domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXII “MANTÉNGASE DESPIERTA”.



Capítulo XXII
“MANTÉNGASE DESPIERTA”.

   Krishnaji dejó la India para viajar a Roma a mediados de marzo de 1961. Pocos días antes de su partida, Nandini había conversado con él en la habitación que Krishnaji ocupaba en Himmat Nivas, Bombay. Krishnaji estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas, y Nandini cerca de él en el piso cubierto por una estera. De pronto, en medio de la conversación, él dejó de hablar. Su recta espalda quedó inmóvil, sus ojos estaban cerrados; y ella percibió aquello, lo percibió como el movimiento de una ola que súbitamente se derramaba dentro de la habitación a través de puertas y ventanas ‑ríos de silencio que bañaban su cuerpo, que penetraban por los poros de la piel saturándola­. Ella también quedó completamente quieta y murió para el mundo. No sabe cuánto tiempo duró aquello. De pronto oyó la voz de Krishnaji y tomó conciencia de lo que la rodeaba. Ella había sentido la fuerza necesaria para contener en sí este inmenso viento silencioso, y escribió comentarios al respecto.
   Algún tiempo después de eso Krishnaji estaba muy lejos. Sus largos periodos de descanso y los silencios de Ranikhet y Kashmir habían desatado el despertar de estos inmensos ríos de energía. Las percepciones que surgieron habrían de converger y florecer en el ‘Diario’ que Krishnaji comenzó a escribir en la primavera de 1961.
   Desde el avión, en su viaje a Roma, le escribió a Nandini el 25 de marzo:

   Media hora después de salir de Bombay, a 35.000 pies, el cielo estaba azul, tan azul, tan intenso, tan pálido, tan suave que traía lágrimas a los ojos; anteriormente, el azul era casi negro. Volábamos a gran altura, el avión tenía mucha estabilidad, y el mar se hallaba muy lejano debajo de nosotros; había una extraña sensación de paz, una impenetrable vastedad de horizonte a horizonte, y arriba esta cúpula sin nubes de un intenso azul; en el horizonte, el azul se veía casi como un verde suave. Era una vista maravillosa, algo increíblemente bello. En la cabina se estaba moderadamente fresco, casi frío, lo cual lo revivía a uno después del calor.
   Tomó cierto tiempo recobrar la salud, y lamento haberme convertido en una molestia antes de partir. Cuando llegamos, el tiempo era claro y cálido, pero se ha vuelto frío y lluvioso.

Escribiéndole a Nandini desde Roma, decía:

   El descansar y el no hacer nada han empujado el cuerpo hasta el límite, y ahora está débil. Espero que usted se encuentre bien. Por favor, haga estos ejercicios sin esfuerzo alguno; si hay un esfuerzo, los ejercicios no están bien hechos. Preste atención completa y las cosas saldrán bien. No se deje estar, mantenga viva la llama. Todo ha sido completamente extraño; no se pierda en trivialidades, no se deje abatir, manténgase despierta, en un estado de completa atención.

   La Signora Vanda Scaravelli, una vieja amiga de Krishnaji, era una mujer notable, con el fuego, la excentricidad, la rapidez de mente y de cuerpo de la italiana bien educada. Recibió a Krishnaji en Roma, y después de unos días viajó con él a Il Leccio, cerca de Florencia. Más tarde, en Ginebra, él se sometió a un examen médico completo en la Clínica Bercher Brenner.

   En mayo, Krishnaji se encontraba en Londres. Miss Doris Pratt, la representante de la K.W.I. en Inglaterra, había hecho arreglos para que él se alojara en una casa cerca de Wimbledon Common. Ella estaba ahí para atenderlo. K sostuvo reuniones y ofreció pláticas a un pequeño grupo de personas especialmente invitadas. En las tardes, salía para largos paseos solitarios por Wimbledon Common. El 12 de mayo le escribió a Nandini:

   Las ruedas (Su uso de la palabra ‘ruedas’ (wheels) se refiere a los chakras) de Ooty están operando, desconocidas para todos, y también otras cosas están ocurriendo. Todo es muy extraordinario, y las palabras parecen tan inútiles. Los días son demasiado cortos, y en un día uno vive un millar de años. Manténgase activa, alerta, y no permita que nada sofoque la llama. No deje que un solo pensamiento escape sin observar de dónde surge, sus motivos, su significación. Manténgase despierta.

