domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXIV “LAS PERSONAS SIN CREATIVIDAD, FORMAN INSTITUCIONES MUERTAS”



QUINTA PARTE

CAMBIANDO DE HORIZONTES
1962-1977



Capítulo XXIV
“LAS PERSONAS SIN CREATIVIDAD,
FORMAN INSTITUCIONES MUERTAS”

   Krishnaji abandonó la India en marzo de 1962. Un período de su diálogo con la tierra que le vio nacer y con sus amigos, había terminado. Jamás volvería a ser el mismo. El Krishnaji que había reído con nosotros, que había paseado con nosotros; que se había sentido abrumado por la belleza del país, que había mirado con compasión al pobre y al rico; el que había escuchado la voz de miles a quienes curó internamente, el que tomaba la mano de un amigo y lo conducía a través de los laberintos mentales, señalando, discutiendo, quitando las cargas de angustia y dolor ‑este Krishnaji desaparecería­. Un nuevo Krishnaji habría de emerger -severo, impaciente, cuestionador­. Todas las relaciones personales habrían de sufrir una transformación. Seguiría siendo compasivo, pero también sería el maestro que exige respuestas a interrogantes fundamentales. Toda la gran risa y el juego habían terminado.
   Desde Bombay Krishnaji voló a Roma. Fue recibido por la Signora Vanda Scaravelli. A su arribo Krishnaji cayó seriamente enfermo, primero con fiebre y luego con paperas y problemas renales.
   El descontento y la distancia entre Krishnaji y Rajagopal y sus amigos en Ojai, estaba aumentando. En Europa se había reunido un nuevo grupo de personas vitalmente interesadas en Krishnaji y la enseñanza. La primera reunión en Saanen, Suiza, que con reticencia Rajagopal permitió que se organizara en 1961, había atraído gente de todas partes del mundo. Krishnaji percibía un movimiento nuevo en Occidente, y su respuesta a la situación fue total.
   El no habría de regresar a la India en el otoño de 1962. En sus conversaciones con Vimala Thakkar en Gstaad y más tarde en Roma, Krishnaji había expresado sus hondas aprensiones con respecto a la India. Que el ataque chino lo había angustiado, era evidente en sus cartas. Estaba inquieto por la India. Después de las pláticas en Saanen, Krishnaji cayó nuevamente enfermo. Me escribió diciéndome que se sentía agotado viajando, hablando y reuniéndose con la gente. Su sistema, los músculos y los tejidos necesitaban tonificarse. Por eso decidió no volver a la India en el invierno de 1962 sino permanecer todo el año en Italia, descansando, recuperando su vitalidad y conservando su energía. En el lenguaje tradicional de la India, entraba en un retiro, generando tapas. (Tapas: severas austeridades: también, la generación de una energía que no se disipa).

   Krishnaji regresó a Delhi el 21 de octubre de 1963, después de pasar dieciocho meses en Europa. En el automóvil que nos traía desde el aeropuerto, habló de no estar en contacto con la gente. Mientras se encontraba en el extranjero, la India estuvo raramente en su conciencia. A su llegada, uno podía sentir que el espontáneo fluir de sentimientos que la India evocaba en él, se estaba perdiendo con los años. Parecía distante.
   Madhavachari se encontraba en Delhi, y todas las tardes paseaba con Krishnaji por el Parque Buda Jayanti. Le pregunté a Krishnaji por qué diversas personas podían seguir su enseñanza hasta cierto punto y no más allá. El contestó. “Así es”, y se le veía muy serio mientras caminaba delante de nosotros; a su regreso continuamos con la conversación desde donde la habíamos dejado. Él sentía que al hombre le faltaba una energía exenta de todo conflicto; una energía que conociera la disciplina de la atención y de la negación total. Dijo que era necesario negar en las propias profundidades del ser.
   Durante los últimos paseos comenzó a cuestionar el hecho Krishnamurti. ¿Cómo se había producido? ¿Por qué al vacuo, tonto muchacho no lo habían condicionado ni la Sociedad Teosófica con sus rituales, ni la vida en Occidente? Le pregunté si sabía cuándo tuvo lugar la iluminación. Dijo. “No. Pero, ¿cómo sucedió? ¿Es lo que dicen los teósofos, que el cuerpo de Krishnamurti es el vehículo del Señor Maitreya? ¿Se trata de la reencarnación? ¿Por qué la mente de Krishnamurti opera de manera inocente, directa? ¿Por qué lo cuestionó todo?”

