CUARTA
PARTE
LOS
RÍOS DEL DISCERNIMIENTO
1960-1962
Capítulo
XX
“A
TRAVÉS DE LA NEGACIÓN
HAY
CREACIÓN”
A mediados de agosto
Krishnaji empezó a sentirse mal. Su tracto urinario se hallaba inflamado, tenía
mucha fiebre y estaba extremadamente débil. Como los servicios médicos de
Pahalgam eran rudimentarios, Madhavachari bajó con él a Nueva Delhi, donde lo
examinaron a fondo los médicos de Shiva Rao. Estos diagnosticaron una infección
en los riñones y prescribieron antibióticos. El cuerpo sumamente sensible de
Krishnaji, no habituado a drogas fuertes, reaccionó con violencia. Fueron días
de ansiedad. Durante su enfermedad yo estaba fuera, en los EE.UU., y sólo me
enteré de las cosas a mi regreso en la tercera semana de septiembre. Kitty y
Shiva Rao lo asistieron con gran devoción. Después de algunos días se sintió
mejor, y regresó a Srinagar alojándose en una hermosa cabaña en Dal Lake que
pertenecía al Dr. Karan Singh (quien habría sido Maharajá de Kashmir si no se
hubieran abolido los títulos principescos).
A mediados de septiembre
la fiebre había bajado. El clima húmedo trajo como consecuencia un ataque de
reumatismo, y durante diez días Krishnaji estuvo atormentado por dolores en las
articulaciones. Lo cuidó Madhavachari, ayudado por Paramesvaran.
El 27 de septiembre de
1959, Krishnaji le escribió a Kitty Shiva Rao:
Mí querida Kittyji:
Nunca le he escrito para
agradecerles a usted y a Shiva Rao por el cuidado y las molestias que se
tomaron mientras estuve enfermo en Delhi, No fue negligencia mía, sino que no
estaba en condiciones de escribir. Ustedes conocen todo lo que ha sucedido, de
modo que no voy a examinarlo. Han sido diez días terribles y Mamaji ha estado
muy perturbado por todo ello. Pero las cosas están mejor. Puedo sostener una
pluma y moverme de aquí para allá. Todo esto lo ha dejado a uno completamente
exhausto, y ahora hay que salir de ello. Lamento haberles ocasionado
preocupación y molestias. Todo está bajo control, de modo que las cosas irán
muy bien.
Madhavachari me escribió
informándome sobre la salud de Krishnaji. Me decía que éste había estado tan
débil en Pahalgam, que tenían que conducirlo al baño.
El 27 de septiembre recibí
una carta de Krishnaji en la que me contaba acerca de los dolores que había
experimentado. Había estado agonizando, decía, y ésta era la primera vez que
podía sostener una pluma para escribirme. Continuaba pidiéndonos a Nandini y a
mí que fuéramos a Srinagar para estar con él en este lugar tan bello y
tranquilo. Y agregaba: “Esta ha sido una gran prueba para Mamaji”, Krishnaji
había estado tomando medicinas homeopáticas para su enfermedad, y en su carta
del 4 de octubre me pedía que consultara a L.K. Jha, que lo había estado
tratando. Preguntaba si tenía que seguir tomando tónico de alfalfa y beriberi,
y por cuánto tiempo. Los remedios homeopáticos parecen haberle hecho bien.
Le escribí a Krishnaji
sugiriéndole que viniera a Delhi y que de ahí fuera a Bombay para someterse a
un examen médico general.
El 5 de octubre escribió
que estaba mucho mejor y que no creía que fuera necesario para él ir a Bombay
para que los médicos de allá le hicieran un examen clínico completo. También
escribió que estaba sufriendo de reumatismo, pero que en su sentir esto se
debía a la leche de almendras que había estado tomando. Esperaba permanecer en
Srinagar hasta el 21 de octubre.