El 18 de mayo llegó otra carta desde Wimbledon:

   A medida que envejecemos y la mente se vuelve más rígida y más mecánica, es muy importante demoler todo patrón de pensamiento y sentimiento ‑estar alerta a cada movimiento del pensar, vigilar incesantemente, sin permitir jamás que adquieran fuerza los estados de ánimo o que lo físico nuble la claridad de la mente­. No permitir que la llama se apague ni que el humo de los acontecimientos cotidianos la sofoque. Extrañamente, las cosas que sucedieron en Ooty están ocurriendo ahora, aunque nadie lo sepa ‑es muy intenso­. Las ruedas de Ooty están operando poderosamente. Estoy sorprendido.

Estas referencias a Ooty, habrían de reiterarse el 1º de junio, cuando escribió desde Londres:

   No se deje asfixiar por la mediocridad ni por ninguno de los acontecimientos cotidianos. Sea intensa y no permita que la llame se apague. Las ruedas de Ooty están operando furiosa y dolorosamente.

   Miss Pratt había notado que Krishnaji estaba pasando por ciertas experiencias misteriosas. En una carta a Rajagopal, describió lo que estaba sucediendo. Le había preguntado sobre ello a Krishnaji, y él le había dicho que no había nada que pudieran hacer excepto quedarse quietos, relajados y sin alterarse; pero le advirtió que no permitiera que nadie lo tocara. Ella seguía diciendo que se sentía espectadora del más profundo y tremendo de los misterios1.
   El 14 de junio Krishnaji voló a Ojai vía Nueva York. Mi hija Radhika, que estaba trabajando en Bryn Mawr para obtener su doctorado en filosofía, vino para verle el día 16 de junio. En una carta a Nandini, Krishnaji le decía:

   Vi a Radhika ‑luce muy bien y tuvimos una larga conversación­. La vida es corta y hay tanto que descubrir, no exteriormente sino en lo interno. Existen inmensas regiones inexploradas dentro de nosotros, y no permita que pase un solo día sin descubrir algo. Sea explosiva internamente y entonces las cosas exteriores cuidarán de sí mismas.

   El 17 de junio, un día antes de viajar para Ojai, Krishnaji comenzó a escribir un registro de su peregrinación en los vastos océanos de ‘lo otro’. Se estaban revelando los inmensos descubrimientos internos y las percepciones sin límites acerca de las cuales habría de escribir en el Diario.

   Las cartas a Nandini se reiniciaron en julio desde Ojai. El 4 de julio le escribió:

   Puede que recuerde que dos días antes de mi partida, usted percibió esa extraña energía en la habitación. Para permanecer con ella uno tiene que ser tremendamente ‘fuerte’ ‑usted usó esa palabra­. Hay que formar parte de eso. Porque eso está aquí ahora, y las ruedas de Ooty están operando. No se enrede, esté atenta a los profundos pensamientos y sentimientos. Sea directa, sencilla y clara.

Las cartas continuaron. El 19 de julio escribió desde Gstaad:

   El miedo destruye y pervierte realmente toda posibilidad de ver. Engendra ilusión, embota la mente, destruye la dignidad. Descúbralo ‑esté abierta a él­. No encuentre excusas para el miedo. Investíguelo despiadadamente. Dése cuenta de cada forma de temor y termine con ella. No permita que permanezca con usted ni un solo instante. No hay inocencia donde hay temor, celos, apego. Esté ardientemente alerta al miedo. Las ruedas de Ooty han estado funcionando.

