domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo XI “VAYA Y TRABE AMISTAD CON LOS ÁRBOLES”



Capítulo XI
“VAYA Y TRABE AMISTAD
CON LOS ÁRBOLES”

   Krishnaji regresó a Madrás a principios de abril de 1948. Se alojó en Vasanta Vihar, sede oficial de las actividades de Krishnaji en la India. Su anfitrión era R. Madhavachari.
   Vasanta Vihar era unan sólida edificación con columnas y galerías; las puertas, las ventanas y los muebles eran de lujosa teca de Burma. En la planta baja la casa tenía un despacho y una gran sala para reuniones, pero había muy pocos dormitorios ­la habían construido deliberadamente así para que muy pocas personas pudieran vivir en ella­. Aunque la planta baja contaba con una serie de habitaciones, Krishnaji dormía en una galería cubierta. Concedía entrevistas en un salón que daba al césped del frente, y las discusiones públicas se realizaban bajo los árboles. La casa estaba rodeada por higueras de Bengala, mangos y ‘árboles de lluvia’; florecientes ‘bersali’, casias, mohures dorados y laburnos, daban fragancia y color a los distintos verdes; y cerca de la entrada había un lago artificial cubierto de lirios acuáticos.
   Madhavachari era un brahmín austero, seguidor de la secta Madhava. Era cándido, devoto, obstinado, y estaba empapado en una tradición monumental. Moreno, de piel suave y tersa producto de numerosos baños de aceite habituales en la India del sur, y con un cuerpo delgado y enhiesto, tenía muy buena presencia; su rostro irradiaba fuerza y belleza. Pero en años posteriores íbamos a descubrir que, debajo de su austera apariencia exterior, había una persona muy ‘humana’. Podía divertirse con mi marido contando chistes bastante subidos de color, y tenía muchas anécdotas de su juventud.

   Krishnaji había estado discutiendo con Sanjeeva Rao y Madhavachari la posibilidad de publicar una revista, de la cual Sanjeeva Rao, Maurice Friedman y yo seríamos los editores. En la primera carta que nos escribió desde Madrás, fechada el 18 de abril de 1948, me decía:

   Mí querida Pupul:
   Ya que la montaña no vendrá a Mahoma, etc....
   Le escribí a Nandini, creo que fue ayer, diciéndole que mi anfitrión había pedido que usted y Nandini se detuvieran aquí por un día o dos antes de subir a Ooty. Espero que ambas lo hagan. Luego podremos viajar todos juntos a Ooty; saldríamos de aquí alrededor del 1º de mayo.
   Si aceptan la invitación de Madhavachari, cosa que espero que hagan ambas, entonces, antes de ir a Ooty, ¡¡tenemos un nuevo trabajo para ustedes!! Confío en que el trabajo les guste. Bromas aparte, quisiera conversar con usted y algunas otras personas acerca de algo que hemos estado considerando aquí. Ellos han hablado conmigo de sacar una revista con usted, Friedman y Sanjeeva Rao como co-editores. Suena formidable, pero es algo serio. Podemos discutirlo cuando usted venga aquí. Por favor, háganos saber si usted y Nandini pueden venir. Si pueden hacerlo un par de días antes del 1º de mayo, eso nos dará la oportunidad de hablar sobre el asunto.
   Confío en que usted y su familia se encuentren bien. Por favor, transmítales mi amor.
Con mucho afecto,
 J. Krishnamurti

