domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo X “UNO ES EL MUNDO”



Capítulo X
“UNO ES EL MUNDO”

   Años después, Krishnamurti diría de sí mismo: “El despertar completo llegó en la India, entre 1947 y 1948”. Durante aquellos años se estaban desplegando las cinco vías de comunicación integral de la enseñanza: las pláticas públicas, los diálogos y discusiones, las entrevistas personales, las percepciones aparentemente casuales que se revelaban en los paseos o en la mesa durante la cena, y los silencios. Krishnamurti lanzaba a sus colaboradores y oyentes al río del conocimiento propio en un viaje de “descubrimiento de uno mismo sin comienzo ni final”, un viaje que en su movimiento rompía las limitaciones de la mente abriendo nuevas fronteras de percepción. Era una enseñanza austera, no en su exigencia de renunciación exterior o de sacrificio (aunque en realidad, la austeridad y una vida de rectitud constituían la base desde la cual emanaba la enseñanza), sino en su total negación de todos los soportes, de todas las muletas y los rituales, por sutiles que pudieran ser.
   La negación del gurú como el centro de la búsqueda religiosa, era en la India la negación última de toda autoridad espiritual; porque en ausencia de un revelador libro sagrado, el gurú era el iniciador, el preceptor, el portal hacia la verdad. Con Su rechazo a concederle cualquier lugar de intermediario entre el buscador de la verdad y la realidad misma, Krishnamurti lanzaba toda la responsabilidad sobre el buscador. A éste le decía: “Lo Real está cerca, uno no tiene que buscarlo. La Verdad está en ‘lo que es’ y ésa es su belleza”. Pero para el aspirante que interiormente seguía siendo un discípulo, eso creaba perplejidad, porque no había a dónde ir, ni meta que alcanzar, ni cumbre que escalar. No había un gurú que prometiera éxtasis o explosiones de luz, ni visiones, ni siddhis (poderes extrasensorios) para sustentar una búsqueda; todos los fenómenos extrasensorios debían observarse y desecharse a medida que iban surgiendo. Sólo interesaba el despertar de una percepción viviente; ver y escuchar lo real en lo externo tal como se revelaba en la relación del hombre con la naturaleza; y en lo interno, como se revelaba en pensamientos y sentimientos que eran el verdadero contenido de la mente.
   Esta percepción sin fronteras, percepción directa y libre de obstáculos, era el principio del conocimiento propio, el conocimiento del “yo” tal como es. Observar el pensamiento cuando éste aparecía en la conciencia, y retenerlo por la cola sin soltarlo cuando desaparecía, implicaba tener percepciones en la naturaleza del pensamiento y observar “lo que es”.
   Pero “lo que es”, en su rápido movimiento estaba cambiando constantemente, fluyendo, transformándose. Una observación que brotara de los sentidos amarrados a una mente perezosa y estática, retenida en el pensamiento nacido del pasado, no tenía la energía o la flexibilidad necesarias para proseguir la búsqueda y ser una con el presente ‑el “ahora” de la existencia­ y actuar, entonces, desde esa percepción. El hombre estuvo siempre buscando moldear el movimiento del pensar, proyectando la acción en el futuro ‑el “yo seré”­ y bloqueando, por eso, la acción en el presente. Krishnamurti preguntaba: ¿Quién es el que busca moldear o cambiar el pensamiento o imprimirle una dirección? “Eliminen el pensamiento y, ¿dónde está el pensador? Si el pensador es el pensamiento, entonces no puede actuar sobre el pensamiento o cambiarlo. El pensamiento tiene que terminar”1.
   Cuando se le preguntaba: “¿Cómo se conoce uno a sí mismo? ¿Qué hay ahí que deba conocerse? ¿Por qué ha de buscar uno? ¿Por dónde tiene uno que empezar?”, él contestaba: “Cuanto más complejo es el problema, cuanto más abrumadora es la confusión, más sencillo e inocente ha de ser el modo de abordarlos. El hombre no conoce el modo, así que lo único que puede hacer es dejar de luchar, y con todos los instrumentos y la energía que posee, observar las cosas que lo esclavizan”2.
