domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XIX “HABLAR CON LA TOTALIDAD DE LA CABEZA”



Capítulo XIX
“HABLAR CON LA TOTALIDAD
DE LA CABEZA”

   A principios de 1959 se decidió que Krishnaji no regresara a Ojai, sino que pasara su segundo año en la India. Había estado en el país desde el otoño de 1957 y no habría de regresar a Europa hasta la primavera de 1960. Fue el período más largo que permaneció en la India desde que dejó el país siendo un muchacho.
   En abril, cuando el tiempo húmedo y caluroso se volvió insoportable, Krishnaji decidió partir hacia Lonaula, un lugar de descanso en las laderas de los cerros entre Bombay y Poona. Se alojó, con la sola compañía de un sirviente, en la casa de Amru Mehta, mi hermana más joven. Sunanda y su marido Pama Patwardhan, se encontraban en Poona, a sólo cuarenta millas de Lonaula, y venían a visitarle con frecuencia. Pero la mayor parte del tiempo la pasaba solo.
   En mayo se hicieron los arreglos para que Krishnaji fuera a Kashmir vía Delhi acompañado por Madhavachari y un cocinero llamado Parameswaram. Mientras estuvo en Nueva Delhi, Krishnaji insistió en que se le hiciera a Madhavachari un nuevo traje de lana. Le encantaba ver a Madhavachari bien vestido, y comentó: “Mamaji se verá ahora muy elegante”. A su llegada, pasaron la noche en Srinagar en una casa flotante. Al día siguiente se trasladaron a una casa situada en una parte muy atestada de la ciudad. En una carta que me escribió, Krishnaji expresaba lo desdichado que se sentía por la casa infestada de ratas y por el ambiente que la rodeaba.
   El 26 de mayo, Krishnaji y Madhavachari dejaron Srinagar y se dirigieron a Achebal, un serai o lugar de descanso construido por Nur Jehan en la antigua carretera que va desde Lahore a Srinagar. Achebal se menciona en el Akbar Nama (Crónicas de la vida y reinado de Akbar, por Abul Fazl) como un sitio de culto de los antiguos; sus aguas abundantes, frescas y cristalinas, brotan de una fuente torrencial. También se dice en el Akbar Nama, que en ocasiones solía aparecer un bello pez moteado de amarillo, que se consideraba como de muy buen augurio. Por cientos de años los peregrinos habían acudido a este lugar sagrado debido a las propiedades curativas del agua surgente, aunque los mitos de los yakshis, espíritus de las aguas y de los árboles, que cuidaban el manantial, hacía mucho tiempo que habían desaparecido.
   Nur Jehan había construido alrededor del manantial, un jardín cercado que encerraba una superficie plantada con álamos y paraísos. En un punto del área cercada, el manantial, que brotaba torrencialmente de la tierra, caía como una cortina de agua hacia niveles más bajos del jardín. Las enormes ramas de los paraísos atravesaban las aguas que caían. Debajo de la caída había estanques y fuentes artificiales, y también canales para llevar el agua hacia partes distantes del jardín. Los canales se habían planeado de modo tal que los rayos del sol crearan arco iris al atrapar el rocío producido por la caída del agua y por la fuente. Se habían plantado flores, un poco desordenadamente, en áreas donde no proyectaban su sombra los álamos y los paraísos. Cerca del estanque había pabellones originalmente construidos por los mongoles, que más tarde fueron reparados y conservaban pocas huellas de sus primitivas y exquisitas proporciones. El tronar de la cascada y el sonido de las agitadas aguas no molestaban como para romper los silencios o perturbar a los pájaros que descansaban en los paraísos de amplios troncos. El campo era una enorme alfombra de verdes y jóvenes arrozales impregnados por el sol, y daba contra un telón de fondo compuesto por las montañas de picos nevados que se levantaban empinándose en el horizonte.
   Al poco tiempo de su arribo, Madhavachari partió para Madrás debido a que uno de sus hijos estaba enfermo. Pero Parameswaran se quedó para atender las necesidades de Krishnaji. Me uní a Krishnaji en Achebal el 6 de junio, y me alojé hasta fin de mes en una pequeña choza cercana.