Krishnaji se recuperó, y a
principios de octubre hasta empezó a sostener discusiones con pequeños grupos
de personas que se reunían para verle. Entre éstas se encontraba un alto,
erecto sannyasi vestido con
indumentaria de Kashmir. Tenía una presencia silenciosa, una dignidad y un
sello distintivo que emanaban de la profunda investigación interior. Se llamaba
Laxman Joo, y era el último de los grandes exponentes vivos del saivismo, una
escuela introducida en Kashmir por Abhinav Gupta durante el siglo XI. Laxman
Joo me dijo muchos años después que había ido para escuchar a Krishnaji en la
cabaña de Karan Singh, y que las palabras de K le habían llenado de un éxtasis
inmenso.
Krishnaji bajó a Delhi con
Madhavachari en la tercera semana de octubre. A menudo salía para pasear por el
centro de Nueva Delhi. En uno de los paseos nos habló a Madhavachari y a mí de
la percepción alerta, describiéndola como un estado de hallarse despierto en el
presente; un estado donde el ver y el escuchar operaban plena e intensamente
como en una corriente única; donde la mente carecía de forma, donde no había
contorno alguno de la palabra con sus significados, ni límite para contener lo
que se revelaba. Habló de una mente que no se interesaba en juzgar, en retener
o en abandonar cosa alguna, una mente donde sólo existían “el ver, el escuchar,
el escuchar, el ver”. Dijo: “En el escuchar hay una cualidad explosiva”.
Hablando del acto de ver, escuchar, dijo que, “activa los sentidos. Ver sin la
palabra crea energía. Es un estado de comprensión en que el espíritu científico
es el espíritu religioso. Es un escuchar que recibe lo pequeño y lo grande, lo
feo y lo bello. Que no lo reduce todo al nombre, a la forma y a la palabra. Una
mente así es incontenible”. Nos dijo que durante la noche anterior se había
despertado desde una gran profundidad con las palabras “Señor del Mundo” resonando
dentro de él. Había una luz tremenda, más intensa que el sol.
Pronto volvió la fiebre,
pero Krishnaji estaba lo bastante bien como para viajar conmigo por avión a
Bombay el 4 de noviembre. Aunque había estado enfermo y se encontraba débil
físicamente, los seis meses de relativa soledad habían vuelto a alimentar la
mente. Una corriente de energía vital fluía a través de él, y la mente estaba
muy despierta. En el avión me contó acerca de su entrevista con Vinoba Bhave y
lo que habían discutido. Dijo: “Lo que se necesita es ampliar la mente, y la
mente no puede ser ampliada si hay un objetivo en vista”.
“¿Qué aplicabilidad tiene
eso con respecto a la acción?”, pregunté.
Krishnaji respondió: “¿No
cree usted que al ampliarse la mente, de hecho uno está actuando, pero de una
manera por completo diferente? Para ser un revolucionario, uno tiene que ver
más allá de lo inmediato. Si uno quiere ampliar la mente y tiene un objetivo en
vista, lo que hace es limitar la mente. Vinoba ha trazado un círculo alrededor
de sí mismo y permanece en el centro de él”.
En Bombay fue examinado
por el Dr. Nathubai Patel, quien lo había tratado cuando estuvo enfermo en
1955. El Dr. Patel encontró que aún había pus en la orina, y que el sistema
urinario estaba otra vez inflamado. Le preocupaba un poco la pérdida de peso de
Krishnaji ‑había perdido veinticinco libras desde comienzos de año. La dieta
que llevaba era muy estricta, y el Dr. Patel le recomendó que la abandonara y
empezara a alimentarse con comidas nutritivas ‑leche cuajada, manteca, cereales
y bananas maduras. El médico tenía la sensación de que el reumatismo se debía
probablemente a alguna infección viral, y recetó unas píldoras e inyecciones. A
Krishnaji le agradaba el médico; en una carta a Kitty Shiva Rao escribió: “El
Dr. Patel es muy bueno, no fastidia con tonterías y observaciones innecesarias.
Dice que debo subir de peso”.
Desde Bombay Krishnaji fue
con Madhavachari al Valle de Rishi, donde se recuperó rápidamente. El 22 de
noviembre, escribió desde Madrás:
Mi querida Kittyji:
Muchas gracias por su
carta que estaba aguardándome en Bombay. Espero que usted y Shiva Rao se
encuentren bien y que la nueva casa sea agradable y tranquila.
