Capítulo
XLVI
“EL
LINAJE DE LA COMPASIÓN”
En abril de 1.984 me encontraba en Arya Vihara, Ojai. El libro de
memorias estaba a punto de completarse, ¿pero cómo sería el final? El río
estaba en plena creciente. ¿Era posible destilar la esencia de la enseñanza? A
veces parecía tan lúcida, clara, sencilla, y después tan distante, inmensa,
universal, que desafiaba una percepción unificada de la misma. Me encontré con
Krishnaji en la Cabaña de los Pinos el 28 de abril. Su cabello estaba blanco,
el tiempo había dejado su huella en el rostro, pero sus ojos que reflejaban los
míos eran los del muchacho Krishnamurti en la fotografía tomada después de su
primera iniciación ‑ojos límpidos, incontaminados, ojos que nunca habían mirado
hacia atrás en el tiempo.
Le pregunté cuál era la suma de su enseñanza. Para mí era inmensa.
Integraba e incluía las enseñanzas de Buda y del Vedanta. Él podía negar el
super-Atman, el Brahman, pero en la negación misma emanaba de él la energía que
esas palabras comunicaban. Eso me condujo a la tan frecuentemente formulada
pregunta: “¿Quién es Krishnamurti? ¿Cuál es su linaje?” ¿Era un punto de
ruptura en la evolución? Tomaría siglos abarcar totalmente el reto que
Krishnamurti le había planteado al cerebro humano -a la raíz de la mente
humana.
De pronto Krishnaji tomó mi mano: “Quédese con eso ‑quédese con el reto-
trabaje con eso ‑olvídese de la persona”. Su contacto estaba cargado con la
fuerza de la naturaleza tal como se la encuentra en las tempestades de los
océanos. “Mire lo que han hecho las religiones: se han concentrado en el
instructor y han olvidado la enseñanza. ¿Por qué damos tanta importancia a la
persona del instructor? El instructor puede ser necesario para manifestar la
enseñanza, pero más allá de eso, ¿qué? El vaso contiene agua; uno tiene que
beber el agua, no adorar el vaso. La humanidad adora el vaso, olvida el agua”.
Mi cuerpo y mi mente respondieron: “Aun el hecho de comenzar una real
investigación en la enseñanza, implica una ruptura en la conciencia”.
“Sí, así es”, dijo K. “La tendencia humana es concentrarlo todo en la
persona del instructor ‑no en la esencia de lo que dice, sino en la persona.
Esa es la gran corrupción. Mire a los grandes instructores del mundo ‑Mahoma,
Cristo y también el Buda. ¡Vea lo que los seguidores han hecho de eso! Los
monjes budistas son violentos, matan. Todo lo contrario de lo que el Buda ha
dicho.
“La manifestación tiene que ocurrir a través de un cuerpo humano,
naturalmente ‑la manifestación no es la enseñanza. Tenemos que ser
extraordinariamente impersonales en esto. Ver de no proyectar al instructor a
causa de nuestro amor y afecto por la persona, olvidando así la enseñanza. Ver
la verdad en la enseñanza, ver su profundidad, penetrar en ella, vivir con ella
‑eso es lo importante. ¿Qué valor tiene si el mundo dice que K es una persona
maravillosa? ¿A quién le importa? Pero si K es un punto de ruptura, la palabra
no es su medida, La palabra no es importante. Si estuviéramos viviendo en los
tiempos de Buda, yo podría sentirme atraído hacia él como ser humano, podría
sentir un gran afecto por él, pero estaría más interesado en lo que él dice.
Mire, Pupulji, nuestros cerebros se han empequeñecido tanto por las palabras
que hemos utilizado. Cuando uno habla a un grupo de científicos, a
especialistas en diversas disciplinas, ve que sus vidas se han vuelto muy
triviales. Lo miden todo en términos de palabras, de experiencias. Las palabras
son limitadas, todas las experiencias son limitadas. Cubren un área muy
pequeña”.
Titubeó un poco. “Empecemos de nuevo. Él yo es un manojo de recuerdos.
Él yo es la esencia del conocimiento. El conocimiento está siempre en el campo
del tiempo. K está diciendo que el yo es memoria heredada y acumulada. Cuando
el yo está ausente, no existe el tiempo. La energía no tiene pasado. Pero el
hombre ha puesto énfasis en el pasado. Cuando existe esa energía no limitada
por el yo, la energía no contiene tiempo. Es energía”.
“Pero en toda manifestación, ¿no nace un tiempo, limitado a esa
manifestación?”, pregunté.
“Sí. La manifestación necesita del tiempo. Por lo tanto, habiéndose
manifestado como una flor o un árbol, o como un ser humano, esa energía es
limitada. Cuando el yo está ausente, existe un estado por completo libre del
tiempo. Lo que me pregunto es si la evolución del cerebro ha de continuar como
hasta ahora, modificándose, creciendo, acumulando más y más conocimientos. Veo
algo muy interesante. La meditación tal como la conocemos, es práctica,
disciplina, recitación de mantras. Se basa en el conocimiento. Por eso es un
asunto muy insignificante. ¿Existe una meditación que no se base en el
conocimiento, que no sea deliberada? En tanto exista la conciencia, la
conciencia tiene que implicar manifestación. Tiene que haber tiempo. Por lo
tanto, esta meditación sólo puede existir cuando la conciencia, tal como la
conocemos, llega a su fin.
