Capítulo
XIX
“HABLAR
CON LA TOTALIDAD
DE
LA CABEZA”
A principios de 1959 se
decidió que Krishnaji no regresara a Ojai, sino que pasara su segundo año en la
India. Había estado en el país desde el otoño de 1957 y no habría de regresar a
Europa hasta la primavera de 1960. Fue el período más largo que permaneció en
la India desde que dejó el país siendo un muchacho.
En abril, cuando el tiempo
húmedo y caluroso se volvió insoportable, Krishnaji decidió partir hacia
Lonaula, un lugar de descanso en las laderas de los cerros entre Bombay y
Poona. Se alojó, con la sola compañía de un sirviente, en la casa de Amru
Mehta, mi hermana más joven. Sunanda y su marido Pama Patwardhan, se
encontraban en Poona, a sólo cuarenta millas de Lonaula, y venían a visitarle
con frecuencia. Pero la mayor parte del tiempo la pasaba solo.
En mayo se hicieron los
arreglos para que Krishnaji fuera a Kashmir vía Delhi acompañado por
Madhavachari y un cocinero llamado Parameswaram. Mientras estuvo en Nueva
Delhi, Krishnaji insistió en que se le hiciera a Madhavachari un nuevo traje de
lana. Le encantaba ver a Madhavachari bien vestido, y comentó: “Mamaji se verá
ahora muy elegante”. A su llegada, pasaron la noche en Srinagar en una casa
flotante. Al día siguiente se trasladaron a una casa situada en una parte muy
atestada de la ciudad. En una carta que me escribió, Krishnaji expresaba lo
desdichado que se sentía por la casa infestada de ratas y por el ambiente que
la rodeaba.
El 26 de mayo, Krishnaji y
Madhavachari dejaron Srinagar y se dirigieron a Achebal, un serai o lugar de descanso construido por
Nur Jehan en la antigua carretera que va desde Lahore a Srinagar. Achebal se
menciona en el Akbar Nama (Crónicas
de la vida y reinado de Akbar, por Abul Fazl) como un sitio de culto de los
antiguos; sus aguas abundantes, frescas y cristalinas, brotan de una fuente
torrencial. También se dice en el Akbar
Nama, que en ocasiones solía aparecer un bello pez moteado de amarillo, que
se consideraba como de muy buen augurio. Por cientos de años los peregrinos
habían acudido a este lugar sagrado debido a las propiedades curativas del agua
surgente, aunque los mitos de los yakshis,
espíritus de las aguas y de los árboles, que cuidaban el manantial, hacía mucho
tiempo que habían desaparecido.
Nur Jehan había construido
alrededor del manantial, un jardín cercado que encerraba una superficie
plantada con álamos y paraísos. En un punto del área cercada, el manantial, que
brotaba torrencialmente de la tierra, caía como una cortina de agua hacia
niveles más bajos del jardín. Las enormes ramas de los paraísos atravesaban las
aguas que caían. Debajo de la caída había estanques y fuentes artificiales, y
también canales para llevar el agua hacia partes distantes del jardín. Los
canales se habían planeado de modo tal que los rayos del sol crearan arco iris
al atrapar el rocío producido por la caída del agua y por la fuente. Se habían
plantado flores, un poco desordenadamente, en áreas donde no proyectaban su
sombra los álamos y los paraísos. Cerca del estanque había pabellones
originalmente construidos por los mongoles, que más tarde fueron reparados y
conservaban pocas huellas de sus primitivas y exquisitas proporciones. El
tronar de la cascada y el sonido de las agitadas aguas no molestaban como para
romper los silencios o perturbar a los pájaros que descansaban en los paraísos
de amplios troncos. El campo era una enorme alfombra de verdes y jóvenes
arrozales impregnados por el sol, y daba contra un telón de fondo compuesto por
las montañas de picos nevados que se levantaban empinándose en el horizonte.
Al poco tiempo de su
arribo, Madhavachari partió para Madrás debido a que uno de sus hijos estaba
enfermo. Pero Parameswaran se quedó para atender las necesidades de Krishnaji.
Me uní a Krishnaji en Achebal el 6 de junio, y me alojé hasta fin de mes en una
pequeña choza cercana.
