domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXXIII “LA ENERGÍA ES COSMOS, Y TAMBIÉN ES CAOS. ESA ES LA FUENTE DE LA CREACIÓN”.



Capítulo XXXIII
“LA ENERGÍA ES COSMOS, Y TAMBIÉN ES CAOS.
ESA ES LA FUENTE DE LA CREACIÓN”.

   Krishnaji regresó a la India en noviembre de 1.979. Estábamos en los umbrales de una década fundamental. En los años 80, el mundo habría de cambiar traumáticamente. Una revolución tenía lugar en el medio externo y en la mente de la humanidad. La búsqueda de la inteligencia artificial pronto iba a convertirse en el interés central de la investigación tecnológica; la producción de los microchips se volvió fácil y barata, y condujo a una revolución en las comunicaciones; la ingeniería genética y la clónica avanzaban rápidamente ensombreciendo el futuro del hombre aun cuando prometían grandes beneficios a la humanidad. Se hicieron asequibles las herramientas para un bien o un mal incalculables.
   Me reuní con Krishnaji en Madrás. Estaban ahí Asit Chandmal, los Patwardhan, Radha Burnier, y Ahalya Chari, un renombrado educador que dejó su puesto gubernamental en los años 70 para incorporarse a la Krishnamurti Foundation. En el instante en que vimos a Krishnaji, pudimos sentir el poder de su presencia y la inextinguible energía que fluía desde él. Su mente parecía tener peso y densidad, y una firmeza inmensa. Yo había visto cambiar a través de los años el énfasis que su enseñanza ponía en determinados puntos. La urgencia se había trasladado de la transformación individual al cuestionamiento del hecho ‘individualidad’, y a la postulación de una corriente de la conciencia humana en la que debía tener lugar una revolución profunda. Para él, el individuo era aquel que se salía de la corriente.
   La percepción había barrido ahora con todas las limitaciones, para incluir el universo y su energía infinita.
   Aunque había hecho un vuelo sin etapas desde Londres a Madrás vía Delhi, Krishnaji no parecía fatigado sino que estaba ansioso por comenzar las discusiones con nosotros. Esa misma tarde comenzamos a hablar en el almuerzo.
   La pregunta planteada era: “¿Cuál es la única cosa que yo exigiría viendo la degeneración que impera en la India? ¿Es posible evitar eso? ¿Qué es lo fundamental?” La conversación transcurrió luego en la sobremesa hacia una identificación clara del problema. Krishnaji dijo: “La India ha vivido todos estos siglos a base de ideas. Tiene que moverse desde una vida fundada en ideas ‑que son ‘no-hechos’­ hacia una percepción pura de los hechos”. Vimos que no tenía sentido entrar en explicaciones. El peso y la densidad de la pregunta planteada, eran para que ésta fuera retenida en la mente sin que la mente buscara una solución.
   Krishnaji inquiría sobre el problema de la India; pero la atmósfera se volvió tan cargada que todos percibimos que las preguntas estaban dirigidas a cada uno de los que escuchaban. Porque la India era ‘uno mismo’.

   El 28 de noviembre de 1.979 estábamos en el Valle de Rishi. Radha Burnier había venido desde Madrás para pasar unos días con nosotros. Nos trasladamos al salón principal. Una mañana, durante el desayuno, Krishnaji le preguntó a Radha Burnier si se postularía para la presidencia de la Sociedad Teosófica. Ella contestó que no lo sabía. Él dijo: “¿Qué quiere decir con que no lo sabe?”
   Súbitamente, la atmósfera se llenó con una energía nueva. Krishnaji dijo: “Mrs. Besant tenía el propósito de que los terrenos de Adyar fueran para la enseñanza. La Sociedad Teosófica ha fracasado, el propósito original se ha destruido”. Habló del verdadero espíritu religioso que investiga, cuestiona y niega. Y dijo que América no lo había alcanzado. Europa no lo, había alcanzado. Y en la India había sido extirpado y destruido. Sin embargo, ahí estaba en el suelo de la India, aguardando. “¿Podemos hacer algo al respecto?”, preguntó.
