Capítulo
XXII
“MANTÉNGASE
DESPIERTA”.
Krishnaji dejó la India
para viajar a Roma a mediados de marzo de 1961. Pocos días antes de su partida,
Nandini había conversado con él en la habitación que Krishnaji ocupaba en
Himmat Nivas, Bombay. Krishnaji estaba sentado en la cama con las piernas
cruzadas, y Nandini cerca de él en el piso cubierto por una estera. De pronto,
en medio de la conversación, él dejó de hablar. Su recta espalda quedó inmóvil,
sus ojos estaban cerrados; y ella percibió aquello, lo percibió como el
movimiento de una ola que súbitamente se derramaba dentro de la habitación a
través de puertas y ventanas ‑ríos de silencio que bañaban su cuerpo, que
penetraban por los poros de la piel saturándola. Ella también quedó
completamente quieta y murió para el mundo. No sabe cuánto tiempo duró aquello.
De pronto oyó la voz de Krishnaji y tomó conciencia de lo que la rodeaba. Ella
había sentido la fuerza necesaria para contener en sí este inmenso viento
silencioso, y escribió comentarios al respecto.
Algún tiempo después de
eso Krishnaji estaba muy lejos. Sus largos periodos de descanso y los silencios
de Ranikhet y Kashmir habían desatado el despertar de estos inmensos ríos de
energía. Las percepciones que surgieron habrían de converger y florecer en el
‘Diario’ que Krishnaji comenzó a escribir en la primavera de 1961.
Desde el avión, en su
viaje a Roma, le escribió a Nandini el 25 de marzo:
Media hora después de
salir de Bombay, a 35.000 pies, el cielo estaba azul, tan azul, tan intenso,
tan pálido, tan suave que traía lágrimas a los ojos; anteriormente, el azul era
casi negro. Volábamos a gran altura, el avión tenía mucha estabilidad, y el mar
se hallaba muy lejano debajo de nosotros; había una extraña sensación de paz,
una impenetrable vastedad de horizonte a horizonte, y arriba esta cúpula sin
nubes de un intenso azul; en el horizonte, el azul se veía casi como un verde
suave. Era una vista maravillosa, algo increíblemente bello. En la cabina se
estaba moderadamente fresco, casi frío, lo cual lo revivía a uno después del
calor.
Tomó cierto tiempo
recobrar la salud, y lamento haberme convertido en una molestia antes de
partir. Cuando llegamos, el tiempo era claro y cálido, pero se ha vuelto frío y
lluvioso.
Escribiéndole a Nandini desde Roma, decía:
El descansar y el no hacer
nada han empujado el cuerpo hasta el límite, y ahora está débil. Espero que
usted se encuentre bien. Por favor, haga estos ejercicios sin esfuerzo alguno;
si hay un esfuerzo, los ejercicios no están bien hechos. Preste atención
completa y las cosas saldrán bien. No se deje estar, mantenga viva la llama.
Todo ha sido completamente extraño; no se pierda en trivialidades, no se deje
abatir, manténgase despierta, en un estado de completa atención.
La Signora Vanda
Scaravelli, una vieja amiga de Krishnaji, era una mujer notable, con el fuego,
la excentricidad, la rapidez de mente y de cuerpo de la italiana bien educada.
Recibió a Krishnaji en Roma, y después de unos días viajó con él a Il Leccio,
cerca de Florencia. Más tarde, en Ginebra, él se sometió a un examen médico
completo en la Clínica Bercher Brenner.
En mayo, Krishnaji se
encontraba en Londres. Miss Doris Pratt, la representante de la K.W.I. en
Inglaterra, había hecho arreglos para que él se alojara en una casa cerca de
Wimbledon Common. Ella estaba ahí para atenderlo. K sostuvo reuniones y ofreció
pláticas a un pequeño grupo de personas especialmente invitadas. En las tardes,
salía para largos paseos solitarios por Wimbledon Common. El 12 de mayo le
escribió a Nandini:
Las ruedas (Su uso de la
palabra ‘ruedas’ (wheels) se refiere
a los chakras) de Ooty están
operando, desconocidas para todos, y también otras cosas están ocurriendo. Todo
es muy extraordinario, y las palabras parecen tan inútiles. Los días son
demasiado cortos, y en un día uno vive un millar de años. Manténgase activa,
alerta, y no permita que nada sofoque la llama. No deje que un solo pensamiento
escape sin observar de dónde surge, sus motivos, su significación. Manténgase
despierta.
