Capítulo XIV
“BAJO LOS ÚLTIMOS RAYOS DEL SOL,
LAS AGUAS TENÍAN EL COLOR DE
LAS FLORES RECIÉN NACIDAS”
En
1949 Krishnaji habría de descubrir el sabor de la India; el esplendor de sus
ríos, de sus montañas y de su campo; su escualidez, su pobreza y su
sufrimiento, y el polvo de los caminos que sabios y buscadores descalzos habían
recorrido durante siglos. Palpaba la mente de la India, que vivía de abstracciones
y se deleitaba con las ideas; se iba dando cuenta cada vez con más intensidad
de las sombras que separaban el ideal de la acción.
De
Delhi viajó en tren a Varanasi. Un hombre que estaba con él en el compartimiento,
interesado en la muerte y en los fenómenos físicos, interrogó a Krishnaji sobre
la verdad acerca de la muerte y sobre la continuidad. Cuando el tren paró en
una estación local, ocurrió una cosa interesante.
“El
tren se detuvo”, contó Krishnaji, “y justo en ese momento pasaba un carruaje de
dos ruedas tirado por un caballo. Sobre el carruaje iba un cadáver humano
envuelto en un lienzo crudo y atado a dos largas varas verdes de bambú recién
cortadas. Desde alguna aldea lo llevaban al río para cremarlo. Mientras el
carruaje corría por el accidentado camino, el cuerpo se sacudía brutalmente, y
bajo el lienzo la cabeza era la que recibía la peor parte. Junto al conductor
del carruaje sólo había un pasajero; debía ser un pariente cercano, porque sus
ojos estaban enrojecidos de tanto llorar. El cielo tenía el delicado azul de la
primavera temprana y unos niños gritaban y jugaban entre el polvo del camino.
La muerte era seguramente para ellos un espectáculo habitual, porque todos
siguieron con lo que estaban haciendo. Ni siquiera el hombre que inquiría
acerca de la muerte advirtió el carruaje con su carga”1.
La
casa en que Krishnaji vivía en Rajghat, Varanasi, la luminosa ciudad de los
peregrinos, estaba emplazada en el lugar del antiguo Kasi, las altas tierras
que se levantaban cerca del Sangam, la confluencia de los ríos Ganges y Varuna.
Era en este sitio, el punto más sagrado de su viaje hacia el mar, que el río
tomaba una gran curva y se precipitaba hacia su origen en el norte. Fue
probablemente aquí, cerca del antiguo lugar del templo Adi Kesava, que el Buda,
habiendo alcanzado la iluminación en Bodh Gaya, cruzó el río sagrado viajando
en una barca, para poner el pie en la otra orilla. Y fue quizás a lo largo de
esta antigua senda de los peregrinos, que el Buda caminó hasta el parque de los
ciervos en Saranath para predicar su primer sermón. El río Varuna dividía en
dos partes la tierra, separando el Varanasi urbano de la zona rural.
A
través de los siglos, los profetas de este país habían venido hasta las
márgenes del Ganges en Kasi, dejando en el suelo la semilla latente de sus
enseñanzas. El Buda, Kapila Muni, Adi Shankara, estos grandes maestros, se
habían sentado bajo la sombra de los nudosos árboles, en los ghats o a lo largo de las márgenes. Las
aldeas tenían nombres que daban testimonio de esas presencias.
Kasi
era una ciudad conocida por su erudición y sus investigaciones, por el
escepticismo, la duda y la intensa brillantez de la mente dialéctica, y fue a
Kasi donde Adi Shankara había venido para establecer su supremacía. Durante
siglos los iconoclastas habían arrasado con la ciudad, destruyendo templos y
santuarios; pero la semilla de la duda, de la investigación, y la esencia de
las grandes enseñanzas que no residía en templo ni en libro alguno, había sido
conservada por los eruditos y los grandes sacerdotes. En cónclaves secretos,
ellos mantuvieron vivos y vibrantes los pétalos de una sabiduría perenne. A lo
largo de las márgenes de este río se habían desarrollado el diálogo y la
indagación en las recónditas profundidades de la naturaleza y de la mente.
