Capítulo
XXIII
“AFORTUNADO
EL HOMBRE QUE NADA ES”.
CARTAS
A UNA JOVEN AMIGA
Entre 1948 y principios de
los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle.
Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través
de cartas. Las cartas que siguen1 las escribió a una joven amiga que
llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de
1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza
y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras
fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son
simultáneas:
Sea dúctil mentalmente. El
poder no radica en la firmeza y en la fuerza, sino en la flexibilidad. El árbol
flexible aguanta el ventarrón. Adquiera el poder de una mente rápida.
La vida es extraña, tantas
cosas ocurren inesperadamente; la mera resistencia no resolverá ningún
problema. Uno necesita tener infinita flexibilidad y un corazón sencillo.
La vida es el filo de una
navaja y uno ha de recorrer ese sendero con cuidado exquisito y dúctil
sabiduría.
La vida es muy rica, tiene
tantos tesoros, y nosotros la afrontamos con los corazones vacíos; no sabemos
cómo llenar nuestros corazones con la plenitud de la vida. Somos pobres
internamente, y cuando se nos ofrecen riquezas, las rechazamos. El amor es algo
peligroso, trae consigo la única revolución que da completa felicidad. Y así
muy pocos de nosotros somos capaces de amar, pocos queremos amar. Amamos en
nuestros propios términos, haciendo del amor una cosa comerciable. Tenemos la
mentalidad mercantil y el amor no es comerciable, no es un asunto de toma y
daca. Es un estado del ser en que se resuelven todos los problemas humanos.
Vamos al pozo con un dedal, y así la vida se vuelve una cosa vulgar, pequeña y
mezquina.
¡Qué exquisito lugar
podría ser la tierra, con tanta belleza como hay, tanta gloria, tanta
imperecedera hermosura! Estamos atrapados en el dolor, y no nos importa poder
salirnos de él, aun cuando alguien nos esté señalando una salida.
No sé, pero uno está
ardiendo de amor. Hay una llama inextinguible. Uno tiene tanto de ese amor que
desea darlo a todos, y lo hace. Es como un río poderoso que fluye, nutriendo y
regando cada ciudad y aldea por las que pasa; se contamina, la suciedad del
hombre entra en él, pero las aguas se purifican pronto y rápidamente prosigue
su curso. Nada puede estropear el amor, porque todas las cosas se disuelven en
él ‑las buenas y las malas, las feas y las bellas. Es la única cosa que tiene
su propia eternidad.
¡Los árboles se veían tan
majestuosos, tan extrañamente impenetrables a las calles asfaltadas y al
tráfico! Sus raíces se hundían muy abajo, en lo profundo de la tierra, y sus
copas se alargaban a los cielos. Nosotros tenemos nuestras raíces en la tierra,
y tiene que ser así, pero nos adherimos a la tierra; sólo unos pocos se elevan
a los cielos. Son las únicas personas creativas y felices. Las demás se
destruyen y se dañan unas a otras sobre esta tierra tan hermosa ‑con injurias y
también con habladurías.
Sea abierta. Viva en el
pasado si tiene que hacerlo, pero no luche contra el pasado; cuando el pasado
llega, mírelo; no lo aparte de sí ni se aferre a él demasiado. La experiencia
de todos estos años, el dolor y la felicidad, los desastres lamentables y los
destellos que en usted suscitó la separación, la sensación de lejanía, todo
esto habrá de enriquecerla y agregará belleza a su vida. Lo que importa es lo
que tiene usted en su corazón; y puesto que eso desborda, lo tiene todo, usted
es todo.
Esté alerta a todos sus
pensamientos y sentimientos, no deje que ninguno de ellos se escabulla sin que
usted lo advierta y absorba su contenido. Absorber no es la palabra, sino ver,
ver todo el contenido del pensamiento‑sentimiento. Es como entrar en una
habitación y ver todo el contenido de la misma de una sola vez, su atmósfera y
sus espacios. Ver los propios pensamientos y estar atento a ellos, lo vuelve a
uno intensamente sensible, flexible y alerta. No juzgue ni condene, sólo esté
muy alerta. De la separación de las impurezas, surge oro puro.
Ver ‘lo que es’ resulta
realmente muy arduo. ¿Cómo observa uno claramente? Un río, cuando se encuentra
con una obstrucción, nunca está quieto; el río demuele la obstrucción por su
propio peso, o pasa por encima de ella o encuentra su camino por debajo o
alrededor del obstáculo; el río nunca está quieto; no puede sino actuar. Se
rebela, si podemos expresarlo así, inteligentemente. Uno debe rebelarse
inteligentemente y aceptar inteligentemente ‘lo que es’. Para percibir ‘lo que
es’, tiene que existir el espíritu de la rebelión inteligente. A fin de no
confundirse, se necesita cierta inteligencia; pero uno está generalmente tan
ansioso por conseguir lo que desea, que se arroja contra el obstáculo; o se
destroza contra él o queda exhausto en su lucha contra él. Ver la cuerda como
cuerda no requiere valor, pero confundir la cuerda con una serpiente y luego
observar, eso sí que requiere valor. Uno tiene que dudar, investigar siempre,
ver lo falso como falso. Uno obtiene el poder de ver claramente, mediante la
intensidad de la atención; verá usted que ese poder llega. Hay que actuar; el
río jamás deja de actuar, está siempre activo. Para actuar, uno tiene que
hallarse en estado de negación; esta negación misma trae su propia acción
positiva. Pienso que el problema es ver claramente; entonces esa percepción
misma es la que genera su propia acción. Cuando hay flexibilidad, no existe el
problema de acertar o equivocarse.
Uno tiene que estar muy
claro internamente. Le aseguro que entonces todo saldrá bien; sea clara y verá
que las cosas se ordenan correctamente por sí mismas sin que usted haga nada al
respecto. Lo correcto no es lo que responde a nuestros deseos.
Tiene que haber una completa
revolución, no sólo en las grandes cosas, sino en las pequeñas cosas de todos
los días. Usted ha tenido esa revolución, no vuelva a lo de antes, manténgase
ahí. Mantenga la caldera hirviendo internamente.
Espero que haya pasado una
buena noche, que la salida del sol a través de su ventana haya sido agradable,
y que pueda ver apaciblemente las estrellas nocturnas antes de ir a dormir. Qué
poco conocemos del amor, de su extraordinaria ternura y de su ‘poder’, con qué
facilidad usamos la palabra amor; la usa el general, la usa el carnicero; el
hombre rico la usa y la usan el muchacho y la muchacha. Pero, ¡qué poco saben
de él, de su inmensidad, de su condición inmortal e insondable! Amar es
percibir la eternidad.
Qué cosa extraordinaria es
la relación, y con qué facilidad caemos en el hábito de una relación
particular, donde las cosas se dan por sentadas, donde se acepta la situación y
no se tolera variación alguna; no se da cabida a ningún movimiento hacia la
incertidumbre, ni siquiera por un segundo. Todo está tan bien regulado,
asegurado, sujeto, que no hay oportunidad ninguna para la frescura, para un
claro soplo revivificante de primavera. Esto y más es lo que llamamos relación.
Si observamos atentamente, vemos que la relación es algo mucho más sutil, más
rápido que el relámpago, más inmenso que la tierra, porque la relación es vida.
Nuestra vida es conflicto. Nosotros queremos hacer de la relación algo tosco,
rígido y maniobrable. Y así pierde su fragancia, su belleza. Todo esto surge
porque no amamos, y el amor, es, desde luego, lo más grande de todo, porque en
él tiene que existir la completa entrega de uno mismo.
Lo esencial es la cualidad
de lo fresco, de lo nuevo, o de lo contrario la vida se convierte en una
rutina, en un hábito; y el amor no es un hábito, una cosa aburrida. La mayoría
de la gente ha perdido la capacidad de maravillarse. Lo da todo por hecho, y
este sentido de seguridad destruye la libertad y la sorpresa de la
incertidumbre.
Proyectamos un futuro muy
distante, lejos del presente. La atención necesaria para comprender, está
siempre en el presente. En la atención siempre existe un sentido de inminencia.