   La Signora Scaravelli, su anfitriona en Gstaad, ha descrito los estados de conciencia de Krishnaji mientras él estuvo en el Chalet Tanneg (El Chalet Tanneg está en Gstaad, Suiza. Krishnaji vivió allá todos los años en los meses de julio y parte de agosto hasta 1983, como invitado de la Signora Vanda Scaravelli. Durante este período ofreció pláticas y sostuvo discusiones en Saanen). Estos eran similares y, no obstante, diferentes de los que habían tenido lugar en Ootacamund. El dolor intenso estaba ausente. Los estados de ‘lo otro’ y la bendición surgían en sus paseos, en la casa, durante las horas de vigilia o cuando despertaba del sueño. Vanda Scaravelli percibía la presencia sagrada alrededor y dentro de él. Habló del cambio en su rostro y de una percepción, un sentimiento simultáneo de vacío y plenitud. Todo el tiempo estuvo él ofreciendo pláticas en Saanen. Estas no eran independientes de sus estados de conciencia. Parecía haber llegado a su fin toda separación entre estos acontecimientos místicos y su vida cotidiana.
   El 18 de julio, mientras se encontraba en Gstaad, escribió él en su Diario: “Nuestros ojos y cerebro registran las cosas externas, los árboles, las montañas, las rápidas corrientes; acumulan conocimiento, técnica, etc. con esos mismos ojos y cerebro entrenados para observar, escoger, condenar y justificar, nos volvemos hacia adentro, miramos dentro de nosotros, reconocemos objetos, construimos ideas que se organizan en razonamientos. Esta mirada interna no llega muy lejos, porque está aún dentro de la limitación de su propio observar y razonar. Este fijar la mirada en lo interno sigue siendo la mirada externa y, por lo tanto, no hay mucha diferencia entre ambas. Lo que pueda aparecer como diferente, puede ser similar”.
   “Pero existe una observación interna que no es la observación externa vuelta hacia adentro. El cerebro y el ojo que observan sólo parcialmente, no contienen la visión total. Han de estar completamente activos pero quietos; deben cesar de escoger y juzgar, pero tienen que hallarse pasivamente atentos. Entonces existe la visión total sin la frontera del tiempo-espacio. En este relámpago nace una nueva percepción”2.
   Hasta donde sepamos, ésta fue la última ocasión en que él experimentó tales acontecimientos. En años posteriores habrían de surgir otros estados de vastedad y de vacío, en los cuales se desmayaría saliendo de su cuerpo; pero estos procesos parecen ser de una naturaleza diferente.

   K regresó al valle de Rishi a fines del otoño de 1961. El Dr. Balasundaram era el director. La relación entre los estudiantes, los maestros y el director era cálida y amistosa; había una cualidad viviente en la atmósfera. K percibió esto y respondió con pasión y plenitud. Experimentaba una inmensa empatía con la tierra y los cerros circundantes. Desde su ventana podía ver el Rishi Konda, y el diálogo con el cerro ‘esculpido’ había comenzado. Para K, el estado de bienestar del valle y de sus habitantes se comunicaba en la intensidad de la bendición que fluía desde el cerro. Las leyendas locales hablaban de profetas y sabios que vivían en el Rishi Konda. Por la noche, luces inexplicables aparecían y viajaban allende las laderas.
   K continuó escribiendo su Diario. Una gran bendición llega a través de sus palabras. Todo cuanto estaba en él y alrededor de él penetraba el suelo del valle y aún es percibido por muchos visitantes sensibles. “Porque ‘lo otro’ estaba ahí y ascendía por el valle; como si hubiera una cortina de lluvia y sólo ahí no lloviera; llegaba como llega la brisa, suave y dulcemente, y estaba ahí, tanto fuera como dentro de uno”3.
   Radhika y yo estuvimos con Krishnaji durante el período en que él permaneció ahí. K salía para largos paseos a solas o con el Dr. Balasundaram y Radhika. Los árboles que se habían plantado a fines de los años 40 ahora estaban en pleno crecimiento; los pozos de agua habían hecho posible la plantación de arroz; el valle se veía lleno de arbustos verdes y vitales; los senderos estaban fragantes con las flores blancas esparcidas por alamedas de alcornoques.
   Los niños que se habían congregado en la cumbre del cerro Astachal para presenciar cómo el sol se sumergía debajo del horizonte, sentían estallar los colores dentro de ellos. Permanecían silenciosamente atentos al extraño que se encontraba en medio de ellos y a los cielos que se encendían para recibirlo.

