domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXVI “EL AMOR NO SUFRE”



Capítulo XXVI
“EL AMOR NO SUFRE”

   La guerra con Pakistán en 1.971 y la formación de Bangladesh habían constituido una experiencia traumática para el subcontinente. Cuando se encontró con nosotros en 1.972, Krishnaji habló con interés apasionado acerca de los acontecimientos. Nos preguntó por qué no habíamos protestado fuertemente contra la guerra, que constituía el acto final de la violencia; cualesquiera que fueran las circunstancias, la guerra no podía tolerarse. Tratamos de explicar la presencia de lo millones de refugiados en el suelo de la India, las presiones generadas y los problemas inherentes a la situación. Pero nada hizo vacilar a Krishnaji en su posición.
   En las pláticas y en las pequeñas discusiones de grupo, advertimos que su lenguaje y el uso de las palabras, habían cambiado. Penetraba en las raíces de las palabras, trazando claras distinciones entre cerebro, mente y conciencia. En una de sus pláticas en Delhi, dijo que las células cerebrales se habían condicionado por miles de años, y que a menos que hubiera una ruptura en ese condicionamiento, el desastre era inevitable. “El mundo está en llamas. ¿Puede el cerebro, toda la estructura humana, experimentar una revolución tremenda, una gran mutación? ¿Puede haber un vivir holístico en vez de uno fragmentario?”
   Se advertía en Krishnaji una gran tristeza. El 19 de noviembre, en Nueva Delhi, dijo: “Es uno de los más grandes dolores en el mundo querer comunicar algo tremendo con la mente y el corazón, y que ustedes no lo reciban. Es penoso no sólo para quien les habla sino también para ustedes que escuchan”. Percibiendo la creciente violencia que aguardaba en el futuro, habló del hombre “atrapado en el corredor de los opuestos” ‑odio y amor, violencia y no-violencia­. Pero lo real estaba en ‘lo que es’, o sea, en la violencia. Investigó el pensamiento y su estructura ‑el pensamiento era el pasado como memoria, el pensamiento era tiempo­.
   “¿Puede, pues, la mente, pueden las células cerebrales mismas que son producto del tiempo como evolución, pueden el cuerpo, el movimiento que conocemos como el pensar, puede la totalidad de la mente estar en completo silencio? Y eso puede ocurrir sólo cuando hemos comprendido el valor del pensamiento, dónde es importante y dónde carece de importancia. Sin comprender la naturaleza y estructura del pensamiento, jamás darán ustedes naturalmente con este silencio.
    “Y el silencio es indispensable. Cuando miramos una nube, y el resplandor de la luz en ella, si nuestra mente se encuentra parloteando, vagando, especulando, verbalizando, no puede ver la belleza de la nube. La mente tiene que estar quieta, y estará quieta si uno ha negado, si ha descartado el control, la autoridad; todas las cosas que la mente ha producido a fin de encontrar la verdad o la iluminación, son de hechura humana y, por tanto, están presas en el tiempo. Y para descubrir aquello que no pertenece al tiempo, que no tiene medida, que es innominable, la mente tiene que estar por completo silenciosa. O sea, ¿Puede el cerebro, por favor, sigan esto, el cerebro que exige seguridad absoluta porque de otro modo no puede funcionar libremente, eficazmente, puede el cerebro estar por completo seguro de manera que opere sin fricción alguna?
   “Cuando ustedes ven eso, entonces hay claridad en la observación y en el aprender, lo cual es la acción de la inteligencia. Al observar lo que es falso, las células del cerebro se aquietan, y con ello la mente adquiere ‑sin esfuerzo alguno, de manera suave, fácil y natural­ una calma extraordinaria. Y en ese silencio de la mente no existe el tiempo. No es cuestión de preguntarse: ‘¿Puede la mente sostener o conservar ese silencio, continuar en él?’ Esa pregunta es un deseo del pensamiento que busca perseguir ese silencio como un placer.
   “En ese silencio no existen el observador ni la experiencia, sino sólo esa cualidad de completo y total silencio. En ese silencio la puerta está abierta. Lo que hay más allá de la puerta es indescriptible, no puede ponerse en palabras”.

   En el verano de 1.971 yo me encontraba en los Estados Unidos. Una vez finalizadas mis tareas oficiales, pasé un periodo de vacaciones con mi hija en California. Ella me habló de una conferencia muy inusual a la que había asistido en Toronto. El orador era Ivan Illich. Este había sido ordenado sacerdote jesuita, pasando varios años en América del Sur. Habiendo surgido diferencias entre él y la iglesia de Roma, después de grandes afanes abandonó el sacerdocio jesuita y se estableció en Cuernavaca, México. Allí, según explicó más tarde en la India, fundó un centro, un espacio vacío donde la gente pudiera reunirse.