   Yo nunca había visto Madrás, así que decidí ir. Nandini persuadió finalmente a su marido para que le permitiera acompañarme. A nuestra llegada fuimos recibidas por Krishnaji y Madhavachari, que se mostraron cálidos y afectuosos en la bienvenida. Por la tarde fuimos con Madhavachari a la Sociedad Teosófica y al Jardín del Recuerdo, los terrenos donde habían cremado a Annie Besant ­su samadhi­. Krishnaji no vino con nosotros. Desde su ruptura con la Sociedad Teosófica, él no había visitado la finca en Adyar. La ruptura con la Sociedad era completa.
   Al volver del samadhi de Annie Besant, trajimos con nosotros un lirio blanco y se lo dimos a Krishnaji. Él lo tomó con ambas manos y lo sostuvo. Pudimos ver que estaba profundamente conmovido. Después fuimos a pasear con él por la playa de Adyar. Krishnaji caminaba delante de nosotras, bien enhiesto su cuerpo vestido de blanco, y los largos brazos cayendo a los costados. Cuando regresamos, sus profundos ojos de color azul oscuro se veían distantes, su rostro parecía exaltado. Al llegar a la casa le preguntó a Madhavachari (a quien se dirigía como mama, ‘tío’): “¿Qué gongs fueron los que escuché la última noche ‑dos largos y uno corto­? Eran maravillosos”. Madhavachari quedó perplejo, dijo que él no había escuchado gongs y no sabía de dónde habían venido los sonidos. Krishnaji insistió en que había escuchado unos sonidos extraordinarios. K fue a su habitación y salió al cabo de cinco minutos para decir que se había dado cuenta de algo con respecto a los gongs. Parecía que el sonido, profundo, resonante, fuera producido por dos ventiladores funcionando al mismo tiempo. K estaba en un estado de éxtasis, sus manos marcaban el compás de la resonancia. Casi no habló durante toda la cena, que comimos en thalis, y sentados en esteras sobre el piso. (Thalis: platos redondos de metal donde se sirve la comida en las familias tradicionales de la India. El thali puede estar hecho de madera, de acero inoxidable o de piedra. Sobre el thali, se colocan pequeños tazones redondos con diversos vegetales y lentejas, mientras que el arroz y los rotis o panes de trigo integral, se ponen sobre el thali mismo.)
   Tarde en la noche nos despertamos con el sonido de la voz de Krishnaji que nos llamaba desde la galería donde acostumbraba dormir. Su voz sonaba débil, y nos quedamos azoradas pensando que estaba enfermo. Después de mucha vacilación, fuimos hasta el portal que da a la galería y le preguntamos si se sentía mal. Él estaba llamando a alguien, su voz era frágil y parecía la de un niño. Repetía: “Krishna se ha ido ¿cuándo volverá?” Sus ojos estaban abiertos, pero no reconocía a nadie. Luego pareció advertir nuestra presencia y preguntó: “¿Eres tú, Rosalind?” Y enseguida: “¡Oh, sí, sí, él sabe de ti, está todo bien, por favor siéntate aquí, espera aquí!”. Luego, al cabo de un rato: “No dejen el cuerpo solo, y no tengan miedo”. La voz empezó a llamar a ‘Krishna’ nuevamente. Entonces se tapó la boca con la mano y exclamó: “Ha dicho que no lo llamen”. Después, con la voz de un niño: “¿Cuándo va a volver? ¿Volverá pronto?” Esto siguió así por un rato; luego se aquietó, y otra vez comenzó a gritar llamando a ‘Krishna’, y volvió a reprenderse a sí mismo.
   Casi una hora después, su voz se había vuelto alegre. “Ha regresado, ¿lo ven? Ellos están aquí, inmaculados”. Sus manos expresaban un estado de plenitud. Y entonces la voz cambió y era nuevamente la voz familiar de Krishnaji. Se levantó, disculpándose por habernos despertado. Nos acompañó a nuestra habitación y se fue. Lo extraño que había sido todo esto nos dejó perplejas; estábamos aturdidas y no dormimos en toda la noche. A la mañana siguiente se le veía fresco y joven. Lo interrogamos acerca de lo que había ocurrido. Rió y dijo que no lo sabía. ¿Podíamos nosotras describir lo que había pasado? Lo hicimos. Dijo que hablaríamos de ello en alguna otra ocasión, lo cual nos dio a entender que en ese momento él no deseaba discutir más el asunto. Al otro día nosotras regresamos a Bombay.
