domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXVII “EL OBSERVADOR ES LO OBSERVADO”.



Capítulo XXVII
“EL OBSERVADOR ES LO OBSERVADO”.

   En junio de 1.973, se realizó en Brockwood Park la primera reunión internacional de la Krishnamurti Foundation. Achyut, Sunanda, Balasundaram y yo, representábamos a la India. Al presentarnos a los miembros de las Fundaciones inglesa y americana, Krishnaji dijo de Achyut: “¿Cómo presentaré a Achyut? El fue una de las personas responsables de sacar a los ingleses de la India”.
   Discutimos la cuestión de los derechos de autor y de las publicaciones. Hubo una diferencia fundamental de opinión acerca de dónde debían invertirse los derechos de autor. Finalmente se decidió que, si bien estos derechos seguirían perteneciendo a la English Foundation, la Indian Foundation tendría el derecho de publicar las pláticas y discusiones de Krishnamurti en la India, así como sacar una publicación internacional cada tres años.
   Krishnaji no tenía posesiones personales, salvo sus ropas y su reloj. Sin embargo, expresó su voluntad de que, después de su muerte, el cuerpo fuera cremado en el lugar donde muriera, y que ningún monumento se levantara sobre sus cenizas. En este punto, viendo la tristeza de nuestros rostros, Krishnaji bromeó: “Si muero en Inglaterra, pueden cremarme en el Golden Green y esparcir mis cenizas ahí”.
   Sentí que me ahogaba. Le dije que no se mostrara ligero al respecto, que su cuerpo era sagrado y que ningún pie debía hollar el lugar donde hubieran caído sus cenizas: “Debemos llevar las cenizas y esparcirlas en los ríos de la India”. Inmediatamente se puso muy serio, se volvió a los otros y afirmó: “Este cuerpo es sagrado”. Se decidió, pues, que sus cenizas se enviaran a la India y que, finalmente, flotaran en los ríos hacia el océano.
   El 17 de noviembre de 1.974, Krishnaji llegó a Nueva Delhi en su viaje hacia Varanasi. Yo me había conseguido un permiso para encontrarme con él en el salón que había dentro del cercado recinto aduanero. Vi al Maharshi Mahesh Yogi, que se encontraba cerca; estaba cubierto de guirnaldas y rodeado por sus discípulos. Sentada en el salón junto a Krishnaji, mientras aguardábamos la entrega de su equipaje, le pregunté. “¿Viajó el Maharshi con usted en el avión?” Krishnaji sonrió. Él había abordado el avión en Roma, y cuando se encaminaba a su asiento pasó junto a una figura barbada que, con las piernas cruzadas, descansaba sobre una piel de tigre. K reconoció vagamente al hombre, pero no logró ubicarlo del todo. Un rato más tarde, se le acercó la azafata con una rosa en la mano y le preguntó si él era J. Krishnamurti. Cuando dijo que sí, ella le entregó la rosa expresándole que el Maharshi, que se encontraba en el avión, le enviaba sus saludos y la rosa. Krishnaji transmitió su agradecimiento. Unas horas más tarde, al volver del toilet pasó junto al asiento del Maharshi. Este se levantó de un salto. Luego de plegar las palmas de sus manos en mutuos namaskaras (la tradicional forma de saludarse en la India los amigos y los extraños, jóvenes o viejos), el Maharshi señaló un asiento contiguo al de él y sugirió que conversaran un rato. De modo que Krishnaji se sentó. Después de unas cuantas amabilidades formales, el Maharshi dijo que se dirigía a Nepal para anunciar una revolución mundial en la conciencia, y sugirió a Krishnamurti que le acompañara y se uniera a él en su trabajo, porque sentía que entre ambos podrían cambiar a la humanidad. Krishnaji declinó cortésmente, explicando que tenía una cantidad de compromisos y pidiendo que, por tanto, se le perdonara. El Maharshi siguió insistiendo y dijo que, en su sentir, lo que él hacía era más importante. La conversación continuó por una hora, después de lo cual se separaron y Krishnaji regresó a su asiento.
