domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo IX LOS AMIGOS SE REUNEN




SEGUNDA PARTE

KRISHNAMURTI EN LA INDIA
1947-1949


Capítulo IX
LOS AMIGOS SE REUNEN

   El 15 de agosto de 1947, la India se declaró independiente, y Jawaharlal Nehru fue nombrado primer ministro. Tumultuosa aunque de carácter no violento, la lucha por la independencia había sido conducida, desde los primeros años del siglo XX, por el Mahatma Gandhi. En 1944, el denuedo de una lucha no violenta contra el poderío del Imperio Británico, había servido de inspiración a un mundo que luchaba por rehabilitarse después de la guerra más violenta de la historia.
   Pero la independencia de la India trajo también consecuencias amargas. Para alcanzarla, el vasto subcontinente había sido seccionado; territorios en el norte, en el oeste y en el este se cercenaron separándolos del área estratégica central, a fin de formar el nuevo Estado Islámico de Pakistán. Las familias quedaron divididas, las amistades se rompieron. Estalló la violencia; matanzas, violaciones e incendios intencionales se registraron a lo largo de las fronteras y en el interior del país. Se produjeron vastas migraciones de personas; los hindúes se movieron hacia el este, los musulmanes hacia el oeste. Los nuevos dirigentes de la India, la mayoría de los cuales había pasado la mitad de su vida en prisión, fueron súbitamente convocados para poner orden en un continente en llamas y para encarar un problema de refugiados como nunca antes se había presentado.
   La llegada de K a la India dos meses después de la independencia, no pudo haberse producido en un momento más propicio. Una vieja era en la India estaba muriendo, y el nacimiento de la era nueva se hallaba rodeado de dolores y desilusiones. Las matanzas que habían hecho erupción con la libertad y la partición de la India, resultaron traumáticas para mentes nutridas en ideas de no-violencia. Había existido poco tiempo para la pausa, para reflexionar, para mirar en la distancia, para ponderar las cosas y formularse preguntas fundamentales. Para los líderes y constructores de la India, las actividades basadas en lo inmediato habían frenado la posibilidad de una acción nacida de la visión de largo alcance.
   El cuerpo sorprendentemente joven de Krishnamurti y su mente, habían mantenido en reserva inmensas riquezas energéticas. En 1947 su rostro aparecía cualitativamente distinto del que mostraban las primeras fotografías de los años 20 y 30. Era evidente que el largo período de retiro en Ojai, originado en fuerzas que estaban más allá de su control, había provisto los espacios en los cuales pudieron converger energías explosivas. Estaba naciendo una inteligencia, una perfección de mente, corazón y cuerpo, el cual se veía sumamente bello, majestuoso y alerta. Cuando se le preguntó acerca de los años en Ojai, K dijo: “Pienso que fue un período sin retos, sin exigencias, sin nada sobresaliente. Fue como si todo hubiera permanecido encerrado, contenido; y cuando dejé Ojai, todo eso estalló”.
   Un esplendor y una incandescencia interna habían transformado el rostro de K ‑antiguo, y sin embargo no tocado por el tiempo­. Los ojos, de color azul oscuro, reflejaban la visión de largo alcance del profeta. Profundamente vacíos y, no obstante, fundados en la compasión, eran ojos proféticos que habían viajado a distancias inmensas. Su cabello, ligeramente agrisado y recogido hacia atrás, revelaba la majestad de su frente. Los lóbulos de las orejas eran largos, la cabeza y la columna vertebral erectas, el talle delgado, los hombros ligeramente inclinados. Avanzaba dando grandes pasos, los pies presionaban la tierra y se hundían en ella creando espacios dentro de los cuales él caminaba. Los largos brazos descansaban a los costados, las palmas de las manos abiertas y dirigidas hacia adentro. Desde mi primer encuentro con él me di cuenta de la profunda quietud de su cuerpo. En reposo, había poco movimiento de la cabeza, de los hombros o la columna; y cuando surgía la necesidad de actuar, ningún movimiento era superfluo; el cuerpo respondía con gracia y dignidad naturales, con precisión y un gasto mínimo de energía.
   Cuando dialogaba, las manos asumían gestos simbólicos, se abrían, interrogaban, sondeaban, abarcaban, señalaban el camino. Cuando estaba relajado, las manos descansaban.