   Por primera vez el énfasis no estaba puesto en el individuo, sino en el suelo, en la tierra ‑el suelo físico de la India y su santidad, y la capacidad que el mismo tenía para contener la fuente de la creación­. Era como si Krishnamurti hubiera encontrado algo precioso; había en él un gran júbilo, como si el tiempo largamente aguardado hubiera llegado al fin. Apenas si hablábamos. Se volvió hacia nosotros en busca de confirmación. “Pupulji”, preguntó: “¿qué siente usted?” Cuando dije que ésta era una nueva mística, él no lo negó. Después habló nuevamente de la Sociedad Teosófica y de Radha Burnier convertida en presidenta. Le pregunté: “En un punto usted dice que Radha se encuentra profundamente comprometida con la Krishnamurti Foundation, y en otro punto dice que ella debe postularse para la presidencia de la Sociedad Teosófica. ¿Cómo concilia usted ambas declaraciones?”
   Él respondió: “Yo puedo decirlo, otros no”. Y repitió: “Yo puedo decir cualquier cosa”. Eso me recordó el verso del Brihadaranyaka Upanishads que, hablando del ser iluminado, dice: “Por lo tanto dejemos que un Brahmana, después de haber cumplido con el aprendizaje, deseé vivir como un niño. Cuando ha realizado el estado de niño y el de aprendizaje, se convierte entonces en el meditador silencioso. Cuando ha cumplido con los estados meditativo y no meditativo, entonces llega a ser un Brahmana. De cualquier modo que se comporte, él está en lo correcto”.
   Krishnaji continuó hablando de la India como de la tierra donde lo sagrado podía florecer, aun cuando la hubieran destruido la fealdad de la política, la corrupción y destrucción de los valores. La India era el suelo donde la semilla había sido sembrada. A pesar de todo lo ocurrido, la tierra sembrada aún estaba ahí. K dijo que sentía que algo estaba aguardando. Le pregunté si el suelo de que hablaba era el suelo físico o si quería decir alguna otra cosa. Dijo que se refería a la tierra y su santidad. Él percibía que este suelo había sido preparado.
   La atmósfera era intensa, viva, palpitante. En un punto dijo: “Ellos me proporcionaron dos ángeles ‑he reunido muchos más a través de los años­”. Rió; era una risa amplia, y en medio de ella exclamó: “Lo digo muy en serio”. No se había reído de esta manera por años. “Ahora descubro que soy capaz de arreglármelas sin algunos de ellos”. Se volvió hacia Radha y dijo: “¿Puedo darle dos?” Reía, gozoso, pero profundamente serio, sugiriendo algo.
   Contó que muchas personas le habían dicho que no fuera más a la India. El siempre había percibido lo sagrado del país, y le gustaba venir. Algo se había destruido en la India, pero una presencia aguardaba ahí. “La bendición de lo intemporal está aguardando, el suelo está preparado. ¿Podemos crear algo que pertenezca a esta bendición?”
   Lo que surgió de esto fue una gran profundidad, una inmensidad. Era el vaticinio de que una energía sagrada estaba despierta nuevamente en el suelo de la India.
   Todas las mañanas, en la mesa del desayuno, se formulaban preguntas, y las percepciones fluían, indagábamos, nos demorábamos en la investigación, cuestionábamos. La mente de Krishnamurti era inmensa y estaba cargada de misterio. Una mañana, hablando con gran intensidad, Krishnaji comunicó una vía de percepción, de reto y respuesta, desde un estado que se hallaba más allá de la mente, más allá del cerebro, de la memoria y de todas las respuestas de la conciencia. “Un estado que adviene cuando uno escucha a gran profundidad; donde la conciencia y su movimiento no interfieren. Un estado donde el ver es total, inclusivo, no fragmentado; un estado sin movimiento alguno desde o hacia, un estado más allá de la matriz humana y de todos nuestros recuerdos raciales”. Krishnaji habló también de la mente que adviene cuando hay completa confianza. Esto sólo es posible cuando la mente ha quitado de sí todas las cargas y es libre. “Este no es un estado de cesación del pensamiento”, dijo Krishnaji. “No es la brecha entre pensamientos, sino un escuchar que contiene todo el peso y la profundidad del millón de años del hombre y va más allá. Un estado que puede alcanzarse en cualquier instante. Es como tocar la energía del universo”.
   Hablamos del lugar que ocupa el gurú y si el papel del gurú tiene validez. Le dije a Krishnaji que, mirando atrás desde el hoy hacia los muchos ayeres, veía claramente que para mí Krishnamurti era el gurú. Él interrumpió preguntando: “¿Qué entiende usted por gurú?” Radha Burnier dijo: “El que señala el camino”. Hubo otros comentarios. Yo dije. “El que despierta a otros. Krishnaji me despertó. Había un ojo dentro del ojo que miraba. Un mirar así es raro”. Y pregunté: “¿Cuál era su papel en 1.948 ‑no era el de despertar a otros­?” Krishnaji dijo: “El enfoque del que despierta y el despertado, es falso. Cuando hay luz y yo estoy en la oscuridad y penetro en la luz, no hay separación. Sólo hay luz. ¿Dónde está el que despierta a otro? Algunos se encuentran en la luz, algunos deambulan fuera de ella, eso es todo”. Poco después agregó: “No estoy diciendo que yo soy la luz”.