   En noviembre de 1.974, Krishnaji se encontraba otra vez en Varanasi. El 19 de noviembre, durante una discusión de grupo que sosteníamos en la sala de estar que daba al Ganges, pregunté: “¿Podríamos identificar los elementos esenciales en la enseñanza?” Le habíamos escuchado por veinticinco años. Muchos de nosotros podíamos abarcar todo el campo del conocimiento propio, pero la pregunta persistía: “¿Qué es la enseñanza?”
   Krishnaji fue tomado por sorpresa; estaba quieto, dejando que la pregunta se desplegara en su interior. Finalmente, dijo: “No lo sé. No puedo expresarlo en unas pocas palabras. Pienso que la idea del que enseña y el enseñado es básicamente errónea, al menos lo es para mí. Creo que es más bien una cuestión de compartir, no de enseñar o de que a uno le enseñen; de participar, antes quedar o recibir. ¿Podemos, pues, compartir algo que no pertenece al campo del tiempo, del pensamiento, del motivo? ¿Podemos compartirlo, o todos estamos tan condicionados que no sabemos lo que significa compartir?”
   Después de esto discutimos largamente la cuestión de participar, compartir y recibir. Krishnaji dejo: “No existen el que enseña y el enseñado. ¿No será una cuestión de compasión?” Luego, cuando la energía generada por el diálogo se intensificó, Krishnaji comentó de pronto: “Usted ha preguntado, ‘¿Qué es la enseñanza?’ ¿Correcto? Yo digo, la enseñanza dice: ‘Donde está ‘uno’ ‘lo otro’ no está’”.
   Nosotros escuchábamos, la mente en silencio con la pureza de la percepción de K. Entonces las ondas del pensamiento comenzaron nuevamente. Discutimos la cualidad del escuchar y la madurez de la mente.
   “¿Diría usted”, preguntó K, “que la mente debe estar libre de todo movimiento como acumulación, como conocimiento, dirección y voluntad? El movimiento implica tiempo. El tiempo es movimiento. Y pregunto: ¿Es necesario el tiempo para ver? ¿O no es necesario? Entonces, ¿cómo puede una mente, toda la estructura de la mente que ha evolucionado a través del tiempo, cómo puede ver aquello que no pertenece al tiempo? ¿Advierten la paradoja? ¿Pueden ustedes, pues, morir para todas las cosas que han adquirido ‑placeres, angustias, sufrimientos­?”
   “¿Ejercita usted eso?”, pregunté”.
   ¡Por supuesto que no! Esos ejercicios, esas prácticas son triviales. La mente, el cerebro, se ha desarrollado a través del tiempo. Sus registros están en el tiempo. ¿Puede esa mente ver aquello que no pertenece al tiempo? Obviamente no. Entonces, ¿qué es lo que percibe algo que no pertenece al tiempo? Descúbranlo”.

   Unos días más tarde sostuvimos la primera de las discusiones con los budistas. Entre el grupo que se había reunido estaba Rimpoche Sandup, un bhikshup (monje) del Tíbet, de porte grave y con un rostro sin edad. Era director del Instituto de Tibetología en Sarnath. También participaban el pandit Jagannath Upadhyaya de la Universidad del Sánscrito, un socialista y erudito en Nagarjuna, otros pandits de la misma Universidad, y los compañeros de Krishnaji.
   Describiendo más tarde esta reunión, Rimpoche Sandup dijo que, al formularle él una pregunta a Krishnaji, éste había negado la pregunta y a su vez había interrogado a Rimpoche, quien se sintió confundido, no pudiendo comprender el planteamiento de Krishnaji. Al final de la discusión, y más adelante, cuando a través de los años escuchó a Krishnaji, el lama llegó a darse cuenta de que las preguntas fundamentales carecían de respuesta, pero que sin embargo tenían que formularse. “Krishnaji”, dijo, “nunca proporciona una respuesta, nunca expresa nada personal. Pero su reto toca un punto germinal interno que permite a quien escucha despertar y abrirse a ‘lo que es’”.