   Antes de mi llegada a las alturas de Kashmir, Krishnaji me había escrito pidiéndome que le trajera un libro de Inglés para Principiantes, un ejemplar del Tesoro del Verso Inglés de Palgrave, y un frasco de tónico para el cabello. También le llevé un lote de frutos de mango que tanto le gustaban. En Achebal no tenían electricidad, y por las noches usábamos lámparas de kerosene o un petromax. (Petromax: antes de que se introdujera la electricidad en la India, para producir una luz brillante se utilizaban lámparas alimentadas con kerosene, que tenían unas mechas especiales y una bomba. El petromax se usa todavía en las procesiones nocturnas de los casamientos).

   K se despertaba al amanecer y practicaba sus asanas y el pranayama del yoga, que había aprendido de B.K.S. Iyengar, un maestro eminente de yoga, natural de Poona. Krishnaji trataba de persuadirme para que aprendiera los asanas, pero yo soy de temperamento apático y mis intentos de aprendizaje fueron inútiles. Cuando los asanas de Krishnaji terminaban, tomábamos un desayuno típico del sur de la India, compuesto por idlis y sambhar o dosas, sabrosos pasteles de arroz y lentejas condimentados con coco. Yo tomaba café: Krishnaji tomaba cierta mixtura de hierbas.
   Entonces Krishnaji estaba listo para su larga caminata, y yo me unía a él para escalar los cerros de los alrededores. Paseando por los bosques de pinos trepábamos por cuestas escarpadas; Krishnaji, que era ágil y estaba exquisitamente equilibrado, se encaramaba sobre las rocas y tomaba los más difíciles atajos con facilidad. Yo jadeaba y suspiraba, pero estaba habituada a las montañas desde niña y me las arreglaba para seguirle el paso. El solía ascender rápidamente, luego se volvía hacia mí observando mi esfuerzo para superar alguna roca particularmente difícil, a veces me daba una mano y me atraía desde arriba hacia él por laderas muy empinadas. Desde la cima del cerro, que alcanzábamos después de un largo y arduo escalamiento, el panorama era soberbio. Debajo se veían el jardín cercado y los verdes y frescos arrozales flanqueados por los álamos, en tanto que nos rodeaba el sorprendente blanco de las nieves. A Krishnaji le encantaba el lugar.
   En las tardes, después de descansar, él solía enseñarle inglés a Parameswaran. En los anocheceres caminábamos a paso más lento entre los arrozales, o por el interior del cercado jardín mongol. Las flores estaban en plena floración, y las brisas llevaban la fragancia de rosas, lilas y madreselvas. A lo largo del lecho del arroyo crecían berros, y arrancábamos algunos para nuestra comida nocturna. Había un criadero de truchas, y Krishnaji pasaba tiempo observando el rápido movimiento de los peces.
   Krishnaji era hijo del agua. Se deleitaba con las aguas que caían, saltaban o corrían, o las que fluían sobre grandes piedras cubiertas de líquenes, o las aguas en las que, no se veía ni una sola onda. Krishnaji mismo encarnaba la transparencia y libertad del agua, su enorme turbulencia, su quietud o su empuje a través de la tierra y de las rocas.
   El humor de Krishnaji era juvenil, sin las tormentas de la ira. La risa estaba permanentemente en sus labios y en sus ojos. Me inundaba de compasión y afecto. A veces se mostraba intensamente serio y contemplativo. Estaban surgiendo muchas de las percepciones que habría de explorar después durante ese año en las pláticas de Madrás y Bombay. Como la marea, o la luna creciente o menguante, su mente se movía a su propio ritmo. Yo escuchaba a este hombre del misterio, dotado de una extraordinaria belleza, hacer comentarios sobre “la totalidad de la luz solar”, le veía buscar una hoja recién brotada, poner sus manos sobre un árbol que tenía siglos de edad, hacer amistad con él, palpar su corteza, escuchar el fragor de la savia que fluía por las nervaduras de una hoja. “Lo intemporal está aquí, se encuentra en cada hoja”, solía decir. Yo sentía la tierra sobre la que caminábamos, hablábamos, comíamos y vivíamos, como la base de una energía sin límites. En ocasiones, me sentía como embriagada, saturada con el rocío de la mañana.