   A principios de los años 60, Buckminster Fuller conoció a Krishnaji en la India. “Bucky”, como lo llamaban sus amigos, era un proyectista que había revolucionado estructuras planeando una cultura y un estilo de vida para el futuro; era a la vez un filósofo y un científico con visión, con vitalidad creadora y con una perspectiva holística de la gente y de sus necesidades. Yo conocía muy bien a Bucky, y él me telefoneó, cuando supo que Krishnaji estaba en Delhi, para sugerirme una reunión con “esa maravillosa, bella y sabia persona”. Hice arreglos para una cena en que ambos hombres estuvieran presentes. Bucky entró en la habitación jugando con un yoyo. Krishnaji se mostró tímido y un poco retraído ‑su respuesta en aquellos días cuando se encontraba con un intelecto formidable­. Bucky comenzó a hablar. Habló antes de la cena, habló durante la cena, habló después de la cena. Krishnaji escuchaba casi sin pronunciar palabra. Sin embargo, Bucky seguía hablando. Después de que Krishnaji se fue para regresar a la casa de Kitty Shiva Rao donde se hospedaba, Bucky se volvió hacia mí, me agradeció por la reunión y comentó: “¡Qué persona maravillosa, sorprendente y sabia es Krishnaji!”
   Desde Delhi Krishnaji fue a Rajghat, Varanasi. Achyut, que había trabajado en Rajghat por algunos años, le habló a Krishnaji, mientras éste estuvo ahí, de Vinoba Bhave y de su labor Bhoodan ‑la distribución, en las aldeas de la India, de donaciones de tierras a los que no las poseían­. Achyut experimentaba una inmensa simpatía por la orientación y el carácter tan particular de la labor de Vinoba; para él, trabajar por los pobres y los oprimidos formaba parte de la vida religiosa y no podía separarse de la misma. La respuesta de Krishnaji, sin embargo, sacudió profundamente a Achyut.
   Krishnaji dijo: “Después de todos estos años, ¿cómo puede ser usted un asno semejante? ¿Por qué se ocupa de tonteras? Vea, mi amigo, si usted no me hubiera conocido, estaría en el ‘sarvodaya’ (Sarvodaya: sarva significa ‘todo’; udaya, surgimiento. Por lo tanto, sarvodaya es el despertar o surgimiento de la humanidad. Era un movimiento iniciado por Gandhi para erradicar la pobreza en la India aldeana, y así promover una regeneración del pueblo de la India) limpiando los traseros de los niños aldeanos. Puede que esté bien hacer eso. Pero usted no se encuentra en Rajghat para eso. Usted está tratando de cambiar la sociedad de una manera que cree justa. Pero el cambio profundo debe comenzar con el hombre”.
   Achyut dijo que no podía comprender lo que decía Krishnaji. Annie Besant le había dicho a Achyut: “Si usted no comprende a Krishnaji, ponga en un estante lo que él dice, pero nunca lo rechace a él”. Achyut había aprendido del profeta a no decir jamás sí a nada, salvo que hubiera percibido realmente la verdad de ello. De modo que por seis meses se retiró de su trabajo en Rajghat y fue a los Himalayas, a Lohaghat, Pithoragarh, y se formuló la siguiente pregunta: “¿Estoy demasiado apegado a Krishnamurti y a Rajghat?” También exploró sus motivos para trabajar entre los pobres. Comenzó a escribir sus pensamientos todas las mañanas, y pronto descubrió una percepción directa de la mente y del movimiento del pensar. La percepción trajo consigo libertad.
   Achuyt regresó a Rajghat en 1964. Ese invierno volvió a verse con Krishnaji y discutió con él sus insolubles conflictos. Krishnaji dijo: “Nada pasa con usted en Rajghat, así que debe irse. Rajghat no le está ayudando a florecer” Achyut dejó Rajghat en 1965. Lo hizo sin amargura. Entró en un retiro, observando un anonimato total. Vivía en una casa aislada, en los suburbios de Bangalore, vagando de un lugar a otro, intentando cortar de raíz sus conflictos internos.
   Su hermano, Rao Sahib, estaba muy perturbado, Sentía que a Achyut lo habían llevado a la frustración. Había dedicado trece años de su vida a Rajghat y a la labor de Krishnaji, y Rao Sahib sentía que su hermano había salido de eso con las manos vacías. Poco a poco, Rao Sahib se fue alejando de Krishnaji. Profundamente devoto de él en lo personal, con una respuesta apasionada y emotiva, y con una necesidad de estar cerca de Krishnaji, se negaba obstinadamente así mismo. Advertía que algo se había despertado en su interior, pero rehusaba reconocer percepción alguna que se debiera a la enseñanza. Preso en el conflicto, se apartó, negándose a admitir su confusión. Pero uno podía sentir la herida profunda y el dolor. Las tensiones habrían de afectar su salud, y desarrolló una fuente hipertensión y un mal cardíaco.

