Capítulo
XXXIX
“LA
NATURALEZA DE DIOS”
A principios de 1.981, Indira Gandhi me pidió que asumiera la
presidencia del Comité Asesor fundado para organizar las celebraciones del
Festival de la India en Inglaterra. (El Festival de celebraciones de la India,
organizado por el gobierno de la India, era una importante manifestación
cultural que incluía danza, música, teatro, exhibiciones de las artes clásicas
y rurales, y de la vida, ciencia y tecnología, a través de expresiones
callejeras, seminarios, películas, etcétera). En
conexión con esto, visité Inglaterra en mayo. Cuando hube terminado mi labor
oficial, fui a Brockwood Park para encontrarme con Krishnaji. Le pregunté si
podíamos continuar nuestros diálogos y accedió. En la primera tarde discutimos
“la naturaleza de Dios”. Estuvieron presentes unos pocos miembros de la Escuela
de Brockwood Park.
Le pregunté si era posible inquirir en la naturaleza “de aquello que,
llámese Dios, llámese creación, es la base del Ser”.
“Pienso que es posible”, respondió K, “si uno puede liberar la mente de
toda creencia ‑de toda aceptación tradicional de la palabra ‘Dios’ y de las
implicaciones y consecuencias de esa palabra. ¿Pueden el cerebro y la mente
estar completamente libres para investigar aquello que los judíos llaman ‘lo
Innominado’, los hindúes ‘el Brahman’, el ‘Principio Supremo’? Todo el mundo
cree en la palabra ‘Dios’. ¿Podemos descartar todas las creencias? Sólo
entonces es posible investigar”.
“Pero ‘Dios’ es una palabra en la que hay un gran depósito de contenido.
Por lo tanto, cuando la mente dice que está libre de la creencia, ¿qué quiere
decir exactamente?”, pregunté.
“Los seres humanos dicen que creen en Dios”, contestó K. “Dios es
omnipotente y omnipresente, existe en todas las cosas. Hay una aceptación
tradicional de esa palabra con todo su contenido. ¿Puede uno librarse del
millón de años de esta tradición ‑estar, tanto consciente como
inconscientemente, libre de esa palabra?”
“En un nivel”, dije, “es posible decir que uno está libre. Si usted fuera
a preguntarme si creo en Dios, si realmente creo en Krishna, Rama o Shiva, le
diría que no. Pero ése no es el final de la cosa”.
“No”, dijo K.
Continué: “Hay un sentimiento de que Dios está más allá de todas las
palabras, que se integra con el hecho de la vida misma. Antes de penetrar en
los orígenes de esa palabra, tengo que inquirir en el estado de mi mente que
dice que ha excluido las creencias externas, porque existe la sensación de que
sin ‘aquello’ nada podría existir. Aquello es la base de todo”.
“¿Discutiremos la base desde la cual todo se origina?” preguntó K.
“¿Cómo descubre uno? Sólo es posible descubrir cuando hay completa libertad
interna, de otro modo es imposible. Nuestra conciencia está muy cargada, muy
atestada”.
Pregunté: “¿Hay una posibilidad del ser en la cual esté excluido todo
movimiento como creencia, en la cual sea negada cualquier creencia en un Dios
particular?”
“¿La niega uno verbalmente, o la niega profundamente, en la raíz misma
del ser? ¿Puede uno decir, ‘no sé nada’, y detenerse ahí?”, preguntó K.
“Yo no puedo decir que no sé nada”, contesté. “Pero puedo decir que el
movimiento de la creencia en un Dios particular no aparece en mi mente. Por lo
tanto, no hay nada externo que deba negar como creencia. Pero todavía no
conozco el estado de ‘nada sé’, que es un estado muy diferente del movimiento
externo como creencia”.
“¿Cómo ha de proceder uno?” preguntó Krishnaji. ¿Podríamos negar por
completo todo el proceso del conocimiento? ¿Negarlo todo, excepto el conocimiento
necesario para manejar un automóvil, etc., y todo el conocimiento tecnológico?
