domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XXIX “CABALGANDO SOBRE EL LOMO DE UN TIGRE”



Capítulo XXIX
“CABALGANDO SOBRE EL LOMO
DE UN TIGRE”

   Me encontré por primera vez con Indira Gandhi en 1.931; fue en Anand Bhawan, su residencia familiar de Allahabad. Yo tenía dieciséis años, ella catorce. Yo estaba enamorada, ardiendo de pasión en esa antigua ciudad; pero recuerdo a Indira como una muchacha frágil, retraída, austera, que vivía encerrada en los espacios de su fantasía. Continué viéndola a través de los años en la casa de su tía Krishna Hutheesing. Fue allí, en Bombay, donde nació su hijo Rajiv el día 20 de agosto de 1.944. En 1.955, cuando fui a vivir a Delhi, Indira y yo nos hicimos amigas. Ella era la huésped oficial de su padre, el primer ministro Jawaharlal Nehru, y vivían en la Ten Murti House, residencia del Comandante en Jefe antes de la independencia.
   Indira continuaba ocultándose tras un exterior reservado. Pero era un ser humano inquieto, finamente sensible a lo extraordinario, a la gente y a los acontecimientos del mundo exterior. Krishnamurti y sus enseñanzas formaban parte lúcida de mi existencia, y a menudo yo hablaba con ella del conocimiento propio y de la percepción. Indira solía escuchar con gran interés, pero era cauta en sus respuestas. Sólo cuando las barreras entre nosotras se levantaron, comenzó ella a interrogarme sobre el conocimiento propio y la observación sin el observador. Me habló con timidez de sus propias y finamente agudas percepciones. Cuando era joven, veía cosas que estaban detrás de ella; tenía conciencia de acontecimientos que no podía haber presenciado; con mucha frecuencia experimentaba exaltadas percepciones sensorias. Me preguntó un día: “¿Conoce usted ‘Las Puertas de la Percepción’ de Huxley?” Y agregó: “Yo veía el mundo con la misma impetuosa intensidad, pero ocultaba mis percepciones porque la gente no entendía y se reía de mí”.
   Desde niña sintió que podía “sumergirse en el color”. Por años, ciertos colores solían abrumarla. Los rojos fuertes, los anaranjados en todas sus tonalidades, y los rosas apagados evocaban respuestas profundas. El amarillo y el verde despertaban energía, el azul lo contrarío.
   Cuando se convirtió en Primera Ministra, su vulnerabilidad disminuyó.

   El primer encuentro de Indira con Krishnamurti tuvo lugar a fines de los años 50, durante una cena en mi casa. Indira se veía tímida y no se decidía a hablar. Krishnaji también era tímido pero pronto empezó a contar anécdotas. Un relato zen en particular le encantó a Indira. Dos monjes budistas llegaron a la orilla de un río, y lo encontraron crecido y difícil de cruzar. Una mujer estaba aguardando en las márgenes, y les rogó a los monjes que la ayudaran a cruzar el río, puesto que sus hijos se encontraban solos y tenían hambre. Uno de los monjes rehusó hacerlo, pero el otro la levantó y atravesó la corriente llevándola sobre su espalda. Cuando ambos monjes ya estaban en la otra orilla y proseguían nuevamente su camino, el primero de ellos protestó con vehemencia. Estaba horrorizado de que un monje hubiera tocado a una mujer, y más aún que la hubiera cargado sobre su espalda. El segundo monje se volvió y mirándolo dijo: “¿Quiere decir que todavía sigues cargando a la mujer en tu mente? Yo hace mucho tiempo que la dejé atrás, en la margen del río”.
   En el invierno de 1.970 Krishnaji vino a cenar a mi apartamento. Estaban presentes Indira Gandhi, Karan Singh de Kashmir, mi hermana Nandini, G. Parthasarthi, (G. Parthasarthi era por entonces un amigo de Indira Gandhi. Diplomático de carrera, ha desempeñado muy importantes cargos en Rusia y en los Estados Unidos. En 1.986 fue asesor del Primer Ministro Rajiv Gandhi,) y Jim George, el alto comisionado por Canadá. La conversación de sobremesa versó sobre el estado de la juventud en el mundo. Los jóvenes de Occidente se rebelaban rehusando aceptar las costumbres de sus padres; habían rechazado toda seguridad, convirtiéndose en vagabundos ‑viajando a países distantes, compartiéndolo todo, fumando hashish, rompiendo todos los tabúes, viendo y experimentando el mundo­. Uno de nosotros preguntó: “¿Por qué los jóvenes de la India se interesan tanto en la seguridad?” K habló de un materialismo creciente en la India; discutimos el hecho de que nuestros jóvenes parecían estar perdiendo sus raíces, volviéndose hacia el opulento Occidente para satisfacer sus necesidades externas e internas. K preguntó: “¿Por qué hay semejante deterioro en todos los niveles sociales de la India?”
   Indira prestaba atención, pero raramente hablaba. Karan Singh, con espíritu malicioso le preguntó a Krishnaji: “¿Es cierto que ningún político puede percibir la verdad?” Indira escuchaba, y más tarde me escribió:

   Gracias por la interesante velada.
   Como de costumbre, la comida fue deliciosa. ¡Rompí mi regla de ingerir sólo ensalada por la noche, y comí realmente en exceso!
   Me alegré mucho por la oportunidad de ver nuevamente a Krishnaji. Sus enfoques son siempre estimulantes. Después de un rato pareció como si todos estuviéramos interrogándolo. Pero, ¿puede la situación de los jóvenes que se rebelan en los Estados Unidos o en Francia, compararse con la situación que impera aquí? En esos países, muchos de los jóvenes pertenecen a las familias más ricas, y bien pueden darse el lujo de pasar el tiempo sentados en la playa meditando. En la India, las compulsiones son muy numerosas ‑ganarse la vida, sostener la familia, etc­. A causa de mi propia familia y de las circunstancias especiales en que me crié, mi experiencia personal también es diferente de las de otros. Pero si dijera eso, podría parecer que me coloco aparte de los demás. Esto que expreso es sólo un pensar en alta voz.

   Aparentemente, Indira no causó un impacto especial en Krishnamurti, quien no hizo comentario alguno sobre el encuentro de ambos.

   A comienzos de junio de 1.975, abandonó la India para dirigirme a Europa y a los Estados Unidos. Mientras me encontraba en París, tuve conocimiento de la decisión del Superior Tribunal de Allahabad declarando nula y carente de valor la elección de Indira Gandhi, apoyándose en lo que parecía ser una cuestión técnica, y prohibiéndole asimismo presentarse a elecciones por el término de seis años. El Times de Londres, al comentar esto, lo había calificado de “injuria”. Lo increíble había sucedido, y nadie podía predecir lo que vendría más adelante.
   Hallándome en Inglaterra, fui a Brockwood Park para estar con Krishnaji. Lo encontré muy preocupado por el futuro de la India. Tuvimos largas charlas. Indira Gandhi había apelado la sentencia, y se le concedió el permiso de retener su cargo de Primera Ministra, pero no podía votar en el Lok Sabha (Lok Sabha significa, en hindi, parlamento) puesto que ya no era miembro del mismo. La prensa británica hervía de especulaciones sobre la posible renuncia de Indira Gandhi.
   Un día después de mi arribo a Nueva York, se declaró en la India el estado de emergencia, y nos llegaron noticias de los arrestos. A tanta distancia, con poco acceso a una información exacta, escuchamos rumores de que había comenzado la guerra civil. Fui a la Embajada de la India y traté de telefonear a Indira Gandhi. Para mi asombro, fue posible dar con ella y acudió al teléfono. Le conté acerca de los rumores y de la falta de una buena información. Ella intentó tranquilizarme; el estado de emergencia se había declarado, dijo, y muchas personas, incluyendo a Prakesh Narain y a Morarji Desai, habían sido arrestadas. Me contó que la violencia amenazaba propagarse, pero subrayó que el estado de emergencia se mantendría por poco tiempo.
   En mi viaje de regreso no fui a Gstaad para ver a Krishnaji ni le telefoneé desde Londres. Me sentía muy confundida y sabía que Krishnaji estaría angustiado por los acontecimientos de la India.
   En Nueva Delhi muchas personas me hablaron de la emergencia algunas en apoyo, y muchas con ira apasionada. El miedo y la tensión iban en aumento. Me encontré con Indira en el Parlamento, y le hablé de la atmósfera imperante y de mi pesar ante el hecho de que esto ocurriera en un gobierno que ella presidía. Me escuchó atentamente, y replicó que yo desconocía la extensión de la violencia inherente en la situación y los peligros internos y externos que afrontaba el país. Habló de la huelga en los ferrocarriles que, durante el año anterior, había dilatado violencia e inestabilidad social.
   También se refirió al Movimiento de la Revolución Total que dirigía Prakash Narain, alrededor del cual se había reunido mucha gente joven. Siendo no-violento en sus comienzos, en 1.975 se habían infiltrado en el mismo muchos elementos indeseables. Jai Prakash, dijo, era un idealista y parecía no advertir en absoluto el peligro. Pero si a estos elementos se les permitía fortalecerse en su posición, el país se enfrentaría a un desastre.
   Yo esperaba que el estado de emergencia se levantara el 15 de agosto ‑día de la independencia­ y fui a Red Fort (El Red Fort (Fuerte Rojo) es un monumento construido en el siglo XVII por Shah Jahan. Desde su terraplén, los primeros ministros de la India se dirigen a la nación en el día de la Independencia, 15 de agosto) para escuchar a Indira Gandhi. Justo antes de que apareciera en el terraplén, recibió ella noticias del asesinato en Dacca, del primer ministro de Bangla Desh, Mujib‑ur‑Rehman y de su familia. Todos sus temores y ansiedades latentes se despertaron. Tenía la certeza de que los asesinatos formaban parte de un complot mayor para desestabilizar el subcontinente, y que ella, sus hijos y sus nietos, serían el próximo blanco. El estado de emergencia continuó con consecuencias dramáticas tanto para quien gobernaba como para los gobernados.
   Poco después recibí una carta de Krishnaji:

   Le estoy escribiendo sobre un asunto muy serio, no sólo para usted personalmente sino para usted como Presidenta de la K.F. India. Por las distintas informaciones que publican los periódicos americanos, ingleses y franceses, parece que la India se ha vuelto un ‘estado totalitario’. Miles han ido a prisión, la libertad de prensa y de palabra está casi amordazada. No sé cuál es la posición de usted. La Fundación no es política, y en modo alguno está vinculada a ninguna clase de grupo político, de la izquierda o de la derecha. Quiero preguntarle cuál es la situación de K cuando vaya a la India, si es que va, sabiéndose que él hablará de la libertad en todos los niveles, lo cual ha estado haciendo en todas sus pláticas de aquí ‑libertad de palabra, libertad de pensamiento, libertad de expresión­. Y si él habla en reuniones públicas, es inevitable que la gente le formule ciertas preguntas y que él las conteste. El siente que no puede modificar por ninguna razón nada de lo que dice para acomodarlo a gobierno o grupo alguno. No lo ha hecho en el pasado, y no puede limitarse a los dictados de ningún grupo, político o de otra clase. Tampoco puede permitirse ir a prisión o que se le impida salir del país una vez que haya ido. También me gustaría señalar que K no aceptará favores especiales ni que se haga una excepción en su caso... [Terminaba la carta con las palabras:] Por favor, Pupulji, ésta es una cuestión sagrada, y su responsabilidad tiene que ser también sagrada.

   En mi respuesta le hice un relato exacto de la situación en la India. La cultura de este país hacía que la voz de un verdadero maestro religioso fuera una luz que no podía extinguirse. El 20 de agosto recibí una segunda carta. Su extremo interés era evidente, e introducía un nuevo interrogante: “¿Cuál es el propósito, el valor y el provecho de mi ida a la India?”

   Dejando de lado los sentimientos personales y el afecto ‑que poseen su propia significación­ como el organismo físico ahora ya tiene más de 80, he estado considerando la mejor manera en que deben emplearse los próximos 10 o 15 años. Como lo he repetido y puedo repetirlo nuevamente si no le cansa, he empleado más tiempo y he ofrecido más pláticas en la India que en ninguna otra parte. No me preocupan los resultados, qué efecto tienen las enseñanzas, o hasta qué profundidad han penetrado las raíces, pero pienso que uno tiene el derecho de preguntar, y debe preguntar, como lo estoy haciendo, por qué después de todos estos años no hay en la India ni una sola persona total y completamente comprometida con estas enseñanzas, viviéndolas y dedicándose enteramente a ellas. No estoy culpando en absoluto a ninguno de ustedes, pero, si se me permite, quisiera instarlos a que dediquen a esto la atención más seria de que sean capaces.

