Capítulo
XXVI
“EL
AMOR NO SUFRE”
La guerra con Pakistán en
1.971 y la formación de Bangladesh habían constituido una experiencia
traumática para el subcontinente. Cuando se encontró con nosotros en 1.972,
Krishnaji habló con interés apasionado acerca de los acontecimientos. Nos
preguntó por qué no habíamos protestado fuertemente contra la guerra, que
constituía el acto final de la violencia; cualesquiera que fueran las
circunstancias, la guerra no podía tolerarse. Tratamos de explicar la presencia
de lo millones de refugiados en el suelo de la India, las presiones generadas y
los problemas inherentes a la situación. Pero nada hizo vacilar a Krishnaji en
su posición.
En las pláticas y en las
pequeñas discusiones de grupo, advertimos que su lenguaje y el uso de las
palabras, habían cambiado. Penetraba en las raíces de las palabras, trazando
claras distinciones entre cerebro, mente y conciencia. En una de sus pláticas
en Delhi, dijo que las células cerebrales se habían condicionado por miles de
años, y que a menos que hubiera una ruptura en ese condicionamiento, el
desastre era inevitable. “El mundo está en llamas. ¿Puede el cerebro, toda la
estructura humana, experimentar una revolución tremenda, una gran mutación?
¿Puede haber un vivir holístico en vez de uno fragmentario?”
Se advertía en Krishnaji
una gran tristeza. El 19 de noviembre, en Nueva Delhi, dijo: “Es uno de los más
grandes dolores en el mundo querer comunicar algo tremendo con la mente y el
corazón, y que ustedes no lo reciban. Es penoso no sólo para quien les habla
sino también para ustedes que escuchan”. Percibiendo la creciente violencia que
aguardaba en el futuro, habló del hombre “atrapado en el corredor de los
opuestos” ‑odio y amor, violencia y no-violencia. Pero lo real estaba en ‘lo
que es’, o sea, en la violencia. Investigó el pensamiento y su estructura ‑el
pensamiento era el pasado como memoria, el pensamiento era tiempo.
“¿Puede, pues, la mente,
pueden las células cerebrales mismas que son producto del tiempo como
evolución, pueden el cuerpo, el movimiento que conocemos como el pensar, puede
la totalidad de la mente estar en completo silencio? Y eso puede ocurrir sólo
cuando hemos comprendido el valor del pensamiento, dónde es importante y dónde
carece de importancia. Sin comprender la naturaleza y estructura del
pensamiento, jamás darán ustedes naturalmente con este silencio.
“Y el silencio es
indispensable. Cuando miramos una nube, y el resplandor de la luz en ella, si
nuestra mente se encuentra parloteando, vagando, especulando, verbalizando, no
puede ver la belleza de la nube. La mente tiene que estar quieta, y estará
quieta si uno ha negado, si ha descartado el control, la autoridad; todas las
cosas que la mente ha producido a fin de encontrar la verdad o la iluminación,
son de hechura humana y, por tanto, están presas en el tiempo. Y para descubrir
aquello que no pertenece al tiempo, que no tiene medida, que es innominable, la
mente tiene que estar por completo silenciosa. O sea, ¿Puede el cerebro, por
favor, sigan esto, el cerebro que exige seguridad absoluta porque de otro modo
no puede funcionar libremente, eficazmente, puede el cerebro estar por completo
seguro de manera que opere sin fricción alguna?
“Cuando ustedes ven eso,
entonces hay claridad en la observación y en el aprender, lo cual es la acción
de la inteligencia. Al observar lo que es falso, las células del cerebro se
aquietan, y con ello la mente adquiere ‑sin esfuerzo alguno, de manera suave,
fácil y natural una calma extraordinaria. Y en ese silencio de la mente no
existe el tiempo. No es cuestión de preguntarse: ‘¿Puede la mente sostener o
conservar ese silencio, continuar en él?’ Esa pregunta es un deseo del
pensamiento que busca perseguir ese silencio como un placer.
