Capítulo X
“UNO ES EL MUNDO”
Años
después, Krishnamurti diría de sí mismo: “El despertar completo llegó en la
India, entre 1947 y 1948”. Durante aquellos años se estaban desplegando las
cinco vías de comunicación integral de la enseñanza: las pláticas públicas, los
diálogos y discusiones, las entrevistas personales, las percepciones
aparentemente casuales que se revelaban en los paseos o en la mesa durante la
cena, y los silencios. Krishnamurti lanzaba a sus colaboradores y oyentes al
río del conocimiento propio en un viaje de “descubrimiento de uno mismo sin
comienzo ni final”, un viaje que en su movimiento rompía las limitaciones de la
mente abriendo nuevas fronteras de percepción. Era una enseñanza austera, no en
su exigencia de renunciación exterior o de sacrificio (aunque en realidad, la
austeridad y una vida de rectitud constituían la base desde la cual emanaba la
enseñanza), sino en su total negación de todos los soportes, de todas las
muletas y los rituales, por sutiles que pudieran ser.
La
negación del gurú como el centro de la búsqueda religiosa, era en la India la
negación última de toda autoridad espiritual; porque en ausencia de un
revelador libro sagrado, el gurú era el iniciador, el preceptor, el portal
hacia la verdad. Con Su rechazo a concederle cualquier lugar de intermediario
entre el buscador de la verdad y la realidad misma, Krishnamurti lanzaba toda
la responsabilidad sobre el buscador. A éste le decía: “Lo Real está cerca, uno
no tiene que buscarlo. La Verdad está en ‘lo que es’ y ésa es su belleza”. Pero
para el aspirante que interiormente seguía siendo un discípulo, eso creaba
perplejidad, porque no había a dónde ir, ni meta que alcanzar, ni cumbre que
escalar. No había un gurú que prometiera éxtasis o explosiones de luz, ni
visiones, ni siddhis (poderes
extrasensorios) para sustentar una búsqueda; todos los fenómenos extrasensorios
debían observarse y desecharse a medida que iban surgiendo. Sólo interesaba el
despertar de una percepción viviente; ver y escuchar lo real en lo externo tal
como se revelaba en la relación del hombre con la naturaleza; y en lo interno,
como se revelaba en pensamientos y sentimientos que eran el verdadero contenido
de la mente.
Esta
percepción sin fronteras, percepción directa y libre de obstáculos, era el
principio del conocimiento propio, el conocimiento del “yo” tal como es.
Observar el pensamiento cuando éste aparecía en la conciencia, y retenerlo por
la cola sin soltarlo cuando desaparecía, implicaba tener percepciones en la
naturaleza del pensamiento y observar “lo que es”.
Pero
“lo que es”, en su rápido movimiento estaba cambiando constantemente, fluyendo,
transformándose. Una observación que brotara de los sentidos amarrados a una
mente perezosa y estática, retenida en el pensamiento nacido del pasado, no
tenía la energía o la flexibilidad necesarias para proseguir la búsqueda y ser
una con el presente ‑el “ahora” de la existencia y actuar, entonces, desde esa
percepción. El hombre estuvo siempre buscando moldear el movimiento del pensar,
proyectando la acción en el futuro ‑el “yo seré” y bloqueando, por eso, la
acción en el presente. Krishnamurti preguntaba: ¿Quién es el que busca moldear
o cambiar el pensamiento o imprimirle una dirección? “Eliminen el pensamiento
y, ¿dónde está el pensador? Si el pensador es el pensamiento, entonces no puede
actuar sobre el pensamiento o cambiarlo. El pensamiento tiene que terminar”1.
Cuando se le preguntaba: “¿Cómo se conoce uno a sí mismo? ¿Qué hay ahí
que deba conocerse? ¿Por qué ha de buscar uno? ¿Por dónde tiene uno que
empezar?”, él contestaba: “Cuanto más complejo es el problema, cuanto más
abrumadora es la confusión, más sencillo e inocente ha de ser el modo de
abordarlos. El hombre no conoce el modo, así que lo único que puede hacer es
dejar de luchar, y con todos los instrumentos y la energía que posee, observar
las cosas que lo esclavizan”2.
