Capitulo
XLVII
“NI
PRINCIPIO NI FINAL:
KRISHNAMURTI
A LOS NOVENTA”
En el Bhagavad Gita, Arjuna le pregunta a Krishna acerca del Inmutable,
el Ser Iluminado: “¿Cómo camina, cómo habla, cómo se comporta?”
La misma pregunta la formulan muchas personas que han visto a Krishnamurti
y le han escuchado. Este capítulo ofrece quizás algunas respuestas a esa
pregunta, pero así y todo constituyen una respuesta incompleta, porque el
misterio de Krishnamurti sigue siendo insondable,
A los noventa años, el día de Krishnamurti es poco diferente de lo que
ha sido por cuarenta años. En la India se despierta con la salida del sol,
permanece en la cama con todos los sentidos del cuerpo despiertos, pero sin que
surja un solo pensamiento hasta que hay un regresar desde inmensas distancias.
Comienza el día con asanas yogas y pranayama. Hace por treinta y cinco
minutos sus pranayamas, los
ejercicios respiratorios, y otros cuarenta y cinco minutos los dedica a los asanas yogas, las posturas físicas que
tonifican el cuerpo, los nervios, los músculos y las células que forman el
tejido de la piel -la apertura de cada célula del cuerpo para que respire
naturalmente y en armonía.
A las ocho, Krishnamurti se desayuna con frutas, tostadas, manteca y
trigo integral. Su desayuno incluye a veces idlis
o dosas de la India del Sur, tortas
de arroz condimentadas con coco y cocidas al vapor. En la mesa del desayuno,
sus íntimos asociados de la India se reúnen para discutir la educación y las
escuelas, la conciencia, la semilla de la desintegración en el hombre, las
computadoras y el papel de la inteligencia artificial. El hace preguntas sobre
las novedades en el plano internacional y en la India. Se discute libremente el
estado del país -la violencia, la corrupción, la declinación de los valores, el
futuro del hombre o la mutación de la mente humana. Cada problema es expuesto e
investigado; todos participan; incluso las discusiones están penetradas por un
gran sentido de orden y quietud.
El es casi como un niño en su actitud ante las situaciones, especialmente
las políticas; pero una suprema gravedad se hace evidente en su interés por la
psique y los espacios interiores de la mente. Hace frecuentes pausas, dejando
que la mente permanezca con las preguntas, y responde con pasión y dignidad.
Cuando tiene que sostener sus diálogos matinales, la sesión del desayuno
es corta. Nos dispersamos para volver a encontrarnos a las 9,30 hs., cuando el
pequeño grupo se ha reunido a fin de participar en los diálogos. Las
discusiones continúan hasta las once, después de lo cual los individuos
aquejados por sufrimientos o problemas especiales, se quedan para hablar con
él. A veces los lleva a su habitación por unos minutos. Cuando no hay
discusiones de grupo, las conversaciones con sus colaboradores continúan por
dos o tres horas. Discutimos la muerte, la naturaleza de Dios, el problema del
observador y lo observado. Algunos de los más intensos destellos de
discernimiento se han revelado en estas sesiones.
Alrededor de las once y media, va a su habitación y se acuesta por media
hora con el Economist, el Time o el Newsweek, o libros con ilustraciones de árboles, montañas, pájaros
o animales, o una novela de misterio. Raramente lee libros serios, pero está
bien informado sobre el estado del mundo, los avances de la ciencia y la
tecnología, y los procesos degenerativos que corroen al hombre. A mediodía
recibe un masaje de aceite y toma un baño muy caliente. El almuerzo es a la
una. Se sirve comidas de la India, pero nada frito y muy pocos dulces. Le
gustan los encurtidos muy picantes, y se permite porciones diminutas. También a
la hora del almuerzo hay discusiones, y a menudo participan invitados.
La conversación varía desde los asuntos internacionales a los
descubrimientos científicos, la guerra, el desarme nuclear y sus insolubles
problemas. Krishnamurti siente una gran curiosidad por estos temas y hace
preguntas muy profundas. Le fascinan los nuevos descubrimientos en la ciencia.
A veces es profético y sondea en el futuro. Sus declaraciones están muy
adelantadas a su época. Tiene lúcidas percepciones en el significado de los
acontecimientos mundiales, y puede relacionarlos con una totalidad global.
Interroga frecuentemente a sus visitantes: “¿Qué está sucediendo en el país?