Mangos, florecientes alcornoques e higueras, crecían en las sagradas
orillas del Ganges. Las ruinas de los templos y de los ashrams estaban cubiertas por altos pastos y enredaderas
silvestres. En cada amanecer Krishnaji permanecía en las penumbras de la
galería de su casa, aguardando a que el fuego del sol naciente creara de nuevo
el mundo. A lo lejos flotaba una barca con las velas desplegadas. Cadáveres
hinchados ‑humanos y animales, con buitres posados sobre los cuerpos eran
arrastrados por las aguas. Todo se movía lentamente, apaciblemente; las
corrientes del monzón habían cesado con su frenesí y su devastación; el agua
del río, como la pobre gente que vivía en sus orillas, tenía dignidad,
cualquiera que fuera la carga que llevara.
Achyut y Rao Sahib Patwardhan, Maurice Friedman, Sanjeeva Rao, Nandini,
y yo con Radhika, mi hija de diez años, estábamos en Varanasi. Todas las tardes
íbamos a pasear con Krishnaji por la senda de los peregrinos. Las flores
blancas de los alcornoques que bordeaban el camino hacia la ribera del río,
esparcían su fragancia, y bajo nuestros pies se extendían pimpollos de un
blanco perfecto. Con las lluvias abundantes, el río había desbordado sus
orillas, y el destartalado puente de barro y bambú que aparecía durante los
meses secos, aún no había sido levantado. Teníamos que cruzar el río en un trasbordador
manejado por un barquero. En Kasi se descubría la sensación del ritmo jamás
cambiante de la vida humana. Un sentido de lo arcaico se infiltraba en el país
y en la gente. El interminable pasado se reflejaba en los ágiles barqueros de
piel oscura que navegaban por el río, en las mujeres que llevaban los cacharros
con agua sobre sus cabezas, en los pescadores que arrojaban sus redes.
Cierta
tarde, una docena de niños y un grupo de cabras con los pastores, esperaban el trasbordador
en las márgenes del río. Con un gesto raudo, natural, Krishnaji levantó una
pequeña cabrita; su salto dentro de la barca fue seguro, preciso; los niños
reían al ver cómo la cabrita meneaba la cola y se cobijaba junto al bondadoso
forastero. Cruzamos el río y la plañidera cabra regresó con su madre.
Al
ver una piedra en el camino, Krishnaji la removió para que no pudiera lastimar
los pies desnudos de algún aldeano. Estaba muy alerta, escuchando los sonidos
del río, atento a la gente que pasaba, a las aguas, a los árboles, a los
pájaros, y a los perros de la aldea que ladraban incesantemente. Acostumbraba
estar en silencio, y nosotros permanecíamos en silencio con él.
En
uno de sus paseos habló: “El hombre existe porque está relacionado; sin la
relación, el hombre no existe. Para comprender la vida, uno tiene que
comprenderse en la acción, en la relación con la gente, con la propiedad y con
las ideas”.
Se volvió
y señaló hacia el ondeante río, y después hacia una añosa higuera. “La mayoría
de nosotros no está atenta a su relación con la naturaleza. Cuando miramos un
árbol, lo vemos desde un punto de vista utilitario ‑cómo aprovechar su sombra,
cómo utilizar su madera. De igual modo tratamos a la tierra y a sus productos.
No hay amor por la tierra, sólo una utilización de la tierra. Si la amáramos,
seríamos sobrios con las cosas de la tierra. Hemos perdido el sentido de la
ternura, de la sensibilidad. Sólo en la renovación de esa sensibilidad es
posible comprender la relación. Tal sensibilidad no adviene cuando colgamos
meramente unas cuantas pinturas en la pared o nos ponemos flores en el cabello.
Sólo llega cuando dejamos de lado la actitud utilitaria. Entonces ya no
dividimos la tierra, entonces ya no decimos que la tierra es ‘mía’ o ‘tuya’.
Krishnaji estaba ofreciendo pláticas públicas en Kammacha, en pleno
corazón de la ciudad. Como en todas sus pláticas, los que asistían eran monjes
budistas, sanyasis, devotos de la
Sociedad Teosófica que seguían viendo en Krishnaji al Instructor del Mundo,
turistas, educadores, y un gran número de personas jóvenes que venían por
curiosidad. Los grandes pandits de
Varanasi empapados en la tradición del estudio, gramáticos y lógicos, tántricos
y devotos, también se encontraban ahí para escuchar a este maestro que negaba
todos los sistemas y todos los gurús. Algunos de ellos lo entrevistaban a
solas. Poca discusión era posible debido a las dificultades del idioma, pero Rao
y Achyut estaban ahí para traducir.