“En ese silencio no
existen el observador ni la experiencia, sino sólo esa cualidad de completo y
total silencio. En ese silencio la puerta está abierta. Lo que hay más allá de
la puerta es indescriptible, no puede ponerse en palabras”.
En el verano de 1.971 yo
me encontraba en los Estados Unidos. Una vez finalizadas mis tareas oficiales,
pasé un periodo de vacaciones con mi hija en California. Ella me habló de una
conferencia muy inusual a la que había asistido en Toronto. El orador era Ivan
Illich. Este había sido ordenado sacerdote jesuita, pasando varios años en
América del Sur. Habiendo surgido diferencias entre él y la iglesia de Roma,
después de grandes afanes abandonó el sacerdocio jesuita y se estableció en
Cuernavaca, México. Allí, según explicó más tarde en la India, fundó un centro,
un espacio vacío donde la gente pudiera reunirse.
Su conferencia de Toronto
había versado sobre “Una Sociedad sin Escuelas”, y Radhika me entregó una copia
del libro. Su originalidad e intensidad me intrigaron, y cuando regresé a la
India le di el libro a Indira Gandhi. Ella lo leyó, pensó que era pertinente
para la situación de la India, e hizo arreglos para invitar a Ivan Illich.
Tiempo después él me contó que había vacilado antes de responder a la
invitación gubernamental, pero que finalmente accedió. Teníamos una amiga
común, Dorothy Norman, e Ivan Illich me trajo una carta de presentación de
ella.
Vino él a cenar a mi casa
de Delhi a fines del otoño de 1.972, Tenía una presencia notable, y yo respondí
vehementemente al reto de sus palabras. Pronto simpatizamos y nos hicimos
amigos. Indira Gandhi me había pedido que ayudara a Illich a planear sus
programas de actividades, y yo sugerí que él visitara Rajghat y se entrevistara
con Krishnamurti.
El 27 de noviembre se
encontraba él en Rajghat. Se alojó en la habitación superior de la casa de
huéspedes; tenía enfrente el río Ganges en toda su majestad. Compartía las
comidas con Krishnaji, y la primera entrevista personal entre ambos tuvo lugar
por la tarde. Fue el encuentro germinal de dos mentes: Krishnaji, con una mente
observadora, vivaz, perceptiva, y la de Ivan Illich erudita, racional,
arraigada en las más finas tradiciones del pensamiento occidental y, no
obstante, dispuesta a escuchar. El río Ganges fue testigo del diálogo, tal como
había escuchado, a través de siglos, el sonido de voces que formulaban
preguntas, prestaban atención a las respuestas y repreguntaban.
Aunque las mentes de
Krishnaji e Illich fluían como dos corrientes distintas, se unían en su
compartida pasión por las transformaciones y por la necesidad de liberar al
hombre de toda ilusión.
Presenté a Illich y le
hablé a Krishnaji del juicio crítico que a aquel le merecía la sociedad
moderna, y de su interés en reestructurar la sociedad y las herramientas con
que ésta se manejaba. Krishnaji e Illich discutieron el caos y la corrupción
contemporánea en el mundo. Krishnaji escuchaba, tratando de establecer contacto
con el hombre más allá de las palabras. Al sentir que las mentes no se
conectaban, K señaló el río: “Allá está el Ganges. Fluye, y todos los seres
humanos son llevados por el flujo de la corriente y por cierto, el individuo es uno que se sale de la
corriente. La palabra ‘individuo’ significa uno que ‘no es divisible’, que no
está fragmentado, que es total”.
El río pronto iba a
convertirse en la cambiante metáfora alrededor de la cual se movería el diálogo;
las voces se reunían y volvían a separarse.
