domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXX “ELLA ES MUY VULNERABLE”.




Capítulo XXX
“ELLA ES MUY VULNERABLE”.

   Krishnaji supo de la derrota de Indira Gandhi mientras se encontraba en Ojai, California. En la carta que me dirigió el 22 de marzo decía: “Ahora ya está ella fuera del mundo político y me pregunto qué irá a hacer. Cuando usted la vea, por favor transmítale mi afecto, ¿lo hará?” El 31 de marzo volvió a escribirme: “He recibido su carta posterior a la elección. Me alegra saber que usted estaba con ella cuando las noticias llegaron. Me siento un tanto responsable de este acontecimiento. Como le dije en Bombay, ella podía ser derrotada. De cualquier modo, por favor transmítale mi afecto”. En las cartas que siguieron, él continuó preguntando acerca de ella.
   Permanecí en Delhi hasta fines de mayo, aunque renuncié a todas las posiciones que tenía en el gobierno. Indira se había mudado a su residencia de Primera Ministra en el 12 de Willingdon Crescent. Las presiones y tensiones iban en aumento. En una noche calurosa de verano, la encontré sentada sola en la oscuridad de la galería, mirando un jardín típico de la India que había afuera. Me senté a su lado, pero se dijeron pocas palabras. A veces solía compartir con ella una comida frugal y me volvía a mi casa.
   Una noche la encontré en un estado de excesivo agotamiento. Yo sabía que se había entrevistado con uno de los líderes del nuevo gobierno. Le pregunté si había sentido mucha hostilidad cuando se vieron. “Si”, me dijo. “Me tomó una terrible alergia mientras él estaba hablando ‑sentí que se me dilataban las entrañas­. No tenía pañuelos suficientes, mi nariz se derretía”.
   Ciertos días solía llegar súbitamente a mi casa “para sentarse quietamente”. No parecía sentir temor alguno por sí misma, pero estaba sumamente ansiosa por su hijo Sanjay. Las pocas personas que habían permanecido con ella, le dijeron que Sanjay sería detenido y torturado en la prisión. Yo no sabía cómo consolarla.
   Viajé a Bombay a principios de junio, puesto que en Nueva Delhi no tenía dónde vivir. Poco después, Indira fue arrestada. Pasó una noche bajo encierro policial, pero el magistrado la liberó a la mañana siguiente.
   Krishnaji escuchó las noticias del arresto de Indira en la BBC de Londres, e inmediatamente me escribió para inquirir sobre su estado. Con las presiones en aumento contra ella y Sanjay, Indira le escribió a Krishnaji; pero como no tenía personal que la asistiera, el franqueo de la carta fue inferior al requerido para su envío por vía aérea, por lo cual ésta se despachó por vía terrestre. Cuando vi a Indira en agosto, me dijo que no había recibido respuesta a la carta que le escribiera a Krishnaji. Sabiendo que él había contestado, le escribí para preguntarle si la carta había llegado a sus manos. Su respuesta fue inmediata; no había recibido esa carta de Indira. La recibió más tarde, cuando regresó a la India y se la reenviaron desde Brockwood. La carta de Indira a Krishnamurti, fechada el 21 de junio de 1.977, decía:

Respetado Krishnaji:
   Pupul me ha enviado su dirección.
   Quiero escribirle pero no sé qué.
   Pensaba que había adquirido cierta medida de quietud interna, pero es obvio que no resulta suficiente para las presiones que ahora estoy soportando. He sonreído a través de toda la persistente campaña de calumnias contra mí y mi familia. Esto continúa. Por añadidura, somos constantemente vigilados, seguidos y hostigados.

   Proseguía la carta hablando de Sanjay y de la amenaza de cargos criminales contra él. Terminaba diciendo: “Sanjay mismo, aunque sujeto a semejantes penurias y humillaciones ‑allanamientos de su domicilio, interrogatorios del CBI y el actual proceso­ se está comportando con dignidad y ecuanimidad”.
