Capítulo
XXIX
“CABALGANDO
SOBRE EL LOMO
DE
UN TIGRE”
Me encontré por primera
vez con Indira Gandhi en 1.931; fue en Anand Bhawan, su residencia familiar de
Allahabad. Yo tenía dieciséis años, ella catorce. Yo estaba enamorada, ardiendo
de pasión en esa antigua ciudad; pero recuerdo a Indira como una muchacha
frágil, retraída, austera, que vivía encerrada en los espacios de su fantasía.
Continué viéndola a través de los años en la casa de su tía Krishna Hutheesing.
Fue allí, en Bombay, donde nació su hijo Rajiv el día 20 de agosto de 1.944. En
1.955, cuando fui a vivir a Delhi, Indira y yo nos hicimos amigas. Ella era la huésped
oficial de su padre, el primer ministro Jawaharlal Nehru, y vivían en la Ten
Murti House, residencia del Comandante en Jefe antes de la independencia.
Indira continuaba
ocultándose tras un exterior reservado. Pero era un ser humano inquieto,
finamente sensible a lo extraordinario, a la gente y a los acontecimientos del
mundo exterior. Krishnamurti y sus enseñanzas formaban parte lúcida de mi
existencia, y a menudo yo hablaba con ella del conocimiento propio y de la
percepción. Indira solía escuchar con gran interés, pero era cauta en sus
respuestas. Sólo cuando las barreras entre nosotras se levantaron, comenzó ella
a interrogarme sobre el conocimiento propio y la observación sin el observador.
Me habló con timidez de sus propias y finamente agudas percepciones. Cuando era
joven, veía cosas que estaban detrás de ella; tenía conciencia de
acontecimientos que no podía haber presenciado; con mucha frecuencia
experimentaba exaltadas percepciones sensorias. Me preguntó un día: “¿Conoce
usted ‘Las Puertas de la Percepción’ de Huxley?” Y agregó: “Yo veía el mundo
con la misma impetuosa intensidad, pero ocultaba mis percepciones porque la
gente no entendía y se reía de mí”.
Desde niña sintió que
podía “sumergirse en el color”. Por años, ciertos colores solían abrumarla. Los
rojos fuertes, los anaranjados en todas sus tonalidades, y los rosas apagados
evocaban respuestas profundas. El amarillo y el verde despertaban energía, el
azul lo contrarío.
Cuando se convirtió en
Primera Ministra, su vulnerabilidad disminuyó.
El primer encuentro de
Indira con Krishnamurti tuvo lugar a fines de los años 50, durante una cena en
mi casa. Indira se veía tímida y no se decidía a hablar. Krishnaji también era
tímido pero pronto empezó a contar anécdotas. Un relato zen en particular le
encantó a Indira. Dos monjes budistas llegaron a la orilla de un río, y lo
encontraron crecido y difícil de cruzar. Una mujer estaba aguardando en las
márgenes, y les rogó a los monjes que la ayudaran a cruzar el río, puesto que
sus hijos se encontraban solos y tenían hambre. Uno de los monjes rehusó
hacerlo, pero el otro la levantó y atravesó la corriente llevándola sobre su espalda.
Cuando ambos monjes ya estaban en la otra orilla y proseguían nuevamente su
camino, el primero de ellos protestó con vehemencia. Estaba horrorizado de que
un monje hubiera tocado a una mujer, y más aún que la hubiera cargado sobre su
espalda. El segundo monje se volvió y mirándolo dijo: “¿Quiere decir que
todavía sigues cargando a la mujer en tu mente? Yo hace mucho tiempo que la
dejé atrás, en la margen del río”.
En el invierno de 1.970
Krishnaji vino a cenar a mi apartamento. Estaban presentes Indira Gandhi, Karan
Singh de Kashmir, mi hermana Nandini, G. Parthasarthi, (G. Parthasarthi era por
entonces un amigo de Indira Gandhi. Diplomático de carrera, ha desempeñado muy
importantes cargos en Rusia y en los Estados Unidos. En 1.986 fue asesor del
Primer Ministro Rajiv Gandhi,) y Jim George, el alto comisionado por Canadá. La
conversación de sobremesa versó sobre el estado de la juventud en el mundo. Los
jóvenes de Occidente se rebelaban rehusando aceptar las costumbres de sus
padres; habían rechazado toda seguridad, convirtiéndose en vagabundos ‑viajando
a países distantes, compartiéndolo todo, fumando hashish, rompiendo todos los
tabúes, viendo y experimentando el mundo. Uno de nosotros preguntó: “¿Por qué
los jóvenes de la India se interesan tanto en la seguridad?” K habló de un
materialismo creciente en la India; discutimos el hecho de que nuestros jóvenes
parecían estar perdiendo sus raíces, volviéndose hacia el opulento Occidente
para satisfacer sus necesidades externas e internas. K preguntó: “¿Por qué hay
semejante deterioro en todos los niveles sociales de la India?”
