Capítulo XVII
“LA MENTE PARECÍA
EXPANDIRSE SIN FIN”
En
marzo de 1955 se había decidido que, antes de regresar a Europa, Krishnaji
descansara por un mes en Ranikhet, una estación en los cerros de los Himalayas.
Durante los años del gobierno británico, Ranikhet, en las cadenas Kumaun de los
Himalayas, había sido un puesto militar ‑no habilitado para los civiles. Las
casas, como todas las residencias construidas por los ingleses en las
estaciones serranas, eran copias nostálgicas de las casas campestres de
Inglaterra ‑cobijadas entre jardines repletos de flores fragantes y altísimos
pinos y cedros. Los árboles estaban impregnados con el vaho y el intenso
perfume de la resina. A lo largo del borde del camino se habían plantado
arbustos floridos, que en el verano se veían encendidos de pimpollos.
Desde
Ranikhet se extendía la ruta hacia los puntos sagrados de peregrinaje,
profundamente enclavados en la cordillera de los Himalayas ‑a Kedarnath y
Badrinath, las residencias de Shiva y Vishnu en los Himalayas; a las fuentes de
los ríos Ganges y Jamuna; y a Kailash y Manasarovar en el Tíbet. Kailash, de
forma cónica, era una montada inaccesible debido a las nieves, y había sido la
morada de Shiva después de que éste fuera aceptado en el panteón brahmínico. En
un lado de la montaña estaba Manasarovar, el lago con aguas de color azul
celeste donde residían mitológicos cisnes dorados, los hamsa. El sonido del nombre del cisne resonaba con los silencios
del cosmos y con la inspiración y expiración del prana, la fuerza vital. Del otro lado de la montaña estaba Raksasa
Tal, un lago de aguas oscuras y amenazadoras. Los dos lagos simbolizaban los
dos aspectos de Shiva y de la mente ‑la turbulencia y la quietud total.
En un
día claro, desde Ranikhet podía verse una vasta extensión de picos de los
Himalayas coronados de nieve. Tenían nombres sagrados: Trisul, Neelkanth,
Nandadevi, Nandakhot. El amanecer y el crepúsculo, el ardiente sol del
mediodía, la luna llena en las noches... todo revelaba la cambiante luz y
sombra en sus aspectos imponentes e inmutables. Eran los profetas eternos, los
guardianes de la tierra y la fuente de vida de los ríos.
Achyut había viajado a Ranikhet y encontró una casa, Ardee, para que
Krishnaji la habitaran. Se hicieron los arreglos para que mi marido llevara a
Krishnaji en automóvil desde Delhi hasta las alturas de Ranikhet. Krishnaji
había estado sosteniendo pláticas y discusiones en Bombay, y se decidió que
viajara a los cerros el 18 de marzo. Sin embargo, estando en Bombay cayó
enfermo con mucha fiebre. Deliraba; no podía soportar el ruido y su cama tuvo
que trasladarse a la sala de estar. El Dr. Nathubhai Patel, un médico eminente,
examinó a Krishnaji y determinó que tenía vermes por haber ingerido alimentos
crudos. El sensible cuerpo de K había reaccionado con violencia y la vejiga y
el conducto urinario estaban inflamados. No obstante, con el tratamiento
Krishnaji se recobró rápidamente. En la tercera semana de marzo nos
encontrábamos en Delhi y el día 28 estábamos listos para dirigirnos a las
montañas.
Kitty
Shiva Rao había dispuesto que uno de sus sirvientes, Diwan Singh, y Tanappa,
subieran desde Rajghat a Ranikhet y prepararan la casa para Krishnaji. Había
que viajar algo más de doscientas millas. Como Krishnaji no podía soportar el
calor, salimos a las 5 de la mañana.
