SEGUNDA PARTE
KRISHNAMURTI EN LA INDIA
1947-1949
Capítulo IX
LOS AMIGOS SE REUNEN
El 15
de agosto de 1947, la India se declaró independiente, y Jawaharlal Nehru fue
nombrado primer ministro. Tumultuosa aunque de carácter no violento, la lucha
por la independencia había sido conducida, desde los primeros años del siglo
XX, por el Mahatma Gandhi. En 1944, el denuedo de una lucha no violenta contra
el poderío del Imperio Británico, había servido de inspiración a un mundo que
luchaba por rehabilitarse después de la guerra más violenta de la historia.
Pero
la independencia de la India trajo también consecuencias amargas. Para
alcanzarla, el vasto subcontinente había sido seccionado; territorios en el
norte, en el oeste y en el este se cercenaron separándolos del área estratégica
central, a fin de formar el nuevo Estado Islámico de Pakistán. Las familias
quedaron divididas, las amistades se rompieron. Estalló la violencia; matanzas,
violaciones e incendios intencionales se registraron a lo largo de las fronteras
y en el interior del país. Se produjeron vastas migraciones de personas; los
hindúes se movieron hacia el este, los musulmanes hacia el oeste. Los nuevos
dirigentes de la India, la mayoría de los cuales había pasado la mitad de su
vida en prisión, fueron súbitamente convocados para poner orden en un
continente en llamas y para encarar un problema de refugiados como nunca antes
se había presentado.
La
llegada de K a la India dos meses después de la independencia, no pudo haberse
producido en un momento más propicio. Una vieja era en la India estaba
muriendo, y el nacimiento de la era nueva se hallaba rodeado de dolores y
desilusiones. Las matanzas que habían hecho erupción con la libertad y la
partición de la India, resultaron traumáticas para mentes nutridas en ideas de
no-violencia. Había existido poco tiempo para la pausa, para reflexionar, para
mirar en la distancia, para ponderar las cosas y formularse preguntas
fundamentales. Para los líderes y constructores de la India, las actividades
basadas en lo inmediato habían frenado la posibilidad de una acción nacida de
la visión de largo alcance.
El
cuerpo sorprendentemente joven de Krishnamurti y su mente, habían mantenido en
reserva inmensas riquezas energéticas. En 1947 su rostro aparecía cualitativamente
distinto del que mostraban las primeras fotografías de los años 20 y 30. Era
evidente que el largo período de retiro en Ojai, originado en fuerzas que
estaban más allá de su control, había provisto los espacios en los cuales
pudieron converger energías explosivas. Estaba naciendo una inteligencia, una
perfección de mente, corazón y cuerpo, el cual se veía sumamente bello,
majestuoso y alerta. Cuando se le preguntó acerca de los años en Ojai, K dijo:
“Pienso que fue un período sin retos, sin exigencias, sin nada sobresaliente.
Fue como si todo hubiera permanecido encerrado, contenido; y cuando dejé Ojai,
todo eso estalló”.
Un
esplendor y una incandescencia interna habían transformado el rostro de K ‑antiguo,
y sin embargo no tocado por el tiempo. Los ojos, de color azul oscuro,
reflejaban la visión de largo alcance del profeta. Profundamente vacíos y, no
obstante, fundados en la compasión, eran ojos proféticos que habían viajado a
distancias inmensas. Su cabello, ligeramente agrisado y recogido hacia atrás,
revelaba la majestad de su frente. Los lóbulos de las orejas eran largos, la
cabeza y la columna vertebral erectas, el talle delgado, los hombros
ligeramente inclinados. Avanzaba dando grandes pasos, los pies presionaban la
tierra y se hundían en ella creando espacios dentro de los cuales él caminaba.
Los largos brazos descansaban a los costados, las palmas de las manos abiertas
y dirigidas hacia adentro. Desde mi primer encuentro con él me di cuenta de la
profunda quietud de su cuerpo. En reposo, había poco movimiento de la cabeza,
de los hombros o la columna; y cuando surgía la necesidad de actuar, ningún
movimiento era superfluo; el cuerpo respondía con gracia y dignidad naturales,
con precisión y un gasto mínimo de energía.
Cuando dialogaba, las manos asumían gestos simbólicos, se abrían,
interrogaban, sondeaban, abarcaban, señalaban el camino. Cuando estaba
relajado, las manos descansaban.
Por
primera vez llegaba solo a la India. Se había desprendido de todos los lazos y
las coacciones externas. Durante toda su vida lo habían sostenido, protegido. Al principio fue
el afecto y el interés de su padre, luego fue la Sociedad Teosófica con sus
expectativas acerca del papel que iba a desempeñar como Instructor del Mundo.