   Otra mañana, durante el desayuno, discutimos el cerebro y la posibilidad de su transformación. Krishnaji dijo que había estado discutiendo la cuestión del cerebro con los científicos. Según ellos, “cada célula del cerebro humano guarda la memoria de un millón de años del hombre”. Luego Krishnaji preguntó: “¿Puede haber una transformación total en eso?”
   A medida que proseguían las discusiones, el interés de Krishnaji en el cerebro y su funcionamiento era evidente. Su percepción se dirigió a investigar si era posible una terminación del movimiento de la memoria dentro de las células cerebrales. Sólo entonces podría emerger una forma totalmente nueva de percepción.
   Alguien preguntó si el toque y el contacto de Krishnaji podían liberar la energía contenida en un objeto, y si ese objeto podía a su vez comunicar la condición de lo total, de lo sagrado. ¿Podía ello curar, proteger? Krishnaji dijo que desde su niñez podía leer los pensamientos de otras personas, curar a la gente. Se le daban objetos para magnetizar, para cargarlos de energía. Pero el niño Krishnamurti no se interesaba en estos poderes.
   Aludió a la existencia de un inmenso depósito de energía. “¿Puede el hombre alcanzarlo y dejar que opere?”, preguntó. Asit dijo: “Seguramente un niño que no llevaba el mal en sí, que no tenía ego, era un ser muy raro; él podía alcanzarla, pero ¿pueden seres humanos comunes tocar esa energía?”
   “Pienso que es posible, señor”, dijo Krishnaji con cierta vacilación.
   Krishnaji se hallaba en un estado extraño. Habló de un acceso a lo sagrado con una mente que era capaz de recibir, pero que no deseaba poder, prestigio, posición. Lo esencial era una pureza absoluta de la mente.
   Le pregunté si se necesitaba alguna otra cosa, y cuál era la índole de esa pureza mental. Krishnaji dijo: “La pureza de ‘mi’ mente no es la pureza de ‘la mente’. La pureza de la mente es la mente del universo. Eso es lo sagrado”. Le pregunté entonces si el ser humano de mente pura, era un vaso capaz de recibir. “Tal como es posible dar energía a un objeto, ¿puede un ser humano comunicar la totalidad, puede usted transmitir ‘lo otro’?”
   Krishnaji dijo: “No. Por puro que pueda ser, el cerebro sigue siendo materia, sigue siendo mente. ‘Lo otro’ es el universo. Es inmenso”.
   Krishnaji rehusaba quedar preso en la discusión. Se preguntó a sí mismo: “¿Existe un último más allá, el cual es la nada? ¿Una base desde la cual todo es, y detrás y más allá de la cual nada hay, ninguna causa?”
   Discutimos luego la santidad del Valle de Rishi. Dije que en la India existía el Punya Sthal ‑un lugar sagrado­. Los dioses podían venir e irse, pero la santidad del lugar permanecía.
   Krishnaji dijo: “Yo siento que el suelo del Valle de Rishi tiene esta cualidad especial. Es”, dijo gravemente, “‘el Sthal de todos los Sthales’”.
   Dije que todo el valle era un sitio sagrado. Se había impregnado con la presencia de Krishnaji y con sus palabras. Rajghat también tenía este sentido de lo sagrado. “Uno tiene que velar”, dijo Krishnaji, “porque este sentido de lo sagrado no se destruya”.
   Manifestó que sentía una gran tentación de quedarse en el Valle de Rishi. Ese sentir era muy intenso. Asit preguntó por qué K no podía vivir en el Valle de Rishi y dejar que la gente viniera a verle desde todo el mundo.
   Krishnaji permaneció en silencio, y después contestó: “Mi vida ha sido una vida de movimiento físico. Para mí es importante permanecer aquí, pero no puedo hacerlo. Por el amor de Dios, pisen con levedad este suelo”.
   Más tarde, dijo estas palabras: “La energía es cosmos, también es caos. Esa es la fuente de la creación. La ira es energía, el dolor es energía ‑pero existe el orden Supremo­. ¿Puede ser establecido en el Valle de Rishi?”