¿Podríamos negar el sentimiento de que ‘uno sabe’? ¿Negar toda la experiencia
acumulada del hombre, que dice que hay Dios, o que ha habido profetas y
videntes, o seres que han dicho que Dios no existe? ¿Podemos negar todo el
conocimiento?”
“Uno ha comprendido el modo de negar el movimiento que emerge”, dije.
“¿Quiere usted decir el movimiento del pensar que emerge como
creencia?”, preguntó K.
“Sí, pero las profundidades, lo que duerme, los millones de años que
forman la matriz del ser... ¿cómo alcanza uno eso?”
“¿Podríamos empezar investigando, no si hay Dios, sino preguntándonos de
qué modo la mente humana ha trabajado esforzándose en el devenir? El devenir no
sólo externo, sino el interno. Un devenir que se basa en el conocimiento, en el
movimiento constante y en ascenso ‑el movimiento de llegar a ser ‘alguien’”. K
estaba penetrando en las profundidades de la pregunta.
“¿Están ambas cosas relacionadas? Empezamos con una investigación en la
naturaleza de Dios y ahora hablamos de la matriz y el devenir. ¿Están ambos
hechos relacionados?”
“¿Acaso no están relacionados?”, preguntó K. “Pienso que lo están.
Veámoslo. Puedo estar equivocado. Mi ser se basa esencialmente en lo que he
comprendido, no verbalmente, sino que hay en mí un sentimiento de que existe
algo inmenso, increíblemente inmenso. Estoy alerta a esa parte de mi ser, a ese
conocimiento, a esa tradición que es la matriz, el suelo sobre el que está uno
parado. Mientras eso está ahí, uno no es realmente libre. ¿Podemos investigar
eso?”
“Señor”, dijo Mary Zimbalist, “existe una herencia de eso en cada vida
humana. ¿Es ello diferente del instinto humano al cual la herencia se apega?
¿Es sólo la herencia la que se transmite, o hay un movimiento profundo que es
innato a la mente humana, aparte de todas las influencias?”
“¿Pregunta usted si esto es inherente en el hombre?”, quiso saber K.
“¿Hay inherente en cada ser humano un movimiento hacia algún ser
desconocido que todos buscan? ¿Algo que está más allá de lo que a uno le han
enseñado, más allá de lo que uno recibe de su herencia?”, preguntó ella.
“¿Es algo genético?”, preguntó otro.
“La genética involucra al tiempo y al movimiento de crecer ‑la
evolución. Ahora bien, ¿puede uno estar vacío de todo eso, de la acumulación
de un millón de años? Hablo de lo que se encuentra arraigado en lo más
profundo, de algo inconsciente; las cosas profundas son siempre así. Pienso que
si queremos investigar, también de eso tenemos que desprendernos”, dijo K.
“¿Puede uno llegar hasta el final de la mente inconsciente?”, pregunté.
“¿Es acaso posible que eso se termine sin que lo inconsciente haya sido
expuesto? ¿Cómo experimenta uno aquello que no puede formular? ¿Aquello que
está más allá de todas las particularidades propias del conocimiento de
cualquier persona?”
“¿No siente usted, no percibe en esta pregunta, que tiene que haber una
completa negación de todas las cosas?”, preguntó K.
“Yo concibo la negación de todo lo que surge en el cerebro. ¿Pero puede
uno negar las capas del inconsciente, el suelo mismo sobre el que estamos
parados? Tal vez planteo la pregunta equivocada. Tal vez nunca puede haber una
negación de eso. ¿Cómo podría uno negar eso?” Yo trataba de entender.
“Espere un momento. El hombre ha tratado por diversos medios de dar con
esto. Ha ayunado, se ha torturado a sí mismo, pero siempre sigue anclado en
algo”.
“Sí”.
“Uno puede librarse de las anclas de muchas cosas. ¿Puede uno estar
libre de la pregunta?” preguntó Mary.
“Oh, sí, oh, sí”, respondió K.
“¿Entonces cómo puede Pupul formular la pregunta?”, quiso saber Mary.
