Capítulo
XXVII
“EL
OBSERVADOR ES LO OBSERVADO”.
En junio de 1.973, se
realizó en Brockwood Park la primera reunión internacional de la Krishnamurti
Foundation. Achyut, Sunanda, Balasundaram y yo, representábamos a la India. Al
presentarnos a los miembros de las Fundaciones inglesa y americana, Krishnaji
dijo de Achyut: “¿Cómo presentaré a Achyut? El fue una de las personas
responsables de sacar a los ingleses de la India”.
Discutimos la cuestión de
los derechos de autor y de las publicaciones. Hubo una diferencia fundamental
de opinión acerca de dónde debían invertirse los derechos de autor. Finalmente
se decidió que, si bien estos derechos seguirían perteneciendo a la English
Foundation, la Indian Foundation tendría el derecho de publicar las pláticas y
discusiones de Krishnamurti en la India, así como sacar una publicación
internacional cada tres años.
Krishnaji no tenía
posesiones personales, salvo sus ropas y su reloj. Sin embargo, expresó su
voluntad de que, después de su muerte, el cuerpo fuera cremado en el lugar
donde muriera, y que ningún monumento se levantara sobre sus cenizas. En este
punto, viendo la tristeza de nuestros rostros, Krishnaji bromeó: “Si muero en
Inglaterra, pueden cremarme en el Golden Green y esparcir mis cenizas ahí”.
Sentí que me ahogaba. Le
dije que no se mostrara ligero al respecto, que su cuerpo era sagrado y que
ningún pie debía hollar el lugar donde hubieran caído sus cenizas: “Debemos
llevar las cenizas y esparcirlas en los ríos de la India”. Inmediatamente se
puso muy serio, se volvió a los otros y afirmó: “Este cuerpo es sagrado”. Se
decidió, pues, que sus cenizas se enviaran a la India y que, finalmente,
flotaran en los ríos hacia el océano.
El 17 de noviembre de
1.974, Krishnaji llegó a Nueva Delhi en su viaje hacia Varanasi. Yo me había
conseguido un permiso para encontrarme con él en el salón que había dentro del
cercado recinto aduanero. Vi al Maharshi Mahesh Yogi, que se encontraba cerca;
estaba cubierto de guirnaldas y rodeado por sus discípulos. Sentada en el salón
junto a Krishnaji, mientras aguardábamos la entrega de su equipaje, le
pregunté. “¿Viajó el Maharshi con usted en el avión?” Krishnaji sonrió. Él
había abordado el avión en Roma, y cuando se encaminaba a su asiento pasó junto
a una figura barbada que, con las piernas cruzadas, descansaba sobre una piel
de tigre. K reconoció vagamente al hombre, pero no logró ubicarlo del todo. Un
rato más tarde, se le acercó la azafata con una rosa en la mano y le preguntó
si él era J. Krishnamurti. Cuando dijo que sí, ella le entregó la rosa
expresándole que el Maharshi, que se encontraba en el avión, le enviaba sus
saludos y la rosa. Krishnaji transmitió su agradecimiento. Unas horas más
tarde, al volver del toilet pasó junto al asiento del Maharshi. Este se levantó
de un salto. Luego de plegar las palmas de sus manos en mutuos namaskaras (la tradicional forma de
saludarse en la India los amigos y los extraños, jóvenes o viejos), el Maharshi
señaló un asiento contiguo al de él y sugirió que conversaran un rato. De modo
que Krishnaji se sentó. Después de unas cuantas amabilidades formales, el
Maharshi dijo que se dirigía a Nepal para anunciar una revolución mundial en la
conciencia, y sugirió a Krishnamurti que le acompañara y se uniera a él en su
trabajo, porque sentía que entre ambos podrían cambiar a la humanidad.
Krishnaji declinó cortésmente, explicando que tenía una cantidad de compromisos
y pidiendo que, por tanto, se le perdonara. El Maharshi siguió insistiendo y
dijo que, en su sentir, lo que él hacía era más importante. La conversación
continuó por una hora, después de lo cual se separaron y Krishnaji regresó a su
asiento.