   Muchas personas acudían a él en busca de curación física. Les decía: “En un tiempo yo también practicaba curaciones; pero descubrí que es mucho más importante curar la mente, el estado interno del ser. Concentrarse meramente en la cura física puede contribuir a la popularidad, a arrastrar grandes multitudes, pero no conduce al hombre a la felicidad”3.
   En ‘Comentarios sobre el Vivir’, escribe: “Somos un pueblo antiguo; vagamos buscándolo todo en lugares remotos, cuando ello está tan cerca de nosotros. Creemos que la belleza está siempre ‘allá’, pero nunca aquí, que la verdad nunca está en nuestras casas sino en algún sitio distante. Vamos al otro lado del mundo para encontrar al maestro, y no reparamos en el sirviente; no comprendemos las cosas comunes de la vida, las luchas y las alegrías cotidianas y, no obstante, intentamos captar lo misterioso, lo oculto”4.
   Las pláticas públicas de Krishnamurti en Bombay, se realizaron en los prados de la espaciosa residencia de Sir Chunilal Mehta en Ridge Road. Krishnamurti ingresó en los terrenos vistiendo un dhoti ribeteado de rojo, un largo, inmaculado kurta blanco y un angavastram. Quitándose las sandalias se sentó con las piernas cruzadas en un estrado, la espalda erecta y sin hacer un solo movimiento. Girando la cabeza miró a las quinientas personas sentadas frente a él en sillas o en el suelo. Entre ellas había sanyasis, viejos teósofos, algunos profesores, y se notaba un pequeño número de birretes khadi. Había muy poca gente joven; pero estaban presentes los ricos príncipes comerciantes de Bombay, amigos de Sir Chunilal Mehta.
   En aquellos primeros años, Krishnamurti criticaba severamente a los ricos. Decía: “Ustedes no pueden mezclar a Dios con Mammon. La Realidad no es para el hombre que tiene su mano en el bolsillo del prójimo ‑que explota y que llena su corazón con las riquezas de la tierra­”5. La penetrante mirada de Krishnamurti atraía a sus oyentes hacia un campo unificado de atención. Pero no era una mirada que clasificara a la gente como grupo. La comunicación directa que emanaba de Krishnamurti, establecía contacto con el individuo, hombre o mujer; cada persona sentía que Krishnamurti le estaba hablando a ella sola. El papel de Krishnamurti era el de un amigo, un amigo que tomaba de la mano al hombre que sufría y caminaba con él por los caminos apartados y las profundidades de la mente, del pensamiento y del sentimiento. Se movía paso a paso, con paciencia infinita, descubriendo el problema, ahondando, cuestionando, bloqueando todos los escapes que alejaran del hecho. Enseñando al oyente a observar, como en un espejo, el dolor, la ira, el miedo, la soledad. Enseñándole a morar en el espacio entre pensamientos ­moviéndose de pensamiento en pensamiento­; a ver que, cuando el pensamiento era obligado a retroceder hasta sus raíces, se disolvía en el suelo mismo donde se había originado.
   Mientras hablaba, Krishnamurti no sólo percibía a las personas que escuchaban las palabras que pronunciaba, sino que estaba atento a lo que ocurría a su alrededor ‑el gorjeo de los pájaros, la caída de una hoja, el sonido de una flauta que alguien tocaba en la distancia­. Había simultaneidad de percepción, un ver y un escuchar inclusivos que no desechaban ni lo externo ni lo interno, sino que los dejaban fluir a través de la mente, de modo que nada quedara excluido, que no hubiera distracción alguna ‑sólo el fluir de la existencia, de “lo que es”­.
   Un gran número de personas le escuchaba por primera vez. Su vocabulario había cambiado completamente, y aun personas como Sanjeeva Rao, que habían estado con él por muchos años, encontraban difícil comprenderle. Lo que decía parecía sencillo. “Voy a hablar de ‘lo que es’ y seguiré el movimiento de ‘lo que es’”. Luego le decía al auditorio: “No sigan mis palabras, sino el movimiento del pensar que está activo en ustedes”6. Aceptar la vida ‘como es’, pone fin al conflicto. “Ver ‘lo que es’ implica librarse de ‘lo que es’“7.