   Su conferencia de Toronto había versado sobre “Una Sociedad sin Escuelas”, y Radhika me entregó una copia del libro. Su originalidad e intensidad me intrigaron, y cuando regresé a la India le di el libro a Indira Gandhi. Ella lo leyó, pensó que era pertinente para la situación de la India, e hizo arreglos para invitar a Ivan Illich. Tiempo después él me contó que había vacilado antes de responder a la invitación gubernamental, pero que finalmente accedió. Teníamos una amiga común, Dorothy Norman, e Ivan Illich me trajo una carta de presentación de ella.
   Vino él a cenar a mi casa de Delhi a fines del otoño de 1.972, Tenía una presencia notable, y yo respondí vehementemente al reto de sus palabras. Pronto simpatizamos y nos hicimos amigos. Indira Gandhi me había pedido que ayudara a Illich a planear sus programas de actividades, y yo sugerí que él visitara Rajghat y se entrevistara con Krishnamurti.
   El 27 de noviembre se encontraba él en Rajghat. Se alojó en la habitación superior de la casa de huéspedes; tenía enfrente el río Ganges en toda su majestad. Compartía las comidas con Krishnaji, y la primera entrevista personal entre ambos tuvo lugar por la tarde. Fue el encuentro germinal de dos mentes: Krishnaji, con una mente observadora, vivaz, perceptiva, y la de Ivan Illich erudita, racional, arraigada en las más finas tradiciones del pensamiento occidental y, no obstante, dispuesta a escuchar. El río Ganges fue testigo del diálogo, tal como había escuchado, a través de siglos, el sonido de voces que formulaban preguntas, prestaban atención a las respuestas y repreguntaban.
   Aunque las mentes de Krishnaji e Illich fluían como dos corrientes distintas, se unían en su compartida pasión por las transformaciones y por la necesidad de liberar al hombre de toda ilusión.
   Presenté a Illich y le hablé a Krishnaji del juicio crítico que a aquel le merecía la sociedad moderna, y de su interés en reestructurar la sociedad y las herramientas con que ésta se manejaba. Krishnaji e Illich discutieron el caos y la corrupción contemporánea en el mundo. Krishnaji escuchaba, tratando de establecer contacto con el hombre más allá de las palabras. Al sentir que las mentes no se conectaban, K señaló el río: “Allá está el Ganges. Fluye, y todos los seres humanos son llevados por el flujo de la corriente ­y por cierto, el individuo es uno que se sale de la corriente­. La palabra ‘individuo’ significa uno que ‘no es divisible’, que no está fragmentado, que es total”.
   El río pronto iba a convertirse en la cambiante metáfora alrededor de la cual se movería el diálogo; las voces se reunían y volvían a separarse.
   Illich también trataba de establecer contacto y se movía cautelosamente en la nueva relación. Dijo que había pasado algunas horas en la orilla del río observando a las personas que se bañaban, que rezaban, que vivían en el mismo río bajo los ardientes ghats. Había presenciado cómo salían del río para sentarse quietamente en sus márgenes, y percibió la resignación que surgía entre ellas, una aceptación de que el río se las llevaría nuevamente un día. Reflexionó sobre la moderna sociedad tecnológica de la cual la India se estaba volviendo poco a poco una esclava, perdiendo así su contacto con la vida; meditó sobre el penetrante sentimiento mundial de que la tecnología podría reencauzar el río.
   “Pero el río no puede ser reencauzado”, dijo Krishnaji. “¿Acaso no serán las mismas aguas? Sólo hay una acción posible para el ser humano a fin de salirse de la corriente, y es no volverse nunca atrás ni formar otra corriente”. La respuesta de Illich fue citar un poema mexicano escrito en estilo navajo, donde el primer verso se repite a fin de que se medite sobre él:

Sólo por un corto tiempo nos has prestado el uno al otro.
Porque es cuando tú nos dibujas que adquirimos contorno.
Cuando tú nos pintas tomamos forma.
Cuando tú nos cantas, adquirimos voz.
Pero sólo por un rato nos has prestado el uno al otro.
Porque al igual que las líneas trazadas en cristalina obsidiana desaparecen
y el color verde de las plumas del quetzalcoatal se desvanece,
y la cascada se sumerge durante el verano ‑así nosotros
también desaparecemos­.
Sólo por un corto tiempo nos has prestado el uno al otro.

   En las orillas del Ganges, Illich había presenciado una afirmación de la vida que, en su sentir, no podía recrearse en términos modernos. Había percibido el peso y la profundidad y la raigambre de una civilización cuyo símbolo era el río.