En noviembre de 1.974,
Krishnaji se encontraba otra vez en Varanasi. El 19 de noviembre, durante una
discusión de grupo que sosteníamos en la sala de estar que daba al Ganges,
pregunté: “¿Podríamos identificar los elementos esenciales en la enseñanza?” Le
habíamos escuchado por veinticinco años. Muchos de nosotros podíamos abarcar
todo el campo del conocimiento propio, pero la pregunta persistía: “¿Qué es la
enseñanza?”
Krishnaji fue tomado por
sorpresa; estaba quieto, dejando que la pregunta se desplegara en su interior.
Finalmente, dijo: “No lo sé. No puedo expresarlo en unas pocas palabras. Pienso
que la idea del que enseña y el enseñado es básicamente errónea, al menos lo es
para mí. Creo que es más bien una cuestión de compartir, no de enseñar o de que
a uno le enseñen; de participar, antes quedar o recibir. ¿Podemos, pues,
compartir algo que no pertenece al campo del tiempo, del pensamiento, del
motivo? ¿Podemos compartirlo, o todos estamos tan condicionados que no sabemos
lo que significa compartir?”
Después de esto discutimos
largamente la cuestión de participar, compartir y recibir. Krishnaji dejo: “No
existen el que enseña y el enseñado. ¿No será una cuestión de compasión?”
Luego, cuando la energía generada por el diálogo se intensificó, Krishnaji
comentó de pronto: “Usted ha preguntado, ‘¿Qué es la enseñanza?’ ¿Correcto? Yo
digo, la enseñanza dice: ‘Donde está ‘uno’
‘lo otro’ no está’”.
Nosotros escuchábamos, la
mente en silencio con la pureza de la percepción de K. Entonces las ondas del
pensamiento comenzaron nuevamente. Discutimos la cualidad del escuchar y la
madurez de la mente.
“¿Diría usted”, preguntó
K, “que la mente debe estar libre de todo movimiento como acumulación, como
conocimiento, dirección y voluntad? El movimiento implica tiempo. El tiempo es
movimiento. Y pregunto: ¿Es necesario el tiempo para ver? ¿O no es necesario?
Entonces, ¿cómo puede una mente, toda la estructura de la mente que ha
evolucionado a través del tiempo, cómo puede ver aquello que no pertenece al
tiempo? ¿Advierten la paradoja? ¿Pueden ustedes, pues, morir para todas las
cosas que han adquirido ‑placeres, angustias, sufrimientos?”
“¿Ejercita usted eso?”,
pregunté”.
¡Por supuesto que no! Esos
ejercicios, esas prácticas son triviales. La mente, el cerebro, se ha
desarrollado a través del tiempo. Sus registros están en el tiempo. ¿Puede esa
mente ver aquello que no pertenece al tiempo? Obviamente no. Entonces, ¿qué es
lo que percibe algo que no pertenece al tiempo? Descúbranlo”.
Unos días más tarde
sostuvimos la primera de las discusiones con los budistas. Entre el grupo que
se había reunido estaba Rimpoche Sandup, un bhikshup
(monje) del Tíbet, de porte grave y con un rostro sin edad. Era director del
Instituto de Tibetología en Sarnath. También participaban el pandit Jagannath
Upadhyaya de la Universidad del Sánscrito, un socialista y erudito en
Nagarjuna, otros pandits de la misma Universidad, y los compañeros de
Krishnaji.
Describiendo más tarde
esta reunión, Rimpoche Sandup dijo que, al formularle él una pregunta a
Krishnaji, éste había negado la pregunta y a su vez había interrogado a
Rimpoche, quien se sintió confundido, no pudiendo comprender el planteamiento
de Krishnaji. Al final de la discusión, y más adelante, cuando a través de los
años escuchó a Krishnaji, el lama llegó a darse cuenta de que las preguntas
fundamentales carecían de respuesta, pero que sin embargo tenían que
formularse. “Krishnaji”, dijo, “nunca proporciona una respuesta, nunca expresa
nada personal. Pero su reto toca un punto germinal interno que permite a quien
escucha despertar y abrirse a ‘lo que es’”.