   Por primera vez llegaba solo a la India. Se había desprendido de todos los lazos y las coacciones externas. Durante toda su vida lo  habían sostenido, protegido. Al principio fue el afecto y el interés de su padre, luego fue la Sociedad Teosófica con sus expectativas acerca del papel que iba a desempeñar como Instructor del Mundo. Cuando dejó la Sociedad Teosófica y los rituales y jerarquías de la misma, su vida exterior quedó a cargo de Rajagopal y Rosalind. Los nueve años en Ojai lo habían separado de sus amigos de la India. Lentamente, los viejos y leales amigos fueron muriendo o fueron apartados de él. Sin embargo, ahora no había nadie que lo cuestionara, que planeara sus días, que decidiera a quién debía ver o adónde debía ir. Estaba totalmente libre, tanto en lo externo como en lo interno.
   A través de los años, siempre que tenía que regresar a la India, su primer acto consistía en despojarse de las ropas occidentales y ponerse vestiduras hindúes. Con este cambio de ropas, su personalidad, sus actitudes y respuestas también cambiaban. En Occidente era más formal, con los exquisitos modales del viejo mundo. Vivía una existencia recluida, viendo a pocas personas. Las largas discusiones y exploraciones que aquí se suscitaron en los desayunos y almuerzos, íntimamente vinculadas con su vida en la India, allá no existieron. Estas percepciones surgidas en los paseos o en las conversaciones aparentemente casuales, no han sido grabadas.
   Con las vestiduras hindúes, cuya longitud le daba el aspecto de un monje mendicante, K asumía con naturalidad el papel de maestro. Los siglos de meditación y de interés en ‘lo otro’, que se conservaban latentes en la tierra india, penetraron en él. Pareció adquirir altura, y la forma de su indumentaria revelaba la inclinación de los hombres. Su paso tenía la majestad del elefante rey de la selva.
   Los jóvenes, hombres y mujeres, que se reunieron en torno a Krishnaji en Bombay (muchos de los cuales, como yo misma, habrían de permanecer con él por más de treinta años) provenían de distintas disciplinas ‑política, literaria, académica, social­. Muchos de ellos habían participado en la lucha por la libertad, y habían sido proclamados héroes políticos. Llenos de horror por los acontecimientos que siguieron a la partición de la India, carecían de la visión profética necesaria para ver el caos que habría de afrontar la India del futuro. Eran, sin embargo, lo bastante sensibles como para no compartir la bulliciosa euforia de la libertad que llevó a creer, a un gran número de personas, que con la retirada del reinado británico en la India había amanecido una Edad de Oro basada en los valores éticos del secularismo y del socialismo, y que había llegado el fin de la pobreza.
   Ellos habían vislumbrado el páramo de ambición, amargura y codicia que se esconde tras los slogans y las palabras grandiosas. Los ideales que los habían sostenido durante años de lucha política, se habían desmoronado bajo sus pies. Y con ellos, las estructuras verbales que los habían alimentado. Estaban enfrentándose a la confusión, a la contradicción y a lo que parecía ser un muro en blanco.
   Se reunieron a causa del radiante resplandor y la compasión que emanaban de la presencia de K; y también debido a las aflicciones y desesperaciones personales, al dolor que no podían afrontar ni disipar; y a la incapacidad que tenían para imprimir una dirección significativa a sus vidas. Buda había ordenado a sus monjes con el llamado: “Ehi Etha”, Vosotros venid. El silencioso llamado de Krishnamurti era de idéntica naturaleza.
   Entre las personas que recibieron a K en el aeropuerto estaba Sir Chunilal Mehta, un distinguido industrial que había servido como miembro del Consejo de Gobernadores en lo que después fue la presidencia de Bombay. (Los actuales estados de Maharashtra y Gujerat). Ardiente admirador de K, Sir Chunilal estaba en éxtasis cuando, al regresar a su casa, le habló a su joven nuera Nandini de “este prodigioso y joven ser que descendió deprisa los escalones del avión, y como un rayo de luz vino hacia nosotros”. K se alojaba en la casa de Ratansi Morarji en Carmichael Road. En las mañanas era una casa abierta para todos, y se habían reunido muchas personas cuando Chunilal Mehta y Nandini entraron. Lo que sucedió está mejor narrado en las propias palabras de Nandini:
   “Fui y me senté en el piso en un rincón, sintiéndome un poco nerviosa. Divisé a la distancia una figura en un largo kurta blanco, sentada con la espalda erecta. La estancia estaba llena de gente, y K se encontraba en medio de una discusión. Kakaji [Sir Chunilal] se encontraba sentado frente a K, y pronto intervino en la conversación. Un minuto después K, cuyo rostro miraba hacia otro lado lejos de mí, giró y me miró fijamente por unos segundos. Para mí el tiempo se detuvo. El se volvió y continuó con la discusión. Un rato después, giró otra vez la cabeza y miró profundamente dentro de mis ojos, y el tiempo se detuvo nuevamente. K prosiguió con la discusión. Pero yo ignoraba por completo lo que se estaba diciendo.