   En uno de los paseos me preguntó cómo observaba yo y cómo hablaba. Quedé desconcertada. Después dijo: “¿Es posible hablar, recitar, cantar, no sólo desde la garganta y la boca, no desde los labios, sino dejando que las palabras toquen la nuca, y así hablar a través de los ojos, sosteniendo tras ellos la atención? O sea, hablar con la totalidad de la cabeza”.
   Discutimos largamente la verdadera mente religiosa y la mente científica como las dos únicas mentes que existirían en el futuro ‑una declaración que más tarde él habría de explorar en sus pláticas de Madrás­. Habló de la muerte, del terminar definitivamente con algo como la fuente de creación y liberación de una energía que no se disipa jamás. Para él, el escuchar era en sí mismo el milagro que transmutaba y penetraba muy en lo profundo, desarraigando y destruyendo las ocultas trabas de la mente.
   En las oscuras noches sin luna, solíamos salir a contemplar las estrellas y las lejanas tinieblas del espacio. El acostumbraba señalar las distintas constelaciones. Hablaba del viaje por el espacio exterior; y también del peregrinaje interno como el descubrimiento de lo infinito. Pero una mente mezquina no podía embarcarse en esta peregrinación a la eternidad.
   Cada atardecer era una bendición.
   En la noche, después de una temprana cena bajo la luz del petromax, él solía recitar poesía de Keats ‑del Tesoro Dorado­. Su favorita era la “Oda al Ruiseñor”. Por las noches hacía frío y quemábamos leña y piñas secas en la chimenea abierta. Ocasionalmente, solía cantar en sánscrito. Los sonidos de su voz profunda llenaban la estancia y resonaban a través de los arrozales, llegando hasta más allá de las nieves. El escuchar y el ver florecían en su prístina presencia.
   Krishnaji me contó que en uno de sus paseos se había encontrado con un grupo de monjes caminando en presencia de las cumbres coronadas de nieve. Estaban atravesando los brillantes campos de arroz, y los altísimos picos nevados ardían con el sol poniente. En la percepción de lo inmenso estaba la esencia de la divinidad. Sin embargo, los monjes caminaban con los ojos entrecerrados y fijos en el suelo delante de sus pies, totalmente ignorantes de la gloria que los rodeaba. Por silenciosas que quedaran sus mentes ­dijo Krishnaji­ ése sería el silencio de lo limitado, de los espacios pequeños, y dentro de esos espacios no tenía cabida el vasto universo en expansión.

   Cada tantos días yo acostumbraba ir a Srinagar en automóvil y regresaba por las noches. A Krishnaji le gustaban muchísimo las artesanías y yo solía traerle tejidos y objetos de arte. Él los trataba con cuidado y se regocijaba con los colores, las texturas y la habilidad del artesano. También traía a mi regreso vegetales frescos y frutas, porque no se conseguían en Achebal.
   En 1959 yo no sabía que Achebal era un lugar antiguo de peregrinación, y que las aguas del manantial se consideraban sagradas. Los habitantes locales, que eran musulmanes, habían borrado todo rastro de su pasado arcaico y de los mitos que con él se vinculaban. No obstante, Krishnaji sentía el pulso del suelo, las reverberaciones de los numerosos pies de peregrinos que habían transitado por el sendero que lleva al manantial. A menudo se refería al papel del peregrino. Le hablé de un antiguo texto donde los pies del caminante se comparan con una flor. También le aclaré, en vano, que la ruta de los peregrinos se encontraba en Pahalgam, a unas cuarenta millas de Achebal.
   Me di cuenta de lo difícil que era, para la propia sensibilidad, vivir junto a Krishnaji. Era como vivir frente a un rayo láser; uno podía dar por sentada la intensidad y así abrasarse y consumirse. Vivir cerca de él era vivir en un campo de observación y atención. Uno tenía que estar inmensamente despierto, de modo tal que la espina dorsal se enderezara, la mente se volviera alerta y el cuerpo se aquietara. Él vigilaba cada movimiento, cada pensamiento, la manera en que uno caminaba, los agitados movimientos del cuerpo, el modo en que uno hablaba, el tono de la voz, los silencios. Escuchaba cada respuesta ‑se daba cuenta cuándo la mente imitaba, cuándo estaba animada con la vitalidad del discernimiento­. Sin que se dijera una sola palabra, uno percibía su escuchar y su observar. Pero el ser que estaba cerca, que observaba, que escuchaba, lo hacía sin juzgar. Era como ver el propio rostro en un antiguo espejo de bronce finamente pulido.