Siguió diciendo: “Si uno
percibe la compasión que fluye desde Krishnaji, verá que para él no hay
límites. La mayoría de los maestros tienen un enfoque limitado, pero la manera
en que Krishnaji aborda los hechos es ilimitada”. Rimpoche Sandup quedó
profundamente conmovido por Krishnaji, por su presencia y por sus palabras.
“Cuanto más percibe uno a Krishnaji y trata de alcanzarlo, más se aleja de él,
más grandes son sus percepciones. Uno jamás puede asirlo, jamás puede acercarse
a él. Porque para él no hay un término, no hay límite”.
Rajesh Dalal, un joven
tecnócrata que acababa de graduarse en el Instituto de Tecnología de la India,
en Kanpur, llegó a Rajghat para escuchar a Krishnamurti. Atraído por la
profundidad e importancia de la enseñanza, fue el primero de los jóvenes
académicos y profesionales que abandonó una carrera para unirse como maestro a
las escuelas de Krishnamurti.
La visita de Krishnaji a
Rajghat en noviembre de 1.976, condujo al primer encuentro de ambos. Rajesh
llegó a la habitación de Krishnaji bastante excitado, un poco nervioso ante la
idea de entrevistarse con ‘el gran hombre.’ Krishnaji lo recibió en la puerta,
lo tomó de la mano y lo condujo al balcón que daba sobre el Ganges y el jardín.
Se sentaron en un diván y Krishnaji dijo: “Por favor, señor, no sienta
timidez”. Comenzó por preguntarle a Rajesh acerca de su vida, dónde había
nacido, la casa en que vivió, sus padres, la escuela. La presencia de Krishnaji
era tan tranquilizadora que Rajesh se puso a divagar hablando de sí mismo.
Según sus propias palabras, “olvidándose de quien era el ser a quien le estaba
hablando. Era como hablarle a un amigo muy íntimo y cercano. Cuando le conté
que en la escuela y en el colegio yo siempre había jugado con los objetos, las
personas, las ideas, los números, etc., él pareció muy complacido y dijo: ‘Eso
es bueno’”.
Krishnaji se quedó de
pronto muy quieto y serio. Rajesh tuvo una aguda conciencia del silencio, y
éste lo afectó hondamente. Se dio cuenta del sol que se ponía y “del resplandor
rosa y oro de las ondas en el agua”. Percibió el movimiento de las hojas en la
higuera cuando la brisa pasaba a través de ellas, y escuchó el reclamo del pavo
real. Permanecieron sentados unos cinco minutos sin pronunciar palabra. Rajesh
miró a Krishnaji una o dos veces esperando que éste rompiera el silencio que él
encontraba difícil de soportar. Empezó a comprender la inmensidad del ser
sentado a su lado, y la intimidad que habían compartido cedió lugar a un
sentimiento interno de inmenso temor reverente. Veía a Krishnaji como formando
parte del río, de la higuera y de los pájaros que la sobrevolaban. “Era la
temerosa reverencia que uno experimenta cuando está cara a cara con algo
desconocido ‑algo muy profundo”.
Súbitamente, escuchó la
voz de Krishnaji: “Vea, Rajesh, el mundo está en la oscuridad. Está loco. La
violencia que usted ve a su alrededor en todas partes, es demencial. Y estos
lugares ‑Rajghat, el Valle de Rishi, Brockwood Park y Ojai tienen que
convertirse en centros de luz. Las personas más viejas no lo han hecho, ellas
lo han estropeado todo. Y es la gente nueva, son los jóvenes quienes tienen que
hacerlo. ¿Comprende? Espero que usted no haya venido aquí a experimentar por un
año o dos, sino que se comprometa plenamente con esto”. Cuando Rajesh manifestó
que esto era lo único que verdadera y profundamente le importaba en la vida,
hubo una amable aunque enigmática sonrisa en el rostro de Krishnaji.