El 18 de mayo llegó otra carta desde Wimbledon:
A medida que envejecemos y
la mente se vuelve más rígida y más mecánica, es muy importante demoler todo
patrón de pensamiento y sentimiento ‑estar alerta a cada movimiento del pensar,
vigilar incesantemente, sin permitir jamás que adquieran fuerza los estados de
ánimo o que lo físico nuble la claridad de la mente. No permitir que la llama
se apague ni que el humo de los acontecimientos cotidianos la sofoque.
Extrañamente, las cosas que sucedieron en Ooty están ocurriendo ahora, aunque
nadie lo sepa ‑es muy intenso. Las ruedas de Ooty están operando
poderosamente. Estoy sorprendido.
Estas referencias a Ooty, habrían de reiterarse el 1º de junio,
cuando escribió desde Londres:
No se deje asfixiar por la
mediocridad ni por ninguno de los acontecimientos cotidianos. Sea intensa y no
permita que la llame se apague. Las ruedas de Ooty están operando furiosa y
dolorosamente.
Miss Pratt había notado
que Krishnaji estaba pasando por ciertas experiencias misteriosas. En una carta
a Rajagopal, describió lo que estaba sucediendo. Le había preguntado sobre ello
a Krishnaji, y él le había dicho que no había nada que pudieran hacer excepto
quedarse quietos, relajados y sin alterarse; pero le advirtió que no permitiera
que nadie lo tocara. Ella seguía diciendo que se sentía espectadora del más
profundo y tremendo de los misterios1.
El 14 de junio Krishnaji
voló a Ojai vía Nueva York. Mi hija Radhika, que estaba trabajando en Bryn Mawr
para obtener su doctorado en filosofía, vino para verle el día 16 de junio. En
una carta a Nandini, Krishnaji le decía:
Vi a Radhika ‑luce muy
bien y tuvimos una larga conversación. La vida es corta y hay tanto que
descubrir, no exteriormente sino en lo interno. Existen inmensas regiones
inexploradas dentro de nosotros, y no permita que pase un solo día sin
descubrir algo. Sea explosiva internamente y entonces las cosas exteriores
cuidarán de sí mismas.
El 17 de junio, un día
antes de viajar para Ojai, Krishnaji comenzó a escribir un registro de su
peregrinación en los vastos océanos de ‘lo otro’. Se estaban revelando los
inmensos descubrimientos internos y las percepciones sin límites acerca de las
cuales habría de escribir en el Diario.
Las cartas a Nandini se
reiniciaron en julio desde Ojai. El 4 de julio le escribió:
Puede que recuerde que dos
días antes de mi partida, usted percibió esa extraña energía en la habitación.
Para permanecer con ella uno tiene que ser tremendamente ‘fuerte’ ‑usted usó
esa palabra. Hay que formar parte de eso. Porque eso está aquí ahora, y las
ruedas de Ooty están operando. No se enrede, esté atenta a los profundos
pensamientos y sentimientos. Sea directa, sencilla y clara.
Las cartas continuaron. El 19 de julio escribió desde Gstaad:
El miedo destruye y
pervierte realmente toda posibilidad de ver. Engendra ilusión, embota la mente,
destruye la dignidad. Descúbralo ‑esté abierta a él. No encuentre excusas para
el miedo. Investíguelo despiadadamente. Dése cuenta de cada forma de temor y
termine con ella. No permita que permanezca con usted ni un solo instante. No
hay inocencia donde hay temor, celos, apego. Esté ardientemente alerta al
miedo. Las ruedas de Ooty han estado funcionando.
La Signora Scaravelli, su
anfitriona en Gstaad, ha descrito los estados de conciencia de Krishnaji
mientras él estuvo en el Chalet Tanneg (El Chalet Tanneg está en Gstaad, Suiza.