   Siguió diciendo: “Si uno percibe la compasión que fluye desde Krishnaji, verá que para él no hay límites. La mayoría de los maestros tienen un enfoque limitado, pero la manera en que Krishnaji aborda los hechos es ilimitada”. Rimpoche Sandup quedó profundamente conmovido por Krishnaji, por su presencia y por sus palabras. “Cuanto más percibe uno a Krishnaji y trata de alcanzarlo, más se aleja de él, más grandes son sus percepciones. Uno jamás puede asirlo, jamás puede acercarse a él. Porque para él no hay un término, no hay límite”.

   Rajesh Dalal, un joven tecnócrata que acababa de graduarse en el Instituto de Tecnología de la India, en Kanpur, llegó a Rajghat para escuchar a Krishnamurti. Atraído por la profundidad e importancia de la enseñanza, fue el primero de los jóvenes académicos y profesionales que abandonó una carrera para unirse como maestro a las escuelas de Krishnamurti.
   La visita de Krishnaji a Rajghat en noviembre de 1.976, condujo al primer encuentro de ambos. Rajesh llegó a la habitación de Krishnaji bastante excitado, un poco nervioso ante la idea de entrevistarse con ‘el gran hombre.’ Krishnaji lo recibió en la puerta, lo tomó de la mano y lo condujo al balcón que daba sobre el Ganges y el jardín. Se sentaron en un diván y Krishnaji dijo: “Por favor, señor, no sienta timidez”. Comenzó por preguntarle a Rajesh acerca de su vida, dónde había nacido, la casa en que vivió, sus padres, la escuela. La presencia de Krishnaji era tan tranquilizadora que Rajesh se puso a divagar hablando de sí mismo. Según sus propias palabras, “olvidándose de quien era el ser a quien le estaba hablando. Era como hablarle a un amigo muy íntimo y cercano. Cuando le conté que en la escuela y en el colegio yo siempre había jugado con los objetos, las personas, las ideas, los números, etc., él pareció muy complacido y dijo: ‘Eso es bueno’”.
   Krishnaji se quedó de pronto muy quieto y serio. Rajesh tuvo una aguda conciencia del silencio, y éste lo afectó hondamente. Se dio cuenta del sol que se ponía y “del resplandor rosa y oro de las ondas en el agua”. Percibió el movimiento de las hojas en la higuera cuando la brisa pasaba a través de ellas, y escuchó el reclamo del pavo real. Permanecieron sentados unos cinco minutos sin pronunciar palabra. Rajesh miró a Krishnaji una o dos veces esperando que éste rompiera el silencio que él encontraba difícil de soportar. Empezó a comprender la inmensidad del ser sentado a su lado, y la intimidad que habían compartido cedió lugar a un sentimiento interno de inmenso temor reverente. Veía a Krishnaji como formando parte del río, de la higuera y de los pájaros que la sobrevolaban. “Era la temerosa reverencia que uno experimenta cuando está cara a cara con algo desconocido ‑algo muy profundo­”.
   Súbitamente, escuchó la voz de Krishnaji: “Vea, Rajesh, el mundo está en la oscuridad. Está loco. La violencia que usted ve a su alrededor en todas partes, es demencial. Y estos lugares ‑Rajghat, el Valle de Rishi, Brockwood Park y Ojai­ tienen que convertirse en centros de luz. Las personas más viejas no lo han hecho, ellas lo han estropeado todo. Y es la gente nueva, son los jóvenes quienes tienen que hacerlo. ¿Comprende? Espero que usted no haya venido aquí a experimentar por un año o dos, sino que se comprometa plenamente con esto”. Cuando Rajesh manifestó que esto era lo único que verdadera y profundamente le importaba en la vida, hubo una amable aunque enigmática sonrisa en el rostro de Krishnaji.