Antes de mi llegada a las
alturas de Kashmir, Krishnaji me había escrito pidiéndome que le trajera un
libro de Inglés para Principiantes, un ejemplar del Tesoro del Verso Inglés de Palgrave, y un frasco de tónico para el
cabello. También le llevé un lote de frutos de mango que tanto le gustaban. En
Achebal no tenían electricidad, y por las noches usábamos lámparas de kerosene
o un petromax. (Petromax: antes de que se introdujera la electricidad en la
India, para producir una luz brillante se utilizaban lámparas alimentadas con
kerosene, que tenían unas mechas especiales y una bomba. El petromax se usa
todavía en las procesiones nocturnas de los casamientos).
K se despertaba al
amanecer y practicaba sus asanas y el
pranayama del yoga, que había
aprendido de B.K.S. Iyengar, un maestro eminente de yoga, natural de Poona.
Krishnaji trataba de persuadirme para que aprendiera los asanas, pero yo soy de temperamento apático y mis intentos de
aprendizaje fueron inútiles. Cuando los asanas
de Krishnaji terminaban, tomábamos un desayuno típico del sur de la India,
compuesto por idlis y sambhar o dosas, sabrosos pasteles de arroz y
lentejas condimentados con coco. Yo tomaba café: Krishnaji tomaba cierta
mixtura de hierbas.
Entonces Krishnaji estaba
listo para su larga caminata, y yo me unía a él para escalar los cerros de los
alrededores. Paseando por los bosques de pinos trepábamos por cuestas
escarpadas; Krishnaji, que era ágil y estaba exquisitamente equilibrado, se
encaramaba sobre las rocas y tomaba los más difíciles atajos con facilidad. Yo
jadeaba y suspiraba, pero estaba habituada a las montañas desde niña y me las
arreglaba para seguirle el paso. El solía ascender rápidamente, luego se volvía
hacia mí observando mi esfuerzo para superar alguna roca particularmente
difícil, a veces me daba una mano y me atraía desde arriba hacia él por laderas
muy empinadas. Desde la cima del cerro, que alcanzábamos después de un largo y
arduo escalamiento, el panorama era soberbio. Debajo se veían el jardín cercado
y los verdes y frescos arrozales flanqueados por los álamos, en tanto que nos
rodeaba el sorprendente blanco de las nieves. A Krishnaji le encantaba el
lugar.
En las tardes, después de
descansar, él solía enseñarle inglés a Parameswaran. En los anocheceres
caminábamos a paso más lento entre los arrozales, o por el interior del cercado
jardín mongol. Las flores estaban en plena floración, y las brisas llevaban la
fragancia de rosas, lilas y madreselvas. A lo largo del lecho del arroyo
crecían berros, y arrancábamos algunos para nuestra comida nocturna. Había un
criadero de truchas, y Krishnaji pasaba tiempo observando el rápido movimiento
de los peces.
Krishnaji era hijo del
agua. Se deleitaba con las aguas que caían, saltaban o corrían, o las que
fluían sobre grandes piedras cubiertas de líquenes, o las aguas en las que, no
se veía ni una sola onda. Krishnaji mismo encarnaba la transparencia y libertad
del agua, su enorme turbulencia, su quietud o su empuje a través de la tierra y
de las rocas.
El humor de Krishnaji era
juvenil, sin las tormentas de la ira. La risa estaba permanentemente en sus
labios y en sus ojos. Me inundaba de compasión y afecto. A veces se mostraba
intensamente serio y contemplativo. Estaban surgiendo muchas de las
percepciones que habría de explorar después durante ese año en las pláticas de
Madrás y Bombay. Como la marea, o la luna creciente o menguante, su mente se
movía a su propio ritmo. Yo escuchaba a este hombre del misterio, dotado de una
extraordinaria belleza, hacer comentarios sobre “la totalidad de la luz solar”,
le veía buscar una hoja recién brotada, poner sus manos sobre un árbol que
tenía siglos de edad, hacer amistad con él, palpar su corteza, escuchar el
fragor de la savia que fluía por las nervaduras de una hoja. “Lo intemporal
está aquí, se encuentra en cada hoja”, solía decir. Yo sentía la tierra sobre
la que caminábamos, hablábamos, comíamos y vivíamos, como la base de una
energía sin límites. En ocasiones, me sentía como embriagada, saturada con el
rocío de la mañana.