Cuando dejó la Sociedad Teosófica y los rituales y jerarquías de la misma, su
vida exterior quedó a cargo de Rajagopal y Rosalind. Los nueve años en Ojai lo
habían separado de sus amigos de la India. Lentamente, los viejos y leales
amigos fueron muriendo o fueron apartados de él. Sin embargo, ahora no había
nadie que lo cuestionara, que planeara sus días, que decidiera a quién debía
ver o adónde debía ir. Estaba totalmente libre, tanto en lo externo como en lo
interno.
A
través de los años, siempre que tenía que regresar a la India, su primer acto
consistía en despojarse de las ropas occidentales y ponerse vestiduras hindúes.
Con este cambio de ropas, su personalidad, sus actitudes y respuestas también
cambiaban. En Occidente era más formal, con los exquisitos modales del viejo mundo.
Vivía una existencia recluida, viendo a pocas personas. Las largas discusiones
y exploraciones que aquí se suscitaron en los desayunos y almuerzos,
íntimamente vinculadas con su vida en la India, allá no existieron. Estas
percepciones surgidas en los paseos o en las conversaciones aparentemente
casuales, no han sido grabadas.
Con
las vestiduras hindúes, cuya longitud le daba el aspecto de un monje
mendicante, K asumía con naturalidad el papel de maestro. Los siglos de
meditación y de interés en ‘lo otro’, que se conservaban latentes en la tierra
india, penetraron en él. Pareció adquirir altura, y la forma de su indumentaria
revelaba la inclinación de los hombres. Su paso tenía la majestad del elefante
rey de la selva.
Los
jóvenes, hombres y mujeres, que se reunieron en torno a Krishnaji en Bombay
(muchos de los cuales, como yo misma, habrían de permanecer con él por más de
treinta años) provenían de distintas disciplinas ‑política, literaria,
académica, social. Muchos de ellos habían participado en la lucha por la
libertad, y habían sido proclamados héroes políticos. Llenos de horror por los
acontecimientos que siguieron a la partición de la India, carecían de la visión
profética necesaria para ver el caos que habría de afrontar la India del futuro.
Eran, sin embargo, lo bastante sensibles como para no compartir la bulliciosa
euforia de la libertad que llevó a creer, a un gran número de personas, que con
la retirada del reinado británico en la India había amanecido una Edad de Oro
basada en los valores éticos del secularismo y del socialismo, y que había
llegado el fin de la pobreza.
Ellos
habían vislumbrado el páramo de ambición, amargura y codicia que se esconde
tras los slogans y las palabras grandiosas. Los ideales que los habían
sostenido durante años de lucha política, se habían desmoronado bajo sus pies.
Y con ellos, las estructuras verbales que los habían alimentado. Estaban
enfrentándose a la confusión, a la contradicción y a lo que parecía ser un muro
en blanco.
Se
reunieron a causa del radiante resplandor y la compasión que emanaban de la
presencia de K; y también debido a las aflicciones y desesperaciones
personales, al dolor que no podían afrontar ni disipar; y a la incapacidad que
tenían para imprimir una dirección significativa a sus vidas. Buda había
ordenado a sus monjes con el llamado: “Ehi
Etha”, Vosotros venid. El silencioso llamado de Krishnamurti era de
idéntica naturaleza.
Entre
las personas que recibieron a K en el aeropuerto estaba Sir Chunilal Mehta, un
distinguido industrial que había servido como miembro del Consejo de
Gobernadores en lo que después fue la presidencia de Bombay. (Los actuales
estados de Maharashtra y Gujerat). Ardiente admirador de K, Sir Chunilal estaba
en éxtasis cuando, al regresar a su casa, le habló a su joven nuera Nandini de
“este prodigioso y joven ser que descendió deprisa los escalones del avión, y
como un rayo de luz vino hacia nosotros”. K se alojaba en la casa de Ratansi
Morarji en Carmichael Road. En las mañanas era una casa abierta para todos, y
se habían reunido muchas personas cuando Chunilal Mehta y Nandini entraron. Lo
que sucedió está mejor narrado en las propias palabras de Nandini:
“Fui
y me senté en el piso en un rincón, sintiéndome un poco nerviosa. Divisé a la
distancia una figura en un largo kurta
blanco, sentada con la espalda erecta. La estancia estaba llena de gente, y K
se encontraba en medio de una discusión. Kakaji [Sir Chunilal] se encontraba
sentado frente a K, y pronto intervino en la conversación. Un minuto después K,
cuyo rostro miraba hacia otro lado lejos de mí, giró y me miró fijamente por
unos segundos. Para mí el tiempo se detuvo. El se volvió y continuó con la
discusión. Un rato después, giró otra vez la cabeza y miró profundamente dentro
de mis ojos, y el tiempo se detuvo nuevamente. K prosiguió con la discusión.
