TERCERA PARTE
EL DESARROLLO DE
LA ENSEÑANZA
1950-1959
Capítulo XVI
“LA RELIGIÓN LLEGA CUANDO LA MENTE
HA COMPRENDIDO SU PROPIO
FUNCIONAMIENTO”
El 11
de septiembre de 1950, Krishnaji me escribió desde Ojai: “He estado aquí por
unas buenas tres semanas y necesito un largo descanso, puesto que llevo tres
años hablando constantemente. He decidido también entrar en retiro completo por
un año, sin ninguna clase de entrevistas ni discusiones públicas o privadas ni
pláticas. Será un año más o menos silencioso. De modo que no iré a la India
durante este invierno”. Su retiro fue total. No hubo reuniones ni pláticas. Por
Rajagopal nos enteramos de que Krishnaji estaba observando un silencio
completo. Su contacto con la India se interrumpió entre agosto de 1950 y
diciembre de 1951. Cuando más tarde se le preguntó qué hizo durante este
período, Krishnaji se mostró impreciso. Su cuerpo estaba cansado, como si se
hubiera vaciado internamente; quizás algunas impurezas, por sutiles que fueran,
teñían aún la cristalina claridad de su conciencia. Y entonces, cumpliendo con
la tradición mística, se recluyó dentro de sí mismo.
Al
comenzar la primavera de 1950, hicieron explosión en la prensa de la India
noticias acerca de la denegatoria judicial a la demanda de Nandini por su
separación y por la custodia de los hijos. Incluso el Time, la revista de EE.UU., le dedicó una gacetilla bajo el
epígrafe. “La Rebelión del Felpudo”. Se refería a Krishnaji como el Mesías y
citaba las pláticas de K, en las cuales éste hablaba apasionadamente sobre la
situación de las mujeres en la India, que eran tratadas como ‘felpudos’. Vinculaba
también el nombre de Krishnamurti a la demanda de separación que Nandini seguía
contra su marido. Rajagopal me telegrafió para preguntarme si estas noticias
que habían aparecido en el Time eran
exactas. Le contestamos dándole los detalles y expresándole nuestra grave
preocupación por el hecho de que se hubiera mencionado el nombre de
Krishnamurti. Más tarde, cuando Krishnaji regresó a Ojai en 1950, se enfrentó a
una tormenta. Rosalind y Rajagopal lo interrogaron acerca de lo que había
sucedido en la India. En cartas que Rajagopal recibía de sus amigos de allá,
estos le hablaban de las ‘nuevas amistades’ de Krishnaji. Rosalind y Rajagopal
estaban ansiosos e insistían en saber más acerca de estas personas. Krishnaji
seguía impreciso al respecto.
Rosalind
y Rajagopal se hallaban unidos en su interés por el nuevo Krishnamurti que
estaba emergiendo. Conscientes de su naturaleza sensitiva, tímida, y de la
pasividad de su ser, ambos pronto percibieron el cambio que en él se estaba
operando. Krishnaji se mostraba cada vez más pasivo y silencioso, y se
replegaba dentro de sí mismo.
Sin
embargo, para ellos se volvió evidente que el largo período pasado en la India,
las personas que había conocido, la libertad que había roto con todas las
restricciones que se le impusieron previamente, habían introducido elementos
enteramente nuevos en la actitud de Krishnaji hacia las personas y las
situaciones. Por primera vez tenía en la India amigos que no estaban vinculados
a sus viejas relaciones. Estas personas, que nada le exigían, percibían la
vastedad de lo sagrado que se manifestaba a través de él. Lo veían con ojos
puros, libres de cualquier carga, y le brindaban una relación de profunda
veneración, afecto y amistad.
Krishnaji regresó a la India en el invierno de 1951, tras una ausencia
de casi dieciocho meses. Le acompañaba Rajagopal. Los muchos amigos que
Krishnaji había hecho en años anteriores, se apiñaron para recibirle en Bombay.
Entró en el salón, nos saludó solemnemente, nos estrechó las manos, pero no dijo
una sola palabra. Seguía manteniendo un silencio absoluto. Rajagopal se veía
incómodo. Nosotros le conocíamos por primera vez y nos mostrábamos mutuamente
circunspectos.
Krishnaji no quebró su silencio en Bombay, pero siguió viaje hacia
Madrás, donde ofreció doce pláticas entre el 5 de enero y el 12 de febrero.
Nandini y yo fuimos a Madrás y nos alojamos en Vasanta Vihar. Vivíamos en un
espacio que había sido creado usando armarios para dividir la galería;
compartíamos un cuarto de baño con Madhavachari, y tomábamos nuestras comidas
por separado, ya que Krishnaji comía a solas en su habitación.
Rajagopal estaba al mando de todo. Su relación con Madhavachari también
se iba aclarando lentamente. Rajagopal lo trataba de una manera amigable, pero
no le revelaba a Madhavachari lo que tenía en mente. Madhavachari se mostraba
respetuoso, se dirigía a él como “Mr. Rajagopal”, recibía sus instrucciones y
cumplía con los deseos que aquel le expresaba. Rajagopal se hospedaba en las
cámaras Leadbeater de la Sociedad Teosófica, puesto que el piso superior de
Vasanta Vihar había sido alquilado y no quedaba ninguna otra habitación
disponible.
