domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XIV “BAJO LOS ÚLTIMOS RAYOS DEL SOL, LAS AGUAS TENÍAN EL COLOR DE LAS FLORES RECIÉN NACIDAS”



Capítulo XIV
“BAJO LOS ÚLTIMOS RAYOS DEL SOL,
LAS AGUAS TENÍAN EL COLOR DE
LAS FLORES RECIÉN NACIDAS”

   En 1949 Krishnaji habría de descubrir el sabor de la India; el esplendor de sus ríos, de sus montañas y de su campo; su escualidez, su pobreza y su sufrimiento, y el polvo de los caminos que sabios y buscadores descalzos habían recorrido durante siglos. Palpaba la mente de la India, que vivía de abstracciones y se deleitaba con las ideas; se iba dando cuenta cada vez con más intensidad de las sombras que separaban el ideal de la acción.
   De Delhi viajó en tren a Varanasi. Un hombre que estaba con él en el compartimiento, interesado en la muerte y en los fenómenos físicos, interrogó a Krishnaji sobre la verdad acerca de la muerte y sobre la continuidad. Cuando el tren paró en una estación local, ocurrió una cosa interesante.
   “El tren se detuvo”, contó Krishnaji, “y justo en ese momento pasaba un carruaje de dos ruedas tirado por un caballo. Sobre el carruaje iba un cadáver humano envuelto en un lienzo crudo y atado a dos largas varas verdes de bambú recién cortadas. Desde alguna aldea lo llevaban al río para cremarlo. Mientras el carruaje corría por el accidentado camino, el cuerpo se sacudía brutalmente, y bajo el lienzo la cabeza era la que recibía la peor parte. Junto al conductor del carruaje sólo había un pasajero; debía ser un pariente cercano, porque sus ojos estaban enrojecidos de tanto llorar. El cielo tenía el delicado azul de la primavera temprana y unos niños gritaban y jugaban entre el polvo del camino. La muerte era seguramente para ellos un espectáculo habitual, porque todos siguieron con lo que estaban haciendo. Ni siquiera el hombre que inquiría acerca de la muerte advirtió el carruaje con su carga”1.

   La casa en que Krishnaji vivía en Rajghat, Varanasi, la luminosa ciudad de los peregrinos, estaba emplazada en el lugar del antiguo Kasi, las altas tierras que se levantaban cerca del Sangam, la confluencia de los ríos Ganges y Varuna. Era en este sitio, el punto más sagrado de su viaje hacia el mar, que el río tomaba una gran curva y se precipitaba hacia su origen en el norte. Fue probablemente aquí, cerca del antiguo lugar del templo Adi Kesava, que el Buda, habiendo alcanzado la iluminación en Bodh Gaya, cruzó el río sagrado viajando en una barca, para poner el pie en la otra orilla. Y fue quizás a lo largo de esta antigua senda de los peregrinos, que el Buda caminó hasta el parque de los ciervos en Saranath para predicar su primer sermón. El río Varuna dividía en dos partes la tierra, separando el Varanasi urbano de la zona rural.
   A través de los siglos, los profetas de este país habían venido hasta las márgenes del Ganges en Kasi, dejando en el suelo la semilla latente de sus enseñanzas. El Buda, Kapila Muni, Adi Shankara, estos grandes maestros, se habían sentado bajo la sombra de los nudosos árboles, en los ghats o a lo largo de las márgenes. Las aldeas tenían nombres que daban testimonio de esas presencias.
   Kasi era una ciudad conocida por su erudición y sus investigaciones, por el escepticismo, la duda y la intensa brillantez de la mente dialéctica, y fue a Kasi donde Adi Shankara había venido para establecer su supremacía. Durante siglos los iconoclastas habían arrasado con la ciudad, destruyendo templos y santuarios; pero la semilla de la duda, de la investigación, y la esencia de las grandes enseñanzas que no residía en templo ni en libro alguno, había sido conservada por los eruditos y los grandes sacerdotes. En cónclaves secretos, ellos mantuvieron vivos y vibrantes los pétalos de una sabiduría perenne. A lo largo de las márgenes de este río se habían desarrollado el diálogo y la indagación en las recónditas profundidades de la naturaleza y de la mente.