   Las personas que habían estado junto a ella cuando era Primera Ministra, comenzaban a abandonarla, y se sentía profundamente herida. No sabía qué le deparaba el futuro. Se daba cuenta de que el gobierno Janata buscaba venganza y que seguiría humillándola y persiguiéndola. Sentía mucho temor por Sanjay.

   Krishnaji llegó a la India a principios de noviembre. Desde Bombay tenía que ir a Varanasi, pero una aguda falta de agua le hizo cancelar su visita.
   La planta baja de mi casa en Dongersey Road, Malabar Hill, donde Krishnaji habría de alojarse, se hallaba en muy mal estado de conservación. El día anterior a su arribo, parte del yeso que cubría el cielo raso se había desprendido cayendo cerca de mi cama y errándole por poco a mi cuerpo dormido. Era imposible arreglarlo antes de su llegada. Para sumarse a mi desesperación, en la mañana de su arribo una cuadrilla de obreros comenzó a cavar la calle frente a mi puerta, y fueron inútiles los llamados telefónicos a la Corporación Municipal para pedir que se detuvieran. Nadie supo siquiera informarme quién era el responsable. Y así fue que Krishnaji vino a una casa en la que el yeso se estaba cayendo, y donde cavaban un foso justo frente a la puerta. Habían colocado un tablón sobre el foso, y postes de madera sostenían el pórtico y el balcón posterior para evitar que se derrumbaran.
   Apenas llegó, K empezó a formular preguntas acerca de Indira. Me dijo que, antes de dejar la India en 1.977, tuvo una súbita percepción que le anticipó la derrota de Indira. Y agregó que en los años venideros ella habría de enfrentarse a muchas congojas, tribulaciones y violencias.
   Pocos días después de su llegada, recibí un llamado telefónico desde Delhi anunciándome que Indira vendría desde Bangalore con el solo propósito de encontrarse con Krishnaji. Iba a ser una visita privada. Llegó, salió del automóvil, y le divirtió tener que “cruzar el tablón” para entrar en la casa donde yo vivía. Pasó más de dos horas con Krishnaji, mientras que el director general de la policía, que estaba allí por razones de seguridad, aguardaba en el corredor. Cuando ella salió, me llevó a un lado y me dijo que Krishnaji le había preguntado si podía demorarse un día más en Bombay, a lo cual accedió, esperando no causar con ello demasiadas molestias.
   Yo estuve inmediatamente de acuerdo y, aunque con bastante trepidación interna, comencé a planear los detalles. Cuando el director general de la policía se enteró de esto, se mostró horrorizado. Me dijo que era imposible proporcionar la seguridad adecuada para proteger esta parte de la casa. Estaba en la planta baja y numerosas ventanas se abrían a la calle. Me rogó que persuadiera a Indira de que regresara a Delhi. Estaba muy nervioso y genuinamente asustado. Varios líderes del Congreso habían venido para entrevistarse con ella. Los apiñaron a todos en el tercer dormitorio, mientras Indira los entrevistaba individualmente en el salón.
   Finalmente se dispuso que ella regresara a Delhi. Para entonces, la gente ya se había enterado de que Indira se encontraba aquí, y afuera se reunían multitudes. Tarde en la noche, antes de partir, Indira comió entusiastamente sándwichs de pepino y patodi y un suculento Gujarat salado hecho con trigo entero. La llevé al aeropuerto ‑el avión se demoró varias horas­.

   En la primavera de 1.978 viajé con Indira a Karnataka, viendo templos y visitando maths o monasterios. Nos detuvimos para almorzar en Mulabidri, un antiguo centro religioso Jain. Para que la ex-Primera Ministra pudiera verla, se sacó de las bóvedas de seguridad una gran colección de imágenes Jain talladas en esmeralda, rubí, zafiro, cristal, obsidiana, ágata y otras piedras semipreciosas. Desde el siglo X, mercaderes que comerciaban con el Lejano Oriente trajeron consigo tesoros tallados en la forma de erguidas imágenes Jain, a fin de ofrendarlas en ese antiguo santuario.