Krishnaji vivió allá todos los años en los meses de julio y parte de agosto
hasta 1983, como invitado de la Signora Vanda Scaravelli. Durante este período
ofreció pláticas y sostuvo discusiones en Saanen). Estos eran similares y, no
obstante, diferentes de los que habían tenido lugar en Ootacamund. El dolor
intenso estaba ausente. Los estados de ‘lo otro’ y la bendición surgían en sus
paseos, en la casa, durante las horas de vigilia o cuando despertaba del sueño.
Vanda Scaravelli percibía la presencia sagrada alrededor y dentro de él. Habló
del cambio en su rostro y de una percepción, un sentimiento simultáneo de vacío
y plenitud. Todo el tiempo estuvo él ofreciendo pláticas en Saanen. Estas no
eran independientes de sus estados de conciencia. Parecía haber llegado a su
fin toda separación entre estos acontecimientos místicos y su vida cotidiana.
El 18 de julio, mientras
se encontraba en Gstaad, escribió él en su Diario:
“Nuestros ojos y cerebro registran las cosas externas, los árboles, las
montañas, las rápidas corrientes; acumulan conocimiento, técnica, etc. con esos
mismos ojos y cerebro entrenados para observar, escoger, condenar y justificar,
nos volvemos hacia adentro, miramos dentro de nosotros, reconocemos objetos,
construimos ideas que se organizan en razonamientos. Esta mirada interna no llega
muy lejos, porque está aún dentro de la limitación de su propio observar y
razonar. Este fijar la mirada en lo interno sigue siendo la mirada externa y,
por lo tanto, no hay mucha diferencia entre ambas. Lo que pueda aparecer como
diferente, puede ser similar”.
“Pero existe una
observación interna que no es la observación externa vuelta hacia adentro. El
cerebro y el ojo que observan sólo parcialmente, no contienen la visión total.
Han de estar completamente activos pero quietos; deben cesar de escoger y
juzgar, pero tienen que hallarse pasivamente atentos. Entonces existe la visión
total sin la frontera del tiempo-espacio. En este relámpago nace una nueva
percepción”2.
Hasta donde sepamos, ésta
fue la última ocasión en que él experimentó tales acontecimientos. En años
posteriores habrían de surgir otros estados de vastedad y de vacío, en los
cuales se desmayaría saliendo de su cuerpo; pero estos procesos parecen ser de
una naturaleza diferente.
K regresó al valle de
Rishi a fines del otoño de 1961. El Dr. Balasundaram era el director. La
relación entre los estudiantes, los maestros y el director era cálida y
amistosa; había una cualidad viviente en la atmósfera. K percibió esto y
respondió con pasión y plenitud. Experimentaba una inmensa empatía con la
tierra y los cerros circundantes. Desde su ventana podía ver el Rishi Konda, y
el diálogo con el cerro ‘esculpido’ había comenzado. Para K, el estado de
bienestar del valle y de sus habitantes se comunicaba en la intensidad de la
bendición que fluía desde el cerro. Las leyendas locales hablaban de profetas y
sabios que vivían en el Rishi Konda. Por la noche, luces inexplicables
aparecían y viajaban allende las laderas.
K continuó escribiendo su Diario. Una gran bendición llega a
través de sus palabras. Todo cuanto estaba en él y alrededor de él penetraba el
suelo del valle y aún es percibido por muchos visitantes sensibles. “Porque ‘lo
otro’ estaba ahí y ascendía por el valle; como si hubiera una cortina de lluvia
y sólo ahí no lloviera; llegaba como llega la brisa, suave y dulcemente, y
estaba ahí, tanto fuera como dentro de uno”3.
Radhika y yo estuvimos con
Krishnaji durante el período en que él permaneció ahí. K salía para largos
paseos a solas o con el Dr. Balasundaram y Radhika. Los árboles que se habían
plantado a fines de los años 40 ahora estaban en pleno crecimiento; los pozos
de agua habían hecho posible la plantación de arroz; el valle se veía lleno de
arbustos verdes y vitales; los senderos estaban fragantes con las flores
blancas esparcidas por alamedas de alcornoques.
Los niños que se habían
congregado en la cumbre del cerro Astachal para presenciar cómo el sol se
sumergía debajo del horizonte, sentían estallar los colores dentro de ellos.