   Mangos, florecientes alcornoques e higueras, crecían en las sagradas orillas del Ganges. Las ruinas de los templos y de los ashrams estaban cubiertas por altos pastos y enredaderas silvestres. En cada amanecer Krishnaji permanecía en las penumbras de la galería de su casa, aguardando a que el fuego del sol naciente creara de nuevo el mundo. A lo lejos flotaba una barca con las velas desplegadas. Cadáveres hinchados ‑humanos y animales, con buitres posados sobre los cuerpos­ eran arrastrados por las aguas. Todo se movía lentamente, apaciblemente; las corrientes del monzón habían cesado con su frenesí y su devastación; el agua del río, como la pobre gente que vivía en sus orillas, tenía dignidad, cualquiera que fuera la carga que llevara.
   Achyut y Rao Sahib Patwardhan, Maurice Friedman, Sanjeeva Rao, Nandini, y yo con Radhika, mi hija de diez años, estábamos en Varanasi. Todas las tardes íbamos a pasear con Krishnaji por la senda de los peregrinos. Las flores blancas de los alcornoques que bordeaban el camino hacia la ribera del río, esparcían su fragancia, y bajo nuestros pies se extendían pimpollos de un blanco perfecto. Con las lluvias abundantes, el río había desbordado sus orillas, y el destartalado puente de barro y bambú que aparecía durante los meses secos, aún no había sido levantado. Teníamos que cruzar el río en un trasbordador manejado por un barquero. En Kasi se descubría la sensación del ritmo jamás cambiante de la vida humana. Un sentido de lo arcaico se infiltraba en el país y en la gente. El interminable pasado se reflejaba en los ágiles barqueros de piel oscura que navegaban por el río, en las mujeres que llevaban los cacharros con agua sobre sus cabezas, en los pescadores que arrojaban sus redes.
   Cierta tarde, una docena de niños y un grupo de cabras con los pastores, esperaban el trasbordador en las márgenes del río. Con un gesto raudo, natural, Krishnaji levantó una pequeña cabrita; su salto dentro de la barca fue seguro, preciso; los niños reían al ver cómo la cabrita meneaba la cola y se cobijaba junto al bondadoso forastero. Cruzamos el río y la plañidera cabra regresó con su madre.
   Al ver una piedra en el camino, Krishnaji la removió para que no pudiera lastimar los pies desnudos de algún aldeano. Estaba muy alerta, escuchando los sonidos del río, atento a la gente que pasaba, a las aguas, a los árboles, a los pájaros, y a los perros de la aldea que ladraban incesantemente. Acostumbraba estar en silencio, y nosotros permanecíamos en silencio con él.
   En uno de sus paseos habló: “El hombre existe porque está relacionado; sin la relación, el hombre no existe. Para comprender la vida, uno tiene que comprenderse en la acción, en la relación con la gente, con la propiedad y con las ideas”.
   Se volvió y señaló hacia el ondeante río, y después hacia una añosa higuera. “La mayoría de nosotros no está atenta a su relación con la naturaleza. Cuando miramos un árbol, lo vemos desde un punto de vista utilitario ‑cómo aprovechar su sombra, cómo utilizar su madera­. De igual modo tratamos a la tierra y a sus productos. No hay amor por la tierra, sólo una utilización de la tierra. Si la amáramos, seríamos sobrios con las cosas de la tierra. Hemos perdido el sentido de la ternura, de la sensibilidad. Sólo en la renovación de esa sensibilidad es posible comprender la relación. Tal sensibilidad no adviene cuando colgamos meramente unas cuantas pinturas en la pared o nos ponemos flores en el cabello. Sólo llega cuando dejamos de lado la actitud utilitaria. Entonces ya no dividimos la tierra, entonces ya no decimos que la tierra es ‘mía’ o ‘tuya’.
   Krishnaji estaba ofreciendo pláticas públicas en Kammacha, en pleno corazón de la ciudad. Como en todas sus pláticas, los que asistían eran monjes budistas, sanyasis, devotos de la Sociedad Teosófica que seguían viendo en Krishnaji al Instructor del Mundo, turistas, educadores, y un gran número de personas jóvenes que venían por curiosidad. Los grandes pandits de Varanasi empapados en la tradición del estudio, gramáticos y lógicos, tántricos y devotos, también se encontraban ahí para escuchar a este maestro que negaba todos los sistemas y todos los gurús. Algunos de ellos lo entrevistaban a solas. Poca discusión era posible debido a las dificultades del idioma, pero Rao y Achyut estaban ahí para traducir.