   A corta distancia de nosotros vivía un hombre que en su juventud había tomado votos de sannyas y que más tarde había renunciado a la túnica. Nos visitaba constantemente, trayéndole a Krishnaji una infusión vegetal que, según él, era buena para los riñones. Krishnaji, que instintivamente era un naturista y le encantaban las hierbas, tomaba la infusión insistiendo que, efectivamente, era buena para los riñones.
   Para fines de junio regresé a Delhi. Madhavachari se reunió poco tiempo después con Krishnaji en Pahalgam, el campamento base para los peregrinos que viajaban a Amarnath, una de las peregrinaciones más sagradas de la India. En la cueva de Amarnath, que se encuentra a mucha altura en los Himalayas, se forma un ‘lingam’ (Símbolo fálico extensamente usado en el culto de adoración a Shiva) natural de nieve, el cual se derrite con el ritmo cíclico de la luna. La peregrinación principal se realiza en agosto, durante el día de la luna llena cuando el ‘lingam’ aparece en su perfecta forma oval, pero sanyasis y seglares viajan a la cueva desde mediados de junio. El viaje es peligroso. El sendero atraviesa pasos muy altos y gargantas con precipicios. A lo largo de la ruta está Shesnag, un lago de límpido azul, contra el cual se levantan altísimas montañas. La luna llena, alzándose detrás del pico más alto e iluminando las nieves eternas, se asemeja a la luna creciente descansando en la enmarañada cabellera de Shiva.

   En Pahalgam, Krishnaji se alojó en una cabaña para turistas levantada entre los pinos. A través del valle, descendían desde lo alto dos ríos que se volvían turbulentos por las masas de piedras que descansaban en sus lechos; el Lidar, que surgía del glaciar Kolahai, y el otro, el Amarganga ­llamado a veces Shesnag­ corrían a lo largo de las márgenes por las que se extendía la ruta a Amarnath.
   Sanyasis y visitantes vinieron desde Srinagar para ver a Krishnaji, y él habló con algunos de ellos. Habría de referirse a estos sanyasis en las pláticas que más tarde ofrecería durante ese año en Madrás. Dijo. “El otro día, en Kashmir, algunos sanyasis me dijeron: ‘Vivimos solos en medio de la nieve. Jamás vemos a nadie. Nadie viene jamás a visitarnos’. Yo les dije: ‘¿Están ustedes realmente solos, o están meramente separados de la humanidad?’ ‘¡Ah, sí! contestaron, ‘estamos solos’. Pero ellos estaban con sus Vedas y sus Upanishads, con sus experiencias y con los conocimientos que habían acumulado, con sus meditaciones y sus japams. (Formas repetidas de sonido o mantrams, pronunciados con la intención de silenciar la mente). No habían renunciado a la carga de sus condicionamientos. Eso no es estar solo. Ponerse una túnica azafranada no implica renunciar. Uno no puede renunciar al mundo, porque el mundo forma parte de uno mismo. Renunciamos a unas cuantas vacas, a una casa, pero renunciar a nuestra herencia psicológica, a nuestra tradición, al peso de nuestros condicionamientos, eso exige una investigación enorme”.
   Casi todos los paseos de Krishnaji eran a solas por los espesos bosques de pinos y abetos que rodeaban Pahalgam. El 13 de agosto, Vinoba Bhave y sus seguidores vinieron para entrevistarse con Krishnamurti.
   Vinobaji dijo que era la primera vez que veía a Krishnaji. El peregrino de Gandhi preguntó: “¿Qué edad tiene usted?”
   Krishnaji contestó: “Sesenta y cuatro”.
    “Por tanto es usted un hermano menor. He venido a rendirle mi respeto y a requerir sus bendiciones. Rao y Achyut Patwardhan, Dada Dharmadhikari y Vimala me han hablado de usted en distintas ocasiones. Pero yo siempre estoy en movimiento y también lo está usted. Por eso jamás nos hemos encontrado”.