Krishnaji se sentó en el asiento delantero con mi esposo que manejaba, y
Madhavachari y yo nos sentamos atrás. El aire tempranero de la mañana era
fresco, y cubrimos la mayor parte del viaje hasta el pie de los cerros, antes
de que el sol se tornara demasiado caliente. Krishnaji siempre había sido un
buen conductor. Su amplia percepción podía sentir el peligro antes de que
ocurriera algún choque catastrófico. Pero como conductor acompañante era muy
fastidioso. Durante todo el viaje estuvo dándole instrucciones a Jayakar para
que hiciera esto y no hiciera aquello, advirtiéndole de los peligros próximos.
Varias veces mi esposo le sugirió a Krishnaji que se sentara atrás con
nosotros, pero él tenía el propósito de permanecer donde estaba.
Madhavachari y yo comenzamos a discutir diversos problemas vinculados
con el conocimiento propio. Habíamos estado ascendiendo firmemente; el panorama
mostraba saltos de agua, empinados desfiladeros y laderas cubiertas de
rododendros. Mirábamos la vegetación cambiante, las rocas y los precipicios,
los rápidos torrentes. Estábamos hablando de la percepción alerta,
deteniéndonos en minucias acerca de su naturaleza, cuando de pronto sentimos
una sacudida. No le prestamos atención y seguimos conversando. Pocos segundos
después Krishnaji se volvió y nos preguntó qué estábamos discutiendo. “La
percepción alerta”, contestamos, e inmediatamente comenzamos a hacerle
preguntas al respecto. Él escuchó, nos miró burlonamente, y después preguntó:
“¿Se dieron cuenta de lo que acaba de suceder?”
“No”
“Atropellamos una cabra, ¿no lo vieron?”
“No”.
Entonces, con mucha gravedad dijo: “¡Y estaban discutiendo la percepción
alerta!” No se necesitaba más palabras. Fue devastador.
La
casa en Ranikhet estaba entapizada con enredaderas, el jardín cubierto de
hierbas, pero la residencia se hallaba rodeada de cedros y pinos. La penetrante
frescura de la resina impregnaba las habitaciones, Todo estaba intensamente
quieto con el silencio que existe en casas solitarias situadas en los bosques.
Mi
esposo y yo regresamos a Delhi después de pasar la noche. Madhavachari tenía
que ir a Madrás y nos acompañó en el regreso. Achyut permaneció por unos días
con Krishnaji.
K
salía solo para hacer largas caminatas. Se extraviaba a veces entre los bosques
de pinos y cedros, pero instintivamente encontraba su camino a la casa, Los
árboles contra el fondo de los Himalayas eran una delicia, El nos habló de
estos picos que se extendían desde Nepal hasta las cuevas de Badrinath:
“Estaban a sesenta millas de distancia, con un vasto valle azul entre ellos y
nosotros, y se extendían por más de doscientas millas. Cubrían el horizonte de
un extremo a otro. Las sesenta millas que se interponían parecieron
desaparecer, y sólo existían esa fuerza y esa soledad. Estos picos, algunos con
más de 25.000 pies de altura, tenían nombres divinos porque los dioses vivían
allí, y los hombres llegaban hasta ellos desde grandes distancias para
adorarlos y morir.
“La
mente parecía abarcar el vasto espacio y la distancia infinita, o mejor dicho,
parecía expandirse sin fin, y detrás y más allá de la mente había algo que
contenía en sí todas las cosas”.
Después cuestionó sus propias percepciones: “Aquello que está más allá
de toda conciencia no puede ser pensado o experimentado por la mente. Pero,
¿qué es, entonces, aquello que lo ha percibido y se da cuenta de eso que es por
completo distinto de las proyecciones de la mente? ¿Quién es el que experimenta
eso? Obviamente, no es la mente de las respuestas, de los impulsos y los
recuerdos cotidianos.
“¿Existe otra mente?” se preguntó a sí mismo. “¿Hay una parte dormida de
la mente que sólo puede ser despertada por aquello que es único y está más allá
de toda mente? Si así fuera, entonces dentro de la mente siempre hay algo que
está más allá de todo tiempo y pensamiento. Y sin embargo, no puede ser, porque
sería sólo pensamiento especulativo y, por tanto, otra invención de la mente”.