   En 1963, Krishnaji estaba expresando una insatisfacción general con la India. Comenzó a formular interrogantes que habrían de persistir por muchos años. Sentía la necesidad de la acción, y se cuestionaba despiadadamente a sí mismo y a quienes le rodeaban. Dijo que había estado hablando en la India por treinta años y nada había ocurrido. “No hay una sola persona que esté viviendo la enseñanza”. Se mostraba impaciente con los viejos y sentía necesidad de rodearse de personas jóvenes. Criticaba a Madhavachari, quien era obstinado y se negaba a cambiar sus métodos de acción. El círculo de personas que rodeaban a Krishnaji era limitado, Madhavachari dirigía la Fundación como un sargento mayor. Él, Achyut y Rao Sahib se debatían en un conflicto creciente.

   En diciembre de 1964 yo me encontraba en Madrás, parando en Vasanta Vihar. Krishnaji cenaba con nosotros muy a menudo. Achyut Patwardhan, Madhavachari, Nandini y Balasundaram estaban presentes. Rao no había venido desde Poona. Después de la cena comenzó una discusión. Yo pregunté: “¿Cuál es la única acción necesaria para que se produzca una ruptura en la mente? La exploración que tenía que hacerse se ha hecho. Hay conocimiento propio, percepción alerta, los ojos están abiertos, los oídos escuchan, la mente está despierta. Sin embargo, no hay totalidad de percepción y compasión. Una acción total parece necesaria para abrirse paso”. Krishnaji dijo que así tenía que ser. El sentía que era una buena pregunta y que debíamos investigarla, discutirla.
   En la noche siguiente, otra vez tratamos de descubrir cuál era esa única acción. Krishnaji dijo: “La percepción ‑¿pueden la percepción y el movimiento del corazón ser una sola cosa?­”
   Yo pregunté: “¿Cómo surge esa percepción esencialmente rica?”
   Krishnaji dijo: “Tiene que ser un acto de extraordinaria sencillez”. Estaba sereno. La propia discusión creaba una atmósfera de energía en la habitación. Como una llama, esta energía quemaba los corredores de la conciencia. Había un silencio profundo, ilimitado. Era demasiado para el cuerpo. Habíamos estado sentados alrededor de Krishnaji, con las espaldas rectas y las piernas cruzadas. Mi cuerpo no pudo soportar la intensidad que reinaba en la habitación y buscó el apoyo de la pared. Krishnaji permaneció erecto, la espalda derecha, la cabeza inmóvil. Nosotros descansábamos, y el tiempo cesó.

   En 1963, entre las muchas personas que se habían reunido en el campamento de Rajghat, había un hombre joven, alto, de contextura más bien sólida pero bien parecido. Era un músico sudafricano llamado Alain Naudé. Había concurrido a las pláticas de Krishnaji en Saanen durante el verano de 1963 y lo había entrevistado varias veces. Poco tiempo después rompió sus vínculos con Sudáfrica.
   Naudé había seguido a Krishnaji a la India en los inviernos de 1964 y 1965, y pronto Krishnaji nos habló a algunos de nosotros sobre la posibilidad de que Naudé se convirtiera en su secretario, viajando con él alrededor del mundo, encargándose de su correspondencia, alentando a los jóvenes para que escucharan a Krishnamurti, etcétera.
   En el otoño de 1965 Naudé se unió a Krishnaji como su secretario mientras estaban en Europa; y cuando Krishnaji llegó a la India en octubre de ese año, vino acompañado por Mary Zimbalist, Naudé y George Vithoulkas, un homeópata griego que en años posteriores adquiriría gran renombre. Krishnaji ofreció pláticas en Delhi y de ahí viajó a Varanasi.
   La visita a Rajghat resultó desastrosa. Krishnaji había escrito a Madhavachari, y en su inocencia había sugerido que Madhavachari hiciera arreglos para la estadía de Mary Zimbalist, Naudé y George Vithoulkas en el campamento de Rajghat, ya que eran sus invitados personales. El concepto de la comodidad que tenía Madhavachari era antediluviano, y así lo era su sentido estético.
   En la India, el excusado siempre ha sido visto como un foco de contaminación. Era habitual que los hindúes ortodoxos se bañaran cada vez que hacían uso del mismo. Achyut Patwardhan nos contó que podía recordar una época en que los brahmines acostumbraban llevar con ellos un dhoti extra cada vez que dejaban la casa, y en caso de que necesitaran visitar los sanitarios de un amigo, a eso solía seguir un baño. A través de los años yo había reconvenido más de una vez a Madhavachari sobre la necesidad de un mínimo de comodidades en el excusado, pero fue en vano. Para él un depósito de agua o un lavabo eran lujos innecesarios; un retrete y un recipiente de metal para el agua habían sostenido las necesidades indias durante siglos, y él no veía razón alguna para cambiar.
   En los años 60, los sanitarios mínimos que había en Rajghat, eran asequibles solamente en la casa donde vivía Krishnaji. Mary Zimbalist, un producto de la sociedad neoyorquina, criada en los ambientes más refinados y acostumbrada a vivir lujosamente en las casas de su padre y de su esposo, fue colocada en un lugar donde el excusado no tenía depósito de agua, donde el cuarto de baño carecía de lavabo, y donde la recientemente blanqueada habitación tenía las ventanas salpicadas de pintura. Krishnaji vino a examinar personalmente los aposentos dispuestos para sus invitados, y hubo una explosión. Estaba horrorizado. Mary Zimbalist se trasladó a una habitación en la casa de Krishnaji, pero Madhavachari permaneció inmutable.
   La relación entre Krishnaji y Madhavachari se estaba volviendo cada vez más difícil.
   Desde los años 60, la actitud de Krishnaji hacia las escuelas, la gente y el trabajo, había experimentado un cambio fundamental. El exigía una permanente revolución. Veía una rápida decadencia en la India; las escuelas tenían que despertar de su letargo. En su sentir, el estancamiento tenía que terminar. No se veía ninguna corriente de cambio creativo. “Muévanse”, les decía continuamente a los miembros de la Fundación y a los maestros de las escuelas. “Si se quedan donde están, se deteriorarán, terminarán por cristalizar”. Tenía que haber un continuo movimiento dentro de uno mismo y, por tanto, en el trabajo que uno realizaba. En una de sus cartas, nos escribió: “Habiendo llegado a cierto estado, prosigan, no se detengan ahí. O avanzan o retroceden. No pueden permanecer estáticos”. Se necesitaba una explosión en las instituciones de Krishnaji, tenía que haber cambios. En la India, las montañas se mueven cuando la energía de una sola persona está despierta.

