domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo V “NUESTRA VIDA AQUÍ ES UNA VIDA DE INTENSA ACTIVIDAD INTERNA”



Capítulo V
“NUESTRA VIDA AQUÍ ES UNA VIDA
DE INTENSA ACTIVIDAD INTERNA”

   Un grupo de sus amigos más íntimos acompañó a Krishna a Pergine en Italia. Estaba ahí Lady Emily con sus hijas Betty y Mary; también estaba Helen Knothe, una joven norteamericana; una íntima amiga de Krishnaji, la Dra. Shivakamu, hermana de Rukmini Arundale; Malati, la esposa de Patwardhan; otra estrecha amiga de K, Ruth Roberts; John Cordes, el representante australiano de la Estrella, quien había estado en Adyar en 1910 y 1911 y durante la época en que fue el responsable de los ejercicios físicos de Krishna, de su adiestramiento y bienestar. También se encontraban en el grupo, Rama Rao y Jadunandan Prasad, estrechos asociados de K en la India, y D. Rajagopal. Este anónimo relato acerca de K en Pergine, se encontró entre los papeles de Shiva Rao después de su muerte. Es posiblemente un diario llevado por Nitya o Cordes. Aunque la identidad del autor es desconocida, el documento parece auténtico.

   Agosto 29, 1924: Nuestra vida aquí es una vida de intensa actividad interna y casi completa inactividad externa. Eso es lo que tiene que ser y lo que Krishnaji desea.
   En anteriores períodos de vacaciones como éste, cuando Krishnaji había reunido a su alrededor a aquellos a quienes él deseaba enseñar y ayudar, retirándose con ellos a algún tranquilo lugar lejos de la civilización, no había existido un plan concertado de acción. Krishnaji, por supuesto, ha hablado individualmente con cada uno de sus acompañantes, pero jamás antes los Maestros habían hablado para todos nosotros colectivamente como en nuestro grupo actual, de modo que todos los grados y también aquellos que todavía estaban aparte, pudieran escuchar y hablar abiertamente de ellos.
   Estamos aquí con un sólo propósito, dar ‘pasos’ definidos y, con eso, llegar a ser directamente útiles para Ellos. Cada uno de nosotros tiene su oportunidad; cada uno se encuentra en una etapa diferente y, por lo tanto, es capaz de servir a aquellos que están arriba y de ayudar a los que están abajo (Términos tales como ‘arriba’ y ‘abajo’ pueden ser engañosos, los uso sin implicar con ellos superioridad e inferioridad, sino sólo una diferencia)
   El régimen para el día es: meditación a las ocho y cuarto, desayuno a las ocho y media. Un paseo a un campo abierto de rastrojos donde jugamos ‘rounders’ (Juego de pelota parecido al béisbol) por una hora, y luego una hora de plática bajo los árboles acerca de los Maestros y de cómo servirlos. Almuerzo a las doce y media ‑descanso o trabajo individual, si se desea, bajo un árbol­; juegos en los terrenos del Castillo, baño, y cena a las seis. Después de lo cual nos separamos todos para la noche, algunos van a la Torre Cuadrada donde por una hora prosigue cierta preparación intensiva. A las 8,30 nos vamos a dormir.
   Krishnaji, desde luego, es la figura central de cada día; tanto en los juegos como en el trabajo. Todo se concentra alrededor de él; la vida de Krishnaji es de una absoluta devoción al señor, una apasionada adoración de lo idealista y lo bello ­y, no obstante­, ¡es tan perfectamente humano y tan próximo a sus semejantes! No hay palabras que puedan describir su carácter, pero él parece más una criatura humana que se ha perfeccionado a sí misma en alto grado, que un ser divino en una forma humana imperfecta. Seguramente, lo que el señor deseará es un instrumento humano perfecto, de modo que Él pueda establecer contacto con la humanidad en el propio nivel de ésta. La divinidad, Ella misma, se manifestará a través del instrumento. Jamás, excepto con el advenimiento de un Instructor del Mundo, hay una unión semejante entre aquellas cosas que son Divinas