. ¿Correcto? Este
discernimiento no está atado por el tiempo-pensamiento. Forma parte de ese
cerebro que pertenece a una dimensión diferente”.
Hubo una pausa. El escuchar había penetrado a una gran profundidad.
“Sin la visión [sight] no
puede haber discernimiento [insight]”,
dije. “Por lo tanto, el ver, el percibir, el escuchar, parecen ser esenciales
para el discernimiento. La palabra ‘discernimiento’ implica ‘ver dentro de’.
¿Es un ver dentro del ver?”
“No. Ver, aprehender la totalidad, la inmensidad de algo. El
discernimiento sólo es posible con la cesación del pensamiento y el tiempo. El
pensamiento y el tiempo son limitados. Por lo tanto, en una limitación así, no
puede haber discernimiento”, dijo K.
“Para comprender lo que usted dice, tengo que tener oídos abiertos y
ojos que ven. Fuera del sonido, de la forma, surge un ver que va más allá.
Usted habla del discernimiento, pero el discernimiento no puede surgir sin la
visión”.
“El discernimiento no puede surgir en tanto haya tiempo, pensamiento”.
“¿Qué viene primero? Yo no puedo empezar con el discernimiento. Sólo
puedo empezar con la observación”, dije.
“Usted sólo puede empezar viendo que el tiempo psicológico es siempre
limitado, y así, cualquier cosa que haga será limitada. El tiempo y el pensamiento
han traído estragos al mundo. Uno puede ver eso. La pregunta es: ¿Puede esa
limitación cesar alguna vez? ¿O el hombre ha de vivir siempre en esa
condición?”
“¿Qué relación hay entre las células cerebrales y los sentidos? ¿Qué
ocurre cuando uno escucha una declaración como ésta: que el tiempo y el
pensamiento son limitados? Es como decirme: ‘Usted es una ilusión’. Pupul es un
haz psicológico constituido por el pasado, el tiempo y el pensamiento”.
“El yo forma parte de la psique, y cualquier cosa que haga será
limitada”, dijo K.
“¿Qué hay entonces de malo en eso?”, pregunté.
“Nada, si usted quiere vivir en perpetuo conflicto”.
“¿Cuál es la naturaleza de esa terminación a que usted se refiere?”,
pregunté.
“¿Qué implica terminar?”, Krishnaji me devolvió la pregunta.
“Ver que la corriente cesa de fluir”, dije.
“Sí, ver que el tiempo y el pensamiento cesan psicológicamente”, agregó
K.
“Hay un punto de percepción, que es un punto de discernimiento, ¿En qué
tiempo-espacio veo eso?”, pregunté.
“Mire, Pupul, seamos sencillos. El tiempo y el pensamiento han dividido
el mundo. ¿No puede usted ver ese hecho?”
“No, señor, no veo el hecho. En el momento que viera el hecho, habría
detenido el tiempo y el pensamiento. Si la cosa fuera así de simple -pero no lo
es. Hay caminos muy tortuosos”, dije.
“¿Puede usted percibir que el movimiento del tiempo y del pensamiento, a
cualquier nivel, en cualquier terreno, en cualquier área, es un reino de
interminable conflicto?”, preguntó K.
“Uno puede verlo afuera, en el mundo”, dije.
“Si usted lo ve externamente, entonces internamente puede ver que la
psique es tiempo y pensamiento. El movimiento divisivo psicológico ha creado el
hecho divisivo externo. El sentimiento de que soy un hindú; me siento seguro en
la palabra, en pertenecer a algo ‑éste es el factor de división y conflicto”.
“Todo esto puede terminar. Uno puede verlo como un movimiento del
tiempo, del pensamiento, pero dentro de todo ello hay una sensación de ‘yo
existo’. Ese es, esencialmente, el problema. ¿Por qué no lo vemos?”, pregunté.
“Porque hemos considerado a la psique como algo diferente del estado de
condicionamiento”, dijo K. “Hemos considerado que hay algo en nosotros, en
nuestro cerebro, que es intemporal, y que si pudiéramos alcanzarlo, todo
estaría solucionado. Eso forma parte de nuestro condicionamiento. Sentimos que
Dios, el Principio Supremo, nos protegerán”.
“¿Cuál es la naturaleza de ese suelo del cual brota el discernimiento?”,
pregunté.
“El discernimiento sólo puede tener lugar cuando estamos libres del
tiempo y del pensamiento”, dijo K.
“Este es un proceso interminable”.
“No, no lo es. Vivir en paz es florecer, comprender el mundo
extraordinario de la paz. La paz no puede ser generada por el pensamiento”,
dijo K.
“¿Es el cerebro el que está escuchando lo que usted dice?”
“Sí. Observe entonces lo que ocurre”.