“No”, dijo K. “Ese es todo el punto. ¿Puede uno, en primer lugar, hacer
esto? ¿Es posible estar así, totalmente, ‘sin movimiento’? De lo contrario, el
movimiento es tiempo, pensamiento y todo eso. En esto están envueltas cosas muy
complicadas. Ante todo, ¿por qué queremos descubrir el significado de Dios, el
significado que hay detrás de todo esto?”
Contesté
yo: “Hay una parte de nosotros que todavía sigue buscando”.
“Sí, de eso se trata. Nunca decimos ‘no sé’”. Hizo una pausa. “Pienso
que ésa es una de nuestras dificultades. Todos queremos ‘saber’ ‑lo cual
implica poner a Dios en el mirador del conocimiento”.
“Vea, señor, en el escuchar del oído, en el ver del ojo ‑en la palabra
pronunciada ¿no está todo el contenido de lo que es Dios? ¿No es necesario
extirpar esta matriz?”, pregunté.
“¿Usted puede extirpar la matriz?”, preguntó K.
“No lo sé”.
“Cuando usa la palabra ‘matriz’, ¿qué quiere decir con eso?”
“Sólo sé que más allá de todos los horizontes de mi mente, de las
creencias obvias, hay en mí profundidades y profundidades. Usted usa en alguna
parte una frase muy significativa: ‘jugar con lo profundo’. Por lo tanto,
también usted señala la existencia de profundidades que están más allá de lo
que emerge en la superficie. ¿Se encuentra esta profundidad dentro de la
matriz?”, pregunté.
“No, no ‑no puede estarlo”, dijo K. “Por eso es que pregunto por qué
queremos descubrir si hay algo más allá de todo esto”.
“Porque, Krishnaji, no puedo hacer nada con respecto a la matriz”, dije.
“Me pregunto a qué llama usted la matriz”, insistió K.
“Esta profundidad que no puedo traer a la superficie, a la luz diurna de
la conciencia, de la percepción, de la atención. Esta profundidad que no entra
en la esfera de acción de mis ojos y oídos, pero que no obstante está ahí. Sé
que está ahí. Es mi propio ser. No pudiendo verla, tocarla, tengo la sensación
de que si escucho correctamente la verdad...” Yo trataba de comunicar algo.
“Investiguémoslo. ¿Es esa profundidad si puedo usar esa palabra por el
momento es esa profundidad mensurable?”, preguntó K.
“No”, contesté.
“Entonces, ¿por qué usa la palabra ‘profundidad’? La profundidad implica
lo mensurable”. “Uso la palabra profundidad con el significado de algo que está
más allá de mi conocimiento. Vea, si está dentro de los límites de mi
horizonte, si es accesible para mis sentidos, entonces es mensurable. Pero si
no es asequible, nada puedo hacer al respecto. No tengo los instrumentos para
alcanzar eso”.
“¿Cómo sabe usted que esta profundidad existe? ¿No es imaginación? ¿La
conoce como una experiencia?”
“Sí”.
“¡Ah! Sea cauta, sea muy cauta”.
“El problema es que si digo sí, es una trampa, y si digo no, es una
trampa”.
“Perdóneme, Pupulji, pero necesito tener muy en claro que ambos
entendemos el significado de nuestras palabras”.
“Ciertamente, señor. Una palabra puede ser dicha desde la mente
superficial, y puede ser dicha con un gran peso significativo tras ella. Yo
digo que este suelo psicológico contiene toda la historia del hombre. Tiene
gran peso y profundidad. ¿No puedo investigarlo sin que usted me pregunte si es
imaginación mía? ¿Acaso no puede usted sentir esa profundidad?”
“Comprendo, Pupulji, pero vea...” Hizo una pausa. “Y esa profundidad...
¿es la profundidad del silencio? Lo cual implica que la mente, el cerebro, está
totalmente silencioso ‑no algo que viene y va”.
“¿Cómo puedo responder a eso?”