Permanecían silenciosamente atentos al extraño que se encontraba en medio de
ellos y a los cielos que se encendían para recibirlo.
La tierra era del color
del cielo; los cerros, los verdes y maduros arrozales, los árboles y el seco
lecho arenoso del río tenían el color del cielo; cada roca de los cerros, los
grandes cantos rodados, eran las nubes, y las nubes eran las rocas. El cielo
era la tierra y la tierra el cielo; el sol poniente lo había transformado todo.
El cielo en llamas ardía en cada veta de las nubes, en cada piedra, en cada brizna
de hierba, en cada grano de arena. Era un incendio verde, púrpura, violeta e
índigo fulgurando con la furia de las llamas. Sobre aquel cerro había una vasta
extensión de púrpura y oro, encima de los cerros meridionales un ardiente,
delicado verde, y pálidos azules; hacia el Este una espléndida puesta de sol en
oposición, rojo púrpura, ocre tostado, magenta y violeta pálido. La puesta de
sol en oposición estallaba en esplendor igual que la del Oeste; unas pocas
nubes se habían reunido alrededor del sol poniente; eran puras, un fuego sin
humo que jamás se apagaría, Este fuego, en su vastedad e intensidad, lo
penetraba todo y se introducía en la tierra. Y la tierra era los cielos y los
cielos eran la tierra. Y todo vivía y estallaba de color y el color era Dios,
no el dios del hombre. Los cerros se tornaban transparentes, cada roca, cada
piedra habían perdido su peso y flotaban en el color, y los cerros distantes
eran azules, del azul de todos los mares y del cielo de todos los climas. Los
florecidos arrozales, una extensión intensamente verde y rosada, llamaban de
inmediato la atención. Y el camino que atravesaba el valle se veía púrpura y
blanco, tan vivo que era uno de los rayos que corrían de una a otra parte del
cielo. Uno mismo era parte de esa luz que ardía furiosamente, que estallaba,
esa luz sin sombra, sin raíz y sin palabras. Y a medida que el sol iba
descendiendo, cada color se tornaba más violento, más intenso, y uno se perdía
completamente, más allá de cuanto pudiera recordar. Este era un atardecer sin
memoria4.
En sus pláticas a los
niños y a los maestros, K cuestionaba el lugar del conocimiento en la
transformación del hombre. Las mentes de los niños estaban activas, estimuladas
por el contacto directo con la presencia de K, con la bendición, un océano en
el cual él se movía y hablaba. La claridad y profundidad de las percepciones
que se revelaban en las pláticas eran sorprendentes. Estas pláticas habrían de
aparecer más tarde en Krishnamurti y la
educación. En ellas K ponía énfasis en los dos instrumentos asequibles para
la mente humana: el conocimiento, que lo capacita a uno para adquirir poder
sobre el medio ambiente material; y la inteligencia, que nace de la
observación. “Una mente nueva sólo es posible cuando el espíritu religioso y la
actitud científica forman parte del mismo movimiento de la conciencia”. Para K
estos no eran movimientos separados que debían fundirse, sino un nuevo
movimiento inherente a la inteligencia y a la mente creativa.
K negaba todas las
relaciones jerárquicas. Para él, la verdadera comunicación sólo era posible
cuando el maestro y el estudiante funcionaban en el mismo nivel, comunicándose
mediante la pregunta y la contra pregunta, hasta que en el acto mismo de
aprender, el problema era explorado a fondo y la comprensión iluminaba al mismo
tiempo la mente del estudiante y la del maestro.
Hablándole del temor al
niño, K dijo: “Cuando ustedes ven el temor, investíguenlo, enfréntense a él, y
entonces el temor desaparece”. Exploró con el niño el complejo problema del
miedo. Puso al descubierto las enormes tinieblas del miedo y la naturaleza del
devenir, haciéndolo con delicadeza y lucidez. Consideró el tiempo del reloj y
el tiempo interno, que es creado por la psique convirtiéndose en el ‘yo seré’.
La proyección en el futuro es la raíz del miedo.
Un niño le preguntó acerca
de la muerte. “Existen dos clases de muerte”, dijo K: “La muerte del cuerpo y
la muerte del pensamiento”. El cuerpo, el organismo físico tiene que terminar.