Había llegado la hora en
que K salía a dar su paseo. Se levantó rápidamente y fue a su habitación a
buscar los zapatos. Rajesh observó el modo en que K se paraba, se sentaba, se
ponía los zapatos, descendía las escaleras y caminaba. Vio a un hombre alerta,
de ochenta años de edad; Rajesh no pudo evitar, por contraste, la observación
de su propio descuido y negligencia y sólo tenía veintitrés años. Se dio
cuenta, repentinamente, de todo cuanto tenía que aprender de este hombre. Y
como si hubiera captado los pensamientos de Rajesh, Krishnaji dijo: “Nos
encontraremos con más frecuencia. Veré que usted esté con nosotros en Madrás y
en el Valle de Rishi”.
En 1.979 Krishnaji
sostuvo, con los maestros del Valle de Rishi, discusiones en las que participó
Rajesh Dalal. K habló de que era necesario crear confianza en el estudiante.
Rajesh, sentado a la derecha de K, estaba particularmente atento ese día. Toda
la cuestión de que el estudiante tuviera profunda confianza en el educador era
dijo Krishnaji “fundamental en el proceso de la educación”. Siguió planteando
retos a quienes le escuchaban, devolviéndoles los problemas, obligándoles a
inquirir y responder desde lo profundo.
Rajesh me contó: “Yo
estaba alerta, observando y escuchando, cuando súbitamente Krishnaji se volvió
hacia mí y preguntó: ‘Rajesh, ¿qué dice usted?’ Yo me quedé quieto, no
sintiendo necesidad de responder. Nuevamente, después de cinco o diez minutos,
les dijo a los maestros: ‘Señores, ¿se bajarán ustedes de sus estrados y les
dirán a sus estudiantes que son ustedes iguales a ellos ‑que tienen temores,
celos, heridas psicológicas, etc., y que no saben qué hacer? Entonces ellos
verán que ustedes son honestos y les tendrán confianza. ¿Lo harán?’ Yo tal vez
esperaba escuchar algo más profundo que esto. Sentí también que tenía una
relación así con mis estudiantes. De modo que expresé mi sentir, y mi voz
estaba cargada de emoción: ‘Señor, yo he hecho eso. Pero no es suficiente.
Tenemos que estar libres de temor si el estudiante ha de confiar en nosotros’”.
Rajesh continuó:
“Krishnaji se volvió hacia mí, sostuvo mi mano y dijo: ‘Rajesh, hágalo ahora’. Su penetrante mirada y sus
palabras eran como un lazo que me ahogaba. Era una experiencia extraña cuya
intensidad me aturdía, y yo no podía hablar. Él se percató de ello rápidamente
y alejando de mí su mirada empezó a discutir con otros maestros. Pero siguió
sosteniendo gentil y afectuosamente mi mano, como diciendo: ‘Mi muchacho,
comprendo por lo que estás pasando’”.
Al ver que Rajesh estaba
viviendo una vida de total abstinencia y castidad, y al percibir las tensiones
que se estaban manifestando, K le habló del sexo. Le dijo: “El sexo es como una
tierna flor, una llama intensa, delicada y rara. Tiene que ser nutrida y
cuidada. Usted debe estar especialmente atento si el sexo no opera según el
propósito de la naturaleza. Permitirle que funcione libremente es disipar
energía; reprimirlo brutalmente es destruir algo delicado e intensamente bello.
Obsérvelo, pues, con simpatía, edúquelo, déjelo que se revele a sí mismo y se
abra a la vida ‑sin negarlo y sin sucumbir a él”.
Krishnaji siguió
diciéndonos: “Plantéenme retos. Háganlo. El reto que ustedes proponen no es
suficiente”.