   Cuando terminaron las amables formalidades, Vinobaji le pidió a Krishnaji que le hablara de su sabiduría. Krishnaji se mostraba tímido y permanecía en silencio. Las discusiones fueron registradas por Nirmala Deshpande, que estuvo presente durante las reuniones y tomó notas de la conversación mientras ésta tenía lugar1.
   Vinobaji preguntó: “¿Cómo empezamos?”
   “Depende de lo que a usted le interese”, contestó Krishnaji.
   “La vida”, dijo Vinobaji. Y agregó: “Todos se interesan en la vida. Pero la discusión depende de las palabras, y las palabras son necesarias”.
   “No demasiadas palabras, de otro modo la discusión pierde sentido”, fue la respuesta de K. “La discusión implica...”
   Antes de que K pudiera proseguir, Vinobaji exclamó: “...compartir experiencias”.
   “Sí, y también penetrar en lo profundo. La experiencia es limitada ‑desconfío de la acción que se basa en la experiencia­”.
   “¿Es porque la experiencia condiciona al hombre?” preguntó Vinobaji.
   “Sí,” contestó K, “por eso es importante tener una mente libre, una mente que no esté repleta de experiencias, sino libre para ver más allá de la experiencia. Uno tiene que morir para la experiencia de cada día. Siempre estamos traduciendo la experiencia en términos de lo viejo. Como hindú, la traduzco en términos de Shiva, Krishna ­pero son sólo palabras­”.
   “La división que tiene lugar como hindú, musulmán, cristiano, ha de eliminarse”, dijo Krishnaji.
   Vinohaji contestó: “Sí”.
   “Usted dice ‘sí’, pero ésa es una afirmación verbal. ¿Deja usted de ser un hindú? En la ciencia, uno abandona la experiencia pasada para descubrir algo nuevo. Desde el principio mismo deben enseñarle a uno a librarse del condicionamiento ‑como hindú, musulmán, cristiano, etc­. Ninguno de nosotros se desprende de eso. Sólo presumimos que lo hacemos.
   “Uno tiene que dejar de ser hindú o musulmán; tenemos que ser seres humanos. Pero eso es muy difícil. El mero pensar que somos libres no nos lleva a ninguna parte”.
   “Primero tiene uno que ser libre. Primero la libertad, no el pensar acerca de la libertad”.

   Vinobaji pidió a sus camaradas que formularan preguntas, pero ellos se mostraban reticentes. Vinobaji le dijo a K que la mayoría de las personas no quiere hacer preguntas, sino venir para un darshan. La discusión se alejó de los temas serios, y Vinobaji le preguntó a K: “¿Cuánto tiempo pasa usted en la India?”
   “Seis meses”.
   “¿Practica ejercicios?”
   “Un poco, camino”.
   Uno de los seguidores de Vinobaji preguntó: “¿Cuál es el significado de la realización de uno mismo?”
   “¿Qué es lo que significa para usted?”, fue la respuesta.
   “La unión con Brahman ‑con Dios­”, dijo otro de los discípulos de Vinobaji.
   “‘Dios’ es una palabra. Para realizar a Dios, usted tiene que tener una mente libre, una mente que no siga a nadie. Una mente que no tenga gurú ni sistema alguno. Inténtelo”.
   Llegó la respuesta: “¿Cómo se obtiene una mente así?”
   “Tiene que haber conocimiento propio. No conocimiento del Atman, sino de cómo pensamos, por qué pensamos, cómo actuamos. ¿Qué es el ‘uno mismo’? No hablo sólo del ‘yo’ consciente, sino de los profundos niveles del inconsciente. Lo que se necesita es una mente revolucionaria. Usted no puede tener una mente así mediante el sadhana. Si mira por una ventana solamente, su visión es limitada”.
   “¿No puede enseñarse la filosofía?”, preguntó uno de los seguidores de Vinobaji.
   “Hay una manera correcta de pensar. ¿Importa quién es el que escucha?”, dijo Krishnaji.
   “Tal vez lo que él siente es que usted debería revelarse como un predicador”, intervino Vinobaji.
   “¡Yo, señor! Yo hablo ‑ésa es mi vida­. ¿Desearía usted que lo hiciera tradicionalmente?”
   “Quizás esté usted haciendo a su propio modo lo que él desea que haga”.