   “La discusión terminó y la gente comenzó a levantarse para irse. Me incorporé y encontré a K de pie frente a mí. Viendo que K se había acercado a mí, Kakaji se levantó apresuradamente y me presentó como ‘Nandini, mi hija política’; Krishnaji había empezado a reír, no a sonreír sino a reír ‑yo jamás había escuchado reír de manera tan profunda y tan resonante­. El sonido de un torrente del Himalaya cayendo de roca en roca para unirse con otro torrente. Él preguntó: ‘¿Por qué ha venido?’ Las lágrimas habían empezado a fluir incontrolablemente por mis mejillas. Él continuaba riendo y mis lágrimas continuaban fluyendo. Tomó mi mano y la retuvo fuertemente. Volvió a preguntar. ‘¿Por qué ha venido?’ Y al final pude hablar, aunque las lágrimas no disminuían. ‘He esperado treinta años para verle, [Nandini tenía en esa época treinta años]. La risa de K continuó. Luego, soltando mi mano, puso su palma sobre mi cabeza y la dejó ahí por unos segundos. Mis pranams (Pranam y namaskara tienen el mismo significado. excepto que pranam contiene un elemento de mayor respeto. Es la tradicional forma de saludo, levantando las manos con las palmas unidas como en una plegaria) para él, lo fueron a través de mis lágrimas.
   “En el automóvil, Kakaji parecía un poco confundido; volteó la cabeza y me dijo: ‘¿Lo has visto? Que él haya reparado en ti es un gran privilegio. No dejes que se te suba a la cabeza’. Empecé por acompañar a Kakaji todos los días para visitar a K. Una mañana K dijo: ‘¿No quisiera usted venir a verme?’ No le contesté. No sabía que para mí era posible ir a verle”.
   K habría de dejar Madrás por poco tiempo, y fue solamente a su regreso que Nandini comenzó a visitarlo.

   Maurice Friedman, un ingeniero polaco, también estaba en Carmichael Road para recibir a K. Un hombrecito menudo, de espalda encorvada, vestía un kurta y un pijama holgado que le quedaba muy mal. Era imposible determinar su edad. Teósofo desde su pubertad, había venido a la India como ingeniero para trabajar en Bangalore. Pronto perdió interés en su trabajo, vistió una túnica azafranada, tomó los votos y se convirtió en un mendicante tomando el nombre de Bharatanand. Desde el punto más septentrional de la India hasta Kanniyakumari en el extremo sur, recorrió la senda de los peregrinos ‑con los pies desnudos, comiendo lo que le daban, residiendo en marhs (monasterios) o bajo los árboles, discutiendo con yoguis y faquires­. Conoció a hombres sabios y mantuvo conversaciones con maestros religiosos, pero descubrió que el despertar no se encuentra en la apariencia exterior o en la túnica o en la escudilla del mendigo. Abandonando, pues, la túnica, vino a parar en el ashram de Ramana Maharshi, en el extremo sur. A Ramana Maharshi se le considera un hombre liberado; un santo que rompió con todas las ataduras y trascendió el yo.
   Un relato apócrifo cuenta cómo Friedman llegó un día hasta el río desbordado. Meditando sobre la vida y el proceso causativo, se dijo a sí mismo: “Si he de morir, seré llevado por las aguas; si he de vivir, las aguas me salvarán”. De modo que se arrojó a las aguas torrenciales y fue devuelto a la orilla. Tres veces se arrojó, y tres veces las aguas rehusaron aceptarlo. Así, golpeado en cuerpo pero intrépido en espíritu, dijo: “El destino quiere que viva”. Y regresó al ashram. A mitad de camino se encontró con Ramana Maharshi, quien lo miró y le dijo amable pero severamente: “Deja de jugar al tonto contigo mismo”.
   Mientras era un sannyasin, Friedman había vivido por algunos años en Sevagram, el ashram de Gandhiji cerca de Wardha, en Maharashtra. Usó sus habilidades de ingeniero para ayudar al desarrollo del ambar charkha, el torno de hilar manual de husos múltiples, y había participado en muchos de los programas de desarrollo iniciados por Gandhiji. Profundamente interesado en K y en su enseñanza, había venido a Bombay para estar con él. Friedman tomó parte en las discusiones con mucha energía, asumió por sí mismo el papel de intérprete, y prologaba sus comentarios con la frase: “En otras palabras...” Cálido, afectuoso, inteligente, intensamente curioso, se hacía trizas contra sus propias ataduras, incapaz de penetrar más allá de las limitaciones de las palabras e ideas que él mismo se había creado.
