domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XVI “LA RELIGIÓN LLEGA CUANDO LA MENTE HA COMPRENDIDO SU PROPIO FUNCIONAMIENTO”



TERCERA  PARTE

EL  DESARROLLO  DE  LA  ENSEÑANZA
1950-1959


Capítulo XVI
“LA RELIGIÓN LLEGA CUANDO LA MENTE
HA COMPRENDIDO SU PROPIO
FUNCIONAMIENTO”

   El 11 de septiembre de 1950, Krishnaji me escribió desde Ojai: “He estado aquí por unas buenas tres semanas y necesito un largo descanso, puesto que llevo tres años hablando constantemente. He decidido también entrar en retiro completo por un año, sin ninguna clase de entrevistas ni discusiones públicas o privadas ni pláticas. Será un año más o menos silencioso. De modo que no iré a la India durante este invierno”. Su retiro fue total. No hubo reuniones ni pláticas. Por Rajagopal nos enteramos de que Krishnaji estaba observando un silencio completo. Su contacto con la India se interrumpió entre agosto de 1950 y diciembre de 1951. Cuando más tarde se le preguntó qué hizo durante este período, Krishnaji se mostró impreciso. Su cuerpo estaba cansado, como si se hubiera vaciado internamente; quizás algunas impurezas, por sutiles que fueran, teñían aún la cristalina claridad de su conciencia. Y entonces, cumpliendo con la tradición mística, se recluyó dentro de sí mismo.

   Al comenzar la primavera de 1950, hicieron explosión en la prensa de la India noticias acerca de la denegatoria judicial a la demanda de Nandini por su separación y por la custodia de los hijos. Incluso el Time, la revista de EE.UU., le dedicó una gacetilla bajo el epígrafe. “La Rebelión del Felpudo”. Se refería a Krishnaji como el Mesías y citaba las pláticas de K, en las cuales éste hablaba apasionadamente sobre la situación de las mujeres en la India, que eran tratadas como ‘felpudos’. Vinculaba también el nombre de Krishnamurti a la demanda de separación que Nandini seguía contra su marido. Rajagopal me telegrafió para preguntarme si estas noticias que habían aparecido en el Time eran exactas. Le contestamos dándole los detalles y expresándole nuestra grave preocupación por el hecho de que se hubiera mencionado el nombre de Krishnamurti. Más tarde, cuando Krishnaji regresó a Ojai en 1950, se enfrentó a una tormenta. Rosalind y Rajagopal lo interrogaron acerca de lo que había sucedido en la India. En cartas que Rajagopal recibía de sus amigos de allá, estos le hablaban de las ‘nuevas amistades’ de Krishnaji. Rosalind y Rajagopal estaban ansiosos e insistían en saber más acerca de estas personas. Krishnaji seguía impreciso al respecto.
   Rosalind y Rajagopal se hallaban unidos en su interés por el nuevo Krishnamurti que estaba emergiendo. Conscientes de su naturaleza sensitiva, tímida, y de la pasividad de su ser, ambos pronto percibieron el cambio que en él se estaba operando. Krishnaji se mostraba cada vez más pasivo y silencioso, y se replegaba dentro de sí mismo.
   Sin embargo, para ellos se volvió evidente que el largo período pasado en la India, las personas que había conocido, la libertad que había roto con todas las restricciones que se le impusieron previamente, habían introducido elementos enteramente nuevos en la actitud de Krishnaji hacia las personas y las situaciones. Por primera vez tenía en la India amigos que no estaban vinculados a sus viejas relaciones. Estas personas, que nada le exigían, percibían la vastedad de lo sagrado que se manifestaba a través de él. Lo veían con ojos puros, libres de cualquier carga, y le brindaban una relación de profunda veneración, afecto y amistad.

