Capítulo
XLIV
“LA
BUENA MENTE”
Mientras se encontraba en Bombay, en enero de 1.983, Krishnaji comenzó a
hablar de “la buena mente”. Nandini y yo estábamos cenando con él. Durante la
tarde anterior, en su plática había preguntado: “¿Cómo miran ustedes el vasto
movimiento de la vida? ¿Ven que cada uno es un ser humano relacionado con todos
los otros seres humanos? El cuerpo no separa jamás. No dice, ‘yo soy’. Es el
pensamiento el que separa”. Había estado hablando del caos en el mundo, y
preguntó si el hombre cuestiona alguna vez la raíz de todo este caos”. ¿Cómo
abordan ustedes el problema? ¿Cómo entran en contacto con un problema
semejante?” Nos atraía hacia él para que estableciéramos contacto con su mente.
“¿Pueden ustedes aproximarse y abrirse a la pregunta? Porque si permanecen
alejados, no están abiertos, no están atentos a la pregunta. ¿Pueden abordar la
pregunta sin ninguna dirección ni motivo? El motivo distorsiona la percepción.
Para descubrir cuál es la raíz del caos, la mente tiene que ser libre”.
Nos dijo: “La mayoría considera que una buena mente es una mente que ha
leído muchísimo, que está llena de conocimientos acerca de muchas cosas. Una
mente como la de Aldous Huxley, Gerard Heard y otros ‑ellos tenían mentes
enciclopédicas. En la India, ¿la buena mente sería la mente brahmínica? Uso la
palabra ‘brahmínica’ para incluir la corriente que el cerebro ha cultivado
durante siglos ‑para descubrir un cerebro que se ha vuelto, muy agudo, pero que
no ha perdido internamente la cualidad de lo profundo. Uno puede fabricar un
instrumento muy afilado; éste puede cortar, pero también ha de usarse para
cosas delicadas. ¿Comprenden? Una mente así ¿es una buena mente?” Hubo una
pausa. “La condición de una buena mente debe estar vinculada con la acción, con
la relación, con la profundidad. Grandes científicos llevan a veces vidas de lo
más vulgares. Son ambiciosos, codiciosos, se pelean entre sí por la posición y
el aplauso. ¿Dirían ustedes que ellos tienen buenas mentes?”
Respondí: “Una buena mente no significa por fuerza una vida buena. El
científico puede ser un gran científico, pero como ser humano puede ser un
desastre. Vea, señor, una mente buena de verdad, debe ser capaz de penetrar
meditativamente dentro de sí misma. Tal vez de esta meditación proviene el
discernimiento”.
“Sí”. K continuó: “¿Diría usted que una buena mente carece de un centro
a partir del cual esté actuando?” Hablaba haciendo muchas pausas, como siempre
que discutíamos algo serio. “Siendo el centro, el yo”. Formuló la pregunta y la
respondió él mismo: “Una buena mente no tiene yo. Cuando una mente se halla en
estado de completa atención, atendiendo, escuchando, no hay en ella lugar para
el yo. El yo se manifiesta después. La clave es el escuchar. Este escuchar es
uno de los grandes sustentadores del cerebro”. K estuvo escuchando y ponderando
lo expuesto; después habló nuevamente: “Vean, una buena mente debe tener
compasión. Debe tener un gran sentido de la belleza y ser capaz de actuar;
tiene que haber en ella una relación con lo verdadero, con lo justo. ¿Es
imposible encontrar mentes así? Aristóteles, Sócrates... ellos tenían buenas
mentes”.
Tenían mentes que podían cuestionar, penetrar en la materia, en la
energía. Para ello la mente ha de poseer una condición de totalidad”. Yo retaba
a Krishnaji.
“¿Diría usted que una buena mente es una mente holística?”, preguntó K.
“Cuando en la plática de ayer usted dijo que el cuerpo no separa, ésa
fue una declaración que jamás había hecho antes”, dije. “Luego siguió diciendo
que con esta mente, el instrumento adiestrado en lo tecnológico, en la
comprensión de los grandes conocimientos, en el estudio de las técnicas para
hacer cosas ‑con esta mente técnica el hombre es propenso al dolor. Y así el
dolor jamás se termina. Porque no hay relación alguna entre ambos. ¿Cómo surgen
estas percepciones? Su mente lanza percepciones todo el tiempo. ¿Cómo surgen?
¿Surgen cuando usted se encuentra sobre el estrado, o desarrolla eso antes?”
“Las percepciones, el discernimiento, se manifiestan todo el tiempo”, K
hizo una pausa. “Surgen constantemente cuando hay una conversación seria”. Otra
vez permaneció en silencio. “Vea, si la define demasiado ‑la buena mente-
entonces lo elimina todo. No debemos, pues, definirla demasiado claramente. Eso
la limita”.
“Y sin embargo la lógica es esencial ‑la mente debe moverse paso a paso.
Me pregunto qué harán de sus mentes en los siglos por venir”, comenté.