Krishnaji sostuvo numerosas discusiones con los miembros del Rishi
Valley Trust que manejaban las escuelas en Varanasi. Discutimos acerca del
lugar que la autoridad y el temor ocupaban en la educación. Krishnaji expresó
su disconformidad con el modo como se abordaba la conducción de las
instituciones educacionales y con la calidad de los maestros en Rajghat ‑ninguno
entendía bien lo que tenía que hacer. El Pandit Iqbal Narain Gurtu, un
respetadísimo ciudadano de Varanasi, quien por muchos años había estado
vinculado con la labor de Mrs. Besant y más tarde con las escuelas de
Krishnaji, le tenía miedo al cambio. Hundía sus pies en la tierra declarando
que cualquier cambio drástico sería desastroso. Uttar Pradesh era anticuada y
tradicional, y solamente resultaban posibles cambios graduales. Sin embargo, la
palabra ‘gradual’ no existía en el diccionario de Krishnaji; la acción era inmediata, y surgía de ver la
realidad de ‘lo que es’. Debido a eso, éstas eran reuniones que resultaban una
verdadera maratón.
El
Rishi Valley Trust se sacudió hasta sus raíces. Los miembros, al sentir la
preocupación de Krishnaji ante el estado de las instituciones, presentaron sus
renuncias, y se eligió un nuevo grupo de miembros.
En 1948,
el Rishi Valley Trust consistía en dos instituciones independientes ‑una
Escuela para niños en Rajghat y un Colegio para mujeres en la ciudad, dentro
del complejo residencial de la Sociedad Teosófica. Otro complejo educacional se
había establecido bien al sur del Valle de Rishi en Andra Pradesh, donde Subha
Rao estaba al frente de una Escuela residencial coeducacional. Subha Rao, un
hombre consagrado a su tarea y capaz de despertar afecto y lealtad entre sus
estudiantes, había construido la escuela con sencillez espartana. La ausencia,
por muchos años, de Krishnaji, y la falta de una dirección clara en cuanto a
los propósitos de la escuela, habían llevado a un deterioro en todos los
niveles, tanto en el Valle de Rishi como en Rajghat. Los maestros eran mediocres.
Las subvenciones gubernamentales limitaban toda flexibilidad o posibilidad de
cambio. Los atrincherados intereses establecidos estaban determinados a
encargarse de que el ‘statu quo’ continuara.
En
marzo, cuando regresó a Bombay desde Varanasi, Krishnaji se alojó en mi
residencia, Himmat Nivas, en Dongersey Road. Era un piso de construcción
irregular, con habitaciones espaciosas y altos cielos rasos. Los espacios
tenían dignidad, y Krishnaji los llenaba con su presencia; una quietud persistía
incluso cuando él estaba ausente.
Gran
número de visitantes venía a entrevistarse con Krishnaji. Entre ellos estaba
Morarji Desai, que era el ministro de finanzas de Bombay, un estado que en esa
época incluía tanto a Gujarat como a Maharashtra. Krishnaji y él discutían los
libros sagrados de la India. Percibiendo una cierta presunción en la actitud
“soy más santo que tú” de Morarjibhai, (Bhai
significa hermano en Gujerati. Es un sufijo que se agrega al nombre de una
persona mayor como un término de respeto. En la India occidental, un hombre o
una mujer raramente emplean un primer nombre. En Gujerat, bhai se usa con el primer nombre masculino, y behen o hermana cuando se trata de la mujer. Es el equivalente del
‘ji’ que se emplea en el norte de la
India.) Krishnaji dijo que él no había leído el Bhagavad Gita y que no necesitaba de los libros sagrados.
Morarjibhai se horrorizó, y más tarde me dijo que Krishnaji no lo había
impresionado.
Krishnaji sentía ahora intensamente que no debía dejarse que continuara
la situación imperante en el Rishi Valley Trust y en las escuelas de Rajghat.
En una reunión que hubo el 9 de febrero de 1949, dijo: “Una escuela que nace de
la fricción no puede ser creativa. Es esencial la unanimidad entre los que
trabajan en ella. La escuela debe ser tratada como una totalidad orgánica.