Pero yo ignoraba por completo lo que se estaba diciendo.
“La
discusión terminó y la gente comenzó a levantarse para irse. Me incorporé y
encontré a K de pie frente a mí. Viendo que K se había acercado a mí, Kakaji se
levantó apresuradamente y me presentó como ‘Nandini, mi hija política’;
Krishnaji había empezado a reír, no a sonreír sino a reír ‑yo jamás había
escuchado reír de manera tan profunda y tan resonante. El sonido de un
torrente del Himalaya cayendo de roca en roca para unirse con otro torrente. Él
preguntó: ‘¿Por qué ha venido?’ Las lágrimas habían empezado a fluir
incontrolablemente por mis mejillas. Él continuaba riendo y mis lágrimas
continuaban fluyendo. Tomó mi mano y la retuvo fuertemente. Volvió a preguntar.
‘¿Por qué ha venido?’ Y al final pude hablar, aunque las lágrimas no
disminuían. ‘He esperado treinta años para verle, [Nandini tenía en esa época
treinta años]. La risa de K continuó. Luego, soltando mi mano, puso su palma sobre
mi cabeza y la dejó ahí por unos segundos. Mis pranams (Pranam y namaskara tienen el mismo significado.
excepto que pranam contiene un
elemento de mayor respeto. Es la tradicional forma de saludo, levantando las
manos con las palmas unidas como en una plegaria) para él, lo fueron a través
de mis lágrimas.
“En
el automóvil, Kakaji parecía un poco confundido; volteó la cabeza y me dijo:
‘¿Lo has visto? Que él haya reparado en ti es un gran privilegio. No dejes que
se te suba a la cabeza’. Empecé por acompañar a Kakaji todos los días para
visitar a K. Una mañana K dijo: ‘¿No quisiera usted venir a verme?’ No le
contesté. No sabía que para mí era posible ir a verle”.
K
habría de dejar Madrás por poco tiempo, y fue solamente a su regreso que
Nandini comenzó a visitarlo.
Maurice Friedman, un ingeniero polaco, también estaba en Carmichael Road
para recibir a K. Un hombrecito menudo, de espalda encorvada, vestía un kurta y un pijama holgado que le quedaba
muy mal. Era imposible determinar su edad. Teósofo desde su pubertad, había
venido a la India como ingeniero para trabajar en Bangalore. Pronto perdió
interés en su trabajo, vistió una túnica azafranada, tomó los votos y se
convirtió en un mendicante tomando el nombre de Bharatanand. Desde el punto más
septentrional de la India hasta Kanniyakumari en el extremo sur, recorrió la
senda de los peregrinos ‑con los pies desnudos, comiendo lo que le daban,
residiendo en marhs (monasterios) o
bajo los árboles, discutiendo con yoguis y faquires. Conoció a hombres sabios
y mantuvo conversaciones con maestros religiosos, pero descubrió que el
despertar no se encuentra en la apariencia exterior o en la túnica o en la
escudilla del mendigo. Abandonando, pues, la túnica, vino a parar en el ashram de Ramana Maharshi, en el extremo
sur. A Ramana Maharshi se le considera un hombre liberado; un santo que rompió
con todas las ataduras y trascendió el yo.
Un
relato apócrifo cuenta cómo Friedman llegó un día hasta el río desbordado.
Meditando sobre la vida y el proceso causativo, se dijo a sí mismo: “Si he de
morir, seré llevado por las aguas; si he de vivir, las aguas me salvarán”. De
modo que se arrojó a las aguas torrenciales y fue devuelto a la orilla. Tres
veces se arrojó, y tres veces las aguas rehusaron aceptarlo. Así, golpeado en
cuerpo pero intrépido en espíritu, dijo: “El destino quiere que viva”. Y
regresó al ashram. A mitad de camino
se encontró con Ramana Maharshi, quien lo miró y le dijo amable pero
severamente: “Deja de jugar al tonto contigo mismo”.
Mientras era un sannyasin,
Friedman había vivido por algunos años en Sevagram, el ashram de Gandhiji cerca de Wardha, en Maharashtra. Usó sus
habilidades de ingeniero para ayudar al desarrollo del ambar charkha, el torno de hilar manual de husos múltiples, y había
participado en muchos de los programas de desarrollo iniciados por Gandhiji.
