domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXI “LA MENTE QUE INVESTIGA EN LAS PROFUNDIDADES DE SÍ MISMA....




Capítulo XXI
“LA MENTE QUE INVESTIGA EN LAS
PROFUNDIDADES DE SÍ MISMA, EMPRENDE
UN PEREGRINAJE DEL CUAL NO HAY RETORNO”.

   Krishnaji regresó de Occidente en el otoño de 1960, habiendo sentido cómo se liberaban las energías volcánicas en la nueva mente científica y tecnológica. Con el ojo de la profecía, Krishnaji miraba en los años por venir. Percibía el acelerado paso del cambio que se produciría con la revelación de los misterios de la naturaleza, y con la invención de herramientas y sistemas que transformarían la sociedad y el ambiente generando presiones enormes sobre la humanidad. También parecía percibir un rápido giro hacia el caos y la violencia.
   Madhavachari había venido para recibirle en Nueva Delhi y estaba parando conmigo. En las tardes íbamos con Krishnaji al Parque Buda Jayanti, que a él tanto le gustaba, y caminábamos entre piedras, árboles y arbustos. Una tarde, comenzó a hablar de la naturaleza de la creación, del pensar negativo como fuente de creación”.
   La creación sólo puede existir cuando la mente se halla por completo vacía; todo lo que nace de esa vacuidad implica un pensar negativo. No tiene raíz ni causa”.
   Investigo un estado en el que se derrumbaban las fronteras de la mente, de modo tal que en ese estado no había yo, no había centro y no había circunferencia. “Casi ninguno de nosotros ha viajado jamás dentro de sí mismo”. Dijo: “Nunca miramos sin calcular”, y habló de la inteligencia como la herramienta de la investigación.
   En enero de 1961 Krishnaji fue a Bombay, donde ofreció diez pláticas y sostuvo diálogos con pequeños grupos. Como la agitación de los océanos de la mente en el mito arcaico de la creación, surgían joyas de lúcido discernimiento. Con inmensa pasión, Krishnaji dijo: “El mundo se está convirtiendo en algo completamente nuevo. Están conquistando el espacio, las máquinas se hacen cargo de todo, cunden las tiranías”. Percibiendo las limitaciones de las mentes que escuchaban sus palabras, y la incapacidad de las mismas para abarcar la enormidad de los vientos del cambio, la creciente inhumanidad e insensibilidad, Krishnaji buscaba el modo de comunicar la urgencia que sentía.
   “Algo nuevo está ocurriendo de lo cual no nos damos cuenta... Ustedes no advierten el movimiento, la significación, el flujo, la cualidad dinámica de este cambio. Pensamos que tenemos tiempo... No hay tiempo... la casa está ardiendo”1.
   “Viajando alrededor del país [en la India]”, observó él una espantosa muerte de la integridad humana. Habló con vehemencia de la imperiosa necesidad de una mente nueva, “una buena mente que contenga piedad, afecto, compasión. La mente vieja ya no puede habérselas con los retos que son tan intrincados, tan sutiles, tan extensos”. Se requería una nueva clase de investigación. “¿Puede uno borrarlo todo y empezar de nuevo?”
   “¿Cómo investigan ustedes?”, preguntó. Para él había tres modos: “Es posible, no es posible, y puede ser posible”. Las primeras dos respuestas ponen fin a la investigación, porque están limitadas por sus certidumbres y así están contenidas en el tiempo. Es sólo con un sondeo tentativo en “lo que puede ser posible” que se revela la verdadera investigación. En sus pláticas, en las discusiones, en la mesa del desayuno y del almuerzo, hablaba una y otra vez de la necesidad de una mente nueva; una mente que sólo podría surgir “del vacío, de la completa negación, en un estado de revolución, cuando la mente está por completo sola”.
   Habló de la exploración como de un percatarse negativo, en el cual había percepción sin registro; un estado de puro ver, sin opinión, sin juicio ni conclusión alguna. Alejándose de la observación e indagación ‘paso a paso’ de los años 50, exploraba la mente nueva con su capacidad de abarcar lo total; esto era posible sólo “cuando la mente no se interesa en lo particular; entonces, comprendiendo lo total, puede jugar con lo particular.