Tiene que haber interés en encontrar el modo de que sea un núcleo vital. Un
núcleo muerto sólo puede producir instituciones muertas. Si la gente se
interesa de verdad, Rajghat no puede seguir con el ‘statu quo’“.
Fue
en esta reunión que se decidió que Rao Sahib Patwardhan fuera a trabajar en
Rajghat, cosa que hizo unos meses más tarde. La situación exigía que se
arrancaran de raíz las estructuras cristalizadas, tanto mental como
físicamente. Rajghat necesitaba una explosión. Pero Rao Sahib vacilaba. O bien
no estaba apasionadamente preparado para ubicar el problema y dedicarle la
exacta energía requerida por la situación, o no sabía cómo habérselas con el
problema. Su mente, presa en las estructuras, buscaba alternativas. No percibía
que el rechazo de la situación existente daría como resultado lo nuevo. Rajghat
estaba necesitado de energía con su pasión impulsora, y de una visión
penetrante. Rao Sahib ganaba amigos, era cordial y afectuoso, todos le querían;
Iqbal Narain Gurtu, el recio decano de Rajghat, era íntimo amigo suyo. Pero
algo en su vida personal, o su incapacidad para abandonar sus ideales y vivir
en la incertidumbre, tornaban imposible cualquier acción creativa. A fines de
año Rao Sahib regresó a Poona, y Rajghat continuó siendo un espejo del
estancamiento de Varanasi, estancamiento en el que había estado sumergido
durante siglos.
Una
mañana, a principios de 1949, una figurita menuda con la cabeza afeitada y
vestida con la túnica color de azafrán, tocó el timbre en los portales de
Himmat Nivas. El nombre que dio fue Chinmoyee. El servidor que había contestado
el timbre no podía decir si se trataba de un muchacho o una muchacha, y vino a
anunciarme que un swami aguardaba en la puerta. Conociendo yo el especial
afecto que Krishnaji sentía por el sannyasi
y la túnica azafranada, así se lo anuncié a K, y éste hizo pasar a Chinmoyee
inmediatamente. Ella habría de regresar otra vez.
La
historia que contó de su vida, simboliza un aspecto importante del carácter
distintivo de la India, en el cual se integran la religión y el espíritu
revolucionario. Chinmoyee, cuyo nombre original era Tapas, provenía de una
familia de revolucionarios bengalíes. Su padre y su hermano habían muerto en
prisión. Según un amigo íntimo de Tapas, “Era una matemática brillante y una
entusiasta estudiante de astronomía”. Después de graduarse, fue por algún
tiempo Rectora del Sister Nivedita Schoool de Calcuta.
Tapas
siempre había anhelado llevar una vida religiosa, y cuando murió su madre a la
edad de treinta y cuatro años, ella abandonó el hogar en busca de un gurú sannyas. Pasó algún tiempo en la misión
de Rama Krishna, y seis meses en el ashram
de Anandmai Ma. La vida en estos lugares no la satisfizo. El tiempo que estuvo
en Varanasi, lo dedicó a entrevistarse con eruditos como Gopinath Kaviraj y
Gobind Gopal Mookherjee.
Fue
por esta época que visitó al sabio santo de Bengala, Anirvanji. Este accedió a
ser su gurú sannyas, y le dio el
nombre de Chinmoyee. Ella permaneció con él por los siguientes cuatro años,
ayudándole a traducir al bengalí, primero los Vedas y después la Vida Divina
de Shri Aurobindo. Ellos vivían por entonces en Amora, Uttar Pradesh. Su labor
se vinculaba con la recaudación de fondos para la publicación de los trabajos
de Anirvanji que ella enviaba a Bombay. Un amigo de Chinmoyee le sugirió que
fuera a escuchar a Krishnamurti, quien en esos días estaba ofreciendo pláticas
en Bombay. Ella fue a escucharle, y después procuró conseguir una entrevista.
Esa
entrevista parece haber cambiado todo su ser seguramente cambió toda su vida.
De regreso en Almora, procedió a arreglar los asuntos pendientes con Anirvanji,
y lo dejó tan pronto como pudo traspasar a otro sus tareas. Volvió a adoptar su
nombre original, Tapas, y renunció a las vestiduras azafranadas.