“Pienso que uno puede hacerlo ‑si no hay sentido alguno de apego a
ello. Si no involucra de ningún modo a la memoria. Pupulji, comencemos de
nuevo. Todo el mundo cree en Dios. En Ceilán se mostraron muy perturbados
cuando dije que la palabra ‘Dios’ ha sido creada por el pensamiento. ¿Recuerda?
Todo el mundo cree en Dios. Desafortunadamente, yo no sé qué es Dios.
Probablemente nunca lo descubriré”. Calló. Después dijo: “Y no me interesa
descubrirlo. Pero lo que sí me concierne descubrir es sí la mente, el cerebro,
puede estar total y completamente libre del conocimiento acumulado, de la
experiencia. Porque si no lo está, funcionará siempre dentro de su propio
campo, expandíéndose-contrayéndose, verticalmente, horizontalmente, pero
siempre dentro de esa área. No importa cuánto acumula uno, ello siempre estará
dentro de esa área. Y si la mente se mueve desde esa área y dice: ‘Debo
descubrir’, entonces continúa llevando consigo el mismo movimiento. ¿Me expreso
claramente?” Había grandes pausas entre las palabras dé K.
Continuó: “De modo que mi interés está en descubrir si el cerebro, la
mente, puede estar completamente libre de la contaminación del conocimiento.
Para mí, eso es tremendamente importante, porque si no lo está, jamás se
hallará fuera de esa área, jamás”.
“Usted habla de cualquier movimiento de la mente ‑cualquier
movimiento”.
“Sí. Cualquier movimiento desde esa área implica encontrar que el
cerebro continúa anclado en el conocimiento y busca más conocimiento acerca de
Dios. Digo, pues, que mi interés está en descubrir si el cerebro es capaz de
estar completamente inmóvil. Cuando usted plantea un interrogante de ese tipo,
o bien dice, ‘no es posible’ o dice, ‘es posible’. Pero si niega tanto la posibilidad
como la imposibilidad de ello, ¿qué es lo que queda? ¿Entiende? ¿Puede tener
una percepción, profundidad de percepción en el proceso del conocimiento, de
modo que esa percepción instantánea detenga el movimiento? No ‘yo que detengo
el movimiento’ ni ‘el cerebro que detiene el movimiento’. Entonces eso es la
terminación del conocimiento y el comienzo de algo diferente. Por eso estoy
interesado sólo en la terminación del conocimiento lúcidamente,
profundamente. Existe este inmenso sentido de unidad que adviene, una unidad
armónica; pero si eso es fingido, entonces no tiene significación alguna, uno
se perpetúa a sí mismo ¿correcto?” Hizo una nueva pausa, escuchando.
“El ‘yo’ es la esencia del conocimiento”, continuó. “Yo dudo de todo
cuanto el hombre ha producido, dudo incluso de mí mismo. Esa es una actitud muy
purificadora. Por lo tanto, comenzamos con el extraordinario sentimiento de no
saber nada. Si pudiéramos decir, ‘no sé nada’, decirlo en el más profundo
sentido de la palabra, entonces eso está ahí, no tenemos que hacer nada al
respecto”.
Krishnaji me propuso un reto: “Vea, Pupulji, suponga que esta persona no
estuviera aquí. ¿Cómo encararía usted este problema? ¿Cómo abordaría esta
cuestión de Dios, de la creencia? ¿Cómo la abordaría realmente, sin ninguna
referencia a nadie?”
“Sí, hacer eso aún es posible”, respondí.
“Movámonos desde ahí. Cada uno de nosotros es totalmente responsable. No
nos referimos a las autoridades del pasado o a los santos. Cada uno de nosotros
tiene la responsabilidad de contestar esta pregunta. Usted tiene que responder
a ella”.
“¿Por qué debo yo responder a ella?”, pregunté.
“Le diré por qué. Usted es parte de la humanidad, y la humanidad está
formulando esta pregunta. Todos los santos, todos los filósofos, todos los
seres humanos, en alguna parte de sus profundidades, están formulando esta
pregunta”.
“Señor, ¿no es esta pregunta, en cierto sentido, una pregunta
equivocada?”, preguntó Mary.