   Krishnaji sostuvo numerosas discusiones con los miembros del Rishi Valley Trust que manejaban las escuelas en Varanasi. Discutimos acerca del lugar que la autoridad y el temor ocupaban en la educación. Krishnaji expresó su disconformidad con el modo como se abordaba la conducción de las instituciones educacionales y con la calidad de los maestros en Rajghat ‑ninguno entendía bien lo que tenía que hacer­. El Pandit Iqbal Narain Gurtu, un respetadísimo ciudadano de Varanasi, quien por muchos años había estado vinculado con la labor de Mrs. Besant y más tarde con las escuelas de Krishnaji, le tenía miedo al cambio. Hundía sus pies en la tierra declarando que cualquier cambio drástico sería desastroso. Uttar Pradesh era anticuada y tradicional, y solamente resultaban posibles cambios graduales. Sin embargo, la palabra ‘gradual’ no existía en el diccionario de Krishnaji; la acción era inmediata, y surgía de ver la realidad de ‘lo que es’. Debido a eso, éstas eran reuniones que resultaban una verdadera maratón.
   El Rishi Valley Trust se sacudió hasta sus raíces. Los miembros, al sentir la preocupación de Krishnaji ante el estado de las instituciones, presentaron sus renuncias, y se eligió un nuevo grupo de miembros.
   En 1948, el Rishi Valley Trust consistía en dos instituciones independientes ‑una Escuela para niños en Rajghat y un Colegio para mujeres en la ciudad­, dentro del complejo residencial de la Sociedad Teosófica. Otro complejo educacional se había establecido bien al sur del Valle de Rishi en Andra Pradesh, donde Subha Rao estaba al frente de una Escuela residencial coeducacional. Subha Rao, un hombre consagrado a su tarea y capaz de despertar afecto y lealtad entre sus estudiantes, había construido la escuela con sencillez espartana. La ausencia, por muchos años, de Krishnaji, y la falta de una dirección clara en cuanto a los propósitos de la escuela, habían llevado a un deterioro en todos los niveles, tanto en el Valle de Rishi como en Rajghat. Los maestros eran mediocres. Las subvenciones gubernamentales limitaban toda flexibilidad o posibilidad de cambio. Los atrincherados intereses establecidos estaban determinados a encargarse de que el ‘statu quo’ continuara.

   En marzo, cuando regresó a Bombay desde Varanasi, Krishnaji se alojó en mi residencia, Himmat Nivas, en Dongersey Road. Era un piso de construcción irregular, con habitaciones espaciosas y altos cielos rasos. Los espacios tenían dignidad, y Krishnaji los llenaba con su presencia; una quietud persistía incluso cuando él estaba ausente.
   Gran número de visitantes venía a entrevistarse con Krishnaji. Entre ellos estaba Morarji Desai, que era el ministro de finanzas de Bombay, un estado que en esa época incluía tanto a Gujarat como a Maharashtra. Krishnaji y él discutían los libros sagrados de la India. Percibiendo una cierta presunción en la actitud “soy más santo que tú” de Morarjibhai, (Bhai significa hermano en Gujerati. Es un sufijo que se agrega al nombre de una persona mayor como un término de respeto. En la India occidental, un hombre o una mujer raramente emplean un primer nombre. En Gujerat, bhai se usa con el primer nombre masculino, y behen o hermana cuando se trata de la mujer. Es el equivalente del ‘ji’ que se emplea en el norte de la India.) Krishnaji dijo que él no había leído el Bhagavad Gita y que no necesitaba de los libros sagrados. Morarjibhai se horrorizó, y más tarde me dijo que Krishnaji no lo había impresionado.

   Krishnaji sentía ahora intensamente que no debía dejarse que continuara la situación imperante en el Rishi Valley Trust y en las escuelas de Rajghat. En una reunión que hubo el 9 de febrero de 1949, dijo: “Una escuela que nace de la fricción no puede ser creativa. Es esencial la unanimidad entre los que trabajan en ella. La escuela debe ser tratada como una totalidad orgánica. Tiene que haber interés en encontrar el modo de que sea un núcleo vital. Un núcleo muerto sólo puede producir instituciones muertas. Si la gente se interesa de verdad, Rajghat no puede seguir con el ‘statu quo’“.