Algún
impulso original la movió en ese primer verano a emprender completamente por su
cuenta un viaje a Kailash y al lago Manasarovar en el Tíbet, lugares sagrados
de peregrinaje. Kailash, una montaña de forma cónica, es considerada como la
residencia de Shiva y de su consorte Parvati. El lago Manasarovar está situado
a un lado de Kailash. Las aguas de este lago, de color azul celeste, son
tranquilas, y existe la creencia de que en ellas aparecen míticos cisnes. El
viaje a Kailash está lleno de grandes peligros. (La ruta a Kailash del lado
tibetano ha sido abierta recientemente a los peregrinos por el gobierno de
China). Sola y sin compañía alguna, ella partió para un viaje de lo más
arriesgado a través de pasos que estaban a más de 18.000 pies de altura,
uniéndose a una partida de peregrinos únicamente cuando ya no se le permitió
continuar viajando sola.
En
1950 regresó para ver a Krishnaji. Estaba irreconocible. Vestía un kurta blanco y pijama, su cabello
moteado de gris había crecido hasta los hombros. Llegó a Krishnaji y le dijo:
“He venido”. Él respondió: “Bien”; y pronto ella entró a formar parte de las
personas que le rodeaban.
En
los años siguientes, Tapas habría de viajar a todos los lugares de la India
donde él hablaba; con el tiempo empezó a ocuparse del vestuario de Krishnaji.
Solía deslizarse inadvertida por la casa y se volvía invisible ‑incluso hasta
el punto de ocultarse detrás de las puertas para desempacar las valijas de
Krishnaji, lavar y planchar sus ropas, disponerlas en el armario, y ocuparse de
otras fruslerías. Aunque Tapas misma sólo vestía de blanco, había desarrollado
un fino sentido del color. Fue ella la que consiguió que sus amigos compraran
para los kurtas de Krishnaji
algodones y sedas naturales de colores suaves. Ella transformó su vestuario con
un ojo inusual para lo raro y lo bello. Pero era fuertemente posesiva en su
papel. Corregía el más leve desorden en la habitación, y los sirvientes
responsables eran severamente amonestados. La miraban con terror, pero Tapas,
por ser una sannyasi disipaba
cualquier irritación o rencor que pudiera haber en ellos. Tocaban sus pies y
proseguían con lo suyo. Tapas asistía a las discusiones, pero jamás participaba
en ellas ‑aunque sus amigos me dijeron que tenía una profunda comprensión de
las enseñanzas y acostumbraba hablar a pequeños grupos dondequiera que iba.
Cuando Krishnaji no estaba en la India, ella solía desaparecer sola y
sin temor alguno en las montañas ‑en la antigua tradición secular, era una
peregrina. Resultaba imposible determinar su edad. Cuando yo la conocí tenía
25 años y ya estaba un poco envejecida. Con el tiempo enfermó de una dolencia
que no pudo ser diagnosticada. Su cuerpo se consumió poco a poco, y murió de un
ataque al corazón en 1976.
Los
problemas de Nandini con su esposo Bhagwan Mehta se estaban aproximando a una
crisis. Unos meses después de conocer a Krishnaji, ella le dijo a su esposo que
quería llevar una vida célibe. Era inevitable que la situación explotara. Sir
Chunilal Mehta se sentía perplejo, desgarrado como estaba entre su hijo y su
gurú; porque todo el mundo creía que la enseñanza de Krishnaji había influido
en Nandini llevándola a terminar las relaciones físicas con su esposo. Se
suponía que Nandini era inmadura y que esta decisión había nacido de su
inmadurez. Sir Chunilal solicitó la intervención de Krishnaji, esperando que
éste pudiera persuadir a Nandini para que cambiara de idea, o que, con el
tiempo y en ausencia de Krishnaji, Nandini pudiera modificar su caprichosa
decisión. Pero esta situación no podía prolongarse.
No es
mi intención explorar los incidentes maritales que habrían de conducir a una
explosión en el hogar de mi hermana. La situación se prestó a murmuraciones y
chismorreos, y la ‘élite’ de la gran ciudad metropolitana estaba agitada. Los
hombres miraban con ojos distintos a sus mujeres, los grupos se cerraban. La
mirada de los habitantes de Malabar Hill se volvía hacia la enorme casa de
Ridge Road amueblada con adornos de un rico príncipe mercader, rico por
generaciones donde las mujeres mantenían cubierta la cabeza y les estaba
prohibido cantar. Lady Chunilal, la suegra de Nandini, era una anciana
marchita, de boca severa fuertemente apretada y de muy pocas palabras. Después
del casamiento, le había dicho a Nandini que la voz de una mujer no debía
escucharse y que nadie suponía que pudiera reír; sólo le estaba permitido
sonreír, siempre que no se le vieran los dientes. Pero hacia quien se volvían
sobre todo los ojos de la ciudad, era hacia Krishnamurti.