   Krishnaji regresó a la India en el invierno de 1951, tras una ausencia de casi dieciocho meses. Le acompañaba Rajagopal. Los muchos amigos que Krishnaji había hecho en años anteriores, se apiñaron para recibirle en Bombay. Entró en el salón, nos saludó solemnemente, nos estrechó las manos, pero no dijo una sola palabra. Seguía manteniendo un silencio absoluto. Rajagopal se veía incómodo. Nosotros le conocíamos por primera vez y nos mostrábamos mutuamente circunspectos.
   Krishnaji no quebró su silencio en Bombay, pero siguió viaje hacia Madrás, donde ofreció doce pláticas entre el 5 de enero y el 12 de febrero. Nandini y yo fuimos a Madrás y nos alojamos en Vasanta Vihar. Vivíamos en un espacio que había sido creado usando armarios para dividir la galería; compartíamos un cuarto de baño con Madhavachari, y tomábamos nuestras comidas por separado, ya que Krishnaji comía a solas en su habitación.
   Rajagopal estaba al mando de todo. Su relación con Madhavachari también se iba aclarando lentamente. Rajagopal lo trataba de una manera amigable, pero no le revelaba a Madhavachari lo que tenía en mente. Madhavachari se mostraba respetuoso, se dirigía a él como “Mr. Rajagopal”, recibía sus instrucciones y cumplía con los deseos que aquel le expresaba. Rajagopal se hospedaba en las cámaras Leadbeater de la Sociedad Teosófica, puesto que el piso superior de Vasanta Vihar había sido alquilado y no quedaba ninguna otra habitación disponible.
   Krishnaji seguía mostrándose vago cuando lo interrogaban sobre la razón de su año silencioso, pero a Nandini y a mí nos habló de Rajagopal. Trató de que entendiéramos cuánto se había sacrificado Rajagopal por él. Krishnaji encomiaba a Rajagopal, ansioso de que nos hiciéramos amigos; pronto, una noche después de cenar, se convino un encuentro y fuimos a las Cámaras Leadbeater para entrevistarnos con él.
   Rajagopal estuvo cortés; pero sus ojos, hundidos dentro de huecos profundos en su rostro sombrío, oscuro, nos taladraban tratando de leer indicios acerca del significado de cada palabra que pronunciábamos. Se mostró suspicaz e inquisitivo, y se requería una mente despierta y alerta para responder a las preguntas aparentemente inofensivas. Parecía tratar de atraparnos distraídas. Insinuó que no se podía depender de Krishnaji, puesto que la mente de éste cambiaba de manera constante. Rajagopal se había enterado por Velu ‑un sirviente que había cuidado a K en Sedgemoor­ de los sucesos de Ootacamund. De modo que Rajagopal nos estuvo interrogando severamente por más de dos horas, queriendo saber cada detalle de lo que había ocurrido. Fue una experiencia penosa, y al final de ella ambas estábamos agotadas.
   Después habríamos de descubrir otra faceta de Rajagopal. Nos pareció profundamente atractivo. Era cálido y afectuoso, y nos hicimos muy amigos. Tenía una mente característica de la India del sur, en extremo inteligente e inquisitiva. Era sensible al desorden y a la suciedad de cualquier clase que fueran, vestía inmaculadamente un almidonado kurta blanco y un pijama, y hablaba y se movía con elegante precisión.
   Krishnaji y Rajagopal habrían de viajar a Europa y a los EE.UU. en la primavera de 1952.

   En julio de 1952, el cuerpo de Nandini, que había soportado la tensión de cinco años de humillaciones y la angustia de separarse de sus hijos, se derrumbó. Estaba bajo presión desde varios frentes: la arbitraria actitud de su exmarido con respecto a las veces que Nandini podía ver a sus hijos, y la actitud condenatoria de las personas mayores que rodeaban a Krishnaji. Cayó mortalmente enferma de un cáncer en el cuello de útero, el cual progresaba rápidamente, y tuvieron que trasladarla en avión a Inglaterra para una operación urgente.
   Envié un telegrama a Krishnaji comunicándole las novedades. No hubo respuesta. Fue como si él se hubiera esfumado y hubiera llegado a su fin toda relación externa con nosotras. Sin embargo, podíamos sentir su silenciosa presencia durante todo el período de nuestras dificultades, y con ello surgió una gran fuerza y la capacidad de enfrentarnos a la calamidad.
   En Londres se le habló a Nandini del cáncer devastador que estaba destruyendo su cuerpo. Enfrentada a la inminencia de la muerte, recibió la noticia en profundo silencio. Me dijo que por unos instantes su cerebro se quedó totalmente quieto y libre de todo pensamiento o sentimiento. Durante todo el período en que estuvo aguardando la operación en la habitación del hotel, donde había de sufrir una severa hemorragia, hubo pocos pensamientos ‑nada de miedo, ni ansiedad, ni preocupación por el futuro­. En la víspera de la operación, habló por teléfono a sus hijos que estaban en Bombay, tiernamente interesada en el bienestar de ellos.
   Más tarde habría de contarme que, mientras se hallaba bajo el efecto de la anestesia, escuchó el sonido de una risa resonante que continuó durante todo el tiempo de la operación. No hubo bloqueo de la conciencia. Ella sabía lo que estaba sucediendo. Se encontró paseando por campos verdes, acariciada por suaves brisas, mientras sus oídos se llenaban con el canto de los pájaros. Sentía una presencia protectora que la rodeaba y la sostenía. La protección no era para mantenerla viva, sino para acompañarla ‑en la vida o en la muerte­. La protección, la presencia, estuvo en el bisturí del cirujano.
   La vi al día siguiente, cuando acababan de decirle que el cirujano que la había operado se hallaba incapacitado por haber sufrido un ataque de apoplejía. Durante dos días estuvo ella sin atención médica. Después de la operación, dondequiera que volvía su rostro, la protección estaba ahí ­a la izquierda, a la derecha, arriba y abajo, percibía el contacto de aquello­. Pocos días después de la operación, se sentó en la cama con las piernas cruzadas, y el hálito del silencio penetró en ella. Un día, el joven asistente del médico entró inesperadamente en la salita. Al verla así le preguntó: “¿Es usted una yogui?”
   Como un manantial subterráneo de clara agua corriente, oculto pero poderoso en su vitalidad, han transcurrido los años de Nandini. Viviendo con nuestra madre, se encontró por casualidad con dos pequeñas niñitas huérfanas de la vecindad. Desamparadas, vivían con una tía distante, pero pasaban la vida en la calle. Privada de sus propios hijos, Nandini acogió a las niñas y fundó una escuelita para ellas y para otros niños pobres de la vecindad. Tiempo después, la escuela se mudó a dos garajes cercanos. Los niños de los alrededores pronto comenzaron a acudir en abundancia ‑actualmente hay 150 de ellos­. También se presentaron para colaborar, maestros y asistentes. La escuela Bal Anand, provee al niño que vaga por las calles un espacio creativo diferente del triste panorama de cemento. Viviendo sola por muchos años, Nandini ha sido el silencioso punto nodal de la escuela. Los niños se reúnen alrededor de ella y hablan, ríen y juegan. Se les ofrece música, danza, tejido, pintura, idioma, teatro, ciencia y un poco de aritmética. Después de veinticinco años, Bal Anand se ha constituido en una parte de la Krishnamurti Foundation de la India, y Nandini es miembro de la Fundación. Cuando sus propios hijos llegaron a la mayoría de edad, regresaron con ella desbordando amor y protección.
   Nandini siguió cultivando una estrecha amistad con Krishnaji, viajando con él a algunos de los centros cuando K estaba en la India, y manteniendo contacto a través de cartas cuando él se encontraba lejos. Su cabello está gris. Sigue siendo frágil, bella, anónima.