Profundamente interesado en K y en su enseñanza, había venido a Bombay para
estar con él. Friedman tomó parte en las discusiones con mucha energía, asumió
por sí mismo el papel de intérprete, y prologaba sus comentarios con la frase:
“En otras palabras...” Cálido, afectuoso, inteligente, intensamente curioso, se
hacía trizas contra sus propias ataduras, incapaz de penetrar más allá de las
limitaciones de las palabras e ideas que él mismo se había creado.
Jamnadas Dwarkadas, otro asiduo visitante, era una figura rotunda que
vestía un inmaculado dhoti, un blanco
birrete Gandhi y un kurta. Dwarkadas
provenía de una opulenta familia de Kutch. Establecidos desde hacía mucho
tiempo en Bombay, los varios hermanos se habían distinguido en diversos campos.
Jamnadas Dwarkadas, político y hombre de negocios, había sido un estrecho
colaborador y amigo de Annie Besant. Generoso de corazón y profundamente devoto
de K, había donado una gran parte de sus riquezas. Con los años perdió su
fortuna familiar, pero su generosidad no disminuyó ni los contratiempos
agriaron su naturaleza magnánima.
Abrazaría a K, lloraría de emoción, y se sentaría durante las
discusiones con los ojos cerrados y una expresión extática en su querúbico
rostro. Solía contarnos historias de la niñez de K; Jamnadas tenía una memoria
notable y un gran caudal de anécdotas. Los niños de nuestra familia se reunían
alrededor de él, porque los tenía hechizados con los relatos sobre K y Annie
Besant. Un vaishvava (Un vaishnava es un devoto del dios Krishna.
Pero la palabra también comunica una cierta conducta ética, como el
vegetarianismo, la caridad, la bondad y la devoción) le trajo a K exquisitas
guirnaldas de jazmines entrelazadas con pétalos de rosa que se asemejaban a
perlas y rubíes, e insistió en que K se pusiera esta fragante guirnalda después
de las discusiones y las pláticas. Yo recuerdo haber estado parada con Nandini
a los pies de la escalera que conduce a la terraza donde K sostenía las
discusiones. K estaba de pie en lo alto de la escalera, una figura esbelta
vestida de blanco con jazmines alrededor del cuello, una guirnalda que caía
hasta sus rodillas. Las discusiones terminaban siempre bien avanzado el
anochecer, y el resplandor de las luces estaba dando en el cabello de K,
recogido hacia atrás desde la frente, mientras sus ojos nos sonreían mirando
hacia abajo donde ambas nos encontrábamos.
Entre
las personas que se reunieron en Madrás para encontrarse con K en octubre de
1947, se encontraba también un joven químico llamado Balasundaram, quien había
estado enseñando en el Instituto de Ciencias de Bangalore. K estaba parando en
Sterling Road, Madrás, donde ofrecía pláticas y sostenía discusiones públicas.
Su anfitrión era R. Madhavachari, el representante en la India de la
Krishnamurti Writings Inc., e ingeniero en la Southern Railwais.
La
concurrencia a las pláticas era escasa; componían el auditorio (unos pocos
viejos teósofos, algunos escritores y profesores, y unos cuantos jóvenes. Entre
estos se encontraba Shanta Rao, la bailarina de bharat natyam (Bharat Natyam:
Danzas originadas en los rituales de adoración en los templos del sur de la
India. Fue a mediados del siglo XX que las bharat
natyams comenzaron a ser bailadas por mujeres de las castas más altas, y
fueron trasladadas del templo al escenario, del ritual al arte y al
entretenimiento); ella pasó el día en Sterling Road, llevándole a K su jugo de
naranjas, ayudando a servir la comida y actuando como una dwarpal, una guardiana, a las puertas de K.
Eran
años previos al esplendoroso surgimiento de Shanta Rao en el panorama de la
India, como una de las más brillantes bailarinas de bharat natyam que actuarían en la India libre. Shanta entró en el
ambiente de K con la misma elocuencia y seguridad en sí misma con que salía a
un escenario. Habría de pasar largos períodos en Madrás escuchando las pláticas
de K, entrevistándolo o simplemente estando cerca. Joven, con un cuerpo de
pantera, fuerte, de mente arrogante, había estudiado los Natya Sastras (Los natya
sastras, escritos entre 200 a.C. y 200 d.C. por el sabio Bharat Muni era un tratado de artes
dramáticas, mímica, danza, arte teatral. El elemento básico del libro lo
constituía una teoría de la Estética) y había aprendido a bailar bajo la
disciplina de grandes gurús de bharat
natyam y kathakali (Kathakali es danza mímica y teatro.