   Illich experimentaba una gran angustia por la pérdida de las antiguas tradiciones. El hombre moderno, el hombre industrial cuyos valores se habían institucionalizado, sentía que las personas podían ser sacadas de la vieja corriente e insertadas en una corriente nueva. Pero la corriente en la que se esperaba colocar a las personas, carecía de vida. Era ilusoria y abstracta. Esa era la gran corrupción. Illich habló acerca de la educación moderna que trataba de crear una conciencia nueva, la ilusión de que uno puede salirse del río de la tradición para crear una nueva clase de corriente; una corriente que daría origen a una nueva humanidad.
   Para Krishnaji, el río simbolizaba todas las tradiciones, tanto las modernas como las antiguas. Para él las tradiciones, por nobles o antiguas que fueran, condicionaban al hombre. “Si yo tuviera un hijo ‑porque siento que ellos son mis hijos, en Inglaterra, en Francia o aquí­ me sentiría responsable por ayudarles a salirse de estas dos corrientes, o de aquellas que aparentemente corren paralelas entre sí”. ¿No era necesario ­preguntó­ que los jóvenes se liberaran de todas las corrientes?
   Krishnaji e Illich compartían el sentimiento de que la compasión era esencial, y que ésta no requería que la gente se transformara en “esto o aquello”. Illich había percibido las hondas raíces de las mujeres indias, y aludió a eso, al peligro que implicaba para ellas perder contacto con la tradición y la vida. El se sentía agradecido por sus propias raíces hundidas en ciertas tradiciones. No quería renunciar a la gran ayuda y a la disciplina que las tradiciones suelen darnos a veces.
   Sin embargo, para Krishnaji toda disciplina o control eran violencia. Sólo cuando el hombre se siente responsable, es libre, compasivo. La libertad y la compasión son una sola cosa. “Por los últimos cincuenta años, hemos tratado de ver si unos pocos pueden salirse de la corriente, salirse sin motivo alguno”. Habló de un aprender que crea su propio impulso, y que es el factor esencial para liberar la mente.
   En la orilla del río un perro había empezado a ladrar, y los sonidos del mundo exterior de Varanasi penetraron en la habitación.
   Krishnaji desarrolló el tema de la compasión. Le preguntó a Illich si veía que la libertad, la compasión y un sentimiento de no pertenecer a cosa alguna, marchaban juntos. Illich dijo que sí, porque el pertenecer a esto o aquello le daba a la gente una sensación de poder; no pertenecer a nada implicaba falta de poder. Según Krishnaji, al pertenecer a algo la gente tenía la idea de estar cambiando, produciendo, actuando. “¿Puede uno decir; ‘no pertenezcamos a nada’, y ver qué ocurre? La mayoría de las personas son católicas, budistas, hindúes, etc., y la tradición que eso implica las destruye”. Illich discutió la posibilidad de establecer distritos, comunidades que estuvieran fuera de la corriente; pero ambos estuvieron de acuerdo en que, históricamente, tales comunidades no habían funcionado. Krishnaji habló de las cosas terribles que estaban ocurriendo en el mundo. Preguntó: “¿Qué podemos hacer?” Illich sentía que posiblemente eso era porque lo selecto del mundo vivía con la creencia en lo ‘mejor’ ‑mejor educación, mejor salud­. Para él, el concepto de lo ‘mejor’ era una fabricación de la conciencia.
   “Vea, señor”, dijo Krishnaji, “somos seres de segunda mano ‑todo conocimiento es de segunda mano­. Estar libre de esa condición de ‘segunda mano’, implica no pertenecer a nada ­no acumular conocimientos­”
   Illich preguntó si no acumular conocimientos significaba la experiencia instantánea. Krishnaji descartó la experiencia. Para él, la experiencia era algo peligroso. “Cuando la mente está por completo despierta, ¿para qué necesita uno la experiencia? Todo el mundo se interesa en experimentar en adquirir conocimientos, en estar metido dentro de la corriente y así pertenecer a algo”.
   Pero Illich se sentía comprometido con las pequeñas corrientes, esas ricas tradiciones que habían dado forma a la vida humana, formas que si se les permitía “convertirse en dioses o jerarquías” podían ser tan destructivas como las otras corrientes destructivas. En ese sentido de pertenecer, estaba él dispuesto a ser “de segunda mano”. Sin embargo, sentía la responsabilidad de ayudar a la gente a que tuviera espíritu crítico, y le avergonzaba declarar que tenía raíces en esas pequeñas tradiciones ‑aun cuando ello implicara ser parcialmente de segunda mano­.
   “Espere, espere”, dijo Krishnaji. “Vayamos despacio. Uno pertenece a algo porque, en sí mismo, está solo, atemorizado. Todo el fenómeno psicológico que se desarrolla internamente, bajo la piel, nos hace pertenecer a algo ­a la gran corriente, a la corriente pequeña o al último ashram (al último gurú)­. ¿Entiende? Nos volvemos hacia la iglesia, o hacia el budismo o hacia lo que fuere. Es sólo cuando uno ve esto internamente, cuando lo ve con claridad, que ya no pertenece a nada y, por lo tanto, ha rechazado todas las cosas que el hombre ha producido ‑fórmulas, ideación, conceptos, creencias­ porque todas forman parte de la corriente”.