Krishnaji seguía mostrándose vago cuando lo interrogaban sobre la razón
de su año silencioso, pero a Nandini y a mí nos habló de Rajagopal. Trató de
que entendiéramos cuánto se había sacrificado Rajagopal por él. Krishnaji
encomiaba a Rajagopal, ansioso de que nos hiciéramos amigos; pronto, una noche
después de cenar, se convino un encuentro y fuimos a las Cámaras Leadbeater para
entrevistarnos con él.
Rajagopal estuvo cortés; pero sus ojos, hundidos dentro de huecos
profundos en su rostro sombrío, oscuro, nos taladraban tratando de leer
indicios acerca del significado de cada palabra que pronunciábamos. Se mostró
suspicaz e inquisitivo, y se requería una mente despierta y alerta para
responder a las preguntas aparentemente inofensivas. Parecía tratar de
atraparnos distraídas. Insinuó que no se podía depender de Krishnaji, puesto
que la mente de éste cambiaba de manera constante. Rajagopal se había enterado
por Velu ‑un sirviente que había cuidado a K en Sedgemoor de los sucesos de
Ootacamund. De modo que Rajagopal nos estuvo interrogando severamente por más
de dos horas, queriendo saber cada detalle de lo que había ocurrido. Fue una
experiencia penosa, y al final de ella ambas estábamos agotadas.
Después habríamos de descubrir otra faceta de Rajagopal. Nos pareció
profundamente atractivo. Era cálido y afectuoso, y nos hicimos muy amigos.
Tenía una mente característica de la India del sur, en extremo inteligente e
inquisitiva. Era sensible al desorden y a la suciedad de cualquier clase que
fueran, vestía inmaculadamente un almidonado kurta blanco y un pijama, y hablaba y se movía con elegante
precisión.
Krishnaji y Rajagopal habrían de viajar a Europa y a los EE.UU. en la
primavera de 1952.
En
julio de 1952, el cuerpo de Nandini, que había soportado la tensión de cinco
años de humillaciones y la angustia de separarse de sus hijos, se derrumbó.
Estaba bajo presión desde varios frentes: la arbitraria actitud de su exmarido
con respecto a las veces que Nandini podía ver a sus hijos, y la actitud
condenatoria de las personas mayores que rodeaban a Krishnaji. Cayó mortalmente
enferma de un cáncer en el cuello de útero, el cual progresaba rápidamente, y
tuvieron que trasladarla en avión a Inglaterra para una operación urgente.
Envié
un telegrama a Krishnaji comunicándole las novedades. No hubo respuesta. Fue
como si él se hubiera esfumado y hubiera llegado a su fin toda relación externa
con nosotras. Sin embargo, podíamos sentir su silenciosa presencia durante todo
el período de nuestras dificultades, y con ello surgió una gran fuerza y la
capacidad de enfrentarnos a la calamidad.
En
Londres se le habló a Nandini del cáncer devastador que estaba destruyendo su
cuerpo. Enfrentada a la inminencia de la muerte, recibió la noticia en profundo
silencio. Me dijo que por unos instantes su cerebro se quedó totalmente quieto
y libre de todo pensamiento o sentimiento. Durante todo el período en que
estuvo aguardando la operación en la habitación del hotel, donde había de
sufrir una severa hemorragia, hubo pocos pensamientos ‑nada de miedo, ni
ansiedad, ni preocupación por el futuro. En la víspera de la operación, habló
por teléfono a sus hijos que estaban en Bombay, tiernamente interesada en el
bienestar de ellos.
Más
tarde habría de contarme que, mientras se hallaba bajo el efecto de la
anestesia, escuchó el sonido de una risa resonante que continuó durante todo el
tiempo de la operación. No hubo bloqueo de la conciencia. Ella sabía lo que
estaba sucediendo. Se encontró paseando por campos verdes, acariciada por
suaves brisas, mientras sus oídos se llenaban con el canto de los pájaros.
Sentía una presencia protectora que la rodeaba y la sostenía. La protección no
era para mantenerla viva, sino para acompañarla ‑en la vida o en la muerte. La
protección, la presencia, estuvo en el bisturí del cirujano.
La vi
al día siguiente, cuando acababan de decirle que el cirujano que la había
operado se hallaba incapacitado por haber sufrido un ataque de apoplejía.
Durante dos días estuvo ella sin atención médica. Después de la operación,
dondequiera que volvía su rostro, la protección estaba ahí a la izquierda, a
la derecha, arriba y abajo, percibía el contacto de aquello. Pocos días
después de la operación, se sentó en la cama con las piernas cruzadas, y el
hálito del silencio penetró en ella. Un día, el joven asistente del médico
entró inesperadamente en la salita. Al verla así le preguntó: “¿Es usted una
yogui?”
Como
un manantial subterráneo de clara agua corriente, oculto pero poderoso en su
vitalidad, han transcurrido los años de Nandini. Viviendo con nuestra madre, se
encontró por casualidad con dos pequeñas niñitas huérfanas de la vecindad.
Desamparadas, vivían con una tía distante, pero pasaban la vida en la calle.
Privada de sus propios hijos, Nandini acogió a las niñas y fundó una escuelita
para ellas y para otros niños pobres de la vecindad. Tiempo después, la escuela
se mudó a dos garajes cercanos. Los niños de los alrededores pronto comenzaron
a acudir en abundancia ‑actualmente hay 150 de ellos. También se presentaron
para colaborar, maestros y asistentes. La escuela Bal Anand, provee al niño que
vaga por las calles un espacio creativo diferente del triste panorama de
cemento. Viviendo sola por muchos años, Nandini ha sido el silencioso punto
nodal de la escuela. Los niños se reúnen alrededor de ella y hablan, ríen y
juegan. Se les ofrece música, danza, tejido, pintura, idioma, teatro, ciencia y
un poco de aritmética. Después de veinticinco años, Bal Anand se ha constituido
en una parte de la Krishnamurti Foundation de la India, y Nandini es miembro de
la Fundación. Cuando sus propios hijos llegaron a la mayoría de edad, regresaron
con ella desbordando amor y protección.