   Jamnadas Dwarkadas, otro asiduo visitante, era una figura rotunda que vestía un inmaculado dhoti, un blanco birrete Gandhi y un kurta. Dwarkadas provenía de una opulenta familia de Kutch. Establecidos desde hacía mucho tiempo en Bombay, los varios hermanos se habían distinguido en diversos campos. Jamnadas Dwarkadas, político y hombre de negocios, había sido un estrecho colaborador y amigo de Annie Besant. Generoso de corazón y profundamente devoto de K, había donado una gran parte de sus riquezas. Con los años perdió su fortuna familiar, pero su generosidad no disminuyó ni los contratiempos agriaron su naturaleza magnánima.
   Abrazaría a K, lloraría de emoción, y se sentaría durante las discusiones con los ojos cerrados y una expresión extática en su querúbico rostro. Solía contarnos historias de la niñez de K; Jamnadas tenía una memoria notable y un gran caudal de anécdotas. Los niños de nuestra familia se reunían alrededor de él, porque los tenía hechizados con los relatos sobre K y Annie Besant. Un vaishvava (Un vaishnava es un devoto del dios Krishna. Pero la palabra también comunica una cierta conducta ética, como el vegetarianismo, la caridad, la bondad y la devoción) le trajo a K exquisitas guirnaldas de jazmines entrelazadas con pétalos de rosa que se asemejaban a perlas y rubíes, e insistió en que K se pusiera esta fragante guirnalda después de las discusiones y las pláticas. Yo recuerdo haber estado parada con Nandini a los pies de la escalera que conduce a la terraza donde K sostenía las discusiones. K estaba de pie en lo alto de la escalera, una figura esbelta vestida de blanco con jazmines alrededor del cuello, una guirnalda que caía hasta sus rodillas. Las discusiones terminaban siempre bien avanzado el anochecer, y el resplandor de las luces estaba dando en el cabello de K, recogido hacia atrás desde la frente, mientras sus ojos nos sonreían mirando hacia abajo donde ambas nos encontrábamos.
   Entre las personas que se reunieron en Madrás para encontrarse con K en octubre de 1947, se encontraba también un joven químico llamado Balasundaram, quien había estado enseñando en el Instituto de Ciencias de Bangalore. K estaba parando en Sterling Road, Madrás, donde ofrecía pláticas y sostenía discusiones públicas. Su anfitrión era R. Madhavachari, el representante en la India de la Krishnamurti Writings Inc., e ingeniero en la Southern Railwais.
   La concurrencia a las pláticas era escasa; componían el auditorio (unos pocos viejos teósofos, algunos escritores y profesores, y unos cuantos jóvenes. Entre estos se encontraba Shanta Rao, la bailarina de bharat natyam (Bharat Natyam: Danzas originadas en los rituales de adoración en los templos del sur de la India. Fue a mediados del siglo XX que las bharat natyams comenzaron a ser bailadas por mujeres de las castas más altas, y fueron trasladadas del templo al escenario, del ritual al arte y al entretenimiento); ella pasó el día en Sterling Road, llevándole a K su jugo de naranjas, ayudando a servir la comida y actuando como una dwarpal, una guardiana, a las puertas de K.
   Eran años previos al esplendoroso surgimiento de Shanta Rao en el panorama de la India, como una de las más brillantes bailarinas de bharat natyam que actuarían en la India libre. Shanta entró en el ambiente de K con la misma elocuencia y seguridad en sí misma con que salía a un escenario. Habría de pasar largos períodos en Madrás escuchando las pláticas de K, entrevistándolo o simplemente estando cerca. Joven, con un cuerpo de pantera, fuerte, de mente arrogante, había estudiado los Natya Sastras (Los natya sastras, escritos entre 200 a.C. y 200 d.C. por el sabio Bharat Muni era un tratado de artes dramáticas, mímica, danza, arte teatral. El elemento básico del libro lo constituía una teoría de la Estética) y había aprendido a bailar bajo la disciplina de grandes gurús de bharat natyam y kathakali (Kathakali es danza mímica y teatro. Acompañada por un poderoso tamboreo y canto, se desarrolló en las cortes de los reyes Nayar y Kerala. Los relatos se basaban en las epopeyas Mahabharata y Ramayana. Los Nayars eran una clase militar. La sociedad era matriarcal. Los brahmines (Namboodries) eran estudiosos y tenían mucho poder. Trajes típicos, máscaras pintadas y gestos altamente estilizados, integraban la forma Kathakali de danza). La suprema confianza que tenía en sí misma era evidente en su aplomo y en sus palabras. Interrogó a K acerca de la índole de la belleza ‑si era externa o interna, y cuál era su patrón de medida­.