   Atascadas en las palabras y en las ideas, y presas en la trampa del devenir, las mentes de quienes escuchaban a K, que jamás habían ‘visto’ directamente al pensamiento mientras operaba ‑su movimiento, su complejidad y los espacios que crea mientras se mueve­ se esforzaban por comprender. “¿Puedo yo, que soy el producto del pasado, puedo salirme del tiempo?”, preguntaba Krishnamurti. “Uno se sale del tiempo cuando está vitalmente interesado. Da un gran paso ‑no cronológicamente sino psicológicamente­ en esa existencia intemporal”.
   En aquellos años, Krishnaji raramente postulaba una posición de confrontación directa con el ‘yo’, la entidad del ego. Nunca formulaba la pregunta, “¿Quién soy yo?”; más bien abordaba al ‘yo’ mediante la negación de las acreciones, o sea, de las cualidades que, al juntarse, forman el ‘yo’ y le confieren realidad. Esta negación, esta disolución de la naturaleza y de las cualidades del ‘yo’, apagaban la volición del pensamiento a través del cual el ‘yo’ se manifestaba y se perpetuaba a sí mismo. La percepción y negación de todo el devenir psicológico, implicaba la terminación del pensamiento, del tiempo y de la causa del ‘yo’.
   Viendo uno la naturaleza de la mente, su estructura, y las fuerzas que operaban en la conciencia humana, surgían las percepciones: La naturaleza misma de la mente y del pensamiento nos limita y es la causa de nuestro cautiverio y de nuestro dolor. Para Krishnamurti, todos los esfuerzos por sustituir cosas o cambiarlas, realizados en el nivel del contenido de la conciencia y que implicaran un movimiento dentro del campo de los opuestos, eran, en el mejor de los casos, una respuesta parcial incapaz de resolver los extraordinariamente complejos y primitivos impulsos que descansan en las profundidades de la mente.
   Los problemas a que se enfrenta el hombre podían llegar a su fin, no por medio de ideales que proyectaran un cambio gradual del dolor en felicidad, de la codicia en amor, sino mediante una transformación en la naturaleza del suelo psicológico en el cual el dolor echa raíces. El cambio o transformación, por lo tanto, no lo es en la cualidad o categoría, sino en la naturaleza, estructura y dimensión de la mente.
   La enseñanza de Krishnamurti alteraba, como tal, las dimensiones mismas del problema humano. Se interesaba en una revolución en el núcleo de la conciencia humana, y en el descubrimiento de una nueva relación espacio/pensamiento ‑de modo que la mente, moviéndose en un espacio/tiempo lineal, en la dimensión causa/efecto, se volvía sobre sí misma y surgía así una simultaneidad de percepción sensoria­. Esta simultaneidad, por su propio modo de operar, negaba la existencia de cualquier entidad egocéntrica. Despertaba nuevas capacidades e instrumentos de investigación, y una energía nueva se ponía en funcionamiento disolviendo las limitaciones.
   “Es sólo la verdad la que nos libera completamente del condicionamiento”, decía Krishnaji. “Para percibir la verdad, tiene que haber un enfoque de la atención. Esto no significa negar la entrada a la distracción. No existe tal distracción, porque la vida es un movimiento y tiene que comprenderse como un proceso total”9.

   K se dirigía a un auditorio que durante un siglo había sido educado en escuelas de habla inglesa y se había nutrido en los ideales occidentales de democracia, con el énfasis puesto en el sufragio universal y en una sociedad igualitaria. Los principios sobre los cuales se formuló la Constitución de la India habrían de conducir a una gran agitación dentro de todos los sectores de la sociedad. Los necesitados se darían cuenta lentamente del poder que ejercían. Con esto llegó una transformación rápida y un endurecimiento de las estructuras sociales. Las presiones habrían de aumentar en los años futuros.