   Había llegado la hora en que K salía a dar su paseo. Se levantó rápidamente y fue a su habitación a buscar los zapatos. Rajesh observó el modo en que K se paraba, se sentaba, se ponía los zapatos, descendía las escaleras y caminaba. Vio a un hombre alerta, de ochenta años de edad; Rajesh no pudo evitar, por contraste, la observación de su propio descuido y negligencia ­y sólo tenía veintitrés años­. Se dio cuenta, repentinamente, de todo cuanto tenía que aprender de este hombre. Y como si hubiera captado los pensamientos de Rajesh, Krishnaji dijo: “Nos encontraremos con más frecuencia. Veré que usted esté con nosotros en Madrás y en el Valle de Rishi”.

   En 1.979 Krishnaji sostuvo, con los maestros del Valle de Rishi, discusiones en las que participó Rajesh Dalal. K habló de que era necesario crear confianza en el estudiante. Rajesh, sentado a la derecha de K, estaba particularmente atento ese día. Toda la cuestión de que el estudiante tuviera profunda confianza en el educador era ­dijo Krishnaji­ “fundamental en el proceso de la educación”. Siguió planteando retos a quienes le escuchaban, devolviéndoles los problemas, obligándoles a inquirir y responder desde lo profundo.
   Rajesh me contó: “Yo estaba alerta, observando y escuchando, cuando súbitamente Krishnaji se volvió hacia mí y preguntó: ‘Rajesh, ¿qué dice usted?’ Yo me quedé quieto, no sintiendo necesidad de responder. Nuevamente, después de cinco o diez minutos, les dijo a los maestros: ‘Señores, ¿se bajarán ustedes de sus estrados y les dirán a sus estudiantes que son ustedes iguales a ellos ‑que tienen temores, celos, heridas psicológicas, etc.­, y que no saben qué hacer? Entonces ellos verán que ustedes son honestos y les tendrán confianza. ¿Lo harán?’ Yo tal vez esperaba escuchar algo más profundo que esto. Sentí también que tenía una relación así con mis estudiantes. De modo que expresé mi sentir, y mi voz estaba cargada de emoción: ‘Señor, yo he hecho eso. Pero no es suficiente. Tenemos que estar libres de temor si el estudiante ha de confiar en nosotros’”.
   Rajesh continuó: “Krishnaji se volvió hacia mí, sostuvo mi mano y dijo: ‘Rajesh, hágalo ahora’. Su penetrante mirada y sus palabras eran como un lazo que me ahogaba. Era una experiencia extraña cuya intensidad me aturdía, y yo no podía hablar. Él se percató de ello rápidamente y alejando de mí su mirada empezó a discutir con otros maestros. Pero siguió sosteniendo gentil y afectuosamente mi mano, como diciendo: ‘Mi muchacho, comprendo por lo que estás pasando’”.
   Al ver que Rajesh estaba viviendo una vida de total abstinencia y castidad, y al percibir las tensiones que se estaban manifestando, K le habló del sexo. Le dijo: “El sexo es como una tierna flor, una llama intensa, delicada y rara. Tiene que ser nutrida y cuidada. Usted debe estar especialmente atento si el sexo no opera según el propósito de la naturaleza. Permitirle que funcione libremente es disipar energía; reprimirlo brutalmente es destruir algo delicado e intensamente bello. Obsérvelo, pues, con simpatía, edúquelo, déjelo que se revele a sí mismo y se abra a la vida ‑sin negarlo y sin sucumbir a él­”.

   Krishnaji siguió diciéndonos: “Plantéenme retos. Háganlo. El reto que ustedes proponen no es suficiente”.