Tal vez fue por influencia de ella que K escribió sobre una bailarina en sus Comentarios sobre el Vivir:

   Ella era bailarina, no de profesión sino por vocación. Debía sentirse orgullosa de su arte, porque había en ella arrogancia ‑no sólo la arrogancia de la realización, sino la de cierto reconocimiento interno de su propio valor espiritual­. Como otro se sentiría satisfecho con el éxito exterior, ella se sentía complacida con su progreso espiritual. No sólo bailaba, sino que también daba charlas sobre arte y sobre la realización espiritual1.

   Otra visitante que estuvo estrechamente vinculada con K durante los años que pasó él en la India, era la frágil Sunanda de los ojos de gamo, hija de un viejo teósofo. Sunanda, graduada en la Universidad de Madrás, tenía un intelecto finamente pulido y estaba estudiando leyes y preparándose para rendir examen a fin de ingresar en el servicio exterior. Ella también pasó un tiempo con K yendo todos los días a Sterling Road ‑hablándole de sus sueños con respecto al futuro, de sus problemas personales, o bien observándolo cuando él se lustraba los zapatos, o sentándose quietamente mientras K escribía cartas­. K bromeaba con ella, cantaba con ella, le decía que ella era demasiado joven aún para echar raíces, y la invitaba a que saliera y conociera el mundo. Con sus sentidos ardiendo, ella respondía apasionadamente a la presencia de K y fue arrebatada y absorbida en el torrente de atención que él le dedicaba.

   En aquellos años K era muy accesible. Mukund Pada, un joven que más tarde vestiría la túnica azafranada, me escribió muchos años después de su encuentro con K en l947:

   De regreso en Madrás, asistí por primera vez en diciembre de 1947 a una plática de un teósofo llamado J. Krishnamurti, como lo describió una persona de edad avanzada. La plática me pasmó y me sacudió hasta sacarme de mi centro. Estando yo ahí de pie, perdido e indefenso. Krishnaji, que pasaba a mi lado, súbitamente se detuvo y rodeándome con un brazo le pidió a Sri Madhavachari que me concediera algún tiempo para una entrevista. La entrevista, entre un guijarro insignificante y los Himalayas, fue una ráfaga de lo Eterno, un hálito cósmico. Me dejó destrozado y con los miembros temblando. Mientras Krishnaji hablaba, quedé estupefacto al percibir que las semillas de su mensaje estaban ya ahí en mi cerebro. Era la voz de la verdad la que me había hablado. Las últimas palabras que me dedicó al partir, cuando llegábamos a la puerta: “Señor, dos flores o dos cosas pueden ser similares, pero no son lo mismo”, abrieron de pronto un espacio inmenso. Las palabras emergieron serenas en mi mente: “Sí Señor, usted es la Bienaventuranza que camina en medio de la humanidad. Dos flores pueden ser similares. Usted es la flor sin espinas ­yo, yo soy más espinas que flor”. ¡Oh, cómo se rió! su risa era como un relámpago en una nube de tormenta.

   El Dr. Balasundaram encontró que los antiguos asociados teosóficos de Krishnaji habían envejecido. C. Jinarajadasa, por entonces presidente de la Sociedad Teosófica, acostumbraba visitar a Krishnaji vistiendo una capa de color púrpura. Sostenían largas charlas, pero Krishnaji nunca ingresaba al complejo residencial de la Sociedad Teosófica ‑aun cuando hacía largas caminatas por la playa de Adyar­. Sanjeeva Rao, un antiguo colaborador de la Dra. Besant y educador eminente que había establecido las instituciones educacionales de K en Varanasi, y su esposa Padmabai, amiga de Krishnaji y también educadora renombrada por derecho propio, eran visitantes asiduos.
   Se había iniciado un pequeño grupo de discusión, pero la mayoría de los participantes eran viejos, estaban cansados y tenían poco contacto con la inmensa enseñanza nueva. K les dijo: “Ustedes están aferrados a lo conocido. Suéltenlo”. Ellos se notaban confundidos, trataban de parecer intensos, pero se generaba poca energía.