Tener claridad con respecto a las propias intenciones implica una tarea muy
ardua; la intención es como una llama, instándolo a uno incesantemente a
comprender. Sea clara en sus intenciones y verá que las cosas salen bien. Tener
claridad en el presente es todo lo que se necesita, pero no es tan fácil como
suena. Uno tiene que desbrozar el campo para la nueva semilla, y una vez que
ésta se planta, su propia fuerza y vitalidad crean el fruto y la semilla
siguiente. La belleza externa jamás puede ser permanente, se estropea siempre
si no existen el deleite y la dicha internos. Nosotros cultivamos lo externo, y
prestamos muy poca atención a lo que ocurre bajo la piel; pero lo interno se
impone siempre a lo externo. Es el gusano dentro de la manzana el que destruye
la frescura de la manzana.
Se requiere gran
inteligencia para que un hombre y una mujer que viven juntos se olviden de sí
mismos, no se sometan el uno al otro ni se dominen mutuamente. La relación es
la cosa más difícil que hay en la vida.
Qué extrañamente
susceptible es uno a una atmósfera; necesita un ambiente amigable, un
sentimiento de atención cálida en el cual pueda florecer libre y naturalmente.
Muy pocos tienen esta atmósfera, por eso casi todos están empequeñecidos, tanto
en lo físico como en lo psicológico. Estoy muy sorprendido de que usted haya
sobrevivido sin corromperse en esa atmósfera peculiar. Uno puede ver por qué no
fue usted totalmente destruida, por qué no se manchó ni se doblegó; en lo
externo se adaptó lo más rápidamente que pudo, y en lo interno se adormeció. Es
esta insensibilidad interna la que la salvó. Si se hubiera permitido ser sensible,
internamente abierta, no hubiera podido soportarlo y entonces habría existido
un conflicto que la habría quebrantado con las huellas consiguientes. Ahora que
está internamente despierta y clara, no tiene conflicto alguno con la atmósfera
que la rodea. Es este conflicto el que corrompe. Usted permanecerá siempre
libre de cicatrices si internamente está muy alerta y despierta y se adapta con
afecto a las cosas exteriores.
Los sustitutos pronto se
marchitan. Uno puede ser mundano aun cuando posea unas pocas cosas. El deseo de
poder en cualquiera de sus formas ‑el poder del asceta, el poder de un gran
financista, o el del político, o el del papa es mundano. El anhelo de poder
engendra crueldad y pone énfasis en la importancia del sí mismo; la agresividad
del yo en expansión es, en esencia, mundanalidad. La humildad es sencillez,
pero la humildad cultivada es otra forma del espíritu mundano.
Muy pocos se dan cuenta de
sus cambios internos, de sus retrocesos, conflictos y distorsiones. Incluso si
se dan cuenta, tratan de hacerlos a un lado o escapan de ellos. No haga eso. No
creo que lo haga, pero hay un peligro en vivir demasiado estrechamente en
contacto con los propios pensamientos y sentimientos. Uno tiene que percatarse
de ellos sin ansiedad, sin presión ninguna. En su vida ha tenido lugar la
verdadera revolución, usted debe estar muy atenta a sus pensamientos y
sentimientos ‑déjelos salir, no los controle, no los detenga. Déjelos que se
viertan hacia afuera, tanto los apacibles como los violentos, pero esté alerta
a ellos.
¿Está ocupada con lo que
son sus deseos, si es que tiene algunos? El mundo es un buen lugar; nosotros lo
hacemos todo para escapar de él por medio de la adoración, de la plegaria, de
nuestros amores y temores. No sabemos si somos ricos o pobres, jamás hemos
investigado a fondo dentro de nosotros mismos para descubrir ‘lo que es’.
Existimos en la superficie, satisfechos con tan poco y sintiéndonos dichosos o
desdichados por cosas tan pequeñas. Nuestras mentes mezquinas tienen problemas
mezquinos y respuestas mezquinas, y así consumimos nuestros días. No amamos, y
cuando lo hacemos es siempre con miedo y frustración, con dolor y anhelos.
Estuve pensando en lo
importante que es ser inocente, tener una mente inocente. Las experiencias son
inevitables, tal vez necesarias; la vida es una serie de experiencias, pero la
mente no necesita cargarse con sus propias exigencias acumulativas. Puede
lavarse de cada experiencia y mantenerse inocente ‑sin carga alguna. Esto es
importante, de lo contrario la mente nunca puede ser fresca, alerta y flexible.
El problema no es ‘cómo’ mantener flexible la mente; el ‘cómo’ es la búsqueda
de un método, y el método jamás puede traer inocencia a la mente; puede
volverla metódica, pero nunca inocente, creativa.
Comenzó a llover ayer por
la tarde, ¡y cómo diluvió durante la noche! Jamás he escuchado nada como esto.
Fue como si se hubieran abierto los cielos. Con ello había un silencio
extraordinario, el silencio de un peso inmenso derramándose sobre la tierra.
Es siempre difícil
mantenerse sencillo y claro. El mundo adora el éxito, cuanto más grande, mejor;
cuanto más grande es el auditorio, más grande se considera que es el orador;
los colosales superedificios, los automóviles, los aviones y la gente. Se ha
perdido la sencillez. Las personas exitosas no son las que están construyendo
un mundo nuevo. Para ser un verdadero revolucionario se requiere un cambio
completo de corazón y de mente, ¡y qué pocos son los que quieren liberarse!
Cortamos las raíces superficiales; pero cortar las raíces profundas que
alimentan la mediocridad, el éxito, requiere algo más que palabras, métodos,
compulsiones. Parece haber muy pocos, pero ellos son los verdaderos
constructores ‑el resto se esfuerza en vano.
Uno se está comparando
perpetuamente a sí mismo con otro, con lo que uno es, con lo que debería ser,
con alguien que es más afortunado. Esta comparación mata realmente, es
degradante, pervierte la propia perspectiva de la vida. Y a uno lo han educado
en la comparación. Toda nuestra educación se basa en eso, y del mismo modo
nuestra cultura. En consecuencia, hay una perpetua lucha por ser otra cosa que
lo que uno es. La comprensión de lo que uno es, descubre la creatividad, pero
la comparación genera competencia, crueldad, ambición, lo cual pensamos que
produce progreso. El progreso sólo ha conducido hasta ahora a más guerras
despiadadas y desdichas de las que el mundo haya conocido jamás. La verdadera
educación consiste en educar a los hijos sin comparación alguna.
Parece extraño estar
escribiendo, parece tan innecesario. Lo que importa está aquí y usted está
allá. Con las cosas reales es siempre así, es tan innecesario escribir sobre
ellas o hablar de ellas; y en el mismo acto de escribir o hablar, sucede algo
que las corrompe, que las estropea. ¡Hay tantas cosas que se dicen aparte de la
cosa real! Este impulso de realizarse que arde en tanta gente, en pequeña
medida y en gran medida... Este impulso puede satisfacerse de un modo u otro, y
con la satisfacción, las cosas más profundas se desvanecen. Eso es lo que
ocurre en la mayoría de los casos, ¿no es así? La satisfacción del deseo es un
asunto muy insignificante, por placentero que pueda ser. Pero con la
satisfacción del deseo, como éste continúa satisfaciéndose a sí mismo,
sobrevienen la rutina, el aburrimiento, y la cosa real desaparece. Es esta cosa
real la que tiene que perdurar, y la maravilla de eso es que lo hace así si uno
no piensa en satisfacerse, sino que ve las cosas exactamente como son.
Muy raramente estamos
solos; siempre con la gente, con pensamientos que se agolpan en nosotros, con
esperanzas que no han sido satisfechas o que van a serlo, con recuerdos. Es
esencial que el hombre esté solo para no ser influido, para que ocurra en él
algo incontaminado. Para esta soledad creativa parece no haber tiempo, hay
demasiadas cosas por hacer, demasiadas responsabilidades, etc. Se vuelve una
necesidad aprender a estar quieto, a encerrarse uno en su habitación, a dar un
descanso a la mente. El amor es parte de esta soledad. Ser sencillos, claros,
estar internamente quietos, es tener esa llama.
Puede que las cosas no sean
fáciles, pero cuanto más le pide uno a la vida, más temible y dolorosa se
vuelve ésta. Vivir sencillamente, libre de influencias, aunque todo y todos
estén tratando de influir sobre uno, vivir libre de los cambiantes estados de
ánimo y de las exigencias en constante variación, no es fácil, pero sin una
vida profundamente quieta en lo interno, todas las cosas son vanas e inútiles.