“Eso no nos atemoriza. Lo que tememos es que el pensamiento como el ‘yo’ que ha
vivido, que ha adquirido dinero, familia, el ‘yo’ que quiere volverse
importante, llegue a su fin”. K le preguntó al niño: “¿Ves la diferencia entre
el morir físico y el morir del ‘yo’?” Los niños escuchaban, la semilla de la
inteligencia había sido plantada, en tierra rica o en estéril suelo rocoso ‑sólo
el futuro lo revelaría.
Introdujo al niño en el
conocimiento propio y en la meditación. Al final de una plática dijo: “Ante
todo permanezcan así sentados en completa quietud, cómodamente, muy serenos,
relajados; les mostraré. Ahora, miren los árboles, las colinas, la sombra de
esas colinas, mírenlas, miren la cualidad de su color, obsérvenlas. No me
escuchen a mí. Observen y vean esos árboles, los árboles amarillentos, el
tamarindo, y luego miren las buganvillas. No los miren con la mente sino con
los ojos. Después de haber mirado todos los colores, la forma del suelo, de las
colinas, de las rocas, la sombra que proyectan, trasládense entonces de lo
externo a lo interno y cierren los ojos, cierren los ojos completamente. Han
terminado de mirar las cosas exteriores y ahora, con los ojos cerrados, pueden
mirar lo que ocurre adentro. Observen lo que ocurre dentro de ustedes, no
piensen, sólo observen, no muevan los globos oculares, manténganlos muy, muy
quietos, porque ahora no hay nada que ver con ellos, ustedes han visto las
cosas que los rodean, ahora están viendo lo que ocurre dentro de la mente, y
para ver lo que ocurre dentro de la mente deben estar muy quietos en lo
interno. Y cuando hacen esto, ¿saben lo que les sucede? Se vuelven muy
sensibles, muy alertas a las cosas externas e internas. Entonces descubren que
lo externo es lo interno, descubren que el observador es lo observado”5.
Habló en el mismo sentido
al maestro, tal como lo había hecho con el niño. Habló de la urgencia y
necesidad de tener una visión de largo alcance, en la cual estuvieran
contenidas las cosas pequeñas. Exploró con tangible sutileza los muchos
escondrijos oscuros de la mente.
La plática final de K, “El
florecer”, es quizás una de las más audaces y explosivas que jamás haya
pronunciado sobre la educación.
“¿Puede la frustración
florecer?”, preguntó. “¿Cómo la cuestionan ustedes de modo que la frustración
se despliegue y florezca? Es sólo cuando el pensamiento florece que puede morir
naturalmente. Como la flor en un jardín, el pensamiento debe florecer, debe
fructificar, y entonces muere. Al pensamiento debe dársele libertad para
florecer y morir. Y la pregunta correcta es si puede haber libertad para que la
frustración florezca y muera”
Un maestro le preguntó qué
entendía por ‘florecer’. Krishnamurti contestó: “¡Mire las flores en el jardín,
allí enfrente! Están floreciendo, y después de unos pocos días se marchitarán,
porque tal es su naturaleza. Ahora bien, debe dársele libertad a la frustración
a fin de que florezca”.
“Su pregunta era: ‘¿Existe
un impulso que se mantenga a sí mismo en acción, limpio, saludable?’ Ese
impulso, esa llama que arde cuando todo en uno tiene libertad para florecer ‑lo
feo, lo hermoso, lo malo, lo bueno, y lo estúpido de modo que no haya cosa
alguna que se reprima, que no quede nada sin haber sido sacado a la luz,
examinado y quemado. Y eso no puedo hacerlo si, a través de las pequeñas cosas,
no descubro la frustración, la desdicha, el dolor, el conflicto, la estupidez,
la insensibilidad. Si descubro la frustración mediante el mero razonamiento,
entonces no sé qué significa la frustración”.