Nandini siguió cultivando una estrecha amistad con Krishnaji, viajando
con él a algunos de los centros cuando K estaba en la India, y manteniendo
contacto a través de cartas cuando él se encontraba lejos. Su cabello está
gris. Sigue siendo frágil, bella, anónima.
Se
decidió que, como parte de su programa en la India, Krishnaji y Rajagopal
participaran en una discusión de grupo que se realizaría en Poona durante el
invierno de 1952. Rao Sahib Patwardhan había hecho los arreglos para una
reunión de sus amigos en Vithal Wadi, donde Achyut, desde su ruptura final con
el Partido Socialista en 1950, estaba viviendo en una pequeña cabaña situada
entre los cerros boscosos.
Las
personas que se reunieron en Vithal Wadi para las discusiones, provenían de
distintos medios. El profesor Dhopeshwarkar enseñaba filosofía en la
Universidad de Poona. S.M. Joshi era un austero, probo brahmín Chitpavan,
socialista y miembro activo del Sarva Seva Sangh. Él y Rao Sahib Patwardhan
eran íntimos amigos y habían participado en muchos de los campamentos de
trabajo con colaboradores voluntarios del Sarva Seva Sangh. Mangesh Padgounkar
era otro de los participantes junto con Durga Bhagwat. Durga Bhagwat, escritora
y antropóloga, había colaborado con Verrier Elwin en Madhya Pradesh; era una
mujer bajita, encorvada, de rostro severo y huesudo. Vigorosa tanto física como
mentalmente, jamás se había casado; tenía una energía enorme y sentía con mucha
intensidad los problemas de la pobreza en la India. Era muy amiga de Rao Sahib.
Nuevamente había venido desde Madrás para las discusiones, conjuntamente con
Padmabai y Sanjeeva Rao. El pandit Iqbal Narain Gurtu llegó desde Varanasi y
L.V. Bhave desde Tana. Yo era la única mujer presente además de Durga Bhagwat.
Rao
Patwardhan me aprobó, y por más de dos años mantuvo conmigo una estrecha
amistad. Su austera naturaleza había respondido gratamente y en profundidad a
mis actitudes y a mi trasfondo por completo diferente del suyo. Discutimos acerca
de la belleza, del arte, de la mente occidental y de la matriz creativa india.
Por primera vez yo había establecido un estrecho contacto con un intelecto
tradicional brahmínico ‑un estilo de vida incompatible con los años de mi
juventud como hija de un funcionario civil, o con la vida que llevé en el medio
social de Bombay.
Sunanda, que por entonces se había casado con Pama, uno de los hermanos
más jóvenes de Rao Sahib y Achyut, no fue invitada para asistir al seminario.
Tampoco Nandini. Su asombrosa belleza, su sencillez y su cualidad casi
infantil, combinadas con el hecho de que había estado casada en una familia de
gran riqueza, hacían que a Rao le resultara difícil aceptar que ella fuera una
persona seria. Rao le había pedido a Sunanda que se ocupara de la comida de
Krishnaji y de otras necesidades. La vida era espartana, las habitaciones
pequeñas; había pocas amenidades.
Krishnaji, percibiendo que Sunanda se sentía lastimada por haber sido
dejada fuera de las discusiones de grupo, le demostraba un gran afecto. Le
hablaba largamente paseando con ella por los bosques. Su actitud era la de un
padre hacia una hija muy amada.
Las
discusiones se prolongaron por más de una semana. Todas las mañanas y las
lardes nos reuníamos en Vithal Wadi. Krishnaji tenía que vérselas con mentes
testarudas, atrincheradas y arraigadas en dogmas marxistas de servicio social.
La discusión tropezaba constantemente con los temas de la pobreza y la
necesidad de una acción societaria. Esto era comprensible en un país donde
reinaba una pobreza tan inmensa. Pero las mentes que se habían reunido eran lo
bastante inteligentes como para percatarse de que, en algún punto, su modo de
abordar los hechos se hallaba bloqueado por los propios conflictos internos,
los propios instintos e insuficiencias. Lentamente, con paciencia infinita,
Krishnaji sondeaba la naturaleza de la mente, investigaba cuestiones como la
acción social, el pensamiento y el pensador, el silencio. A los socialistas les
decía que el problema de la comida, el techo y la ropa, jamás podría resolverse
en un nivel ideológico. Sólo podría llegar a su fin cuando las necesidades no
fueran utilizadas con propósitos psicológicos, sino tratándolas en su propio
nivel. Aunque los testarudos socialistas se mantenían atados a sus pértigas, ya
no se sentían tan seguros en sus posiciones.
Al
terminar la semana, seguimos nuestros propios caminos. Del grupo que se había
reunido, todos fueron llevados por la corriente, excepto los Patwardhan,
Friedman, yo, y los viejos amigos de Krishnaji que habían estado con él desde
los tiempos teosóficos. Era evidente que las discusiones habían hecho impacto
en las mentes testarudas de los socialistas y de los académicos. El profesor
Dhopeshwarkar escribió varios libros sobre las enseñanzas de Krishnamurti.
