domingo, 29 de septiembre de 2013

Capitulo XXXVII “SÚBITAMENTE VI EL ROSTRO”.



Capitulo XXXVII
“SÚBITAMENTE VI EL ROSTRO”.

   El gobierno de Sri Lanka había invitado a Krishnamurti como huésped oficial cuando ofreciera sus pláticas en Colombo. Varios de sus amigos le acompañaron a esta isla de esmeralda. Mary Zimbalist, Nandini y yo paramos con Krishnaji en Auckland House, la casa oficial de huéspedes del gobierno cingalés. Se habían hecho toda clase de esfuerzos para que el gobierno de Ceilán le diera la bienvenida a Krishnamurti. Fue invitado a tomar el té con el presidente, se vio con el primer ministro y fue entrevistado varias veces por la prensa. Un gran número de personas asistió a las pláticas ‑monjes y laicos, cingaleses y tamiles, ministros y oficinistas se reunieron para escuchar al sabio­.
   Asit Chandmal también se encontraba en Colombo. Había estado en California sosteniendo entrevistas con científicos y tecnólogos que trabajaban en las fronteras de las nuevas ciencias. Le habló a Krishnaji de la era electrónica hacia la cual el hombre se dirigía como catapultado; de las asombrosas capacidades y destrezas de las nuevas computadoras y de la investigación en pos de la máxima inteligencia mecánica.
   Los científicos especializados en computadoras perseguían la posibilidad de crear la inteligencia artificial. Estudiaban el cerebro humano para ver cómo funcionaba, con la idea de reproducirlo. Los hombres de ciencia japoneses estaban profundamente involucrados en esto. La IBM ya había iniciado la investigación. Krishnaji escuchaba todo esto con ansia; su mente percibió instantáneamente las dimensiones y la dirección que tomaría esta nueva inteligencia, la magnificencia del impulso inventivo del hombre y, con este impulso, los enormes peligros para la supervivencia de la humanidad. Comprendiendo que el hombre pronto se enfrentaría a retos sin precedentes, interrogó sin piedad a Asit.
   Más tarde sostuvimos discusiones sobre la computadora y el cerebro humano. K dijo: “El cerebro tiene una capacidad infinita. Esa inmensa capacidad está siendo empleada para propósitos materiales”. El veía con gran claridad que, con la capacidad inventiva, ciertas facultades del cerebro en poco tiempo serían, asumidas por la máquina.
   “Al dejar de funcionar, ¿no se contraerán o marchitarán estas facultades?”, preguntó. “¿Se atrofiará lentamente el cerebro? O bien el hombre explora dentro de sí a fin de que pueda usar estas herramientas correctamente, o la percepción, la compasión, la esencia humana tal como la conocemos, cesarán de existir. Sólo hay dos opciones abiertas: O nos comprometemos con toda la gama del entretenimiento externo, o nos volvemos hacia lo interno”.
   Krishnaji se apasionaba ardientemente con esta cuestión. La discutió con nosotros en Colombo y más tarde en el Valle de Rishi y en Madrás. Por más de dos años, el principal interés de Krishnaji estuvo concentrado en este problema del cerebro humano y del reto que implicaba la máquina haciéndose cargo de los procesos y facultades del cerebro.

   Una mañana le solicité a Krishnaji una reunión, pues necesitaba respuestas para algunos interrogantes que me desconcertaban. El se encontraba en un estado extraño, parecía hallarse ‘fuera’ de sí mismo. Lo interrogué respecto a su posición de que no había senderos hacia la verdad. Dije: “Casi todos los otros sistemas de meditación señalan la necesidad de un apoyo en las primeras etapas. Usted ha sostenido repetidamente que no hay pasos previos ni niveles. El primer paso es el último paso. Pero al investigar su pasado histórico, así como al recordar conversaciones casuales, observo que usted ha pasado por todos los kriyas ‑acciones bien conocidas en la tradición religiosa­. Se ha probado a sí mismo, ha negado sus sentidos ‑ha atado una venda sobre sus ojos para comprobar qué es estar ciego­. Ha ayunado durante días, ha observado silencio, ‘maun’ por más de un año en 1.951. ¿Cuál fue la razón que tuvo para este silencio?”