   Terminamos nuestro viaje en Mercara, alojándonos en una casa de descanso cobijada entre jardines y árboles enormes. Aquí es donde Indira habría de escribir su libro La India Eterna. Ella discutía el libro con nosotros y se pasaba la mañana escribiendo, a veces se relajaba y hablábamos. Mientras escribía el libro, se habían despertado muchos recuerdos que también la ayudaron a investigar en sí misma. Me dijo. “Cuando salgo de viaje, observo todo lo que ocurre, todos los lugares por los que pasa mi automóvil. Con frecuencia éste carece de resortes y resulta incómodo cuando pasa sobre los kuccha o caminos de barro. Observo las aldeas, el modo como viste la gente, sus rostros, sus expresiones. Siempre he sido observadora. De niña estaba llena de curiosidad, todo me interesaba: los pájaros, los insectos, los animales”. Le gustaba caminar con los pies desnudos, especialmente cuando se encontraba en las montañas. Me contó: “Gandhiji solía decir: ‘camino con los pies desnudos porque el pobre no tiene zapatos’, pero para m í andar con los pies desnudos es sentir la tierra, percibir su contacto”.

   Krishnaji regresó a la India cuando comenzaba noviembre de 1.978. No se detuvo en Delhi de paso para Varanasi. Desde allí se dirigió al sur, al Valle de Rishi vía Calcuta. Recibí un telefonema del 12 de Willingdon Crescent en Nueva Delhi, anunciándome que Indira se proponía visitar el Valle de Rishi y que esperaba ver a Krishnaji. Ella nunca había estado en el Valle, y pensaba que unos cuantos días le servirían de descanso. Acababa de triunfar en la ferozmente reñida elección de Chikmagelur, y las tensiones iban aumentando a medida que se acercaba la fecha de apertura del Parlamento.
   Un día antes del de su llegada, recibí otro telefonema informándome que la moción de privilegio para expulsarla del Parlamento y ponerla en prisión, ganaba impulso, y que los próximos días serían críticos; naturalmente, tenía que abandonar la idea del viaje. Salí del Valle de Rishi y volé a Nueva Delhi, y así estuve presente en el Lok Sabha en medio de la batalla. Indira fue acusada por el Parlamento, expulsada y enviada e prisión hasta que el Parlamento levantara la medida. Estuvo en la cárcel de Tihar por una semana. Desde allí me escribió esta nota, borroneada sobre una arrugada y sucia hoja de papel:

Pupul querida:
   Te veías totalmente enferma el otro día y me sentí preocupada por ti. Estás ansiosa a mi respecto ­¿pero por qué?­ Estoy bien física y mentalmente. Mi tos y mi catarro van mucho mejor. Me encuentro a resguardo en un gran cuartel, completamente sola con dos matronas que se turnan para cuidarme. Todo está bastante limpio pero es indescriptiblemente feo, los accesorios son poco prácticos y están mal hechos. Han arreglado un cuarto de baño para mí y tengo agua caliente por la mañana. Hay tranquilidad y paz. Estoy leyendo y, si hubiera disposición para hacerlo, podría escribir. He traído conmigo una vieja selección de libros ‑todos regalos de cumpleaños­.
Con amor.
Jiddu
   He terminado apresuradamente porque llegó mi comida.

   Poco después de ser liberada, ella decidió visitar a Krishnaji en Vasanta Vihar. Se tomaron complejas medidas para su seguridad. Indira almorzó con K, pasó la noche en la Casa de Descanso Estatal y regresó a Delhi en la mañana siguiente.
   El aeropuerto era una agitada masa de personas que habían venido a recibirla. Parecía un poco agotada cuando salió del avión. Venía de Karnataka, donde los partidos de la oposición habían organizado algunas manifestaciones con pedreas.