¡Qué claro es el cielo
azul, qué vasto, intemporal y sin espacio! La distancia, el espacio es una cosa
de la mente; el aquí y el allá son hechos, pero se convierten en factores
psicológicos con el impulso del deseo. La mente es un fenómeno extraño. Tan
compleja y, no obstante, tan simple en esencia. Se vuelve compleja por las
múltiples compulsiones psicológicas. Esto es lo que ocasiona conflicto y dolor:
la resistencia y las adquisiciones. Es arduo estar atento y dejarlas pasar de
largo sin quedar enredado en ellas. La vida es un río inmenso que fluye. La
mente atrapa en su red las cosas de este río, descartando y reteniendo. No
tiene que haber red. La red es del tiempo y del espacio; la red es la que crea
el aquí y el allá; la dicha y la desdicha.
El orgullo es una cosa
extraña; orgullo en las cosas pequeñas y en las grandes cosas; orgullo en
nuestras posesiones, en nuestros logros, en nuestras virtudes; orgullo de la
raza, del nombre y de la familia; orgullo en la capacidad, en la apariencia, en
los conocimientos. Hacemos que todas estas cosas alimenten el orgullo, o
escapamos hacia la humildad. Esta no es el opuesto del orgullo ‑sigue siendo
orgullo, sólo que lo llamamos humildad; la conciencia de ser humilde es una
forma de orgullo. La mente tiene que ser ‘algo’, lucha por ser esto o aquello,
nunca puede hallarse en un estado de ser nada. Si la nada es una nueva
experiencia, entonces la mente debe tener esa experiencia ‑el intento mismo de
hallarse silenciosa es otra adquisición más. La mente tiene que ir más allá de
todo esfuerzo. Sólo entonces...
Nuestros días están tan
vacíos que se llenan con actividades de toda clase: negocios, especulación,
meditación, pena y alegría. Pero a pesar de todo esto, nuestras vidas están
vacías. Despójese a un hombre de la posición, del poder o del dinero, y ¿qué es
él? Externamente, tenía toda esa ostentación, pero internamente es superficial,
está vacío. Uno no puede tener ambas riquezas, la interna y las otras. La
plenitud interna importa mucho más que lo externo. Uno puede ser defraudado por
lo externo, los acontecimientos externos pueden destrozar lo que hemos
construido cuidadosamente; pero las riquezas internas son incorruptibles, nada
puede afectarlas, porque no han sido producidas por la mente.
El deseo de realizarse es
muy fuerte en la gente, que lo persigue a cualquier costo. Esta realización
personal, en todas las formas y en cualquier dirección, es lo que nos sostiene
a la inmensa mayoría de nosotros; si fracasamos en una dirección, tratamos de
realizarnos en otra. Pero, ¿existe una cosa como la realización? El realizarse
puede traer consigo cierta satisfacción, pero ésta se desvanece pronto y otra
vez estamos a la caza de algo nuevo. En la comprensión del deseo llega a su fin
todo el problema de la realización. El deseo implica esfuerzo por ser, por
devenir, y con la terminación del devenir desaparece la lucha por realizarse.
En las montañas uno tiene
que estar solo. Debe ser encantador tener lluvia en medio de las montañas y ver
caer las gotas en el plácido lago. Sentir como brota el olor de la tierra
cuando llueve, y después escuchar el croar de las numerosas ranas. Hay un
extraño encantamiento en los trópicos cuando llueve. Todo queda bañado y
limpio; la lluvia lava el polvo sobre la hoja; los ríos reviven y se oye el
ruido de los torrentes. Los árboles lanzan brotes verdes, donde había tierra
desnuda surge la nueva hierba silvestre. Miles de insectos salen de ninguna
parte y el suelo reseco se alimenta y la tierra se ve satisfecha y en paz. El
sol parece haber perdido su cualidad penetrante y la tierra se ha vuelto verde,
un lugar de belleza y abundancia. El hombre sigue labrando su propia desdicha,
pero la tierra es rica una vez más y hay encantamiento en el aire.
Es extraño cómo casi todos
desean reconocimiento y alabanza ‑ser reconocidos como un gran poeta, como un
filósofo, algo que incremente el propio ego. Eso produce una gran
satisfacción, pero significa muy poco. El reconocimiento nutre la propia
vanidad y tal vez el propio bolsillo. Y después, ¿qué? Eso lo pone a uno aparte
de los demás, y la separación engendra sus propios problemas en aumento
permanente. Aunque pueda darnos satisfacción, el reconocimiento no es un fin en
sí mismo. Pero casi todos están atrapados en el anhelo de ser reconocidos, de
realizarse, de lograr esto o aquello. Y entonces es inevitable el fracaso con
la desdicha que lo acompaña. Lo que verdaderamente importa es estar libres
tanto del éxito como del fracaso. Desde el principio mismo no buscar un
resultado, hacer lo que uno ama; y el amor no tiene recompensa ni castigo. Si
hay amor, esto es realmente muy sencillo.
Qué poca atención
prestamos a las cosas que nos rodean, qué poco las observamos y consideramos.
Estamos tan concentrados en nosotros mismos, tan ocupados con nuestras
ansiedades, con nuestros propios beneficios, que no tenemos tiempo para
observar y comprender. Esta ocupación hace que nuestra mente se embote y se
fatigue, que se llene de frustración y dolor. Y entonces queremos escapar del
dolor. En tanto esté activo el yo, tiene que haber fatiga, torpeza y
frustración. La gente está atrapada en una carrera loca, en la desdicha del
dolor egocéntrico. Este dolor es profunda irreflexión. Los que son reflexivos,
los que se hallan despiertos y alertas, están libres de este dolor.
Qué bello es un río. Un
país que no tiene un río rico, amplio, ondulante, no es un país en absoluto.
Sentarse en la orilla de un río y dejar que las aguas fluyan al lado de uno,
observar las suaves ondas y escuchar cómo bañan las márgenes; ver a las
golondrinas cuando tocan la superficie y atrapan insectos; y en la distancia,
al otro lado del río, en la orilla opuesta, escuchar voces humanas o a un
muchacho que toca la flauta en un tranquilo atardecer, acalla todo el ruido que
a uno lo rodea. De algún modo, las aguas parecen purificarlo a uno, limpian el
polvo de los recuerdos de ayer, y dan a la mente esa cualidad que es su propia
pureza, tal como el agua es, en sí misma, pura. Un río lo recibe todo ‑las
alcantarillas, los cadáveres, la suciedad de las ciudades por las que pasa y
no obstante se limpia a sí mismo de todo eso a las pocas millas. Lo recibe todo
y permanece siendo él mismo, sin preocuparse de distinguir lo puro de lo
impuro. Son sólo las charcas, las pozas pequeñas las que se contaminan pronto,
porque no están vivas, porque no fluyen como los amplios, dulcemente aromáticos
ríos ondulantes. Nuestras mentes son pequeñas charcas que pronto pierden su
pureza. Es esa pequeña charca llamada mente, la que juzga, sopesa, analiza y
con todo, permanece siendo la pequeña poza de irresponsabilidad que es.
El pensamiento tiene una
raíz o raíces, el pensamiento mismo es la raíz. La reacción debe existir, o de
lo contrario hay muerte; pero el problema consiste en ver que esta reacción no
extienda su raíz dentro del presente o del futuro. El pensamiento está obligado
a surgir, pero es esencial advertirlo y terminar con él inmediatamente. Pensar sobre el pensamiento, examinarlo, jugar en
torno a él, es extenderlo, arraigarlo. Es realmente importante comprender esto.
Ver cómo la mente piensa acerca del pensamiento, es reaccionar al hecho. La
reacción es tristeza, etc. Comenzar a sentirse triste, pensar en el regreso
futuro, contar los días, etc., es dar raíces al pensamiento acerca del hecho. Así
la mente echa raíces, y después el arrancarlas se vuelve otro problema más,
otra idea. Pensar en el futuro es echar raíces en el suelo de la incertidumbre.
Estar realmente solos, no
con los recuerdos y los problemas de ayer sino solos y dichosos, estar solos
sin ninguna compulsión externa ni interna, es permitir que la mente permanezca
sin interferencia alguna. Estar solos. Tener la cualidad del amor hacia un
árbol, estar a solas con él, protegerlo. Estamos perdiendo el sentimiento por
los árboles, y así estamos perdiendo el amor por el hombre. Cuando no podemos
amar la naturaleza, no podemos amar al hombre. Nuestros dioses se han vuelto
muy pequeños y mezquinos, y así es nuestro amor. Nuestra existencia es
mediocre, pero están los árboles, los cielos abiertos y las inextinguibles
riquezas de la tierra.
Usted tiene que tener una
mente clara, una mente libre que no esté atada a cosa alguna, esto es esencial;
y uno no puede tener una mente clara, penetrante, si hay temor de alguna clase.