En uno de los paseos me
preguntó cómo observaba yo y cómo hablaba. Quedé desconcertada. Después dijo:
“¿Es posible hablar, recitar, cantar, no sólo desde la garganta y la boca, no
desde los labios, sino dejando que las palabras toquen la nuca, y así hablar a
través de los ojos, sosteniendo tras ellos la atención? O sea, hablar con la
totalidad de la cabeza”.
Discutimos largamente la
verdadera mente religiosa y la mente científica como las dos únicas mentes que
existirían en el futuro ‑una declaración que más tarde él habría de explorar en
sus pláticas de Madrás. Habló de la muerte, del terminar definitivamente con
algo como la fuente de creación y liberación de una energía que no se disipa
jamás. Para él, el escuchar era en sí mismo el milagro que transmutaba y
penetraba muy en lo profundo, desarraigando y destruyendo las ocultas trabas de
la mente.
En las oscuras noches sin
luna, solíamos salir a contemplar las estrellas y las lejanas tinieblas del
espacio. El acostumbraba señalar las distintas constelaciones. Hablaba del
viaje por el espacio exterior; y también del peregrinaje interno como el
descubrimiento de lo infinito. Pero una mente mezquina no podía embarcarse en
esta peregrinación a la eternidad.
Cada atardecer era una
bendición.
En la noche, después de
una temprana cena bajo la luz del petromax, él solía recitar poesía de Keats ‑del
Tesoro Dorado. Su favorita era la
“Oda al Ruiseñor”. Por las noches hacía frío y quemábamos leña y piñas secas en
la chimenea abierta. Ocasionalmente, solía cantar en sánscrito. Los sonidos de
su voz profunda llenaban la estancia y resonaban a través de los arrozales,
llegando hasta más allá de las nieves. El escuchar y el ver florecían en su
prístina presencia.
Krishnaji me contó que en
uno de sus paseos se había encontrado con un grupo de monjes caminando en
presencia de las cumbres coronadas de nieve. Estaban atravesando los brillantes
campos de arroz, y los altísimos picos nevados ardían con el sol poniente. En
la percepción de lo inmenso estaba la esencia de la divinidad. Sin embargo, los
monjes caminaban con los ojos entrecerrados y fijos en el suelo delante de sus
pies, totalmente ignorantes de la gloria que los rodeaba. Por silenciosas que
quedaran sus mentes dijo Krishnaji ése sería el silencio de lo limitado, de
los espacios pequeños, y dentro de esos espacios no tenía cabida el vasto
universo en expansión.
Cada tantos días yo
acostumbraba ir a Srinagar en automóvil y regresaba por las noches. A Krishnaji
le gustaban muchísimo las artesanías y yo solía traerle tejidos y objetos de
arte. Él los trataba con cuidado y se regocijaba con los colores, las texturas
y la habilidad del artesano. También traía a mi regreso vegetales frescos y
frutas, porque no se conseguían en Achebal.
En 1959 yo no sabía que
Achebal era un lugar antiguo de peregrinación, y que las aguas del manantial se
consideraban sagradas. Los habitantes locales, que eran musulmanes, habían
borrado todo rastro de su pasado arcaico y de los mitos que con él se
vinculaban. No obstante, Krishnaji sentía el pulso del suelo, las
reverberaciones de los numerosos pies de peregrinos que habían transitado por
el sendero que lleva al manantial. A menudo se refería al papel del peregrino.
Le hablé de un antiguo texto donde los pies del caminante se comparan con una
flor. También le aclaré, en vano, que la ruta de los peregrinos se encontraba
en Pahalgam, a unas cuarenta millas de Achebal.
Me di cuenta de lo difícil
que era, para la propia sensibilidad, vivir junto a Krishnaji. Era como vivir
frente a un rayo láser; uno podía dar por sentada la intensidad y así abrasarse
y consumirse. Vivir cerca de él era vivir en un campo de observación y
atención. Uno tenía que estar inmensamente despierto, de modo tal que la espina
dorsal se enderezara, la mente se volviera alerta y el cuerpo se aquietara. Él
vigilaba cada movimiento, cada pensamiento, la manera en que uno caminaba, los
agitados movimientos del cuerpo, el modo en que uno hablaba, el tono de la voz,
los silencios. Escuchaba cada respuesta ‑se daba cuenta cuándo la mente
imitaba, cuándo estaba animada con la vitalidad del discernimiento. Sin que se
dijera una sola palabra, uno percibía su escuchar y su observar. Pero el ser
que estaba cerca, que observaba, que escuchaba, lo hacía sin juzgar. Era como
ver el propio rostro en un antiguo espejo de bronce finamente pulido.