Estábamos en Madrás, y él
había empezado a discutir la rapidez del cambio que se estaba operando en el
mundo. En Occidente, desde mediados de los años 60, una reacción contra el
materialismo creciente y el consumismo, había llevado a una inmensa agitación
entre los jóvenes. Una vacuidad espantosa penetraba todos los aspectos de la
existencia. La presión generada por la devastación del medio ambiente, la
revelación de los misterios de la naturaleza, y el imprudente uso de la
tecnología como si fuera un juguete, no podían ser soportados por los recursos
que había en las mentes y cuerpos de estos jóvenes. Lo anormal se fue volviendo
la norma.
Como una ola, la confusión
y el caos se fueron apoderando de los adolescentes ‑muchachos y chicas que se
rebelaban. Un gran número de estos ‘jóvenes de la flor’ se lanzaron a los
caminos; como el fakir o el mendicante, eran los nuevos vagabundos de pies
desnudos de la tierra. Se albergaron en la India, viniendo desde todas partes
para reunirse en Nepal, Varanasi, Goa. Sembraban las semillas de una nueva
cultura que, por anormal que fuera, procuraba restablecer la comunión con la
naturaleza y el hombre. Buscaban eso en las drogas, en la música, en el yoga,
en el sexo. Contrarios a la guerra, a la competencia, a la hipocresía, al ‘más’
de la sociedad adquisitiva, se interesaban en amar y en ser. Recorriendo
continentes, aun en sus fracasos aportaron a la situación humana un amable,
angustiado intervalo. Pero fueron una generación perdida.
Discutimos la revolución
cultural en China. El experimento realizado por millones de jóvenes invadiendo
el ambiente había sido pavoroso. Fue una acción exenta de toda compasión, y el
elemento de crueldad inherente en la misma fue terrorífico. También eso había
fracasado dejando tras de sí desastre y destrucción.
Krishnaji nos preguntó qué
estaba ocurriendo con los jóvenes en la India. Le hablamos del movimiento
Naxalite. Este había comenzado en la rural Bengala occidental, pero se extendió
rápidamente penetrando en las universidades, atrayendo a jóvenes estudiantes,
intelectuales sin empleo, así como a muchachos y niñas de familias acomodadas
que se rebelaban contra el ‘statu quo’. Jóvenes, despiadados, violentos, su interés
estaba puesto en la destrucción de los valores existentes y de las estructuras
económicas. Irónicamente, jóvenes académicos y profesionales del mismo medio,
deslumbrados por las explosiones en la ciencia y en la tecnología, y por las
oportunidades ilimitadas que aparecían en el horizonte occidental, se estaban
volviendo hacia Occidente buscando compartir una aparentemente inagotable
marmita de oro, En la India rural se sentían los inmensos vientos del cambio.
El poder estaba pasando a
manos de nuevos grupos de casta; los que se llamaban subdesarrollados tomaban
conciencia del poder del voto. La corrupción en aumento se apoderaba de las
ciudades.
Una generalizada violencia
destructiva, una fragmentación en todos los niveles y una creciente falta de
sensibilidad penetraban todo el panorama de la India. Krishnaji dijo que había
visto venir esto. Cuando viajaba por el país, advertía la declinación general
de los valores y la tendencia a eludir responsabilidades. “Uno observa esto no
sólo en los periódicos, sino en lo que está ocurriendo alrededor socialmente;
en lo que sucede en la periferia de la vida, y también en lo que sucede
internamente. Uno ve desintegración, superpoblación, crueldad, una indiferencia
creciente hacia el hombre y el medio”. Era pura y apasionada su exigencia de
una revolución en la base misma de la mente.
De Madrás fuimos a Bombay.
Percibiendo que por milenios el hombre había buscado la libertad en lo externo
y en lo interno, Krishnaji sondeó todo el problema del vivir, del aprender y el
observar. Dijo: “Aprender es observar y actuar”. Como el científico que observa
a través del microscopio, pidió a quienes le escuchábamos: “Vigilen, observen
atentamente las cosas tal como son, no las retuerzan para acomodarlas a
inclinaciones, prejuicios personales”. Habló de la búsqueda humana para
librarse del dolor y de la violencia.