   Fue en esta reunión que se decidió que Rao Sahib Patwardhan fuera a trabajar en Rajghat, cosa que hizo unos meses más tarde. La situación exigía que se arrancaran de raíz las estructuras cristalizadas, tanto mental como físicamente. Rajghat necesitaba una explosión. Pero Rao Sahib vacilaba. O bien no estaba apasionadamente preparado para ubicar el problema y dedicarle la exacta energía requerida por la situación, o no sabía cómo habérselas con el problema. Su mente, presa en las estructuras, buscaba alternativas. No percibía que el rechazo de la situación existente daría como resultado lo nuevo. Rajghat estaba necesitado de energía con su pasión impulsora, y de una visión penetrante. Rao Sahib ganaba amigos, era cordial y afectuoso, todos le querían; Iqbal Narain Gurtu, el recio decano de Rajghat, era íntimo amigo suyo. Pero algo en su vida personal, o su incapacidad para abandonar sus ideales y vivir en la incertidumbre, tornaban imposible cualquier acción creativa. A fines de año Rao Sahib regresó a Poona, y Rajghat continuó siendo un espejo del estancamiento de Varanasi, estancamiento en el que había estado sumergido durante siglos.

   Una mañana, a principios de 1949, una figurita menuda con la cabeza afeitada y vestida con la túnica color de azafrán, tocó el timbre en los portales de Himmat Nivas. El nombre que dio fue Chinmoyee. El servidor que había contestado el timbre no podía decir si se trataba de un muchacho o una muchacha, y vino a anunciarme que un swami aguardaba en la puerta. Conociendo yo el especial afecto que Krishnaji sentía por el sannyasi y la túnica azafranada, así se lo anuncié a K, y éste hizo pasar a Chinmoyee inmediatamente. Ella habría de regresar otra vez.
   La historia que contó de su vida, simboliza un aspecto importante del carácter distintivo de la India, en el cual se integran la religión y el espíritu revolucionario. Chinmoyee, cuyo nombre original era Tapas, provenía de una familia de revolucionarios bengalíes. Su padre y su hermano habían muerto en prisión. Según un amigo íntimo de Tapas, “Era una matemática brillante y una entusiasta estudiante de astronomía”. Después de graduarse, fue por algún tiempo Rectora del Sister Nivedita Schoool de Calcuta.
   Tapas siempre había anhelado llevar una vida religiosa, y cuando murió su madre a la edad de treinta y cuatro años, ella abandonó el hogar en busca de un gurú sannyas. Pasó algún tiempo en la misión de Rama Krishna, y seis meses en el ashram de Anandmai Ma. La vida en estos lugares no la satisfizo. El tiempo que estuvo en Varanasi, lo dedicó a entrevistarse con eruditos como Gopinath Kaviraj y Gobind Gopal Mookherjee.
   Fue por esta época que visitó al sabio santo de Bengala, Anirvanji. Este accedió a ser su gurú sannyas, y le dio el nombre de Chinmoyee. Ella permaneció con él por los siguientes cuatro años, ayudándole a traducir al bengalí, primero los Vedas y después la Vida Divina de Shri Aurobindo. Ellos vivían por entonces en Amora, Uttar Pradesh. Su labor se vinculaba con la recaudación de fondos para la publicación de los trabajos de Anirvanji que ella enviaba a Bombay. Un amigo de Chinmoyee le sugirió que fuera a escuchar a Krishnamurti, quien en esos días estaba ofreciendo pláticas en Bombay. Ella fue a escucharle, y después procuró conseguir una entrevista.
   Esa entrevista parece haber cambiado todo su ser seguramente cambió toda su vida. De regreso en Almora, procedió a arreglar los asuntos pendientes con Anirvanji, y lo dejó tan pronto como pudo traspasar a otro sus tareas. Volvió a adoptar su nombre original, Tapas, y renunció a las vestiduras azafranadas.