   Visité a Krishnaji en Gstaad durante el verano de 1965. Le habían entregado un Mercedes para su uso personal. Me llevó a dar un paseo; pese a su falta de práctica, conducía con magistral control y estabilidad en las curvas cerradas del camino. Era maravilloso observarlo manejando la máquina.
   Fui otra vez a Gstaad en el verano de 1966, en mi viaje de regreso a la India desde los EE.UU. Krishnaji me habló de los jóvenes que se sentían atraídos por las pláticas en los EE.UU. Naudé había hecho arreglos para que Krishnaji hablara en algunas de las grandes universidades. Los jóvenes se rebelaban contra la cultura existente en Norteamérica, y deseaban el “nirvana instantáneo”. Electrizados por la presencia de Krishnaji, se congregaban para escucharlo. Después, renuentes a aceptar la austeridad y el rigor del conocimiento propio y la negación de las experiencias psicodélicas de la conciencia, se alejaban arrastrados por gurús más dóciles que les prometían la bienaventuranza. En Saanen, un gran número de jóvenes vinieron inicialmente a las pláticas; pero era una multitud casual, pocos de ellos ahondaron seriamente en sí mismos o se unieron a la labor de Krishnaji. Pero las reuniones de Saanen pronto se convirtieron en un lugar de encuentro para personas serias provenientes del este y del oeste de Europa; personas interesadas en los inmensos retos a que se enfrentaba la humanidad y que buscaban un nuevo modo de vida.
   Naudé continuó acompañando a Krishnaji en sus visitas a la India, y estuvo con él en el invierno de 1966. Cada visita revelaba un deterioro en la relación de Krishnaji y Madhavachari, y una ampliación del abismo existente entre Krishnaji y la Indian Foundation. En Europa le habían dicho a Krishnaji que la Fundación de la India apoyaba a Rajagopal en su posición contra Krishnamurti, que era intolerable, estrecha de miras, arrogante y presuntuosa en sus puntos de vista.
   En la India, continuaron sus severos cuestionamientos. Había estado hablando por treinta años y, ¿qué había ocurrido? Rehusaba comparar esto con otros países o situaciones. Una nueva pregunta había emergido. “¿Qué sucederá cuando yo muera? ¿Quién hay aquí para sostener estos centros?” No había respuestas. Una enorme presión se estaba gestando entre todos nosotros.
   La situación era muy extraña. Este gran maestro, que en el estrado hablaba con pasión de una mente que no conocía el conflicto, que estaba libre él mismo de cualquier presión, planteaba interrogantes que generaban presiones enormes entre sus más íntimos asociados. Fue muchos años más adelante que habríamos de comprender la naturaleza de la pregunta de Krishnaji, y de la energía generada por el escuchar profundo y el sostenimiento de la pregunta en la conciencia.