Muchos años después, S.M. Joshi me dijo que los socialistas de la India estaban
dominados desde 1934 por el pensamiento occidental y su dialéctica. Marx se
convirtió en el punto central desde el cual irradiaba todo el pensamiento
socialista. Ellos no podían ver que, cuando la posición marxista se aplicaba a
las condiciones de la India, carecía de una base crítica. En el marxismo
occidental no había lugar para el humanismo. S.M. Joshi dijo que su interés en
el socialismo lo había sido siempre en el sentido de que el hombre pudiera
alcanzar la plenitud de su estatura humana. Por tanto, un elemento moral era
esencial para la posición socialista. En 1948 estaban profundamente perplejos y
ante un dilema. Veían que en el pensamiento marxista los fines justificaban los
medios. Esto no había sido nunca del todo aceptable para S.M. Joshi. Mientras
estuvo en prisión, entre 1944 y 1945, por un momento había sentido que tal vez
los fines si justificaban los medios; pero esto no lo satisfacía y estaba muy confundido.
Las discusiones con Krishnaji tuvieron para él una influencia liberadora. Dijo
que “habían ayudado a clarificar mi actitud hacia la injusticia ‑me ayudaron a
afrontar la confusión y a salir de ella con claridad”1.
Mientras estuve en Poona para asistir a las discusiones en Vithal Wadi,
me descubrí observándolo todo con despiadada atención. Vigilaba los
pensamientos y los sentimientos a medida que surgían dentro de mí. También
observaba lo externo ‑los rostros de la gente, una hoja, una piedra. Durante
un paseo a solas por los bosques que rodeaban Vithal Wadi, de súbito me
encontré corriendo. Era una tarde serena. El grito de un pájaro se superpuso
sobre otros gritos de pájaros; el zumbido de los mosquitos y el canto de los
grillos, una voz distante, los latidos de mi propio corazón cuyo sonido
penetrante fluía en mi interior, mientras que el intenso perfume de las flores,
donde prevalecía el del jazmín, me atravesaba como un viento poderoso... Yo
flotaba en un mar de color explosivo. El encendido verde de la hoja de la
higuera, el verde fresco de los higos, el nuevo verde rosado de los retoños del
mango, el pálido verde naciente de una yema de cacto, se tornaban uno con el
sonido; llenaban las ventanas de mi nariz, mis ojos, mi boca. Me encontré llorando
frente a un arbusto de cacto, incapaz de soportar o de contener la potencia de
esa tarde primaveral. La plenitud de la belleza, densa como la miel, permaneció
en mis ojos y oídos durante días. La belleza despertaba en el propio acto de
ver; lo que uno veía no era importante. A medida que los días siguieron a los
días, esa intensidad fue disminuyendo, pero la belleza, al hacerse cargo de los
portales sensorios, había generado una percepción que ya rara vez abandonó mis
ojos.
Desde
Vithal Wadi en Poona, Krishnaji y Rajagopal se trasladaron al Valle de Rishi.
La escuela se había reabierto bajo la dirección de Pearce, el viejo teósofo y
educador. Este se había rodeado de un grupo de jóvenes y empeñosos maestros. El
Valle de Rishi estaba situado en el cinturón carencial de Rayalseema, Andra
Pradesh. La tierra era árida. Miss Payne había cavado pozos, pero los árboles
aún tenían que plantarse ‑los miles de árboles que con los años habrían de
convertir este valle en un oasis en medio de la tierra árida. Los cerros
cercanos estaban formados por piedras y rocas de un tamaño inmenso. Desgarrados
y deformados por el tiempo y los vientos, habían adoptado formas esculturales;
los enormes pedruscos se balanceaban precariamente sobre rocas que se contaban
entre las más antiguas del mundo. Las salidas y puestas del sol eran paletas de
colores azafrán y amatista; el aire transparente se hallaba libre de polvo. A
pesar de la pobreza del suelo y de la población escasa, el área que se extendía
desde Anantpur en un extremo y Tirupati en el otro, estaba salpicado de
santuarios para los siddhas. (Los siddhas o sittars, como se les conoce en la India del sur, incluyen a los
alquimistas del budismo y a los magos despertadores del kundalini, poseedores de una íntima relación con plantas y
minerales. Haciendo frente a las invasiones, habían escapado de los monasterios
budistas de Vikram, Sila y Nalanda, buscando refugio en Andra. Pradesh y
Tamilnadu). Madnapalle se encontraba a veinte kilómetros de distancia de la
escuela.
En el corazón del Valle de Rishi se levantaba,
como si fuera un templo, una antiquísima higuera de Bengala; sus raíces habían
formado columnas, las ramas albergaban a los monos, y en la depresión que había
en la base residían las cobras. Alrededor del árbol habían construido una
plataforma; los niños bailaban entre los numerosos troncos y se escondían en
los agujeros. Los pájaros eran escasos, porque aún tenían que plantarse los
árboles que habrían de atraerlos.
A la
escuela sólo asistían treinta niños, pero los problemas del lugar habían sido
inmensos. Los maestros sostenían largas discusiones sobre el papel de la
autoridad, la libertad y el orden. No había posibilidad de solución, porque los
problemas eran vivientes, fluían, estaban en movimiento; y las mentes de los
participantes tenían que moverse, inquirir, observar con la misma rapidez que
el problema y sus múltiples matices. Mientras tanto, las informaciones sobre
los conflictos que se estaban suscitando en Rajghat habían llegado hasta
Krishnaji, quien envió un telegrama a Achyut, que se encontraba en Vithal Wadi,
pidiéndole que viniera al Valle de Rishi para verle.