   Algún impulso original la movió en ese primer verano a emprender completamente por su cuenta un viaje a Kailash y al lago Manasarovar en el Tíbet, lugares sagrados de peregrinaje. Kailash, una montaña de forma cónica, es considerada como la residencia de Shiva y de su consorte Parvati. El lago Manasarovar está situado a un lado de Kailash. Las aguas de este lago, de color azul celeste, son tranquilas, y existe la creencia de que en ellas aparecen míticos cisnes. El viaje a Kailash está lleno de grandes peligros. (La ruta a Kailash del lado tibetano ha sido abierta recientemente a los peregrinos por el gobierno de China). Sola y sin compañía alguna, ella partió para un viaje de lo más arriesgado a través de pasos que estaban a más de 18.000 pies de altura, uniéndose a una partida de peregrinos únicamente cuando ya no se le permitió continuar viajando sola.
   En 1950 regresó para ver a Krishnaji. Estaba irreconocible. Vestía un kurta blanco y pijama, su cabello moteado de gris había crecido hasta los hombros. Llegó a Krishnaji y le dijo: “He venido”. Él respondió: “Bien”; y pronto ella entró a formar parte de las personas que le rodeaban.
   En los años siguientes, Tapas habría de viajar a todos los lugares de la India donde él hablaba; con el tiempo empezó a ocuparse del vestuario de Krishnaji. Solía deslizarse inadvertida por la casa y se volvía invisible ‑incluso hasta el punto de ocultarse detrás de las puertas para desempacar las valijas de Krishnaji, lavar y planchar sus ropas, disponerlas en el armario, y ocuparse de otras fruslerías­. Aunque Tapas misma sólo vestía de blanco, había desarrollado un fino sentido del color. Fue ella la que consiguió que sus amigos compraran para los kurtas de Krishnaji algodones y sedas naturales de colores suaves. Ella transformó su vestuario con un ojo inusual para lo raro y lo bello. Pero era fuertemente posesiva en su papel. Corregía el más leve desorden en la habitación, y los sirvientes responsables eran severamente amonestados. La miraban con terror, pero Tapas, por ser una sannyasi disipaba cualquier irritación o rencor que pudiera haber en ellos. Tocaban sus pies y proseguían con lo suyo. Tapas asistía a las discusiones, pero jamás participaba en ellas ‑aunque sus amigos me dijeron que tenía una profunda comprensión de las enseñanzas y acostumbraba hablar a pequeños grupos dondequiera que iba­.
   Cuando Krishnaji no estaba en la India, ella solía desaparecer sola y sin temor alguno en las montañas ‑en la antigua tradición secular, era una peregrina­. Resultaba imposible determinar su edad. Cuando yo la conocí tenía 25 años y ya estaba un poco envejecida. Con el tiempo enfermó de una dolencia que no pudo ser diagnosticada. Su cuerpo se consumió poco a poco, y murió de un ataque al corazón en 1976.

   Los problemas de Nandini con su esposo Bhagwan Mehta se estaban aproximando a una crisis. Unos meses después de conocer a Krishnaji, ella le dijo a su esposo que quería llevar una vida célibe. Era inevitable que la situación explotara. Sir Chunilal Mehta se sentía perplejo, desgarrado como estaba entre su hijo y su gurú; porque todo el mundo creía que la enseñanza de Krishnaji había influido en Nandini llevándola a terminar las relaciones físicas con su esposo. Se suponía que Nandini era inmadura y que esta decisión había nacido de su inmadurez. Sir Chunilal solicitó la intervención de Krishnaji, esperando que éste pudiera persuadir a Nandini para que cambiara de idea, o que, con el tiempo y en ausencia de Krishnaji, Nandini pudiera modificar su caprichosa decisión. Pero esta situación no podía prolongarse.
   No es mi intención explorar los incidentes maritales que habrían de conducir a una explosión en el hogar de mi hermana. La situación se prestó a murmuraciones y chismorreos, y la ‘élite’ de la gran ciudad metropolitana estaba agitada. Los hombres miraban con ojos distintos a sus mujeres, los grupos se cerraban. La mirada de los habitantes de Malabar Hill se volvía hacia la enorme casa de Ridge Road ­amueblada con adornos de un rico príncipe mercader, rico por generaciones­ donde las mujeres mantenían cubierta la cabeza y les estaba prohibido cantar. Lady Chunilal, la suegra de Nandini, era una anciana marchita, de boca severa fuertemente apretada y de muy pocas palabras. Después del casamiento, le había dicho a Nandini que la voz de una mujer no debía escucharse y que nadie suponía que pudiera reír; sólo le estaba permitido sonreír, siempre que no se le vieran los dientes. Pero hacia quien se volvían sobre todo los ojos de la ciudad, era hacia Krishnamurti.