El hombre había meditado
por miles de años sobre esta cuestión de la violencia ‑la violencia como
opuesta a la paz, la agresión como opuesta a la compasión, la bondad como
opuesta al mal. Los hombres habían vivido siempre con este problema. “¿Por
qué?”, preguntó. “Tenemos que responder a esta pregunta, no verbalmente sino en
lo profundo de nuestros corazones, no explicar eso ni justificarlo, sino ver
que somos violentos, en nuestro hablar, en nuestros gestos, en nuestra
actividad.
“Si lo observan”, dijo,
“verán que al hombre le falta el sentido de la belleza ‑belleza no sólo como
sensibilidad física, sino también belleza de la mente y el corazón. Ser sensible
es ser inteligente. ¿Puede uno percibir la extraordinaria belleza de la tierra,
la riqueza de un campo de arroz, la belleza de un rostro, de una sonrisa, la
tristeza de las lágrimas? Sin comprender así no sólo la belleza que capta el
ojo, sino la belleza de una clara percepción sin mancha, el hombre jamás podrá
estar libre de la violencia. Para comprender la violencia, tenemos que
librarnos de la palabra. Y no podemos hacerlo si no hay sensibilidad a la
belleza de todo lo que nos rodea. Tiene que haber libertad para descubrir qué
es el amor. ¿Saben?, la palabra libertad es una palabra peligrosa. Para la
mayoría de la gente, la libertad implica poder hacer lo que uno desee, una
libertad con respecto a las restricciones de la sociedad y de la moralidad social.
“Estar libres de algo es una cosa, y la libertad en sí
es otra. Sólo en la negación hay libertad. Aprendiendo acerca del desorden, hay
orden. Para aprender acerca del miedo y de la violencia, se requiere una mente
muy sutil. El morir y el vivir marchan juntos. Tenemos que morir al ayer para
vivir hoy, y entonces hay amor. A uno le dan un pedazo de tierra; ¿qué hará con
esa tierra? Para plantar en ella, debe uno tener energía, pasión, ímpetu,
intensidad. Si vivimos de este modo, entonces el tesoro que hemos descubierto
se vuelve claro, vibrante, vital.
“Vivir en el presente es
ver en el microscopio, no conforme al propio deseo o al deseo de otro, sino ver
en el microscopio cómo el pasado fluye a través del presente y hace explosión
en el futuro. Pero en tanto la mente esté presa en la imagen del pasado, ¿cómo
puede el corazón vivir en el presente? Y el amor es el presente, no el ayer o
el mañana”.
Mientras él hablaba, la
mente, escuchando con gran intensidad, era una con sus palabras.
“¿Qué han hecho ustedes de
sus vidas?”, preguntó. “No digan, ‘voy a realizarme en la próxima vida’. Sólo
existe el presente, la belleza del presente, la riqueza del presente. Ustedes
han tenido esta vida, han tenido la belleza del presente, la riqueza del presente.
Han dispuesto de esta vida, de esta cosa extraordinaria llamada vida en la que
hay dolor, placer, miedo, sentimiento de culpa y todas las torturas de la
soledad y la desesperación. ¿Y qué han hecho con todo eso? Les fue dada una
vida, la joya más preciosa en el mundo, ¿y qué han hecho con ella? La han
distorsionado, la han torturado, la han desgarrado en pedazos dividiéndola,
engendrando violencia, destrucción, odio, viviendo una existencia sin amor, sin
pasión, sin compasión.
“Se ha planteado el interrogante,
y la respuesta se encuentra tan sólo en el presente, no en el ayer o en el
mañana. Y esto suscita la pregunta: ‘¿Qué están ustedes haciendo ahora con sus vidas?’ Y si pueden
responder a esto, descubrirán qué es el amor”. La pasión, la intensidad de su
interés era una brisa que nos envolvía a quienes le escuchábamos, avivando las
células de nuestro cerebro, trayendo inocencia a la mente.