Indira prestaba atención,
pero raramente hablaba. Karan Singh, con espíritu malicioso le preguntó a
Krishnaji: “¿Es cierto que ningún político puede percibir la verdad?” Indira
escuchaba, y más tarde me escribió:
Gracias por la interesante
velada.
Como de costumbre, la
comida fue deliciosa. ¡Rompí mi regla de ingerir sólo ensalada por la noche, y
comí realmente en exceso!
Me alegré mucho por la
oportunidad de ver nuevamente a Krishnaji. Sus enfoques son siempre
estimulantes. Después de un rato pareció como si todos estuviéramos
interrogándolo. Pero, ¿puede la situación de los jóvenes que se rebelan en los
Estados Unidos o en Francia, compararse con la situación que impera aquí? En
esos países, muchos de los jóvenes pertenecen a las familias más ricas, y bien
pueden darse el lujo de pasar el tiempo sentados en la playa meditando. En la
India, las compulsiones son muy numerosas ‑ganarse la vida, sostener la
familia, etc. A causa de mi propia familia y de las circunstancias especiales
en que me crié, mi experiencia personal también es diferente de las de otros.
Pero si dijera eso, podría parecer que me coloco aparte de los demás. Esto que
expreso es sólo un pensar en alta voz.
Aparentemente, Indira no
causó un impacto especial en Krishnamurti, quien no hizo comentario alguno
sobre el encuentro de ambos.
A comienzos de junio de
1.975, abandonó la India para dirigirme a Europa y a los Estados Unidos.
Mientras me encontraba en París, tuve conocimiento de la decisión del Superior
Tribunal de Allahabad declarando nula y carente de valor la elección de Indira
Gandhi, apoyándose en lo que parecía ser una cuestión técnica, y prohibiéndole
asimismo presentarse a elecciones por el término de seis años. El Times de Londres, al comentar esto,
lo había calificado de “injuria”. Lo increíble había sucedido, y nadie podía
predecir lo que vendría más adelante.
Hallándome en Inglaterra,
fui a Brockwood Park para estar con Krishnaji. Lo encontré muy preocupado por
el futuro de la India. Tuvimos largas charlas. Indira Gandhi había apelado la
sentencia, y se le concedió el permiso de retener su cargo de Primera Ministra,
pero no podía votar en el Lok Sabha (Lok
Sabha significa, en hindi, parlamento) puesto que ya no era miembro del
mismo. La prensa británica hervía de especulaciones sobre la posible renuncia
de Indira Gandhi.
Un día después de mi
arribo a Nueva York, se declaró en la India el estado de emergencia, y nos
llegaron noticias de los arrestos. A tanta distancia, con poco acceso a una
información exacta, escuchamos rumores de que había comenzado la guerra civil.
Fui a la Embajada de la India y traté de telefonear a Indira Gandhi. Para mi
asombro, fue posible dar con ella y acudió al teléfono. Le conté acerca de los
rumores y de la falta de una buena información. Ella intentó tranquilizarme; el
estado de emergencia se había declarado, dijo, y muchas personas, incluyendo a
Prakesh Narain y a Morarji Desai, habían sido arrestadas. Me contó que la
violencia amenazaba propagarse, pero subrayó que el estado de emergencia se
mantendría por poco tiempo.
En mi viaje de regreso no
fui a Gstaad para ver a Krishnaji ni le telefoneé desde Londres. Me sentía muy
confundida y sabía que Krishnaji estaría angustiado por los acontecimientos de
la India.