   La tierra era del color del cielo; los cerros, los verdes y maduros arrozales, los árboles y el seco lecho arenoso del río tenían el color del cielo; cada roca de los cerros, los grandes cantos rodados, eran las nubes, y las nubes eran las rocas. El cielo era la tierra y la tierra el cielo; el sol poniente lo había transformado todo. El cielo en llamas ardía en cada veta de las nubes, en cada piedra, en cada brizna de hierba, en cada grano de arena. Era un incendio verde, púrpura, violeta e índigo fulgurando con la furia de las llamas. Sobre aquel cerro había una vasta extensión de púrpura y oro, encima de los cerros meridionales un ardiente, delicado verde, y pálidos azules; hacia el Este una espléndida puesta de sol en oposición, rojo púrpura, ocre tostado, magenta y violeta pálido. La puesta de sol en oposición estallaba en esplendor igual que la del Oeste; unas pocas nubes se habían reunido alrededor del sol poniente; eran puras, un fuego sin humo que jamás se apagaría, Este fuego, en su vastedad e intensidad, lo penetraba todo y se introducía en la tierra. Y la tierra era los cielos y los cielos eran la tierra. Y todo vivía y estallaba de color y el color era Dios, no el dios del hombre. Los cerros se tornaban transparentes, cada roca, cada piedra habían perdido su peso y flotaban en el color, y los cerros distantes eran azules, del azul de todos los mares y del cielo de todos los climas. Los florecidos arrozales, una extensión intensamente verde y rosada, llamaban de inmediato la atención. Y el camino que atravesaba el valle se veía púrpura y blanco, tan vivo que era uno de los rayos que corrían de una a otra parte del cielo. Uno mismo era parte de esa luz que ardía furiosamente, que estallaba, esa luz sin sombra, sin raíz y sin palabras. Y a medida que el sol iba descendiendo, cada color se tornaba más violento, más intenso, y uno se perdía completamente, más allá de cuanto pudiera recordar. Este era un atardecer sin memoria4.