Krishnaji estaba también
sosteniendo sus pequeñas discusiones de grupo. Nos preguntó: “¿Ha fracasado la
religión en la India? En la India, los sannyas,
los ashrams, se han vuelto una forma
de rebelión religiosa. Vayan a la luna, vivan bajo el mar, trasplanten el
corazón humano; sin compasión, los problemas de la existencia humana habrán de
continuar. ¿Podemos observarlo todo con ojos que nunca han sido manchados, que
nunca se han estrechado con dura indiferencia? Para esto, para ver lo total, se
requiere una cualidad de la mente por completo distinta”.
En las discusiones
explorábamos la naturaleza del observador y su relación con lo observado, un
punto fundamental en la enseñanza de K. Krishnaji dijo: “En el propio acto de
observar el objeto, está el proceso de nombrarlo, lo cual traba la percepción.
En ese acto mismo, la naturaleza de lo observado experimenta un cambio”.
Habló del discernimiento
instantáneo, y dijo que nacía de la mente observadora. Cuando la mente, el
corazón y el cuerpo se vuelven una sola cosa en la atención, desaparece la
división entre la percepción religiosa y la científica. “La libertad respecto
de lo conocido, existe dentro de las células cerebrales. Cuando los hábitos
arraigados dejan de existir, el cerebro está totalmente vivo. En este estado,
hay una transformación física”.
En estas discusiones,
Krishnaji negó su papel como maestro y el de sus oyentes como discípulos. Habló
del ‘aprender’, un estado en el que la clásica relación entre maestro y
discípulo sufre un cambio total. El aprender exige energía, curiosidad intensa
y libertad para explorar. Esto llega con la observación, un estado donde cesan
toda autoridad y toda jerarquía en términos de la psique. Habló de él como de
un espejo en el cual el que escucha se ve a sí mismo, con una visión no
distorsionada ni condicionada.
“El acto de aprender es el
acto de vivir. El aprender es una cualidad de la mente, una actitud que en sí
es más importante que aquello que uno aprende”.
En sus pláticas elaboraba
él las futuras discusiones. Hablando del cerebro y de su demanda de seguridad,
dijo: “El cerebro exige seguridad y orden, también requiere de armonía. Sin
armonía no hay seguridad. La armonía significa orden, y el cerebro vive y ha
vivido por miles de años en desorden, el cual implica contradicción. Por lo
tanto, se halla en conflicto no sólo internamente, sino también externamente; y
en este conflicto tanto interno como externo, el cerebro ha encontrado cierta
clase de seguridad. Aunque genera un gran desorden, aunque se ocasiona
destrucción a sí mismo, ha aceptado este caos, esta confusión, porque no sabe
qué hacer. Ese cerebro que se ha condicionado por millones de años para aceptar
los valores que realmente le ocasionan desastres a él mismo, acepta ese
condicionamiento y vive en ese condicionamiento que él considera como su
seguridad.
“Vean”, continuó
Krishnaji, “ustedes han aceptado la nacionalidad, ¿no es cierto? Pero si lo
observan, esa nacionalidad trae consigo tierras. Cuando aceptan el
nacionalismo, y lo aceptan porque en él encuentran seguridad, observen que esa
seguridad se destruye por completo a causa de que el nacionalismo
invariablemente divide; y donde hay división tiene que haber conflicto. De modo
que ese nacionalismo de ustedes, en el cual el cerebro ha encontrado su
seguridad, está produciendo la destrucción del propio cerebro.
“Nuestro cerebro, las
células cerebrales, se han condicionado por miles de millones de años. Y si no
hay una ruptura en este condicionamiento, siempre habrá desastres, habrá dolor,
habrá confusión, y jamás habrá armonía.
“Y el mundo está en
llamas. La casa está ardiendo y ustedes tienen que responder a ello con una
mente fresca ‑no de acuerdo con el propio condicionamiento. Por lo tanto, nos
preguntamos: ¿Puede el cerebro, puede toda esta estructura humana experimentar
una revolución tremenda, una gran mutación, de modo que haya una mente nueva?”
Hizo una pausa.