En Nueva Delhi muchas
personas me hablaron de la emergencia algunas en apoyo, y muchas con ira
apasionada. El miedo y la tensión iban en aumento. Me encontré con Indira en el
Parlamento, y le hablé de la atmósfera imperante y de mi pesar ante el hecho de
que esto ocurriera en un gobierno que ella presidía. Me escuchó atentamente, y
replicó que yo desconocía la extensión de la violencia inherente en la
situación y los peligros internos y externos que afrontaba el país. Habló de la
huelga en los ferrocarriles que, durante el año anterior, había dilatado
violencia e inestabilidad social.
También se refirió al
Movimiento de la Revolución Total que dirigía Prakash Narain, alrededor del
cual se había reunido mucha gente joven. Siendo no-violento en sus comienzos,
en 1.975 se habían infiltrado en el mismo muchos elementos indeseables. Jai
Prakash, dijo, era un idealista y parecía no advertir en absoluto el peligro.
Pero si a estos elementos se les permitía fortalecerse en su posición, el país
se enfrentaría a un desastre.
Yo esperaba que el estado
de emergencia se levantara el 15 de agosto ‑día de la independencia y fui a
Red Fort (El Red Fort (Fuerte Rojo)
es un monumento construido en el siglo XVII por Shah Jahan. Desde su terraplén,
los primeros ministros de la India se dirigen a la nación en el día de la
Independencia, 15 de agosto) para escuchar a Indira Gandhi. Justo antes de que
apareciera en el terraplén, recibió ella noticias del asesinato en Dacca, del
primer ministro de Bangla Desh, Mujib‑ur‑Rehman y de su familia. Todos sus
temores y ansiedades latentes se despertaron. Tenía la certeza de que los
asesinatos formaban parte de un complot mayor para desestabilizar el
subcontinente, y que ella, sus hijos y sus nietos, serían el próximo blanco. El
estado de emergencia continuó con consecuencias dramáticas tanto para quien
gobernaba como para los gobernados.
Poco después recibí una
carta de Krishnaji:
Le estoy escribiendo sobre
un asunto muy serio, no sólo para usted personalmente sino para usted como
Presidenta de la K.F. India. Por las distintas informaciones que publican los
periódicos americanos, ingleses y franceses, parece que la India se ha vuelto
un ‘estado totalitario’. Miles han ido a prisión, la libertad de prensa y de
palabra está casi amordazada. No sé cuál es la posición de usted. La Fundación
no es política, y en modo alguno está vinculada a ninguna clase de grupo
político, de la izquierda o de la derecha. Quiero preguntarle cuál es la
situación de K cuando vaya a la India, si es que va, sabiéndose que él hablará
de la libertad en todos los niveles, lo cual ha estado haciendo en todas sus
pláticas de aquí ‑libertad de palabra, libertad de pensamiento, libertad de
expresión. Y si él habla en reuniones públicas, es inevitable que la gente le
formule ciertas preguntas y que él las conteste. El siente que no puede
modificar por ninguna razón nada de lo que dice para acomodarlo a gobierno o
grupo alguno. No lo ha hecho en el pasado, y no puede limitarse a los dictados
de ningún grupo, político o de otra clase. Tampoco puede permitirse ir a
prisión o que se le impida salir del país una vez que haya ido. También me
gustaría señalar que K no aceptará favores especiales ni que se haga una
excepción en su caso... [Terminaba la carta con las palabras:] Por favor,
Pupulji, ésta es una cuestión sagrada, y su responsabilidad tiene que ser
también sagrada.
En mi respuesta le hice un
relato exacto de la situación en la India. La cultura de este país hacía que la
voz de un verdadero maestro religioso fuera una luz que no podía extinguirse.
El 20 de agosto recibí una segunda carta. Su extremo interés era evidente, e
introducía un nuevo interrogante: “¿Cuál es el propósito, el valor y el provecho
de mi ida a la India?”
Dejando de lado los
sentimientos personales y el afecto ‑que poseen su propia significación como
el organismo físico ahora ya tiene más de 80, he estado considerando la mejor
manera en que deben emplearse los próximos 10 o 15 años. Como lo he repetido y
puedo repetirlo nuevamente si no le cansa, he empleado más tiempo y he ofrecido
más pláticas en la India que en ninguna otra parte. No me preocupan los
resultados, qué efecto tienen las enseñanzas, o hasta qué profundidad han
penetrado las raíces, pero pienso que uno tiene el derecho de preguntar, y debe
preguntar, como lo estoy haciendo, por qué después de todos estos años no hay
en la India ni una sola persona total y completamente comprometida con estas
enseñanzas, viviéndolas y dedicándose enteramente a ellas. No estoy culpando en
absoluto a ninguno de ustedes, pero, si se me permite, quisiera instarlos a que
dediquen a esto la atención más seria de que sean capaces.