   “Señor, no existe un modo mío, o un modo suyo o de él. Existe un sólo modo”. Krishnaji era inflexible.
   “Yo pienso de un modo, usted piensa de otro. Engañamos a toda una generación. Uno tiene que ser libre, el hombre tiene que ser libre para hablar de Dios. Los comunistas dicen que no hay Dios, usted dice que hay Dios. Ambos, ellos y usted, están condicionados. Ambos están diciendo la misma cosa. Esa es la calamidad. No existe su método o mi método de meditación. Sólo existe la meditación”, concluyó K.
   “Cuando usted habla de este modo en los EE.UU., la gente debe apreciar lo que dice”, comentó Vinobaji.
   “En Occidente, el estado benefactor cuida de las necesidades mínimas. La gente se está volviendo hacia la creencia, hacia el cristianismo, como la gente de aquí se inclina hacia el hinduismo. ¿Cuál es la diferencia? En la India, la reforma económica se ha vuelto sumamente importante ‑la reforma y el estado benefactor son función del gobierno­. Pero un reformador nada tiene que ver con la religión. Una religión está asociada con la reforma, y la religión con algo muy diferente.
   La religión es la fuente de la vida, no así la reforma. Yo no estoy contra las reformas. Son necesarias. Pero la religión es diferente.
   “Conozco a algunos comunistas en Europa. Están muy interesados en mí hasta que llegamos a un punto. También los católicos, hasta un punto ‑de igual modo los hindúes, hasta un punto­. Es por eso que soy un extraño, tanto si me encuentro en Europa, en los Estados Unidos o en la India. ¿Tienen ustedes algo en este país, excepto la política? ¿Por que no hay nada profundamente creativo?
   “¿Por que casi todos los pensadores de la India se han entregado a la reforma? La reforma es una cosa pequeña. Lo grande jamás puede ser incluido en lo pequeño. En lo grande, lo pequeño puede incluirse. Por dondequiera que yo vaya en la India, la gente me pregunta por qué no me ocupo de la pobreza, de la corrupción. Y yo pregunto: ¿Por qué no abordamos estos problemas desde un ángulo diferente? Es, por cierto, el modo político de abordarlos el que lo tergiversa todo.
   “¿Y por qué las mentes que se llaman espirituales se interesan en la reforma? La reforma no conducirá a una revolución profunda”.
   “¿Qué deduce usted de esto?”, preguntó Vinobaji.
   “No deduzco, sino que observo”, contestó K. “Hay una profunda contradicción en la mente india. Hablamos de ideales y hacemos lo opuesto. Estamos inhibidos de llegar a algo porque sentimos que no debemos ser ambiciosos. Y así, la frustración nos lleva a reformas superficiales y eso lo perseguimos con pasión. Yo digo, actúen y observen el resultado. Pero la tradición y los gurús dicen lo contrario. En este país lo que vemos es frustración, contradicción y el sentimiento de ser una raza muy antigua. Vamos a la búsqueda de Dios, pero no hemos vivido la vida. Esa puede ser la razón de que nos volvamos hacia lo superficial, que llamamos ‘reforma’“.
   “¿En Europa lo reconocen más?”
   “Detesto que me ‘reconozcan’“.
   “¿Ellos captan más su pensamiento?”
   “Es lo mismo que en la India”, replicó Krishnaji. “Algunas mentes son serias. En la India la gente toma muy en serio la política. La política es algo muy destructivo. Cuando la gente dice que trabaja por la paz, por la reforma, lo importante para ella es siempre el ‘yo’. Quienes tocan la política no pueden tener una mente fresca. El mundo necesita mentes nuevas, mentes claras, no mentes condicionadas como hindúes o musulmanas.
   “Si usted es ‘un hindú’ no puede amar. El amor requiere libertad. El otro día vino a verme un sannyasi. Había estado en Amarnath. Habló de las diversas sectas de los sadhus. Le pregunté: ‘¿Qué es lo que hacen?’ Dijo: ‘Nada ‑pero conocen a Brahma­. Viven en soledad. Meditan’. Dije: ‘Con todas sus creencias, con esa carga que llevan consigo, nunca pueden estar solos’.