Muchas personas acudían a él en busca de curación física. Les decía: “En
un tiempo yo también practicaba curaciones; pero descubrí que es mucho más
importante curar la mente, el estado interno del ser. Concentrarse meramente en
la cura física puede contribuir a la popularidad, a arrastrar grandes
multitudes, pero no conduce al hombre a la felicidad”3.
En
‘Comentarios sobre el Vivir’, escribe: “Somos un pueblo antiguo; vagamos
buscándolo todo en lugares remotos, cuando ello está tan cerca de nosotros.
Creemos que la belleza está siempre ‘allá’, pero nunca aquí, que la verdad
nunca está en nuestras casas sino en algún sitio distante. Vamos al otro lado
del mundo para encontrar al maestro, y no reparamos en el sirviente; no
comprendemos las cosas comunes de la vida, las luchas y las alegrías cotidianas
y, no obstante, intentamos captar lo misterioso, lo oculto”4.
Las
pláticas públicas de Krishnamurti en Bombay, se realizaron en los prados de la
espaciosa residencia de Sir Chunilal Mehta en Ridge Road. Krishnamurti ingresó
en los terrenos vistiendo un dhoti
ribeteado de rojo, un largo, inmaculado kurta
blanco y un angavastram. Quitándose
las sandalias se sentó con las piernas cruzadas en un estrado, la espalda
erecta y sin hacer un solo movimiento. Girando la cabeza miró a las quinientas
personas sentadas frente a él en sillas o en el suelo. Entre ellas había sanyasis, viejos teósofos, algunos
profesores, y se notaba un pequeño número de birretes khadi. Había muy poca gente joven; pero estaban presentes los ricos
príncipes comerciantes de Bombay, amigos de Sir Chunilal Mehta.
En
aquellos primeros años, Krishnamurti criticaba severamente a los ricos. Decía:
“Ustedes no pueden mezclar a Dios con Mammon. La Realidad no es para el hombre
que tiene su mano en el bolsillo del prójimo ‑que explota y que llena su
corazón con las riquezas de la tierra”5. La penetrante mirada de
Krishnamurti atraía a sus oyentes hacia un campo unificado de atención. Pero no
era una mirada que clasificara a la gente como grupo. La comunicación directa
que emanaba de Krishnamurti, establecía contacto con el individuo, hombre o
mujer; cada persona sentía que Krishnamurti le estaba hablando a ella sola. El
papel de Krishnamurti era el de un amigo, un amigo que tomaba de la mano al
hombre que sufría y caminaba con él por los caminos apartados y las
profundidades de la mente, del pensamiento y del sentimiento. Se movía paso a
paso, con paciencia infinita, descubriendo el problema, ahondando,
cuestionando, bloqueando todos los escapes que alejaran del hecho. Enseñando al
oyente a observar, como en un espejo, el dolor, la ira, el miedo, la soledad.
Enseñándole a morar en el espacio entre pensamientos moviéndose de pensamiento
en pensamiento; a ver que, cuando el pensamiento era obligado a retroceder
hasta sus raíces, se disolvía en el suelo mismo donde se había originado.
Mientras hablaba, Krishnamurti no sólo percibía a las personas que
escuchaban las palabras que pronunciaba, sino que estaba atento a lo que
ocurría a su alrededor ‑el gorjeo de los pájaros, la caída de una hoja, el
sonido de una flauta que alguien tocaba en la distancia. Había simultaneidad
de percepción, un ver y un escuchar inclusivos que no desechaban ni lo externo
ni lo interno, sino que los dejaban fluir a través de la mente, de modo que
nada quedara excluido, que no hubiera distracción alguna ‑sólo el fluir de la
existencia, de “lo que es”.
Un
gran número de personas le escuchaba por primera vez. Su vocabulario había
cambiado completamente, y aun personas como Sanjeeva Rao, que habían estado con
él por muchos años, encontraban difícil comprenderle. Lo que decía parecía
sencillo. “Voy a hablar de ‘lo que es’ y seguiré el movimiento de ‘lo que es’”.
Luego le decía al auditorio: “No sigan mis palabras, sino el movimiento del
pensar que está activo en ustedes”6. Aceptar la vida ‘como es’, pone
fin al conflicto. “Ver ‘lo que es’ implica librarse de ‘lo que es’“7.