   La mente india, retenida en siglos de mitos, símbolos e interés por “lo otro”, se encontraba en la mitad del siglo veinte afectada por las teorías de los filósofos sociales indios de los siglos diecinueve y veinte; rebelándose contra las supersticiones y las tinieblas que habían, corroído la psique de la India, ellos habían adoptado un barniz de condicionamiento occidental para recubrir los tumultuosos siglos de tradición. Fuerzas y energías del pasado arcaico, con la sabiduría y su violencia, yacían latentes e inexploradas. Con la libertad, todos acudían a los líderes, tanto políticos como religiosos, para que les mostraran el camino; no podían abarcar el ritmo del cambio y las explosivas fuerzas que pronto habrían de destrozar sus tradicionales estilos de vida y sus valores. La exigencia de cambios sociales en la India, generaba un loable interés por el ‘más’ en ciertos sectores de la sociedad. Y dentro de este interés e integrándolo, había una distribución de la riqueza. Pero, en una estructura democrática, el empuje por el ‘más’ no podía quedar limitado a las legítimas necesidades de los menesterosos, sino que saturaba la condición humana; condujo inevitablemente a una liberación de fuerzas que anteriormente se mantenían refrenadas por las relaciones tradicionales con sus explotaciones, pero también con sus responsabilidades inherentes. Vinculadas con esto, se generaron presiones ocasionadas por una población en rápida escalada y por el aumento acelerado de los bienes materiales, posible gracias a los avances en la tecnología. Un cambio evidente hacia los valores y las actitudes materialistas, habría de saturar a la sociedad de la India y a las relaciones humanas. El nuevo rico ‑el propietario y el industrial­ los emergentes grupos de poder del subdesarrollo, y una organización antisocial en rápido crecimiento, combatían por los postulados de la riqueza y del poder.
   El occidente de la posguerra también estaba agitado; la guerra había generado vastos recursos de conocimiento material y científico, y los tecnócratas adiestrados en crear artefactos de destrucción, tenían que encontrar nuevas vías para ejercer sus habilidades. La cibernética habría de alcanzar pronto su mayoría de edad, y las herramientas de la automatización fueron tomando forma en los tableros de dibujo. A fines de la década del 40, uno podía ver los primeros movimientos de lo que iba a venir. En el nivel material, el hombre parecía estar listo para dominar el mundo ‑todos los problemas parecían tener solución­.
   Un aspecto llamativo del fenómeno de la posguerra era la producción de armamentos y una avalancha de bienes de consumo (fundamento de las economías adaptadas a los consumidores) y de artefactos que se construían para enseguida volverse obsoletos. Con ello vino el énfasis en la producción de una ascendente industria del entretenimiento, con artefactos y mecanismos que inundaron los mercados y las mentes del hombre, la mujer y el niño.
   En 1947, el impacto que sobre la India ejerció el occidente con su explosiva tecnología, aún era mínimo. El trauma de las particiones y las secuelas del mismo, habían sacudido los cimientos de toda persona pensante. Pero éstos eran solamente murmullos de superficie que revelaban el caos y la violencia que aguardaban en el futuro. Krishnamurti, con la visión de largo alcance del profeta, percibía la inquietud hirviente. Tanteaba su camino en el panorama de la India, ahondando en las mentes de hombres y mujeres, observando, interrogando, sondeando el ambiente, palpando las tensiones y los conflictos que habrían de corroer la mente y el corazón. “La casa está ardiendo”, les decía apasionadamente a los que escuchaban, pero éstos carecían de la intensidad y la urgencia indispensables.
   De su apasionado interés y de su inmensa percepción, nacieron los más lúcidos descubrimientos que constituyen el núcleo central de la enseñanza. “Uno es el mundo” era un principio fundamental. La acción política y social jamás podrán transformar el mundo en sus raíces a menos que el individuo mismo se transforme radicalmente. “Los sistemas nunca podrán transformar al hombre, es el hombre el que transforma siempre el sistema”, decía K. Cuando lo interrogaban sobre la impotencia del individuo aislado para transformar la sociedad y el mundo, Krishnamurti contestaba que el formidable caudal de agua que constituía el Ganga (El río Ganges) en creciente, al nacer era una simple gota, y que todas las acciones fundamentales que habían cambiado al hombre, se originaron en el ser humano individual.