   “Pero uno tiene que estar solo para encontrar lo real ‑totalmente solo­. Y eso es difícil en un país antiguo que pone el énfasis en los gurús, en la tradición”.
   Krishnaji señaló a las personas que rodeaban a Vinobaji: “¿Todos son sus seguidores? ¡Que lástima!”
   “No sé por que son mis seguidores”, comentó Vinobaji.
   “En la India desean la autoridad de un gurú. Sienten que con una guía no fracasarán en su búsqueda de la verdad. No están preparados para equivocarse. Todo eso es infantil”, dijo K.
   “Pero ser niños les viene bien, puesto que eso es lo que son ­niños­”, fue el comentario de Vinobaji.
   “Dejemos, entonces, que Vinobaji niegue al seguidor”, la réplica llegó rápidamente.
   “Cada hombre piensa que su búsqueda es única”, Vinoba estaba siguiendo su propia corriente de pensamiento.
   “La búsqueda de Dios no se vincula con el éxito. Dios puede ser algo que no tiene fin, La mente aborrece la sensación de no alcanzar un fin”, dijo K.
   “¿Quiere usted decir que la búsqueda no tiene objeto? ¡¿Uno no puede buscar para encontrar a Dios?!” Vinoba estaba excitado.
   “Así es, de lo contrario será un Dios trivial. La gente va a Amarnath para encontrar a Dios. ¿Qué significa eso? Hemos desterrado el amor, la belleza; hemos proscrito el pensar individual, toda forma de curiosidad intelectual y emocional, reemplazando todo eso con la aceptación de la autoridad y con los sistemas; hemos negado a la mente el espacio necesario para inquirir. ¿Qué hemos hecho con la verdadera creación? Decimos que para realizar a Dios debemos vestir la túnica azafranada, rechazar el sexo y los sentidos, abstenernos de mirar las nubes, la naturaleza. Decimos que debemos meditar. Una meditación así es hipnosis”.
   “¿Qué lugar ocupa la religión en el progreso de una nación?”, preguntó uno de los seguidores de Vinoba.
   “¿Qué es una nación? ¿Qué es la sociedad? ¿Una relación social, cultural? Si esa relación cambia, cambia la sociedad”. Krishnaji se interrumpió por un rato, y después dijo: “La religión es el descubrimiento de la realidad y de la relación que ésta tiene con nuestra vida cotidiana. En la actualidad no hay nadie que diga: ‘Yo no soy un hindú, ni un musulmán, sino un ser humano comprometido con el problema total del hombre, con la devastación de la tierra, con la bomba atómica, con la hermandad entre los hombres’. Estos son problemas muy serios y no hay seis personas que se interesen en ellos de verdad”.
   “Pero yo he encontrado que la mente india está preparada, como nunca antes lo estuvo, para captar nuevas ideas, para desprenderse del nacionalismo y salir de su vida estrecha”. Vinoba estaba a la defensiva.
   “Comprendo, pero se requiere más que eso. La mente se ha vuelto muy mecánica. Necesita y busca una meta en la vida. Y seguimos senderos que conduzcan a una meta. Jamás cuestionamos. Somos demasiado respetables. Pero uno tiene que tener una mente libre, no una mente cargada con la tradición, con el pasado. Libertad extrema es lo que se necesita. Pero en el momento que uno piensa que es libre, no es libre. Uno tiene que descubrirse, que desenredarse a sí mismo, tiene que ahondar en los rincones de la propia mente ‑tiene que encender la mente­”. Krishnaji estaba apremiando más y más, y Vinobaji, tal vez para oponerse a la fuerza de la energía que se generaba, irrumpió con lo trivial:
   “Me dijeron que usted no ha ofrecido pláticas públicas por un año”.
    “Sí, no he ofrecido pláticas públicas por un año. Me he mantenido quieto. Pero no es porque haya tomado alguna clase de votos”.
    “Me alegra haberle visto hoy. Anhelaba hacerlo. ¿Conoce usted alguna lengua india?” La discusión se estaba volviendo informal.
   “Traté de aprender el hindi. Mi lengua nativa es el telugu, pero dejé de hablarla cuando era un muchacho”.
   “Usted no es demasiado viejo para aprender un idioma indio”, dijo Vinobaji.