Atascadas en las palabras y en las ideas, y presas en la trampa del
devenir, las mentes de quienes escuchaban a K, que jamás habían ‘visto’
directamente al pensamiento mientras operaba ‑su movimiento, su complejidad y
los espacios que crea mientras se mueve se esforzaban por comprender. “¿Puedo
yo, que soy el producto del pasado, puedo salirme del tiempo?”, preguntaba
Krishnamurti. “Uno se sale del tiempo cuando está vitalmente interesado. Da un
gran paso ‑no cronológicamente sino psicológicamente en esa existencia
intemporal”.
En
aquellos años, Krishnaji raramente postulaba una posición de confrontación
directa con el ‘yo’, la entidad del ego. Nunca formulaba la pregunta, “¿Quién
soy yo?”; más bien abordaba al ‘yo’ mediante la negación de las acreciones, o
sea, de las cualidades que, al juntarse, forman el ‘yo’ y le confieren
realidad. Esta negación, esta disolución de la naturaleza y de las cualidades
del ‘yo’, apagaban la volición del pensamiento a través del cual el ‘yo’ se manifestaba
y se perpetuaba a sí mismo. La percepción y negación de todo el devenir
psicológico, implicaba la terminación del pensamiento, del tiempo y de la causa
del ‘yo’.
Viendo uno la naturaleza de la mente, su estructura, y las fuerzas que
operaban en la conciencia humana, surgían las percepciones: La naturaleza misma
de la mente y del pensamiento nos limita y es la causa de nuestro cautiverio y
de nuestro dolor. Para Krishnamurti, todos los esfuerzos por sustituir cosas o
cambiarlas, realizados en el nivel del contenido de la conciencia y que
implicaran un movimiento dentro del campo de los opuestos, eran, en el mejor de
los casos, una respuesta parcial incapaz de resolver los extraordinariamente
complejos y primitivos impulsos que descansan en las profundidades de la mente.
Los
problemas a que se enfrenta el hombre podían llegar a su fin, no por medio de
ideales que proyectaran un cambio gradual del dolor en felicidad, de la codicia
en amor, sino mediante una transformación en la naturaleza del suelo
psicológico en el cual el dolor echa raíces. El cambio o transformación, por lo
tanto, no lo es en la cualidad o categoría, sino en la naturaleza, estructura y
dimensión de la mente.
La
enseñanza de Krishnamurti alteraba, como tal, las dimensiones mismas del
problema humano. Se interesaba en una revolución en el núcleo de la conciencia
humana, y en el descubrimiento de una nueva relación espacio/pensamiento ‑de
modo que la mente, moviéndose en un espacio/tiempo lineal, en la dimensión
causa/efecto, se volvía sobre sí misma y surgía así una simultaneidad de
percepción sensoria. Esta simultaneidad, por su propio modo de operar, negaba
la existencia de cualquier entidad egocéntrica. Despertaba nuevas capacidades e
instrumentos de investigación, y una energía nueva se ponía en funcionamiento
disolviendo las limitaciones.
“Es
sólo la verdad la que nos libera completamente del condicionamiento”, decía
Krishnaji. “Para percibir la verdad, tiene que haber un enfoque de la atención.
Esto no significa negar la entrada a la distracción. No existe tal distracción,
porque la vida es un movimiento y tiene que comprenderse como un proceso total”9.
K se
dirigía a un auditorio que durante un siglo había sido educado en escuelas de
habla inglesa y se había nutrido en los ideales occidentales de democracia, con
el énfasis puesto en el sufragio universal y en una sociedad igualitaria. Los
principios sobre los cuales se formuló la Constitución de la India habrían de
conducir a una gran agitación dentro de todos los sectores de la sociedad. Los
necesitados se darían cuenta lentamente del poder que ejercían. Con esto llegó
una transformación rápida y un endurecimiento de las estructuras sociales. Las
presiones habrían de aumentar en los años futuros.
