Capítulo
XXXIII
“LA
ENERGÍA ES COSMOS, Y TAMBIÉN ES CAOS.
ESA
ES LA FUENTE DE LA CREACIÓN”.
Krishnaji regresó a la India en noviembre de 1.979. Estábamos en los
umbrales de una década fundamental. En los años 80, el mundo habría de cambiar
traumáticamente. Una revolución tenía lugar en el medio externo y en la mente
de la humanidad. La búsqueda de la inteligencia artificial pronto iba a
convertirse en el interés central de la investigación tecnológica; la
producción de los microchips se volvió fácil y barata, y condujo a una
revolución en las comunicaciones; la ingeniería genética y la clónica avanzaban
rápidamente ensombreciendo el futuro del hombre aun cuando prometían grandes
beneficios a la humanidad. Se hicieron asequibles las herramientas para un bien
o un mal incalculables.
Me reuní con Krishnaji en Madrás. Estaban ahí Asit Chandmal, los
Patwardhan, Radha Burnier, y Ahalya Chari, un renombrado educador que dejó su
puesto gubernamental en los años 70 para incorporarse a la Krishnamurti
Foundation. En el instante en que vimos a Krishnaji, pudimos sentir el poder de
su presencia y la inextinguible energía que fluía desde él. Su mente parecía
tener peso y densidad, y una firmeza inmensa. Yo había visto cambiar a través
de los años el énfasis que su enseñanza ponía en determinados puntos. La
urgencia se había trasladado de la transformación individual al cuestionamiento
del hecho ‘individualidad’, y a la postulación de una corriente de la
conciencia humana en la que debía tener lugar una revolución profunda. Para él,
el individuo era aquel que se salía de la corriente.
La percepción había barrido ahora con todas las limitaciones, para
incluir el universo y su energía infinita.
Aunque había hecho un vuelo sin etapas desde Londres a Madrás vía Delhi,
Krishnaji no parecía fatigado sino que estaba ansioso por comenzar las
discusiones con nosotros. Esa misma tarde comenzamos a hablar en el almuerzo.
La pregunta planteada era: “¿Cuál es la única cosa que yo exigiría
viendo la degeneración que impera en la India? ¿Es posible evitar eso? ¿Qué es
lo fundamental?” La conversación transcurrió luego en la sobremesa hacia una
identificación clara del problema. Krishnaji dijo: “La India ha vivido todos
estos siglos a base de ideas. Tiene que moverse desde una vida fundada en ideas
‑que son ‘no-hechos’ hacia una percepción pura de los hechos”. Vimos que no
tenía sentido entrar en explicaciones. El peso y la densidad de la pregunta
planteada, eran para que ésta fuera retenida en la mente sin que la mente
buscara una solución.
Krishnaji inquiría sobre el problema de la India; pero la atmósfera se
volvió tan cargada que todos percibimos que las preguntas estaban dirigidas a
cada uno de los que escuchaban. Porque la India era ‘uno mismo’.
El 28 de noviembre de 1.979 estábamos en el Valle de Rishi. Radha
Burnier había venido desde Madrás para pasar unos días con nosotros. Nos
trasladamos al salón principal. Una mañana, durante el desayuno, Krishnaji le
preguntó a Radha Burnier si se postularía para la presidencia de la Sociedad
Teosófica. Ella contestó que no lo sabía. Él dijo: “¿Qué quiere decir con que
no lo sabe?”
Súbitamente, la atmósfera se llenó con una energía nueva. Krishnaji
dijo: “Mrs. Besant tenía el propósito de que los terrenos de Adyar fueran para
la enseñanza. La Sociedad Teosófica ha fracasado, el propósito original se ha
destruido”. Habló del verdadero espíritu religioso que investiga, cuestiona y
niega. Y dijo que América no lo había alcanzado. Europa no lo, había alcanzado.
Y en la India había sido extirpado y destruido. Sin embargo, ahí estaba en el
suelo de la India, aguardando. “¿Podemos hacer algo al respecto?”, preguntó.
Por primera vez el énfasis no estaba puesto en el individuo, sino en el
suelo, en la tierra ‑el suelo físico de la India y su santidad, y la capacidad
que el mismo tenía para contener la fuente de la creación. Era como si
Krishnamurti hubiera encontrado algo precioso; había en él un gran júbilo, como
si el tiempo largamente aguardado hubiera llegado al fin. Apenas si hablábamos.
Se volvió hacia nosotros en busca de confirmación. “Pupulji”, preguntó: “¿qué
siente usted?” Cuando dije que ésta era una nueva mística, él no lo negó.