   Krishnaji estaba en el porche y la condujo al primer piso de Vasanta Vihar. Yo aguardé en un salón contiguo. Poco tiempo antes de que ella saliera, él me llamó para que fuera a la habitación. Indira tenía ojos angustiados, pero sonrió al verme. Al cabo de un rato, dijo: “Krishnaji me ha estado pidiendo que abandone la política. Le he dicho que no sé cómo hacerlo. Hay veintiocho casos penales contra mi persona”. Se volvió hacia K y dijo que le habían entablado juicio con el cargo criminal de haber hurtado dos pollos, y que estaba emplazada a presentarse para responder a la acusación. Hizo una pausa buscando las palabras apropiadas: “Le he expresado a Krishnaji que sólo tengo dos alternativas luchar o ser un blanco fácil y dejar que me destruyan”.
   Fui con ella a mi casita de campo, donde se lavó y se relajó antes del almuerzo, después de lo cual me hizo un relato de su vida en la prisión. Se despertaba a las cinco de la mañana, hacía ejercicios, tomaba leche fría que la noche anterior le había traído su nuera Sonia, y volvía a la cama hasta las siete. Luego se bañaba y después leía. Irónicamente, le habían dado la misma celda que ocupara George Fernandes (George Fernandes, un socialista, era uno de los más agresivos oponentes de Indira. Fue por varios años miembro del Parlamento, y tuvo el cargo de ministro en el gobierno de Morarji Desai, después de que Indira y el Congreso fueran derrotados en 1.977).
   Todo el tiempo la acompañaban dos matronas. La celda era fea. Sonia le traía las comidas cocinadas en su casa. Las autoridades de la prisión sólo le permitieron un número limitado de libros, situación que ella consideró irritante. Indira no alimentaba sentimiento alguno de autocompasión.
   Hacia el fin de la conversación dijo. “Cuando vi a Krishnaji en Delhi, en 1.976, él me preguntó si yo me había percatado que, si actuaba correctamente, tendría que afrontar las consecuencias, que ellos tratarían de destruirme”.
   Cerca de la una regresamos a la casa para el almuerzo. Además de Indira y Krishnaji, estaba Mary Zimbalist Krishnaji hacía de anfitrión. Era conmovedor ver las exquisitas cortesías con que cumplía su papel; estaba atento a lo que Indira decía, vigilaba el modo en que se servía la comida, discutió los asuntos internacionales, habló de los problemas que afronta la humanidad.
   Durante el almuerzo, Mary Zimbalist le preguntó a Indira: “¿Cómo se estaba en la prisión?”
   “Incómoda”, fue la inmediata respuesta. Luego siguió explicando que le habían dado una cama de madera, pero sin colchón. Había usado las frazadas para tapar la luz que entraba por las ventanas con barrotes. Mientras se hallaba en prisión recibió dos telegramas de personas desconocidas. El primero decía: “Viva frugalmente”; el otro le aconsejaba contar los barrotes de la ventana. Efectivamente, los había contado.
   M.S. Subbulakshmi, una de las más renombradas cantantes de música originaria de Carnatic, en el Sur de la India, mujer cuya melodiosa voz estaba en armonía con su dignidad, ofrecía esa noche un concierto en Vasanta Vihar dedicado a Krishnamurti, y éste invitó a Indira. Ella contestó diciendo que esa noche tenía varias reuniones, pero que trataría de ir si podía librarse en algún momento.
   Asistió un gran número de personas para escuchar el concierto. Krishnaji se sentó en el piso, ligeramente detrás de las primeras filas, y había sillas adosadas contra la pared. Subbulakshmi estaba cantando cuando llegó Indira y se sentó en una silla vacía cerca de la puerta. Al verla, me levanté y fui a sentarme en la silla contigua. Pude notar que todos en la sala habían advertido que ella se encontraba ahí y la observaban atentamente. También Krishnaji había notado su presencia, pero siguió sentado sin movimiento alguno. Al cabo de más o menos una hora, Indira se levantó y salió calladamente por la puerta lateral. Yo la seguí y encontré que él la estaba aguardando. La había visto levantarse y rápidamente se dirigió hacia la puerta para despedirse de ella. Se mostró muy afectuoso, tomó su mano y dijo: “Hasta luego, señora. Que esté bien. Volveremos a encontrarnos”.