La
mente india, retenida en siglos de mitos, símbolos e interés por “lo otro”, se
encontraba en la mitad del siglo veinte afectada por las teorías de los
filósofos sociales indios de los siglos diecinueve y veinte; rebelándose contra
las supersticiones y las tinieblas que habían, corroído la psique de la India,
ellos habían adoptado un barniz de condicionamiento occidental para recubrir
los tumultuosos siglos de tradición. Fuerzas y energías del pasado arcaico, con
la sabiduría y su violencia, yacían latentes e inexploradas. Con la libertad,
todos acudían a los líderes, tanto políticos como religiosos, para que les
mostraran el camino; no podían abarcar el ritmo del cambio y las explosivas
fuerzas que pronto habrían de destrozar sus tradicionales estilos de vida y sus
valores. La exigencia de cambios sociales en la India, generaba un loable
interés por el ‘más’ en ciertos sectores de la sociedad. Y dentro de este
interés e integrándolo, había una distribución de la riqueza. Pero, en una
estructura democrática, el empuje por el ‘más’ no podía quedar limitado a las
legítimas necesidades de los menesterosos, sino que saturaba la condición
humana; condujo inevitablemente a una liberación de fuerzas que anteriormente
se mantenían refrenadas por las relaciones tradicionales con sus explotaciones,
pero también con sus responsabilidades inherentes. Vinculadas con esto, se
generaron presiones ocasionadas por una población en rápida escalada y por el
aumento acelerado de los bienes materiales, posible gracias a los avances en la
tecnología. Un cambio evidente hacia los valores y las actitudes materialistas,
habría de saturar a la sociedad de la India y a las relaciones humanas. El
nuevo rico ‑el propietario y el industrial los emergentes grupos de poder del
subdesarrollo, y una organización antisocial en rápido crecimiento, combatían
por los postulados de la riqueza y del poder.
El
occidente de la posguerra también estaba agitado; la guerra había generado
vastos recursos de conocimiento material y científico, y los tecnócratas adiestrados
en crear artefactos de destrucción, tenían que encontrar nuevas vías para
ejercer sus habilidades. La cibernética habría de alcanzar pronto su mayoría de
edad, y las herramientas de la automatización fueron tomando forma en los
tableros de dibujo. A fines de la década del 40, uno podía ver los primeros
movimientos de lo que iba a venir. En el nivel material, el hombre parecía
estar listo para dominar el mundo ‑todos los problemas parecían tener
solución.
Un
aspecto llamativo del fenómeno de la posguerra era la producción de armamentos
y una avalancha de bienes de consumo (fundamento de las economías adaptadas a
los consumidores) y de artefactos que se construían para enseguida volverse
obsoletos. Con ello vino el énfasis en la producción de una ascendente
industria del entretenimiento, con artefactos y mecanismos que inundaron los
mercados y las mentes del hombre, la mujer y el niño.
En
1947, el impacto que sobre la India ejerció el occidente con su explosiva
tecnología, aún era mínimo. El trauma de las particiones y las secuelas del
mismo, habían sacudido los cimientos de toda persona pensante. Pero éstos eran
solamente murmullos de superficie que revelaban el caos y la violencia que
aguardaban en el futuro. Krishnamurti, con la visión de largo alcance del
profeta, percibía la inquietud hirviente. Tanteaba su camino en el panorama de
la India, ahondando en las mentes de hombres y mujeres, observando,
interrogando, sondeando el ambiente, palpando las tensiones y los conflictos
que habrían de corroer la mente y el corazón. “La casa está ardiendo”, les
decía apasionadamente a los que escuchaban, pero éstos carecían de la
intensidad y la urgencia indispensables.
De su
apasionado interés y de su inmensa percepción, nacieron los más lúcidos
descubrimientos que constituyen el núcleo central de la enseñanza. “Uno es el
mundo” era un principio fundamental. La acción política y social jamás podrán
transformar el mundo en sus raíces a menos que el individuo mismo se transforme
radicalmente. “Los sistemas nunca podrán transformar al hombre, es el hombre el
que transforma siempre el sistema”, decía K. Cuando lo interrogaban sobre la
impotencia del individuo aislado para transformar la sociedad y el mundo,
Krishnamurti contestaba que el formidable caudal de agua que constituía el
Ganga (El río Ganges) en creciente, al nacer era una simple gota, y que todas
las acciones fundamentales que habían cambiado al hombre, se originaron en el
ser humano individual.