Acompañada por un poderoso tamboreo y canto, se desarrolló en las cortes de los
reyes Nayar y Kerala. Los relatos se basaban en las epopeyas Mahabharata y
Ramayana. Los Nayars eran una clase militar. La sociedad era matriarcal. Los
brahmines (Namboodries) eran estudiosos y tenían mucho poder. Trajes típicos,
máscaras pintadas y gestos altamente estilizados, integraban la forma Kathakali de danza). La suprema
confianza que tenía en sí misma era evidente en su aplomo y en sus palabras.
Interrogó a K acerca de la índole de la belleza ‑si era externa o interna, y
cuál era su patrón de medida.
Tal vez fue por influencia de ella que K escribió
sobre una bailarina en sus Comentarios
sobre el Vivir:
Ella
era bailarina, no de profesión sino por vocación. Debía sentirse orgullosa de
su arte, porque había en ella arrogancia ‑no sólo la arrogancia de la
realización, sino la de cierto reconocimiento interno de su propio valor
espiritual. Como otro se sentiría satisfecho con el éxito exterior, ella se
sentía complacida con su progreso espiritual. No sólo bailaba, sino que también
daba charlas sobre arte y sobre la realización espiritual1.
Otra
visitante que estuvo estrechamente vinculada con K durante los años que pasó él
en la India, era la frágil Sunanda de los ojos de gamo, hija de un viejo
teósofo. Sunanda, graduada en la Universidad de Madrás, tenía un intelecto
finamente pulido y estaba estudiando leyes y preparándose para rendir examen a
fin de ingresar en el servicio exterior. Ella también pasó un tiempo con K
yendo todos los días a Sterling Road ‑hablándole de sus sueños con respecto al
futuro, de sus problemas personales, o bien observándolo cuando él se lustraba
los zapatos, o sentándose quietamente mientras K escribía cartas. K bromeaba
con ella, cantaba con ella, le decía que ella era demasiado joven aún para
echar raíces, y la invitaba a que saliera y conociera el mundo. Con sus
sentidos ardiendo, ella respondía apasionadamente a la presencia de K y fue
arrebatada y absorbida en el torrente de atención que él le dedicaba.
En
aquellos años K era muy accesible. Mukund Pada, un joven que más tarde vestiría
la túnica azafranada, me escribió muchos años después de su encuentro con K en
l947:
De
regreso en Madrás, asistí por primera vez en diciembre de 1947 a una plática de
un teósofo llamado J. Krishnamurti, como lo describió una persona de edad
avanzada. La plática me pasmó y me sacudió hasta sacarme de mi centro. Estando
yo ahí de pie, perdido e indefenso. Krishnaji, que pasaba a mi lado,
súbitamente se detuvo y rodeándome con un brazo le pidió a Sri Madhavachari que
me concediera algún tiempo para una entrevista. La entrevista, entre un
guijarro insignificante y los Himalayas, fue una ráfaga de lo Eterno, un hálito
cósmico. Me dejó destrozado y con los miembros temblando. Mientras Krishnaji
hablaba, quedé estupefacto al percibir que las semillas de su mensaje estaban
ya ahí en mi cerebro. Era la voz de la verdad la que me había hablado. Las
últimas palabras que me dedicó al partir, cuando llegábamos a la puerta:
“Señor, dos flores o dos cosas pueden ser similares, pero no son lo mismo”,
abrieron de pronto un espacio inmenso. Las palabras emergieron serenas en mi
mente: “Sí Señor, usted es la Bienaventuranza que camina en medio de la
humanidad. Dos flores pueden ser similares. Usted es la flor sin espinas yo,
yo soy más espinas que flor”. ¡Oh, cómo se rió! su risa era como un relámpago
en una nube de tormenta.
El
Dr. Balasundaram encontró que los antiguos asociados teosóficos de Krishnaji
habían envejecido. C. Jinarajadasa, por entonces presidente de la Sociedad
Teosófica, acostumbraba visitar a Krishnaji vistiendo una capa de color
púrpura. Sostenían largas charlas, pero Krishnaji nunca ingresaba al complejo
residencial de la Sociedad Teosófica ‑aun cuando hacía largas caminatas por la
playa de Adyar. Sanjeeva Rao, un antiguo colaborador de la Dra. Besant y
educador eminente que había establecido las instituciones educacionales de K en
Varanasi, y su esposa Padmabai, amiga de Krishnaji y también educadora
renombrada por derecho propio, eran visitantes asiduos.
Se
había iniciado un pequeño grupo de discusión, pero la mayoría de los
participantes eran viejos, estaban cansados y tenían poco contacto con la
inmensa enseñanza nueva. K les dijo: “Ustedes están aferrados a lo conocido.