Después habló nuevamente de la Sociedad Teosófica y de Radha Burnier convertida
en presidenta. Le pregunté: “En un punto usted dice que Radha se encuentra
profundamente comprometida con la Krishnamurti Foundation, y en otro punto dice
que ella debe postularse para la presidencia de la Sociedad Teosófica. ¿Cómo
concilia usted ambas declaraciones?”
Él respondió: “Yo puedo decirlo, otros no”. Y repitió: “Yo puedo decir
cualquier cosa”. Eso me recordó el verso del Brihadaranyaka Upanishads
que, hablando del ser iluminado, dice: “Por lo tanto dejemos que un Brahmana,
después de haber cumplido con el aprendizaje, deseé vivir como un niño. Cuando
ha realizado el estado de niño y el de aprendizaje, se convierte entonces en el
meditador silencioso. Cuando ha cumplido con los estados meditativo y no
meditativo, entonces llega a ser un Brahmana. De cualquier modo que se
comporte, él está en lo correcto”.
Krishnaji continuó hablando de la India como de la tierra donde lo
sagrado podía florecer, aun cuando la hubieran destruido la fealdad de la
política, la corrupción y destrucción de los valores. La India era el suelo
donde la semilla había sido sembrada. A pesar de todo lo ocurrido, la tierra
sembrada aún estaba ahí. K dijo que sentía que algo estaba aguardando. Le
pregunté si el suelo de que hablaba era el suelo físico o si quería decir
alguna otra cosa. Dijo que se refería a la tierra y su santidad. Él percibía
que este suelo había sido preparado.
La atmósfera era intensa, viva, palpitante. En un punto dijo: “Ellos me
proporcionaron dos ángeles ‑he reunido muchos más a través de los años”. Rió;
era una risa amplia, y en medio de ella exclamó: “Lo digo muy en serio”. No se
había reído de esta manera por años. “Ahora descubro que soy capaz de
arreglármelas sin algunos de ellos”. Se volvió hacia Radha y dijo: “¿Puedo
darle dos?” Reía, gozoso, pero profundamente serio, sugiriendo algo.
Contó que muchas personas le habían dicho que no fuera más a la India.
El siempre había percibido lo sagrado del país, y le gustaba venir. Algo se
había destruido en la India, pero una presencia aguardaba ahí. “La bendición de
lo intemporal está aguardando, el suelo está preparado. ¿Podemos crear algo que
pertenezca a esta bendición?”
Lo que surgió de esto fue una gran profundidad, una inmensidad. Era el
vaticinio de que una energía sagrada estaba despierta nuevamente en el suelo de
la India.
Todas las mañanas, en la mesa del desayuno, se formulaban preguntas, y
las percepciones fluían, indagábamos, nos demorábamos en la investigación,
cuestionábamos. La mente de Krishnamurti era inmensa y estaba cargada de
misterio. Una mañana, hablando con gran intensidad, Krishnaji comunicó una vía
de percepción, de reto y respuesta, desde un estado que se hallaba más allá de
la mente, más allá del cerebro, de la memoria y de todas las respuestas de la
conciencia. “Un estado que adviene cuando uno escucha a gran profundidad; donde
la conciencia y su movimiento no interfieren. Un estado donde el ver es total,
inclusivo, no fragmentado; un estado sin movimiento alguno desde o hacia, un
estado más allá de la matriz humana y de todos nuestros recuerdos raciales”.
Krishnaji habló también de la mente que adviene cuando hay completa confianza.
Esto sólo es posible cuando la mente ha quitado de sí todas las cargas y es
libre. “Este no es un estado de cesación del pensamiento”, dijo Krishnaji. “No
es la brecha entre pensamientos, sino un escuchar que contiene todo el peso y
la profundidad del millón de años del hombre y va más allá. Un estado que puede
alcanzarse en cualquier instante. Es como tocar la energía del universo”.
Hablamos del lugar que ocupa el gurú y si el papel del gurú tiene
validez. Le dije a Krishnaji que, mirando atrás desde el hoy hacia los muchos
ayeres, veía claramente que para mí Krishnamurti era el gurú. Él interrumpió
preguntando: “¿Qué entiende usted por gurú?” Radha Burnier dijo: “El que señala
el camino”. Hubo otros comentarios. Yo dije. “El que despierta a otros.