   Balasundaram me describió un momento punzante durante una discusión sobre “la terminación de lo conocido”. Un viejo teósofo llamado Marhari Rao levantó las manos y con voz trémula le dijo a Krishnaji: “¡Espere, señor, espere ‑lo desconocido se aproxima!­”.

   B. Sanjeeva Rao acompañó a Krishnaji en su regreso a Bombay desde Madrás, a principios de enero de 1948. Se alojaron con Ratansi Morarji en Carmichael Road. Todas las mañanas y las tardes, Krishnaji se sentaba en el salón principal, el cual estaba amueblado con objetos de estilo chinesco, sillas cinceladas y mamparas decoradas con joyas. Las personas que querían ver a Krishnaji entraban y se sentaban con él formulando preguntas, discutiendo problemas o comunicándole las novedades del día.
   Se destacaban entre los visitantes dos hombres jóvenes vestidos con inmaculados khadis blancos tejidos e hilados a mano: Rao Sahib Patwardhan y Achyut Patwardhan. El padre de ambos había sido un respetado y rico residente de Ahmadnagar en Maharashtra; miembro de la Sociedad Teosófica había sido un ardiente seguidor de Annie Besant. Murió joven, dejando la carga de una gran familia a su hijo primogénito Rao Sahib Patwardhan. Antes de su muerte, les había dicho a sus dos hijos mayores que debían dedicar sus vidas a Krishnaji y su obra. Cualquier cosa que ocurriera en el futuro, ellos jamás debían negar al gran maestro.
   Bien parecidos, intensamente masculinos, austeros, con una inviolable integridad Rao Sahib y Achyut eran hermanos devotos. Dentro de su familia, Rao Sahib era un patriarca dominante. Profunda mente apegado al estudio, impaciente con las mujeres excepto con aquellas pocas y raras que se elevaban a su propio nivel de mente y corazón, estableció para sí mismo patrones morales y practicaba una austeridad que hacia la vida desdichada para su familia y ponía límites a su propio potencial humano. Estaba profundamente comprometido en trabajos para el alivio de la pobreza y de la necesidad, y se hallaba estrechamente vinculado con el Sarva Seva Sangh, una organización de ayuda establecida en torno a Gandhiji; pero le atraía más bien la idea que la parte operativa del trabajo. No era un constructor ni tampoco un organizador. Tal vez la lección de que nada es trivial, lo había esquivado. El escenario de la lucha por la libertad era vasto, y los actores habían asumido el papel de héroes. La lucha no había preparado a estos combatientes por la independencia para una tecnología operativa que hubiera requerido un entendimiento acerca de las tuercas y tornillos del desarrollo. Una lúcida percepción en lo que parecía trivial, era parte del genio de Gandhiji y de su doméstica concepción de la economía. Pasarían dos décadas de independencia antes de que esta verdad esencial se hiciera evidente.
   Rao Sahib era intenso, pero también vulnerable y sensible a la belleza. Romántico, lo austero y lo sensorio luchaban en su interior y le hacían vacilar y retraerse ante el más ligero signo de un florecimiento físico de los sentidos. Las únicas áreas en que se permitía un abandono eran las de su relación con K, y en el cultivo de las rosas y del arbusto parijataka.
   Que nunca se hubiera abierto paso por las limitaciones de su autoimpuesta austeridad, y que hubiera restringido de ese modo sus condiciones externas, era una tragedia personal. Dentro de él había un depósito de vida capaz de recibir y transmitir en abundancia. Su arrogancia brahmínica y su rechazo a reclamar lo que por derecho le pertenecía, conjuntamente con una incapacidad para llevar cualquier cosa hasta sus límites, generaban conflictos y lo mantenían condicionado y confinado.
   Su hermano Achyut era un intelectual, palabra que en la India tiene connotaciones muy especiales. Vivía en una época que aclamaba a Carlos Marx como el profeta del nuevo hombre despierto, y Achyut, conjuntamente con sus amigos Jai Prakash Narain y Acharya Naren dra Deo, se impacientaba con el más viejo y tradicional liderazgo de la India, que se interesaba fundamentalmente en mantener el “statu quo”. Juntos fundaron el Partido Socialista de la India. En total contraste con Rao Sahib, Achyut no era emocional, en él la mente dominaba la acción. Era un conductor de hombres, un luchador, y por largos períodos de su vida los fines determinaron los medios. Pero Su incapacidad de llevar máscaras o de encubrir sus sentimientos, lo inhibía. Tenía un carácter violento y raras veces podía tolerar que lo contrariaran.