   Se decidió que, como parte de su programa en la India, Krishnaji y Rajagopal participaran en una discusión de grupo que se realizaría en Poona durante el invierno de 1952. Rao Sahib Patwardhan había hecho los arreglos para una reunión de sus amigos en Vithal Wadi, donde Achyut, desde su ruptura final con el Partido Socialista en 1950, estaba viviendo en una pequeña cabaña situada entre los cerros boscosos.
   Las personas que se reunieron en Vithal Wadi para las discusiones, provenían de distintos medios. El profesor Dhopeshwarkar enseñaba filosofía en la Universidad de Poona. S.M. Joshi era un austero, probo brahmín Chitpavan, socialista y miembro activo del Sarva Seva Sangh. Él y Rao Sahib Patwardhan eran íntimos amigos y habían participado en muchos de los campamentos de trabajo con colaboradores voluntarios del Sarva Seva Sangh. Mangesh Padgounkar era otro de los participantes junto con Durga Bhagwat. Durga Bhagwat, escritora y antropóloga, había colaborado con Verrier Elwin en Madhya Pradesh; era una mujer bajita, encorvada, de rostro severo y huesudo. Vigorosa tanto física como mentalmente, jamás se había casado; tenía una energía enorme y sentía con mucha intensidad los problemas de la pobreza en la India. Era muy amiga de Rao Sahib. Nuevamente había venido desde Madrás para las discusiones, conjuntamente con Padmabai y Sanjeeva Rao. El pandit Iqbal Narain Gurtu llegó desde Varanasi y L.V. Bhave desde Tana. Yo era la única mujer presente además de Durga Bhagwat.
   Rao Patwardhan me aprobó, y por más de dos años mantuvo conmigo una estrecha amistad. Su austera naturaleza había respondido gratamente y en profundidad a mis actitudes y a mi trasfondo por completo diferente del suyo. Discutimos acerca de la belleza, del arte, de la mente occidental y de la matriz creativa india. Por primera vez yo había establecido un estrecho contacto con un intelecto tradicional brahmínico ‑un estilo de vida incompatible con los años de mi juventud como hija de un funcionario civil, o con la vida que llevé en el medio social de Bombay­.
   Sunanda, que por entonces se había casado con Pama, uno de los hermanos más jóvenes de Rao Sahib y Achyut, no fue invitada para asistir al seminario. Tampoco Nandini. Su asombrosa belleza, su sencillez y su cualidad casi infantil, combinadas con el hecho de que había estado casada en una familia de gran riqueza, hacían que a Rao le resultara difícil aceptar que ella fuera una persona seria. Rao le había pedido a Sunanda que se ocupara de la comida de Krishnaji y de otras necesidades. La vida era espartana, las habitaciones pequeñas; había pocas amenidades.
   Krishnaji, percibiendo que Sunanda se sentía lastimada por haber sido dejada fuera de las discusiones de grupo, le demostraba un gran afecto. Le hablaba largamente paseando con ella por los bosques. Su actitud era la de un padre hacia una hija muy amada.
   Las discusiones se prolongaron por más de una semana. Todas las mañanas y las lardes nos reuníamos en Vithal Wadi. Krishnaji tenía que vérselas con mentes testarudas, atrincheradas y arraigadas en dogmas marxistas de servicio social. La discusión tropezaba constantemente con los temas de la pobreza y la necesidad de una acción societaria. Esto era comprensible en un país donde reinaba una pobreza tan inmensa. Pero las mentes que se habían reunido eran lo bastante inteligentes como para percatarse de que, en algún punto, su modo de abordar los hechos se hallaba bloqueado por los propios conflictos internos, los propios instintos e insuficiencias. Lentamente, con paciencia infinita, Krishnaji sondeaba la naturaleza de la mente, investigaba cuestiones como la acción social, el pensamiento y el pensador, el silencio. A los socialistas les decía que el problema de la comida, el techo y la ropa, jamás podría resolverse en un nivel ideológico. Sólo podría llegar a su fin cuando las necesidades no fueran utilizadas con propósitos psicológicos, sino tratándolas en su propio nivel. Aunque los testarudos socialistas se mantenían atados a sus pértigas, ya no se sentían tan seguros en sus posiciones.
   Al terminar la semana, seguimos nuestros propios caminos. Del grupo que se había reunido, todos fueron llevados por la corriente, excepto los Patwardhan, Friedman, yo, y los viejos amigos de Krishnaji que habían estado con él desde los tiempos teosóficos. Era evidente que las discusiones habían hecho impacto en las mentes testarudas de los socialistas y de los académicos. El profesor Dhopeshwarkar escribió varios libros sobre las enseñanzas de Krishnamurti. Muchos años después, S.M. Joshi me dijo que los socialistas de la India estaban dominados desde 1934 por el pensamiento occidental y su dialéctica. Marx se convirtió en el punto central desde el cual irradiaba todo el pensamiento socialista. Ellos no podían ver que, cuando la posición marxista se aplicaba a las condiciones de la India, carecía de una base crítica. En el marxismo occidental no había lugar para el humanismo. S.M. Joshi dijo que su interés en el socialismo lo había sido siempre en el sentido de que el hombre pudiera alcanzar la plenitud de su estatura humana. Por tanto, un elemento moral era esencial para la posición socialista. En 1948 estaban profundamente perplejos y ante un dilema. Veían que en el pensamiento marxista los fines justificaban los medios. Esto no había sido nunca del todo aceptable para S.M. Joshi. Mientras estuvo en prisión, entre 1944 y 1945, por un momento había sentido que tal vez los fines si justificaban los medios; pero esto no lo satisfacía y estaba muy confundido. Las discusiones con Krishnaji tuvieron para él una influencia liberadora. Dijo que “habían ayudado a clarificar mi actitud hacia la injusticia ‑me ayudaron a afrontar la confusión y a salir de ella con claridad­”1.
   Mientras estuve en Poona para asistir a las discusiones en Vithal Wadi, me descubrí observándolo todo con despiadada atención. Vigilaba los pensamientos y los sentimientos a medida que surgían dentro de mí. También observaba lo externo ‑los rostros de la gente, una hoja, una piedra­. Durante un paseo a solas por los bosques que rodeaban Vithal Wadi, de súbito me encontré corriendo. Era una tarde serena. El grito de un pájaro se superpuso sobre otros gritos de pájaros; el zumbido de los mosquitos y el canto de los grillos, una voz distante, los latidos de mi propio corazón cuyo sonido penetrante fluía en mi interior, mientras que el intenso perfume de las flores, donde prevalecía el del jazmín, me atravesaba como un viento poderoso... Yo flotaba en un mar de color explosivo. El encendido verde de la hoja de la higuera, el verde fresco de los higos, el nuevo verde rosado de los retoños del mango, el pálido verde naciente de una yema de cacto, se tornaban uno con el sonido; llenaban las ventanas de mi nariz, mis ojos, mi boca. Me encontré llorando frente a un arbusto de cacto, incapaz de soportar o de contener la potencia de esa tarde primaveral. La plenitud de la belleza, densa como la miel, permaneció en mis ojos y oídos durante días. La belleza despertaba en el propio acto de ver; lo que uno veía no era importante. A medida que los días siguieron a los días, esa intensidad fue disminuyendo, pero la belleza, al hacerse cargo de los portales sensorios, había generado una percepción que ya rara vez abandonó mis ojos.