   En enero de 1967, una colisión mayor tuvo lugar en el Valle de Rishi entre Alain Naudé y Madhavachari. Krishnaji estaba muy perturbado. Me habló en detalle de su profunda preocupación. Vasanta Vihar en Madrás, parecía un lugar muerto, Había poca actividad, y eran muy pocas las personas que venían a leer o a discutir. “Las personas sin creatividad forman instituciones muertas”, dijo.
   Ese invierno, Naudé no acompañó a Krishnaji a la India. Desde 1963, K había estado discutiendo con Madhavachari, señalándole los principales cambios que se requerían en el funcionamiento de la Fundación. Al llegar a Madrás en el invierno de 1967, le pidió a Madhavachari que compartiera el trabajo de la Fundación con Galloway, un escocés que se había retirado recientemente de la presidencia de Binnys, una de las más importantes compañías inglesas que operaban en la india. También le sugirió a Madhavachari que aceptara la ayuda de Smt. Jayalaxmi para cuidar el jardín en la casa de Vasanta Vihar. La respuesta de Madhavachari fue evasiva.
   Smt. Jayalaxmi (Smt. es la forma abreviada de srimati o ‘persona afortunada’. Se usa como prefijo en el nombre de una mujer casada), una brahmin Iyengar del sur de la India, con una notable perspicacia para los negocios, especialmente en bienes raíces, y con un igualmente notable conocimiento de la música clásica del sur de la India, había comenzado a visitar Vasanta Vihar a principios de los años 60. Estaba empapada en la tradición brahmín Iyengar; con un rojo tilak en su frente, vestía un sari o un arakh de color esmeralda intenso o rojo, al estilo Iyengar, plegado alrededor del cuerpo. Era de hablar suave, pero firme en sus respuestas y acciones. Cuando se encontraba en Vasanta Vihar, solía llevar en automóvil a Krishnaji hasta la playa todas las tardes, y esperaba en el auto mientras Krishnaji hacía su paseo por la playa de Adyar.

   Para nosotros, los de la India, 1967 fue un año desalentador. Krishnaji se mostraba inquieto y crítico. Había en sus palabras un sentido de cambio continuo, y era evidente la sensación de que se avecinaban cambios mayores. El 9 de febrero de 1967, dirigiéndose en Bombay a la Fundación para la Nueva Educación, Krishnamurti habló con pasión de sus aprensiones con respecto a la Indian Foundation. Nosotros, que lo escuchábamos, sentíamos que nos faltaba el aliento y apenas si podíamos hablar.
   Krishnaji dijo: “Quiero decir ciertas cosas, y lo que voy a decir no contiene espíritu de crítica o condena. Realmente, no hay en mi corazón o en mi mente, sentido alguno de juicio. De modo que esto debe entenderse claramente desde el principio.
   “He estado hablando ya por más de cuarenta y cinco años. El Valle de Rishi y Rajghat nacieron con un único propósito. Estos dos lugares habrían de ser el centro de las enseñanzas y ‑si se me permite usar la palabra sin interpretarla mal­ lugares santos. Pienso esto casi desde el momento en que hemos evaluado lo que realmente está sucediendo: si estos dos lugares son los centros de las enseñanzas, y si en ellos existe ese sentido de ‘lo otro’.
   “He usado una expresión que puede haber suscitado un malentendido. He dicho que las escuelas ‘deben ser protegidas’ como un oasis en este país; protegidas del caos que hay en todas partes. Debido a que realmente siento esto muy a fondo y estoy bastante conmovido al respecto, perdónenme si hablo con cierta vacilación; siento que el florecimiento, después de todos estos años, todavía no se está produciendo.
   “Y puede suceder que yo no regrese nunca, puedo morirme. Si regreso, como le dije a Mama [Madhavachari], será por poco tiempo, no por estos cinco meses cada vez que lo hago ahora. Físicamente, no puedo hacerlo más, porque no estoy durmiendo muy bien y me fatigo demasiado.
   “De modo que ustedes han de considerar que me he ido. Cualquier cosa puede suceder. Puedo morir. Puede ser que haya una decisión, no tomada por algún otro sino por mí solamente, de no volver o de volver por períodos muy cortos. No sé qué va a suceder en el futuro, y es realmente esto lo que quiero decir.
   “¿Pueden, pues, ser resguardados estos dos lugares? ¿Comprenden? ¿No resguardados por Balasundaram o algún otro, o resguardados de la corrupción y cosas así, sino resguardados como un oasis?
   “Como le decía a Kittyji esta mañana, y también a Pupul durante el almuerzo, tenemos que hacer algo muy drástico. Yo no sé qué es lo que van a hacer ustedes. Mis días son limitados, probablemente unos diez años más o menos, y quiero concentrar todo lo que tengo y no derrochar mi energía. Estoy hablando sensatamente, sin emocionalismo ni sentimentalismo alguno.
   “¿Qué es, entonces, lo que vamos a hacer para ‘resguardar’ estos lugares? Por favor, comprendan lo que entendemos por esa palabra ‘resguardar’. Resguardarlos en el sentido de convertirlos en un oasis en medio de este mundo demencial. Y, si realmente no regreso más, si muero, ¿qué va a suceder?
   “Después de cuarenta años, ¿qué es lo que hemos producido? Ustedes han entregado a esto una gran parte de sus vidas ­¿y qué ha ocurrido?­ Si dicen, ‘estamos haciendo lo mejor a nuestro alcance’ o, ‘hacemos todo lo que podemos’, entonces hay algo que ya no está bien. No digo que lo que hacen sea correcto o incorrecto. No siento las cosas de este modo. Pero, ¿qué es lo que vamos a hacer?” Hubo aquí una larga pausa.
   “Lo mismo ha sucedido en Ojai. Puede que sepan que existe una situación molesta entre la K.W.I. tal como es ahora, y yo ‑y hay preocupación al respecto. Todos comenzamos juntos a construir algo profundo, perdurable, algo valioso, tanto allá como aquí. Pero tampoco allá hay florecimiento.
   “¿Qué es, entonces, lo que podemos hacer aquí? ¿Qué podemos hacer para proteger estos lugares a fin de que se conviertan en oasis para estas enseñanzas? ¿Cómo podemos hacer de ellos algo que valga realmente la pena? He hablado con Mama muchas veces acerca de esto durante varios años. Y ahora me pregunto: ‘¿Qué vamos a hacer?’“
   Madhavachari interrumpió a Krishnaji con explicaciones y excusas, pero K no estaba dispuesto a escucharle.
   “Comprendo todo lo que dice”, continuó. “Hemos discutido esto juntos varias veces en Rajghat, en el Valle de Rishi. Lo hemos discutido de siete años a esta parte. Y pregunto qué es lo que vamos a hacer ahora. Olvide el pasado, olvide que yo dije esto y usted dijo aquello, olvide que ‘estamos haciendo lo mejor que podemos’. La única pregunta es: ‘¿Qué es lo que vamos a hacer?’
   “Considérelo, Mama, yo puedo morir mañana; no tengo la intención de hacerlo, pero si muero, ¿qué ocurrirá? ¿Seguirá usted igual que antes? Plantéeselo a sí mismo, Mama”.
   Madhavachari dijo: “Pienso que cuando llega una gran crisis como ésa...”
   “¡La crisis está aquí!” interrumpió Krishnaji.