¿Por qué ha perdido toda creatividad?” Ninguna respuesta le satisface. El
individuo serio tiene que contener dentro de sí esta pregunta imposible y así
despertar a sus insinuaciones. La pregunta sobre la degeneración en los
procesos internos ha de formularse, y la mente tiene que permanecer con el problema,
examinarlo.
El nivel y la intensidad de su atención son formidables. Una vez me dijo
que algunas preguntas tienen que ser contenidas en la mente por la eternidad.
En el almuerzo, Krishnamurti continúa con el tema que ha estado
considerando en la mesa del desayuno, y a veces cuenta historias ‑anécdotas de
sus encuentros con animales salvajes, o historias de San Pedro, el paraíso y el
infierno, de Rusia y los comisarios, historias que repite con elocuencia,
deleite y buen humor. Carece completamente de malicia. Con los extraños es
tímido, y algún otro tiene que llenar los embarazosos silencios.
A través de los años vio a un vasto número de personas. Sanyasis, monjes budistas, siddhas, yoguis errantes, convergían
hacia él en busca de respuestas o de consuelo. Jamás rehusó verlos. La túnica
ocre o azafranada de los ascetas, evoca en él una profunda compasión. A
principios de 1.970, dos monjes Jain comenzaron a visitarlo todos los años. Su
cita tenía que ser fijada con un año de anticipación, con fecha, tiempo y lugar
exactos. Porque durante los chaturmas,
los cuatro meses de los monzones, los monjes descansaban y tocaban a su fin
todos los viajes. Después de esos cuatro meses, los dos monjes comenzaban su
peregrinaje para ver a Krishnamurti, a veces caminando setecientas millas a fin
de encontrarse en Bombay el día fijado. Uno de los monjes tenía leucemia; el
otro era muy joven y poseía unos ojos muy bellos. Llevaban máscaras de algodón
blanco atadas alrededor de la boca, para asegurarse que ni siquiera con la
respiración pudieran dañar a un insecto. No conocían el inglés, y yo tenía que
traducir todo lo que se decía. Me sentaba en el umbral de la puerta, mientras
ellos compartían una estera con Krishnaji ‑porque según las ordenanzas
monásticas no les era permitido sentarse en la misma estera con una mujer. Eran
apasionados en su inquirir. Desde muy jóvenes habían negado severamente sus
cuerpos, y la prometida liberación seguía lejana. Krishnaji se mostraba muy
gentil con ellos y tenían lugar largas discusiones. Un año, estos monjes
vestidos de blanco no aparecieron para su cita. Es difícil decir qué puede
haber ocurrido. Tal vez el jefe de la orden a que pertenecían, intuyendo una
rebelión contra la autoridad, les había negado el permiso para sus entrevistas
con Krishnamurti.
Después del almuerzo, Krishnamurti descansa. Alrededor de las cuatro
comienza a ver gente otra vez. Llega una mujer a punto de quedarse ciega, y él
pone las manos en sus ojos. Una visitante que ha perdido un hijo pequeño se
sienta con él, y K sostiene su mano y simbólicamente enjuga sus lágrimas,
sanándola internamente. Un joven confundido, perdido en este mundo violento,
busca respuestas.
Desde fines de 1.970 K veía a menos gente, pero a los noventa años es
otra vez asequible para quienes le buscan; jamás cierra sus puertas a nadie -e1
joven alucinado que se comunica con los platos voladores; la mujer sumida en el
dolor; el adolescente; el anciano; el ciego. Nunca está demasiado ocupado o
demasiado cansado.
Su nombre y sus enseñanzas se conocen por todo el país, tanto entre los ashrams de los Himalayas como entre los
académicos. Los budistas de la India todavía hablan de él como de un gran
maestro en la tradición de Nagarjuna; los gurús hindúes y los sadhus lo consideran un gran ser
liberado en la tradición advaita o no-dual. Lo aceptan como el más profundo
Instructor de la era.
Cuando el sol está por ponerse, sale a dar un paseo. A los noventa años,
sus pasos son largos, su cuerpo sigue siendo derecho y erguido. Sus amigos
íntimos, acompañados por hijos y nietos, pasean con él. A veces toma la mano de
una niñita y pasea y ríe con ella. Camina tres millas, aspirando la tierra, los
árboles, escuchando los sonidos distantes. Hay muy poca conversación. En
ocasiones, prefiere estar solo, con su mente muy lejos. Ha dicho que ni un solo
pensamiento toca su mente durante estos paseos.