Los maestros eran
incapaces de comprender, y siguieron preguntando. “Vea”, respondió K a uno,
“para usted el florecer es una idea. La mente pequeña siempre trata con los
síntomas y nunca con el hecho. Carece de libertad para descubrir. Hace
exactamente lo que le indica su condición de mente pequeña, porque dice: ‘Esa
es una buena idea, pensaré al respecto’, y de ese modo está perdida, porque
entonces trata con la idea, no con el hecho. No dice. ‘Dejémoslo florecer y
veamos qué ocurre’. Entonces sí que descubriría. Pero en vez de eso dice: ‘Es
una buena idea, debo investigar la idea’
Les dijo a los maestros
que la mayoría de las personas eran prisioneras de las pequeñas cosas. “¿Puedo
ver el síntoma, penetrar en la causa y dejar que la causa florezca? Pero yo
quiero que florezca en una dirección determinada, y eso significa que tengo una
opinión de cómo debería florecer. ¿Puedo, entonces, ir tras de eso? ¿Puedo ver
que impido el florececimiento de la causa porque temo no saber qué ocurrirá si
permito que florezca la frustración? ¿Puedo, entonces, investigar por qué tengo
miedo? Veo que en tanto exista el temor, no puede haber florecimiento. Debo,
pues, abordar el temor, no mediante la idea del temor, sino que debo abordarlo
como un hecho, lo cual significa que debo permitirle al temor que florezca.
“Todo esto requiere
muchísima percepción interna. ¿Sabe qué significa permitir que el temor
florezca? ¿Puedo dejar que todo florezca? ¡Eso no significa que yo vaya a
matar, a robar a alguien, sino simplemente dejar que florezca ‘lo que es’!”
Viendo que ellos todavía
no comprendían, preguntó: “¿Ha cultivado usted una planta? ¿Cómo lo hace?”
Un maestro replicó:
“Preparo la tierra, le pongo abono...”
K continuó: “Le pone el
abono adecuado, usa la semilla adecuada, la siembra en su tiempo justo, la
cuida, impide que le sucedan cosas. Le da libertad. ¿Por qué no hace lo mismo
con los celos?”
“Aquí el florecimiento no
se expresa exteriormente como la planta”.
K dijo: “Es mucho más real
que la planta que usted cultiva afuera, en el terreno. ¿No sabe qué son los
celos? En el momento que está celoso, ¿dice que eso es imaginación? Arde con
ello, ¿no es así? Está iracundo, furioso. ¿Por qué no los sigue, no como una
idea, sino realmente? ¿Puede dejarlos salir afuera, mirarlos y ver que
florezcan, de modo que en cada florecer los celos se destruyan a sí mismos y,
por lo tanto, no exista al final de ello un ‘alguien’ que esté observando la
destrucción? En eso hay creación verdadera”.
Los maestros volvieron a
preguntar. “Cuando la flor florece se revela a sí misma. ¿Qué quiere usted
decir exactamente, señor, cuando afirma que si los celos florecen se destruirán
a sí mismos?”
K respondió: “Tome un
pimpollo, un pimpollo real de un arbusto. Si lo corta nunca va a florecer,
morirá rápidamente. Si lo deja florecer, entonces le muestra su color, su
delicadeza, el polen. Muestra lo que realmente es, sin que a usted le digan que
es rojo, que es azul, que tiene polen. Está ahí para que usted lo mire. Del
mismo modo, si deja que los celos florezcan, ellos le mostrarán todo lo que
realmente son ‑envidia, apego. Así que, al permitir que los celos florezcan,
estos le han mostrado todos sus colores, revelándole qué hay detrás de los
celos”.
“Decir que los celos
tienen por causa el apego, es mera verbalización. Pero al permitir
verdaderamente que los celos florezcan, la realidad de que uno está apegado a
algo se vuelve un hecho, un hecho emocional, no una idea intelectual, verbal. Y
así, cada florecimiento revela lo que uno no fue capaz de descubrir. Y a medida
que cada hecho se descubre a sí mismo, florece, y uno trata con ese hecho. Al
dejar que el hecho florezca, éste abre otras puertas, hasta que ya no hay en
absoluto ninguna clase de florecimiento y, por tanto, no hay ninguna clase de
causa o motivo”6.
Al ver la expresión que
tenían los rostros de los maestros, Krishnaji dijo: “Cuando ustedes escuchan,
en el mismo acto de escuchar tiene lugar el florecimiento”.