   La represión y el acosamiento contra Indira y su familia en 1.979, habrían de volverse contraproducentes. Terminado el estado de emergencia, el pueblo de la India se había rebelado contra ella, pero la mayoría no estaba preparada para ver a Indira sometida a humillaciones. Era la hija de Jawaharlal, valerosa por demás. Una noche, después de su derrota, me dijo que era una sobreviviente. La vida había sido tan dura en su infancia, que se habían desarrollado en ella las cualidades necesarias para la supervivencia. Podía soportar penurias, privaciones, y vivir una vida de austeridad. El instinto de supervivencia le hizo desprenderse de todo lo que era innecesario y desarrollar las facultades requeridas para enfrentarse al peligro; la capacitó para percibir los cambios de disposición entre la gente de la India. Con el gobierno Janata (Cuando terminó el estado de emergencia, los líderes de la oposición se unieron para formar un solo partido bajo el nombre de Partido Janata. Janata significa ‘pueblo’. El Partido Janata se inspiró en el más respetado de los líderes gandhianos, Jai Prakash Narain; el nuevo partido disputó en 1.977 las elecciones contra Indira Gandhi y el Partido del Congreso. El Partido Janata resultó victorioso, y se formó un nuevo gobierno con Morarji Desai, el veterano líder de Gujarat. Casi todos los miembros del Partido Janata habían sido anteriormente miembros del Partido del Congreso; muchos de ellos habían participado en la lucha por la libertad contra el dominio británico, pero rompieron con el Partido) en plena división interna, siendo como era ella una política sagaz y visionaria, se dispuso a actuar. Recorrió el país vigorosamente, hablando ante pequeñas y grandes multitudes. Los tres años de severa persecución, de aislamiento, de ver cómo la traicionaban ya fuera por temor o por beneficio propio, de ser acosada y tener que aguzar todos los sentidos para protegerse a sí misma y a su hijo, la habían vuelto precavida y vigilante. Por la época en que Krishnaji regresó a la India a fines de 1.979, se habían anunciado elecciones. Ella le escribió una carta, expresándole la imposibilidad de verlo, puesto que debía viajar continuamente.
   Cuando llegaron las nuevas de la elección, yo me encontraba en vuelo a Delhi: Indira había triunfado por abrumadora mayoría. Fui a verla a la mañana siguiente. Habían colocado barricadas alrededor del 12 de Willingdon Crescent, y se estaban arremolinando multitudes. Me abrazó y las lágrimas se desbordaron. Aunque ella sabía que la marea estaba a su favor, el impacto emocional de la victoria tardó algún tiempo en registrarse.
   Fui a Bombay, donde al otro día llegó Krishnaji. Hablamos de Indira y de su futuro. Una mañana me llamó él a su habitación; estaba grave y callado. Así permanecimos sentados por un rato. Después me dijo que Indira habría de enfrentarse a un gran dolor al año siguiente, y que yo debía encontrarme en Delhi tanto como me fuera posible. Dijo: “Es una rara coincidencia que usted esté tan cerca de un ser como yo y también sea amiga de la primera ministra. Esté muy atenta a sí misma. Situaciones como ésta casi no ocurren. Esté muy alerta a cada pensamiento, a cada acción”. Sus palabras penetraron profundamente, aunque no pude responder a ellas. Me daba cuenta de que él había percibido cierta oscuridad que envolvía a Indira, pero no habló de ello.
   Desde principios de febrero empecé a ir regularmente a Delhi, si bien no asumí ninguna responsabilidad en el gobierno hasta fines de septiembre. En junio me encontraba en Kashmir con el gobernador L.K. Jha, cuando se recibieron noticias de que Sanjay había resultado gravemente herido en un accidente de aviación. Volé de inmediato a Delhi. En el avión me encontré con el Dr. Karan Singh, quien me dijo que había recibido confirmación desde Delhi sobre la muerte de Sanjay. Krishnaji envió un telegrama que después le entregué a Indira.