“Está quieto. No parlotea, está quieto”.
“Cuando está quieto y escucha, entonces hay discernimiento. No tengo que
explicarle de diez maneras diferentes las limitaciones del pensamiento”
“¿Existe algo más allá?”, pregunté titubeando.
“Oh, sí existe. Muchísimo más. ¿Escucho un sonido, un sonido dentro de
un área, o escucho lo que usted dice sin este sonido verbal? Si usted quiere
comunicar algo más que palabras, entonces, si hay sonido en mi escuchar, no
puedo comprender la profundidad de lo que está diciendo. El presente es el
‘ahora’. En ese ‘ahora’ llega a su fin todo el movimiento, toda la estructura
del tiempo-pensamiento. El ‘ahora’ tiene entonces un significado por completo
diferente. El ‘ahora’, entonces, es ‘nada’. ‘Nada’ en el sentido de que el cero
contiene todos los números. Por lo tanto, la ‘nada’ lo contiene todo. Pero nos
asusta ser nada”.
“Cuando usted dice que la nada lo contiene todo, ¿significa eso toda la
naturaleza, todo el cosmos que nos rodea?”, pregunté.
“Sí, sí. ¿Ve usted el hecho de la existencia de esa nada? El yo es un
manojo de recuerdos -recuerdos muertos. Funcionan, pero surgen de un pasado que
ya no existe. Tengo un discernimiento en eso, y se terminó. Veo que en el
‘ahora’ está la ‘nada’”.
“Usted dijo algo acerca del sonido y del escuchar. Sí, es posible
escuchar así cuando la mente está por completo silenciosa”.
“No hablaremos de la mente, pero cuando el cerebro está absolutamente
quieto, ello implica que no existe sonido alguno producido por la palabra. Este
es el verdadero escuchar. La palabra me dice solamente lo que usted quiere
comunicarme. Yo escucho lo que usted dice”.
“El cerebro, ¿no tiene otra acción que la del escuchar?”, pregunté.
“Cuando el cerebro está activo, es ruidoso. Resulta interesante
investigar el sonido. El sonido puro sólo puede existir cuando hay espacio y
silencio. De otro modo, es sólo ruido. ¿Podemos volver a nuestra pregunta? Toda
la educación, el conocimiento, es un movimiento en el devenir, tanto externa
como psicológicamente. El devenir es la acumulación de la memoria. A esto lo
llamamos conocimiento. Mientras exista ese movimiento, habrá miedo de ser nada.
Pero cuando uno ve la ilusión del devenir, y ve que ese devenir es tiempo
interminable, pensamiento y conflicto, entonces hay un final para eso. Un final
del movimiento de la psique que es tiempo-pensamiento. Ese final implica ser
‘nada’.
“Esa ‘nada’ contiene entonces la totalidad del universo ‑no mis
insignificantes temores, ansiedades y sufrimientos. Después de todo, Pupulji,
esa ‘nada’ implica todo el mundo de la compasión. La compasión es la ‘nada’ y,
por tanto, es suprema inteligencia.
“Pero a nosotros nos asusta ser nada. ¿No veo, acaso, que no soy sino
una ilusión andante, que no soy sino un montón de recuerdos muertos? ¿Puedo,
pues, librarme de la memoria como tiempo-pensamiento y ver el hecho de que en
tanto exista este movimiento del devenir, tiene que haber conflicto
interminable, dolor?” Hizo una pausa, estaba hablando desde lo profundo.
“Los astrofísicos están tratando de comprender el universo. Sólo pueden
comprenderlo en términos del mundo material, en términos de sus limitaciones.
Pero no pueden comprender su inmensidad; la inmensidad es parte del ser humano;
no sólo allá, sino aquí” ‑puso las manos sobre su pecho- “lo cual implica que
no debe haber vestigio alguno de tiempo y pensamiento. Esa es la verdadera
meditación. Eso es lo que significa sunya
en sánscrito.
“Ofrecemos cientos de comentarios, pero el hecho real es que no somos
sino un montón de palabras. ¿Puede uno captar que el cero contiene todos los
números? Así, en la ‘nada’, todo el universo existe”. Las percepciones fluían
como un río atronador.
“Pero en la vida, cuando sufro o hay temor, ésa es la única cosa que
conozco; no veo que son todas cosas pequeñas e insignificantes. ¿Cómo escucha
usted todo esto? ¿Qué es lo que comprende? Sería bueno que pudiera ponerlo en
palabras. ¿Qué es lo que siente? Las personas que van a leer esto, ¿qué es lo
que sentirán? Puede que todo esto sea inservible, o puede que sea verdadero;
¿qué es lo que usted capta o comprende? ¿Alcanza a ver la inmensidad de todo
esto?” Hizo una larga pausa.