“En el último año, hay un estado que no es mensurable en palabras, que
no se encuentra en el campo del conocimiento’ es inmenso, totalmente
intemporal. Está ahí cuando cierro los ojos para hacer mis ejercicios, cuando
doy un paseo. Soy escéptico, lo observo para ver si es una realidad o una
fantasía”.
Krishnaji se había alejado liberándose de la discusión; un nuevo estado
era evidente.
“Eso debe alterar totalmente la naturaleza del cerebro”, comenté.
“Probablemente lo hace”.
“¿Puede afectar el cerebro de la humanidad?”
“Sí, sí”. La voz de Krishnaji fluía, profunda y compasiva. Entonces,
súbitamente me preguntó. “Pupulji, usted ha leído los textos antiguos, ha
discutido con pandits; ¿con qué hace
contacto?”
Dejé que la pregunta flotara; luego, vacilando, hablé: “Vea, Krishnaji,
he leído los textos antiguos, pero introduzco en los textos el escuchar que ha surgido de escucharle a
usted. De ese modo escucho los textos y, a causa de que existe ese estado,
puedo entrar en contacto con algo, aproximarme a ello”.
“Por qué”. Habló K ‑no era una pregunta, sino un modo de incorporarme al
viaje.
“Porque el contacto con ‘aquello’ no reside en las palabras. Usted habla
y la mente, debido a que está quieta, se siente próxima a ‘aquello’. Entonces,
cuando leo los textos antiguos y la mente está quieta, o cuando me siento a
solas en el jardín y escucho el canto de los pájaros, o el viento entre las
hojas, puedo percibir cierta proximidad a ‘aquello’”.
“La persona de K, ¿se vuelve importante?”
“No. La energía que emana es, ciertamente, importante. Usted nos
introduce dentro de ella en el momento que la mente está quieta. Comienzo a ver
algo: la energía en esta mente, tal como es, no puede alcanzar ‘aquello’. Puede
llegar hasta cierto punto y no más allá. También comprendo esto: al yo hay que
dejarle el menor espacio posible”.
“Sí”. Krishnaji rió. “Dejarle representar su papel lo menos que se
pueda”.
“Veo que ha quedado muy poco del Krishnamurti personal”.
“Sí”.
“Uno puede sentirlo en el instante que toca las puertas de acceso a su
mente; la base de esa mente está saturada con ‘aquello’”.
“Sí”.
“En el último año usted ha tratado ‑no, ‘tratado’ no es la palabra
correcta- de traer a la gente más y más cerca de ‘aquello’”. Hice una pausa.
“Pero entonces aparece el bloqueo de la evolución, que es el karma”.
“Como siembras, cosecharás”, Krishnaji volvió
a reír.
“El karma, la esencia de: ‘lo que fuiste, eso eres y eso serás’. También
veo que uno debe dejar correr el pensamiento, que sea muy fluido, no permitirle
que cristalice. Y uno ha de desarraigar el pensamiento, desenterrarlo”.
“Desarraigarlo, eso es correcto”.
“De modo que se pose con levedad en la mente”.
Espere un momento”. K interrumpió mi flujo. “¿Cómo comunicaría usted lo
que está diciendo, a cincuenta personas, o a cinco mil?”
“La clave para la comunicación es la observación. No se necesita nada
más”.
“¿Cómo responde usted, quién es el observador?”
“La única respuesta es observar. Estar abierto, descubrir, ¡Qué
extraordinario es este viaje de descubrimiento, las percepciones en lo
infinito!”
Cuando dejé la habitación, la pregunta volvió a surgir en mi mente.
¿Quién es Krishnamurti? ¿Cuál es su gotra,
su linaje? De la pregunta emergió la respuesta: Toda la humanidad. Porque en
todos los seres humanos está la capacidad de abrirse paso a través del
cautiverio; de pertenecer al linaje de la compasión impersonal.
Más adelante le pregunté cuál era la naturaleza de la palabra samadhi. Dijo: “El cerebro permanece en
silencio durante el día; se dice una palabra, y el cerebro ve instantáneamente
todo su contenido. El cerebro no acumula. Lo que surge es pleno. Dentro del
cerebro no hay movimiento de tiempo, pero hay un movimiento infinito, el ritmo
propio del cerebro. Hay un sentido de protección, de protección eterna,
intemporal”.
El 11 de mayo de 1.985, Krishnamurti cumplió noventa años. Ese día yo
estaba con él en Arya Vihara, Ojai, y por la mañana golpeé a la puerta de su
habitación que tenía vista al pimentero, donde sesenta y tres años antes él
había experimentado sus misteriosas transformaciones. A mi llamada Krishnaji
abrió la puerta. Me incliné para tocar sus pies; pero él se echó a reír, y en
lugar de eso me abrazó. Nada especial sucedió ese día. Krishnamurti tenía
noventa años y transcurrió un día más.