   Yo le había escrito a Krishnaji dándole noticias de Indira y de la catástrofe. Él me contestó inmediatamente desde Gstaad: “Debe haber sido un choque terrible para ella y espero que se esté recuperando”. Yo le había sugerido que le escribiera a Indira sobre cómo enfrentarse a la muerte. Contestó: “Acabo de responder a esa cuestión en la reunión pública. Siento que no sería correcto enviarle un mensaje sobre cómo afrontar la muerte. Podría hablarlo con ella, lo cual sería muy diferente de un mensaje escrito. Espero que usted lo comprenda”.
   A medida que pasaban los días, el cuerpo de Indira, que había soportado con la espalda erguida y los ojos secos el choque de la muerte de Sanjay, comenzó a expresar su angustia. Los labios, que en su juventud habían contradicho la calidez de sus ojos, perdieron todo rastro de dureza. Su cabello se puso ingobernable y se lo peinaba hacia atrás desde la frente; su andar era pesado.
   Comenzó a recibir todo tipo de telegramas y cartas conteniendo predicciones astrológicas de peligro y desastre para Rajiv. Algunos astrólogos alegaban haber predicho exactamente el día de la muerte de Sanjay unos meses antes. Era obvio que las nuevas predicciones astrológicas se le enviaban para quebrantar su espíritu. Le sugerí que tirara las cartas por la ventana. Ella vacilaba. Después, con angustia me dijo: “Si hubiera muerto yo, eso habría sido justo. Tengo más de sesenta y he vivido una vida plena. Pero Sanjay era tan joven...” Nos hallábamos cenando; Rajiv se veía desconsolado, Sonia lloraba, la joven viuda de Sanjay, Maneka, estaba abstraída. Indira se levantó diciendo que tenía cuatro horas más de trabajo esa noche. Mientras se dirigía hacia la puerta con la espalda encorvada, el cuerpo inclinado, se veía envejecida y agotada hasta los huesos.

   Krishnaji llegó desde Brockwood a principios de noviembre de 1.980. De Madrás se dirigió a Colombo, Sri Lanka, donde pronunció cuatro pláticas. En la cuarta semana de noviembre, estaba él en el Valle de Rishi. Los miembros de las Fundaciones inglesa y americana habían llegado al Valle para la reunión conjunta que más tarde se iba a efectuar en Madrás. En diciembre recibí un mensaje anunciándome que Indira Gandhi vendría a visitar a Krishnaji en el Valle de Rishi, acompañada de Rajiv, Sonia y los hijos de estos, Rahul y Priyanka. Krishnaji se sintió perplejo de que una Primera Ministra viniera desde tan lejos para visitarle y ver el valle. Me habló de la cualidad especial de sentimientos que él tenia hacia ella. Habían pasado cerca de dos años desde que la viera por última vez. Durante ese tiempo, ella había conocido un gran triunfo y el dolor devastador de la súbita pérdida de su hijo.
   La Primera Ministra había dado instrucciones en el sentido de que ésta era una visita privada, y no quería que ministros y otros representantes de la legislatura estatal se agolparan en el lugar. También había ordenado que el cuerpo de seguridad se mantuviera fuera de los terrenos, puesto que ella comprendía la sensibilidad de Krishnaji hacia las armas y los uniformes. La policía tenia que estar ahí, pero sus miembros debían situarse de tal modo que resultaran invisibles. Se volvió todo un juego el encontrar un arbusto apropiado tras el cual esconderse ‑un corpulento inspector de policía trató incluso de ocultarse detrás de un delgado eucalipto­. Unos cien miembros del personal de seguridad estaban escondidos en el terreno.
   El avión de Indira aterrizó en una pista a algunas millas de allí. Subí a su automóvil y nos dirigimos a las puertas del Valle de Rishi, donde los pobladores, los niños de la escuela y los maestros se habían reunido portando guirnaldas. Indira detuvo el auto, salió, y se mezcló con ellos.