   La transformación del individuo no era un proceso gradual. La transformación era inmediata, ocurría en el instante en que el hombre se veía en el espejo de la relación ‑con otros hombres, con la naturaleza, consigo mismo­. Al hablar de la relación, Krishnamurti utilizaba los ejemplos más íntimos: la relación de la esposa y el marido; del empleador y el empleado. Aunque muchos de sus oyentes se sentían perturbados por la persistencia de K en hablar de la hipocresía que sustentaba estos vínculos, se daban cuenta de la verdad que contenían sus percepciones. Él decía que ‘ver’ sin ningún movimiento que distorsionara o cambiara lo que se estaba viendo, sólo era posible cuando había terminado la actividad dirigida del ‘veedor’. Este es el instante de la transformación; es el nacimiento de las percepciones que, a su vez, transforman la sociedad y dan origen a una generación nueva. La verdadera transformación no es el resultado de ninguna revolución de la derecha o de la izquierda, sino una revolución que transforma los valores sensorios en aquellos valores que no son producto de la influencia ambiental.
   Las percepciones de Krishnamurti en el tiempo, estaban fundadas en la necesidad primordial de la transformación. Él percibía que el “llegar a ser” y el “dejar de ser”, o el arbolito desarrollándose hasta convertirse en la higuera de Bengala ‑lo cual implica el tiempo lineal­ integran el proceso de la vida. La energía contenida en la materia y sujeta a las leyes del tiempo (como la de una flecha), es entrópica ‑ha de disiparse, deteriorarse y llegar a su fin­. Krishnamurti decía: “Están el tiempo cronológico y el tiempo de la mente ‑el tiempo que es la mente misma­. Existe una confusión entre ambos tiempos. El tiempo psicológico es el proceso del devenir”10. Este tiempo como el devenir, el “yo seré”, nacía de la ilusión y era una manifestación del “yo”; se afirmaba y sustentaba a sí mismo a través de su propia ignorancia y por medio de este proceso, almacenaba su propia energía potencial como conciencia. Esta conciencia era percibida por el individuo mediante la operación de los sentidos.
   El “yo” como producto del tiempo psicológico, y manifestándose como pensamiento, no podía actuar para transformarse o liberarse a sí mismo. Era sólo a través de un enfoque negativo, de la percepción y negación de todo el pensamiento psicológico ‑como el deseo de cambiar “lo que es” en lo que “debería ser” que podía haber una percepción directa de “lo que es” y una liberación con respecto al tiempo originado en la psique­.
   En este estado de percepción, la mente no está usando al pensamiento para revitalizarse a sí misma. No hay ni pensador ni pensamiento, ni experimentador ni experiencia. La mente que está atrapada en el devenir es el resultado del tiempo, el cual se ha transformado a sí mismo. De este enfoque, que se origina en la negación de lo falso a medida que aparece, emerge la gran verdad de que ver y escuchar el hecho directamente ‑inocentemente, sin que el pensamiento busque cambiar o alterar el hecho, una no‑operación del pensamiento en las profundas raíces del odio, de la ira, la codicia y el temor­ disuelve el estado de ignorancia. Hay una transformación en la naturaleza de la materia ‑la materia como odio o temor­ y la liberación de una energía retenida en estos estados, una energía no contaminada por el tiempo y, en consecuencia, no sujeta a las leyes del tiempo. Este estado no se relaciona con, ni es el opuesto de la ira, el odio o el temor. Postular el problema en términos de opuestos tales como el ideal, es la treta que el pensamiento emplea para perpetuarse a sí mismo; porque el ideal contiene en sí la semilla de su propio opuesto. Sólo una percepción total, no fragmentada, puede negar tanto al observador como a lo observado. El ver “lo que es” implica la transformación de “lo que es”.
   El pensamiento separa la mente del corazón. La mente, con sus raíces en la actividad egocéntrica, conduce a un incremento de los valores materiales, y a un lento marchitarse de las esencias y respuestas que nutren la auténtica condición humana.
   La negación del amor es la tendencia destructiva en el hombre. La humanidad puede florecer sólo cuando la mente se asienta en el corazón, y hay una negación completa de la actividad egocéntrica.
   El descubrimiento de los secretos de la mente y la aparición del discernimiento lúcido y directo de la realidad, llegaron naturalmente a Krishnamurti. Por eso pudo abrir la puerta con facilidad, con gracia, y decir: “Mírenlo. Tómenlo. Está ahí. ¿Por qué vacilan?”