Achyut respondió rápidamente al telegrama de Krishnaji y arribó al Valle
de Rishi. Llevándolo aparte, Krishnaji le sugirió a Achyut que trabajara en
Rajghat, Varanasi. Las tierras al otro lado del río Varuna estaban sin uso.
Adquiridas para iniciar algunos proyectos de investigación agrícola, la
ausencia de trabajadores había hecho que las tierras permanecieran
improductivas. Sanjeeva Rao y el Pandit Iqbal Narain Gurtu, ambos íntimos
colaboradores de la Dra. Besant ‑que en su momento abandonaron la Sociedad
Teosófica junto con Krishnaji habían ejercido dominio en el Rishi Valley Trust
desde el principio. Estaban envejeciendo, y se necesitaban iniciativas nuevas.
Krishnaji le dijo a Achyut que tendría que trabajar muchísimo; había que fundar
instituciones, las tierras tenían que protegerse. Pero ésa no era ni debía ser
la razón de que Achyut fuera a Rajghat.
La
mente de Achyut, dijo Krishnaji, estaba llena hasta el tope con el síndrome del
trabajo social. Era algo que llevaba en la sangre.
“Sáquelo de su sangre. El movimiento profundo del cambio tiene que estar
en el centro. A menos que el centro cambie, todo trabajo social es inútil.
Nunca pierda de vista esto mientras se encuentre en Rajghat. No permita que el
trabajo le abrume y oscurezca su función fundamental, que es cambiar totalmente
en el centro. Tiene que haber ahí una eterna vigilancia de la mente”.
Achyut accedió a ir. Las palabras de K habían calado profundamente en
él. Veía la inmensidad de Krishnaji como maestro; pero para Achyut, con su
trasfondo socialista, la enseñanza de Krishnamurti no podía ser para unos
pocos. Sentía que la presencia de K tenía que impregnar el suelo de Rajghat.
Era un suelo sagrado ‑el Buda había caminado allí. Krishnaji había estado de
pie observando la salida del sol en la curva del río, el punto sagrado donde el
Ganges iniciaba su viaje hacia el norte de regreso a su fuente. Esta cualidad
de lo sagrado que residía tras la palabra de Krishnaji, la desbordante
compasión, tenía que comunicarse no-verbalmente al aldeano, al pescador, al
tejedor, al campesino que cultivaba la tierra sagrada del Ganges. La mente de
Achyut, educada políticamente, veía que sin esto no podía haber estabilidad en
Rajghat y que no era posible trabajo alguno con la enseñanza. La vida política
de Achyut y su trasfondo eran legendarios. Preparado para usar la violencia a
fin de ganar la libertad, había pasado por todas las acciones internas y
externas del revolucionario. Su nombre resonaba con la pasión y el fuego de la
lucha por la libertad. Y ahora el vira,
el guerrero, se había puesto en espíritu la túnica azafranada ‑una inversión de
papeles que intrigó al Pandit Jawaharlal Nehru y a muchos de sus camaradas
socialistas. No podía haber un material más excelente que Achyut para trabajar
en las aldeas de la India.
Achyut fue a Rajghat. Desde el primer momento estuvo completamente
insatisfecho con la mediocre escuela para niños de la clase media que manejaba
el Trust; por eso decidió trabajar a fin de establecer un hospital rural que
abasteciera las necesidades de las aldeas del área circunvecina. Esta fue la
primera respuesta social de Achyut al establecimiento de un centro religioso.
El me dijo que “fue un gesto de amistad incondicionalmente asequible para los
pobres y necesitados”. Más tarde, el Dr. Kalle, un F.R.C.S. (Miembro del
Colegio Real de Cirujanos, un prestigioso título en Inglaterra), ser humano
profundamente compasivo, se unió a Achyut para trabajar en el hospital.
Achyut, como todos los de la India, sentía un amor intenso por la
tierra. Para él era la madre. De modo que hacia ella se volvió la mente de
Achyut. El suelo del Ganges era rico, las cosechas pobres. Las rapiñas y la
ausencia de todo cuidado estaban empobreciendo la tierra. Esta había sido
desatendida y saqueada. Achyut formuló planes para establecer la escuela
agrícola destinada a los hijos de los campesinos Sir V.T. Krishnamachari,
vicepresidente de la Comisión de Planeamiento, se mostró muy receptivo a la
propuesta de Achyut. Pronto nació la escuela agrícola al otro lado del río
Varuna; cercaron la tierra y excavaron pozos de agua. Achyut vivía ahí en una
pequeña cabaña, sin electricidad y con servicios sanitarios muy primitivos. Su
principal compañero era el Dr. Kalle, quien habitaba una cabaña al otro lado de
la carretera. Fue el Dr. Kalle, con la ayuda de Achyut, quien habría de
establecer el Centro Médico y un Hospital para los pobres que vivían en las
aldeas que rodeaban a Rajghat.
Para
Achyut, fundar la Escuela Agrícola fue un acto simbólico, un modo de atestiguar
que la tierra, la antigua tierra sagrada, el río, el ciclo de las estaciones,
estaban vivos, que la santidad se estaba restableciendo. Kasi, la más antigua y
más sagrada de las ciudades de la India, era el suelo en el cual yacía latente
la semilla de la renovación. Había aguardado por siglos la llegada del Maestro.
La voz de Krishnamurti se escuchaba de nuevo, y la semilla latente respondía.