La
transformación del individuo no era un proceso gradual. La transformación era
inmediata, ocurría en el instante en que el hombre se veía en el espejo de la
relación ‑con otros hombres, con la naturaleza, consigo mismo. Al hablar de la
relación, Krishnamurti utilizaba los ejemplos más íntimos: la relación de la
esposa y el marido; del empleador y el empleado. Aunque muchos de sus oyentes
se sentían perturbados por la persistencia de K en hablar de la hipocresía que
sustentaba estos vínculos, se daban cuenta de la verdad que contenían sus
percepciones. Él decía que ‘ver’ sin ningún movimiento que distorsionara o
cambiara lo que se estaba viendo, sólo era posible cuando había terminado la
actividad dirigida del ‘veedor’. Este es el instante de la transformación; es
el nacimiento de las percepciones que, a su vez, transforman la sociedad y dan
origen a una generación nueva. La verdadera transformación no es el resultado
de ninguna revolución de la derecha o de la izquierda, sino una revolución que
transforma los valores sensorios en aquellos valores que no son producto de la
influencia ambiental.
Las
percepciones de Krishnamurti en el tiempo, estaban fundadas en la necesidad
primordial de la transformación. Él percibía que el “llegar a ser” y el “dejar
de ser”, o el arbolito desarrollándose hasta convertirse en la higuera de
Bengala ‑lo cual implica el tiempo lineal integran el proceso de la vida. La
energía contenida en la materia y sujeta a las leyes del tiempo (como la de una
flecha), es entrópica ‑ha de disiparse, deteriorarse y llegar a su fin.
Krishnamurti decía: “Están el tiempo cronológico y el tiempo de la mente ‑el
tiempo que es la mente misma. Existe una confusión entre ambos tiempos. El
tiempo psicológico es el proceso del devenir”10. Este tiempo como el
devenir, el “yo seré”, nacía de la ilusión y era una manifestación del “yo”; se
afirmaba y sustentaba a sí mismo a través de su propia ignorancia y por medio
de este proceso, almacenaba su propia energía potencial como conciencia. Esta
conciencia era percibida por el individuo mediante la operación de los
sentidos.
El
“yo” como producto del tiempo psicológico, y manifestándose como pensamiento,
no podía actuar para transformarse o liberarse a sí mismo. Era sólo a través de
un enfoque negativo, de la percepción y negación de todo el pensamiento psicológico
‑como el deseo de cambiar “lo que es” en lo que “debería ser” que podía haber
una percepción directa de “lo que es” y una liberación con respecto al tiempo
originado en la psique.
En
este estado de percepción, la mente no está usando al pensamiento para
revitalizarse a sí misma. No hay ni pensador ni pensamiento, ni experimentador
ni experiencia. La mente que está atrapada en el devenir es el resultado del
tiempo, el cual se ha transformado a sí mismo. De este enfoque, que se origina
en la negación de lo falso a medida que aparece, emerge la gran verdad de que
ver y escuchar el hecho directamente ‑inocentemente, sin que el pensamiento
busque cambiar o alterar el hecho, una no‑operación del pensamiento en las
profundas raíces del odio, de la ira, la codicia y el temor disuelve el estado
de ignorancia. Hay una transformación en la naturaleza de la materia ‑la
materia como odio o temor y la liberación de una energía retenida en estos
estados, una energía no contaminada por el tiempo y, en consecuencia, no sujeta
a las leyes del tiempo. Este estado no se relaciona con, ni es el opuesto de la
ira, el odio o el temor. Postular el problema en términos de opuestos tales
como el ideal, es la treta que el pensamiento emplea para perpetuarse a sí
mismo; porque el ideal contiene en sí la semilla de su propio opuesto. Sólo una
percepción total, no fragmentada, puede negar tanto al observador como a lo
observado. El ver “lo que es” implica la transformación de “lo que es”.
El
pensamiento separa la mente del corazón. La mente, con sus raíces en la
actividad egocéntrica, conduce a un incremento de los valores materiales, y a
un lento marchitarse de las esencias y respuestas que nutren la auténtica
condición humana.
La
negación del amor es la tendencia destructiva en el hombre. La humanidad puede
florecer sólo cuando la mente se asienta en el corazón, y hay una negación
completa de la actividad egocéntrica.
El
descubrimiento de los secretos de la mente y la aparición del discernimiento
lúcido y directo de la realidad, llegaron naturalmente a Krishnamurti. Por eso
pudo abrir la puerta con facilidad, con gracia, y decir: “Mírenlo. Tómenlo.
Está ahí. ¿Por qué vacilan?”