A corta distancia de
nosotros vivía un hombre que en su juventud había tomado votos de sannyas y que más tarde había renunciado
a la túnica. Nos visitaba constantemente, trayéndole a Krishnaji una infusión
vegetal que, según él, era buena para los riñones. Krishnaji, que
instintivamente era un naturista y le encantaban las hierbas, tomaba la
infusión insistiendo que, efectivamente, era buena para los riñones.
Para fines de junio
regresé a Delhi. Madhavachari se reunió poco tiempo después con Krishnaji en
Pahalgam, el campamento base para los peregrinos que viajaban a Amarnath, una
de las peregrinaciones más sagradas de la India. En la cueva de Amarnath, que
se encuentra a mucha altura en los Himalayas, se forma un ‘lingam’ (Símbolo
fálico extensamente usado en el culto de adoración a Shiva) natural de nieve,
el cual se derrite con el ritmo cíclico de la luna. La peregrinación principal
se realiza en agosto, durante el día de la luna llena cuando el ‘lingam’
aparece en su perfecta forma oval, pero sanyasis
y seglares viajan a la cueva desde mediados de junio. El viaje es peligroso. El
sendero atraviesa pasos muy altos y gargantas con precipicios. A lo largo de la
ruta está Shesnag, un lago de límpido azul, contra el cual se levantan
altísimas montañas. La luna llena, alzándose detrás del pico más alto e
iluminando las nieves eternas, se asemeja a la luna creciente descansando en la
enmarañada cabellera de Shiva.
En Pahalgam, Krishnaji se
alojó en una cabaña para turistas levantada entre los pinos. A través del
valle, descendían desde lo alto dos ríos que se volvían turbulentos por las
masas de piedras que descansaban en sus lechos; el Lidar, que surgía del
glaciar Kolahai, y el otro, el Amarganga llamado a veces Shesnag corrían a lo
largo de las márgenes por las que se extendía la ruta a Amarnath.
Sanyasis y visitantes vinieron desde Srinagar para ver a Krishnaji,
y él habló con algunos de ellos. Habría de referirse a estos sanyasis en las pláticas que más tarde
ofrecería durante ese año en Madrás. Dijo. “El otro día, en Kashmir, algunos sanyasis me dijeron: ‘Vivimos solos en
medio de la nieve. Jamás vemos a nadie. Nadie viene jamás a visitarnos’. Yo les
dije: ‘¿Están ustedes realmente solos, o están meramente separados de la
humanidad?’ ‘¡Ah, sí! contestaron, ‘estamos solos’. Pero ellos estaban con sus Vedas y sus Upanishads, con sus experiencias y con los conocimientos que habían
acumulado, con sus meditaciones y sus japams.
(Formas repetidas de sonido o mantrams,
pronunciados con la intención de silenciar la mente). No habían renunciado a la
carga de sus condicionamientos. Eso no es estar solo. Ponerse una túnica
azafranada no implica renunciar. Uno no puede renunciar al mundo, porque el
mundo forma parte de uno mismo. Renunciamos a unas cuantas vacas, a una casa,
pero renunciar a nuestra herencia psicológica, a nuestra tradición, al peso de
nuestros condicionamientos, eso exige una investigación enorme”.
Casi todos los paseos de
Krishnaji eran a solas por los espesos bosques de pinos y abetos que rodeaban
Pahalgam. El 13 de agosto, Vinoba Bhave y sus seguidores vinieron para
entrevistarse con Krishnamurti.
Vinobaji dijo que era la primera
vez que veía a Krishnaji. El peregrino de Gandhi preguntó: “¿Qué edad tiene
usted?”
Krishnaji contestó:
“Sesenta y cuatro”.
“Por tanto es usted un
hermano menor. He venido a rendirle mi respeto y a requerir sus bendiciones.
Rao y Achyut Patwardhan, Dada Dharmadhikari y Vimala me han hablado de usted en
distintas ocasiones. Pero yo siempre estoy en movimiento y también lo está
usted. Por eso jamás nos hemos encontrado”.