Puesto que la inmensidad no nace del proceso de la mente, ¿qué es,
entonces, lo que se da cuenta de ella? ¿Es la mente como el experimentador la
que se da cuenta, o es esa inmensidad la que se percibe a sí misma porque no
existe un experimentador? Solamente aquello existía, y aquello se percibía a sí
mismo sin medida. No tenía principio ni palabra”1.
Por
la tarde, Krishnaji se sentó delante del fuego y le pidió a Achyut que le
enseñara algo de sánscrito. Achyut comenzó leyendo el Mandukya Upanishads con Krishnaji. El Upanishads que revela el sonido Om
(También, Aum) ‑un sonido totalmente
vocal en el que no hay consonantes. El sonido om que reverberan en el universo y en las cavernas del corazón
cuando todo otro sonido ha llegado a su fin.
Achyut preguntó: “¿Qué hay de malo en el canto del Om si la mente está
en silencio?”
“¿Está su mente en silencio?”
“En ese segundo cuando recitábamos, el ‘yo’
estaba ausente”, dijo Achyut.
La
respuesta de Krishnaji negó todas las anclas y soportes: “Lo que usted hace
involucra al tiempo. Aquello no tiene nada que ver con el tiempo. El tiempo
nunca puede conducir a lo otro”.
Después de unos cuantos días Achyut regresó a la llanura, y Krishnaji se
quedó solo en Ardee. Una serie de cartas a mi esposo, revelan el meticuloso
cuidado que Krishnaji dedicaba a su vestimenta. Siempre tuvo un sentido
apasionado por el color y la textura. Le encantaban las ropas tejidas a mano.
En la India vestía con elegante sencillez, llevando un kurta que le llegaba hasta debajo de las rodillas, y pijamas
sueltos. Para el calor se ponía una chaqueta o un choga. Tenía varias de estas prendas hermosas de lana, obsequio de
Mrs. Besant, confeccionadas con tus
de lana de Kashmir en cálidos y dulces tonos castaños.
En
1948 y por varios años que siguieron, sólo vistió de blanco. Pero más tarde
prevaleció su amor por los colores de la tierra usados por los mendicantes de
la India. Los amigos le trajeron telas de algodón tejidas a mano, y los espesos
y toscos kurtas de lino hechos con
los restos que quedan una vez que el hilo ha sido devanado, cuyos colores iban
desde el crema intenso al ocre oscuro y a los tonos que acostumbran vestir los
monjes budistas.
Viviendo solo, con una cocinera que cuidaba de sus necesidades,
Krishnaji se repuso por completo. Salía a dar largos paseos, conversaba con los
picos nevados, observaba, escuchaba al mundo interno y al mundo que lo rodeaba.
Cierta vez nos contó una historia relacionada con uno de los monos langures de
cara blanca que en gran cantidad solían columpiarse en las copas de los árboles
que rodeaban Ardee. Una mañana se encontraba escribiendo en su habitación, la
ventana estaba abierta. De pronto tuvo la sensación de que unos ojos lo
observaban resueltamente. Miró hacia arriba y descubrió a un mono maduro
sentado en el antepecho de la ventana, el cual miraba con intensidad hacia el
interior de la habitación. Krishnaji se levantó y caminó hasta donde estaba el
mono. Cuando estuvieron frente a frente, el mono extendió una mano. Krishnaji
la tomó y el mono dejó que la retuviera. Había una completa confianza.
Krishnaji describe el contacto de la mano como firme e infinitamente suave a
pesar de las callosidades que se habían formado por el trepar de rama en rama.
Permanecieron durante unos minutos con las manos tomadas, y después el langur
trató de entrar en la habitación. Krishnaji lo empujó hacia atrás, suavemente
pero con firmeza, y cerró la ventana.