Krishnaji me despertó. Había un ojo dentro del ojo que miraba. Un mirar así es
raro”. Y pregunté: “¿Cuál era su papel en 1.948 ‑no era el de despertar a
otros?” Krishnaji dijo: “El enfoque del que despierta y el despertado, es
falso. Cuando hay luz y yo estoy en la oscuridad y penetro en la luz, no hay
separación. Sólo hay luz. ¿Dónde está el que despierta a otro? Algunos se
encuentran en la luz, algunos deambulan fuera de ella, eso es todo”. Poco
después agregó: “No estoy diciendo que yo soy la luz”.
Otra mañana, durante el desayuno, discutimos el cerebro y la posibilidad
de su transformación. Krishnaji dijo que había estado discutiendo la cuestión
del cerebro con los científicos. Según ellos, “cada célula del cerebro humano
guarda la memoria de un millón de años del hombre”. Luego Krishnaji preguntó:
“¿Puede haber una transformación total en eso?”
A medida que proseguían las discusiones, el interés de Krishnaji en el
cerebro y su funcionamiento era evidente. Su percepción se dirigió a investigar
si era posible una terminación del movimiento de la memoria dentro de las
células cerebrales. Sólo entonces podría emerger una forma totalmente nueva de
percepción.
Alguien preguntó si el toque y el contacto de Krishnaji podían liberar
la energía contenida en un objeto, y si ese objeto podía a su vez comunicar la
condición de lo total, de lo sagrado. ¿Podía ello curar, proteger? Krishnaji
dijo que desde su niñez podía leer los pensamientos de otras personas, curar a
la gente. Se le daban objetos para magnetizar, para cargarlos de energía. Pero
el niño Krishnamurti no se interesaba en estos poderes.
Aludió a la existencia de un inmenso depósito de energía. “¿Puede el
hombre alcanzarlo y dejar que opere?”, preguntó. Asit dijo: “Seguramente un
niño que no llevaba el mal en sí, que no tenía ego, era un ser muy raro; él podía
alcanzarla, pero ¿pueden seres humanos comunes tocar esa energía?”
“Pienso que es posible, señor”, dijo Krishnaji con cierta vacilación.
Krishnaji se hallaba en un estado extraño. Habló de un acceso a lo
sagrado con una mente que era capaz de recibir, pero que no deseaba poder,
prestigio, posición. Lo esencial era una pureza absoluta de la mente.
Le pregunté si se necesitaba alguna otra cosa, y cuál era la índole de
esa pureza mental. Krishnaji dijo: “La pureza de ‘mi’ mente no es la pureza de
‘la mente’. La pureza de la mente es la mente del universo. Eso es lo sagrado”.
Le pregunté entonces si el ser humano de mente pura, era un vaso capaz de
recibir. “Tal como es posible dar energía a un objeto, ¿puede un ser humano
comunicar la totalidad, puede usted transmitir ‘lo otro’?”
Krishnaji dijo: “No. Por puro que pueda ser, el cerebro sigue siendo
materia, sigue siendo mente. ‘Lo otro’ es el universo. Es inmenso”.
Krishnaji rehusaba quedar preso en la discusión. Se preguntó a sí mismo:
“¿Existe un último más allá, el cual es la nada? ¿Una base desde la cual todo
es, y detrás y más allá de la cual nada hay, ninguna causa?”
Discutimos luego la santidad del Valle de Rishi. Dije que en la India
existía el Punya Sthal ‑un lugar
sagrado. Los dioses podían venir e irse, pero la santidad del lugar
permanecía.
Krishnaji dijo: “Yo siento que el suelo del Valle de Rishi tiene esta
cualidad especial. Es”, dijo gravemente, “‘el Sthal de todos los Sthales’”.
Dije que todo el valle era un sitio sagrado. Se había impregnado con la
presencia de Krishnaji y con sus palabras. Rajghat también tenía este sentido
de lo sagrado. “Uno tiene que velar”, dijo Krishnaji, “porque este sentido de
lo sagrado no se destruya”.
Manifestó que sentía una gran tentación de quedarse en el Valle de
Rishi. Ese sentir era muy intenso. Asit preguntó por qué K no podía vivir en el
Valle de Rishi y dejar que la gente viniera a verle desde todo el mundo.
Krishnaji permaneció en silencio, y después contestó: “Mi vida ha sido
una vida de movimiento físico. Para mí es importante permanecer aquí, pero no
puedo hacerlo. Por el amor de Dios, pisen con levedad este suelo”.
Más tarde, dijo estas palabras: “La energía es cosmos, también es caos.
Esa es la fuente de la creación. La ira es energía, el dolor es energía ‑pero
existe el orden Supremo. ¿Puede ser establecido en el Valle de Rishi?”