Cuando terminaron las
amables formalidades, Vinobaji le pidió a Krishnaji que le hablara de su
sabiduría. Krishnaji se mostraba tímido y permanecía en silencio. Las
discusiones fueron registradas por Nirmala Deshpande, que estuvo presente
durante las reuniones y tomó notas de la conversación mientras ésta tenía lugar1.
Vinobaji preguntó: “¿Cómo
empezamos?”
“Depende de lo que a usted
le interese”, contestó Krishnaji.
“La vida”, dijo Vinobaji.
Y agregó: “Todos se interesan en la vida. Pero la discusión depende de las
palabras, y las palabras son necesarias”.
“No demasiadas palabras,
de otro modo la discusión pierde sentido”, fue la respuesta de K. “La discusión
implica...”
Antes de que K pudiera
proseguir, Vinobaji exclamó: “...compartir experiencias”.
“Sí, y también penetrar en
lo profundo. La experiencia es limitada ‑desconfío de la acción que se basa en
la experiencia”.
“¿Es porque la experiencia
condiciona al hombre?” preguntó Vinobaji.
“Sí,” contestó K, “por eso
es importante tener una mente libre, una mente que no esté repleta de
experiencias, sino libre para ver más allá de la experiencia. Uno tiene que
morir para la experiencia de cada día. Siempre estamos traduciendo la
experiencia en términos de lo viejo. Como hindú, la traduzco en términos de
Shiva, Krishna pero son sólo palabras”.
“La división que tiene
lugar como hindú, musulmán, cristiano, ha de eliminarse”, dijo Krishnaji.
Vinohaji contestó: “Sí”.
“Usted dice ‘sí’, pero ésa
es una afirmación verbal. ¿Deja usted de ser un hindú? En la ciencia, uno
abandona la experiencia pasada para descubrir algo nuevo. Desde el principio
mismo deben enseñarle a uno a librarse del condicionamiento ‑como hindú,
musulmán, cristiano, etc. Ninguno de nosotros se desprende de eso. Sólo
presumimos que lo hacemos.
“Uno tiene que dejar de
ser hindú o musulmán; tenemos que ser seres humanos. Pero eso es muy difícil.
El mero pensar que somos libres no nos lleva a ninguna parte”.
“Primero tiene uno que ser
libre. Primero la libertad, no el pensar acerca de la libertad”.
Vinobaji pidió a sus
camaradas que formularan preguntas, pero ellos se mostraban reticentes.
Vinobaji le dijo a K que la mayoría de las personas no quiere hacer preguntas,
sino venir para un darshan. La
discusión se alejó de los temas serios, y Vinobaji le preguntó a K: “¿Cuánto
tiempo pasa usted en la India?”
“Seis meses”.
“¿Practica ejercicios?”
“Un poco, camino”.
Uno de los seguidores de
Vinobaji preguntó: “¿Cuál es el significado de la realización de uno mismo?”
“¿Qué es lo que significa
para usted?”, fue la respuesta.
“La unión con Brahman ‑con
Dios”, dijo otro de los discípulos de Vinobaji.
“‘Dios’ es una palabra.
Para realizar a Dios, usted tiene que tener una mente libre, una mente que no
siga a nadie. Una mente que no tenga gurú ni sistema alguno. Inténtelo”.
Llegó la respuesta: “¿Cómo
se obtiene una mente así?”
“Tiene que haber
conocimiento propio. No conocimiento del Atman, sino de cómo pensamos, por qué
pensamos, cómo actuamos. ¿Qué es el ‘uno mismo’? No hablo sólo del ‘yo’
consciente, sino de los profundos niveles del inconsciente. Lo que se necesita
es una mente revolucionaria. Usted no puede tener una mente así mediante el sadhana. Si mira por una ventana
solamente, su visión es limitada”.
“¿No puede enseñarse la
filosofía?”, preguntó uno de los seguidores de Vinobaji.
“Hay una manera correcta
de pensar. ¿Importa quién es el que escucha?”, dijo Krishnaji.
“Tal vez lo que él siente
es que usted debería revelarse como un predicador”, intervino Vinobaji.
“¡Yo, señor! Yo hablo ‑ésa
es mi vida. ¿Desearía usted que lo hiciera tradicionalmente?”