Suéltenlo”. Ellos se notaban confundidos, trataban de parecer intensos, pero se
generaba poca energía.
Balasundaram me describió un momento punzante durante una discusión
sobre “la terminación de lo conocido”. Un viejo teósofo llamado Marhari Rao
levantó las manos y con voz trémula le dijo a Krishnaji: “¡Espere, señor,
espere ‑lo desconocido se aproxima!”.
B.
Sanjeeva Rao acompañó a Krishnaji en su regreso a Bombay desde Madrás, a
principios de enero de 1948. Se alojaron con Ratansi Morarji en Carmichael
Road. Todas las mañanas y las tardes, Krishnaji se sentaba en el salón
principal, el cual estaba amueblado con objetos de estilo chinesco, sillas
cinceladas y mamparas decoradas con joyas. Las personas que querían ver a
Krishnaji entraban y se sentaban con él formulando preguntas, discutiendo
problemas o comunicándole las novedades del día.
Se
destacaban entre los visitantes dos hombres jóvenes vestidos con inmaculados khadis blancos tejidos e hilados a mano:
Rao Sahib Patwardhan y Achyut Patwardhan. El padre de ambos había sido un
respetado y rico residente de Ahmadnagar en Maharashtra; miembro de la Sociedad
Teosófica había sido un ardiente seguidor de Annie Besant. Murió joven, dejando
la carga de una gran familia a su hijo primogénito Rao Sahib Patwardhan. Antes
de su muerte, les había dicho a sus dos hijos mayores que debían dedicar sus vidas
a Krishnaji y su obra. Cualquier cosa que ocurriera en el futuro, ellos jamás
debían negar al gran maestro.
Bien
parecidos, intensamente masculinos, austeros, con una inviolable integridad Rao
Sahib y Achyut eran hermanos devotos. Dentro de su familia, Rao Sahib era un
patriarca dominante. Profunda mente apegado al estudio, impaciente con las
mujeres excepto con aquellas pocas y raras que se elevaban a su propio nivel de
mente y corazón, estableció para sí mismo patrones morales y practicaba una austeridad
que hacia la vida desdichada para su familia y ponía límites a su propio
potencial humano. Estaba profundamente comprometido en trabajos para el alivio
de la pobreza y de la necesidad, y se hallaba estrechamente vinculado con el
Sarva Seva Sangh, una organización de ayuda establecida en torno a Gandhiji;
pero le atraía más bien la idea que la parte operativa del trabajo. No era un
constructor ni tampoco un organizador. Tal vez la lección de que nada es
trivial, lo había esquivado. El escenario de la lucha por la libertad era
vasto, y los actores habían asumido el papel de héroes. La lucha no había
preparado a estos combatientes por la independencia para una tecnología
operativa que hubiera requerido un entendimiento acerca de las tuercas y
tornillos del desarrollo. Una lúcida percepción en lo que parecía trivial, era
parte del genio de Gandhiji y de su doméstica concepción de la economía.
Pasarían dos décadas de independencia antes de que esta verdad esencial se
hiciera evidente.
Rao
Sahib era intenso, pero también vulnerable y sensible a la belleza. Romántico,
lo austero y lo sensorio luchaban en su interior y le hacían vacilar y
retraerse ante el más ligero signo de un florecimiento físico de los sentidos.
Las únicas áreas en que se permitía un abandono eran las de su relación con K,
y en el cultivo de las rosas y del arbusto parijataka.
Que
nunca se hubiera abierto paso por las limitaciones de su autoimpuesta
austeridad, y que hubiera restringido de ese modo sus condiciones externas, era
una tragedia personal. Dentro de él había un depósito de vida capaz de recibir
y transmitir en abundancia. Su arrogancia brahmínica y su rechazo a reclamar lo
que por derecho le pertenecía, conjuntamente con una incapacidad para llevar
cualquier cosa hasta sus límites, generaban conflictos y lo mantenían
condicionado y confinado.
Su
hermano Achyut era un intelectual, palabra que en la India tiene connotaciones
muy especiales. Vivía en una época que aclamaba a Carlos Marx como el profeta
del nuevo hombre despierto, y Achyut, conjuntamente con sus amigos Jai Prakash
Narain y Acharya Naren dra Deo, se impacientaba con el más viejo y tradicional
liderazgo de la India, que se interesaba fundamentalmente en mantener el “statu
quo”. Juntos fundaron el Partido Socialista de la India. En total contraste con
Rao Sahib, Achyut no era emocional, en él la mente dominaba la acción. Era un
conductor de hombres, un luchador, y por largos períodos de su vida los fines
determinaron los medios. Pero Su incapacidad de llevar máscaras o de encubrir
sus sentimientos, lo inhibía. Tenía un carácter violento y raras veces podía
tolerar que lo contrariaran.