   Estábamos en Madrás, y él había empezado a discutir la rapidez del cambio que se estaba operando en el mundo. En Occidente, desde mediados de los años 60, una reacción contra el materialismo creciente y el consumismo, había llevado a una inmensa agitación entre los jóvenes. Una vacuidad espantosa penetraba todos los aspectos de la existencia. La presión generada por la devastación del medio ambiente, la revelación de los misterios de la naturaleza, y el imprudente uso de la tecnología como si fuera un juguete, no podían ser soportados por los recursos que había en las mentes y cuerpos de estos jóvenes. Lo anormal se fue volviendo la norma.
   Como una ola, la confusión y el caos se fueron apoderando de los adolescentes ‑muchachos y chicas­ que se rebelaban. Un gran número de estos ‘jóvenes de la flor’ se lanzaron a los caminos; como el fakir o el mendicante, eran los nuevos vagabundos de pies desnudos de la tierra. Se albergaron en la India, viniendo desde todas partes para reunirse en Nepal, Varanasi, Goa. Sembraban las semillas de una nueva cultura que, por anormal que fuera, procuraba restablecer la comunión con la naturaleza y el hombre. Buscaban eso en las drogas, en la música, en el yoga, en el sexo. Contrarios a la guerra, a la competencia, a la hipocresía, al ‘más’ de la sociedad adquisitiva, se interesaban en amar y en ser. Recorriendo continentes, aun en sus fracasos aportaron a la situación humana un amable, angustiado intervalo. Pero fueron una generación perdida.
   Discutimos la revolución cultural en China. El experimento realizado por millones de jóvenes invadiendo el ambiente había sido pavoroso. Fue una acción exenta de toda compasión, y el elemento de crueldad inherente en la misma fue terrorífico. También eso había fracasado dejando tras de sí desastre y destrucción.
   Krishnaji nos preguntó qué estaba ocurriendo con los jóvenes en la India. Le hablamos del movimiento Naxalite. Este había comenzado en la rural Bengala occidental, pero se extendió rápidamente penetrando en las universidades, atrayendo a jóvenes estudiantes, intelectuales sin empleo, así como a muchachos y niñas de familias acomodadas que se rebelaban contra el ‘statu quo’. Jóvenes, despiadados, violentos, su interés estaba puesto en la destrucción de los valores existentes y de las estructuras económicas. Irónicamente, jóvenes académicos y profesionales del mismo medio, deslumbrados por las explosiones en la ciencia y en la tecnología, y por las oportunidades ilimitadas que aparecían en el horizonte occidental, se estaban volviendo hacia Occidente buscando compartir una aparentemente inagotable marmita de oro, En la India rural se sentían los inmensos vientos del cambio.
   El poder estaba pasando a manos de nuevos grupos de casta; los que se llamaban subdesarrollados tomaban conciencia del poder del voto. La corrupción en aumento se apoderaba de las ciudades.
   Una generalizada violencia destructiva, una fragmentación en todos los niveles y una creciente falta de sensibilidad penetraban todo el panorama de la India. Krishnaji dijo que había visto venir esto. Cuando viajaba por el país, advertía la declinación general de los valores y la tendencia a eludir responsabilidades. “Uno observa esto no sólo en los periódicos, sino en lo que está ocurriendo alrededor socialmente; en lo que sucede en la periferia de la vida, y también en lo que sucede internamente. Uno ve desintegración, superpoblación, crueldad, una indiferencia creciente hacia el hombre y el medio”. Era pura y apasionada su exigencia de una revolución en la base misma de la mente.

   De Madrás fuimos a Bombay. Percibiendo que por milenios el hombre había buscado la libertad en lo externo y en lo interno, Krishnaji sondeó todo el problema del vivir, del aprender y el observar. Dijo: “Aprender es observar y actuar”. Como el científico que observa a través del microscopio, pidió a quienes le escuchábamos: “Vigilen, observen atentamente las cosas tal como son, no las retuerzan para acomodarlas a inclinaciones, prejuicios personales”. Habló de la búsqueda humana para librarse del dolor y de la violencia.