“Quizás esté usted
haciendo a su propio modo lo que él desea que haga”.
“Señor, no existe un modo
mío, o un modo suyo o de él. Existe un sólo modo”. Krishnaji era inflexible.
“Yo pienso de un modo,
usted piensa de otro. Engañamos a toda una generación. Uno tiene que ser libre,
el hombre tiene que ser libre para hablar de Dios. Los comunistas dicen que no
hay Dios, usted dice que hay Dios. Ambos, ellos y usted, están condicionados.
Ambos están diciendo la misma cosa. Esa es la calamidad. No existe su método o
mi método de meditación. Sólo existe la meditación”, concluyó K.
“Cuando usted habla de
este modo en los EE.UU., la gente debe apreciar lo que dice”, comentó Vinobaji.
“En Occidente, el estado
benefactor cuida de las necesidades mínimas. La gente se está volviendo hacia
la creencia, hacia el cristianismo, como la gente de aquí se inclina hacia el
hinduismo. ¿Cuál es la diferencia? En la India, la reforma económica se ha
vuelto sumamente importante ‑la reforma y el estado benefactor son función del
gobierno. Pero un reformador nada tiene que ver con la religión. Una religión está asociada con la
reforma, y la religión con algo muy
diferente.
“La religión es la fuente de la vida, no así la reforma. Yo no estoy
contra las reformas. Son necesarias. Pero la religión es diferente.
“Conozco a algunos
comunistas en Europa. Están muy interesados en mí hasta que llegamos a un
punto. También los católicos, hasta un punto ‑de igual modo los hindúes, hasta
un punto. Es por eso que soy un extraño, tanto si me encuentro en Europa, en
los Estados Unidos o en la India. ¿Tienen ustedes algo en este país, excepto la
política? ¿Por que no hay nada profundamente creativo?
“¿Por que casi todos los
pensadores de la India se han entregado a la reforma? La reforma es una cosa
pequeña. Lo grande jamás puede ser incluido en lo pequeño. En lo grande, lo
pequeño puede incluirse. Por dondequiera que yo vaya en la India, la gente me
pregunta por qué no me ocupo de la pobreza, de la corrupción. Y yo pregunto:
¿Por qué no abordamos estos problemas desde un ángulo diferente? Es, por
cierto, el modo político de abordarlos el que lo tergiversa todo.
“¿Y por qué las mentes que
se llaman espirituales se interesan en la reforma? La reforma no conducirá a
una revolución profunda”.
“¿Qué deduce usted de
esto?”, preguntó Vinobaji.
“No deduzco, sino que
observo”, contestó K. “Hay una profunda contradicción en la mente india.
Hablamos de ideales y hacemos lo opuesto. Estamos inhibidos de llegar a algo
porque sentimos que no debemos ser ambiciosos. Y así, la frustración nos lleva
a reformas superficiales y eso lo perseguimos con pasión. Yo digo, actúen y
observen el resultado. Pero la tradición y los gurús dicen lo contrario. En
este país lo que vemos es frustración, contradicción y el sentimiento de ser
una raza muy antigua. Vamos a la búsqueda de Dios, pero no hemos vivido la
vida. Esa puede ser la razón de que nos volvamos hacia lo superficial, que
llamamos ‘reforma’“.
“¿En Europa lo reconocen
más?”
“Detesto que me
‘reconozcan’“.
“¿Ellos captan más su
pensamiento?”
“Es lo mismo que en la
India”, replicó Krishnaji. “Algunas mentes son serias. En la India la gente
toma muy en serio la política. La política es algo muy destructivo. Cuando la
gente dice que trabaja por la paz, por la reforma, lo importante para ella es
siempre el ‘yo’. Quienes tocan la política no pueden tener una mente fresca. El
mundo necesita mentes nuevas, mentes claras, no mentes condicionadas como
hindúes o musulmanas.
“Si usted es ‘un hindú’ no
puede amar. El amor requiere libertad. El otro día vino a verme un sannyasi. Había estado en Amarnath.
Habló de las diversas sectas de los sadhus.
Le pregunté: ‘¿Qué es lo que hacen?’ Dijo: ‘Nada ‑pero conocen a Brahma. Viven
en soledad. Meditan’. Dije: ‘Con todas sus creencias, con esa carga que llevan
consigo, nunca pueden estar solos’.