   En sus pláticas a los niños y a los maestros, K cuestionaba el lugar del conocimiento en la transformación del hombre. Las mentes de los niños estaban activas, estimuladas por el contacto directo con la presencia de K, con la bendición, un océano en el cual él se movía y hablaba. La claridad y profundidad de las percepciones que se revelaban en las pláticas eran sorprendentes. Estas pláticas habrían de aparecer más tarde en Krishnamurti y la educación. En ellas K ponía énfasis en los dos instrumentos asequibles para la mente humana: el conocimiento, que lo capacita a uno para adquirir poder sobre el medio ambiente material; y la inteligencia, que nace de la observación. “Una mente nueva sólo es posible cuando el espíritu religioso y la actitud científica forman parte del mismo movimiento de la conciencia”. Para K estos no eran movimientos separados que debían fundirse, sino un nuevo movimiento inherente a la inteligencia y a la mente creativa.
   K negaba todas las relaciones jerárquicas. Para él, la verdadera comunicación sólo era posible cuando el maestro y el estudiante funcionaban en el mismo nivel, comunicándose mediante la pregunta y la contra pregunta, hasta que en el acto mismo de aprender, el problema era explorado a fondo y la comprensión iluminaba al mismo tiempo la mente del estudiante y la del maestro.
   Hablándole del temor al niño, K dijo: “Cuando ustedes ven el temor, investíguenlo, enfréntense a él, y entonces el temor desaparece”. Exploró con el niño el complejo problema del miedo. Puso al descubierto las enormes tinieblas del miedo y la naturaleza del devenir, haciéndolo con delicadeza y lucidez. Consideró el tiempo del reloj y el tiempo interno, que es creado por la psique convirtiéndose en el ‘yo seré’. La proyección en el futuro es la raíz del miedo.
   Un niño le preguntó acerca de la muerte. “Existen dos clases de muerte”, dijo K: “La muerte del cuerpo y la muerte del pensamiento”. El cuerpo, el organismo físico tiene que terminar. “Eso no nos atemoriza. Lo que tememos es que el pensamiento como el ‘yo’ que ha vivido, que ha adquirido dinero, familia, el ‘yo’ que quiere volverse importante, llegue a su fin”. K le preguntó al niño: “¿Ves la diferencia entre el morir físico y el morir del ‘yo’?” Los niños escuchaban, la semilla de la inteligencia había sido plantada, en tierra rica o en estéril suelo rocoso ‑sólo el futuro lo revelaría­.
   Introdujo al niño en el conocimiento propio y en la meditación. Al final de una plática dijo: “Ante todo permanezcan así sentados en completa quietud, cómodamente, muy serenos, relajados; les mostraré. Ahora, miren los árboles, las colinas, la sombra de esas colinas, mírenlas, miren la cualidad de su color, obsérvenlas. No me escuchen a mí. Observen y vean esos árboles, los árboles amarillentos, el tamarindo, y luego miren las buganvillas. No los miren con la mente sino con los ojos. Después de haber mirado todos los colores, la forma del suelo, de las colinas, de las rocas, la sombra que proyectan, trasládense entonces de lo externo a lo interno y cierren los ojos, cierren los ojos completamente. Han terminado de mirar las cosas exteriores y ahora, con los ojos cerrados, pueden mirar lo que ocurre adentro. Observen lo que ocurre dentro de ustedes, no piensen, sólo observen, no muevan los globos oculares, manténganlos muy, muy quietos, porque ahora no hay nada que ver con ellos, ustedes han visto las cosas que los rodean, ahora están viendo lo que ocurre dentro de la mente, y para ver lo que ocurre dentro de la mente deben estar muy quietos en lo interno. Y cuando hacen esto, ¿saben lo que les sucede? Se vuelven muy sensibles, muy alertas a las cosas externas e internas. Entonces descubren que lo externo es lo interno, descubren que el observador es lo observado”5.
   Habló en el mismo sentido al maestro, tal como lo había hecho con el niño. Habló de la urgencia y necesidad de tener una visión de largo alcance, en la cual estuvieran contenidas las cosas pequeñas. Exploró con tangible sutileza los muchos escondrijos oscuros de la mente.
   La plática final de K, “El florecer”, es quizás una de las más audaces y explosivas que jamás haya pronunciado sobre la educación.
   “¿Puede la frustración florecer?”, preguntó. “¿Cómo la cuestionan ustedes de modo que la frustración se despliegue y florezca? Es sólo cuando el pensamiento florece que puede morir naturalmente. Como la flor en un jardín, el pensamiento debe florecer, debe fructificar, y entonces muere. Al pensamiento debe dársele libertad para florecer y morir. Y la pregunta correcta es si puede haber libertad para que la frustración florezca y muera”
   Un maestro le preguntó qué entendía por ‘florecer’. Krishnamurti contestó: “¡Mire las flores en el jardín, allí enfrente! Están floreciendo, y después de unos pocos días se marchitarán, porque tal es su naturaleza. Ahora bien, debe dársele libertad a la frustración a fin de que florezca”.