En la casa vuelve a lavarse, y practica algunos pranayamas más. Come una cena liviana ‑ensalada, frutas, nueces,
sopa, vegetales. En raras ocasiones, permanece en la mesa después de una cena
con unos pocos amigos, y entonces surgen insinuaciones de una eternidad que se
extiende más allá de la mente. Su voz experimenta un cambio, se llena de poder
y de una energía inmensa; los silencios recorren la habitación.
Un río de quietud fluye dentro de él. Su mente jamás se cristaliza. Está
dispuesto a escuchar cualquier crítica. Recuerdo un día de 1.978 en Colombo,
cuando él y yo parábamos en la misma casa. Krishnaji había estado inquieto. Le
dije: “Señor, lo noto agitado”. No me contestó. Comenzamos a discutir otra
cosa. Por la noche, en la cena, se volvió hacia mí y exclamó: “Usted dijo que
yo estaba agitado. Esta tarde llevé la cuestión conmigo a la cama. Me pregunté:
‘¿Estoy agitado? ¿Es a causa de la dependencia?’ Y de pronto lo vi. Buscar una
respuesta es darle a la agitación raíces en la mente; y se terminó. No estaré
agitado otra vez. He estado observando y prestando atención a todo, a mi
cuerpo, a mi mente, para desarraigar cualquier vestigio de agitación”.
Está abierto a todos los retos. Jamás cesa de observar de escuchar, de
cuestionar. La mente de Krishnamurti contiene pocos símbolos; no obstante,
tiene una estrecha relación personal con los ríos. En 1.961, hablando en
Bombay, describía así al Ganges: “Puede tener un comienzo y un final. Pero el
comienzo no es el río, el final no es el río. El río es la corriente entre
ambos. Pasa a través de aldeas y ciudades, todo lo arrastra en su seno. Se
contamina, arrojan en él basura y aguas servidas, y unas millas más adelante se
ha purificado a sí mismo. Es el río en el que todo vive, el pez que está debajo
y el hombre que toma el agua en su superficie. Ese es el río. Detrás de él está
esa tremenda presión de agua, y éste es el proceso auto-purificador que
constituye el río. La mente inocente es como ese río. No tiene comienzo ni
final ‑en ella no existe el tiempo”.
No desperdicia energías cuando camina, cuando habla o cuando trabaja en
alguna ocupación sin importancia ‑lustrar sus zapatos, levantar una piedra y
sacarla del camino. Al envejecer, se ha ido incrementando el temblor de sus
manos -la altamente sensible respuesta del cuerpo al mundo del ruido y de la
contaminación. Ha sufrido con frecuencia misteriosas enfermedades. Durante
ellas delira, su voz cambia, a veces se vuelve como un niño pequeño, formula
preguntas extrañas, se desmaya con facilidad, particularmente cuando se
encuentra cerca de personas en las que puede confiar; con frecuencia se cura a
sí mismo.
Su relación con la naturaleza, con los árboles y la tierra tiene un
significado especial; posee la capacidad de penetrar en espacios internos de la
naturaleza, de percibir el movimiento de la vida. Recientemente principió a
hablar del sonido que reverbera en las entrañas de un árbol cuando todos los
otros sonidos externos han cesado.
Los animales y los pájaros confían en él. Le he visto sentarse solo en
un jardín y arrojar arroz tostado sobre el césped; los pájaros picotean el
arroz a pocas pulgadas de su cuerpo, y algunos se posan en sus hombros.
Describiéndose a sí mismo, cita equivocadamente a Browning: “Tímido como una
ardilla, indócil como una golondrina”.
Alrededor de las diez y media está durmiendo. Justo antes de dormirse,
todas las acciones de ese día pasan rápidas por su mente; en un destello, se
extinguen el día con sus eventos y todos los ayeres. Durante el sueño, el
cuerpo de Krishnamurti, como un pájaro, se repliega sobre sí mismo. No le gusta
que lo despierten de golpe. Dice que rara vez sueña. Cuando se levanta, apenas
si hay una arruga sobre la sábana.
Está dispuesto a probar toda clase de remedios herbáceos y ayurvédicos;
huye de todas las drogas modernas. Es caprichoso con los alimentos; a veces
mezcla leche con jugo de naranjas, otras veces rechaza la leche; en ocasiones
vive de alimentos crudos. Estos caprichos alimenticios hacen sonreír a sus
amigos. Jamás permitió que nadie se inclinara para tocar sus pies. Si alguno lo
hace, él mismo se inclina y, toca los pies del otro.