El miedo traba la mente. Si la mente no se enfrenta a los problemas que ella
misma ha creado, no es una mente clara, profunda. Afrontar las propias
peculiaridades, darnos cuenta de nuestros impulsos internos, reconocer todo
esto sin ninguna resistencia, es tener una mente profunda y clara. Sólo
entonces puede haber una mente sutil, no sólo aguda. Una mente sutil no se
apresura; vacila. No es una mente que saca conclusiones, que emite juicios o
formulaciones. Esta sutileza es fundamental. La mente tiene que saber escuchar
y esperar, moverse con lo profundo. Esto no es para lograrse al final, sino que
esta cualidad de la mente tiene que estar ahí desde el principio mismo. Usted
puede tenerla, concédale una plena y profunda oportunidad de florecer.
Penetrar en lo desconocido,
no dar nada por sentado, no suponer nada, estar libres para descubrir; sólo
entonces puede haber hondura y, comprensión. De lo contrario, uno permanece en
la superficie. Lo que importa no es comprobar o refutar un punto, sino
descubrir la verdad.
La verdad del cambio se
comprende cuando sólo existe ‘lo que es’. ‘Lo que es’ no es diferente del
pensador. El pensador es ‘lo que es’, no está separado de ‘lo que es’.
No es posible hallarse en
paz si hay cualquier clase de deseo, cualquier esperanza de algún estado
futuro. El sufrimiento es lo que sigue al deseo, y la vida está generalmente
llena de deseos; incluso alimentar un solo deseo lleva a incesante desdicha.
Porque el liberarse de ese único deseo, aun el saber que ese deseo requiere
atención, es para la mente un asunto bastante serio. Cuando lo descubra no deje
que se convierta en un problema. Prolongar el problema es permitirle que eche
raíces. No deje que arraigue. El único deseo es el único dolor. Oscurece la
vida; hay frustración y angustia. Sólo esté atenta al deseo y sea sencilla al
respecto.
A través de esta finca
pasa un arroyo. No es un agua tranquila que corre apaciblemente hacia el gran
río, sino un torrente animado y ruidoso. Toda esta región que nos rodea aquí es
cerril, el torrente tiene más de una cascada y en un lugar hay tres cascadas a
diferentes profundidades. La más elevada es la que hace el ruido, es la más
audible, las otras dos no se aprecian pero se escuchan en un tono menor. Estas
tres cascadas están distintamente espaciadas, de modo que el movimiento del
sonido es constante. Uno tiene que prestar atención para escuchar la música. Es
una orquesta tocando en medio de las huertas, bajo los cielos abiertos. La
música está ahí. Uno tiene que descubrirla, tiene que prestar atención, tiene
que acompañar el fluir de las aguas para escuchar su música. Uno tiene que ser
lo total a fin de escucharla ‑los cielos, la tierra, los altísimos árboles, los
verdes campos y las rápidas aguas. Sólo entonces la escuchará. Pero todo esto
es demasiada molestia; uno va, compra un boleto y se sienta en una sala rodeado
por la gente, y la orquesta toca y alguien canta. Ellos hacen todo el trabajo
por uno; alguien compone la canción, la música, otro toca o canta, y u no paga
por escuchar. Todo en la vida, excepto para unas pocas cosas, es de segunda,
tercera o cuarta mano ‑los dioses, los poemas, la política, la música. Y así
nuestra vida está vacía. Estando vacía tratamos de llenarla ‑con la música,
con los dioses, con el amor, con formas de escape, y el mismo llenar la vida es
el vaciarla. Pero la belleza no es para comprarse. Pocos son, pues, los que
anhelan belleza y bondad, y el hombre se satisface con cosas de segunda mano.
Desechar todo eso es la única y verdadera revolución; sólo entonces surge lo
creativo de la realidad.
Es extraño cómo el hombre
insiste en la continuidad de todas las cosas; en las relaciones, en la
tradición, en la religión, en el arte. No hay un desprenderse de todo y empezar
otra vez de nuevo. Si el hombre no tuviera un libro, ni un líder, ni a alguien
a quien copiar o seguir como ejemplo, si estuviera completamente solo,
despojado de todo su conocimiento, tendría que comenzar desde el principio. Por
supuesto, este completo despojarse uno mismo de todo, tiene que ser absoluta y
plenamente espontáneo y voluntario; de otro modo puede uno enloquecer o
forzarse hacia algún tipo de neurosis. Como solamente muy pocos parecen ser
capaces de afrontar esta completa soledad, el mundo continúa con la tradición ‑en
su arte, en su música, su política, sus dioses lo cual engendra perpetua
desdicha. Esto es lo que realmente ocurre en el mundo. No hay nada nuevo, sólo
oposición y contra oposición ‑en la religión continúa la vieja fórmula del
dogma y el temor; en las artes está el esfuerzo por encontrar algo nuevo. Pero
la mente no es nueva, es la misma mente vieja agobiada por la tradición, el
miedo, el conocimiento y la experiencia, esforzándose en pos de lo nuevo. Es la
mente misma la que debe desnudarse totalmente para que lo nuevo sea. Esta es la
verdadera revolución.
El viento está soplando
desde el sur, hay nubes oscuras y lluvia, todo sigue adelante, extendiéndose y
renovándose sin cesar.
El granjero que vive cerca
de aquí tenía un hermoso conejo, vivaz y saltarín. Su esposa se lo trajo, y una
de las mujeres dijo: “No puedo mirar”, y el hombre lo mató y unos minutos
después eso que estaba vivo, con una luz en sus ojos, era despellejado por las
mujeres. Aquí, como en otras partes del mundo; están acostumbrados a matar
animales, la religión no les prohíbe hacerlo. En la India, donde por siglos a
los niños se les enseña ‑al menos en el sur, entre los brahmines a no matar,
lo cruel que es matar, hay muchos niños que, cuando crecen, están obligados por
las circunstancias a cambiar su cultura de la mañana a la noche; comen carne,
se convierten en oficiales de las fuerzas armadas para matar y ser muertos. De
la mañana a la noche cambian sus valores. Un patrón particular de cultura con
siglos de existencia se destruye, y uno nuevo ocupa su lugar. El deseo de estar
seguros, en una forma u otra, es tan dominante que la mente se ajustará a
cualquier patrón que pueda darle certidumbre y seguridad. Pero la seguridad no
existe; y cuando uno realmente comprende esto, hay algo por completo diferente
que crea su propio estilo de vida. Esa vida no puede comprenderse ni copiarse;
todo lo que uno puede hacer es comprender, advertir claramente los hábitos de
seguridad, lo cual trae consigo su propia libertad.
La tierra es hermosa, y
cuanto más sensible y perceptivo es uno a ella, más hermosa es. El color, las
variedades de verdes, los amarillos. Es asombroso lo que uno descubre cuando
está a solas con la tierra. No sólo los insectos, los pájaros, la hierba, las
variedades de flores, las rocas, los colores y los árboles, sino los
pensamientos, si es que uno los ama. Jamás estamos a solas con nada. Ni con
nosotros mismos ni con la tierra. Es fácil estar a solas con un deseo; no
resistirlo mediante un acto de la voluntad, no dejarle que escape a través de
alguna acción, no permitir que se satisfaga, no crear su opuesto por la
justificación o la condena, sino estar a solas con él. Esto genera un estado
muy extraño sin acción alguna de la voluntad. Es esta voluntad la que crea
resistencia y conflicto. Estar a solas con un deseo, produce una transformación
en el deseo mismo. Juegue con esto y descubra lo que ocurre; no fuerce nada,
sólo considérelo tranquilamente.
¿La educación? ¿Qué
entendemos por educación? Aprendemos a leer y escribir, adquirimos una técnica
necesaria para ganarnos la vida, y después se nos lanza al mundo. Desde la
infancia nos dicen qué debemos hacer, qué debemos pensar; y en lo interno
estamos profundamente condicionados por lo social y por la influencia del
ambiente.
Estuve pensando si podemos
educar al hombre en lo externo pero dejando el centro libre. ¿Podemos ayudar al
hombre a liberarse internamente y estar siempre libre? Porque es sólo en
libertad que puede ser creativo y, por tanto, feliz. De lo contrario, la vida
se convierte en un asunto muy tortuoso, una batalla interna y, por
consiguiente, externa. Pero estar libres internamente requiere una atención y
una sabiduría asombrosas; y pocos son los que ven la importancia de esto. Nos
interesamos en lo externo, no en la creatividad. Pero para cambiar todo esto,
tiene que haber al menos unos pocos que comprendan la necesidad de este cambio,
que estén dando origen a esta libertad dentro de sí mismos. Es éste un mundo
muy extraño.