   Desde Vithal Wadi en Poona, Krishnaji y Rajagopal se trasladaron al Valle de Rishi. La escuela se había reabierto bajo la dirección de Pearce, el viejo teósofo y educador. Este se había rodeado de un grupo de jóvenes y empeñosos maestros. El Valle de Rishi estaba situado en el cinturón carencial de Rayalseema, Andra Pradesh. La tierra era árida. Miss Payne había cavado pozos, pero los árboles aún tenían que plantarse ‑los miles de árboles que con los años habrían de convertir este valle en un oasis en medio de la tierra árida­. Los cerros cercanos estaban formados por piedras y rocas de un tamaño inmenso. Desgarrados y deformados por el tiempo y los vientos, habían adoptado formas esculturales; los enormes pedruscos se balanceaban precariamente sobre rocas que se contaban entre las más antiguas del mundo. Las salidas y puestas del sol eran paletas de colores azafrán y amatista; el aire transparente se hallaba libre de polvo. A pesar de la pobreza del suelo y de la población escasa, el área que se extendía desde Anantpur en un extremo y Tirupati en el otro, estaba salpicado de santuarios para los siddhas. (Los siddhas o sittars, como se les conoce en la India del sur, incluyen a los alquimistas del budismo y a los magos despertadores del kundalini, poseedores de una íntima relación con plantas y minerales. Haciendo frente a las invasiones, habían escapado de los monasterios budistas de Vikram, Sila y Nalanda, buscando refugio en Andra. Pradesh y Tamilnadu). Madnapalle se encontraba a veinte kilómetros de distancia de la escuela.