   Seguía preguntándome si efectivamente me retiraría de mí otro trabajo en marzo de 1.976, tal como se lo había dicho. Y terminaba la carta con estas palabras:

   Como puede volverse cada vez más difícil hablar libremente en la India, usted debe considerar cuál es la mejor forma en que K puede emplear el resto de su vida de modo que sea lo más útil posible para las enseñanzas. Esto mismo se lo hago notar a los grupos de América e Inglaterra. Y todo esto de ninguna manera debe interpretarse como una cuestión personal sino como lo que es más correcto y bueno para las enseñanzas en su totalidad. Toda la cosa, me temo, está resultando en la India un asunto de conveniencia personal, y es muy malo que esté ocurriendo esto después de 40 años.

   Quedé agobiada por la carta. Para mí, ya parecía evidente que Krishnaji había rechazado a la India y a las personas que le habían acompañado por muchos años. En Bombay, hablé de esto con Nandini y ella sintió, igual que yo, que el diálogo de Krishnamurti con la India había llegado a su fin.
   Le contesté a Krishnaji expresándole mi profunda aflicción, y el aturdimiento que me había producido su carta. Balasundaram, que se encontraba en Brockwood cuando Krishnaji recibió mi respuesta, me escribió contándome que K estaba perplejo y no cesaba de repetir. “¿Qué es lo que dejó tan aturdida a Pupul?” Krishnaji había estado sosteniendo con Balasundaram discusiones detalladas acerca de lo que se necesitaba hacer en la Indian Foundation. Pronto quedó claro que finalmente K había decidido no retornar a la India en el invierno de 1.975. También canceló su visita anual a Roma, pero regresó a Malibú, en California.
   Con fecha 10 de noviembre, recibí una larga carta de Krishnaji desde Malibú, donde se hospedaba en casa de Mary Zimbalist. Igual que un niño, preguntaba: “Usted me escribió desde Delhi diciéndome que se sentía aturdida por una larga carta que yo le había enviado, y en la cual, entre otras cosas, le decía que en la India todo se había deslizado hacia la conveniencia personal. En todas sus cartas no dice usted que fue lo que le ocasionó tal aturdimiento. Me gustaría saber por qué se sintió usted así”. Le contesté que el primer impacto de su carta fue que él había abandonado a la India y que no tenía el propósito de regresar. Había muchos interrogantes que requerían respuesta pero, al parecer, no tenía sentido entrar en detalles y buscar clarificación. El primer impacto de la carta había sido el decisivo.
   El estado de emergencia había durado más de un año, y aunque yo me daba cuenta de la tensión y la angustia que esto produjo en Indira, también sabía que ella se había mantenido firme, haciendo la vista gorda a muchas de las informaciones que le llegaban. Cuando la emergencia cobró impulso, por primera vez en la vida, Indira perdió su contacto intuitivo con el pueblo de la India. Estaba aislada y se mostraba recelosa, no tolerando ninguna crítica aun cuando sus más íntimos amigos le trajeran evidencias concretas de que funcionarios oficiales habían transgredido su autoridad. Fue sólo en el otoño de 1.976 que la ira y los temores de la gente llegaron hasta ella.
   Más o menos por esta época, conversé con Indira sobre la posibilidad de que Krishnaji hablara en la India durante el invierno de 1.976. Ella dijo: “Es muy bienvenido en la India y puede hablar libremente”. Ella sabía del apasionado interés de Krishnaji por la libertad; K era un revolucionario religioso, y para él la vida sin libertad era muerte. Krishnaji arribó a la India en octubre de 1.976 y se hospedó conmigo en el 1 de King George’s Avenue.
   El 27 de octubre Indira llegó a mi casa para cenar a las 19,30 hs. Vestía un sari verde impreso en tonos suaves de rosa. Los otros invitados incluían a Achyut; Nandini con su hija Devi y su nieta Aditi, joven y exquisita bailarina; Sunanda y Pama Patwardhan; y L.K. Jha, Indira nos dijo que, de acuerdo con el calendario indio, era su cumpleaños. Expresó el deseo de hablar con Krishnaji, y estuvo con él en su sala de estar hasta las nueve.