   En la noche del festival de Holi, cuando los fuegos se habían encendido, la situación entre marido y mujer explotó. Se le quitaron los hijos a Nandini y ésta huyó de la casa. A medianoche vino a casa de mi madre, que se hallaba apenas a cien yardas de la de Sir Chunilal Mehta. Magullada física y espiritualmente, angustiada por la pérdida de sus hijos, a la mañana siguiente fue a ver a Krishnamurti.
   Debido a que en unos cuantos días tenía que marcharse, él le dijo: “Permanezca sola. Si ha actuado desde las profundidades del conocimiento propio y en su fuero interno siente que lo que ha hecho es correcto, entonces deposite toda su confianza en la vida, cuyas aguas la sostendrán, la conducirán y la nutrirán. Pero si ha sido influenciada, entonces que Dios la ayude. El gurú ha desaparecido”.
   Nandini estaba sin dinero. Le habían quitado a sus hijos y tenía poca ayuda, porque mi padre había muerto. O regresaba con su esposo, o se separaba y afrontaba las consecuencias. Mi madre, luchando contra los acontecimientos que la estaban destruyendo, fue a ver a Krishnaji y le habló de la carga que ella se sentía incapaz de seguir soportando. K le dijo que se desprendiera de sus cargas, que eran responsabilidad de él. Ella lloró, pero las palabras de K aplacaron sus temores.
   Dándome cuenta de las consecuencias que seguirían a cualquier movimiento que se hiciera en el sentido de una separación legal, visité a Krishnaji y le dije que, aun cuando Nandini había decidido que no volvería a su antiguo hogar, bajo ninguna circunstancia debíamos permitir cualquier acción legal, que sería necesaria para establecer la cuestión de la custodia de los hijos. Le dije que, como el marido de Nandini no tenía otra excusa, el nombre de Krishnamurti por fuerza se introduciría como habiendo ejercido influencia sobre Nandini para que ella renunciara al sexo. Él me miró largamente, y después preguntó: “¿Está usted tratando de protegerme?” Luego levantó sus brazos en un gesto significativo: “Hay seres mucho más grandes que me protegen. No titubee, haga lo que sea correcto para Nandini y los niños. Los niños son importantes. Si consideran que es justo hacerlo, luchen, sin importar si ella gana o pierde”.
   Pronto Nandini entabló juicio contra su marido por la separación legal y la custodia de los hijos, sobre la base de ‘crueldad’. La hijita de ambos tenía nueve años, el hijo mayor siete y el más pequeño tres. El caso se presentó en audiencia durante el otoño de 1949. Por entonces Krishnaji había regresado de Ojai ­primero a Madrás, luego estuvo en Ceilán y después en Rajamundry, Andra Pradesh­. Los abogados de Bhagwan Mehta citaron largos pasajes de las pláticas públicas de Krishnamurti. Este había señalado en las pláticas de Bombay y Poona, la hipocresía reinante en la sociedad de la India, en las actitudes morales de los maestros religiosos y de los padres de familia, la posición inferior de la mujer y su servidumbre al marido y al grupo familiar de éste. Krishnaji se había expresado apasionadamente, con intensidad y con un profundo interés en la cuestión. Numerosas mujeres le habían solicitado entrevistas en Bombay, Poona y Madrás, y le habían manifestado sus angustias, sus sufrimientos y la incapacidad que tenían para librarse de sus ataduras.
   Los abogados intentaron probar la influencia, y usaron estas enseñanzas para reforzar su caso. Era una situación grotesca. Una mujer estaba demandando a su marido por una separación legal, y se presentaba como evidencia la lectura de largos pasajes de sermones religiosos.