En la
noche del festival de Holi, cuando los fuegos se habían encendido, la situación
entre marido y mujer explotó. Se le quitaron los hijos a Nandini y ésta huyó de
la casa. A medianoche vino a casa de mi madre, que se hallaba apenas a cien
yardas de la de Sir Chunilal Mehta. Magullada física y espiritualmente,
angustiada por la pérdida de sus hijos, a la mañana siguiente fue a ver a
Krishnamurti.
Debido a que en unos cuantos días tenía que marcharse, él le dijo:
“Permanezca sola. Si ha actuado desde las profundidades del conocimiento propio
y en su fuero interno siente que lo que ha hecho es correcto, entonces deposite
toda su confianza en la vida, cuyas aguas la sostendrán, la conducirán y la
nutrirán. Pero si ha sido influenciada, entonces que Dios la ayude. El gurú ha
desaparecido”.
Nandini estaba sin dinero. Le habían quitado a sus hijos y tenía poca
ayuda, porque mi padre había muerto. O regresaba con su esposo, o se separaba y
afrontaba las consecuencias. Mi madre, luchando contra los acontecimientos que
la estaban destruyendo, fue a ver a Krishnaji y le habló de la carga que ella
se sentía incapaz de seguir soportando. K le dijo que se desprendiera de sus
cargas, que eran responsabilidad de él. Ella lloró, pero las palabras de K
aplacaron sus temores.
Dándome cuenta de las consecuencias que seguirían a cualquier movimiento
que se hiciera en el sentido de una separación legal, visité a Krishnaji y le
dije que, aun cuando Nandini había decidido que no volvería a su antiguo hogar,
bajo ninguna circunstancia debíamos permitir cualquier acción legal, que sería
necesaria para establecer la cuestión de la custodia de los hijos. Le dije que,
como el marido de Nandini no tenía otra excusa, el nombre de Krishnamurti por
fuerza se introduciría como habiendo ejercido influencia sobre Nandini para que
ella renunciara al sexo. Él me miró largamente, y después preguntó: “¿Está
usted tratando de protegerme?” Luego levantó sus brazos en un gesto
significativo: “Hay seres mucho más grandes que me protegen. No titubee, haga
lo que sea correcto para Nandini y los niños. Los niños son importantes. Si
consideran que es justo hacerlo, luchen, sin importar si ella gana o pierde”.
Pronto Nandini entabló juicio contra su marido por la separación legal y
la custodia de los hijos, sobre la base de ‘crueldad’. La hijita de ambos tenía
nueve años, el hijo mayor siete y el más pequeño tres. El caso se presentó en
audiencia durante el otoño de 1949. Por entonces Krishnaji había regresado de
Ojai primero a Madrás, luego estuvo en Ceilán y después en Rajamundry, Andra
Pradesh. Los abogados de Bhagwan Mehta citaron largos pasajes de las pláticas
públicas de Krishnamurti. Este había señalado en las pláticas de Bombay y
Poona, la hipocresía reinante en la sociedad de la India, en las actitudes
morales de los maestros religiosos y de los padres de familia, la posición
inferior de la mujer y su servidumbre al marido y al grupo familiar de éste.
Krishnaji se había expresado apasionadamente, con intensidad y con un profundo
interés en la cuestión. Numerosas mujeres le habían solicitado entrevistas en
Bombay, Poona y Madrás, y le habían manifestado sus angustias, sus sufrimientos
y la incapacidad que tenían para librarse de sus ataduras.
Los
abogados intentaron probar la influencia, y usaron estas enseñanzas para
reforzar su caso. Era una situación grotesca. Una mujer estaba demandando a su
marido por una separación legal, y se presentaba como evidencia la lectura de
largos pasajes de sermones religiosos.