Con mucha vacilación, dije: “Esto implica el fin de la naturaleza
psicológica del yo”.
“Sí. He formulado una pregunta. Sería de gran ayuda para todos nosotros
si, cuando usted escucha esto, pudiera decir cuál es su respuesta. ¿Cuál es el
perfume de todo esto?”
Yo no podía encontrar las palabras necesarias para expresarme. “No me
formule esa pregunta. Cualquier cosa que yo pudiera decir, sonaría totalmente inadecuada. Porque mientras
usted hablaba, había inmensidad”, dije.
“Sí. Uno podía sentir la intensidad de ello. ¿Es algo temporario? ¿Es
por un momento, y después se ha ido? Entonces está otra vez la tensión de
recordarlo, de captarlo”, dijo K.
“No. Uno se ha alejado de eso”, dije. “Hay otra cosa que se comprende:
Lo más difícil en el mundo es ser totalmente sencillos”.
“Sí. Si uno fuera totalmente sencillo, desde ahí podría comprender toda
la complejidad de la vida. Pero empezamos con la complejidad y nunca vemos la
sencillez. Hemos adiestrado nuestro cerebro para ver lo complejo y tratar de
encontrar una respuesta a lo complejo. Pero no vemos la extraordinaria
sencillez de los hechos”. Hubo nuevamente una pausa.
Dije: “Según la tradición de la India, del sonido nacieron todos los
elementos, los Panch Maha Bhutas. El
sonido que reverbera y sin embargo no es audible”.
“Así es. Pero al fin y al cabo, en la tradición india, el Buda,
Nagarjuna, dijeron que el hombre debe negar toda la cosa. Nagarjuna lo negaba
todo, todos los movimientos de la psique. ¿Por qué la gente no prosiguió con
eso?”, preguntó K. “No negando el mundo como lo hicieron ‑uno no puede negar el
mundo- sino mediante la total negación del ‘yo’”.
“La renunciación es la total negación del ‘yo’”, dije. “Básicamente, la
renunciación nunca está en lo externo”.
“La renunciación es en lo interno: no estar apegado ni siquiera al
propio taparrabo. Pienso que nos hallamos presos en una red de palabras, no
vivimos de realidades. Yo sufro, y el modo de acabar con eso es no escapar
hacia la ilusión. ¿Por qué los seres humanos no se han enfrentado al hecho y
han cambiado el hecho? ¿Es porque estamos viviendo con ideas, ideales ‑irrealidades?
Vivimos con la historia de la humanidad. La humanidad soy yo, y el ‘yo’ es
dolor inacabable. Por lo tanto, si uno quiere terminar con el dolor, tiene que
haber una terminación del ‘yo’”. Krishnaji exploraba mientras hablaba.
“Eso es realmente la terminación del tiempo, ¿verdad?”
“Sí. Terminar con el tiempo-pensamiento, o sea, escuchar sin el sonido.
Escuchar el universo sin el sonido”. Hizo una pausa. Krishnamurti estaba muy
lejos. “Un médico en Nueva York me dijo que el problema fundamental es si las
células cerebrales, que han estado condicionadas por siglos, pueden producir
una mutación. Yo dije que eso es posible sólo a través del escuchar. Pero uno
no está dispuesto a escuchar enteramente. Si el hombre dijera de verdad,
‘quiero vivir en paz’, entonces habría paz en el mundo. Pero no quiere vivir en
paz. Es ambicioso, arrogante, mezquino. Y así hemos reducido la inmensidad de
todo esto a algunas insignificantes reacciones. ¿Se da cuenta de esto, Pupul?
Llevamos vidas tan pequeñas ‑desde la más alta a la más baja”. Se quedó en
silencio.
“¿Qué es el sonido para usted, señor?”, pregunté. Otra vez hubo un largo
silencio, desde el cual Krishnamurti habló: “El sonido es el árbol. Tome los
cánticos indios y los cantos gregorianos, son extraordinariamente similares.
Uno escucha el sonido de las olas, del fuerte viento, el sonido de una persona
con la que ha vivido por muchos años... se ha habituado a todo ello.
“Pero si no lo ha hecho, entonces el sonido tiene un significado
extraordinario. Entonces uno lo escucha todo de nuevo. Usted me dice que el
tiempo y el pensamiento son todo el movimiento de la vida del hombre. Me ha
comunicado un hecho sencillo. ¿Puedo escucharlo sin el sonido de las palabras?
“Entonces he captado las profundidades de esa declaración, y es algo que
ya no puedo perder. La he escuchado en su totalidad. Me ha comunicado el hecho
de que es así y lo que es así, es siempre absoluto. En la
tradición hebraica es sólo Jehová, El Innominado, el que puede decir ‘Yo soy’.
Ese es el Tat Twam Asi en sánscrito”.