   “Uno tiene que ver tanto internamente como externamente. Ese ver genera una energía extraordinaria. En ese ver hay una percepción inteligente que no es externa o interna, sino que constituye realmente un único movimiento continuo. Es la marea que va y la marea que vuelve. “Viendo que sus oyentes estaban perplejos, dijo: “El tiempo impide la percepción. Una mente que piensa en la distancia como espacio de aquí hasta allá, como devenir, como logro, una mente así no puede ver una cosa en totalidad”.
   El inquiría dentro de la ‘mente’ descubriendo percepciones de lo ‘nuevo’, como observó: “La cualidad de ir más allá de uno mismo pertenece a la mente nueva que se halla libre del tiempo ‑el tiempo como proceso psicológico interno­. El tiempo de la psique produce temor y así limita el caudal. Para comprender la enorme naturaleza penetrante del temor, para ver las complejidades en que la mente está enredada, uno tiene que comprender el tiempo. El temor y el tiempo marchan juntos”. Percibiendo sombras en los rostros de quienes le escuchaban, Krishnaji, dijo. “El miedo es la energía destructiva en el hombre, marchita la mente”.
   Hablando a grupos pequeños, penetró profundamente en la naturaleza de los retos a que se estaba enfrentando la humanidad. Dijo que la crisis era de una dimensión diferente de las que antes habíamos afrontado. En estas pláticas de Bombay, Krishnaji investigó a gran profundidad la mente científica y la mente religiosa ‑las únicas dos mentes que podrían sobrevivir en el futuro­. Se preguntó: “¿Puede la mente científica con su lógica, con su investigación en la materia, en la energía, penetrar dentro de la mente religiosa?” Y respondió: “Cuando la mente científica se abre paso por las limitaciones de lo conocido, entonces tal vez se aproxima a la mente religiosa”.
   Siguió ahondando: “La mente científica con su lógica, su precisión, su indagación, investiga el mundo exterior de la naturaleza, lo cual no conduce a una comprensión interna de las cosas; pero una comprensión interna produce la comprensión de lo externo. Nosotros somos el resultado de las influencias externas. La mente científica es precisa y clara en su investigación. No es una mente compasiva, porque no se ha comprendido a sí misma.
   “¿Qué es el verdadero espíritu religioso?”, preguntó. “Obviamente, no lo es el del hombre que tiene creencias ‑que va a los templos y a las iglesias­. Ni lo es la reacción a eso. Es solamente cuando negamos toda creencia o no‑creencia, que vemos el hecho y la falsedad de la reacción y de pertenecer a algo; sólo así se halla la mente en un estado de negación ‑lo cual quiere decir que la mente está sola, que carece de autoridad y meta alguna; por lo tanto, no se encuentra en un estado de temor, que implica reacción.
   “La mente religiosa no es ritualista. Es capaz de pensar con precisión, no en términos de lo negativo y lo positivo; por lo tanto, esa mente contiene en sí a la mente científica. Pero la mente científica no contiene a la mente religiosa, porque se basa en el tiempo, en el conocimiento; tiene sus raíces en el éxito y en la realización personal.
   “¿Cómo penetra en lo desconocido la mente religiosa?” Krishnaji se interrogaba a sí mismo en voz alta. “No puede llegar a lo desconocido excepto mediante un ‘salto’. No puede calcular y luego entrar en lo desconocido.
   “La mente religiosa es la verdadera mente revolucionaria. No es una reacción a lo que ha sido. La mente religiosa es explosiva - creativa... Se encuentra en un estado de creación2.
   “La mente religiosa es la única mente que puede responder de manera total al reto del presente y a todos los retos, en todos los tiempos”. Se interrumpió durante un largo rato para permitir que las palabras buscaran lo profundo. “¿Puede esta mente encontrarse así de sola, así de fuerte en su soledad, como el fuego?”