Por
esta época, el Dr. Ram Dhar Misra, un matemático que había dirigido el
departamento de matemáticas en la Universidad de Lucknow, se unió a Achyut en
su trabajo. Ram Dhar Misra era soltero, y había decidido renunciar a su
profesión para convertirse en un monje budista. Al conocer a Achyut y enterarse
de las enseñanzas de Krishnamurti, abandonó su decisión de vestir la túnica y
vino a Rajghat. Compartió la pequeña casa con Achyut. Y cuando el Dr. Kalle
fundó el hospital, el Dr. Misra trabajó como su asistente, lavando heridas,
vendando a los pacientes. Ninguna tarea era demasiado servil; su papel
consistía en facilitar que el hospital funcionara de todas las maneras
posibles. Austero, erudito en matemáticas y en los textos sagrados de la India,
tenía una estrecha afinidad con las cosas que crecían árboles, arbustos, o la
hierba floreciente. Era muy fastidioso en relación con la comida, y
frecuentemente invitaba a sus amigos para un desayuno en Varanasi, compuesto
por jalebis (suculentos dulces llenos
de almíbar), kachoris (pasteles de
trigo rellenos de sabrosos vegetales), y deliciosos guisantes frescos que él
cocinaba con delicadeza.
Fue
por esos días que Vinoba Bhave, uno de los lugartenientes más fieles de
Gandhiji, fundó el movimiento Bhoodan. Inició el pada yatras, un peregrinaje, yendo a pie de aldea en aldea,
pidiendo a los hacendados que donaran tierras para los pobres que no las
poseían. El movimiento estaba en armonía con el carácter distintivo de la
India, donde la conducta quijotesca, la santidad, el sacrificio y los gestos de
rectitud, se hallaban entrelazados de manera inextricable en el telar de la
tradición y de la acción social.
Un
vasto número de jóvenes, destrozados anímicamente por el asesinato de Gandhiji
y no sabiendo hacia dónde volcarse, siguieron a Vinoba Bhave. “Sarva bhoomi gopal ki, todas las tierras
pertenecen a Dios”, cantaban sus discípulos. Vinobaji, el enjuto, huesudo y
barbado asceta, recorría los senderos polvorientos de la India aldeana,
comiendo frugalmente, no pidiendo nada para sí mismo. Sólo en la India era
posible tener el aspecto que uno quisiera, sin cohibición alguna. De hecho, la
excentricidad se consideraba inseparable de la santidad. Durante algún tiempo,
el movimiento Bhoodan hizo explosión en la India. Sus ondas se sintieron en
todas partes. Primeros Ministros e intelectuales, pobres y ricos, recorrían a
pie grandes distancias para ver al santo de Paunar, una aldea de Maharashtra
donde Vinobaji tenía su ashram. Rao
Sahib y Achyut Patwardhan fueron profundamente conmovidos por el movimiento
Bhoodan. Sentían que Vinoba estaba introduciendo una nueva actitud
revolucionaria y no violenta hacia la pobreza. Desde los tiempos más remotos,
la aldea de la India había estado entregando su generosidad, su esfuerzo y su
destreza, a los habitantes de la ciudad. Achyut sentía que el proceso tenía que
revertirse.
En
cierto sentido y mediante su labor en Rajghat, Achyut estaba tendiendo un
puente entre el impacto de las enseñanzas de Krishnaji con las respuestas
condicionadas de su propio trasfondo social por un lado, y el impacto inmediato
de Vinoba Bhave por el otro.
Krishnaji llegó a Bombay con Rajagopal, a principios de 1953. Se
alojaron con Ratansi Morarji en Carmichael Road. La atmósfera afectiva de
aquellos primeros días había desaparecido. Krishnaji permanecía apartado y
pasaba mucho tiempo solo en su habitación. Su risa se escuchaba raramente, pero
desde la habitación de Krishnaji llegaba a menudo la voz irritada y enfurecida
de Rajagopal.
Krishnaji estaba concediendo un gran número de
entrevistas, recibía a sanyasis,
estudiantes, hombres y mujeres agobiados por el dolor y el aislamiento de la
vejez. Ofrecía pláticas en el complejo de la J.J. Escuela de Arte; había
comenzado discusiones con pequeños grupos, pero ya no venía como antes a
sentarse por las mañanas y las tardes en la sala de estar. Los cantos en los
que Krishnaji había participado también terminaron. Rajagopal parecía
determinar lo que Krishnaji podía o no podía hacer. Por entonces, Rajagopal era
muy amigo de Jamnadas Dwarkadas, quien con su ardiente amor y devoción por
Krishnaji, reaccionó fuertemente y con ira ante las insinuaciones de Rajagopal.
Jamnadas jamás nos contó lo que Rajagopal le había dicho, pero sugirió que
había acusado amargamente a Krishnaji. Rajagopal se mostraba amigable conmigo,
pero teníamos largas disputas con respecto a las publicaciones, organizaciones
y cosas por el estilo. A veces discrepábamos con pasión. Yo no estaba
acostumbrada a las actitudes de reserva en las instituciones públicas.
Rajagopal era arrogante y rehusaba contestar preguntas. Quería saberlo todo,
pero no estaba dispuesto a revelar nada. Le dije que no podía trabajar con él
en estos términos.
Sin
embargo, las pláticas públicas de Krishnaji no mostraban huella alguna del
remolino que giraba a su alrededor en la residencia de Ratansi.
Por
esos días tuvo lugar un incidente que habría de soltar la flecha de las causas
que finalmente condujeron a una completa ruptura entre Krishnamurti y Rajagopal.