Illich también trataba de
establecer contacto y se movía cautelosamente en la nueva relación. Dijo que
había pasado algunas horas en la orilla del río observando a las personas que
se bañaban, que rezaban, que vivían en el mismo río bajo los ardientes ghats. Había presenciado cómo salían del
río para sentarse quietamente en sus márgenes, y percibió la resignación que
surgía entre ellas, una aceptación de que el río se las llevaría nuevamente un
día. Reflexionó sobre la moderna sociedad tecnológica de la cual la India se
estaba volviendo poco a poco una esclava, perdiendo así su contacto con la
vida; meditó sobre el penetrante sentimiento mundial de que la tecnología
podría reencauzar el río.
“Pero el río no puede ser
reencauzado”, dijo Krishnaji. “¿Acaso no serán las mismas aguas? Sólo hay una
acción posible para el ser humano a fin de salirse de la corriente, y es no
volverse nunca atrás ni formar otra corriente”. La respuesta de Illich fue
citar un poema mexicano escrito en estilo navajo, donde el primer verso se
repite a fin de que se medite sobre él:
Sólo
por un corto tiempo nos has prestado el uno al otro.
Porque
es cuando tú nos dibujas que adquirimos contorno.
Cuando
tú nos pintas tomamos forma.
Cuando
tú nos cantas, adquirimos voz.
Pero
sólo por un rato nos has prestado el uno al otro.
Porque
al igual que las líneas trazadas en cristalina obsidiana desaparecen
y el
color verde de las plumas del quetzalcoatal se desvanece,
y la
cascada se sumerge durante el verano ‑así nosotros
también
desaparecemos.
Sólo
por un corto tiempo nos has prestado el uno al otro.
En las orillas del Ganges,
Illich había presenciado una afirmación de la vida que, en su sentir, no podía
recrearse en términos modernos. Había percibido el peso y la profundidad y la
raigambre de una civilización cuyo símbolo era el río.
Illich experimentaba una
gran angustia por la pérdida de las antiguas tradiciones. El hombre moderno, el
hombre industrial cuyos valores se habían institucionalizado, sentía que las
personas podían ser sacadas de la vieja corriente e insertadas en una corriente
nueva. Pero la corriente en la que se esperaba colocar a las personas, carecía
de vida. Era ilusoria y abstracta. Esa era la gran corrupción. Illich habló
acerca de la educación moderna que trataba de crear una conciencia nueva, la
ilusión de que uno puede salirse del río de la tradición para crear una nueva
clase de corriente; una corriente que daría origen a una nueva humanidad.
Para Krishnaji, el río
simbolizaba todas las tradiciones, tanto las modernas como las antiguas. Para
él las tradiciones, por nobles o antiguas que fueran, condicionaban al hombre.
“Si yo tuviera un hijo ‑porque siento que ellos son mis hijos, en Inglaterra,
en Francia o aquí me sentiría responsable por ayudarles a salirse de estas dos
corrientes, o de aquellas que aparentemente corren paralelas entre sí”. ¿No era
necesario preguntó que los jóvenes se liberaran de todas las corrientes?
Krishnaji e Illich compartían
el sentimiento de que la compasión era esencial, y que ésta no requería que la
gente se transformara en “esto o aquello”. Illich había percibido las hondas
raíces de las mujeres indias, y aludió a eso, al peligro que implicaba para
ellas perder contacto con la tradición y la vida. El se sentía agradecido por
sus propias raíces hundidas en ciertas tradiciones. No quería renunciar a la
gran ayuda y a la disciplina que las tradiciones suelen darnos a veces.
Sin embargo, para
Krishnaji toda disciplina o control eran violencia. Sólo cuando el hombre se
siente responsable, es libre, compasivo. La libertad y la compasión son una
sola cosa. “Por los últimos cincuenta años, hemos tratado de ver si unos pocos
pueden salirse de la corriente, salirse sin motivo alguno”. Habló de un
aprender que crea su propio impulso, y que es el factor esencial para liberar
la mente.
En la orilla del río un
perro había empezado a ladrar, y los sonidos del mundo exterior de Varanasi
penetraron en la habitación.