Seguía preguntándome si
efectivamente me retiraría de mí otro trabajo en marzo de 1.976, tal como se lo
había dicho. Y terminaba la carta con estas palabras:
Como puede volverse cada
vez más difícil hablar libremente en la India, usted debe considerar cuál es la
mejor forma en que K puede emplear el resto de su vida de modo que sea lo más
útil posible para las enseñanzas. Esto mismo se lo hago notar a los grupos de
América e Inglaterra. Y todo esto de ninguna manera debe interpretarse como una
cuestión personal sino como lo que es más correcto y bueno para las enseñanzas
en su totalidad. Toda la cosa, me temo, está resultando en la India un asunto
de conveniencia personal, y es muy malo que esté ocurriendo esto después de 40
años.
Quedé agobiada por la
carta. Para mí, ya parecía evidente que Krishnaji había rechazado a la India y
a las personas que le habían acompañado por muchos años. En Bombay, hablé de
esto con Nandini y ella sintió, igual que yo, que el diálogo de Krishnamurti
con la India había llegado a su fin.
Le contesté a Krishnaji
expresándole mi profunda aflicción, y el aturdimiento que me había producido su
carta. Balasundaram, que se encontraba en Brockwood cuando Krishnaji recibió mi
respuesta, me escribió contándome que K estaba perplejo y no cesaba de repetir.
“¿Qué es lo que dejó tan aturdida a Pupul?” Krishnaji había estado sosteniendo
con Balasundaram discusiones detalladas acerca de lo que se necesitaba hacer en
la Indian Foundation. Pronto quedó claro que finalmente K había decidido no
retornar a la India en el invierno de 1.975. También canceló su visita anual a
Roma, pero regresó a Malibú, en California.
Con fecha 10 de noviembre,
recibí una larga carta de Krishnaji desde Malibú, donde se hospedaba en casa de
Mary Zimbalist. Igual que un niño, preguntaba: “Usted me escribió desde Delhi
diciéndome que se sentía aturdida por una larga carta que yo le había enviado,
y en la cual, entre otras cosas, le decía que en la India todo se había
deslizado hacia la conveniencia personal. En todas sus cartas no dice usted que
fue lo que le ocasionó tal aturdimiento. Me gustaría saber por qué se sintió
usted así”. Le contesté que el primer impacto de su carta fue que él había
abandonado a la India y que no tenía el propósito de regresar. Había muchos
interrogantes que requerían respuesta pero, al parecer, no tenía sentido entrar
en detalles y buscar clarificación. El primer impacto de la carta había sido el
decisivo.
El estado de emergencia
había durado más de un año, y aunque yo me daba cuenta de la tensión y la
angustia que esto produjo en Indira, también sabía que ella se había mantenido
firme, haciendo la vista gorda a muchas de las informaciones que le llegaban.
Cuando la emergencia cobró impulso, por primera vez en la vida, Indira perdió
su contacto intuitivo con el pueblo de la India. Estaba aislada y se mostraba
recelosa, no tolerando ninguna crítica aun cuando sus más íntimos amigos le
trajeran evidencias concretas de que funcionarios oficiales habían transgredido
su autoridad. Fue sólo en el otoño de 1.976 que la ira y los temores de la
gente llegaron hasta ella.
Más o menos por esta
época, conversé con Indira sobre la posibilidad de que Krishnaji hablara en la
India durante el invierno de 1.976. Ella dijo: “Es muy bienvenido en la India y
puede hablar libremente”. Ella sabía del apasionado interés de Krishnaji por la
libertad; K era un revolucionario religioso, y para él la vida sin libertad era
muerte. Krishnaji arribó a la India en octubre de 1.976 y se hospedó conmigo en
el 1 de King George’s Avenue.
El 27 de octubre Indira llegó
a mi casa para cenar a las 19,30 hs. Vestía un sari verde impreso en tonos
suaves de rosa. Los otros invitados incluían a Achyut; Nandini con su hija Devi
y su nieta Aditi, joven y exquisita bailarina; Sunanda y Pama Patwardhan; y
L.K. Jha, Indira nos dijo que, de acuerdo con el calendario indio, era su
cumpleaños. Expresó el deseo de hablar con Krishnaji, y estuvo con él en su
sala de estar hasta las nueve.