   Cuando a principios de 1968 Krishnaji regresó a Europa, supimos que se había formado un nuevo grupo alrededor de él. Krishnaji envió un telegrama a Madhavachari pidiéndole que entregara la dirección de Vasanta Vihar a Galloway. Madhavachari contestó que, aunque él tenía un poder de agente legal concedido por Rajagopal, no poseía derechos legales como para entregar la dirección de Vasanta Vihar a Galloway. Dijo que Krishnaji podía tener la autoridad moral, pero que los derechos legales seguían perteneciendo a Rajagopal. Krishnaji se sintió muy angustiado con la respuesta de Madhavachari.
   Balasundaram estaba en París, y pronto habría de ir a Saanen para encontrarse con Krishnaji. Kitty Shiva Rao había escrito a Krishnaji que, si él lo deseaba, ella se encargaría de que renunciaran todos los miembros de la Indian Foundation. Krishnaji no le contestó.
   Pero cuando se encontró con Balasundaram, en la reunión de Saanen se había hecho un anuncio formal en el que Krishnaji declaraba la ruptura de todos sus vínculos con la K.W.I. de Ojai, y comunicaba la formación en Europa de una nueva Fundación que en adelante se encargaría de su trabajo.
   Ya se había adquirido Brockwood Park, y pronto la Krishnamurti Foundation se registró legalmente en Inglaterra. Balasundaram encontró a Krishnaji muy crítico con respecto a la Indian Foundation; Naudé estuvo presente en la entrevista de K con Balasundaram y tomó notas. Luego de algunas discusiones, se decidió finalmente que Balasundaram fuera el secretario, y a mí me solicitaron que asumiera la presidencia de la Indian Foundation.
   Poco después, Balasundaram regresó a la India. A fines de agosto de 1968, él y yo fuimos a Vasanta Vihar y le pedimos a Madhavachari que entregara Vasanta Vihar, ya fuera a la Fundación para la Nueva Educación o a Smt. Jayalaxmi. Madhavachari rehusó hacerlo. Dejó Vasanta Vihar, devolvió su poder de agente legal a Rajagopal, y entregó Vasanta Vihar a los apoderados de Rajagopal.
   En octubre de 1968, recibimos de Krishnaji una carta que nos dejó perplejos y que sacudió a la Fundación hasta sus raíces.