   Se interrogaba nuevamente a sí mismo. “¿Cómo puede producirse una transformación desde las raíces del propio ser? ¿Cómo puede uno reconocer una mente religiosa? ¿Cómo reconoce uno a un santo? ¿Qué significa la palabra ‘reconocer’? ¿Ver de nuevo? ¿Podemos hacer estallar en pedazos el patrón que tenemos de lo que es un santo? Tenemos que hacerlo para descubrir la mente religiosa. Entonces no hay santo. Él puede encontrarse a la vuelta de la esquina sin ser reconocido”.
   Su interrogatorio continuó. “¿Puede uno observar sin reacción alguna? Observar sin el centro es el proceso negativo. La mente es una esclava de las palabras. ¿Puede estar libre de ellas?” Viendo la mirada tensa en los rostros de los que escuchaban esforzándose por captar la esencia de sus preguntas, Krishnaji sonrió, atrayendo estrechamente hacia él al auditorio. “¿Pueden ustedes jugar con esto un poco?
   “Para descubrir si hay o no hay Dios, o si hay algo más que pensamiento, tienen ustedes que hacer trizas todo el trasfondo, ¿no es así? Viendo la verdad de que cualquier condicionamiento es destructivo para la percepción, ¿puede la mente abrirse paso sin reacción alguna? Ese abrirse paso hace accesible todo el campo del conocimiento propio”.
   En una reunión pública se le preguntó: “¿Cómo surgió la primera mente?” Su respuesta rechazó toda especulación teórica. “El hecho es que estamos aquí. Para investigar los orígenes, tiene usted que investigar lo que es ahora. ¿Existen un principio y un final? No pregunte qué es el principio. Empezamos la investigación con la cuestión del tiempo y lo intemporal; eso nos trae a la existencia, al vivir, a lo que somos. ¿Podemos ser despiadados en nuestra investigación de lo que somos? ¿Podemos comprender qué es el presente? Entonces estaremos en contacto con el principio y el fin de todas las cosas. Inquirir correctamente es ver que no hay principio ni final. Para comprender este extraordinario sentido de intemporalidad, tienen ustedes que comprender la mente en el presente activo. La mente humana, así como es ahora, es el resultado del medio. La mente tiene que desembarazarse a sí misma de todas las influencias a fin de descubrir lo ‘intemporal’.
   “Para comprender el tiempo, sin descartarlo, sin crear una teoría al respecto, tienen que investigar la propia mente, darse cuenta del impacto extraordinario que tiene la influencia del tiempo. Este es la influencia de un millar de ayeres. No sólo está el tiempo cronológico, el tiempo por el reloj, sino que está el tiempo como memoria, extendiéndose hacia atrás y adelante. Esta memoria es inconsciente, está enterrada, profundamente oculta en los vastos escondrijos de la propia mente. Existe el tiempo de un lugar a otro, de aquí hasta allá, y existe el tiempo del devenir ‑soy esto y seré aquello­. Este proyectarse hacia el futuro para ‘llegar a ser’, introduce lo permanente y lo transitorio.
   “Existe el tiempo de la siembra, y el tiempo de la cosecha”. Exploró el tiempo como memoria, con su extraordinaria complejidad y sutileza. “¿Puede uno investigar en sí mismo como investiga un científico?”, preguntó.
   Otra tarde exploró la naturaleza del observador y lo observado. La distancia entre el observador y lo observado, crea la dualidad. “Es sólo cuando la mente se ve a sí misma condicionada, que no hay observador. ¿Puede la mente verse a sí misma como el observador? No es una cosa rara. Cuando uno está colérico, o se apasiona por algo, en ese estado no existen ni el observador ni lo observado como pensamiento”.

   Al hablar sobre lo desconocido, sobre el vacío ‑únicamente desde el vacío puede emerger la mente nueva­ dijo: “La mente no puede llegar a aquello; la mente que se mide a sí misma en el tiempo, debe limpiarse del tiempo y penetrar en aquello sin conocerlo. Ustedes no pueden conocerlo. No tiene color, ni espacio, ni forma. No pueden afirmar nada al respecto. Todo lo que pueden hacer es saltar fuera de lo viejo, y ni siquiera entonces ‘conocerán’ aquello, porque serán parte de ese estado extraordinario”.
   Él estaba considerando el problema de la mente científica y la mente religiosa en la conciencia; su mente despierta escuchaba las sugerencias de la ‘mente nueva’.