Mama y yo hemos estado
hablando de planes; los médicos parecen pensar que sería más prudente no
emprender grandes pláticas públicas. Yo también lo considero más prudente, de
modo que sólo podremos efectuar pequeñas, limitadas discusiones de grupo. Mama
le hará saber cuándo ambos, él y yo, viajaremos al norte.
Usted sabe que esos
zapatos negros que envié desde Inglaterra hace algunos meses son para Shiva Rao
y que su destino no es el de ser conservados intactos. Pupul traerá para Shiva
Rao otro par de zapatos marrones. Creo que ella regresará a Delhi la semana
próxima.
Aquí llueve copiosamente;
en Delhi el tiempo debe estar fresco y agradable.
Con mucho amor para ambos.
Krishna
A través de los años
Sunanda había sufrido tres abortos. En el Valle de Rishi ella habló una vez más
del dolor ocasionado por su incapacidad de tener un hijo. Krishnaji dijo. “La
maternidad es un movimiento primordial. No es como el movimiento de la
ambición, del devenir. La maternidad es un instinto natural. Todo florece en
una mujer ‑su cuerpo, sus emociones. Su cuerpo, o su mente, ¿han aceptado el
hecho?”, preguntó. “¿Ha dejado éste una huella en el cuerpo? Si el cuerpo lo
acepta, entonces no hay conflicto entre el cuerpo y la mente”. La conversación
entre ellos fue bastante larga. Sunanda había llorado, y él había enjugado sus
lágrimas.
“¿Cómo descubrirá usted si
queda alguna cicatriz, si aún subsiste un anhelo latente en la conciencia?
Usted tiene que traerlo a la superficie, permitirle que le hable, que le
comunique sus insinuaciones”.
En los paseos, solía
señalar a un niño o a una mujer embarazada, diciéndole a Sunanda: “Observe a la
mujer y al niño. No se avergüence de los sentimientos que surgen. No sea
intelectual. Escuche sus respuestas. Esté atenta a cada respuesta. Examínela
completamente. Hágalo ahora”.
Ella había escuchado, y su
comentario fue que aceptaba el hecho de quedarse sin hijos. El no la dejó
proseguir. “La aceptación, la racionalización, son escapes. No corresponden.
Usted está a la defensiva. Mire el hecho sin emoción ni sentimiento ‑de lo
contrario cierra usted la puerta de la percepción”. Después de un rato, él le
dijo: “Escuche su soledad, sus frustraciones, sus comparaciones. Si escucha
así, algo ocurre, desaparece el dolor ocasionado por la negación de la
maternidad personal”.
El 22 de noviembre Krishnaji
fue a Madrás, donde sostuvo siete discusiones. Estas se desarrollaron bajo los
añosos árboles de la lluvia, y asistieron a ellas profesores, estudiantes y
profesionales, así como miembros de la Sociedad Teosófica. El perfume de los
pinos, el fragor de las cascadas, el asombroso verde de los jóvenes arrozales,
y un antiguo sentido de peregrinaje impregnaba sus palabras. Estas tenían
transparencia, lucidez y pureza; había destellos de discernimiento, y las
percepciones sensorias estaban en armonía con la creación”.
Lo que quisiera
comunicarles es un total abandono del yo en el instante. Para tal abandono
necesitan pasión. No tengan miedo de esa palabra. Porque, si vemos esto,
podremos resolver el único problema central ‘del yo con sus exigencias’“.
Habló de un árbol con su
tronco, sus raíces, sus ramas, y sus hojas como de una totalidad, y preguntó:
“Por algún milagro, por cierta forma de mirar las nubes, por algún instante de
penetrante percepción, ¿podría uno ver? ¿Podría la mente ser extraordinariamente
sensible a cada movimiento del pensar y del sentir? “Lo intemporal susurra a la
vuelta de cada esquina, se encuentra bajo cada hoja. Está abierto no para el
ser humano deshidratado que se ha reprimido a sí mismo y carece ya de toda
pasión, sino para la mente que medita de instante en instante”1.