Lo que importa es un
cambio radical en el nivel inconsciente. Ninguna acción consciente de la
voluntad puede afectar el inconsciente. Como lo consciente no puede afectar las
búsquedas, los deseos y los instintos inconscientes, la mente consciente tiene
que serenarse, aquietarse, y no tratar de forzar al inconsciente para que se
amolde a algún patrón particular de acción. El inconsciente tiene su propio
patrón de acción, su propia estructura dentro de la cual funciona. Esta
estructura no puede ser rota por ninguna acción externa, y la voluntad es un acto
externo. Si esto se ve y se comprende de verdad, la mente externa se aquieta; y
a causa de que no hay una resistencia establecida por la voluntad, uno
descubrirá que el denominado inconsciente comienza a liberarse a sí mismo de
sus propias limitaciones. Sólo entonces hay una transformación radical de todo
el ser del hombre.
La dignidad es una cosa
muy rara. Un cargo o una posición de respeto, otorgan dignidad. Es como ponerse
encima un abrigo. El abrigo, el traje, el puesto, dan dignidad. Un título o una
posición dan dignidad. Pero desnúdese al hombre de estas cosas, y muy pocos
tienen esa condición de dignidad que surge cuando uno está internamente libre,
cuando en lo interno es como la nada. Ser algo o alguien es lo que el hombre
anhela, y ese algo le da una posición respetable en la sociedad. Pone al hombre
en alguna clase de categoría ‑inteligente, rico, un santo, un físico; pero si
él no puede ser puesto en una categoría que la sociedad reconoce, es una
persona excéntrica. La dignidad no puede asumirse ni cultivarse, y estar
consciente de la propia dignidad es estar consciente del propio yo, que es tan
pequeño y mezquino. Ser verdaderamente nada, es estar libre de esa idea misma.
Esa es la verdadera dignidad, no el pertenecer a un estado o a una condición
particular. Esta dignidad no nos la pueden quitar, está siempre ahí.
El verdadero estado de
percepción alerta consiste en permitir que la vida fluya libremente, sin que
quede ningún residuo. La mente humana es como un tamiz que retiene algunas cosas
y deja pasar otras. Lo que retiene, es la medida de sus propios deseos; y los
deseos, por profundos, vastos o nobles que sean, son pequeños, son mezquinos,
porque el deseo es cosa de la mente. La completa atención implica no retener
cosa alguna, sino poseer la libertad de la vida, que fluye sin restricción ni
preferencia alguna. Siempre estamos reteniendo o eligiendo las cosas que
significan algo para nosotros, y aferrándonos perpetuamente a ellas. A esto lo
llamamos experiencia, y a la multiplicación de experiencias la llamamos riqueza
de la vida. La riqueza de la vida es estar libre de la acumulación de
experiencias. La experiencia que queda, que uno retiene, impide ese estado en
que no existe lo conocido. Lo conocido no es el tesoro, pero la mente se aferra
a eso, con lo cual destruye o profana lo desconocido.
La vida es una cosa
extraña. Afortunado el hombre que nada es.
Somos, al menos lo es la
mayoría de nosotros, criaturas que nos caracterizamos por nuestros estados de
ánimo y por la manera en que estos varían. Pocos escapamos de ello. En algunos,
la causa es la condición corporal, en otros un estado mental. Nos gusta este
estado cambiante, pensamos que este movimiento del ánimo forma parte de la
existencia. O uno simplemente flota a la deriva, de un estado de ánimo a otro.
Pero hay unos pocos que no están presos en este movimiento, que se hallan
libres de la batalla del devenir, de modo tal que internamente existe una
firmeza que no es producto de la voluntad, una estabilidad que no es cultivada,
que no es la estabilidad del interés concentrado ni es producto de ninguna de
estas actividades. Llega a uno únicamente cuando cesa la acción de la voluntad
egocéntrica.
El dinero estropea a la
gente. El rico posee una peculiar arrogancia. Con muy pocas excepciones, en
todos los países, los ricos tienen esa atmósfera peculiar de poder doblegarlo
todo a su antojo, incluso a los dioses y ellos pueden comprar sus dioses. La
capacidad le confiere al hombre una extraña sensación de libertad. También siente
que está por encima de otros, que es diferente; todo esto le da un sentimiento
de superioridad, se sienta cómodamente y observa cómo otros se retuercen;
olvida su propia ignorancia, la oscuridad de su propia mente. El dinero y la
capacidad ofrecen un escape muy bueno de esta oscuridad. Después de todo, el
escape es una forma de resistencia, la cual engendra sus propios problemas. La
vida es una cosa extraña. Afortunado el hombre que nada es.
Enfréntese a las cosas con
facilidad, pero internamente hágalo en un estado de plenitud y alerta. No deje
que se escape un instante sin haber estado totalmente atenta a lo que ocurre
dentro y alrededor de usted. Esto es lo que implica ser sensible, no a una cosa
o dos, sino ser sensible a todo. Ser sensible a la belleza y resistir la
fealdad, es engendrar conflicto. ¿Sabe? cuando uno observa percibe que la mente
está siempre juzgando ‑esto es bueno y aquello es malo, esto es blanco y eso es
negro juzgando a la gente, comparando sopesando, calculando. La mente está
perpetuamente inquieta. ¿Puede la mente vigilar, observar sin juzgar, sin
calcular? Percibir las cosas sin nombrarlas; sólo vea si la mente puede
hacerlo.
Juegue con esto. No lo
fuerce, deje que la mente se observe a sí misma. Casi todos los que intentan
ser sencillos empiezan con lo externo, descartando, renunciando, etcétera; pero
en lo interno siguen siendo complejos. Con la sencillez interna, lo exterior se
corresponde con lo interno. Ser sencillo internamente es estar libre del
apremio por el ‘más’, es no pensar en términos de tiempo, de progreso, de
éxito. Ser sencilla implica para la mente librarse de todos los resultados,
vaciarse de todo conflicto. Esta es la verdadera sencillez.
¿Puede la mente dejar de
batallar entre lo bello y lo feo, dejar de aferrarse a lo uno y desechar lo
otro? Este conflicto la vuelve insensible y exclusiva. Cualquier intento por
parte de la mente para encontrar una línea indefinida entre lo bello y lo feo,
sigue siendo parte de lo uno o de lo otro. El pensamiento no puede, haga lo que
haga, librarse de los opuestos; es el pensamiento mismo el que ha creado lo
bello y lo feo, lo bueno y lo malo. No puede, por tanto, librarse de sus
propias actividades. Todo cuanto puede hacer es quedarse quieto, no optar. La
opción es conflicto y la mente se halla de vuelta metida en sus propios
enredos. Cuando la mente está quieta, se ha liberado de la dualidad.
Hay enorme descontento, y
pensamos que una ideología ‑el comunismo u otra va a resolverlo todo, que
incluso desterrará el descontento, cosa que jamás puede hacer. El comunismo o
cualquier otro condicionamiento, como el de la religión organizada, jamás
podrán terminar con el descontento; pero tratamos en todas las formas posibles
de sofocarlo, de moldearlo, de contentarlo, sin embargo, está siempre ahí.
Pensamos que está mal sentirnos descontentos, que no es normalmente correcto,
y, sin embargo, no podemos deshacernos del descontento. Este tiene que ser
comprendido. Comprender no es condenar. De modo que investíguelo realmente,
obsérvelo sin deseo alguno de cambiarlo. Esté alerta al descontento mientras
éste opera durante el día, perciba sus modalidades y esté a solas con él.
La libertad llega cuando
la mente está sola. Nada más que por el gusto de hacerlo, mantenga la mente
quieta, libre de todo pensamiento. Juegue con ello, no lo convierta en un
asunto muy grave; esté atenta sin ningún esfuerzo, deje que la mente se
aquiete.