En sus pláticas públicas, a algunas de las cuales suelen asistir unas
setecientas personas, sigue vistiendo un amplio dhoti ribeteado de rojo y una larga túnica de tonos dulces.
Mientras camina hacia el estrado está rodeado por gente, pero nadie se acerca a
él como para tocarlo. Una vez sentado en su lugar, la presencia de Krishnamurti
se expande y atrae a los oyentes hacia él.
Comienza a hablar. La espalda se mantiene recta, la voz es clara y
permite que florezca cada matiz. El rostro no ha sido contaminado por el
tiempo. Las manos descansan sobre su regazo; las mueve ocasionalmente, y éstas
asumen posturas simbólicas, como pimpollos abriéndose a la luz. Por casi dos
horas el vasto auditorio se mantiene silencioso, y apenas si hay algún
movimiento. Cuando la plática ha finalizado, Krishnamurti permanece quieto por
un minuto, luego pliega sus manos en pranams
y el gentío se dirige hacia el estrado. El cuerpo tiembla con la energía que ha
fluido a través de él. Extiende ambas manos y permite que las sostengan
aquellos que han logrado llegar. Con lentitud se va desembarazando de la gente.
Krishnamurti desciende del estrado. Muchos presionan sobre el pequeño
corredor por el que tiene que pasar, se inclinan para tocar sus pies y él toca
sus rostros con las manos, manteniéndolas extendidas a ambos lados. Camina como
un león, pausadamente, con inmensa dignidad. Sus ojos se encuentran con cientos
de ojos que lo rodean. Un desborde del gentío parece inevitable, pero el
silencio de su presencia crea orden. La gente retrocede. El camina solo. En el
automóvil, cuando sus compañeros tratan de cerrar la ventanilla, él los
detiene. Sus brazos se extienden hacia afuera. En todo el camino hacia la
salida, hombres y mujeres se apretujan contra el auto tocando sus manos y
llevándose las propias a los ojos. Un policía, al ver la presión de la
multitud, ordena a la gente que se disperse. Krishnamurti desciende, toma la
mano del policía y la retiene en la suya. El policía deja a un lado su vara y
se postra él mismo a los pies de Krishnamurti. Este lo levanta y, aún
sosteniéndole la mano, entra otra vez en el automóvil. La portezuela queda
abierta. Cuando el auto comienza a andar, el policía corre a la par negándose a
abandonar la mano.
Niños le esperan en el piso de Peddar Road con una guirnalda de dulce
fragancia entretejida con jazmines y rosas ‑perlas, rubíes y esmeraldas
florales. Él la toma con gracia, la coloca alrededor de su cuello por unos
momentos antes de entregarla a los niños que están más cerca.
Permanecer en su estrecha proximidad siempre ha sido arduo. Él arde en
llamas, y a los cuerpos de sus asociados les toma cierto tiempo acostumbrarse a
su presencia. A veces cuestiona a sus amigos, exigiéndoles que estén atentos y
observen. Él, por su parte, observa con cuidado cuando ellos reaccionan fuertemente
ante ciertas personas o ante afirmaciones de otros. Para mentes deterioradas es
imposible demorarse en torno de él -o uno se mueve, o es dejado atrás. Fluyen
inmensos volúmenes de energía; uno tiene que ser parte de esa energía o no
tiene lugar.
Su cuerpo es frágil, pero su mente jamás
afloja. Ha dicho que a medida que se vuelve muy viejo, opera a través de él una
energía ilimitada. La urgencia ha aumentado, así como el impulso interno. Nada
parece cansarlo. Apremia el cuerpo, caminando más rápido, probándose a sí
mismo, de tal modo que personas con la mitad de sus años no pueden seguirle el
paso. Es sólo cuando no está haciendo nada, cuando permanece en la cama, que se
le ve frágil y envejecido. Sus manos tiemblan, el cuerpo se contrae. Pero en la
discusión, en el desayuno o en el almuerzo, en sus pláticas, se borran todas
las arrugas. La piel es translúcida, parece etéreo, iluminado desde adentro.
A los noventa años, Krishnamurti continúa viajando, hablando, en busca
de mentes despiertas y capaces de percibir con claridad. Esas percepciones,
floreciendo sin sombras, transforman el cerebro.
En 1.980 me dijo que cuando dejara de hablar, el cuerpo moriría. El
cuerpo tiene un solo propósito: revelar la enseñanza.