La relación de Krishnaji
con las escuelas estaba experimentando un cambio profundo. Él veía la escuela
como un oasis donde la enseñanza podía ser protegida y mantenida viva,
cualesquiera que fueran el desorden y la violencia en el mundo, tenía que
surgir una nueva generación, una mente nueva; y para eso no sólo se requería
que el educador y el educando tuvieran mentes que escucharan y ojos que
pudieran ver con una visión de largo alcance, sin identificación ni
fragmentación alguna, sino que el suelo tenía que ser arado, había que sembrar
la semilla, y la tierra tenía que santificarse con la bendición.
Radhika y yo viajamos con
Krishnaji en el automóvil desde el Valle de Rishi a Madrás. Aldous Huxley y su
esposa se encontraban en la India, y a fines del mes habrían de visitar a
Krishnaji en Madrás como sus invitados. Yo había prometido hacer que la estada
de ellos en Vasanta Vihar, una casa espartana, fuera confortable. Los muebles
en las habitaciones de Vasanta Vihar tenían que disponerse de otra manera, y
había que introducir cierta sofisticación en el servicio de las comidas. Sin
embargo, cuando llegamos a Madrás, me estaba esperando un telegrama; mi esposo
había caído enfermo, de modo que Radhika y yo viajamos inmediatamente hacia
Delhi.
Después Krishnaji vino
desde Madrás a Delhi con Madhavachari. Desolada por el dolor personal, fui a
ver a Krishnaji. Él me abrumó con su afecto, sostuvo mi rostro de modo tal que
mis ojos no pudieran escapar de la intensa profundidad de los suyos, y volvió a
hablarme de mi cautiverio y de las ilusiones y esperanzas que rehusaban
apaciguarse. Súbitamente, el dolor desapareció. Algún bloqueo que había dentro
de mí se disolvió en los ríos de energía que fluían desde él. En los años que
siguieron, yo habría de verme algunas veces con él a solas; fueron reuniones
relacionadas con las escuelas o con la enseñanza; raramente planteé un problema
personal.
Más tarde, en 1962, me
destrozó la decisión que tomó mi única hija, Radhika, de casarse con un joven
filósofo norteamericano. Yo estaba profundamente apegada a ella, y mi respuesta
a la separación planteada era inevitable. Mi cuerpo y mi mente experimentaron
una devastación. No podía soportar el acompañarla a los EE.UU. donde iba a
casarse. Fui a despedirla al aeropuerto, y después me aparté del resto de la
familia, buscando estar sola, lejos de todo lo que fuera familiar.
De Calcuta fui a Birbhum,
y a mi regreso leí los titulares de los diarios. En la India se había declarado
el estado de emergencia. China había irrumpido a través de las defensas y
estaba a las puertas de la India. La confrontación directa de Kennedy y
Kruschev por la crisis de los misiles cubanos había sacudido al mundo. Se había
alcanzado el punto sin retorno. Yo miraba los titulares y el suelo se hundía
bajo mis pies. Tenía que enfrentarme al hecho de que tal vez jamás volvería a
ver a mi hija.
Permanecí toda la noche
sumida en la angustia, dejando que la agonía inundara la conciencia, rehusando
admitir la esperanza. Brotaban la ansiedad, la desesperación, los recuerdos, la
sensación de ‘para siempre’; el terror de estas palabras me paralizaba, pero
las veía surgir, y las dejaba estar. En la mañana, el amor por mi hija seguía
siendo igual de profundo, pero el dolor y la angustia que surgían ante el
pensamiento del posible fin de la relación, se habían aplacado. El apego había
perdido uno de los garfios en que estaba retenido. Ahora sólo subsistía mi
dependencia del gurú, y pronto eso también habría de ser puesto a prueba.
Radhika se encontró con
Krishnaji en Gstaad, camino a los Estados Unidos, en noviembre de 1962.
Krishnaji me escribió desde el Chalet Tanneg diciéndome que se había visto con
Radhika y había dado con ella un largo paseo. “Fue bueno que nos
encontráramos”, decía. Sabiendo lo que significaría para mí la partida de mi
hija, escribió: “Debe haber sido una gran prueba ver irse a Radhika”.