Fue
durante los meses que estuvo en Bombay, que nació el diálogo como instrumento
principal de exploración en la enseñanza de Krishnamurti. A través de los años,
este diálogo habría de florecer en sutileza y lucidez de discernimiento. En los
primeros tiempos, las discusiones de grupo se hacían en la forma de preguntas y
respuestas. La precisión y el sondeo perceptivo en las ocultas profundidades de
la psique, estaban ausentes.
Las
primeras discusiones en Bombay, en 1948, fueron confusas y dispersas. A K se le
formulaba una pregunta. Su fluida mente recibía la pregunta y la devolvía
estimulando al interlocutor y al grupo para que buscaran la respuesta dentro
del campo del conocimiento propio. K hablaba lentamente, con muchas pausas,
inclinándose hacia adelante y como si cada respuesta surgiera por primera vez.
Escuchaba sus propias respuestas con el mismo interés y receptividad que
dedicaba a la voz del interlocutor. La energía de las respuestas de Krishnaji
se enfrentaba a mentes en conflicto que luchaban con la confusión, mentes
condicionadas para responder desde la memoria y para buscar la solución en una
autoridad superior, interna o externa, espiritual o temporal. A nosotros, el
estilo de Krishnaji nos resultaba difícil de entender. Nos esforzábamos por
comprender sus palabras y ajustarlas a nuestras propias mentes. Intentábamos
aproximarnos a él, llegar mas allá de las palabras con los únicos instrumentos
de investigación que poseíamos ‑la memoria y el pensamiento. Pero éstos eran
los mismos instrumentos que él ponía en tela de juicio, y eso despertaba en
nosotros un sentimiento de perplejidad. Perdíamos la pista, y nuestra mente,
aferrándose a las palabras, era un campo de batalla donde imperaban la
desesperación y el conflicto.
Krishnaji hablaba una y otra vez de ver “lo que es” (lo real) y no “lo
que debería ser” (la ilusión); de que el hombre necesitaba transformarse a sí
mismo antes de que pudiera transformar a la sociedad; hablaba de la memoria,
que contrarresta, deforma e impide la comprensión del presente, la memoria que
es la conciencia del “yo”; y también se refería a la naturaleza del “ser” y del
“devenir”. En las discusiones, Krishnaji rehusaba dar una respuesta inmediata,
una solución fácil. Para él, cualquier contestación a una pregunta fundamental,
ponía fin al examen tentativo de la pregunta. K exigía una investigación, un
ver y un penetrar en la pregunta misma; no como un proceso externo y dual, sino
como una percepción directa en la naturaleza de la respuesta y en la base desde
la cual surgían tanto la pregunta como la respuesta. Detenerse en la pregunta,
examinarla, era despertar la mente que escucha, que ve y así aniquila la
ilusión de lo externo y lo interno, originando un estado que puede entonces
habérselas con la pregunta.
Las
discusiones proseguían lentamente. K se movía de pensamiento en pensamiento,
impulsando, bloqueando, retrocediendo, avanzando. En el movimiento mismo de
esta observación paso a paso de la mente, el proceso del pensamiento disminuía
su velocidad hasta que, en un instante dado, despertaban las percepciones de
los participantes y había un contacto perceptivo directo con la mente y sus
fluctuaciones. El primer “ver” de la mente, era el punto de partida de la
investigación. Era el indicio que aclaraba y descubría y, en el descubrimiento
mismo, iluminaba la pregunta y la respuesta.
Las
personas que investigaban con K, iban descubriendo la estructura y naturaleza
de la conciencia y la inmensa fuerza y adaptabilidad que tenía el proceso del
pensar. Observar el movimiento de la mente presa en el pensamiento, y advertir
su insuficiencia, era excitante y contenía cierto temor reverente ante el
descubrimiento, ante un viaje por terrenos inexplorados.
El
pensamiento, retenido en sus hábitos, no podía librarse de su propio
cautiverio. Mediante la discusión, mediante el ver, el observar, el cuestionar
y el dudar, se hacían añicos los hábitos arraigados dentro de los cuales se
movía el pensamiento y en los que tenía origen el proceso del devenir.
Se
estaba desarrollando una nueva metodología nacida del ver y el escuchar, y
despertaban nuevas percepciones. Se establecía una base de observación e
investigación, No se permitía que la energía generada por la pregunta, se
disipara en respuestas reflexivas y en reacciones que surgían del depósito de
la memoria. K retaba las mentes de los participantes. Cada célula del cuerpo y
de la mente de K estaba despierta. Su implacable cuestionamiento ponía al
descubierto la psique; y cuando el vigor y el tono de los oyentes se
fortalecía, la mente de K era, a su vez, profundamente retada. En ese reto
mismo, surgían en K extraordinarias percepciones respecto de la condición
humana.