Krishnaji desarrolló el
tema de la compasión. Le preguntó a Illich si veía que la libertad, la
compasión y un sentimiento de no pertenecer a cosa alguna, marchaban juntos.
Illich dijo que sí, porque el pertenecer a esto o aquello le daba a la gente
una sensación de poder; no pertenecer a nada implicaba falta de poder. Según
Krishnaji, al pertenecer a algo la gente tenía la idea de estar cambiando,
produciendo, actuando. “¿Puede uno decir; ‘no pertenezcamos a nada’, y ver qué
ocurre? La mayoría de las personas son católicas, budistas, hindúes, etc., y la
tradición que eso implica las destruye”. Illich discutió la posibilidad de
establecer distritos, comunidades que estuvieran fuera de la corriente; pero
ambos estuvieron de acuerdo en que, históricamente, tales comunidades no habían
funcionado. Krishnaji habló de las cosas terribles que estaban ocurriendo en el
mundo. Preguntó: “¿Qué podemos hacer?” Illich sentía que posiblemente eso era
porque lo selecto del mundo vivía con la creencia en lo ‘mejor’ ‑mejor
educación, mejor salud. Para él, el concepto de lo ‘mejor’ era una fabricación
de la conciencia.
“Vea, señor”, dijo
Krishnaji, “somos seres de segunda mano ‑todo conocimiento es de segunda mano.
Estar libre de esa condición de ‘segunda mano’, implica no pertenecer a nada
no acumular conocimientos”
Illich preguntó si no
acumular conocimientos significaba la experiencia instantánea. Krishnaji
descartó la experiencia. Para él, la experiencia era algo peligroso. “Cuando la
mente está por completo despierta, ¿para qué necesita uno la experiencia? Todo
el mundo se interesa en experimentar en adquirir conocimientos, en estar metido
dentro de la corriente y así pertenecer a algo”.
Pero Illich se sentía
comprometido con las pequeñas corrientes, esas ricas tradiciones que habían
dado forma a la vida humana, formas que si se les permitía “convertirse en
dioses o jerarquías” podían ser tan destructivas como las otras corrientes
destructivas. En ese sentido de pertenecer, estaba él dispuesto a ser “de
segunda mano”. Sin embargo, sentía la responsabilidad de ayudar a la gente a
que tuviera espíritu crítico, y le avergonzaba declarar que tenía raíces en
esas pequeñas tradiciones ‑aun cuando ello implicara ser parcialmente de
segunda mano.
“Espere, espere”, dijo
Krishnaji. “Vayamos despacio. Uno pertenece a algo porque, en sí mismo, está
solo, atemorizado. Todo el fenómeno psicológico que se desarrolla internamente,
bajo la piel, nos hace pertenecer a algo a la gran corriente, a la corriente
pequeña o al último ashram (al último
gurú). ¿Entiende? Nos volvemos hacia la iglesia, o hacia el budismo o hacia lo
que fuere. Es sólo cuando uno ve esto internamente, cuando lo ve con claridad,
que ya no pertenece a nada y, por lo tanto, ha rechazado todas las cosas que el
hombre ha producido ‑fórmulas, ideación, conceptos, creencias porque todas
forman parte de la corriente”.
Krishnaji volvió a lo que
para él era el problema central. “Tiene que haber una correcta percepción. A mí
me gustaría decirle a la gente, ‘Miren, sólo miren, no arguyan, no traduzcan,
no digan esto está bien, aquello está mal. No pregunten: ¿Cómo viviré si no
pertenezco a nada? ‑miren con ojos incorruptos’”.
La preocupación de Illich
consistía en mostrarle a la gente lo que ésta no podía hacer. Para Krishnaji,
el saber qué cosa no hacer, era hacer
lo correcto.