“Pero uno tiene que estar
solo para encontrar lo real ‑totalmente solo. Y eso es difícil en un país antiguo
que pone el énfasis en los gurús, en la tradición”.
Krishnaji señaló a las
personas que rodeaban a Vinobaji: “¿Todos son sus seguidores? ¡Que lástima!”
“No sé por que son mis
seguidores”, comentó Vinobaji.
“En la India desean la
autoridad de un gurú. Sienten que con una guía no fracasarán en su búsqueda de
la verdad. No están preparados para equivocarse. Todo eso es infantil”, dijo K.
“Pero ser niños les viene
bien, puesto que eso es lo que son niños”, fue el comentario de Vinobaji.
“Dejemos, entonces, que
Vinobaji niegue al seguidor”, la réplica llegó rápidamente.
“Cada hombre piensa que su
búsqueda es única”, Vinoba estaba siguiendo su propia corriente de pensamiento.
“La búsqueda de Dios no se
vincula con el éxito. Dios puede ser algo que no tiene fin, La mente aborrece
la sensación de no alcanzar un fin”, dijo K.
“¿Quiere usted decir que
la búsqueda no tiene objeto? ¡¿Uno no puede buscar para encontrar a Dios?!”
Vinoba estaba excitado.
“Así es, de lo contrario
será un Dios trivial. La gente va a Amarnath para encontrar a Dios. ¿Qué
significa eso? Hemos desterrado el amor, la belleza; hemos proscrito el pensar
individual, toda forma de curiosidad intelectual y emocional, reemplazando todo
eso con la aceptación de la autoridad y con los sistemas; hemos negado a la
mente el espacio necesario para inquirir. ¿Qué hemos hecho con la verdadera
creación? Decimos que para realizar a Dios debemos vestir la túnica azafranada,
rechazar el sexo y los sentidos, abstenernos de mirar las nubes, la naturaleza.
Decimos que debemos meditar. Una meditación así es hipnosis”.
“¿Qué lugar ocupa la
religión en el progreso de una nación?”, preguntó uno de los seguidores de
Vinoba.
“¿Qué es una nación? ¿Qué
es la sociedad? ¿Una relación social, cultural? Si esa relación cambia, cambia
la sociedad”. Krishnaji se interrumpió por un rato, y después dijo: “La
religión es el descubrimiento de la realidad y de la relación que ésta tiene
con nuestra vida cotidiana. En la actualidad no hay nadie que diga: ‘Yo no soy
un hindú, ni un musulmán, sino un ser humano comprometido con el problema total del hombre, con la devastación de
la tierra, con la bomba atómica, con la hermandad entre los hombres’. Estos son
problemas muy serios y no hay seis personas que se interesen en ellos de
verdad”.
“Pero yo he encontrado que
la mente india está preparada, como nunca antes lo estuvo, para captar nuevas
ideas, para desprenderse del nacionalismo y salir de su vida estrecha”. Vinoba
estaba a la defensiva.
“Comprendo, pero se
requiere más que eso. La mente se ha vuelto muy mecánica. Necesita y busca una
meta en la vida. Y seguimos senderos que conduzcan a una meta. Jamás
cuestionamos. Somos demasiado respetables. Pero uno tiene que tener una mente
libre, no una mente cargada con la tradición, con el pasado. Libertad extrema
es lo que se necesita. Pero en el momento que uno piensa que es libre, no es
libre. Uno tiene que descubrirse, que desenredarse a sí mismo, tiene que
ahondar en los rincones de la propia mente ‑tiene que encender la mente”.
Krishnaji estaba apremiando más y más, y Vinobaji, tal vez para oponerse a la
fuerza de la energía que se generaba, irrumpió con lo trivial:
“Me dijeron que usted no
ha ofrecido pláticas públicas por un año”.
“Sí, no he ofrecido
pláticas públicas por un año. Me he mantenido quieto. Pero no es porque haya
tomado alguna clase de votos”.
“Me alegra haberle visto
hoy. Anhelaba hacerlo. ¿Conoce usted alguna lengua india?” La discusión se
estaba volviendo informal.
“Traté de aprender el
hindi. Mi lengua nativa es el telugu, pero dejé de hablarla cuando era un
muchacho”.
“Usted no es demasiado
viejo para aprender un idioma indio”, dijo Vinobaji.