   En el corazón del Valle de Rishi se levantaba, como si fuera un templo, una antiquísima higuera de Bengala; sus raíces habían formado columnas, las ramas albergaban a los monos, y en la depresión que había en la base residían las cobras. Alrededor del árbol habían construido una plataforma; los niños bailaban entre los numerosos troncos y se escondían en los agujeros. Los pájaros eran escasos, porque aún tenían que plantarse los árboles que habrían de atraerlos.
   A la escuela sólo asistían treinta niños, pero los problemas del lugar habían sido inmensos. Los maestros sostenían largas discusiones sobre el papel de la autoridad, la libertad y el orden. No había posibilidad de solución, porque los problemas eran vivientes, fluían, estaban en movimiento; y las mentes de los participantes tenían que moverse, inquirir, observar con la misma rapidez que el problema y sus múltiples matices. Mientras tanto, las informaciones sobre los conflictos que se estaban suscitando en Rajghat habían llegado hasta Krishnaji, quien envió un telegrama a Achyut, que se encontraba en Vithal Wadi, pidiéndole que viniera al Valle de Rishi para verle.
   Achyut respondió rápidamente al telegrama de Krishnaji y arribó al Valle de Rishi. Llevándolo aparte, Krishnaji le sugirió a Achyut que trabajara en Rajghat, Varanasi. Las tierras al otro lado del río Varuna estaban sin uso. Adquiridas para iniciar algunos proyectos de investigación agrícola, la ausencia de trabajadores había hecho que las tierras permanecieran improductivas. Sanjeeva Rao y el Pandit Iqbal Narain Gurtu, ambos íntimos colaboradores de la Dra. Besant ‑que en su momento abandonaron la Sociedad Teosófica junto con Krishnaji­ habían ejercido dominio en el Rishi Valley Trust desde el principio. Estaban envejeciendo, y se necesitaban iniciativas nuevas. Krishnaji le dijo a Achyut que tendría que trabajar muchísimo; había que fundar instituciones, las tierras tenían que protegerse. Pero ésa no era ni debía ser la razón de que Achyut fuera a Rajghat.
   La mente de Achyut, dijo Krishnaji, estaba llena hasta el tope con el síndrome del trabajo social. Era algo que llevaba en la sangre.
   “Sáquelo de su sangre. El movimiento profundo del cambio tiene que estar en el centro. A menos que el centro cambie, todo trabajo social es inútil. Nunca pierda de vista esto mientras se encuentre en Rajghat. No permita que el trabajo le abrume y oscurezca su función fundamental, que es cambiar totalmente en el centro. Tiene que haber ahí una eterna vigilancia de la mente”.
   Achyut accedió a ir. Las palabras de K habían calado profundamente en él. Veía la inmensidad de Krishnaji como maestro; pero para Achyut, con su trasfondo socialista, la enseñanza de Krishnamurti no podía ser para unos pocos. Sentía que la presencia de K tenía que impregnar el suelo de Rajghat. Era un suelo sagrado ‑el Buda había caminado allí. Krishnaji había estado de pie observando la salida del sol en la curva del río, el punto sagrado donde el Ganges iniciaba su viaje hacia el norte­ de regreso a su fuente. Esta cualidad de lo sagrado que residía tras la palabra de Krishnaji, la desbordante compasión, tenía que comunicarse no-verbalmente al aldeano, al pescador, al tejedor, al campesino que cultivaba la tierra sagrada del Ganges. La mente de Achyut, educada políticamente, veía que sin esto no podía haber estabilidad en Rajghat y que no era posible trabajo alguno con la enseñanza. La vida política de Achyut y su trasfondo eran legendarios. Preparado para usar la violencia a fin de ganar la libertad, había pasado por todas las acciones internas y externas del revolucionario. Su nombre resonaba con la pasión y el fuego de la lucha por la libertad. Y ahora el vira, el guerrero, se había puesto en espíritu la túnica azafranada ‑una inversión de papeles que intrigó al Pandit Jawaharlal Nehru y a muchos de sus camaradas socialistas­. No podía haber un material más excelente que Achyut para trabajar en las aldeas de la India.
   Achyut fue a Rajghat. Desde el primer momento estuvo completamente insatisfecho con la mediocre escuela para niños de la clase media que manejaba el Trust; por eso decidió trabajar a fin de establecer un hospital rural que abasteciera las necesidades de las aldeas del área circunvecina. Esta fue la primera respuesta social de Achyut al establecimiento de un centro religioso. El me dijo que “fue un gesto de amistad incondicionalmente asequible para los pobres y necesitados”. Más tarde, el Dr. Kalle, un F.R.C.S. (Miembro del Colegio Real de Cirujanos, un prestigioso título en Inglaterra), ser humano profundamente compasivo, se unió a Achyut para trabajar en el hospital.
   Achyut, como todos los de la India, sentía un amor intenso por la tierra. Para él era la madre. De modo que hacia ella se volvió la mente de Achyut. El suelo del Ganges era rico, las cosechas pobres. Las rapiñas y la ausencia de todo cuidado estaban empobreciendo la tierra. Esta había sido desatendida y saqueada. Achyut formuló planes para establecer la escuela agrícola destinada a los hijos de los campesinos ­Sir V.T. Krishnamachari, vicepresidente de la Comisión de Planeamiento, se mostró muy receptivo a la propuesta de Achyut­. Pronto nació la escuela agrícola al otro lado del río Varuna; cercaron la tierra y excavaron pozos de agua. Achyut vivía ahí en una pequeña cabaña, sin electricidad y con servicios sanitarios muy primitivos. Su principal compañero era el Dr. Kalle, quien habitaba una cabaña al otro lado de la carretera. Fue el Dr. Kalle, con la ayuda de Achyut, quien habría de establecer el Centro Médico y un Hospital para los pobres que vivían en las aldeas que rodeaban a Rajghat.
   Para Achyut, fundar la Escuela Agrícola fue un acto simbólico, un modo de atestiguar que la tierra, la antigua tierra sagrada, el río, el ciclo de las estaciones, estaban vivos, que la santidad se estaba restableciendo. Kasi, la más antigua y más sagrada de las ciudades de la India, era el suelo en el cual yacía latente la semilla de la renovación. Había aguardado por siglos la llegada del Maestro. La voz de Krishnamurti se escuchaba de nuevo, y la semilla latente respondía.
   Por esta época, el Dr. Ram Dhar Misra, un matemático que había dirigido el departamento de matemáticas en la Universidad de Lucknow, se unió a Achyut en su trabajo. Ram Dhar Misra era soltero, y había decidido renunciar a su profesión para convertirse en un monje budista. Al conocer a Achyut y enterarse de las enseñanzas de Krishnamurti, abandonó su decisión de vestir la túnica y vino a Rajghat. Compartió la pequeña casa con Achyut. Y cuando el Dr. Kalle fundó el hospital, el Dr. Misra trabajó como su asistente, lavando heridas, vendando a los pacientes. Ninguna tarea era demasiado servil; su papel consistía en facilitar que el hospital funcionara de todas las maneras posibles. Austero, erudito en matemáticas y en los textos sagrados de la India, tenía una estrecha afinidad con las cosas que crecían ­árboles, arbustos, o la hierba floreciente­. Era muy fastidioso en relación con la comida, y frecuentemente invitaba a sus amigos para un desayuno en Varanasi, compuesto por jalebis (suculentos dulces llenos de almíbar), kachoris (pasteles de trigo rellenos de sabrosos vegetales), y deliciosos guisantes frescos que él cocinaba con delicadeza.