y las que son humanas. Porque habitualmente la humanidad se eleva hasta alcanzar la Divinidad, y en el momento que la alcanza se vuelve una con ella; pero en este caso, la Divinidad desciende hasta un instrumento humano, lo utiliza, trabaja a través del instrumento como si estuviera aparte y separada de él, y se retira nuevamente dejando que el instrumento siga siendo un instrumento humano. Ciertamente, la evolución del instrumento humano es a menudo estimulada hasta tal punto, que éste se vuelve inmediatamente suprahumano (a través de este servicio) pero éste es un proceso separado. El hombre puede elevarse y volverse Divino, pero no puede usar los poderes Divinos mientras todavía es humano. En cambio, lo Divino puede descender y usar los poderes humanos, aun cuando aquel a quien usa haya dejado de ser humano.
   Hoy Krishnaji estuvo muy animado durante el desayuno, y frecuentemente nuestra conversación no era publicable. Después de una plática muy seria en la mañana o de un arduo trabajo por la tarde, Krishnamurti se mostraba a menudo muy frívolo, haciendo chistes y riéndose de ellos ruidosamente, con súbitos estallidos tonantes de hilaridad o con prolongadas y contagiosas risitas entrecortadas. Estas son dos cosas extrañas a su respecto ‑primero, su capacidad para pasar instantáneamente de la más seria, verdadera y gloriosa disposición de ánimo, a otra poblada de chistes y de risas, segundo que ninguno de los chistes que dice, por vulgar que sea, influye en la atmósfera que habitualmente rodea una conversación de éstas­. Parece como si su belleza, la absoluta claridad de su ser, limpiara todo lo que hay por delante, de modo tal que él pueda tocar a cualquier persona, a cualquier objeto o sujeto, e impartirle su propia timidez, dotándolo con el aire puro de su presencia. Krishnaji intentó recordar sus propias experiencias. Cuando él y Nitya vieron por primera vez a C.W.L. éste les mostró pinturas del Maestro M. y del Maestro K.H. y les preguntó cuál preferían. Cuando ellos eligieron la del Maestro KH, dijo que eso era lo que él esperaba.
   Cuando Krishnaji era joven, los Maestros eran muy reales para él; fue por entonces que escribió “A los Pies del Maestro”; después vino un período en que esa realidad ya no era para él tan intensa, y sólo creía en ellos por lo que C.W.L. y A.B. decían. Ahora, nuevamente había vuelto la intensa realización. Nitya dijo que nuestro grupo debía crear una atmósfera que ‘atrajera’ la atención de Ellos. Habló de las diversas influencias en Ojai ‑la del Maestro M.­ como un poder que le hace a uno sentirse capaz de cualquier cosa. La del Maestro K.H. como la bondad perfecta ‑era como la miel que penetraba en uno cuando él hablaba, era la pureza absoluta, la claridad perfecta­. Después habló de la más grande de todas las influencias, la del Señor, como también nosotros la percibimos en Ehrwald (Krishna, Nitya y algunos de sus amigos habían visitado Ehrwald en Austria, antes de su viaje a Pergine) ­paz­ “la paz que sobrepasaba toda comprensión”.
   Krishnaji habló de Adyar como de una casa con un poder extraordinario, donde uno se volvía un santo, enloquecía o era rechazado por un guardián infalible.
   Jamás le he visto tan radiantemente hermoso como en estos tiempos se le ve por las noches. Sus ojos ríen con un extraño júbilo no terrenal, que es exultante y, sin embargo, muy tierno. Está investido de bondad y de una dulce y penetrante alegría, que se muestra en las líneas y curvas de su rostro, y lo rodea y envuelve un aroma de rosas. A veces se estremece como si tuviera frío, y en otras ocasiones está muy agotado; pero en estas noches, estas noches particulares de las que hablo, el verdadero Krishna ‑con todo eso que hace de él lo que es en el más profundo sentido­ llega y se transparenta a través de sus ojos.