“Estoy tratando de
aprender el sánscrito ‑por gusto”, respondió K.
“Si usted habla en inglés,
muy poca gente en la India lo entenderá”, dijo Vinobaji.
“Lo sé. Pero si uno usa
palabras tradicionales, éstas tienen connotaciones tradicionales, y uno no
puede proseguir más allá”.
“Las connotaciones se
vinculan también con las palabras inglesas”, comentó Vinobaji.
“Corte esas
connotaciones”, fue la respuesta.
“Yo encuentro que cuando
uno traduce palabras del sánscrito al inglés, realmente tiene que comprender”,
agregó K, “pero si traduce el sánscrito al hindi o al marathi, puede conservar
la misma palabra sin comprender su profundidad”.
Krishnaji y Vinobaji se
separaron con sonrisas y pranams, y
al día siguiente Krishnaji devolvió la visita de Vinobaji. Este habló de su
peregrinación Bhoodan Yatra. (Bhoodan: “don de la tierra”: Yatra: “peregrinación”). Dijo: Dios, a
quien busco, está en todas partes ‑yo no voy a Amarnath. La gente dice que no
hago lo correcto, que debería ir. El swami Vivekananda fue allá”. En la
discusión del día anterior había tentado algunas respuestas instintivas. Ahora
dijo: “Ayer hemos tenido una buena conversación. Fue muy esclarecedora. Estos
pensamientos me han guiado por muchos años, antes aun de que acudiera a
Gandhiji. Fui a verle cuando yo tenía veinte años. Fui a ver y a escuchar. El jamás
nos dijo ni a mí ni a nadie que aceptáramos sus pensamientos”.
“De acuerdo”, observó K.
“¿Usted también tuvo
ocasión de verle?”
“Tres veces ‑una vez en
Londres, con la Dra. Besant”.
“Tengo muy poco tiempo
para leer. Sin embargo, leo”, dijo Vinobaji.
“Yo apenas si leo, excepto
uno o dos libros ocasionalmente. ¿Sale usted temprano en la mañana?” La
conversación transcurría nuevamente en el nivel superficial.
“A las cuatro y media.
Camino diez millas por día”, dijo Vinobaji. “¿Usted escribe libros?”
“Sí”, contestó K.
“¿Quién publica estos
libros?”
“Los libros y las
discusiones se publican en la India”.
“Hay muchas personas en el
movimiento Bhoodan que han leído sus libros”.
“Es lo que me dicen Rao y
Achyut”.
Vinobaji señaló a Mahadevi
Tai. “Ella no conoce el inglés”.
“¡Qué lástima! Yo no
conozco el hindi ‑así que no podemos conversar”, dijo K.
“Pero usted está
aprendiendo el sánscrito ‑por gusto”.
“Es muy bello, es un
idioma maravilloso”, fue la respuesta de Krishnaji.
“Cada palabra del
sánscrito se basa en alguna palabra raíz. El latín y el sánscrito pertenecen a
una sola familia. Su palabra ‘ignite’, en sánscrito es agni arder. La raíz etimológica de ambas es la misma”.
Se separaron como grandes
amigos.
Después, en la tarde del 14 de agosto,
Vinobaji habló a multitudes que se habían congregado para escucharle en
Pahalgam. En su discurso hubo una dirección diferente, y se dio cuenta de que
esto se debía a la influencia de las conversaciones que Krishnaji había
sostenido con él. Dijo que hombres como Krishnamurti eran los centinelas ‑las
voces y las declaraciones de ellos eran advertencias y tenían que escucharse
con mucha seriedad. Algunos meses más tarde, un amigo le contó a Vinoba Bhave
que Krishnamurti había comentado: “Vinoba dice que está de acuerdo conmigo,
pero sigue haciendo su trabajo igual que antes. De modo que su afirmación de
que está de acuerdo no tiene sentido”.
Vinoba respondió:
“Krishnaji está en lo cierto”.
Muchos años después, Nirmala
Deshpande me contó que Vinobaji había dicho: “Krishnamurti puede negar el papel
de Instructor del Mundo, puede negar la iglesia que se construyó para él, negar
su papel de gurú supremo, negar que sea el divino Krishna; pero la Dra. Besant
no puede ser negada en su papel de Yashoda, la madre adoptiva de Krishna, el
divino pastor”.