   “Estoy tratando de aprender el sánscrito ‑por gusto­”, respondió K.
   “Si usted habla en inglés, muy poca gente en la India lo entenderá”, dijo Vinobaji.
   “Lo sé. Pero si uno usa palabras tradicionales, éstas tienen connotaciones tradicionales, y uno no puede proseguir más allá”.
   “Las connotaciones se vinculan también con las palabras inglesas”, comentó Vinobaji.
   “Corte esas connotaciones”, fue la respuesta.
   “Yo encuentro que cuando uno traduce palabras del sánscrito al inglés, realmente tiene que comprender”, agregó K, “pero si traduce el sánscrito al hindi o al marathi, puede conservar la misma palabra sin comprender su profundidad”.
   Krishnaji y Vinobaji se separaron con sonrisas y pranams, y al día siguiente Krishnaji devolvió la visita de Vinobaji. Este habló de su peregrinación Bhoodan Yatra. (Bhoodan: “don de la tierra”: Yatra: “peregrinación”). Dijo: Dios, a quien busco, está en todas partes ‑yo no voy a Amarnath­. La gente dice que no hago lo correcto, que debería ir. El swami Vivekananda fue allá”. En la discusión del día anterior había tentado algunas respuestas instintivas. Ahora dijo: “Ayer hemos tenido una buena conversación. Fue muy esclarecedora. Estos pensamientos me han guiado por muchos años, antes aun de que acudiera a Gandhiji. Fui a verle cuando yo tenía veinte años. Fui a ver y a escuchar. El jamás nos dijo ni a mí ni a nadie que aceptáramos sus pensamientos”.
   “De acuerdo”, observó K.
   “¿Usted también tuvo ocasión de verle?”
   “Tres veces ‑una vez en Londres, con la Dra. Besant­”.
   “Tengo muy poco tiempo para leer. Sin embargo, leo”, dijo Vinobaji.
   “Yo apenas si leo, excepto uno o dos libros ocasionalmente. ¿Sale usted temprano en la mañana?” La conversación transcurría nuevamente en el nivel superficial.
   “A las cuatro y media. Camino diez millas por día”, dijo Vinobaji. “¿Usted escribe libros?”
   “Sí”, contestó K.
   “¿Quién publica estos libros?”
   “Los libros y las discusiones se publican en la India”.
   “Hay muchas personas en el movimiento Bhoodan que han leído sus libros”.
   “Es lo que me dicen Rao y Achyut”.
   Vinobaji señaló a Mahadevi Tai. “Ella no conoce el inglés”.
  “¡Qué lástima! Yo no conozco el hindi ‑así que no podemos conversar­”, dijo K.
   “Pero usted está aprendiendo el sánscrito ‑por gusto­”.
   “Es muy bello, es un idioma maravilloso”, fue la respuesta de Krishnaji.
   “Cada palabra del sánscrito se basa en alguna palabra raíz. El latín y el sánscrito pertenecen a una sola familia. Su palabra ‘ignite’, en sánscrito es agni arder. La raíz etimológica de ambas es la misma”.
   Se separaron como grandes amigos.

   Después, en la tarde del 14 de agosto, Vinobaji habló a multitudes que se habían congregado para escucharle en Pahalgam. En su discurso hubo una dirección diferente, y se dio cuenta de que esto se debía a la influencia de las conversaciones que Krishnaji había sostenido con él. Dijo que hombres como Krishnamurti eran los centinelas ‑las voces y las declaraciones de ellos eran advertencias y tenían que escucharse con mucha seriedad­. Algunos meses más tarde, un amigo le contó a Vinoba Bhave que Krishnamurti había comentado: “Vinoba dice que está de acuerdo conmigo, pero sigue haciendo su trabajo igual que antes. De modo que su afirmación de que está de acuerdo no tiene sentido”.
   Vinoba respondió: “Krishnaji está en lo cierto”.
   Muchos años después, Nirmala Deshpande me contó que Vinobaji había dicho: “Krishnamurti puede negar el papel de Instructor del Mundo, puede negar la iglesia que se construyó para él, negar su papel de gurú supremo, negar que sea el divino Krishna; pero la Dra. Besant no puede ser negada en su papel de Yashoda, la madre adoptiva de Krishna, el divino pastor”.