   Fue por esos días que Vinoba Bhave, uno de los lugartenientes más fieles de Gandhiji, fundó el movimiento Bhoodan. Inició el pada yatras, un peregrinaje, yendo a pie de aldea en aldea, pidiendo a los hacendados que donaran tierras para los pobres que no las poseían. El movimiento estaba en armonía con el carácter distintivo de la India, donde la conducta quijotesca, la santidad, el sacrificio y los gestos de rectitud, se hallaban entrelazados de manera inextricable en el telar de la tradición y de la acción social.
   Un vasto número de jóvenes, destrozados anímicamente por el asesinato de Gandhiji y no sabiendo hacia dónde volcarse, siguieron a Vinoba Bhave. “Sarva bhoomi gopal ki, todas las tierras pertenecen a Dios”, cantaban sus discípulos. Vinobaji, el enjuto, huesudo y barbado asceta, recorría los senderos polvorientos de la India aldeana, comiendo frugalmente, no pidiendo nada para sí mismo. Sólo en la India era posible tener el aspecto que uno quisiera, sin cohibición alguna. De hecho, la excentricidad se consideraba inseparable de la santidad. Durante algún tiempo, el movimiento Bhoodan hizo explosión en la India. Sus ondas se sintieron en todas partes. Primeros Ministros e intelectuales, pobres y ricos, recorrían a pie grandes distancias para ver al santo de Paunar, una aldea de Maharashtra donde Vinobaji tenía su ashram. Rao Sahib y Achyut Patwardhan fueron profundamente conmovidos por el movimiento Bhoodan. Sentían que Vinoba estaba introduciendo una nueva actitud revolucionaria y no violenta hacia la pobreza. Desde los tiempos más remotos, la aldea de la India había estado entregando su generosidad, su esfuerzo y su destreza, a los habitantes de la ciudad. Achyut sentía que el proceso tenía que revertirse.
   En cierto sentido y mediante su labor en Rajghat, Achyut estaba tendiendo un puente entre el impacto de las enseñanzas de Krishnaji con las respuestas condicionadas de su propio trasfondo social por un lado, y el impacto inmediato de Vinoba Bhave por el otro.