   Fue durante los meses que estuvo en Bombay, que nació el diálogo como instrumento principal de exploración en la enseñanza de Krishnamurti. A través de los años, este diálogo habría de florecer en sutileza y lucidez de discernimiento. En los primeros tiempos, las discusiones de grupo se hacían en la forma de preguntas y respuestas. La precisión y el sondeo perceptivo en las ocultas profundidades de la psique, estaban ausentes.
   Las primeras discusiones en Bombay, en 1948, fueron confusas y dispersas. A K se le formulaba una pregunta. Su fluida mente recibía la pregunta y la devolvía estimulando al interlocutor y al grupo para que buscaran la respuesta dentro del campo del conocimiento propio. K hablaba lentamente, con muchas pausas, inclinándose hacia adelante y como si cada respuesta surgiera por primera vez. Escuchaba sus propias respuestas con el mismo interés y receptividad que dedicaba a la voz del interlocutor. La energía de las respuestas de Krishnaji se enfrentaba a mentes en conflicto que luchaban con la confusión, mentes condicionadas para responder desde la memoria y para buscar la solución en una autoridad superior, interna o externa, espiritual o temporal. A nosotros, el estilo de Krishnaji nos resultaba difícil de entender. Nos esforzábamos por comprender sus palabras y ajustarlas a nuestras propias mentes. Intentábamos aproximarnos a él, llegar mas allá de las palabras con los únicos instrumentos de investigación que poseíamos ‑la memoria y el pensamiento­. Pero éstos eran los mismos instrumentos que él ponía en tela de juicio, y eso despertaba en nosotros un sentimiento de perplejidad. Perdíamos la pista, y nuestra mente, aferrándose a las palabras, era un campo de batalla donde imperaban la desesperación y el conflicto.
   Krishnaji hablaba una y otra vez de ver “lo que es” (lo real) y no “lo que debería ser” (la ilusión); de que el hombre necesitaba transformarse a sí mismo antes de que pudiera transformar a la sociedad; hablaba de la memoria, que contrarresta, deforma e impide la comprensión del presente, la memoria que es la conciencia del “yo”; y también se refería a la naturaleza del “ser” y del “devenir”. En las discusiones, Krishnaji rehusaba dar una respuesta inmediata, una solución fácil. Para él, cualquier contestación a una pregunta fundamental, ponía fin al examen tentativo de la pregunta. K exigía una investigación, un ver y un penetrar en la pregunta misma; no como un proceso externo y dual, sino como una percepción directa en la naturaleza de la respuesta y en la base desde la cual surgían tanto la pregunta como la respuesta. Detenerse en la pregunta, examinarla, era despertar la mente que escucha, que ve y así aniquila la ilusión de lo externo y lo interno, originando un estado que puede entonces habérselas con la pregunta.
   Las discusiones proseguían lentamente. K se movía de pensamiento en pensamiento, impulsando, bloqueando, retrocediendo, avanzando. En el movimiento mismo de esta observación paso a paso de la mente, el proceso del pensamiento disminuía su velocidad hasta que, en un instante dado, despertaban las percepciones de los participantes y había un contacto perceptivo directo con la mente y sus fluctuaciones. El primer “ver” de la mente, era el punto de partida de la investigación. Era el indicio que aclaraba y descubría y, en el descubrimiento mismo, iluminaba la pregunta y la respuesta.
   Las personas que investigaban con K, iban descubriendo la estructura y naturaleza de la conciencia y la inmensa fuerza y adaptabilidad que tenía el proceso del pensar. Observar el movimiento de la mente presa en el pensamiento, y advertir su insuficiencia, era excitante y contenía cierto temor reverente ante el descubrimiento, ante un viaje por terrenos inexplorados.
   El pensamiento, retenido en sus hábitos, no podía librarse de su propio cautiverio. Mediante la discusión, mediante el ver, el observar, el cuestionar y el dudar, se hacían añicos los hábitos arraigados dentro de los cuales se movía el pensamiento y en los que tenía origen el proceso del devenir.
   Se estaba desarrollando una nueva metodología nacida del ver y el escuchar, y despertaban nuevas percepciones. Se establecía una base de observación e investigación, No se permitía que la energía generada por la pregunta, se disipara en respuestas reflexivas y en reacciones que surgían del depósito de la memoria. K retaba las mentes de los participantes. Cada célula del cuerpo y de la mente de K estaba despierta. Su implacable cuestionamiento ponía al descubierto la psique; y cuando el vigor y el tono de los oyentes se fortalecía, la mente de K era, a su vez, profundamente retada. En ese reto mismo, surgían en K extraordinarias percepciones respecto de la condición humana.