Illich percibió esto
instantáneamente. Había comenzado un movimiento nuevo. Sentía la
responsabilidad de traducir en términos extremadamente lúcidos lo que ellos
estaban discutiendo, convertirlo en conocimiento concreto. Para Krishnaji eso
venía después. Primero era necesario no pertenecer a ninguna sociedad, a
ninguna nación. La mente tenía que desenredarse a sí misma. Tenía que estar
libre a fin de mirar, de ver; y esa libertad era acción. El ver mismo era la
acción.
Krishnaji dijo que el
nacionalismo divide al hombre. Pero la respuesta de Illich a esto fue
igualmente intensa. Puso énfasis otra vez en la necesidad de tener raíces, lo
cual implicaba mucho más que estar retenido en el nacionalismo. Krishnaji
respondió que él también tenía raíces, puesto que había nacido en la India,
dentro del redil brahmínico. Esas raíces, que podían tener muchos miles de años
de antigüedad, eran su condicionamiento, pero en tanto la mente estuviera de
ese modo condicionada, no era libre. El pasado como pensamiento o sea, el
conocimiento era lo que en esencia dividía al hombre. “Si yo quiero vivir en
paz con usted, el pensamiento tiene que cesar. Aquello en que tengo mis raíces,
impide mi relación con usted”.
Para Krishnaji, era
indispensable la observación sin la intromisión del pensamiento; sólo eso era
acción total. Illich expresó que había comenzado a comprender. Existía un
problema de lenguaje. Pero para él el peligro estaba en que la generación más
joven había perdido la capacidad de distinguir lo falso y así negarlo.
Reuniendo los hilos de la
discusión y respondiendo al interés de Illich por las raíces, Krishnaji dijo:
“Cuando me salgo de esa corriente, no estoy fragmentado, no soy contradictorio,
soy total... y lo total no tiene raíces”.
Illich sentía la intensa
necesidad de tener raíces y no estaba dispuesto a abandonarlas.
Krishnaji sentía que sin
una solución de este problema central, no podía haber un florecimiento del
hombre. Y el florecimiento tenía que
producirse. En el sentir de Illich había poca esperanza de resolver el problema
central. El estaba dispuesto a aceptar la vida y la muerte con una cierta falta
de perfección. Krishnaji e Illich habían llegado a una encrucijada.
Para Krishnaji, la
respuesta de Illich era insuficiente. De pronto empezó a hablar de la cuestión
fundamental, que era la terminación del sufrimiento. El no podía visualizar la
vida con el sentido de un sufrimiento perpetuo.
Para Illich, el
sufrimiento tenía que aceptarse. “¿Por qué”, preguntó Krishnaji, “deben los
seres humanos sufrir psicológicamente?”
“Porque Dios lo ha
aceptado”, dijo Illich.
Krishnaji se mostraba
despiadado en su inquirir. “¿Por qué debe sufrir el hombre?” Aceptar
psicológicamente el sufrimiento, era para el hombre la esencia de su
ignorancia. ¿Por qué deben sufrir los seres humanos? ¿Debido a que son
ignorantes? ¿Porque viven en conflicto? ¿Porque son contradictorios en sí
mismos?
Illich era igualmente
apasionado. Dijo que él creía que el sufrimiento era la condición misma del ser
humano.
“Ah, de eso se trata,”
respondió Krishnaji.
Illich sentía la necesidad
de reconocer su condicionamiento de una manera plena, lúcida y sensible, y de
ser moldeado por este condicionamiento. Pero Krishnaji rehusaba aceptar que el
dolor fuera esencial para la condición humana.
Las dos mentes estaban
frente a frente. Illich preguntó: “¿Qué significa entonces la compasión?” Como
un torrente llegó la respuesta: “Compasión significa pasión por todo; el amor,
señor, no sufre”.
Se separaron. Mientras
caminábamos en silencio hacia su habitación, Illich arrancó una flor de jazmín
y me la entregó. Fue un gesto elocuente. Al otro día Illich se encontró otra
vez con Krishnaji, pero yo no asistí a la entrevista.