   Fui Con ella para ver a Krishnaji, quien nos esperaba en la puerta de la Casa de Huéspedes. Pasaron unos minutos juntos; luego, mientras Krishnaji volvía a su habitación, nos dirigimos a los terrenos de la escuela. Indira estaba muy atenta, observando los árboles, los pródigos cultivos y las casas de los trabajadores. Nos detuvimos ante un pequeño albergue para niños, y ella entró y habló con varios de ellos. No hizo comentarios, pero pudimos ver que estaba impresionada. Al final de nuestro recorrido llegamos al edificio de las asambleas, donde ella y Rajiv plantaron higueras en el terreno.
   Una vez plantados los árboles, entramos al salón de las asambleas. Krishnaji hizo luego su entrada calladamente y se sentó cerca de Indira. El silencio era absoluto. Luego, con entonación perfecta, los niños cantaron slokas en sánscrito. Cuando terminaron, Krishnaji se volvió hacia Indira y le pidió que hablara. Ella le respondió que no podía hacerlo antes que Krishnamurti. De modo que él fue y se sentó con las piernas cruzadas en la baja tarima y dirigió unas pocas palabras a los niños. Cuando finalizó, Indira se sacó los zapatos, subió a la tarima, se sentó y pronunció un discurso corto y sencillo.
   Después se dirigió con Krishnaji a la vieja casa de huéspedes. Yo los seguí con su familia. En el gran espacio que había cerca de la habitación de K, sirvieron té, dosas y jalevis. El Rishi Konda estaba oculto por los altos árboles, cuyas ramas enmarcaban el salón abierto e incluso penetraban en él. Parameswaran, el jefe de cocina en el Valle de Rishi, era famoso por sus dosas, e Indira y su familia los comieron con entusiasmo. Krishnaji advirtió que ella necesitaba lavarse los dedos y pidió a Parameswaran que le trajera un cuenco especial para el caso. No había disponible ninguna vasija semejante, de modo que le trajeron un plato sopero con agua, e Indira se lavó las manos en él. Krishnaji me miraba. Indira notó la mirada y sonrió.
   Después preguntó si podía hablar con Krishnaji a solas, y él la condujo a su habitación. Rajiv y Sonia fueron a ver la escuela, mientras que Rajesh Dalal llevó a los niños para una caminata. Indira estuvo un tiempo con Krishnaji. Más tarde, salieron a pasear por el campo. La policía de seguridad se ocultaba detrás de los arbustos que había a lo largo de la ruta que iban a seguir. Se dirigieron hacia el Rishi Konda atravesando bosquecillos de mangos. El sol se ponía detrás del cerro. Krishnaji caminaba muy rápido e Indira le seguía el paso con facilidad.
   A la noche hubo un concierto bajo la higuera de Bengala y más tarde una cena a la luz de la luna. Indira estaba relajada, contó anécdotas y participó libremente en la conversación. Yo había arreglado su habitación con cierto cuidado ‑una ventana abierta al Rishi Konda que era visible a través de las plantas y la floreciente hierba silvestre­. Ella advirtió las plantas y el cerro y la atmósfera creada en la habitación, e hizo comentarios sobre la paz y la infinita quietud del valle. A la mañana siguiente, Indira desayunó con Krishnaji.
   En las dieciocho horas que ella había estado en el Valle de Rishi, una constante compasión estuvo fluyendo desde Krishnaji y envolviéndola. Yo no sé si Indira se percató de las energías intemporales que emanaban de él sanando el cuerpo y la mente. Un texto del Rig Veda habla del lugar “Donde se encuentran ‘oshadías’ o hierbas y plantas, y el hombre sabio es el curador, tanto del mal como de la enfermedad”.
   Acompañé a Indira de regreso a Delhi. En el avión durmió profundamente sin despertarse. Parecía ser el sueño de la curación.
   Indira se había llevado consigo los silencios y la compasión del valle. Pronto se hizo evidente que sus sentidos se estaban intensificando. Un aspecto joven, vulnerable, remplazaba el devastado rostro. Su paso se hizo ligero, la espalda se enderezó.