En otra discusión dijo:
“Pienso que sería maravilloso si uno pudiera comunicar sin palabras lo que
realmente siente acerca de los problemas de la existencia. Me pregunto si no es
posible ir más allá de las fronteras que la mente misma ha impuesto, más allá
de los estrechos límites del propio corazón, y vivir ahí. Actuar, sentir,
pensar desde ahí mientras uno continúa con sus propias actividades”.
Cuando se le preguntó
acerca de la necesidad de una práctica regular, contestó: ‘Practiquen por diez
mil años, y seguirán estando dentro del campo del tiempo, del conocimiento’.
“El sí mismo, el ‘yo’, es
inquieto. Está siempre rugiendo como un río, viviendo, moviéndose, siendo. El
conocimiento propio es extraordinariamente rápido en sus percepciones. La
acumulación de experiencias da origen al ‘yo’“.
Interrogado acerca de la
muerte, habló de “la muerte y la vida marchando juntas”. El miedo a la completa
soledad, al aislamiento, a no ser nada, es la raíz de nuestra contradicción
inherente. La creación está en la terminación, no en la continuidad”.
Si hay un vivir muriendo
de instante en instante, existe un estado extraordinario de ser como la nada,
de llegar hasta el abismo de un movimiento eterno y caer por el borde, lo cual
es muerte. Quiero saberlo todo acerca de la muerte, porque la muerte puede ser
la realidad, Dios ‑esa cosa extraordinaria que vive y actúa”.
En diciembre de 1959,
Krishnaji viajó a Bombay. Para entonces se había recuperado por completo y se
decidió que ofreciera ocho pláticas. Como una corriente incontenible, nuevas
percepciones luminosas de la enseñanza fluían a través de la conciencia,
lavando las impurezas, los problemas y conflictos del diario vivir. El lenguaje
de Krishnaji era afectuoso, se tornaban evidentes inmensas percepciones y
profundidades. Como en las aguas de los manantiales alimentados por las nieves,
y de los ríos de Achebal y Pahalgam, se generaban destellos de discernimiento
que viajaban lejos, explorando, encontrando canales nuevos, engendrando vida.
En las pláticas y en las pequeñas discusiones de grupo, habló de la urgencia
que latía tras la formulación de la pregunta correcta. “Una mente perceptiva
vive, se mueve, está llena de energía”.
“No hay respuestas para
los interrogantes acerca de la vida. El estado de la mente que pregunta es más
importante que la pregunta misma”. Al hablar del condicionamiento y del
cautiverio mental, dijo: “Si la pregunta es correcta, no tendrá respuesta,
porque la pregunta misma abrirá la puerta. Pero, si es una pregunta incorrecta,
uno encontrará los medios y los métodos para resolver el problema y así seguir
en el cautiverio. Porque aquel que formula la pregunta es, él mismo, el
cautiverio”.
Habló de la “eficiencia
que es esencial en la tecnología; pero que en lo interno del hombre, en el
mundo de la psique, es tiranía”. Porque cuando “los medios se usan para los
fines, los medios nos ahogan”.
En otra plática habló de
la exploración en lo interno. “Revelar es descubrir, pero acumular lo que uno
ha descubierto es dejar de descubrir. “Él hablaba en el arbolado complejo
residencial de la Escuela de Arte. Por las tardes, los cuervos anidaban en los
árboles, y las palabras de Krishnaji se entremezclaban con los ásperos gritos de
aquellos.
“¿Han prestado atención
alguna vez al ruido de un cuervo? ¿Lo han escuchado realmente, sin cerrarse a
él por considerarlo feo? Si son capaces de escuchar así, no hay división entre
el ruido y lo que se está diciendo. La atención implica claridad de lo total,
en la cual no hay exclusión alguna”. Él residía en la totalidad de una mente
que no tenía pasado ni futuro; era un sentir, una plenitud en la que no había
un centro.
“No tengo nada que
ofrecer”, prosiguió. “Si están escuchando, se encuentran ya en ese estado”.
“Ningún gurú va a decirles que lo están haciendo bien, que pueden pasar al
examen siguiente. Ustedes se escuchan a sí mismos, y eso es un arte”.