El
suegro de Nandini, si bien apoyaba a su hijo, no estaba dispuesto a decir una
sola palabra contra su gurú. Cuando durante el interrogatorio riguroso se le
preguntó si se sentía agraviado por la relación de Nandini con Krishnamurti,
Sir Chunilal Mehta saltó de su asiento y dijo en voz muy alta: “Jamás, él es el
más grande entre los grandes”.
Según
Sir Chunilal, las culpables eran Nandini y su hermana Pupul Jayakar, que la
ayudaba e inducía a actuar. Señaló la mala conducta de Nandini en Poona. Cuando
se le interrogó, dijo que en Poona las hermanas reían muchísimo y que Nandini
no se cubría el rostro con el sari e
insistía en sentarse a la diestra de Krishnamurti. Su comportamiento, según
Chunilal Mehta, había causado ansiedad entre las personas mayores que rodeaban
a Krishnamurti.
Pero
a lo largo de todas las audiencias no se dijo una sola palabra que fuera
sugestiva o impropia. El énfasis estuvo puesto en la influencia y en el papel
que ésta jugó sobre una mente joven e inmadura.
El
juez del alto tribunal de Bombay, escuchó los argumentos y contra argumentos en
el alegato de separación planteado por Nandini. El magistrado Weston era un
ciudadano de Bombay, y para él resultaba inconcebible que algún tipo de
violencia pudiera originarse en la renombrada familia de Sir Chunild Mehta, un
K.C.S.I. (Noble Comendador de la Estrella de la India, uno de los títulos más
altos conferidos por los británicos).
Mi
padre, que había vivido toda su vida en lo que entonces eran las Provincias
Unidas, había muerto, y su familia era poco conocida en Bombay. El juez sostuvo
que el alegato de ‘crueldad’ en el juicio de separación no había sido probado
en el Alto Tribunal de Bombay, y no hizo lugar a la demanda. Los hijos, que
estaban en custodia temporal con Nandini, le fueron quitados por su marido.
Enviamos un telegrama a Krishnaji anunciándole las nuevas. En su respuesta
decía: “Cualquier cosa que sea, está bien”.
Entre
las personas cercanas a Krishnaji surgieron distintas dudas acerca de si debía
hablar en Bombay durante febrero y marzo de 1950. Nandini había apelado la
denegatoria de su alegato dispuesta por el Magistrado Weston, ante el Supremo
Tribunal de Bombay, y la ciudad seguía agitada por el chismorreo.
Finalmente, en consulta con Ratansi Morarji, se decidió que Krishnaji
debía hablar en Bombay. Él escribió desde Madrás el 19 de diciembre: “De modo
que pueden ustedes ir y hacer los arreglos necesarios. Si es posible, no una
sala sino un espacio abierto, no la casa de un hombre rico esta vez. ¿No hay
algún espacio abierto y tranquilo, un lugar agradable, céntrico y esas cosas?
Los salones son terribles y no me siento cómodo en ellos”.
Por
ese entonces no había espacios abiertos disponibles. Hicimos arreglos para que
las reuniones públicas se efectuaran en la terraza del Sunderbai Hall, que
estaba abierta al cielo. La cantidad de personas que asistieron a estas
reuniones se había duplicado, pero la ausencia de la alta sociedad y de los
industriales con sus esposas, era muy notoria.
Cuando regresó a Bombay, Krishnaji se reunió con muchos de sus antiguos
colaboradores. No se notaba una simpatía especial en su actitud hacia Nandini.
Se encontró a solas con ella en diversas oportunidades, y no quiso permitirle
que hiciera lugar en su mente a la autocompasión. Era inflexible al exigirle
que afrontara el hecho de que una vida se había terminado, y que ella tenía que
despertar a la nueva vida. Pero su interés y su compasión por los hijos de
Nandini eran ilimitados. Toda vez que le era posible ‑sin el consentimiento de
su ex-marido ella traía a los hijos para que vieran a Krishnaji. Él solía
posar sus manos sobre los ojos del mayor de los niños, de quien los médicos
habían dicho que jamás vería normalmente debido a que el nervio óptico de un
ojo no se había desarrollado. El ojo mejoró, y en años posteriores Ghanashyam
Mehta habría de doctorarse en economía en la Universidad de California en
Berkeley, y más tarde enseñaría en Australia, en la Universidad de Brisbane.