   “Su pregunta era: ‘¿Existe un impulso que se mantenga a sí mismo en acción, limpio, saludable?’ Ese impulso, esa llama que arde cuando todo en uno tiene libertad para florecer ‑lo feo, lo hermoso, lo malo, lo bueno, y lo estúpido­ de modo que no haya cosa alguna que se reprima, que no quede nada sin haber sido sacado a la luz, examinado y quemado. Y eso no puedo hacerlo si, a través de las pequeñas cosas, no descubro la frustración, la desdicha, el dolor, el conflicto, la estupidez, la insensibilidad. Si descubro la frustración mediante el mero razonamiento, entonces no sé qué significa la frustración”.
   Los maestros eran incapaces de comprender, y siguieron preguntando. “Vea”, respondió K a uno, “para usted el florecer es una idea. La mente pequeña siempre trata con los síntomas y nunca con el hecho. Carece de libertad para descubrir. Hace exactamente lo que le indica su condición de mente pequeña, porque dice: ‘Esa es una buena idea, pensaré al respecto’, y de ese modo está perdida, porque entonces trata con la idea, no con el hecho. No dice. ‘Dejémoslo florecer y veamos qué ocurre’. Entonces sí que descubriría. Pero en vez de eso dice: ‘Es una buena idea, debo investigar la idea’
   Les dijo a los maestros que la mayoría de las personas eran prisioneras de las pequeñas cosas. “¿Puedo ver el síntoma, penetrar en la causa y dejar que la causa florezca? Pero yo quiero que florezca en una dirección determinada, y eso significa que tengo una opinión de cómo debería florecer. ¿Puedo, entonces, ir tras de eso? ¿Puedo ver que impido el florececimiento de la causa porque temo no saber qué ocurrirá si permito que florezca la frustración? ¿Puedo, entonces, investigar por qué tengo miedo? Veo que en tanto exista el temor, no puede haber florecimiento. Debo, pues, abordar el temor, no mediante la idea del temor, sino que debo abordarlo como un hecho, lo cual significa que debo permitirle al temor que florezca.
   “Todo esto requiere muchísima percepción interna. ¿Sabe qué significa permitir que el temor florezca? ¿Puedo dejar que todo florezca? ¡Eso no significa que yo vaya a matar, a robar a alguien, sino simplemente dejar que florezca ‘lo que es’!”
   Viendo que ellos todavía no comprendían, preguntó: “¿Ha cultivado usted una planta? ¿Cómo lo hace?”
   Un maestro replicó: “Preparo la tierra, le pongo abono...”
   K continuó: “Le pone el abono adecuado, usa la semilla adecuada, la siembra en su tiempo justo, la cuida, impide que le sucedan cosas. Le da libertad. ¿Por qué no hace lo mismo con los celos?”
   “Aquí el florecimiento no se expresa exteriormente como la planta”.
   K dijo: “Es mucho más real que la planta que usted cultiva afuera, en el terreno. ¿No sabe qué son los celos? En el momento que está celoso, ¿dice que eso es imaginación? Arde con ello, ¿no es así? Está iracundo, furioso. ¿Por qué no los sigue, no como una idea, sino realmente? ¿Puede dejarlos salir afuera, mirarlos y ver que florezcan, de modo que en cada florecer los celos se destruyan a sí mismos y, por lo tanto, no exista al final de ello un ‘alguien’ que esté observando la destrucción? En eso hay creación verdadera”.
   Los maestros volvieron a preguntar. “Cuando la flor florece se revela a sí misma. ¿Qué quiere usted decir exactamente, señor, cuando afirma que si los celos florecen se destruirán a sí mismos?”
   K respondió: “Tome un pimpollo, un pimpollo real de un arbusto. Si lo corta nunca va a florecer, morirá rápidamente. Si lo deja florecer, entonces le muestra su color, su delicadeza, el polen. Muestra lo que realmente es, sin que a usted le digan que es rojo, que es azul, que tiene polen. Está ahí para que usted lo mire. Del mismo modo, si deja que los celos florezcan, ellos le mostrarán todo lo que realmente son ‑envidia, apego­. Así que, al permitir que los celos florezcan, estos le han mostrado todos sus colores, revelándole qué hay detrás de los celos”.
   “Decir que los celos tienen por causa el apego, es mera verbalización. Pero al permitir verdaderamente que los celos florezcan, la realidad de que uno está apegado a algo se vuelve un hecho, un hecho emocional, no una idea intelectual, verbal. Y así, cada florecimiento revela lo que uno no fue capaz de descubrir. Y a medida que cada hecho se descubre a sí mismo, florece, y uno trata con ese hecho. Al dejar que el hecho florezca, éste abre otras puertas, hasta que ya no hay en absoluto ninguna clase de florecimiento y, por tanto, no hay ninguna clase de causa o motivo”6.
   Al ver la expresión que tenían los rostros de los maestros, Krishnaji dijo: “Cuando ustedes escuchan, en el mismo acto de escuchar tiene lugar el florecimiento”.