“¿Podemos decir que una mente sana, buena, posee una originalidad que va
contra la corriente?” K ignoró mi comentario y continuó con la pregunta:
“¿Sócrates? Él abogaba por algo”.
“Estamos hablando de una mente desde la cual fluye la compasión -de lo
contrario, ¿qué importancia tiene?”, pregunté.
“¿Cómo se origina una mente así?” Otra vez K inquiría. “¿Es el resultado
de la tremenda evolución de un grupo de mentes ‑la mente inquisitiva, que ha
cultivado el cerebro, la moralidad, la austeridad, por siglos y siglos? Pueden
no haber sido todos austeros, pero se desarrollaba en lo profundo de ellos el
movimiento interno. Tenemos que investigar si ese largo trasfondo de
investigación da origen al Buda”.
“¿Hay densidad interna y discernimiento en el trasfondo racial de la
mente?”, pregunté.
“Por supuesto”, dijo K. “O existe un depósito del bien que no tiene
ninguna relación con el mal. Ese depósito existe y, dada la oportunidad,
origina al Avatar, cualquier cosa que eso pueda significar. ¿De acuerdo? ¿O se
trata de lo otro? ¿Una conciencia de grupo que por siglos ha pensado y pensado
y pensado en ‘aquello’, y eso pudo haber producido al Buda?” Calló. “Estuve
pensando el otro día... los egipcios tenían el calendario 4.500 años a.C. Eso
no ocurrió de golpe. Tienen que haber tenido trasfondos tremendos para haber
producido eso. Puede ser que los hindúes contribuyeron a ello. Puede ser la
misma cosa ‑estas inmensas percepciones”.
“¿La convergencia de ellas?”, pregunté.
“Pienso que la buena mente debe ser absolutamente
libre. Puede conocer el temor, pero ha de haber una energía capaz de disiparlo.
¿Pueden los científicos almacenar una energía semejante?”
Le pregunté: “La ciencia, ¿nada tiene que ver con ‘lo otro’? ¿Puede el
científico terminar con su interés egocéntrico? ¿Puede disiparlo? El problema
es la actividad egocéntrica. ¿Depende ella de lo que uno hace?” Mi papel
consistía en tratar de formular la pregunta correcta.
“No. Vea, dicen que el Buda abandonó su casa, se convirtió en un sannyasi, ayunó, y finalmente llegó al
estado de Buda. Yo no acepto eso. El ayuno, las austeridades, nada tienen que
ver con lo otro”.
“Los budistas sostendrían que el Buda pudo pasar por todo eso, pero que
el estado de Buda no tiene nada que ver con eso”.
“Vea, hemos hecho de la austeridad un medio para llegar a ‘aquello’”
“¿Pero no es necesario reunir energía para ‘aquello’? ‘Aquello’ se
vuelve posible sólo cuando uno empieza por ver que la energía no se disipe. Eso
es esencial”, dije.
“Sea cauta. ‘Aquello’ significa un sentido de conocimiento propio y
percepción alerta. No diga que para eso ‘uno necesita energía’”. Se revelaba la sutileza de la mente de K.
“Pero tiene que haber una preparación del terreno”.
“Por supuesto”.
“Sus ojos y oídos tienen que estar abiertos. Eso puede no tener nada que
ver con la moralidad. Pero las energías que se disipan constantemente por el
chismorreo, las trivialidades, la actividad egocéntrica, tienen que dejar de
malgastarse”, dije.
“Eso sí”, respondió K. “Pero si usted dice que todas las actividades
egocéntricas tienen que cesar, entonces hay una relación entre ‘aquello’ y lo
otro. No existe tal relación”.
“Lo cual no significa que uno puede disipar la energía”.
“Uno no puede decir. ‘Eso tiene que
terminarse’”. K permanecía firme.
“¿Qué es, entonces, lo que uno puede decir, señor?”, pregunté.
“Yo soy egocéntrico, y usted me dice: ‘Eso tiene que terminarse’ ‑lo
cual también es devenir”, K me apremiaba.
“De acuerdo. ¿Su enseñanza tiene que ser enfocada, entonces, de un modo
diferente? ¿Es una enseñanza para el despertar de la vida, vida en la que se
manifiesta la actividad egocéntrica ‑el mundo exterior penetra y surge el
dolor?”
“¿Y usted elimina todo eso?”, preguntó K.
“Todo lo que llega desde ahí es eliminado”, dije.
“No eliminado”, insistió K.
“Todo ‘lo que es’, es observado; hay un escuchar, un ver”.
“‘Lo que es’ no tiene intención ni devenir”. K se mostraba inconmovible.
“¿Pero es ello una corriente en la que todo existe?”
“Sí”.
“Veo que su enseñanza no es la terminación del devenir, sino la
observación del devenir. Existe una diferencia entre la terminación del devenir
y el ver ‘lo que es’ ‑sea lo que fuere”.