   Durante la cena se mantuvo muy silenciosa, dándose apenas cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Achyut, que se había mostrado apasionadamente crítico, con respecto al estado de emergencia, se mantuvo callado, hasta torvo. L.K. Jha y Krishnaji fueron los que más hablaron. Krishnaji no miró a Indira ni le habló durante toda la cena. Sentía la vulnerabilidad de ella y no quiso molestarla.
   Para disminuir la tensión, Krishnaji empezó relatando sus numerosas anécdotas sobre San Pedro y el paraíso. Recuerdo una en particular. Un hombre muy rico que había hecho muchas obras de caridad, murió. Cuando llegó hasta las puertas del paraíso, se encontró con San Pedro que custodiaba la entrada. El hombre entregó sus credenciales, y Pedro dijo que podía cruzar las puertas; pero antes de que lo hiciera, Pedro le preguntó: “¿No te gustaría ver lo que hay allá abajo?” El hombre rico contestó: “Seguro, ¿es fácil llegar allá?” Pedro dijo: “Sólo aprieta el botón y el ascensor te llevará abajo”. Cuando llegó abajo, las puertas del infierno se abrieron y el hombre rico vio un jardín lleno de flores, con agua surgente y bellas mujeres que le aguardaban para recibirlo con vinos selectos y raros manjares. Después de pasar un tiempo en los más maravillosos ambientes, regresó adonde estaba Pedro para decirle que el infierno era un lugar mejor, más divertido, y que había decidido ir allá. Pedro dijo: “Claro, pensé que lo sentirías así”. De modo que el hombre rico presionó el botón y descendió de vuelta al infierno. Cuando se abrió la puerta, el jardín se había esfumado y dos corpulentos rufianes lo estaban esperando y empezaron a golpearlo. El hombre trató de detenerlos; entre golpe y golpe alcanzó a jadear: “¿Qué ha ocurrido? ¡Vine aquí hace sólo cinco minutos y me recibieron con los brazos abiertos!” “Ah”, dijo el rufián propinándole otro golpe, “entonces eras un turista”.
   Todos rieron, e incluso Indira no pudo evitar una sonrisa ‑aunque parecía muy preocupada y distante­. Después Indira se unió a la conversación y contó una historia de astronautas que, a su regreso del espacio exterior, fueron a visitar a Kruschev, quien los interrogó en secreto preguntándoles: “Cuando ustedes se encontraban muy alto en los cielos, ¿vieron luces misteriosas, seres extraños? ¿Vieron una figura grande, misteriosa, de barba blanca y rodeada de luz?” Los astronautas contestaron: “Sí, camarada, la vimos”. Y Kruschev dijo: “Me lo temía”. Después les previno: “Esto es sólo entre nosotros, no hablen de ello con nadie”. Más adelante, los astronautas viajaron por el mundo y visitaron al Papa. Terminadas las formalidades devotas, el Papa los llevó aparte y les dijo: “Hijos míos, cuando os encontrabais allá arriba, ¿visteis luces o disteis con una gran figura de barba blanca?” Contestaron: “No, padre, no vimos luces ni vimos ninguna figura barbada”. Y el Papa dijo: “¡Ah, hijos míos, ya me parecía! Pero por vuestras almas, no habléis de esto con nadie”. Todos los que estábamos en la mesa reímos, pero L.K. Jha parecía desconcertado ‑porque Krishnaji le había contado esta historia a él, él a su vez se la había repetido a la Primera Ministra, y ahora ella la había devuelto a Krishnaji.
   Después de la cena, cuando todos se hubieron ido, Krishnaji me llevó a su habitación y me dijo que Indira estaba pasando por un período difícil. Cuando estuvieron a solas, permanecieron sentados en silencio por un largo rato. El podía sentir que ella estaba muy alterada. Le dijo a K que la situación en la India era explosiva. Krishnaji había percibido en ella algo muy bello que la política estaba destruyendo. También aludió K a una corriente de violencia que rodeaba a Indira.