En
1929, cuando la lucha por la libertad de la India estaba en su apogeo, los
hermanos habían ido a ver a Krishnamurti. Achyut le preguntó: “¿Realmente
quiere usted dar a entender eso cuando dice ‘nieguen toda autoridad’?” K
contestó: “Sí, la mente tiene que negar la autoridad y examinarlo todo”. La
respuesta de Achyut fue que, para él, la única libertad que importaba era la
libertad de la India. Con este comentario dejó a Krishnamurti, y él y Rao Sahib
se sumergieron en la lucha por la independencia combatiendo al gobierno
colonial británico, yendo a prisión por largos períodos, haciendo amigos dentro
de los muros de la cárcel, dedicándose a la lectura y a la contemplación.
En
1938, la última vez que Krishnamurti estuvo en la India antes de 1947, Achyut
lo visitó en el Valle de Rishi. (El Valle de Rishi, a diez millas de
Madnapalle, lugar de nacimiento de Krishnaji, recibió ese nombre por el Rishi
Konda, el cerro de forma cónica que se encuentra al oeste del valle. Buscando
un lugar apropiado para la escuela, Krishnaji, con algunos amigos, notó la
enorme higuera de Bengala que está a la orilla del camino. Detuvo el automóvil
y dijo: “Este es el sitio”). Madrid había caído en la Guerra Civil Española y
Achyut se sentía destrozado. Hablando con Achyut, K le dijo que en esta derrota
veía el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Comentó que no encontraba mucha
diferencia entre el fascismo y el comunismo. Achyut negó vehementemente esto. K
repitió: “Ambas son tiranías”. Era una verdad fundamental que Achyut habría de
comprender años más tarde.
El
movimiento de liberación de la India de 1942 (El 16 de julio de 1942, hubo en
Bombay una Reunión de todos los Comités del Congreso. La principal intención
era hacer saber al Gobierno Británico acerco de la “India Liberada”. La
resolución fue saludada con aplausos tumultuosos. Esa noche, Mahatma Gandhi,
Jawaharlal Nehru y un gran número de líderes del Congreso fueron arrestados en
Bombay y en otras partes de la India.) encontró a Rao Sahib en la cárcel,
mientras que Achyut había pasado a la clandestinidad y el anonimato, buscando
refugio a todo lo largo y ancho de la India. El y Jai Prakash Narain habrían de
convertirse en héroes revolucionarios en aquellos días oscuros, terribles y, no
obstante, embriagadores. A diferencia de Jai Prakash, Achyut nunca fue
arrestado, escapando de la red policial una y otra vez ‑buscando refugio como
paciente en un hospital, disfrazándose de mísero amanuense, dejándose crecer la
barba y vistiendo un fez.
Cuando en 1947 vino a ver a Krishnamurti, estaba cansado y
desilusionado. Con la libertad, los mezquinos impulsos por el poder que habían
permanecido latentes entre los líderes del Congreso, estaban aflorando a la
superficie. Durante la lucha, el sentimiento anti-brahmín en Maharashtra tenía
poca vitalidad. Los líderes, los que trabajaban en la construcción, los
intelectuales de Maharashtra, eran principalmente brahmines. Con la
independencia, los apremios por la distribución de, cargos públicos estimularon
la formación de grupos dentro del Congreso. Muy perturbado por las intrigas y
con una vida emocional quebrantada, Achyut regresó a sus raíces y buscó consejo
en Krishnamurti.
Achyut expresó sus conflictos, y K lo llevó a dar un paseo. Señalando un
árbol, se volvió hacia Achyut y dijo: “Mire ese árbol ‑la hoja era de un verde
tierno y se ha vuelto amarilla. La hoja nada tiene que ver con ello. Nace, se
seca y cae. Cualquier decisión de permanecer en la política o de abandonarla,
cualquier decisión que surja de una opción, será errónea. Las cosas tienen su
propio curso de acción. Deje de preocuparse”.
Achyut visitó a Gandhiji por última vez a fines de 1947. Le dijo que por
unos cuantos meses iba a dejar la política. Gandhiji le preguntó qué iba a
hacer. Cuando escuchó que iba a pasar el tiempo con Krishnamurti, Gandhiji se
mostró muy feliz. Le habló a Achyut de los terribles acontecimientos
ocasionados por la partición. Le dijo que estaba pasando por una gran
oscuridad. No podía vislumbrar ninguna luz.