“Sí, verlo y salirse de ello,” La mente de K era como una flor abierta.
Más tarde yo habría de comprender la naturaleza de esta aparente
contradicción. La observación del río lleno de impurezas ‑sin ningún tipo de
exigencia, sin esperar cambiar su naturaleza ‑disuelve las impurezas, dejando
al río transparente e incontaminado. La sutileza de la enseñanza era absoluta.
Más adelante, consideramos en Bombay el reto que implicaba la
biogenética y su posibilidad de transformar al hombre. Krishnamurti dijo: “Si
es posible manipular los genes, ¿qué es, entonces, el hombre? Los seres humanos
han sido programados en múltiples direcciones, y ahora los ingenieros genéticos
quieren programar al hombre en otras direcciones. Pero de todos modos, el
hombre sigue siendo programado”. K reflexionaba, meditaba.
“¿Existe algo como la evolución psicológica?”, preguntó. “Los ingenieros
genéticos pueden interesarse en cambios de valores, pero ese es un viaje de lo
conocido a lo conocido. ¿Puede la ingeniería genética conducir a una ampliación
del cerebro y de sus capacidades operativas, o se ocupa de introducirle una
serie de valores determinados por el hombre mismo? La ingeniería genética sólo
puede operar con lo que está dentro de lo conocido”.
“Intervino Achyut Patwardhan: “Todos los científicos aceptan lo que ven
como los límites de su telescopio”.
Pero las preguntas de Krishnamurti se dirigían a sí mismo. Dijo: “¿Es el
‘yo’ parte del proceso genético o forma parte del proceso psicológico?” Hizo
una pausa permitiendo que la pregunta penetrara a fondo. “La misma mente
tecnológica que en su evolución descubrió la bomba nuclear, está ahora
planteándose la cuestión genética y emprendiendo la investigación en los genes.
Pero es el mismo instrumento. La evolución tecnológica condujo a la bomba
atómica, la evolución no ha cambiado al hombre. Sólo una porción del cerebro
humano está operando. Este desequilibrio ocasiona grandes estragos. La pregunta
que surge, entonces, es: ‘¿Puede ayudar la ingeniería genética a producir un
cambio en el hombre?’”.
K hablaba lentamente, sondeando el problema en profundidad. Se
suscitaron algunas preguntas en medio de la discusión. K dejó que se
expresaran, y de pronto interrumpió diciendo: “¿Podemos descartar la
evolución?” Los participantes quedaron en silencio, y luego comenzaron los
cuestionamientos.
“Eso vendría a ser un salto cuántico. ¿En qué dirección? El conocimiento
es necesario”. Y, “Si continúa habiendo un salto en la evolución, el hombre que
determina la evolución genética ya debe haber dado el salto para saber lo que
hace”. De nuevo, K interrumpió: “¿Es posible cambiar al hombre
instantáneamente, y no a través del proceso genético? ¿Es posible detener la
evolución en cualquiera de sus direcciones?”
“Puede ser posible con el individuo, pero no con la masa”, fue la
respuesta.
“¿Qué es la masa?” preguntó K.
“Los muchos”.
“¿Por qué se interesa usted en los muchos? ¿Está separado de la masa?”,
K replicaba. Otra vez se hizo el silencio.
“¿Es posible detener el tiempo, que es evolución?” K había reunido los
hilos e investigaba la pregunta a fondo. “¿Qué implica eso? La ingeniería
genética necesita tiempo. Este es parte de la evolución. La crisis está ahora
aquí. ¿Es física o psicológica? ¿Está en la conciencia del hombre? ¿Dónde está
la crisis? ¿En el mundo tecnológico? Una crisis es un fuego, y la mente ha de
tener la inmensidad que la crisis exige”.
Prosiguió: “El intenso impulso del pensamiento en la dirección de la
tecnología, ha llevado a descubrimientos tremendos. Parece no haber fin para
este impulso de resolver problemas. Usamos el mismo impulso para abordar los
problemas psicológicos tales como la codicia, el odio, el miedo. En la psique
no hay evolución. La codicia y el miedo, no pueden disolverse en sus opuestos.
Esta es la falacia y la gran ilusión. El devenir es ilusión. La codicia sólo
puede aumentar y fortalecer su propia naturaleza; jamás puede llegar a ser
no-codicia.
“¿Es posible, entonces, descartar la idea de evolución en la psique?
¿Puede uno dejar de pensar en términos de tiempo como devenir? La mutación es
eso. En eso hay un cambio fundamental”.
Durante su estada en Bombay, habló de “vivir mesuradamente, como un
huésped en la propia casa, o en el propio cuerpo. Ser un huésped es no tener
sentido alguno de apego; caminar con levedad sobre la tierra”.
También habló de un nuevo uso de los sentidos, “de modo que al
funcionar, los órganos de los sentidos no destruyan la energía sino que la
dejen fluir. La Eternidad”, dijo gravemente, “es ese fluir intemporal”.