   Como una antena, la mente de K se extendía para percibir las mentes de los participantes. Cuando el diálogo se empantanaba o el grupo entraba en una estéril dialéctica y la discusión se volvía improductiva, la mente de K solía dar un salto sacando la discusión fuera del cauce que había tomado. Introducía en la discusión la naturaleza del amor, de la muerte, del miedo y del dolor; los sentimientos y trances de la piel y del corazón; y súbitamente, la discusión solía entrar en contacto directo y tangible con el problema.

   La ruptura en las discusiones comenzó una mañana de 1948, cuando Rao Sahib Patwardhan dijo que los ideales y las creencias que lo habían llevado a la lucha política, se habían desmoronado bajo sus pies. Que se enfrentaba a un muro en blanco y sentía que para él había llegado el momento de reexaminar sus creencias fundamentales. Luego se volvió hacia Krishnaji y le preguntó qué entendía por “pensar creativo”. Krishnaji, que había permanecido sentado en silencio y escuchando con mucha atención a Rao, se levantó de un salto y se sentó junto a él. Inclinándose hacia adelante, le preguntó: “¿Quiere usted investigarlo, señor, y ver si puede experimentar el estado de pensar creativo ahora?” Rao estaba perplejo y miraba a K, incapaz de entender lo que éste le decía.
   “¿Cómo piensa uno?”, empezó K. Rao contestó: “Surge un problema, y el pensamiento aparece para enfrentarse al problema”.
   K preguntó: “¿Cómo trata usted de resolver un problema?” “Encontrando una respuesta”, dijo Rao.
   ¿Cómo puede encontrar una respuesta y cómo sabe que ésa es la respuesta correcta? Ciertamente, usted no puede ver el contenido total del problema; ¿cómo puede entonces su respuesta ser la correcta?”
   “Si no encuentro la respuesta correcta la primera vez, intento otros modos de encontrarla”, contestó Rao.
   “Pero cualquiera que sea el modo en que trate de encontrar una respuesta, sólo será una respuesta parcial, y usted quiere una respuesta completa. ¿Cómo, pues, encontrara una respuesta completa?” K estaba bloqueando todos los movimientos de la mente ‑rehusando disipar la energía contenida en la pregunta­.
   “Si no puedo ver el problema completamente, no puedo encontrar la respuesta correcta”, respondió Rao.
   “De modo que ya no está esperando una respuesta”.
   “No”.
   “Ha cerrado todas las vías de búsqueda de una respuesta”.
   “Sí”.
   “¿Cuál es el estado de su mente cuando usted ya no está buscando una respuesta?”
   Mi mente estaba por completo en blanco, pero no era esto lo que él quería dar a entender. Algo se nos estaba escapando11.

   Durante una discusión que tuvo lugar unos días más tarde, K se refirió a la memoria como la conciencia del “yo”, el factor que deforma e impide la comprensión del presente. Él separaba la memoria factual de la memoria psicológica (“yo seré”, “yo debo ser”). Luego preguntó: “¿Podemos vivir sin la memoria psicológica?”
   La discusión prosiguió lentamente, y yo perdí interés. Mi mente voló lejos persiguiendo algún deseo. Cuanto más trataba de concentrarme en el tema, tanto más inquieta se ponía la mente. Yo estaba tan hastiada que la dejé que vagabundeara. Pronto descubrí que se había calmado, y que por primera vez esa mañana yo escuchaba lo que se estaba diciendo. El profesor Chubb, del Colegio Elphinstone, había entrado en la discusión con un argumento, y presté atención. ¿Podía suprimirse la memoria?, me pregunté a mí misma. No quería estar libre del principio del “yo”. Lo habla construido muy esmeradamente, ¿por qué debería librarme de él? Estaría perdida.