Rao
Sahib y Achyut estaban en Bombay y venían todas las mañanas a la casa de
Ratansi para ver a Krishnaji. El maestro estaba determinado a alumbrar un
despertar en Rao. Una mañana, cuando estaban reunidos, Krishnaji dijo en medio
de una discusión: “Veamos si podemos permanecer en la pausa entre dos
pensamientos”. Rao Sahib se mostraba escéptico, Achyut circunspecto. Krishnaji
comenzó a retar a la mente de Rao, no permitiéndole que escapara a través de
conceptos. Krishnaji apremiaba a Rao, bloqueaba la mente, lo obligaba a no hacer
nada con ella, a ver ‘lo que es’.
Estábamos en la misma corriente que Rao. Al no permitir el escape del
pensamiento y al no tratar de cambiarlo, se creaba en la mente una gran
intensidad de energía. En un instante, imposibilitada de vagar, retenida por la
propia energía de la pregunta, la mente quedaba libre y ahí estaba ‘eso’ la
calma, la no divagación, la terminación del pensamiento y de todo sentido del
tiempo y de la duración.
La
expresión de Rao, que había sido vacua y obstinada en su negativa a ser
conducido por Krishnaji, súbitamente se iluminó. Su rostro se relajó y había
claridad en sus ojos.
Krishnamurti hizo esto una y otra vez; abriéndose paso por las fronteras
de la conciencia, haciendo que el pensamiento cesara por sí mismo, que no
encontrara puerta alguna por la cual escapar.
Fuimos con Krishnaji, en un barco a motor, hasta las cuevas de
Elephanta. Era una noche de luna llena, una noche en que el planeta Marte
habría de desaparecer por un minuto detrás de la luna y a resurgir luego con un
brillo inmaculado.
Los
rayos del sol poniente eran penetrantes y revelaban los colores retenidos en
las rocas. Entre las penumbras de la cueva asomaba vagamente el rostro del dios
de tres cabezas, con ojos que no estaban ni abiertos ni cerrados y que, no
obstante, eran ojos despiertos a lo externo y a lo interno. El labio inferior
era pleno y sensual. Escuchando el sonido ascendente de los arcaicos cantos
sánscritos, el escultor había creado la meditación del universo. Krishnaji se
detuvo ante la escultura, y permaneció en silencio durante un largo rato. Luego
se volvió y dijo que le hubiera gustado pasar una noche en la cueva. De pronto,
Rao Patwardhan comenzó a cantar el himno de Sankaracharya a Shiva ‑ese ‘ser’
que es cuando todas las cualidades son negadas. Krishnaji, profundamente
tocado por la calidad del sonido, se hallaba en un estado de éxtasis. Cuando
volvíamos al barco, le preguntó una y otra vez a Achyut, adonde se habían ido
la energía y la creatividad que habían hecho manifestarse el Maheshmurti. (El
“Maheshmurti” (Siglo VIl A.C.) es una enorme imagen de Shiva como el gran dios,
esculpida en piedra con tres rostros ‑el creador, el preservador y el
destructor que simbolizan los tres aspectos de la deidad suprema. El
Maheshmurti está tallado dentro de una espaciosa cueva, y se halla rodeado por
esculturas que representan episodios extraídos de los mitos de Shiva. El sonido
y la forma se unieron para crear esta sublime manifestación). ¿Por qué la India
estaba tan muerta para toda creación?
La
luna estaba ascendiendo mientras regresábamos. Se habían reunido los niños de
la aldea y nos ofrecieron flores solicitándonos dinero. Krishnaji trató de
hablarles; les mostró sus bolsillos vacíos, se volvió hacia nosotros y nos
pidió que les diéramos algunas monedas. Rió con ellos y, tomando de la mano a
uno de los pequeños, caminó con él hasta el barco. Ya en él, todos tratamos de
avistar a Marte emergiendo desde detrás de la luna. Krishnaji subió a la
cubierta superior y finalmente lo vio, una diminuta motita. “¡Allí está!”,
gritó excitadamente como un niño.
En
las reuniones matinales, Krishnaji sondeaba más y más profundamente, y nosotros
podíamos movernos con él. La mente se sentía fluir. Yo escuchaba las palabras
sin que hubiera respuestas verbales ‑había un flujo del sonido, de la palabra y
del contenido de la palabra. Yo hubiera podido contar realmente el número de
pensamientos que surgían en esas dos horas que paseábamos con Krishnaji cada
mañana.