El fastidio que le ocasionara Rajagopal y las escenas que tenían lugar todos
los días, indujeron a Krishnaji a decir algo que afectaba la integridad
personal de Rajagopal. Habiéndolo dicho, Krishnaji se dio cuenta de todas las
implicaciones que ello tenía. Esta es la única vez que he visto a Krishnaji
sumido en una profunda angustia.
Nos
pidió que lo lleváramos en automóvil a la playa de Worli. Caminamos a lo largo
de la costa; la marea estaba baja y soplaba un viento muy fuerte. En aquellos días
la playa de Worli se encontraba desierta. Krishnaji caminaba adelante, lejos de
nosotros, completamente silencioso, apartado. De pronto se detuvo y nos esperó.
Volviéndose de frente a nosotros, permaneció así por un rato, después cruzó las
manos sobre el pecho y dijo. “Mea culpa”. Él sabía que comprendíamos. Luego,
como viniendo desde una gran distancia, escuchamos su voz: “Las palabras han
sido dichas, la flecha ha sido arrojada, nada puedo hacer al respecto. Ella
encontrará su blanco”. Nunca más volvió a referirse al incidente.
Durante los días que siguieron, las pequeñas discusiones y las pláticas
comenzaron nuevamente. Krishnaji hablaba sobre la necesidad de que uno se
estableciera en cualquier estado interno que pudiera surgir en un momento dado ‑odio,
ira, codicia, afecto, generosidad. “¿Es posible”, preguntaba, “permanecer
completamente en tales estados sin movimiento alguno de la mente para escapar
de ellos, ni para cambiarlos o fortalecerlos?”
Krishnaji decía que era esencial formular preguntas fundamentales; éstas
raramente surgían de manera espontánea. La mente, ocupada en lo trivial, rara
vez se detenía para formular la pregunta fundamental. Y cuando lo hacía,
siempre tenía la respuesta fácil que emergía desde lo que la mente ya había experimentado.
“Se
nos ha educado para combatir las emociones fuertes; la resistencia les da
fuerza y las nutre. ¿Es posible preguntar, buscar las preguntas, sin movimiento
alguno de la mente? ¿Puede uno formular la pregunta fundamental y dejarla en la
conciencia ‑permanecer con ella sin permitir que la atención se aparte de ahí?
¿Sostener la pregunta o el problema de modo que comience a abrir sus pétalos
revelándose a sí mismo ‑bajo la luz de la atención de tal manera que al
florecer en plenitud pueda llegar completamente a su fin?”
En
1953, el sobrino de Krishnamurti, G. Narain, vino a verle en Bombay. Hijo del
hermano mayor de Krishnaji, Narain había finalizado su M.A. (En EE.UU., un
grado académico (Master of Arts) entre la licenciatura en letras y el
doctorado. N. del T.) y estaba habilitado para ejercer la abogacía. Krishnaji
llevó a Narain a su habitación. Atardecía, y Krishnaji abrió las ventanas de
modo que el sol poniente penetrara en la habitación iluminando su rostro. Le
preguntó a Narain qué pensaba hacer. Narain vacilaba, y Krishnaji sugirió que
fuera a enseñar en el Valle de Rishi. Narain contestó que lo pensaría. Esa
noche, Narain me dijo que sentía todo su cuerpo cubierto con una luz azul,
tibia y bella. Luchó y la apartó de sí, pero media hora después estaba ahí
nuevamente. Narain percibió que esta experiencia había borrado todos sus
problemas. En junio de 1953 fue al Valle de Rishi, primero como maestro y más
tarde como vicedirector.
Desde
el Valle de Rishi Narain fue a Oxford para graduarse como M.A. en educación.
Después de un año se reincorporó al Valle de Rishi, pero más adelante viajó al
extranjero. Enseñó por algunos años en una de las escuelas Rudolph Steiner.
Profundamente interesado en el budismo, mantenía contacto con muchos
practicantes budistas de Inglaterra. Ante un pedido de Krishnaji, regresó a la
India en 1978 y asumió la dirección de la Escuela del Valle de Rishi.
Krishnaji fue a Varanasi con Rajagopal a fines del invierno de 1953.
Kitty y Shiva Rao estaban lejos en los EE.UU., y Krishnaji me escribió
preguntándome si él y Rajagopal podían alojarse en nuestras habitaciones del
Delhi Gymkhana Club, uno de los últimos remanentes del pasado colonial de
Delhi. Krishnaji y Rajagopal pararon ahí por una noche en camino a Rajghat,
Varanasi, donde Krishnaji ofreció quince pláticas a los niños de la Escuela de
Rajghat.
Las
pláticas constituían un reto para Krishnaji tenía que descubrir palabras con
las cuales pudiera expresarse y hacerse entender por los niños que hablaban el
inglés con dificultad. Se comunicó con ellos acerca de los complejos problemas
de la autoridad, el miedo, el dolor y la muerte. Las pausas de Krishnaji, su
intensidad de atención, su percepción abarcadora, tocaban en profundidad la
mente de los niños más jóvenes. La voz de Krishnaji era suave, sus palabras
vacilantes; sonreía con el corazón y con los ojos, y los niños escuchaban en
silencio.