   La relación de Krishnaji con las escuelas estaba experimentando un cambio profundo. Él veía la escuela como un oasis donde la enseñanza podía ser protegida y mantenida viva, cualesquiera que fueran el desorden y la violencia en el mundo, tenía que surgir una nueva generación, una mente nueva; y para eso no sólo se requería que el educador y el educando tuvieran mentes que escucharan y ojos que pudieran ver con una visión de largo alcance, sin identificación ni fragmentación alguna, sino que el suelo tenía que ser arado, había que sembrar la semilla, y la tierra tenía que santificarse con la bendición.
   Radhika y yo viajamos con Krishnaji en el automóvil desde el Valle de Rishi a Madrás. Aldous Huxley y su esposa se encontraban en la India, y a fines del mes habrían de visitar a Krishnaji en Madrás como sus invitados. Yo había prometido hacer que la estada de ellos en Vasanta Vihar, una casa espartana, fuera confortable. Los muebles en las habitaciones de Vasanta Vihar tenían que disponerse de otra manera, y había que introducir cierta sofisticación en el servicio de las comidas. Sin embargo, cuando llegamos a Madrás, me estaba esperando un telegrama; mi esposo había caído enfermo, de modo que Radhika y yo viajamos inmediatamente hacia Delhi.
   Después Krishnaji vino desde Madrás a Delhi con Madhavachari. Desolada por el dolor personal, fui a ver a Krishnaji. Él me abrumó con su afecto, sostuvo mi rostro de modo tal que mis ojos no pudieran escapar de la intensa profundidad de los suyos, y volvió a hablarme de mi cautiverio y de las ilusiones y esperanzas que rehusaban apaciguarse. Súbitamente, el dolor desapareció. Algún bloqueo que había dentro de mí se disolvió en los ríos de energía que fluían desde él. En los años que siguieron, yo habría de verme algunas veces con él a solas; fueron reuniones relacionadas con las escuelas o con la enseñanza; raramente planteé un problema personal.
   Más tarde, en 1962, me destrozó la decisión que tomó mi única hija, Radhika, de casarse con un joven filósofo norteamericano. Yo estaba profundamente apegada a ella, y mi respuesta a la separación planteada era inevitable. Mi cuerpo y mi mente experimentaron una devastación. No podía soportar el acompañarla a los EE.UU. donde iba a casarse. Fui a despedirla al aeropuerto, y después me aparté del resto de la familia, buscando estar sola, lejos de todo lo que fuera familiar.
   De Calcuta fui a Birbhum, y a mi regreso leí los titulares de los diarios. En la India se había declarado el estado de emergencia. China había irrumpido a través de las defensas y estaba a las puertas de la India. La confrontación directa de Kennedy y Kruschev por la crisis de los misiles cubanos había sacudido al mundo. Se había alcanzado el punto sin retorno. Yo miraba los titulares y el suelo se hundía bajo mis pies. Tenía que enfrentarme al hecho de que tal vez jamás volvería a ver a mi hija.
   Permanecí toda la noche sumida en la angustia, dejando que la agonía inundara la conciencia, rehusando admitir la esperanza. Brotaban la ansiedad, la desesperación, los recuerdos, la sensación de ‘para siempre’; el terror de estas palabras me paralizaba, pero las veía surgir, y las dejaba estar. En la mañana, el amor por mi hija seguía siendo igual de profundo, pero el dolor y la angustia que surgían ante el pensamiento del posible fin de la relación, se habían aplacado. El apego había perdido uno de los garfios en que estaba retenido. Ahora sólo subsistía mi dependencia del gurú, y pronto eso también habría de ser puesto a prueba.

   Radhika se encontró con Krishnaji en Gstaad, camino a los Estados Unidos, en noviembre de 1962. Krishnaji me escribió desde el Chalet Tanneg diciéndome que se había visto con Radhika y había dado con ella un largo paseo. “Fue bueno que nos encontráramos”, decía. Sabiendo lo que significaría para mí la partida de mi hija, escribió: “Debe haber sido una gran prueba ver irse a Radhika”.