   “Probablemente fue para averiguar si podía permanecer callado”, dijo K.
   “¿Le ayudó eso de algún modo?”
   “En lo más mínimo”.
   “¿Por qué lo hizo?”
   “He hecho cosas absurdas ‑alimentarme de modo que no se mezclaran proteínas con almidón, comiendo sólo vegetales y después sólo proteínas­”.
   “¿Coloca el silencio en la misma categoría?”, preguntó Nandini.
   “Usted quiere decir que yo no hablé con nadie... ¿está segura? Eso nunca fue nada serio. No hubo una intención espiritual detrás de ese silencio”.
   “En la experiencia que tuvo lugar en Ooty, usted aún tenía visiones. ¿Actualmente tiene visiones alguna vez?”, le pregunté.
   “No...” Pareció inseguro. “Espere un momento. A veces las tengo. ¿Qué entiende usted por visiones ‑cuadros, imágenes­? Vea, debe haber sido una cosa muy extraña cuando éstas entablaron una conversación conmigo. Hasta donde puedo recordar, el Maestro K.H. y el Buda siempre estuvieron ahí en alguna parte de mi mente. Sus imágenes me acompañaron por un tiempo considerable”.
   “Usted ha hablado de un rostro que le acompañaba, que se fundía con su rostro”.
   “Es verdad”.
   “Se lo pregunto hoy; ¿Está ese rostro todavía con usted?”
   “Sí, ocasionalmente. Tengo que investigar esto. ¿Qué es lo que desea averiguar con todas estas preguntas?”
   “Quiero escribir un relato exacto, no sólo de acontecimientos; los acontecimientos son de poca importancia desde mi punto de vista”.
   “Desde el comienzo mismo, C.W.L. y Amma decían que el rostro había sido creado por muchas, muchas vidas. Yo era demasiado joven para saber lo que querían decir, pero al parecer el rostro los impresionó tremendamente. Dijeron que era el rostro del Bodhisattva Maitreya. Solían repetir esto, pero para mí no tenía ningún significado, absolutamente ninguno. Muchos, muchos años más tarde, después de la muerte de mi hermano, mucho, mucho después de eso ‑no puedo decirles cuándo­ una mañana de pronto vi el rostro, un rostro extraordinariamente bello que solía acompañarme, y así lo hizo por muchos años. Luego, poco a poco, ese rostro desapareció. Todo eso comenzó después de la muerte de mi hermano”.
   “Prosigamos con la cuestión de las visiones”, dije.
   “Por muchos, ‘muchos años, yo ‘no estaba realmente ahí’. A veces, aun ahora, no estoy del todo ahí. Lo de Ojai fue por completo independiente de Leadbeater. En Ootacamund, fue por completo independiente de Rajagopal y Rosalind. Cuando me fui de Ojai ‑después de 1.947 o 1.948­ comenzaron a ocurrir cosas, como el ver este rostro extraordinario. Solía verlo todos los días ‑en sueños, despierto, paseando­. No era una visión. Era como ese cuadro, un hecho real”.
   “¿Lo veía aun estando despierto?”, preguntó Nandini.
   “Por supuesto, durante mis paseos estaba ahí”.
   “Nosotras lo vimos en Ooty. Un cambio tremendo que tuvo lugar en su rostro”, dije.
   “Eso es cierto”.
   “Y usted dijo que el Buda había estado ahí. Ahora dice que ocasionalmente tiene visiones”.
   “La otra noche, en Madrás, me desperté con este rostro”.
   “Entonces aún está ahí”.
   “Desde luego”.
   “Me gustaría poder captar el sentido de eso”, dije.