   1° de septiembre, 7924: Lady Emily compara a Rajagopal con St. Peter. Parece como si fuera el Payaso entre los discípulos presentes; ama profundamente su posición de Bufón del Superior Tribunal. Para conocer a Krishnaji, uno tiene que conocer a sus seguidores Rajagopal fue una vez St. Bernard de Clairveaux, y otras veces ha sido un venerable sacerdote, y ambos, el santo y el sacerdote, se asoman en él una y otra vez. Quizás especialmente el último. Habla perpetuamente, y cuando su discurso se hace prolongado y tedioso, de hecho él sermonea. Es, o más bien pretende ser, muy aficionado a la comida, siendo éste el tema principal para sus chistes, etc. Cuando Krishnaji está tenso o cansado, o el grupo en general se siente deprimido, Rajagopal siempre tiene a mano un chiste o alguna frase divertida, y se ríe para sí mismo de manera tan persistente que uno está obligado a acompañarle. Se dice que una cualidad que poseen todos los Maestros y sin la cual es imposible que el discípulo pueda progresar, en un sentido del humor. Y que cuanto más lejos se lleva la vida espiritual, tanto más esto se manifiesta. Un sentido del humor aliviará la tensión de los sentimientos y pensamientos bajo las más difíciles circunstancias, y a menudo es justamente eso lo que evita una ruptura definitiva en el trabajo, o individualmente en una persona. Por cierto que la gracia de Rajagopal no es del tipo más claro y agudo, pero entonces eso permite que Krishnaji y los otros tomen parte y agreguen su propia cuota. Huelga decir que Rajagopal importuna muchísimo, pero entonces lo mismo puede decirse de cada uno que se acerca a Krishnaji, siendo éste uno de los modos por los cuales él influye sobre la gente, en especial sobre cierto tipo de personas.
   Una de las teorías de Krishnaji, es que la gente debe sin duda evolucionar sólo a través de la felicidad, y llegar a Dios tan naturalmente como una flor se abre al sol. En un tiempo parecía casi atormentarlo el hecho de que todo aquel con quien se encontraba había evolucionado hasta ahí por tortuosos y largos caminos de dolor, y que pocos habían tomado la sencilla senda de la felicidad. Creo haberle escuchado decir incluso que nunca se había encontrado con nadie que evolucionara sólo a través de la felicidad, y que no obstante, ello era posible y se volvería muy común con que sólo nuestra actual civilización no fuera tan compleja. “Sean naturales, sean felices”. De modo que Rajagopal juega un gran papel en este drama superior, en el cual Krishnaji es el primero en reír y el más fácil de divertir. “Sé un Dios, y ríete de ti mismo”.
   Hablando de sus dos años de ejercitación con Leadbeater, Krishnaji dijo literalmente que estaba “cansado de lágrimas”. Todos los deseos eran agotados; por ejemplo, K y N pidieron bicicletas (probablemente, como eran niños pequeños, importunaron con ellas a C.W.L.); se consiguieron las bicicletas y se hizo un viaje de diez millas, no sólo una vez, sino que tuvieron que hacerlo todos los días durante dos años. También expresaron el deseo de comer un plato de avena cocida con leche; lo tuvieron ‑pero nuevamente todos los días por un año­. Si tenían los pies sucios, o como una vez en que Nitya le arrojó una piedra a una rana, se les decía que: “Los discípulos del Maestro no hacen estas cosas”. Pero ello debe haber resultado duro por entonces para el pequeño niño moreno que habría de convertirse en el Krishnaji de hoy ­y el Jesús de mañana­.
   Él ha tenido muchas vidas como mujer, y éstas han dejado una fuerte huella en su carácter, su excepcional poder de intuición lo hace diferente a la mayoría de los hombres. A veces puede ser muy cruel, como otras veces puede ser lo contrario, pero esto es siempre con un propósito. Una frase corta y aguda que sus relampagueantes ojos acentúan a un grado intolerable, eso es todo. Krishnaji jamás ofrecerá hablar con nadie, a menos que alguien se le aproxime para hacerlo, y entonces por las primeras dos o tres veces que se inicia una conversación, él se muestra terriblemente tímido.