Como
una antena, la mente de K se extendía para percibir las mentes de los
participantes. Cuando el diálogo se empantanaba o el grupo entraba en una
estéril dialéctica y la discusión se volvía improductiva, la mente de K solía
dar un salto sacando la discusión fuera del cauce que había tomado. Introducía
en la discusión la naturaleza del amor, de la muerte, del miedo y del dolor;
los sentimientos y trances de la piel y del corazón; y súbitamente, la
discusión solía entrar en contacto directo y tangible con el problema.
La
ruptura en las discusiones comenzó una mañana de 1948, cuando Rao Sahib
Patwardhan dijo que los ideales y las creencias que lo habían llevado a la
lucha política, se habían desmoronado bajo sus pies. Que se enfrentaba a un
muro en blanco y sentía que para él había llegado el momento de reexaminar sus
creencias fundamentales. Luego se volvió hacia Krishnaji y le preguntó qué
entendía por “pensar creativo”. Krishnaji, que había permanecido sentado en
silencio y escuchando con mucha atención a Rao, se levantó de un salto y se
sentó junto a él. Inclinándose hacia adelante, le preguntó: “¿Quiere usted
investigarlo, señor, y ver si puede experimentar el estado de pensar creativo ahora?”
Rao estaba perplejo y miraba a K, incapaz de entender lo que éste le decía.
“¿Cómo piensa uno?”, empezó K. Rao contestó: “Surge un problema, y el
pensamiento aparece para enfrentarse al problema”.
K
preguntó: “¿Cómo trata usted de resolver un problema?” “Encontrando una
respuesta”, dijo Rao.
¿Cómo
puede encontrar una respuesta y cómo sabe que ésa es la respuesta correcta?
Ciertamente, usted no puede ver el contenido total del problema; ¿cómo puede
entonces su respuesta ser la correcta?”
“Si
no encuentro la respuesta correcta la primera vez, intento otros modos de
encontrarla”, contestó Rao.
“Pero
cualquiera que sea el modo en que trate de encontrar una respuesta, sólo será
una respuesta parcial, y usted quiere una respuesta completa. ¿Cómo, pues,
encontrara una respuesta completa?” K estaba bloqueando todos los movimientos
de la mente ‑rehusando disipar la energía contenida en la pregunta.
“Si
no puedo ver el problema completamente, no puedo encontrar la respuesta
correcta”, respondió Rao.
“De
modo que ya no está esperando una respuesta”.
“No”.
“Ha
cerrado todas las vías de búsqueda de una respuesta”.
“Sí”.
“¿Cuál es el estado de su mente cuando usted ya no está buscando una
respuesta?”
Mi
mente estaba por completo en blanco, pero no era esto lo que él quería dar a
entender. Algo se nos estaba escapando11.
Durante una discusión que tuvo lugar unos días más tarde, K se refirió a
la memoria como la conciencia del “yo”, el factor que deforma e impide la
comprensión del presente. Él separaba la memoria factual de la memoria
psicológica (“yo seré”, “yo debo ser”). Luego preguntó: “¿Podemos vivir sin la
memoria psicológica?”
La
discusión prosiguió lentamente, y yo perdí interés. Mi mente voló lejos
persiguiendo algún deseo. Cuanto más trataba de concentrarme en el tema, tanto
más inquieta se ponía la mente. Yo estaba tan hastiada que la dejé que
vagabundeara. Pronto descubrí que se había calmado, y que por primera vez esa
mañana yo escuchaba lo que se estaba diciendo. El profesor Chubb, del Colegio
Elphinstone, había entrado en la discusión con un argumento, y presté atención.
¿Podía suprimirse la memoria?, me pregunté a mí misma. No quería estar libre
del principio del “yo”. Lo habla construido muy esmeradamente, ¿por qué debería
librarme de él? Estaría perdida.