Miembros de la Fundación:

   Cuando el Dr. Balasundaram vino a Gstaad este verano, hablamos muy largamente sobre los cambios indispensables que debían efectuarse en la Fundación para la Nueva Educación antes de que ésta pudiera asociarse con la Krishnamurti Foundation de Inglaterra y, de tal modo, vincularse con el trabajo que estamos haciendo en todo el mundo.
   Mr. y Mrs. Moorhead también vinieron a Gstaad, y volvimos sobre los mismos puntos con ellos, y para todos estuvo muy claro qué era lo que se necesitaba. Parecería que existe ahora cierto malentendido en la Fundación acerca de estos puntos, y por eso pensamos que seria provechoso considerarlos nuevamente.
   La Krishnamurti Foundation se constituyó en Londres el día 28 de agosto de este año, para dirigir y coordinar la difusión de las enseñanzas en todo el mundo. Hemos trabajado durante muchos meses sobre los estatutos de la Krishnamurti Foundation para asegurar que respondiera exactamente a nuestras necesidades, que ninguna persona o grupo pudiera tomar el control de ella ahora o en el futuro, y que la misma fuera enteramente responsable ante mí y estuviera supeditada a mis deseos.
   Me gustaría poner en claro que la Krishnamurti Foundation es simplemente una oficina, un instrumento eficiente para realizar cosas materiales. No es de ningún modo una ‘organización’ en el sentido con que tan a menudo empleo esa palabra cuando hablo contra las organizaciones. No están involucrados en ella ni la creencia ni el seguimiento ni la jerarquía. Es simplemente un comité, responsable ante mí que velará porque las enseñanzas, las publicaciones, etc., se difundan de acuerdo con mis deseos. Es un comité internacional, y sus miembros sienten que representan a todos los países y no meramente a su propio país.
   Si el trabajo de la India y, en particular, el trabajo de la Fundación para la Nueva Educación ha de estar asociado con nuestra labor en todo el mundo, hay ciertas condiciones que deben cumplirse de manera absoluta. Tal vez no sea ésta una buena ocasión para examinar una larga lista de errores cometidos en el pasado, pero como lo he dicho con frecuencia, la Fundación para la Nueva Educación no ha funcionado como yo deseaba, ni ha hecho realmente lo que yo quería que hiciera. Por lo tanto, con el Dr. Balasundaram hemos redactado una lista de requerimientos; yo he visto esta lista y la he preparado con él y otros, por lo que es exacta y auténtica. El se la mostrará a ustedes, si es que no lo ha hecho ya.
   Lo principal en ella es la necesidad absoluta de que la Fundación para la Nueva Educación incluya exclusivamente a estas personas que, activa e intensamente, dediquen su trabajo, su energía, y su tiempo a las escuelas ‑personas que realmente trabajen en las escuelas y cumplan con su tarea­. No hay personalidades implicadas en esto, ni hay intención de juicio critico alguno contra nadie en particular.
   Estamos seguros de que todos aquellos para quienes las enseñanzas significan algo, pondrán esto en práctica. Si ello quiere decir que han de renunciar, esto también será un acto de inteligente cooperación.
Con mucho afecto,
 J, Krishnamurti

   Una reunión urgente de la Fundación fue convocada por nosotros en el Valle de Rishi. Rao Sahib Patwardhan, Achyut Patwardhan y Sunanda Patwardhan ya habían renunciado; sus cartas fueron presentadas a la asamblea. Madhavachari ofreció su renuncia, y Balasundaram fue designado secretario conjuntamente con su cargo de director de la Escuela del Valle de Rishi. Kitty Shiva Rao, no pudiendo soportar la presión que se había generado, también renunció, y a mí se me eligió como presidenta. Aunque Kitty Shiva Rao y todos los miembros restantes firmaron la respuesta a Krishnaji, yo fui la encargada de redactar el borrador. Fue una carta difícil de escribir. El era el maestro amado, y evocaba una gran devoción entre todos nosotros. Pero el reto que su carta nos había planteado, nos dejaba sin alternativa. Era necesario, a la luz de nuestra inteligencia, comunicar nuestro amor y, no obstante, negarnos a que se nos colocara en la imposible situación que su carta exigía. Escribimos:

Querido Krishnaji:

   La F.N.E., en su reunión consideró con profunda gravedad los puntos que usted nos hizo llegar por intermedio del Dr. Balasundaram y de Mr. Moorhead, y también lo hizo con su carta a la Fundación. En armonía con estos puntos y como expresión de nuestro profundo interés en que la F.N.E. refleje sus enseñanzas y provea condiciones apropiadas para que estas enseñanzas puedan arraigar y florecer en las mentes de los jóvenes, hemos aceptado y efectuado una reorganización de la estructura y del funcionamiento de la F.N.E. Ello será puesto en práctica.
   Por muchos años, la F.N.E., ha estado asociada con usted y su labor. Sus miembros se han sentado con usted, y con júbilo, devoción y atención han escuchado lo que usted tenía que decir. Que hayan fallado en transmitir la enseñanza en el campo de la educación, es una medida de su insuficiencia, pero no de su falta de interés y devoción por usted y la enseñanza. Los dos sitios, el Valle de Rishi y Rajghat, se establecieron con el propósito de llevar a la práctica su enseñanza en el campo de la educación ‑la F.N.E., en ningún momento se ha apartado ni se apartará de este propósito­.
   Sin embargo, hay algunos puntos que surgen de sus recientes comunicaciones, que han lastimado profundamente a los miembros de la Fundación. Las implicaciones parecen ser que la actual F.N.E. es inadecuada para asociarse con la Fundación que se ha establecido a fin de llevar a cabo su trabajo, y que la reorganizada F.N.E. tendrá que alcanzar cierta categoría antes de que pueda asociarse con la Krishnamurti Foundation y la labor de usted. ¿Quién tomará este examen?
   Nosotros ofrecemos nuestra cooperación a la Krishnamurti Foundation en la tarea de difundir sus enseñanzas; una cooperación basada en la completa igualdad, con la F.N.E. funcionando como un cuerpo libre e independiente. Al decir esto, quisiéramos expresar a usted una vez más nuestra profunda y firme intención de hacer todo lo posible a fin de que estas dos instituciones cumplan con el propósito para el que se proyectaron.
Con saludos afectuosos,
Sus                             