“Dije eso. Pero usted tiene que responder a ella sin ninguna referencia
a lo que se haya dicho en un sentido u otro. Yo vengo a usted con estas
preguntas. Se las formulo a usted como ser humano. Para mí, estas preguntas son
inmensamente importantes”.
“Intervine en el diálogo: “¿Puedo preguntar algo? ¿Cómo toma uno una
pregunta como ésta y la deja en la conciencia?”
“Pupulji, o bien usted nunca ha pensado en ello, o lo ha hecho y ha
reunido una tremenda información de los libros ‑puede que ésta sea la primera
vez que se enfrenta a esta pregunta. Vaya despacio, vaya despacio”.
“Usted tiene un modo de tomar una pregunta, de formularla, y después,
sin ningún movimiento de la mente, permanecer con ella”. Yo rehusaba ser
desviada de mi posición.
“Si, eso sería correcto”.
“Y eso es lo que quiero saber. Uno formula la pregunta y existe un
movimiento de la mente hacia ella. Con usted, cuando se plantea una pregunta
semejante, no hay ningún movimiento de la mente hacia esa pregunta”.
“Es verdad. ¿Y quiere saber, entonces, cómo lograr eso?”, preguntó K.
“Se que no puedo lograrlo”, dije.
“No. Usted está en lo correcto al preguntar eso”. Se dirigió a todos:
“¿Comprenden lo que Pupulji dijo? Háganlo, háganlo. Yo les formulo esa pregunta
a ustedes como seres humanos, y los seres humanos se han formulado estas
preguntas por un millón de años. Vengo a ustedes y planteo esta pregunta ‑¿están
prontos para contestarla o permanecen quietamente con la pregunta?
Conténganla, ¿comprenden? Y de ese mismo contenerla sin reacción alguna, sin
ninguna réplica, llega la respuesta. ¿De acuerdo?”
“¿Podría usted decirnos algo sobre ese ‘contener’?”, preguntó Scott
Forbes, miembro del cuerpo docente en la Escuela de Brockwood Park.
“Una copa contiene agua. Un estanque es un receptáculo que contiene
agua; un contener sin ninguna onda, sin ningún motivo o movimiento, sin sentido
alguno de intentar obtener una respuesta”.
“Señor”, dijo Mary, “con la mayoría de nosotros ocurre que podemos no
tratar de encontrar una respuesta; podemos primero permanecer quietamente con
una pregunta no respondida, pero tarde o temprano llega una respuesta que puede
provenir de los profundos pozos del inconsciente, y el contenido de los pozos
sube para llenar ese espacio”.
“Lo sé. Ahora espere un momento. Yo le formulo una pregunta: ‘¿Cree
usted en Dios?’ Le estoy preguntando eso. ¿Dice usted que no sabe, que no cree,
o dice que puede ser que exista? Sin decir nada al respecto, ¿puede observar la
pregunta? ¿Puede? Si uno le hiciera la pregunta a un devoto cristiano,
inmediatamente diría: ‘¡Por supuesto que creo en Dios!’ Si uno fuera a la India
a preguntarlo, habría inmediatamente una reacción. Es como presionar un botón.
En cuanto a mí, no sé realmente si Dios existe o no”.
“En ese contener la pregunta, ¿no hay un inquirir?”, Scott habló
nuevamente.
“Vea, a menos que usted comprenda esto, puede llevarlo a muchos
malentendidos. Señor, las computadoras pueden ser programadas, por diez
profesores diferentes, con una gran cantidad de conocimientos. Estos pueden contener
una información tremenda. Nuestro cerebro se ha adiestrado de ese modo; ha sido
programado por miles de años, y ese cerebro responde inmediatamente a una
pregunta. Si el cerebro no está programado, observa, está alerta. ¿Pueden,
entonces, nuestros cerebros no estar programados?”
“Pero esta actividad de estar alerta, ¿no es el contener de que
hablábamos? ¿Puede usted decir algo acerca de ese contener la pregunta?”,
continuó Scott.