“Observen esto muy
cuidadosamente. Ustedes han admitido el ideal de la no-violencia. Es uno de
esos extraordinarios trucos que han jugado consigo mismos. Y todos los maestros
y los mahatmas han enseñado interminablemente acerca de esa no-violencia. Ahora
obsérvenlo, investíguenlo, aprendan al respecto, pongan en ello la mente y el
corazón. Ustedes necesitan seguridad; ésa es la base misma del cerebro. De modo
que buscan la seguridad en una idea o un ideal de no-violencia. Y así existe
una división entre la violencia y el ideal; por lo tanto, hay contradicción y,
en consecuencia, hipocresía, desorden y presunción. Cuando lo real es la
violencia, pretenden ustedes que hay no-violencia. Y así las células
cerebrales, de su propia incapacidad para habérselas con la violencia, tratan
de obtener un ideal y, por consiguiente, a esto sigue la división y hay
contradicción y conflicto.
“Vean, pues, que la
seguridad sólo existe en la percepción de que la vida carece de seguridad, de que
es un movimiento constante. Esa es la verdad, y en esa verdad hay seguridad.
“¿Han aprendido?”,
preguntó. “En ese aprender acerca de la verdad, toda la estructura, toda la
respuesta de las células cerebrales experimentan un cambio tremendo. Esa estructura
vive en una dimensión total de movimiento, un movimiento total, no un
movimiento fragmentario. El orden, que es armonía, carece de un plan previo.
Adviene sólo cuando estamos libres del desorden. Y de ese aprender acerca del
desorden ‑no el aprender cómo producir orden dentro del desorden, cosa que
jamás puede uno hacer de ese aprender surge, naturalmente, el orden”.
Krishnaji exploró las
palabras ‘vigilar’, ‘observar’, ‘aprender’. “¿Es el observador, el que aprende,
diferente de la cosa que él observa o sobre la que aprende? El hecho de que
siempre existan el observador y lo observado es, en esencia, división,
desorden. En tanto exista el observador, el experimentador, el pensador, el que
dice, ‘estoy aprendiendo’, y se separe a sí mismo de lo observado ‑el
experimentador y la cosa de la cual él está aprendiendo en tanto exista esta
división, producirá invariablemente conflicto, como lo hacen todas las
divisiones, y, por tanto, engendrará confusión y, en consecuencia, desorden”.
Después preguntó a sus
oyentes si ellos observaban el desorden como observadores externos, o si veían
que no hay observador en absoluto. “¿Ven que ustedes son el desorden?” Hablaba
haciendo pausas en medio de su hablar. “Si uno es el observador que mira el
desorden que hay dentro y alrededor de uno mismo, está separado del desorden;
por lo tanto, el que está observando a fin de producir orden, lo que hace es
producir desorden a causa de que hay separación.
“Lo que importa, pues,
enormemente, es cómo mira uno el desorden. Si lo mira desde ‘afuera’ como si
fuera independiente del desorden, como si no tuviera nada que ver con el
desorden, o como si uno fuera a producir orden, el ‘uno’ es un fragmento de
otros fragmentos. El ‘uno’ que mira el desorden, ¿es diferente del desorden?
Uno forma parte de ese desorden; de otro modo no lo conocería; de otro modo uno
no reconocería el desorden. Uno es parte de ese desorden; uno, el observador,
es el creador de ese desorden.
“Si ustedes ven la verdad
de ello, están libres. Porque es sólo la verdad ‑que nada tiene que ver con el
placer o el dolor es sólo el aprender y ver la verdad, lo que libera a las
células cerebrales de su condicionamiento; el cerebro es, entonces, un nuevo
cerebro.
“¿Ven ustedes la belleza
de esto? Es como ver la belleza de una hoja de palmera en el claro cielo azul;
verla, no como un observador con todo su conocimiento peculiar y su impotencia,
sino mirarla sin el observador, ver el movimiento extraordinario de esa hoja de
palmera... Así, del mismo modo, mirar es aprender. Y en el aprender está el
movimiento total de la vida en el que no hay fragmentación. Por lo tanto, ésa
es una vida de gran armonía, y la armonía significa amor”.