La frustración existe en
tanto uno esté buscando la realización personal. El placer de realizarse es un
deseo constante, y nosotros queremos la continuidad del placer. La terminación
de ese placer es frustración, y en ello hay dolor. Entonces la mente busca otra
vez la realización en distintas direcciones, y otra vez se encuentra con la
frustración. Esta frustración es el movimiento de la conciencia egocéntrica,
que es aislamiento, separación, sentimiento doloroso de soledad. La mente
quiere escapar de todo esto otra vez hacia alguna forma de realización. La
lucha por realizarse engendra el conflicto de la dualidad. Cuando la mente ve
la verdad de lo inútil que es la realización personal, cuando ve que en ella
hay siempre frustración, sólo entonces puede permanecer en ese estado de
soledad del cual no hay modo de escapar. Cuando la mente se halla en este
estado de soledad, sin ningún escape, sólo entonces se libera de la
frustración. La separación existe a causa del deseo de realizarse; la
frustración es separación.
Ahora no debe haber ningún
tipo de choques emocionales, ni siquiera los más fugaces. Estas reacciones
psicológicas afectan el cuerpo con sus efectos adversos. Sea íntegra; no
‘trate’ de serlo, sea íntegra. No dependa de nadie ni de nada, no dependa de
ninguna experiencia, de ningún recuerdo; la dependencia del pasado, por
agradable que éste haya sido, sólo impide la integridad en el presente. Esté
atenta, y deje que esa atención se mantenga intacta, constante, aunque sea por
un minuto.
El dormir es esencial;
durante el sueño parece que uno alcanza profundidades desconocidas, profundidades
que la mente consciente jamás puede tocar ni experimentar. Aunque no se pueda
recordar la experiencia extraordinaria de un mundo que está más allá de lo
consciente y lo inconsciente, ello tiene su efecto sobre la conciencia total de
la psique. Es probable que esto no esté muy claro, pero sólo léalo y juegue con
ello. Yo siento que hay ciertas cosas que nunca pueden expresarse claramente.
No hay palabras adecuadas para ellas, y sin embargo esas cosas están ahí.
Especialmente para usted,
es importante tener un cuerpo que no esté sometido a ninguna enfermedad.
Voluntariamente y con facilidad, debe desechar todas esas remembranzas e
imágenes placenteras, de modo que su mente esté libre e incontaminada para lo
real. Hágalo, por favor, preste atención a lo escrito aquí. Todas las
experiencias, todos los pensamientos deben terminar cada día, cada minuto, a
medida que surgen, de modo que la mente no extienda raíces hacia el futuro.
Esto es realmente importante, porque ésta es la verdadera libertad. De esta manera
no hay dependencia, porque la dependencia es causa de dolor, afecta lo físico y
engendra resistencia psicológica. Y, como usted dijo, la resistencia crea
problemas ‑realizarse, llegar a ser perfecto, etcétera. La búsqueda implica
lucha, empeño, esfuerzo; este esfuerzo, esta lucha, terminan invariablemente en
la frustración ‑deseo algo o deseo ser algo y en el proceso mismo de obtener
el éxito está la apetencia por el más; y como el más nunca está a la vista,
siempre existe un sentimiento de frustración. Por lo tanto, hay dolor. Y
entonces uno se vuelve nuevamente hacia otra forma de realización personal con
sus consecuencias inevitables. Las implicaciones de la lucha, del esfuerzo, son
enormes. ¿Por qué busca uno? ¿Por qué la mente está buscando sin cesar, y qué
es lo que la hace buscar? ¿Sabe usted, se da cuenta de lo que está buscando? Si
es así advertirá que el objeto de su búsqueda varía de un período a otro.
¿Alcanza a ver el significado de la búsqueda, con sus frustraciones y su dolor?
¿Se da cuenta de que cuando encuentra algo que es muy gratificante, hay
estancamiento con sus alegrías y sus temores, con su progreso y su devenir? Si
usted advierte que está buscando, ¿es posible que la mente deje de buscar? Y si
la mente no busca, ¿cuál es la respuesta inmediata, real de una mente que no
busca?
Juegue con esto, descubra;
no fuerce nada, no deje que la mente se restrinja a alguna experiencia
particular, porque entonces la mente engendrará su propia ilusión.
He visto a una persona que
se está muriendo. ¡Qué atemorizados estamos ante la muerte! Lo que en realidad
nos atemoriza es el vivir, no sabemos cómo vivir; conocemos el dolor, y la
muerte es para nosotros sólo el dolor final, Dividimos la vida como el vivir y
el morir. Así tiene que existir el desconsuelo de la muerte, con su separación,
su dolorosa soledad, su aislamiento. La vida y la muerte son un solo
movimiento, no son estados aislados. Vivir es morir, morir para todas las
cosas, renacer cada día. Esta no es una afirmación teórica, sino algo que debe
vivirse y experimentarse. Es la voluntad egocéntrica, este constante deseo de
ser esto o aquello, la que destruye el puro ‘ser’. Este ‘ser’ es por completo
diferente del sopor de la satisfacción, de la realización personal o de las
conclusiones de la razón. Este ‘ser’ es ajeno al ‘sí mismo’. Una droga, un
interés, una absorción en algo, una completa ‘identificación’, pueden producir
un estado que se desea, el cual sigue siendo conciencia de uno mismo. El
verdadero ser es la terminación del deseo‑voluntad. Juegue con estos
pensamientos y experimente alegremente con ellos.
Es una temprana madrugada
sin nubes; el cielo es muy puro, suave y azul. Todas las nubes parecen haber
desaparecido, pero pueden presentarse otra vez durante el día. Después de este
frío, del viento y la lluvia, de nuevo estallará la primavera. Esta ha estado
prosiguiendo suavemente a pesar de los fuertes vientos, pero ahora cada hoja,
cada retoño, se regocijarán. ¡Qué cosa tan bella es la tierra! ¡Qué hermoso es
todo lo que brota de ella ‑las rocas, los torrentes, los árboles, la hierba,
las flores, las infinitas cosas que produce! Sólo el hombre genera aflicción,
sólo él destruye su propia especie; sólo él explota a su prójimo, tiraniza y
mata. Es el más desdichado y sufriente, el más inventivo, y el conquistador del
tiempo y del espacio. Pero con todas sus capacidades, a pesar de sus hermosos
templos e iglesias, de sus mezquitas y catedrales, vive sumido en su propia
oscuridad. Sus dioses son sus propios miedos, y sus amores sus propios odios.
¡Qué mundo maravilloso podríamos hacer de éste, sin nuestras guerras, sin
nuestros miedos! Pero de qué sirve la especulación, no sirve de nada.
Lo real es el descontento
del hombre, el inevitable descontento. Es una cosa preciosa, una joya de gran
valor. Pero uno le tiene miedo, lo disipa, lo utiliza o permite que se lo
utilice para producir ciertos resultados. El hombre le teme al descontento,
pero éste es una joya preciosa que él no valora. Viva con el descontento,
obsérvelo día tras día sin interferir con sus movimientos; entonces es como una
llama que quema todas las impurezas, dejando aquello que no tiene morada ni
medida. Lea muy atentamente todo esto.
El hombre rico tiene más
que suficiente, y el pobre pasa hambre y durante toda su vida no hace otra cosa
que buscar comida, esforzarse y trabajar. Uno que nada posee, hace de su vida o
permite que la vida haga de sí misma algo precioso, creativo; y otro, que posee
todas las cosas de este mundo, disipa la vida y la marchita. Démosle a un
hombre un pedazo de tierra y la hará bella y productiva; otro la descuidará y
dejará que muera, tal como él mismo está muriendo. Tenemos capacidades
infinitas en todos los sentidos para descubrir lo innominado o para producir el
infierno en la tierra. Pero por alguna razón, el hombre prefiere engendrar odio
y antagonismo. ¡Es tanto más fácil odiar, ser envidioso! y como la sociedad se
basa en la exigencia del ‘más’, los seres humanos se deslizan en todas las
formas de adquisitividad y así hay una perpetua lucha, que justificamos y
consideramos noble.
La riqueza ilimitada está
en una vida sin lucha, sin el ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin
opciones. Pero esa vida es difícil e imposible cuando toda nuestra cultura es
el resultado de la lucha y del ejercicio de la voluntad personal. Sin la acción
de esta voluntad, para casi todos los que viven hay muerte. Sin alguna clase de
ambición, la vida no tiene sentido casi para nadie.
Existe una vida sin el
ejercicio de la voluntad egocéntrica, sin las opciones. Esta vida surge cuando
la vida de la voluntad egocéntrica llega a su fin. Espero que no le moleste
leer todo esto; si no le molesta, entonces léalo y escúchelo con agrado.