   El suegro de Nandini, si bien apoyaba a su hijo, no estaba dispuesto a decir una sola palabra contra su gurú. Cuando durante el interrogatorio riguroso se le preguntó si se sentía agraviado por la relación de Nandini con Krishnamurti, Sir Chunilal Mehta saltó de su asiento y dijo en voz muy alta: “Jamás, él es el más grande entre los grandes”.
   Según Sir Chunilal, las culpables eran Nandini y su hermana Pupul Jayakar, que la ayudaba e inducía a actuar. Señaló la mala conducta de Nandini en Poona. Cuando se le interrogó, dijo que en Poona las hermanas reían muchísimo y que Nandini no se cubría el rostro con el sari e insistía en sentarse a la diestra de Krishnamurti. Su comportamiento, según Chunilal Mehta, había causado ansiedad entre las personas mayores que rodeaban a Krishnamurti.
   Pero a lo largo de todas las audiencias no se dijo una sola palabra que fuera sugestiva o impropia. El énfasis estuvo puesto en la influencia y en el papel que ésta jugó sobre una mente joven e inmadura.
   El juez del alto tribunal de Bombay, escuchó los argumentos y contra argumentos en el alegato de separación planteado por Nandini. El magistrado Weston era un ciudadano de Bombay, y para él resultaba inconcebible que algún tipo de violencia pudiera originarse en la renombrada familia de Sir Chunild Mehta, un K.C.S.I. (Noble Comendador de la Estrella de la India, uno de los títulos más altos conferidos por los británicos).
   Mi padre, que había vivido toda su vida en lo que entonces eran las Provincias Unidas, había muerto, y su familia era poco conocida en Bombay. El juez sostuvo que el alegato de ‘crueldad’ en el juicio de separación no había sido probado en el Alto Tribunal de Bombay, y no hizo lugar a la demanda. Los hijos, que estaban en custodia temporal con Nandini, le fueron quitados por su marido. Enviamos un telegrama a Krishnaji anunciándole las nuevas. En su respuesta decía: “Cualquier cosa que sea, está bien”.

   Entre las personas cercanas a Krishnaji surgieron distintas dudas acerca de si debía hablar en Bombay durante febrero y marzo de 1950. Nandini había apelado la denegatoria de su alegato dispuesta por el Magistrado Weston, ante el Supremo Tribunal de Bombay, y la ciudad seguía agitada por el chismorreo.
   Finalmente, en consulta con Ratansi Morarji, se decidió que Krishnaji debía hablar en Bombay. Él escribió desde Madrás el 19 de diciembre: “De modo que pueden ustedes ir y hacer los arreglos necesarios. Si es posible, no una sala sino un espacio abierto, no la casa de un hombre rico esta vez. ¿No hay algún espacio abierto y tranquilo, un lugar agradable, céntrico y esas cosas? Los salones son terribles y no me siento cómodo en ellos”.
   Por ese entonces no había espacios abiertos disponibles. Hicimos arreglos para que las reuniones públicas se efectuaran en la terraza del Sunderbai Hall, que estaba abierta al cielo. La cantidad de personas que asistieron a estas reuniones se había duplicado, pero la ausencia de la alta sociedad y de los industriales con sus esposas, era muy notoria.
   Cuando regresó a Bombay, Krishnaji se reunió con muchos de sus antiguos colaboradores. No se notaba una simpatía especial en su actitud hacia Nandini. Se encontró a solas con ella en diversas oportunidades, y no quiso permitirle que hiciera lugar en su mente a la autocompasión. Era inflexible al exigirle que afrontara el hecho de que una vida se había terminado, y que ella tenía que despertar a la nueva vida. Pero su interés y su compasión por los hijos de Nandini eran ilimitados. Toda vez que le era posible ‑sin el consentimiento de su ex-marido­ ella traía a los hijos para que vieran a Krishnaji. Él solía posar sus manos sobre los ojos del mayor de los niños, de quien los médicos habían dicho que jamás vería normalmente debido a que el nervio óptico de un ojo no se había desarrollado. El ojo mejoró, y en años posteriores Ghanashyam Mehta habría de doctorarse en economía en la Universidad de California en Berkeley, y más tarde enseñaría en Australia, en la Universidad de Brisbane.