   Entonces sentí curiosidad por descubrir si uno podía prescindir de la memoria. Hubo una inmediata claridad. Comencé por vigilar la mente. K estaba diciendo: “¿Qué pueden ustedes hacer, señores? Se enfrentan a un muro en blanco. No pueden dejarlo simplemente ahí, algo tienen que hacer”. Hablé como en un relámpago: “Prescindir de la memoria”. De pronto mi mente se había aclarado. K miraba directamente hacia mí. La claridad se intensificó.
   “Prosiga”, dijo. “¿Cuál es el estado de su mente cuando usted prescinde de la memoria?” Fue como si las cincuenta personas se hubieran ido y sólo estuviéramos K y yo. “Mi mente está quieta”, dije. Súbitamente sentí aquello ‑una cualidad tan poderosa, tan flexible, tan dulce y enérgica­. Él sonrió y dijo: “Déjelo, vaya despacio, no lo pisotee”. Los otros trataron de intervenir para averiguar lo que yo había experimentado, pero K dijo: “Dejen eso en paz, no lo asfixien, es algo muy delicado”. Cuando abandoné la reunión, él vino hasta la puerta conmigo y dijo: “Usted tiene que venir a verme, debemos hablar de ello”. Tuve la sensación de que mi mente había sido lavada y purificada.

   Cuando la intensidad y claridad generada en el diálogo se hizo evidente, estábamos ansiosos por continuar. Y durante los días en que no había pláticas públicas, nos reuníamos y discutíamos con K. Casi todas las preguntas que se suscitaban concernían a la urgencia de una acción ética en medio de una sociedad caótica, y fue solamente más adelante que los problemas humanos fundamentales ‑la envidia, la ambición, el miedo, el dolor la muerte, el tiempo y la agonía del querer realizarse y no conseguirlo­ salieron a la superficie y buscaron expresarse.
   Años después, K escribió: “Quedarse quieto después de labrar y sembrar, es dar nacimiento a la creación”12.
   A medida que las discusiones proseguían a través de los años, se hicieron de manera tentativa y exploratoria diversas investigaciones analíticas. Formulábamos preguntas sin buscar una solución inmediata; antes bien, desarrollábamos, paso a paso, una observación del proceso del pensamiento y del modo en que éste se desenvolvía ‑penetración y retirada, cada movimiento sumergiendo la atención más y más profundamente en los escondrijos mentales­. Tenía lugar una delicada comunicación sin palabras; se exponía el movimiento de negación tal como éste se enfrentaba al movimiento positivo del pensar. Existía el “ver” del hecho, de “lo que es”, y la liberación de la energía contenida en “lo que es” ‑que implica la mutación de “lo que es”­. Además, esto era percibido desde distintas direcciones a fin de examinar su validez.
   La naturaleza de la dualidad y la no-dualidad, se revelaba en lenguaje sencillo. En ese estado interrogativo ‑un estado donde el “interrogador”, el experimentador había dejado de existir­ la “verdad” se revelaba en un destello. Era un estado de total no-pensamiento, era el fin de la dualidad. Al terminar la discusión, muchos de nosotros sentíamos que nuestras mentes habían recibido un baño de frescura.
   Años más tarde, Krishnamurti diría de estas discusiones: “La mente es el vaso del movimiento, y cuando el movimiento no tiene forma, cuando no tiene “yo” ni visiones ni imágenes, la mente está por completo quieta. En esa mente no hay memoria. Entonces las células cerebrales experimentan un cambio. Las células del cerebro son usadas para el movimiento en el tiempo. Son el residuo del tiempo, y el tiempo es movimiento; un movimiento dentro del espacio que el tiempo crea a medida que se mueve... Cuando no hay movimiento, existe una tremenda concentración de energía. De modo que la mutación es la comprensión del movimiento y la terminación del movimiento en las propias células cerebrales”13.
   La revelación del instante de mutación de “lo que es”, proporcionaba una dimensión totalmente nueva a todo el campo de la investigación intelectual y religiosa.
   Unos años después le dije a Krishnamurti: “Al tener una discusión personal con usted, uno se expone a la nada. Es como enfrentarse a algo totalmente vacío. No hay nada excepto ‘lo que es’ reflejándose en uno mismo. Usted refleja sobre la persona exactamente ‘lo que es’“.
   K respondió. “Es lo que Aldous acostumbraba decir. Pero cuando K lo refleja, eso que él refleja es de usted”.