Entonces sentí curiosidad por descubrir si uno podía prescindir de la
memoria. Hubo una inmediata claridad. Comencé por vigilar la mente. K estaba
diciendo: “¿Qué pueden ustedes hacer, señores? Se enfrentan a un muro en
blanco. No pueden dejarlo simplemente ahí, algo tienen que hacer”. Hablé como
en un relámpago: “Prescindir de la memoria”. De pronto mi mente se había
aclarado. K miraba directamente hacia mí. La claridad se intensificó.
“Prosiga”, dijo. “¿Cuál es el estado de su mente cuando usted prescinde
de la memoria?” Fue como si las cincuenta personas se hubieran ido y sólo
estuviéramos K y yo. “Mi mente está quieta”, dije. Súbitamente sentí aquello ‑una
cualidad tan poderosa, tan flexible, tan dulce y enérgica. Él sonrió y dijo:
“Déjelo, vaya despacio, no lo pisotee”. Los otros trataron de intervenir para
averiguar lo que yo había experimentado, pero K dijo: “Dejen eso en paz, no lo
asfixien, es algo muy delicado”. Cuando abandoné la reunión, él vino hasta la
puerta conmigo y dijo: “Usted tiene que venir a verme, debemos hablar de ello”.
Tuve la sensación de que mi mente había sido lavada y purificada.
Cuando la intensidad y claridad generada en el diálogo se hizo evidente,
estábamos ansiosos por continuar. Y durante los días en que no había pláticas
públicas, nos reuníamos y discutíamos con K. Casi todas las preguntas que se
suscitaban concernían a la urgencia de una acción ética en medio de una
sociedad caótica, y fue solamente más adelante que los problemas humanos
fundamentales ‑la envidia, la ambición, el miedo, el dolor la muerte, el tiempo
y la agonía del querer realizarse y no conseguirlo salieron a la superficie y
buscaron expresarse.
Años
después, K escribió: “Quedarse quieto después de labrar y sembrar, es dar
nacimiento a la creación”12.
A
medida que las discusiones proseguían a través de los años, se hicieron de
manera tentativa y exploratoria diversas investigaciones analíticas.
Formulábamos preguntas sin buscar una solución inmediata; antes bien,
desarrollábamos, paso a paso, una observación del proceso del pensamiento y del
modo en que éste se desenvolvía ‑penetración y retirada, cada movimiento
sumergiendo la atención más y más profundamente en los escondrijos mentales. Tenía
lugar una delicada comunicación sin palabras; se exponía el movimiento de
negación tal como éste se enfrentaba al movimiento positivo del pensar. Existía
el “ver” del hecho, de “lo que es”, y la liberación de la energía contenida en
“lo que es” ‑que implica la mutación de “lo que es”. Además, esto era
percibido desde distintas direcciones a fin de examinar su validez.
La
naturaleza de la dualidad y la no-dualidad, se revelaba en lenguaje sencillo.
En ese estado interrogativo ‑un estado donde el “interrogador”, el
experimentador había dejado de existir la “verdad” se revelaba en un destello.
Era un estado de total no-pensamiento, era el fin de la dualidad. Al terminar
la discusión, muchos de nosotros sentíamos que nuestras mentes habían recibido
un baño de frescura.
Años
más tarde, Krishnamurti diría de estas discusiones: “La mente es el vaso del
movimiento, y cuando el movimiento no tiene forma, cuando no tiene “yo” ni
visiones ni imágenes, la mente está por completo quieta. En esa mente no hay
memoria. Entonces las células cerebrales experimentan un cambio. Las células
del cerebro son usadas para el movimiento en el tiempo. Son el residuo del
tiempo, y el tiempo es movimiento; un movimiento dentro del espacio que el
tiempo crea a medida que se mueve... Cuando no hay movimiento, existe una
tremenda concentración de energía. De modo que la mutación es la comprensión
del movimiento y la terminación del movimiento en las propias células
cerebrales”13.
La
revelación del instante de mutación de “lo que es”, proporcionaba una dimensión
totalmente nueva a todo el campo de la investigación intelectual y religiosa.
Unos
años después le dije a Krishnamurti: “Al tener una discusión personal con
usted, uno se expone a la nada. Es como enfrentarse a algo totalmente vacío. No
hay nada excepto ‘lo que es’ reflejándose en uno mismo. Usted refleja sobre la
persona exactamente ‘lo que es’“.
K
respondió. “Es lo que Aldous acostumbraba decir. Pero cuando K lo refleja, eso
que él refleja es de usted”.