Hablando el 4 de junio de 1954, dijo: “La educación no es sólo hasta que
uno cumple veintiún años, sino hasta que uno muere. La vida es como un río, se
halla siempre en movimiento, activa, jamás está quieta. Si uno se detiene en
una parte del río y piensa que comprende, entonces eso es como detenerse en
aguas muertas. Porque el río pasa junto a nosotros, y si no podemos fluir con
él, nos quedamos atrás. ¿Puede uno observar los movimientos del río? ¿Puede uno
ver las cosas que ocurren en la orilla del río, puede uno comprender,
enfrentarse a lo que es la vida?
“Al
hablar con suma sencillez del miedo, reveló todas sus complejidades. Examinó
así los temores que se agolpan en la mente de un niño. Habló de la naturaleza
del miedo y del castigo, de la necesidad de inteligencia. Viendo y percibiendo
la clase de familias conservadoras de las cuales provenían los niños, examinó
las palabras “conservar”, retener, guardar. Ahondó en la palabra “tradición”.
¿Qué había ahí que fuera respetable? Dijo: “Si lo investigan muy profundamente,
verán que ella surge del temor a equivocarse”.
“¿Por
qué no equivocarse?”, preguntó. “¿Por qué no descubrir? Las personas mayores no
han creado un mundo bello, están llenas de oscuridad, miedo, corrupción,
compulsiones; no han creado un mundo bueno. Y tal vez si ustedes estuvieran
libres de temor dentro de sí mismos y pudieran afrontar el temor en otros, el
mundo sería por completo diferente”.
“¿Qué
es el dolor?”, preguntó un niño de diez años. Krishnaji se volvió con angustia
hacia los maestros y dijo: “¿No es algo terrible que un niño pequeño pregunte
eso?” Luego le habló al niño de la comprensión del dolor, del miedo. “No puedes
evitar el dolor o escapar de él. Tienes que comprenderlo. Y la función del
maestro es ayudarte a que lo comprendas”.
Una
niñita preguntó: “¿Qué es Dios?”, y Krishnaji dijo: “Al contestar esta pregunta
le hablamos a la niñita, y también a las personas mayores, a los maestros que
tendrán la gentileza de escuchar. ¿Han observado ustedes una hoja bailando bajo
el sol, una hoja solitaria? ¿Han observado la luz de la luna sobre el agua, han
visto la luna roja de la otra noche? ¿Han reparado en el vuelo de un pájaro?
¿Aman ustedes profundamente a sus padres? No hablo del temor, de la ansiedad,
de la obediencia, sino del sentimiento, de la gran simpatía que experimentan
cuando ven a un mendigo, o un pájaro que muere, o cuando ven un cuerpo que
creman en la orilla del río. ¿Pueden ver todo esto y tener simpatía y
comprensión por el rico que pasa en sus grandes automóviles, o por el pobre
pordiosero, así como por el pobre caballo ekka
que es casi un esqueleto andante? ¿Podemos tener el sentimiento de que esta
tierra es nuestra ‑de ustedes y mía para que hagamos de ella algo hermoso?
“Entonces, detrás de todo esto hay algo mucho más profundo. Pero para
comprender aquello que es profundo y está más allá de la mente, la mente tiene
que estar libre y quieta. La mente no puede estar quieta si no comprendemos el
mundo que nos rodea. Por lo tanto, tienen ustedes que comenzar cerca, tienen
que comenzar con las cosas pequeñas en vez de tratar de averiguar qué es Dios”.
En una
de las pláticas explicó la necesidad de que el niño permaneciera quietamente
sentado. “Las personas mayores, cuanto más pasan los años, más nerviosas,
intranquilas y agitadas se vuelven. No pueden sentarse en silencio”.
Les
dijo a los niños cómo impedir que la mente se volviera imitativa; cómo la mente
misma es la que crea la tradición, que es la vía de la imitación. “¿Puede estar
libre la mente?” preguntó. “No libre de la experiencia, sino libre para
experimentar. La libertad llega cuando la mente experimenta sin la tradición”.
En su
última plática a los niños, habló de la religión. “La religión llega cuando la
mente ha comprendido su propio funcionamiento, cuando la mente está tranquila,
muy quieta ‑la quietud no es la paz de la muerte; esta quietud es muy activa,
muy alerta, vigilante. Para descubrir qué es Dios, qué es la Verdad, uno tiene
que comprender el dolor y la lucha de la existencia humana. Para ir más allá de
la mente, tiene que haber una cesación del sí mismo, del “yo”. Sólo entonces surge
aquello que todos adoramos y buscamos”.
En
Varanasi le preguntaron a Krishnaji qué haría para crear una escuela que
reflejara sus enseñanzas. Contestó: “Ante todo tiene que haber una atmósfera de
inmensidad. Tengo que sentir que estoy entrando en un templo. Tiene que haber
belleza, espacio, quietud, dignidad. Tiene que haber un sentido de totalidad en
el estudiante y en el maestro; un estado de floración, de florecimiento, un
sentimiento extraordinario de lo sagrado. Tiene que haber veracidad, ausencia
de miedo. El niño tiene que estar en contacto directo con la tierra, tiene que
existir en él una cualidad de ‘lo otro’“.
“¿Cómo crea uno esto de manera concreta?”
“Yo
investigaría el sistema de enseñanza, la cualidad de la atención”, respondió Krishnaji
“Vería cómo se puede enseñar al niño para que aprenda sin que la memoria sea
predominante. Le hablaría de la atención y no de la concentración. Averiguaría
el modo en que el niño duerme, cuál es su alimentación, cuáles son sus juegos,
los muebles que tiene en su habitación; vería que el niño estuviera atento a
los árboles, a los pájaros, a los espacios que hay alrededor de él. Me
encargaría de que creciera en una atmósfera de atención”.