El sol está tratando de
irrumpir entre las nubes, y probablemente logrará hacerlo durante el día. Un
día es primavera y al día siguiente es casi invierno. El tiempo representa los
cambiantes estados de ánimo del hombre, hacia arriba y hacia abajo, oscuridad y
luz temporaria. ¿Sabe?, es extraño cómo deseamos libertad y lo hacemos todo
para esclavizarnos. Perdemos toda nuestra iniciativa. Acudimos a otros para que
nos guíen, nos ayuden a ser generosos, pacíficos; acudimos a los gurús, a los
maestros, a los salvadores, a los meditadores. Alguno escribe la gran música,
otro la toca, la interpreta a su propio modo, y nosotros la escuchamos,
gozándola o criticándola. Somos el público que observa a los actores, a los
jugadores de fútbol, o que mira la pantalla del cine. Otros escriben los poemas
y nosotros los leemos; otros pintan y nosotros nos embobamos con sus pinturas.
No tenemos nada, y entonces nos volvemos hacia otros para que nos entretengan,
nos inspiren, nos guíen o nos salven. Más y más la civilización moderna nos
está destruyendo, nos vacía de toda creatividad. Nosotros mismos estamos
internamente vacíos y acudimos a otros para que nos enriquezcan; y de este
modo, nuestro semejante saca ventaja de esto para explotarnos, o nosotros nos
aprovechamos de él.
Cuando uno se da cuenta de
las múltiples implicaciones que envuelve el acudir a otros, esa libertad misma
es el principio de la creatividad. Esa libertad es la verdadera revolución, y
no la falsa revolución de los arreglos sociales o económicos, la cual es otra
forma de esclavitud.
Nuestras mentes fabrican
pequeños castillos de seguridad. Queremos estar seguros de todo, seguros de
nuestras relaciones, de nuestras realizaciones, de nuestra esperanza y de
nuestro futuro. Nos construimos estas prisiones internas, y ¡pobre del que nos
perturbe! Es extraño cómo la mente está buscando siempre una zona en la que no
haya ningún conflicto ni perturbación alguna. Nuestro vivir es la constante
destrucción y reconstrucción, en diferentes formas, de estas zonas de
seguridad. De este modo nuestra mente se embota y se desgasta. La libertad
consiste en no tener seguridad de ninguna clase.
Es realmente asombroso
poseer una mente silenciosa y muy serena, en la que no haya ni una onda de
pensamiento. Desde luego, la quietud de una mente muerta no es una mente en
calma. La mente suele aquietarse por la acción de la voluntad. Pero, ¿puede
alguna vez permanecer profundamente silenciosa en la totalidad de su
estructura? Es realmente maravilloso lo que ocurre cuando la mente se encuentra
de este modo silenciosa. En ese estado cesa toda conciencia como conocimiento y
reconocimiento. La búsqueda instintiva de la mente, la memoria, ha llegado a su
fin. y es muy interesante observar cómo la mente hace todo lo posible para
capturar ese estado inexpresable por medio del pensar, de la verbalización, del
perfeccionamiento de los símbolos. Pero para que este proceso termine de manera
natural y espontánea, es preciso morir para todas las cosas. Uno no desea
morir, y así siempre se está desarrollando una lucha, y a esta lucha la
llamamos vida. Es curioso cómo casi todos quieren impresionar a otros, con sus
logros, con sus capacidades, con sus libros ‑por cualquier medio buscan
afirmarse a sí mismos.
¿Cómo está todo? ¿Son sus
días más rápidos que la lanzadera de un telar? ¿Vive usted en un solo día un
millar de años? Es curioso, pero para la mayoría de las personas el
aburrimiento es una cosa muy real; tienen que estar haciendo algo, tienen que
ocuparse en alguna cosa, una actividad, un libro, la cocina, los ‘Hijos de
Dios’. De lo contrario, están consigo mismas, y eso es muy aburrido. Cuando
están consigo mismas se vuelven egocéntricas, malhumoradas o se enferman, Una
mente desocupada ‑no una mente nula en blanco, sino una mente en estado de
alerta pasivo, una mente por completo vacía es una mente fresca capaz de
posibilidades infinitas. Los pensamientos son fatigosos, carecen de creatividad
y son más bien lerdos. Un pensamiento puede ser hábil, pero la habilidad es
como un instrumento afilado ‑pronto se desgasta; y es por eso que las personas
hábiles están embotadas.
Deje que exista una mente
vacía sin trabajar deliberadamente para ello. Deje que eso suceda, no lo
cultive. Lea esto con atención y permítale que ocurra. Leer o escuchar acerca
de la mente vacía es importante, y es fundamental cómo lee usted y cómo
escucha.
Es importante tener la
correcta clase de ejercicios, un buen dormir, y un día que sea significativo.
Pero nosotros nos deslizamos fácilmente en una rutina, y entonces funcionamos
en el cómodo patrón de la satisfacción personal, o en el patrón de una rectitud
que nos imponemos a nosotros mismos. Todos estos patrones conducen
inevitablemente a la muerte ‑un lento marchitarse de la vida. Pero tener un
día rico, en el cual no haya compulsión, ni miedo ni comparación ni conflicto,
sino un estar sencillamente alerta, tener un día así es ser creativo.
Vea, hay raros momentos en
que sentimos esto, pero la mayor parte de nuestra vida se compone de recuerdos
corrosivos, de frustración, de esfuerzos inútiles, y lo verdadero pasa inadvertido
junto a nosotros. La nube del embotamiento lo cubre todo, y lo verdadero se
desvanece.
Es realmente muy arduo
atravesar esta nube y emerger a la pura claridad de la luz. Sólo vea esto, y es
todo. No ‘trate’ de ser sencilla. Este tratar de ser, solamente engendra
complejidad y desdicha. El tratar de ser esto o aquello, es el devenir, y el
devenir es siempre el deseo con sus frustraciones.
¡Qué importante es
librarse de todo choque emocional, psicológico, lo cual no implica que uno haya
de volverse insensible contra el movimiento de la vida! Son estos choques
emocionales los que gradualmente erigen diversas resistencias psicológicas que
también afectan al cuerpo, generando distintas formas de enfermedad. La vida es
una serie de acontecimientos (deseados o no deseados); y en tanto
seleccionemos, escojamos lo que debemos retener y lo que debemos descartar,
tiene que haber inevitablemente conflicto (de dualidad), que es el choque
emocional. Estos controles insensibilizan la mente, el corazón; es un proceso
de encierro egocéntrico y, por tanto, hay sufrimiento. Permitir el movimiento
de la vida sin que haya opción ni impulso particular alguno ‑deseable o no
deseable que eche raíces, requiere una enorme percepción alerta. No es
cuestión de tratar de estar alerta todo el tiempo, lo cual es muy fatigoso,
sino comprender la necesidad de que haya una verdadera percepción alerta;
entonces verá que la misma necesidad opera sin que usted se fuerce para estar
alerta.
Uno puede viajar mucho,
haber sido educado en las mejores escuelas de diferentes partes del mundo;
puede tener los mejores alimentos, el mejor clima, la mejor instrucción; pero,
¿contribuye todo esto a la inteligencia? Uno conoce personas así; ¿son
inteligentes? Los comunistas, y también otros, como los católicos, están
tratando de controlar y moldear la mente. El propio moldear la mente tiene de
hecho ciertos efectos obvios ‑más eficiencia, una cierta rapidez y perspicacia
mental pero todas estas diferentes capacidades no generan inteligencia. Las personas
muy eruditas, aquellas que tienen abundancia de información, de conocimientos,
y las que tienen educación científica, ¿son
inteligentes? ¿No cree usted que la inteligencia es algo por completo
diferente? La inteligencia implica en realidad estar totalmente libres de
miedo. Aquellos cuya moralidad se basa en la seguridad ‑seguridad en todas las
formas no son morales, porque el deseo de seguridad es el resultado del miedo.
El miedo con su coacción a la que llamamos moralidad de hecho no es moral en
absoluto. Ser inteligente es estar por completo libre de miedo; y la
inteligencia no es respetabilidad, ni lo son las diversas virtudes cultivadas a
causa del miedo. En la comprensión del miedo hay algo que es por completo
distinto de las formulaciones de la mente.