Durante la cena se mantuvo
muy silenciosa, dándose apenas cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Achyut,
que se había mostrado apasionadamente crítico, con respecto al estado de
emergencia, se mantuvo callado, hasta torvo. L.K. Jha y Krishnaji fueron los
que más hablaron. Krishnaji no miró a Indira ni le habló durante toda la cena.
Sentía la vulnerabilidad de ella y no quiso molestarla.
Para disminuir la tensión,
Krishnaji empezó relatando sus numerosas anécdotas sobre San Pedro y el
paraíso. Recuerdo una en particular. Un hombre muy rico que había hecho muchas
obras de caridad, murió. Cuando llegó hasta las puertas del paraíso, se
encontró con San Pedro que custodiaba la entrada. El hombre entregó sus
credenciales, y Pedro dijo que podía cruzar las puertas; pero antes de que lo
hiciera, Pedro le preguntó: “¿No te gustaría ver lo que hay allá abajo?” El
hombre rico contestó: “Seguro, ¿es fácil llegar allá?” Pedro dijo: “Sólo
aprieta el botón y el ascensor te llevará abajo”. Cuando llegó abajo, las
puertas del infierno se abrieron y el hombre rico vio un jardín lleno de
flores, con agua surgente y bellas mujeres que le aguardaban para recibirlo con
vinos selectos y raros manjares. Después de pasar un tiempo en los más
maravillosos ambientes, regresó adonde estaba Pedro para decirle que el
infierno era un lugar mejor, más divertido, y que había decidido ir allá. Pedro
dijo: “Claro, pensé que lo sentirías así”. De modo que el hombre rico presionó
el botón y descendió de vuelta al infierno. Cuando se abrió la puerta, el
jardín se había esfumado y dos corpulentos rufianes lo estaban esperando y empezaron
a golpearlo. El hombre trató de detenerlos; entre golpe y golpe alcanzó a
jadear: “¿Qué ha ocurrido? ¡Vine aquí hace sólo cinco minutos y me recibieron
con los brazos abiertos!” “Ah”, dijo el rufián propinándole otro golpe,
“entonces eras un turista”.
Todos rieron, e incluso
Indira no pudo evitar una sonrisa ‑aunque parecía muy preocupada y distante.
Después Indira se unió a la conversación y contó una historia de astronautas
que, a su regreso del espacio exterior, fueron a visitar a Kruschev, quien los
interrogó en secreto preguntándoles: “Cuando ustedes se encontraban muy alto en
los cielos, ¿vieron luces misteriosas, seres extraños? ¿Vieron una figura
grande, misteriosa, de barba blanca y rodeada de luz?” Los astronautas
contestaron: “Sí, camarada, la vimos”. Y Kruschev dijo: “Me lo temía”. Después
les previno: “Esto es sólo entre nosotros, no hablen de ello con nadie”. Más
adelante, los astronautas viajaron por el mundo y visitaron al Papa. Terminadas
las formalidades devotas, el Papa los llevó aparte y les dijo: “Hijos míos,
cuando os encontrabais allá arriba, ¿visteis luces o disteis con una gran
figura de barba blanca?” Contestaron: “No, padre, no vimos luces ni vimos
ninguna figura barbada”. Y el Papa dijo: “¡Ah, hijos míos, ya me parecía! Pero
por vuestras almas, no habléis de esto con nadie”. Todos los que estábamos en
la mesa reímos, pero L.K. Jha parecía desconcertado ‑porque Krishnaji le había
contado esta historia a él, él a su vez se la había repetido a la Primera
Ministra, y ahora ella la había devuelto a Krishnaji.
Después de la cena, cuando
todos se hubieron ido, Krishnaji me llevó a su habitación y me dijo que Indira
estaba pasando por un período difícil. Cuando estuvieron a solas, permanecieron
sentados en silencio por un largo rato. El podía sentir que ella estaba muy
alterada. Le dijo a K que la situación en la India era explosiva. Krishnaji
había percibido en ella algo muy bello que la política estaba destruyendo.
También aludió K a una corriente de violencia que rodeaba a Indira.