   Septiembre 8, 1924: Lady Emily, Cordes y yo estábamos sentados en la habitación de Krishnaji, quien se encontraba en la habitación que estaba debajo. Eran cerca de las siete menos cuarto, y todo estaba igual que en las noches habituales, excepto por un mágico silencio que descendió sobre nosotros. En algún lugar de la torre, Nitya, (Lo anotado en este día, parece descartar por lógica que este texto pertenezca a Cordes o Nitya, como se señala en el principio del Capítulo), Rama Rao y Rajagopal estaban cantando, y por las hendeduras de la puerta penetraba flotando el olor del incienso. Todos percibimos Su Presencia; ni el más torpe hubiera dejado de reconocer la paz inefable que llenaba la casa. Permanecimos “silenciosos y extasiados” por una hora.
   Después, cuando estuvimos todos juntos y Krishnaji estaba sentado en medio de nosotros, fue como si sólo ahora nos hubiéramos descubierto el uno al otro; y cuando hablamos de lo que había sucedido, una risa suave y dulce propia del más grande e inexpresable de los júbilos, parecía acudir a nuestros labios. “Si ahora es así, ¿cómo será cuando el momento llegue?”.

   Septiembre 14, 1924: Esta tarde, en vez de jugar el habitual voleibol, nos tendimos sobre las rocas que rodean la Torre Cuadrada. Krishnaji se acuclilló sobre las rocas con Rama Rao, examinando con gran interés un pequeño caracol amarillo. Una vez, hace algunos años, recuerdo haber estado con Krishnaji cuando él descubrió una colonia de hormigas y se pasó toda la mañana alimentándolas con azúcar, revolviéndolas, y observando después cómo transportaban los huevitos y reconstruían su hormiguero. Al cabo de un rato, Krishnaji y Rama Rao encontraron otro caracol, e hicieron que treparan el uno sobre el otro arriba y abajo una y otra vez por los escarpados peñascos. El último año, en Ehrwald, él estaba acostado entre altos pastos y flores, cuando una mariposa se posó sobre su mano, y pronto tuyo una o dos suspendidas de un dedo. Su deleite era ilimitado. Él siente amor por todas las criaturas grandes y pequeñas; en realidad, todo lo que es bello y natural le interesa; perseguirá a un saltamontes siguiendo sus movimientos y reparando en el color de sus alas; o con su acostumbrado “¡Caramba!” se detendrá casi arrobado ante una escena hermosa. “Sólo miren ese lago, es tan sereno, como de hielo ­y verde oscuro­. ¿Ven los reflejos en él?  ‘Oh-ee’ ustedes deben ver el lago de Ginebra ‑tan azul­”.
   Krishnaji lee en meditación todas las mañanas un breve pasaje de “El Evangelio de Buda”. Es verdaderamente un devoto, y el sonido mismo del nombre de Buda casi parece hacerlo temblar con un sentimiento de suma admiración. Hoy hubo una frase en que el Señor Buda decía que el discípulo que vive en el mundo debe ser como el loto. En la India, el loto simboliza la pureza suprema. Su capacidad de florecer plenamente mientras sus raíces se hallan en un estanque turbio y fangoso, significa la capacidad humana de florecer en pureza y elevarse desde cualquier condición, por oscura y sucia que sea.
   Krishnaji estaba hablándome esta tarde. Hablaba del Señor Buda y de ese estado de existencia en que el yo está por completo ausente. Él piensa mucho en estos días acerca de ser absolutamente impersonal, y ya parece haberse sumergido profundamente en ese claro manantial inmaculado libre del fango del yo. Cuando habla del Señor Buda, un nuevo mundo se extiende delante de uno, un mundo en el que se extinguen todo amor personal y toda ambición, y uno se vuelve como la nada; sólo llegó a Krishnaji mientras él estuvo en Ojai, y aún encuentra casi imposible describir aquello. Cuenta cómo, cuando todos los Maestros estuvieron reunidos, la venida del Señor Buda fue como el viento del norte, libre de cosa alguna que siquiera se pareciera al yo. Dijo: “Toda vez que veo la pintura del Señor Buda, me digo a mí mismo: ‘Yo seré así’”.
   La imagen del Señor Maitreya se le ha estado apareciendo en diversas ocasiones. En Pergine, durante la última aparición, Él le transmitió a Krishnamurti un mensaje “La felicidad que buscas no está lejos; se encuentra en cada piedra común”. En otro mensaje, Él comunicó: “No busques a los Grandes Seres cuando ellos pueden estar muy cerca de ti”. Por las tardes siguientes, Krishna habría de reír a menudo y contar cuentos cómicos ‑muchos miembros del grupo se sintieron escandalizados por su conducta­.


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