Es bueno experimentar con
la identificación. ¿Cómo experimentamos con algo, con lo que fuere? De lo más
simple a lo más complejo. Decimos, “esto es mío” ‑mis sandalias, mi casa, mi
familia, mi trabajo y mi dios. Con la identificación viene la lucha por
retener. El retener aquello con lo que nos identificamos se convierte en un
hábito. Cualquier perturbación que pudiera romper ese hábito, es dolor, y
entonces luchamos para vencer ese dolor. Pero la identificación, el sentimiento
de ‘lo mío’, pertenece a algo que continúa. Si uno experimenta realmente con
esto, sólo estando alerta, sin ningún deseo de cambiarlo, sin opción alguna,
descubre cosas muy sorprendentes dentro de sí mismo. La mente es el pasado, la
tradición, los recuerdos que son el fundamento de la identificación. ¿Puede la
mente, tal como la conocemos ahora, funcionar sin el proceso de la
identificación? Descúbralo, juegue con ello; esté alerta a los movimientos de
identificación con las comunes cosas cotidianas, así como con las más
abstractas. Uno descubre cosas extrañas, ve cómo el pensamiento se debilita,
cómo se hace trampas a sí mismo.
Deje que la atención
alerta acose al pensamiento por los corredores de la mente poniéndolo al
descubierto, sin escoger jamás, siempre persiguiéndolo.
Es especialmente difícil,
desde el lugar en que uno se encuentra psicológicamente, no desear, no anhelar
ciertas cosas, ciertos acontecimientos, no comparar. Cualquiera que sea nuestra
condición, los deseos, los anhelos, las comparaciones continúan. Siempre
anhelamos más o menos de esto o de aquello, ansiamos continuar con algún placer
y evitar el dolor. Es realmente interesante preguntarse: ¿Por qué la mente crea
un centro de sí misma, alrededor del cual se mueve y tiene su existencia? La
vida es mil y una influencias, innumerables presiones, conscientes e
inconscientes. Entre estas presiones e influencias, escogemos unas y
descartamos otras, y así construimos gradualmente un centro. No dejamos que
todas estas presiones e influencias pasen junto a nosotros sin afectarnos. Cada
presión, cada influencia nos afecta, y el efecto que nos causa decimos que es
bueno o malo; no parecemos capaces de observar, de darnos cuenta de la
influencia sin tomar parte en ella de uno u otro modo, resistiéndola o acogiéndola.
Esta resistencia o esta buena acogida, contribuyen a formar el centro desde el
cual actuamos. ¿Puede la mente no crear este centro? La respuesta sólo es
posible encontrarla a través de la experimentación, no mediante forma alguna de
aceptación o rechazo. Por lo tanto, experimente y descubra. Con la terminación
de este centro, existe la verdadera libertad.
Uno se agita, está
ansioso, y a veces asustado. Estas cosas ocurren. Son los accidentes de la
vida. La vida es hoy un día nublado. El otro día fue claro y soleado, pero
ahora llueve, está nublado y hace frío; este cambio es el inevitable proceso
del vivir. La ansiedad, el miedo, de pronto se nos vienen encima; hay causas
para ello, ocultas o muy evidentes, y con un poco de percepción uno puede encontrar
esas causas. Pero lo importante es darse cuenta de estos sucesos o accidentes y
no dejarles que echen raíces, permanentes o temporarias. Uno da raíces a estas
reacciones cuando la mente compara, justifica, condena o acepta. Usted sabe,
uno tiene que estar internamente despierto todo el tiempo, sin ninguna tensión.
La tensión surge cuando deseamos un resultado, y lo que surge vuelve a crear
una tensión que también debe eliminarse. Permítale a la vida que fluya.
Es fatalmente fácil
acostumbrarse a cualquier cosa, a cualquier incomodidad, a cualquier
frustración, a cualquier satisfacción continua. Uno puede adaptarse a todas las
circunstancias, a la demencia o al ascetismo. A la mente le gusta funcionar en
surcos, en hábitos, y a esta actividad la llamamos el vivir. Cuando uno ve todo
esto rompe con ello y trata de llevar una vida sin amarras, sin intereses
personales. Estos intereses, si uno no está muy alerta, nos introducen de
vuelta en un patrón de vida. En todo esto verá usted que la voluntad egocéntrica,
la directiva, está funcionando ‑la voluntad de ser, de lograr, de devenir,
etcétera. Esa voluntad es el centro personal de la opción, y en tanto exista
esa voluntad, la mente sólo puede funcionar dentro de hábitos, ya sea creados
por ella misma o impuestos sobre ella. El verdadero problema es estar libres
del ejercicio de la voluntad. Uno puede jugar distintos trucos consigo mismo ‑que
está libre de la voluntad, del centro del yo, del escogedor pero ello
proseguirá bajo un nombre diferente, bajo un pretexto diferente. Cuando uno
comprende el verdadero significado del hábito, del acostumbrarse a las cosas,
del escoger, del nombrar, del perseguir un interés, etcétera, cuando hay una
percepción inteligente de todo esto, entonces ocurre el verdadero milagro, la
cesación de la voluntad egocéntrica. Experimente con esto, dése cuenta de esto
de instante en instante, sin deseo alguno de llegar a ninguna parte.
El cielo del sur y el
cielo del norte son extraordinariamente distintos. Aquí en Londres, para
variar, no hay una sola nube en el suave cielo azul, y los altísimos árboles
apenas si empiezan a mostrar su verde. La primavera está por comenzar. Aquí es
todo sombrío, no se nota alegría en la gente, como ocurre en el sur.
Una mente quieta pero muy
alerta, vigilante, es una bendición; es como la tierra, rica y con
posibilidades inmensas. Sólo cuando hay una mente así, que no compara, que no
condena, sólo entonces es posible que exista esa riqueza que es inmensurable.
No permita que la asfixie
el humo de la trivialidad, ni deje que el fuego se apague. Manténgase en
movimiento, arrancando, destruyendo, sin echar raíces jamás. No permita que
arraigue ningún problema, termine con ellos inmediatamente y despierte cada
mañana fresca, joven e inocente...
Sea prudente y definida
respecto de su salud; no permita que la emoción y el sentimiento interfieran
con su salud ni que empequeñezcan su propia acción. Hay demasiadas influencias
y presiones que de manera constante moldean la mente y el corazón; esté alerta
a ellas, atraviéselas sin volverse una esclava de ellas. Ser esclavo de algo es
ser mediocre. Manténgase despierta, en llamas.
Enfréntese al temor,
invítelo, no deje que le sobrevenga súbitamente, inesperadamente; afróntelo de
manera constante; persígalo con diligencia y deliberación. Espero que se
encuentre bien y que todo eso no haya dejado cicatrices en usted; probablemente
pueda curarse y tras ello proseguiremos. No permita que eso la asuste.
Profundamente, en lo
interno, puede que haya un lento marchitamiento, tal vez no esté usted
consciente de ello, o si lo está, quizá sea negligente al respecto. La ola del
deterioro está siempre encima de nosotros, sin importar de quién se trate.
Estar de frente a ella, afrontarla sin reaccionar y encontrarse fuera de ella,
requiere una gran energía. Esta energía llega solamente cuando no hay conflicto
de ninguna clase, ni consciente ni inconsciente. Esté muy alerta.
No permita que los
problemas arraiguen. Pase por ellos rápidamente, atraviéselos como a la
mantequilla. Que no dejen una huella, termine con ellos a medida que surgen.
Usted no puede evitar tener problemas, pero termine con ellos inmediatamente.
Ha habido en usted un
cambio bien nítido ‑una vitalidad más profunda, mayor claridad y fuerza;
consérvelas, déjelas que operen, déles una oportunidad de fluir extensa y
profundamente. Cualquier cosa que ocurra, no se deje sofocar por las
circunstancias, por la familia, por su propia condición física. Coma lo
apropiado, haga ejercicios, no se vuelva floja. Habiendo llegado a cierto
estado, prosiga, no se detenga ahí o sigue hacia adelante o experimentará un
retroceso. No puede permanecer estática. Durante muchos años se ha dejado
llevar por la ola interna, se ha apartado, pero ahora tiene que salir de ese
movimiento interno ‑conozca más gente, expándase.
He estado meditando
muchísimo, y eso ha sido bueno. Espero que usted también lo esté haciendo...
empiece por estar alerta a cada pensamiento... a cada sentimiento... todo el
día... y entonces los nervios y el cerebro se aquietan, se acallan... esto es
lo que no puede hacerse mediante el control... entonces realmente comienza la
meditación. Hágalo concienzudamente.
Cualquier cosa que suceda,
no permita que el cuerpo moldee la naturaleza de la mente ‑esté atenta al
cuerpo; coma lo correcto, permanezca consigo misma durante el día por algunas
horas no se deje estar y no sea una esclava de las circunstancias. Manténgase
tremendamente despierta.