Achyut pasó el año siguiente con K en Bombay, Ootacamund, Poona, Delhi y
Varanasi. Al finalizar el año, Achyut le dijo a Krishnamurti que, cuando estaba
con él, todas sus facultades se despertaban intensamente. La respuesta de K
fue: “Tenga cuidado, no tome un poco de esto para darle brillo a lo que ya
conoce. Lo que usted piensa que percibe, es sólo una teoría. De ninguna manera
permita que su mente se sienta estimulada por mí”. A principios de 1949, Achyut
regresó a Delhi para editar un semanario socialista; pero sus camaradas
advirtieron que dentro de él se habían producido cambios profundos, cambios que
iban a llevarlo a su ruptura definitiva con el Partido Socialista y con la
política.
Rao
Sahib era miembro del Comité Laboral del Congreso. Amigo de Jawaharlal Nehru y
de Sardar Patel (Vallabhai Patel y Sardar Patel eran la misma persona.
Vallabhai era el nombre bautismal y Patel el nombre de casta. Sardar, que
significa líder, era un término de cariño y respeto.), su futuro en la política
parecía asegurado. Pero él también sentía la asfixia y la oscuridad de las
luchas por la posición y el poder que habían hecho erupción entre sus antiguos
amigos. La Asamblea Constituyente estaba a punto de reunirse. Se esperaba que
Rao Sahib fuera uno de los participantes, pero sus amigos íntimos persuadieron
a Vallabhai Patel y a Jawaharlal Nehru para que lo excluyeran. Rao Sahib se
sintió hondamente lastimado, pero su orgullo y su obstinación le
imposibilitaban luchar contra sus amigos o apelar a Nehru. La decepción
personal fue olvidada entre las secuelas de la partición; el odio, los
derramamientos de sangre y la crueldad generada por la transferencia de
población, habían sacudido los cimientos de Rao Sahib, formado en los valores e
ideales de Gandhi. Se encontró con Krishnamurti, discutió sus conflictos con
él, asistió a sus pláticas. Su impecable y almidonado khadi kurta, el birrete Gandhi que llevaba en un ángulo ligeramente
inclinado, y su rostro con una cálida y cautivante sonrisa, solían verse por
las mañanas y por las tardes cerca de Krishnamurti.
Criados en una atmósfera que lanzaba retos inmensos y exigía igualmente
respuestas inmensas, Rao Sahib y Achyut no se permitieron jamás ningún dolor,
ninguna frustración o desesperación personal. Para ellos, lo personal era
estrecho y trivial. El cuadro de su interés tenía que incluir grandes
abstracciones ‑el hombre, las masas la pobreza. El dolor que experimentaban
tenía sentido solamente cuando se relacionaba con el inmenso dolor del hombre.
Muchos años después, Achyut me diría: “Esa era la gran ilusión” que mantenía
prisionero a Rao.
Sin
embargo, la intensidad y luminosidad de Krishnamurti conmovieron fuentes profundas.
El Instructor llegó a ellas con una llama apasionada. Krishnamurti sonreía, y
Rao sonreía con él. Las lágrimas brotaron de los ojos de Rao, porque el bhakti (Bhakti: Un credo basado en la devoción a Krishna) que también era
parte del carácter distintivo de los naturales de Maharashtra, se había
despertado. Rao Sahib, con el amor que lo desbordaba y las palmas de las manos
unidas, diría: “Señor, había en Maharashtra un poeta, Saint Tukaram, que dijo:
‘Cuando vithal (Otro nombre para Krishna, el divino pastor de
vacas.) entra en el hogar de un padre de familia, toda tranquilidad se hace
añicos’”. En los atardeceres, Rao y Achyut cantaban los ‘Abhangas’ de Tukaram. El ‘Adi
Beja Ekle’ era el favorito de Rao. Tenía una voz profunda, cargada de
emoción. En otras ocasiones se unían a Krishnamurti para cantar el ‘Purusha Shukra’ del Rig Veda. Se
sentaban con la espalda erecta, y los agudos ‘staccatos’ del sánscrito
reverberaban y llenaban ojos y oídos. Las vocales eran fuertes y resonantes,
con cada sonido pronunciado muy claramente. Los cantos védicos se entrelazaban
con el fuego y con los vientos en el corazón y en la respiración del cantor y
del oyente. Nos reuníamos y escuchábamos, aun los pocos que éramos ‑mi hija
Radhika de diez años, y mi sobrino Asit, de nueve. Con los ojos muy abiertos,
ellos se sentían arrebatados por la deslumbrante presencia de Krishnamurti, un
hombre inflamado de intensidad. La belleza del sonido, de la forma, lo
iluminaba todo. Cada poro del cuerpo respondía. Fueron momentos hechizados los
de entonces.