   Le habíamos dado seguridad a Krishnaji acerca de los profundos lazos que nos unían a él, pero rehusamos aceptar el juicio de ninguna organización con respecto a nuestro derecho de asociarnos con la labor de Krishnamurti.
   Los vínculos con el gurú estaban bajo tensión, y una relación nueva tenía que emerger. No hubo respuesta a nuestra carta, pero pronto habríamos de saber que una ‘Krishnamurti Foundation’ se había registrado en Inglaterra con Krishnamurti como presidente, y que se había establecido un Centro Krishnamurti en Madrás, con Smt. Jayalaxmi como la representante de Krishnamurti en la India, responsable por la labor de éste en todo el país.

   Para mí, fue éste un período de profunda búsqueda interna. En junio de ese año viajé a los Estados Unidos. Le había escrito y más tarde telegrafiado a Krishnaji en Brockwood, diciéndole que me agradaría verle. No recibí respuesta. Pasé por Londres en ruta a los Estados Unidos, y cuando me encontraba en Nueva York me enteré por amigos que Krishnaji había estado en Londres por un día mientras yo estuve ahí. Profundamente lastimada me enfrenté al hecho de que el gurú había desaparecido de mi vida. Mi dependencia de él se reveló con la intensidad de la pena que evocó el acontecimiento. Afronté el hecho de que para mí, el gurú había desaparecido realmente. Abandonada, la semilla de la enseñanza me sostuvo en la oscuridad. No recibí respuestas, pero como lo observé implacablemente, yo sentía que el músculo y el tono de mi cerebro ganaban elasticidad y fuerza; todavía era capaz de dar cabida a preguntas imposibles.
   Como Presidenta de la Krishnamurti Foundation de la India, escribí a Krishnamurti en los últimos días de diciembre de 1968, invitándole a hablar en la India. Me contestó desde California el 6 de enero de 1969, agradeciéndome por invitarle oficialmente a la India. Nos pidió a Kitty Shiva Rao y a mí que asumiéramos la responsabilidad de las pláticas y del Boletín que él deseaba se publicara en la India. Dijo que estaría en la India desde diciembre de 1969 hasta febrero de 1970.

   Ni un solo indicio de la carta de 1968 y de su contenido, habría de aparecer en las subsiguientes cartas de Krishnaji. La que escribió desde Ojai fue la primera que recibí desde el 7 de setiembre de 1966. El 2 de junio de 1969, Krishnaji escribió otra vez, señalando la necesidad de reunir fondos para los pasajes ‑el de Naudé y el de él­, desde Europa a la India; Ojai no podía proveer los pasajes debido a que los fondos eran escasos.
   Las noticias de que Krishnaji había roto todos sus vínculos con Naudé  llegaron a nosotros en la India hacia fines de agosto de 1969. Fue una sorpresa mayúscula. Era increíble que pocos meses antes Naudé hubiera podido tener semejante influencia, y aun así desaparecer tan rápidamente de la escena.
   Yo había visto a Rao Sahib por última vez hacia fines de la primavera de 1969 en Poona, donde él estaba viviendo. Se hallaba mortalmente enfermo, pero me esperó en la puerta de su casa ‑llevando inclinado sobre la cabeza, en su inimitable estilo, un blanco birrete almidonado­. Al verme sonrió, arrancó una flor de parijataka y me la ofreció.
   Súbitamente, a fines de agosto, Rao Sahib Patwardhan sufrió una severa hemorragia cerebral. Achyut me había prevenido sobre la seriedad del mal de su hermano, y yo estaba preparada para la noticia de su muerte inminente. Pero descubrí que no estaba capacitada para verle en estado de coma, con tubos clavados en él. Yo conocía su inmenso orgullo; él se habría sentido desolado de que lo expusieran así. Su agonía se prolongó por dos días, muriendo el 29 de agosto. Viajé a Poona, y llegué al día siguiente del fallecimiento y la cremación. Su muerte me dejó desconsolada. Había sido un amigo muy amado, cálido, afectuoso; fue el fin de una preciada relación y llevé luto por él. Un capítulo de su vida se había terminado.