   El hombre había meditado por miles de años sobre esta cuestión de la violencia ‑la violencia como opuesta a la paz, la agresión como opuesta a la compasión, la bondad como opuesta al mal­. Los hombres habían vivido siempre con este problema. “¿Por qué?”, preguntó. “Tenemos que responder a esta pregunta, no verbalmente sino en lo profundo de nuestros corazones, no explicar eso ni justificarlo, sino ver que somos violentos, en nuestro hablar, en nuestros gestos, en nuestra actividad.
   “Si lo observan”, dijo, “verán que al hombre le falta el sentido de la belleza ‑belleza no sólo como sensibilidad física, sino también belleza de la mente y el corazón­. Ser sensible es ser inteligente. ¿Puede uno percibir la extraordinaria belleza de la tierra, la riqueza de un campo de arroz, la belleza de un rostro, de una sonrisa, la tristeza de las lágrimas? Sin comprender así no sólo la belleza que capta el ojo, sino la belleza de una clara percepción sin mancha, el hombre jamás podrá estar libre de la violencia. Para comprender la violencia, tenemos que librarnos de la palabra. Y no podemos hacerlo si no hay sensibilidad a la belleza de todo lo que nos rodea. Tiene que haber libertad para descubrir qué es el amor. ¿Saben?, la palabra libertad es una palabra peligrosa. Para la mayoría de la gente, la libertad implica poder hacer lo que uno desee, una libertad con respecto a las restricciones de la sociedad y de la moralidad social.
   “Estar libres de algo es una cosa, y la libertad en sí es otra. Sólo en la negación hay libertad. Aprendiendo acerca del desorden, hay orden. Para aprender acerca del miedo y de la violencia, se requiere una mente muy sutil. El morir y el vivir marchan juntos. Tenemos que morir al ayer para vivir hoy, y entonces hay amor. A uno le dan un pedazo de tierra; ¿qué hará con esa tierra? Para plantar en ella, debe uno tener energía, pasión, ímpetu, intensidad. Si vivimos de este modo, entonces el tesoro que hemos descubierto se vuelve claro, vibrante, vital.
   “Vivir en el presente es ver en el microscopio, no conforme al propio deseo o al deseo de otro, sino ver en el microscopio cómo el pasado fluye a través del presente y hace explosión en el futuro. Pero en tanto la mente esté presa en la imagen del pasado, ¿cómo puede el corazón vivir en el presente? Y el amor es el presente, no el ayer o el mañana”.
   Mientras él hablaba, la mente, escuchando con gran intensidad, era una con sus palabras.
   “¿Qué han hecho ustedes de sus vidas?”, preguntó. “No digan, ‘voy a realizarme en la próxima vida’. Sólo existe el presente, la belleza del presente, la riqueza del presente. Ustedes han tenido esta vida, han tenido la belleza del presente, la riqueza del presente. Han dispuesto de esta vida, de esta cosa extraordinaria llamada vida en la que hay dolor, placer, miedo, sentimiento de culpa y todas las torturas de la soledad y la desesperación. ¿Y qué han hecho con todo eso? Les fue dada una vida, la joya más preciosa en el mundo, ¿y qué han hecho con ella? La han distorsionado, la han torturado, la han desgarrado en pedazos dividiéndola, engendrando violencia, destrucción, odio, viviendo una existencia sin amor, sin pasión, sin compasión.
   “Se ha planteado el interrogante, y la respuesta se encuentra tan sólo en el presente, no en el ayer o en el mañana. Y esto suscita la pregunta: ‘¿Qué están ustedes haciendo ahora con sus vidas?’ Y si pueden responder a esto, descubrirán qué es el amor”. La pasión, la intensidad de su interés era una brisa que nos envolvía a quienes le escuchábamos, avivando las células de nuestro cerebro, trayendo inocencia a la mente.