   A la mañana siguiente, la Primera Ministra me escribió para decirme que Krishnaji le había prometido verla nuevamente, y me pedía que yo dispusiera el momento más apropiado. Yo le había telefoneado a Seshan, su asistente especial, cuando súbitamente, a las once, se detuvo en la puerta un automóvil en cuyo interior venía Indira. No había ninguna medida de seguridad, y sólo algún tiempo después llegó el automóvil de escolta con su ansioso personal de seguridad.
   Indira pasó más de una hora con Krishnaji. Salió de la habitación visiblemente conmovida, y las lágrimas fluían por su rostro. Cuando vio que mi sobrina nieta Aditi se encontraba en el salón, rápidamente recuperó el control de sí misma, le preguntó a Aditi qué estaba leyendo y habló con ella unos momentos. Acompañé silenciosamente a Indira hasta su automóvil.
   Durante los meses que Krishnaji permaneció en la India, mantuvo a Indira en su conciencia. Me formuló preguntas acerca de ella y de su juventud. K se había sentido profundamente tocado por la capacidad que ella tenía para escuchar, y también por su negativa a reaccionar o a defenderse a sí misma. Me dijo que Indira era posiblemente la única persona en su posición que estaba dispuesta a escuchar. Casi todos, o bien eran arrogantes en sus posiciones y así no podían escuchar, o se derrumbaban y quedaban desechos ante la adversidad. Ella parecía diferente. Antes de abandonar Delhi, él habría de escribirle otra vez.
   Años más tarde, después de la muerte de su hijo Sanjay, le pregunté a Indira si lloraba con facilidad. Pensó un rato y dijo: “No, el dolor no trae lágrimas. Pero cuando estoy profundamente conmovida, en especial por la gran belleza, entonces lloro”. Dijo que había llorado cuando conoció a Kamakoti Sankaracharya en Kancheepuram (El Kamakoti Sankaracharya de Kancheepuram se halla en la línea directa de los sucesivos maestros o preceptores que llegan hasta Adi Sankara, el primer Sankaracharya, quien impartió su enseñanza allá por el siglo VIII d.C, Kamakoti es el nombre de la aldea en el distrito de Kancheepuram, perteneciente a Tamil Nadu, India del sur, donde está situado su centro religioso), y que lloró copiosamente cuando vino a ver a Krishnaji en el 1 de King George’s Avenue, en noviembre de 1.976. “Sollozaba y no podía contener mis lágrimas. Por años no he llorado de esa manera”. También me contó algo de lo que ocurrió durante la conversación. Krishnaji y ella habían hablado de los sucesos habidos en la India durante los últimos meses, e Indira había dicho: “Estoy cabalgando sobre el lomo de un tigre, y no se cómo desmontar”. Krishnaji contestó “Si usted es más inteligente que el tigre, sabrá cómo habérselas con el tigre”. Ella le preguntó qué debía hacer. Él rehusó responder a esto, pero le dijo que debía mirar los conflictos, las acciones, las equivocaciones, como un solo y único problema, y después actuar sin ningún motivo subyacente. Agregó que no conocía los  hechos, pero que ella tenía que actuar correctamente sin temor a las consecuencias.
   Años más tarde, Indira me contó que el 28 de octubre de 1.978, día en que se encontró con Krishnaji por segunda vez, un frágil movimiento interno se había despertado en ella sugiriéndole que pusiera fin al estado de emergencia, cualesquiera que fueran las consecuencias de tal acción. Había meditado sobre este sentimiento, y después de hablar con unas cuantas personas cercanas a ella, decidió finalmente llamar a elecciones.
   Krishnaji se encontraba en Bombay, a punto de viajar hacia Europa, cuando se hizo el anuncio de que Indira había ordenado la liberación de personas detenidas en virtud del mantenimiento de la Seguridad Interna, y que también proclamaba elecciones. Krishnaji se sintió muy feliz y habló largamente conmigo. Me dijo que le hubiera gustado ver a Indira antes de abandonar la India. Estaba incluso dispuesto a ir a Delhi, pero lo disuadí, sabiendo que ella estaría muy absorbida por la lucha que se avecinaba. El día anterior al de su partida, Krishnaji me pidió que lo mantuviera informado sobre Indira. Y súbitamente preguntó: “¿Qué pasa si ella pierde?”