“Dígalo usted”. K apremiaba.
“No tengo nada que decir”.
“Empuje, empuje”, dijo K.
“Como la copa contiene el agua, o la tierra contiene el estanque, ¿hay
‘algo’ que contiene, como la copa y la tierra?”
“No. Pupulji me formuló una pregunta. Usted recibió esa pregunta. ¿Cuál
fue su respuesta?”
“¿Cuál pregunta, señor?”, dijo Scott”.
Acerca de lo profundo ‑capa tras capa, desde lo profundo, el suelo
psicológico. Ahora bien, ¿cuál fue su reacción a eso?”
“Vea, señor”, intervine, “cuando normalmente se formula una pregunta, es
como granos de azúcar que uno deja caer en el suelo ‑las hormigas acuden desde
todas partes a ellos. Es lo mismo con la mente; cuando se formula una
pregunta, hay movimientos, respuestas que despiertan y acuden hacia la
pregunta. El interrogante es, entonces, si la pregunta puede formularse sin que
se produzcan estos movimientos”.
“Sin las hormigas, sí. Me dijeron que cuando el cerebro no está operando
‑cuando está quieto tiene un movimiento que le es propio. Hablamos del cerebro
que está en movimiento constante y cuya energía es el pensamiento. ¿Es el
pensamiento el problema? ¿Cómo abordará usted esta pregunta? ¿Puede cuestionar
completamente el pensamiento? No lo complique, le estoy formulando una
pregunta. No la conteste inmediatamente. Obsérvela, conténgala. Esto no es un
examen. ¿Puede uno tener una mente capaz de no reaccionar inmediatamente a una
pregunta? ¿Puede haber una acción retardada, tal vez un contener la pregunta
indefinidamente?
“Volvamos atrás, Pupulji. ¿Existe un estado de la mente que se halle
fuera del tiempo? ¿Es ése un estado de meditación profunda? Una meditación en
que no hay impulso alguno de logro, nada. Esa puede ser la base, el origen de
todas las cosas, un estado en que el meditador no existe”.
“¿Puedo hacer una pregunta? ¿El meditador no es la base?”
“Obviamente no”.
“¿Puede existir la base sin el meditador?”
“Si el meditador está ahí, la base no está”.
“Pero sin el meditador, ¿puede haber meditación?”, pregunté.
“Hablo de la meditación sin meditador”.
“La meditación es un proceso humano”, dije.
“No”, respondió K.
“Investiguemos esto si es posible. La meditación no puede estar exenta
del ser individual. No puede haber meditación sin un meditador. Lo que usted
puede decir es que el meditador no es la base”.
“No, espere un momento. En tanto yo trate de meditar, la meditación no
existe”, dijo K.
“De acuerdo”, dije.
“Por lo tanto, sólo existe un cerebro, una mente que se halla en estado
de meditación”.
“Si”.
“Entonces ésa es la base. El Universo se halla en estado de meditación,
y ésa es la base, es el origen de todas las cosas. Eso sólo es posible cuando
no hay un meditador”.
“Y eso sólo es posible cuando no hay anclas”.
“Absolutamente. En eso existe una libertad absoluta respecto del dolor.
Ese estado de meditación llega con la completa terminación del yo. El comenzar
puede que sea el proceso eterno e1 comenzar, un eterno comenzar. ¿Cómo es
esto posible? ¿Es de algún modo posible para un cerebro, para un ser humano
estar así, completa y totalmente libre del meditador? Entonces no es cuestión
de si Dios existe o no existe. Entonces esa meditación es la meditación del
Universo”. Hizo una pausa.
“¿Es posible estar así, completamente libre? Formulo la pregunta. No
contesten, contengan esa pregunta dentro de ustedes. ¿Saben lo que quiero
decir? Déjenla operar. En el acto de contenerla, la energía se acumula, y es
esa energía la que actuará, no serán ustedes los que estén actuando.
¿Comprenden?” Después de una larga pausa, Krishnaji dijo: “Bien, ¿han
comprendido la naturaleza de Dios?”