Él entendía que cualquier
cambio con un motivo era una búsqueda de poder, y preguntó: “¿Puede la mente
liberarse sin motivo alguno? Esa es la verdadera renunciación. Mantengan la
mente limpia, alerta, vigilante, observen cada pensamiento, vean su
significado, véanlo sin motivo alguno, sin apremio ni compulsión; entonces
surge una energía que no nos pertenece, que desciende sobre nosotros. Hay un
existir sin límites, y en esa energía está la realidad”2.
El sentido de un fluir
constante impregnaba sus palabras. Exploró la naturaleza del verbo ‘ser’ como
un movimiento ininterrumpido, un estado total que contiene el pasado, un
presente activo y el futuro. “Nosotros no nos interesamos en el ser, sino en el
haber sido y en el llegar a ser. Existe un presente activo, un estado de ser, un estado activo, viviente”.
Habló del escuchar, diciendo
que era un estado de comprensión, un estado del ser en el cual todo tiempo se
hallaba incluido.
Después invitó a los
presentes: “Con la comprensión del verbo ser examinemos la naturaleza del sí
mismo. El sí mismo es el ‘yo’“.
El 10 de enero habló del
dolor. Para terminar con el dolor hay que abrazarlo, vivir con él,
comprenderlo; uno tiene que hacerse amigo íntimo del dolor. Lo que uno conoce
es el acto de escapar del dolor. La comprensión del dolor es una explosión, una
rebelión, un descontento tremendo con respecto a todas las cosas. Para
comprender la muerte y el dolor uno debe tener un impulso ardiente, una gran
intensidad, y enfrentarse al hecho. La muerte es lo desconocido, como lo es el
dolor’, pero conocer la naturaleza, la profundidad, la belleza y soledad del
dolor, es terminar con el dolor. “La bendición llega cuando hay un estado
exento de reacción. Es una bendición conocer la muerte, porque la muerte es lo
desconocido”3.
Viendo la carga de un
intenso dolor en los rostros atormentados de su auditorio, el día 17 de enero
habló de aprender a jugar con un problema. “A menos que puedan ustedes jugar,
jamás descubrirán nada. Si no saben cómo sonreír ‑no sólo con los labios sino
con todo el ser, con los ojos, con la mente y el corazón entonces no saben qué
es ser sencillo y deleitarse con las cosas comunes de la vida”. Y después rió
con alegría y dijo: “A menos que sean capaces de reír realmente, no sabrán qué
es el dolor. Ustedes no saben qué implica ser serios”4.
Hablando de la meditación
dijo: “Para la mayoría de nosotros, lo que se explora no es importante; por lo
tanto, ello no despierta la capacidad de penetrar en ‘lo que es’. La vida es
una cosa extraordinaria ‑llamamos pasado al tiempo anterior, y futuro al tiempo
próximo; ¿puede uno explorar la vida a través del presente? La verdad no tiene
pasado ni futuro ni continuidad. La meditación es el estado del vivir en el
cual se han derrumbado las fronteras de la mente. No hay yo, no hay centro y,
por ende, no hay circunferencia”.
Exploró la naturaleza del
pensar negativo. El pensar positivo, como afirmación, es destructivo para la
investigación. “A través de la negación, hay creación”, dijo. “Todo lo que nace
de una mente que se halla por completo vacía, es creación. De ello surge el
pensar negativo. Un modo así de abordar la vida, basado como está en la
atención, no puede contener la medida. La mente que penetra a gran profundidad
dentro de sí misma, emprende un peregrinaje de investigación del cual no hay
retorno”. Para esto necesita uno estar completamente solo ‑sin compañía, sin
dependencia, sin apego, pensamientos o recuerdos; una negación completa de
todo. “El único modo de abrir la puerta a lo eterno, es el viaje dentro de uno
mismo”.
Krishnaji regresó a Europa
en marzo de 1960. Al llegar a Roma se sintió muy enfermo y se internó en la
Clínica Bercher Brenner de Zurich. Allí, después de un detenido examen médico,
lo pusieron a una dieta especial.
Tiempo después viajó a
Ojai, donde se habían programado para él ocho pláticas. Súbitamente, después de
la tercera plática, anunció que sólo ofrecería cuatro.