   “Sí. O sea, no se trata de una visión. No es algo imaginado. Lo he puesto a prueba. No es algo que yo anhele. No me digo, ‘¡Qué rostro tan bello!’ ‑no hay deseo alguno de tenerlo­”.
   “¿Qué le ocurre cuando capta estas visiones?”
   “Miro el rostro”.
   “¿A usted le sucede algo?”
   “No lo sé. Es como una purificación del cuerpo y del rostro y del aire. He visto el rostro en la oscuridad, a plena luz mientras paseaba...Ustedes podrán decir que todo esto es una chifladura, pero es así como ocurre. Jamás he hecho nada por un motivo espiritual”.
.   “Antes del proceso místico que tuvo lugar en Ojai, ¿en sus cartas a Lady Emily le decía que usted meditaba diariamente?”, le preguntó Mary Zimbalist.
   “Toda la meditación estaba dentro de los lineamientos de la Sociedad Teosófica. La hacía porque me habían dicho que la hiciera. Formaba parte de la creencia teosófica, pero para mí no significaba nada. Todo eso lo hacía automáticamente”.
   “Cuando usted ‘creció’, cuando ‘llegó’, ¿fue en un destello, o fue algo que maduró sin que usted lo supiera?”, pregunté.
   “En un destello, naturalmente. Yo solía sentir horror por los votos, los ayunos, los votos de celibato, las promesas de no irritarme. Jamás tomé ninguna clase de votos. Si yo no quería algo, ése era el fin de ello. Si lo quería, continuaba con ello”.
   “Cuando uno lee el Diario y después lee las pláticas de 1.948, descubre que ha habido un importante salto en la enseñanza. ¿Hay un salto que ocurre todo el tiempo?”
   “Si, está sucediendo todo el tiempo, en mi cerebro, dentro de mí. Después de viajar esta vez de Londres a Bombay y luego a Madrás, esa primera noche en Madrás sentí que el cerebro explotaba; había una cualidad extraordinaria, luz, belleza. Esto ocurre todo el tiempo, pero no todos los días ‑decir eso sería mentir­. Lo que se necesita es quietud...”
   “Advierto que las cosas pasan cuando usted está solo. Ocurrieron cuando se suponía que se encontraba ‘enfermo’ en 1.959, primero en Srinagar y después en Bombay. Nunca he estado segura si entonces estuvo enfermo o si se trató de alguna otra cosa. Al final de toda enfermedad seria, usted ofrece pláticas extraordinarias”.
   “La enfermedad puede ser una purificación”, dijo K.
   “Sé que estando en Bombay, estuvo usted enfermo en dos ocasiones. Yo me encontraba presente. Hay una atmósfera extraña cuando usted está enfermo”.
   “Recuerdo cuando estuvo enfermo en Bombay. Usted tenía bronquitis. Tuvimos que cancelar las pláticas. Tenía entre 39° y 40º de temperatura. De pronto sintió necesidad de vomitar. Corrí a traerle una palangana. Sostuve su mano y vi que estaba a punto de desmayarse. Grité y usted exclamó, ‘No, no’. Su voz había cambiado. Su rostro había cambiado. La persona que se sentó en la cama era diferente de la persona que estuvo a punto de desmayarse. Usted estaba curado.
   “Me dijo que no había que dejar el cuerpo solo; simplemente había que estar ahí. Dijo: ‘Jamás se sienta ansiosa estando cerca de mí, no se preocupe, no permita que se aproximen muchas personas. En la India nunca dejan en paz a una persona enferma’. Me pidió que me sentara tranquilamente y después prosiguió: ‘Tengo que decirle algo. ¿Sabe cómo ayudar a morir a una persona? Si sabe que una persona está por morir, ayúdela a permanecer tranquila, ayúdela a olvidar sus acumulaciones, a librarse de sus preocupaciones, de sus problemas, a desprenderse de sus apegos, de todas sus posesiones’. Permaneció callado, su rostro resplandecía. Después dijo. ‘Si uno no puede hacer eso, está donde está, se queda donde está’”.