   Krishnaji llegó a Bombay con Rajagopal, a principios de 1953. Se alojaron con Ratansi Morarji en Carmichael Road. La atmósfera afectiva de aquellos primeros días había desaparecido. Krishnaji permanecía apartado y pasaba mucho tiempo solo en su habitación. Su risa se escuchaba raramente, pero desde la habitación de Krishnaji llegaba a menudo la voz irritada y enfurecida de Rajagopal.
   Krishnaji estaba concediendo un gran número de entrevistas, recibía a sanyasis, estudiantes, hombres y mujeres agobiados por el dolor y el aislamiento de la vejez. Ofrecía pláticas en el complejo de la J.J. Escuela de Arte; había comenzado discusiones con pequeños grupos, pero ya no venía como antes a sentarse por las mañanas y las tardes en la sala de estar. Los cantos en los que Krishnaji había participado también terminaron. Rajagopal parecía determinar lo que Krishnaji podía o no podía hacer. Por entonces, Rajagopal era muy amigo de Jamnadas Dwarkadas, quien con su ardiente amor y devoción por Krishnaji, reaccionó fuertemente y con ira ante las insinuaciones de Rajagopal. Jamnadas jamás nos contó lo que Rajagopal le había dicho, pero sugirió que había acusado amargamente a Krishnaji. Rajagopal se mostraba amigable conmigo, pero teníamos largas disputas con respecto a las publicaciones, organizaciones y cosas por el estilo. A veces discrepábamos con pasión. Yo no estaba acostumbrada a las actitudes de reserva en las instituciones públicas. Rajagopal era arrogante y rehusaba contestar preguntas. Quería saberlo todo, pero no estaba dispuesto a revelar nada. Le dije que no podía trabajar con él en estos términos.
   Sin embargo, las pláticas públicas de Krishnaji no mostraban huella alguna del remolino que giraba a su alrededor en la residencia de Ratansi.
   Por esos días tuvo lugar un incidente que habría de soltar la flecha de las causas que finalmente condujeron a una completa ruptura entre Krishnamurti y Rajagopal. El fastidio que le ocasionara Rajagopal y las escenas que tenían lugar todos los días, indujeron a Krishnaji a decir algo que afectaba la integridad personal de Rajagopal. Habiéndolo dicho, Krishnaji se dio cuenta de todas las implicaciones que ello tenía. Esta es la única vez que he visto a Krishnaji sumido en una profunda angustia.
   Nos pidió que lo lleváramos en automóvil a la playa de Worli. Caminamos a lo largo de la costa; la marea estaba baja y soplaba un viento muy fuerte. En aquellos días la playa de Worli se encontraba desierta. Krishnaji caminaba adelante, lejos de nosotros, completamente silencioso, apartado. De pronto se detuvo y nos esperó. Volviéndose de frente a nosotros, permaneció así por un rato, después cruzó las manos sobre el pecho y dijo. “Mea culpa”. Él sabía que comprendíamos. Luego, como viniendo desde una gran distancia, escuchamos su voz: “Las palabras han sido dichas, la flecha ha sido arrojada, nada puedo hacer al respecto. Ella encontrará su blanco”. Nunca más volvió a referirse al incidente.
   Durante los días que siguieron, las pequeñas discusiones y las pláticas comenzaron nuevamente. Krishnaji hablaba sobre la necesidad de que uno se estableciera en cualquier estado interno que pudiera surgir en un momento dado ‑odio, ira, codicia, afecto, generosidad­. “¿Es posible”, preguntaba, “permanecer completamente en tales estados sin movimiento alguno de la mente para escapar de ellos, ni para cambiarlos o fortalecerlos?”
   Krishnaji decía que era esencial formular preguntas fundamentales; éstas raramente surgían de manera espontánea. La mente, ocupada en lo trivial, rara vez se detenía para formular la pregunta fundamental. Y cuando lo hacía, siempre tenía la respuesta fácil que emergía desde lo que la mente ya había experimentado.
   “Se nos ha educado para combatir las emociones fuertes; la resistencia les da fuerza y las nutre. ¿Es posible preguntar, buscar las preguntas, sin movimiento alguno de la mente? ¿Puede uno formular la pregunta fundamental y dejarla en la conciencia ‑permanecer con ella­ sin permitir que la atención se aparte de ahí? ¿Sostener la pregunta o el problema de modo que comience a abrir sus pétalos revelándose a sí mismo ‑bajo la luz de la atención­ de tal manera que al florecer en plenitud pueda llegar completamente a su fin?”

   En 1953, el sobrino de Krishnamurti, G. Narain, vino a verle en Bombay. Hijo del hermano mayor de Krishnaji, Narain había finalizado su M.A. (En EE.UU., un grado académico (Master of Arts) entre la licenciatura en letras y el doctorado. N. del T.) y estaba habilitado para ejercer la abogacía. Krishnaji llevó a Narain a su habitación. Atardecía, y Krishnaji abrió las ventanas de modo que el sol poniente penetrara en la habitación iluminando su rostro. Le preguntó a Narain qué pensaba hacer. Narain vacilaba, y Krishnaji sugirió que fuera a enseñar en el Valle de Rishi. Narain contestó que lo pensaría. Esa noche, Narain me dijo que sentía todo su cuerpo cubierto con una luz azul, tibia y bella. Luchó y la apartó de sí, pero media hora después estaba ahí nuevamente. Narain percibió que esta experiencia había borrado todos sus problemas. En junio de 1953 fue al Valle de Rishi, primero como maestro y más tarde como vicedirector.
   Desde el Valle de Rishi Narain fue a Oxford para graduarse como M.A. en educación. Después de un año se reincorporó al Valle de Rishi, pero más adelante viajó al extranjero. Enseñó por algunos años en una de las escuelas Rudolph Steiner. Profundamente interesado en el budismo, mantenía contacto con muchos practicantes budistas de Inglaterra. Ante un pedido de Krishnaji, regresó a la India en 1978 y asumió la dirección de la Escuela del Valle de Rishi.