   Krishnaji volvió a lo que para él era el problema central. “Tiene que haber una correcta percepción. A mí me gustaría decirle a la gente, ‘Miren, sólo miren, no arguyan, no traduzcan, no digan esto está bien, aquello está mal. No pregunten: ¿Cómo viviré si no pertenezco a nada? ‑miren con ojos incorruptos­’”.
   La preocupación de Illich consistía en mostrarle a la gente lo que ésta no podía hacer. Para Krishnaji, el saber qué cosa no hacer, era hacer lo correcto.
   Illich percibió esto instantáneamente. Había comenzado un movimiento nuevo. Sentía la responsabilidad de traducir en términos extremadamente lúcidos lo que ellos estaban discutiendo, convertirlo en conocimiento concreto. Para Krishnaji eso venía después. Primero era necesario no pertenecer a ninguna sociedad, a ninguna nación. La mente tenía que desenredarse a sí misma. Tenía que estar libre a fin de mirar, de ver; y esa libertad era acción. El ver mismo era la acción.
   Krishnaji dijo que el nacionalismo divide al hombre. Pero la respuesta de Illich a esto fue igualmente intensa. Puso énfasis otra vez en la necesidad de tener raíces, lo cual implicaba mucho más que estar retenido en el nacionalismo. Krishnaji respondió que él también tenía raíces, puesto que había nacido en la India, dentro del redil brahmínico. Esas raíces, que podían tener muchos miles de años de antigüedad, eran su condicionamiento, pero en tanto la mente estuviera de ese modo condicionada, no era libre. El pasado como pensamiento ­o sea, el conocimiento­ era lo que en esencia dividía al hombre. “Si yo quiero vivir en paz con usted, el pensamiento tiene que cesar. Aquello en que tengo mis raíces, impide mi relación con usted”.
   Para Krishnaji, era indispensable la observación sin la intromisión del pensamiento; sólo eso era acción total. Illich expresó que había comenzado a comprender. Existía un problema de lenguaje. Pero para él el peligro estaba en que la generación más joven había perdido la capacidad de distinguir lo falso y así negarlo.
   Reuniendo los hilos de la discusión y respondiendo al interés de Illich por las raíces, Krishnaji dijo: “Cuando me salgo de esa corriente, no estoy fragmentado, no soy contradictorio, soy total... y lo total no tiene raíces”.
   Illich sentía la intensa necesidad de tener raíces y no estaba dispuesto a abandonarlas.
   Krishnaji sentía que sin una solución de este problema central, no podía haber un florecimiento del hombre. Y el florecimiento tenía que producirse. En el sentir de Illich había poca esperanza de resolver el problema central. El estaba dispuesto a aceptar la vida y la muerte con una cierta falta de perfección. Krishnaji e Illich habían llegado a una encrucijada.
   Para Krishnaji, la respuesta de Illich era insuficiente. De pronto empezó a hablar de la cuestión fundamental, que era la terminación del sufrimiento. El no podía visualizar la vida con el sentido de un sufrimiento perpetuo.
   Para Illich, el sufrimiento tenía que aceptarse. “¿Por qué”, preguntó Krishnaji, “deben los seres humanos sufrir psicológicamente?”
   “Porque Dios lo ha aceptado”, dijo Illich.
   Krishnaji se mostraba despiadado en su inquirir. “¿Por qué debe sufrir el hombre?” Aceptar psicológicamente el sufrimiento, era para el hombre la esencia de su ignorancia. ¿Por qué deben sufrir los seres humanos? ¿Debido a que son ignorantes? ¿Porque viven en conflicto? ¿Porque son contradictorios en sí mismos?
   Illich era igualmente apasionado. Dijo que él creía que el sufrimiento era la condición misma del ser humano.
   “Ah, de eso se trata,” respondió Krishnaji.
   Illich sentía la necesidad de reconocer su condicionamiento de una manera plena, lúcida y sensible, y de ser moldeado por este condicionamiento. Pero Krishnaji rehusaba aceptar que el dolor fuera esencial para la condición humana.
   Las dos mentes estaban frente a frente. Illich preguntó: “¿Qué significa entonces la compasión?” Como un torrente llegó la respuesta: “Compasión significa pasión por todo; el amor, señor, no sufre”.
   Se separaron. Mientras caminábamos en silencio hacia su habitación, Illich arrancó una flor de jazmín y me la entregó. Fue un gesto elocuente. Al otro día Illich se encontró otra vez con Krishnaji, pero yo no asistí a la entrevista.