   Krishnaji estaba también sosteniendo sus pequeñas discusiones de grupo. Nos preguntó: “¿Ha fracasado la religión en la India? En la India, los sannyas, los ashrams, se han vuelto una forma de rebelión religiosa. Vayan a la luna, vivan bajo el mar, trasplanten el corazón humano; sin compasión, los problemas de la existencia humana habrán de continuar. ¿Podemos observarlo todo con ojos que nunca han sido manchados, que nunca se han estrechado con dura indiferencia? Para esto, para ver lo total, se requiere una cualidad de la mente por completo distinta”.
   En las discusiones explorábamos la naturaleza del observador y su relación con lo observado, un punto fundamental en la enseñanza de K. Krishnaji dijo: “En el propio acto de observar el objeto, está el proceso de nombrarlo, lo cual traba la percepción. En ese acto mismo, la naturaleza de lo observado experimenta un cambio”.
   Habló del discernimiento instantáneo, y dijo que nacía de la mente observadora. Cuando la mente, el corazón y el cuerpo se vuelven una sola cosa en la atención, desaparece la división entre la percepción religiosa y la científica. “La libertad respecto de lo conocido, existe dentro de las células cerebrales. Cuando los hábitos arraigados dejan de existir, el cerebro está totalmente vivo. En este estado, hay una transformación física”.
   En estas discusiones, Krishnaji negó su papel como maestro y el de sus oyentes como discípulos. Habló del ‘aprender’, un estado en el que la clásica relación entre maestro y discípulo sufre un cambio total. El aprender exige energía, curiosidad intensa y libertad para explorar. Esto llega con la observación, un estado donde cesan toda autoridad y toda jerarquía en términos de la psique. Habló de él como de un espejo en el cual el que escucha se ve a sí mismo, con una visión no distorsionada ni condicionada.
   “El acto de aprender es el acto de vivir. El aprender es una cualidad de la mente, una actitud que en sí es más importante que aquello que uno aprende”.
   En sus pláticas elaboraba él las futuras discusiones. Hablando del cerebro y de su demanda de seguridad, dijo: “El cerebro exige seguridad y orden, también requiere de armonía. Sin armonía no hay seguridad. La armonía significa orden, y el cerebro vive y ha vivido por miles de años en desorden, el cual implica contradicción. Por lo tanto, se halla en conflicto no sólo internamente, sino también externamente; y en este conflicto tanto interno como externo, el cerebro ha encontrado cierta clase de seguridad. Aunque genera un gran desorden, aunque se ocasiona destrucción a sí mismo, ha aceptado este caos, esta confusión, porque no sabe qué hacer. Ese cerebro que se ha condicionado por millones de años para aceptar los valores que realmente le ocasionan desastres a él mismo, acepta ese condicionamiento y vive en ese condicionamiento que él considera como su seguridad.
   “Vean”, continuó Krishnaji, “ustedes han aceptado la nacionalidad, ¿no es cierto? Pero si lo observan, esa nacionalidad trae consigo tierras. Cuando aceptan el nacionalismo, y lo aceptan porque en él encuentran seguridad, observen que esa seguridad se destruye por completo a causa de que el nacionalismo invariablemente divide; y donde hay división tiene que haber conflicto. De modo que ese nacionalismo de ustedes, en el cual el cerebro ha encontrado su seguridad, está produciendo la destrucción del propio cerebro.
   “Nuestro cerebro, las células cerebrales, se han condicionado por miles de millones de años. Y si no hay una ruptura en este condicionamiento, siempre habrá desastres, habrá dolor, habrá confusión, y jamás habrá armonía.
   “Y el mundo está en llamas. La casa está ardiendo y ustedes tienen que responder a ello con una mente fresca ‑no de acuerdo con el propio condicionamiento­. Por lo tanto, nos preguntamos: ¿Puede el cerebro, puede toda esta estructura humana experimentar una revolución tremenda, una gran mutación, de modo que haya una mente nueva?” Hizo una pausa.