A la mañana siguiente, la
Primera Ministra me escribió para decirme que Krishnaji le había prometido
verla nuevamente, y me pedía que yo dispusiera el momento más apropiado. Yo le
había telefoneado a Seshan, su asistente especial, cuando súbitamente, a las
once, se detuvo en la puerta un automóvil en cuyo interior venía Indira. No
había ninguna medida de seguridad, y sólo algún tiempo después llegó el
automóvil de escolta con su ansioso personal de seguridad.
Indira pasó más de una
hora con Krishnaji. Salió de la habitación visiblemente conmovida, y las
lágrimas fluían por su rostro. Cuando vio que mi sobrina nieta Aditi se
encontraba en el salón, rápidamente recuperó el control de sí misma, le
preguntó a Aditi qué estaba leyendo y habló con ella unos momentos. Acompañé
silenciosamente a Indira hasta su automóvil.
Durante los meses que
Krishnaji permaneció en la India, mantuvo a Indira en su conciencia. Me formuló
preguntas acerca de ella y de su juventud. K se había sentido profundamente
tocado por la capacidad que ella tenía para escuchar, y también por su negativa
a reaccionar o a defenderse a sí misma. Me dijo que Indira era posiblemente la
única persona en su posición que estaba dispuesta a escuchar. Casi todos, o
bien eran arrogantes en sus posiciones y así no podían escuchar, o se
derrumbaban y quedaban desechos ante la adversidad. Ella parecía diferente.
Antes de abandonar Delhi, él habría de escribirle otra vez.
Años más tarde, después de
la muerte de su hijo Sanjay, le pregunté a Indira si lloraba con facilidad.
Pensó un rato y dijo: “No, el dolor no trae lágrimas. Pero cuando estoy
profundamente conmovida, en especial por la gran belleza, entonces lloro”. Dijo
que había llorado cuando conoció a Kamakoti Sankaracharya en Kancheepuram (El Kamakoti
Sankaracharya de Kancheepuram se halla en la línea directa de los sucesivos
maestros o preceptores que llegan hasta Adi Sankara, el primer Sankaracharya,
quien impartió su enseñanza allá por el siglo VIII d.C, Kamakoti es el nombre
de la aldea en el distrito de Kancheepuram, perteneciente a Tamil Nadu, India
del sur, donde está situado su centro religioso), y que lloró copiosamente
cuando vino a ver a Krishnaji en el 1 de King George’s Avenue, en noviembre de
1.976. “Sollozaba y no podía contener mis lágrimas. Por años no he llorado de
esa manera”. También me contó algo de lo que ocurrió durante la conversación.
Krishnaji y ella habían hablado de los sucesos habidos en la India durante los
últimos meses, e Indira había dicho: “Estoy cabalgando sobre el lomo de un
tigre, y no se cómo desmontar”. Krishnaji contestó “Si usted es más inteligente
que el tigre, sabrá cómo habérselas con el tigre”. Ella le preguntó qué debía
hacer. Él rehusó responder a esto, pero le dijo que debía mirar los conflictos,
las acciones, las equivocaciones, como un solo y único problema, y después
actuar sin ningún motivo subyacente. Agregó que no conocía los hechos, pero que ella tenía que actuar
correctamente sin temor a las consecuencias.
Años más tarde, Indira me
contó que el 28 de octubre de 1.978, día en que se encontró con Krishnaji por
segunda vez, un frágil movimiento interno se había despertado en ella
sugiriéndole que pusiera fin al estado de emergencia, cualesquiera que fueran
las consecuencias de tal acción. Había meditado sobre este sentimiento, y
después de hablar con unas cuantas personas cercanas a ella, decidió finalmente
llamar a elecciones.
Krishnaji se encontraba en
Bombay, a punto de viajar hacia Europa, cuando se hizo el anuncio de que Indira
había ordenado la liberación de personas detenidas en virtud del mantenimiento
de la Seguridad Interna, y que también proclamaba elecciones. Krishnaji se
sintió muy feliz y habló largamente conmigo. Me dijo que le hubiera gustado ver
a Indira antes de abandonar la India. Estaba incluso dispuesto a ir a Delhi,
pero lo disuadí, sabiendo que ella estaría muy absorbida por la lucha que se
avecinaba. El día anterior al de su partida, Krishnaji me pidió que lo
mantuviera informado sobre Indira. Y súbitamente preguntó: “¿Qué pasa si ella
pierde?”