   En 1929, cuando la lucha por la libertad de la India estaba en su apogeo, los hermanos habían ido a ver a Krishnamurti. Achyut le preguntó: “¿Realmente quiere usted dar a entender eso cuando dice ‘nieguen toda autoridad’?” K contestó: “Sí, la mente tiene que negar la autoridad y examinarlo todo”. La respuesta de Achyut fue que, para él, la única libertad que importaba era la libertad de la India. Con este comentario dejó a Krishnamurti, y él y Rao Sahib se sumergieron en la lucha por la independencia ­combatiendo al gobierno colonial británico, yendo a prisión por largos períodos, haciendo amigos dentro de los muros de la cárcel, dedicándose a la lectura y a la contemplación­.
   En 1938, la última vez que Krishnamurti estuvo en la India antes de 1947, Achyut lo visitó en el Valle de Rishi. (El Valle de Rishi, a diez millas de Madnapalle, lugar de nacimiento de Krishnaji, recibió ese nombre por el Rishi Konda, el cerro de forma cónica que se encuentra al oeste del valle. Buscando un lugar apropiado para la escuela, Krishnaji, con algunos amigos, notó la enorme higuera de Bengala que está a la orilla del camino. Detuvo el automóvil y dijo: “Este es el sitio”). Madrid había caído en la Guerra Civil Española y Achyut se sentía destrozado. Hablando con Achyut, K le dijo que en esta derrota veía el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Comentó que no encontraba mucha diferencia entre el fascismo y el comunismo. Achyut negó vehementemente esto. K repitió: “Ambas son tiranías”. Era una verdad fundamental que Achyut habría de comprender años más tarde.
   El movimiento de liberación de la India de 1942 (El 16 de julio de 1942, hubo en Bombay una Reunión de todos los Comités del Congreso. La principal intención era hacer saber al Gobierno Británico acerco de la “India Liberada”. La resolución fue saludada con aplausos tumultuosos. Esa noche, Mahatma Gandhi, Jawaharlal Nehru y un gran número de líderes del Congreso fueron arrestados en Bombay y en otras partes de la India.) encontró a Rao Sahib en la cárcel, mientras que Achyut había pasado a la clandestinidad y el anonimato, buscando refugio a todo lo largo y ancho de la India. El y Jai Prakash Narain habrían de convertirse en héroes revolucionarios en aquellos días oscuros, terribles y, no obstante, embriagadores. A diferencia de Jai Prakash, Achyut nunca fue arrestado, escapando de la red policial una y otra vez ‑buscando refugio como paciente en un hospital, disfrazándose de mísero amanuense, dejándose crecer la barba y vistiendo un fez­.
   Cuando en 1947 vino a ver a Krishnamurti, estaba cansado y desilusionado. Con la libertad, los mezquinos impulsos por el poder que habían permanecido latentes entre los líderes del Congreso, estaban aflorando a la superficie. Durante la lucha, el sentimiento anti-brahmín en Maharashtra tenía poca vitalidad. Los líderes, los que trabajaban en la construcción, los intelectuales de Maharashtra, eran principalmente brahmines. Con la independencia, los apremios por la distribución de, cargos públicos estimularon la formación de grupos dentro del Congreso. Muy perturbado por las intrigas y con una vida emocional quebrantada, Achyut regresó a sus raíces y buscó consejo en Krishnamurti.
   Achyut expresó sus conflictos, y K lo llevó a dar un paseo. Señalando un árbol, se volvió hacia Achyut y dijo: “Mire ese árbol ‑la hoja era de un verde tierno y se ha vuelto amarilla­. La hoja nada tiene que ver con ello. Nace, se seca y cae. Cualquier decisión de permanecer en la política o de abandonarla, cualquier decisión que surja de una opción, será errónea. Las cosas tienen su propio curso de acción. Deje de preocuparse”.
   Achyut visitó a Gandhiji por última vez a fines de 1947. Le dijo que por unos cuantos meses iba a dejar la política. Gandhiji le preguntó qué iba a hacer. Cuando escuchó que iba a pasar el tiempo con Krishnamurti, Gandhiji se mostró muy feliz. Le habló a Achyut de los terribles acontecimientos ocasionados por la partición. Le dijo que estaba pasando por una gran oscuridad. No podía vislumbrar ninguna luz.