   Discutió la cuestión una y otra vez. “Lo que se necesita es una mente nueva que funcione de manera total. La mente científica es direccional; la mente religiosa se expande explosivamente sin dirección predeterminada. El conocimiento propio es esencial, porque sólo mediante el conocimiento propio, sólo comprendiéndose a sí misma, la mente vieja se marchita para que la mente nueva pueda ser.
   “Lo que se requiere es una mente fértil. Fértil en el sentido de rica, una mente en la que una semilla pueda florecer, y ser nutrida, y cuidadosamente vigilada; una mente que investigue en lo profundo, que inquiera, busque, observe. Sólo una mente así, exquisitamente dúctil, no atada a nada, es sensible. La mente fértil está vacía, como la matriz antes de la concepción. ¿Pueden ustedes tomar una cosa, por ejemplo, la envidia, y comprenderla examinándola despiadadamente, hincando en ella los dientes hasta que la mente se despoje de la envidia? Hagan el inventario de sí mismos, día tras día, minuto tras minuto, a fin de penetrar despiadadamente en esta cosa tremenda ‑la envidia­”.
   Sus palabras penetraban dentro de uno como una saeta de fuego, despejando las sombras. “La mente es una cosa inmensa. No es una mancha en el universo. Es el universo. Investigar el universo exige una energía asombrosa. Es una energía más grande que la de todos los cohetes espaciales, porque no tiene centro, porque se perpetúa a sí misma. Esta energía sólo es posible cuando hay una investigación en el movimiento interno y externo de la mente. El interno es el inconsciente racial, en él están los instintos, las compulsiones, los oscuros miedos ocultos ‑es la historia del hombre­. ¿Cómo observan? ¿Cómo escuchan? Si la observación, el escuchar, son directos, entonces están observando, escuchando negativamente. Entonces la mente no tiene conclusiones, ni opuestos, ni directivas. En ese mirar, puede ver lo que está cerca y lo que está muy lejos. En ese mirar existe una terminación. Una mente así es la mente nueva. Ha estallado sin una dirección. Una mente así es la mente religiosa”.
   Después puso al descubierto la naturaleza de una mente semejante, una mente para la que se exigía un duro, arduo trabajo. “Pero”, dijo, “ustedes no pueden observar así, vigilando de la mañana a la noche, sin parpadear durante todo el día. Por lo tanto, jueguen con ello, háganlo con levedad. Preguntar ‘cómo hago para estar atento’ es crear conflicto. Pero mientras están jugando, aprenden.
   “La mente que se expande de manera explosiva sin una dirección fija, es compasiva, y lo que el mundo necesita es compasión, no esquemas”.
   “La mente nueva no está dentro del campo del conocimiento. Es ese estado creativo que se encuentra en explosión constante. Por eso, todo conocimiento tiene que llegar a su fin”.
   “La mente nueva no puede surgir con la autoridad, con los maestros y los gurús. Con una mente apagada no puede uno dar con la mente nueva. Se necesita una mente fresca, apasionada, viva”. Después dio la clave. “Lo que libera la energía es la percepción directa. La mayor parte del cerebro es el residuo de nuestra herencia animal, y la parte restante es indefinida. Vivimos nuestra vida en la parte muy pequeña. Jamás investigamos. La sensibilidad surge cuando observamos un árbol, un pájaro, un animal, una hormiga. Obsérvense, vean cómo caminan, cómo se bañan, cómo visten. Es importante observarnos a nosotros mismos. Si uno observa así, si observa cómo florece cada pensamiento y cada emoción, entonces el cerebro es muy sensible: de ese modo comienza el florecimiento de la mente. Eso es la mutación”.
   “Vigilar, observarlo todo, es percibir la totalidad, sin limitar jamás ningún pensamiento, permitiendo que todo florezca. Sólo una mente que está por completo quieta, sin reacción alguna, es un instrumento de observación. Está viva, es sensible”.
   “La mutación es posible solamente cuando uno ha llegado a esto mediante la percepción alerta, sin ningún esfuerzo. El reto del momento y de cada instante, si uno está despierto, es responder totalmente a lo nuevo”.
   “La creación no es invención. El universo no es producto de la invención”.