   Rao Sahib y Achyut estaban en Bombay y venían todas las mañanas a la casa de Ratansi para ver a Krishnaji. El maestro estaba determinado a alumbrar un despertar en Rao. Una mañana, cuando estaban reunidos, Krishnaji dijo en medio de una discusión: “Veamos si podemos permanecer en la pausa entre dos pensamientos”. Rao Sahib se mostraba escéptico, Achyut circunspecto. Krishnaji comenzó a retar a la mente de Rao, no permitiéndole que escapara a través de conceptos. Krishnaji apremiaba a Rao, bloqueaba la mente, lo obligaba a no hacer nada con ella, a ver ‘lo que es’.
   Estábamos en la misma corriente que Rao. Al no permitir el escape del pensamiento y al no tratar de cambiarlo, se creaba en la mente una gran intensidad de energía. En un instante, imposibilitada de vagar, retenida por la propia energía de la pregunta, la mente quedaba libre y ahí estaba ‘eso’ la calma, la no divagación, la terminación del pensamiento y de todo sentido del tiempo y de la duración.
   La expresión de Rao, que había sido vacua y obstinada en su negativa a ser conducido por Krishnaji, súbitamente se iluminó. Su rostro se relajó y había claridad en sus ojos.
   Krishnamurti hizo esto una y otra vez; abriéndose paso por las fronteras de la conciencia, haciendo que el pensamiento cesara por sí mismo, que no encontrara puerta alguna por la cual escapar.
   Fuimos con Krishnaji, en un barco a motor, hasta las cuevas de Elephanta. Era una noche de luna llena, una noche en que el planeta Marte habría de desaparecer por un minuto detrás de la luna y a resurgir luego con un brillo inmaculado.
   Los rayos del sol poniente eran penetrantes y revelaban los colores retenidos en las rocas. Entre las penumbras de la cueva asomaba vagamente el rostro del dios de tres cabezas, con ojos que no estaban ni abiertos ni cerrados y que, no obstante, eran ojos despiertos a lo externo y a lo interno. El labio inferior era pleno y sensual. Escuchando el sonido ascendente de los arcaicos cantos sánscritos, el escultor había creado la meditación del universo. Krishnaji se detuvo ante la escultura, y permaneció en silencio durante un largo rato. Luego se volvió y dijo que le hubiera gustado pasar una noche en la cueva. De pronto, Rao Patwardhan comenzó a cantar el himno de Sankaracharya a Shiva ‑ese ‘ser’ que es cuando todas las cualidades son negadas­. Krishnaji, profundamente tocado por la calidad del sonido, se hallaba en un estado de éxtasis. Cuando volvíamos al barco, le preguntó una y otra vez a Achyut, adonde se habían ido la energía y la creatividad que habían hecho manifestarse el Maheshmurti. (El “Maheshmurti” (Siglo VIl A.C.) es una enorme imagen de Shiva como el gran dios, esculpida en piedra con tres rostros ‑el creador, el preservador y el destructor­ que simbolizan los tres aspectos de la deidad suprema. El Maheshmurti está tallado dentro de una espaciosa cueva, y se halla rodeado por esculturas que representan episodios extraídos de los mitos de Shiva. El sonido y la forma se unieron para crear esta sublime manifestación). ¿Por qué la India estaba tan muerta para toda creación?
   La luna estaba ascendiendo mientras regresábamos. Se habían reunido los niños de la aldea y nos ofrecieron flores solicitándonos dinero. Krishnaji trató de hablarles; les mostró sus bolsillos vacíos, se volvió hacia nosotros y nos pidió que les diéramos algunas monedas. Rió con ellos y, tomando de la mano a uno de los pequeños, caminó con él hasta el barco. Ya en él, todos tratamos de avistar a Marte emergiendo desde detrás de la luna. Krishnaji subió a la cubierta superior y finalmente lo vio, una diminuta motita. “¡Allí está!”, gritó excitadamente como un niño.

   En las reuniones matinales, Krishnaji sondeaba más y más profundamente, y nosotros podíamos movernos con él. La mente se sentía fluir. Yo escuchaba las palabras sin que hubiera respuestas verbales ‑había un flujo del sonido, de la palabra y del contenido de la palabra­. Yo hubiera podido contar realmente el número de pensamientos que surgían en esas dos horas que paseábamos con Krishnaji cada mañana.