   Achyut pasó el año siguiente con K en Bombay, Ootacamund, Poona, Delhi y Varanasi. Al finalizar el año, Achyut le dijo a Krishnamurti que, cuando estaba con él, todas sus facultades se despertaban intensamente. La respuesta de K fue: “Tenga cuidado, no tome un poco de esto para darle brillo a lo que ya conoce. Lo que usted piensa que percibe, es sólo una teoría. De ninguna manera permita que su mente se sienta estimulada por mí”. A principios de 1949, Achyut regresó a Delhi para editar un semanario socialista; pero sus camaradas advirtieron que dentro de él se habían producido cambios profundos, cambios que iban a llevarlo a su ruptura definitiva con el Partido Socialista y con la política.
   Rao Sahib era miembro del Comité Laboral del Congreso. Amigo de Jawaharlal Nehru y de Sardar Patel (Vallabhai Patel y Sardar Patel eran la misma persona. Vallabhai era el nombre bautismal y Patel el nombre de casta. Sardar, que significa líder, era un término de cariño y respeto.), su futuro en la política parecía asegurado. Pero él también sentía la asfixia y la oscuridad de las luchas por la posición y el poder que habían hecho erupción entre sus antiguos amigos. La Asamblea Constituyente estaba a punto de reunirse. Se esperaba que Rao Sahib fuera uno de los participantes, pero sus amigos íntimos persuadieron a Vallabhai Patel y a Jawaharlal Nehru para que lo excluyeran. Rao Sahib se sintió hondamente lastimado, pero su orgullo y su obstinación le imposibilitaban luchar contra sus amigos o apelar a Nehru. La decepción personal fue olvidada entre las secuelas de la partición; el odio, los derramamientos de sangre y la crueldad generada por la transferencia de población, habían sacudido los cimientos de Rao Sahib, formado en los valores e ideales de Gandhi. Se encontró con Krishnamurti, discutió sus conflictos con él, asistió a sus pláticas. Su impecable y almidonado khadi kurta, el birrete Gandhi que llevaba en un ángulo ligeramente inclinado, y su rostro con una cálida y cautivante sonrisa, solían verse por las mañanas y por las tardes cerca de Krishnamurti.
   Criados en una atmósfera que lanzaba retos inmensos y exigía igualmente respuestas inmensas, Rao Sahib y Achyut no se permitieron jamás ningún dolor, ninguna frustración o desesperación personal. Para ellos, lo personal era estrecho y trivial. El cuadro de su interés tenía que incluir grandes abstracciones ‑el hombre, las masas la pobreza­. El dolor que experimentaban tenía sentido solamente cuando se relacionaba con el inmenso dolor del hombre. Muchos años después, Achyut me diría: “Esa era la gran ilusión” que mantenía prisionero a Rao.
   Sin embargo, la intensidad y luminosidad de Krishnamurti conmovieron fuentes profundas. El Instructor llegó a ellas con una llama apasionada. Krishnamurti sonreía, y Rao sonreía con él. Las lágrimas brotaron de los ojos de Rao, porque el bhakti (Bhakti: Un credo basado en la devoción a Krishna) que también era parte del carácter distintivo de los naturales de Maharashtra, se había despertado. Rao Sahib, con el amor que lo desbordaba y las palmas de las manos unidas, diría: “Señor, había en Maharashtra un poeta, Saint Tukaram, que dijo: ‘Cuando vithal  (Otro nombre para Krishna, el divino pastor de vacas.) entra en el hogar de un padre de familia, toda tranquilidad se hace añicos’”. En los atardeceres, Rao y Achyut cantaban los ‘Abhangas’ de Tukaram. El ‘Adi Beja Ekle’ era el favorito de Rao. Tenía una voz profunda, cargada de emoción. En otras ocasiones se unían a Krishnamurti para cantar el ‘Purusha Shukra’ del Rig Veda. Se sentaban con la espalda erecta, y los agudos ‘staccatos’ del sánscrito reverberaban y llenaban ojos y oídos. Las vocales eran fuertes y resonantes, con cada sonido pronunciado muy claramente. Los cantos védicos se entrelazaban con el fuego y con los vientos en el corazón y en la respiración del cantor y del oyente. Nos reuníamos y escuchábamos, aun los pocos que éramos ‑mi hija Radhika de diez años, y mi sobrino Asit, de nueve­. Con los ojos muy abiertos, ellos se sentían arrebatados por la deslumbrante presencia de Krishnamurti, un hombre inflamado de intensidad. La belleza del sonido, de la forma, lo iluminaba todo. Cada poro del cuerpo respondía. Fueron momentos hechizados los de entonces.