   Krishnaji fue a Varanasi con Rajagopal a fines del invierno de 1953. Kitty y Shiva Rao estaban lejos en los EE.UU., y Krishnaji me escribió preguntándome si él y Rajagopal podían alojarse en nuestras habitaciones del Delhi Gymkhana Club, uno de los últimos remanentes del pasado colonial de Delhi. Krishnaji y Rajagopal pararon ahí por una noche en camino a Rajghat, Varanasi, donde Krishnaji ofreció quince pláticas a los niños de la Escuela de Rajghat.
   Las pláticas constituían un reto para Krishnaji tenía que descubrir palabras con las cuales pudiera expresarse y hacerse entender por los niños que hablaban el inglés con dificultad. Se comunicó con ellos acerca de los complejos problemas de la autoridad, el miedo, el dolor y la muerte. Las pausas de Krishnaji, su intensidad de atención, su percepción abarcadora, tocaban en profundidad la mente de los niños más jóvenes. La voz de Krishnaji era suave, sus palabras vacilantes; sonreía con el corazón y con los ojos, y los niños escuchaban en silencio.
    Hablando el 4 de junio de 1954, dijo: “La educación no es sólo hasta que uno cumple veintiún años, sino hasta que uno muere. La vida es como un río, se halla siempre en movimiento, activa, jamás está quieta. Si uno se detiene en una parte del río y piensa que comprende, entonces eso es como detenerse en aguas muertas. Porque el río pasa junto a nosotros, y si no podemos fluir con él, nos quedamos atrás. ¿Puede uno observar los movimientos del río? ¿Puede uno ver las cosas que ocurren en la orilla del río, puede uno comprender, enfrentarse a lo que es la vida?
   “Al hablar con suma sencillez del miedo, reveló todas sus complejidades. Examinó así los temores que se agolpan en la mente de un niño. Habló de la naturaleza del miedo y del castigo, de la necesidad de inteligencia. Viendo y percibiendo la clase de familias conservadoras de las cuales provenían los niños, examinó las palabras “conservar”, retener, guardar. Ahondó en la palabra “tradición”. ¿Qué había ahí que fuera respetable? Dijo: “Si lo investigan muy profundamente, verán que ella surge del temor a equivocarse”.
   “¿Por qué no equivocarse?”, preguntó. “¿Por qué no descubrir? Las personas mayores no han creado un mundo bello, están llenas de oscuridad, miedo, corrupción, compulsiones; no han creado un mundo bueno. Y tal vez si ustedes estuvieran libres de temor dentro de sí mismos y pudieran afrontar el temor en otros, el mundo sería por completo diferente”.
   “¿Qué es el dolor?”, preguntó un niño de diez años. Krishnaji se volvió con angustia hacia los maestros y dijo: “¿No es algo terrible que un niño pequeño pregunte eso?” Luego le habló al niño de la comprensión del dolor, del miedo. “No puedes evitar el dolor o escapar de él. Tienes que comprenderlo. Y la función del maestro es ayudarte a que lo comprendas”.
    Una niñita preguntó: “¿Qué es Dios?”, y Krishnaji dijo: “Al contestar esta pregunta le hablamos a la niñita, y también a las personas mayores, a los maestros que tendrán la gentileza de escuchar. ¿Han observado ustedes una hoja bailando bajo el sol, una hoja solitaria? ¿Han observado la luz de la luna sobre el agua, han visto la luna roja de la otra noche? ¿Han reparado en el vuelo de un pájaro? ¿Aman ustedes profundamente a sus padres? No hablo del temor, de la ansiedad, de la obediencia, sino del sentimiento, de la gran simpatía que experimentan cuando ven a un mendigo, o un pájaro que muere, o cuando ven un cuerpo que creman en la orilla del río. ¿Pueden ver todo esto y tener simpatía y comprensión por el rico que pasa en sus grandes automóviles, o por el pobre pordiosero, así como por el pobre caballo ekka que es casi un esqueleto andante? ¿Podemos tener el sentimiento de que esta tierra es nuestra ‑de ustedes y mía­ para que hagamos de ella algo hermoso?
    “Entonces, detrás de todo esto hay algo mucho más profundo. Pero para comprender aquello que es profundo y está más allá de la mente, la mente tiene que estar libre y quieta. La mente no puede estar quieta si no comprendemos el mundo que nos rodea. Por lo tanto, tienen ustedes que comenzar cerca, tienen que comenzar con las cosas pequeñas en vez de tratar de averiguar qué es Dios”.
   En una de las pláticas explicó la necesidad de que el niño permaneciera quietamente sentado. “Las personas mayores, cuanto más pasan los años, más nerviosas, intranquilas y agitadas se vuelven. No pueden sentarse en silencio”.
   Les dijo a los niños cómo impedir que la mente se volviera imitativa; cómo la mente misma es la que crea la tradición, que es la vía de la imitación. “¿Puede estar libre la mente?” preguntó. “No libre de la experiencia, sino libre para experimentar. La libertad llega cuando la mente experimenta sin la tradición”.
   En su última plática a los niños, habló de la religión. “La religión llega cuando la mente ha comprendido su propio funcionamiento, cuando la mente está tranquila, muy quieta ‑la quietud no es la paz de la muerte; esta quietud es muy activa, muy alerta, vigilante­. Para descubrir qué es Dios, qué es la Verdad, uno tiene que comprender el dolor y la lucha de la existencia humana. Para ir más allá de la mente, tiene que haber una cesación del sí mismo, del “yo”. Sólo entonces surge aquello que todos adoramos y buscamos”.

   En Varanasi le preguntaron a Krishnaji qué haría para crear una escuela que reflejara sus enseñanzas. Contestó: “Ante todo tiene que haber una atmósfera de inmensidad. Tengo que sentir que estoy entrando en un templo. Tiene que haber belleza, espacio, quietud, dignidad. Tiene que haber un sentido de totalidad en el estudiante y en el maestro; un estado de floración, de florecimiento, un sentimiento extraordinario de lo sagrado. Tiene que haber veracidad, ausencia de miedo. El niño tiene que estar en contacto directo con la tierra, tiene que existir en él una cualidad de ‘lo otro’“.
   “¿Cómo crea uno esto de manera concreta?”
   “Yo investigaría el sistema de enseñanza, la cualidad de la atención”, respondió Krishnaji “Vería cómo se puede enseñar al niño para que aprenda sin que la memoria sea predominante. Le hablaría de la atención y no de la concentración. Averiguaría el modo en que el niño duerme, cuál es su alimentación, cuáles son sus juegos, los muebles que tiene en su habitación; vería que el niño estuviera atento a los árboles, a los pájaros, a los espacios que hay alrededor de él. Me encargaría de que creciera en una atmósfera de atención”.