   “Observen esto muy cuidadosamente. Ustedes han admitido el ideal de la no-violencia. Es uno de esos extraordinarios trucos que han jugado consigo mismos. Y todos los maestros y los mahatmas han enseñado interminablemente acerca de esa no-violencia. Ahora obsérvenlo, investíguenlo, aprendan al respecto, pongan en ello la mente y el corazón. Ustedes necesitan seguridad; ésa es la base misma del cerebro. De modo que buscan la seguridad en una idea o un ideal de no-violencia. Y así existe una división entre la violencia y el ideal; por lo tanto, hay contradicción y, en consecuencia, hipocresía, desorden y presunción. Cuando lo real es la violencia, pretenden ustedes que hay no-violencia. Y así las células cerebrales, de su propia incapacidad para habérselas con la violencia, tratan de obtener un ideal y, por consiguiente, a esto sigue la división y hay contradicción y conflicto.
   “Vean, pues, que la seguridad sólo existe en la percepción de que la vida carece de seguridad, de que es un movimiento constante. Esa es la verdad, y en esa verdad hay seguridad.
   “¿Han aprendido?”, preguntó. “En ese aprender acerca de la verdad, toda la estructura, toda la respuesta de las células cerebrales experimentan un cambio tremendo. Esa estructura vive en una dimensión total de movimiento, un movimiento total, no un movimiento fragmentario. El orden, que es armonía, carece de un plan previo. Adviene sólo cuando estamos libres del desorden. Y de ese aprender acerca del desorden ‑no el aprender cómo producir orden dentro del desorden, cosa que jamás puede uno hacer­ de ese aprender surge, naturalmente, el orden”.
   Krishnaji exploró las palabras ‘vigilar’, ‘observar’, ‘aprender’. “¿Es el observador, el que aprende, diferente de la cosa que él observa o sobre la que aprende? El hecho de que siempre existan el observador y lo observado es, en esencia, división, desorden. En tanto exista el observador, el experimentador, el pensador, el que dice, ‘estoy aprendiendo’, y se separe a sí mismo de lo observado ‑el experimentador y la cosa de la cual él está aprendiendo­ en tanto exista esta división, producirá invariablemente conflicto, como lo hacen todas las divisiones, y, por tanto, engendrará confusión y, en consecuencia, desorden”.
   Después preguntó a sus oyentes si ellos observaban el desorden como observadores externos, o si veían que no hay observador en absoluto. “¿Ven que ustedes son el desorden?” Hablaba haciendo pausas en medio de su hablar. “Si uno es el observador que mira el desorden que hay dentro y alrededor de uno mismo, está separado del desorden; por lo tanto, el que está observando a fin de producir orden, lo que hace es producir desorden a causa de que hay separación.
   “Lo que importa, pues, enormemente, es cómo mira uno el desorden. Si lo mira desde ‘afuera’ como si fuera independiente del desorden, como si no tuviera nada que ver con el desorden, o como si uno fuera a producir orden, el ‘uno’ es un fragmento de otros fragmentos. El ‘uno’ que mira el desorden, ¿es diferente del desorden? Uno forma parte de ese desorden; de otro modo no lo conocería; de otro modo uno no reconocería el desorden. Uno es parte de ese desorden; uno, el observador, es el creador de ese desorden.
   “Si ustedes ven la verdad de ello, están libres. Porque es sólo la verdad ‑que nada tiene que ver con el placer o el dolor­ es sólo el aprender y ver la verdad, lo que libera a las células cerebrales de su condicionamiento; el cerebro es, entonces, un nuevo cerebro.
   “¿Ven ustedes la belleza de esto? Es como ver la belleza de una hoja de palmera en el claro cielo azul; verla, no como un observador con todo su conocimiento peculiar y su impotencia, sino mirarla sin el observador, ver el movimiento extraordinario de esa hoja de palmera... Así, del mismo modo, mirar es aprender. Y en el aprender está el movimiento total de la vida en el que no hay fragmentación. Por lo tanto, ésa es una vida de gran armonía, y la armonía significa amor”.