   Las tensiones y la ominosa amenaza de guerra en Europa, alteraron los planes de Krishnaji para el verano. Se decidió que no regresaría a Europa ni a los EE.UU. sino que permanecería en la India durante mayo y junio. Miss Hilla Petit y Maurice Friedman fueron quienes lo hospedaron. Miss Petit había alquilado Sedgemore, una casa en Ootacamund ‑Ooty, como la llamábamos­ una estación arbolada en las colinas de Nilgiri a una altura de ocho mil pies. Las estaciones en las colinas de la India, con sus frondosos bosques, sus avenidas sombreadas, sus senderos de espireas y sus jardines exquisitamente ornamentados, se habían planeado para crear el ambiente de la campiña inglesa. Los ingleses crearon estos retiros boscosos para escapar del calor reinante en las llanuras durante los largos veranos.
   En 1948, estas estaciones en las colinas aún no habían sido afectadas por los cambios que tenían lugar en la India. Las cabañas y los grandes ‘bungalows’ se apiñaban entre los árboles y daban a prados de color verde esmeralda; flores silvestres, margaritas, nomeolvides y dientes de león florecían con discreta elegancia entre el pasto, y las laderas de las colinas estaban densamente pobladas de pinos, eucaliptos y palmeras. Era ésta una región ondulada, sin ninguna de las escarpadas rocas y gargantas de los Himalayas del norte. Los jardines que rodeaban las casas resplandecían de rosas, fucsias, amapolas y pensamientos. Las viejas paredes de las casas se hallaban cubiertas con plantas trepadoras de rosas y glicinas.
   La ventana en el dormitorio de Krishnaji daba a un espeso bosquecillo de eucaliptos de color verde plateado; las ramas y las hojas se entrelazaban para formar una bóveda de esbeltos troncos que se alzaban verticalmente hacia el cielo. Shanta Rao, un íntimo amigo de Friedman, había venido desde Madrás y también estaba viviendo en la casa.
   Krishnaji nos escribió a Nandini y a mí para que nos reuniéramos con él en Ootacamund. Acabábamos de regresar de Madrás donde le habíamos visto. Echando una mirada hacia atrás, parece incomprensible que Krishnaji no considerara ni por un momento si eso era posible para nosotras, si aparecería el dinero para el viaje y la estadía en Ooty, si Nandini obtendría el permiso para venir. Yo tenía libertad para viajar dentro de las restricciones que imponían mis no muy abundantes finanzas, pero con Nandini la situación era por completo diferente. Las desavenencias con su esposo se estaban profundizando; aunque éste y su familia eran muy ricos, también eran ortodoxos y muy conservadores. Nandini no disponía de medios propios independientes.
   Pero con Krishnaji siempre había sido así. Cuando dentro de él surgía una necesidad y se expresaba, ello ‘ocurría’ ‑se superaban todos los obstáculos­. Y así Nandini, sus hijos, su suegro Sir Chunilal Mehta, y yo con mi hija Radhika llegamos a Ootacamund en la tercera semana de mayo, Jamnadas Dwarkadas se unió a nosotros unos días más tarde. Encontramos que Krishnaji se había recobrado de una enfermedad y que le había crecido la barba mientras estuvo en cama. Hacía frío, y Krishnaji llevaba puesto un largo y flotante choga de tus de lana natural. (Choga: Un abrigo suelto de lana o de seda con un botón en el frente. Lo llevan los hombres encima de las vestiduras indias como una protección contra el frío. Tus: Fino tejido de lana hilado a mano. Hecho con la lana de ovejas que pastorean a una altura de ocho mil pies, es tejido por familias de tejedores tradicionales en Srinagar, Kashmir. Una manta de tus de seis yardas de largo, puede hacerse pasar a través de un anillo.) Los grandes y penetrantes ojos, el rostro barbado y las largas vestiduras, le daban un aspecto bíblico.
   Emprendimos con él largas caminatas, tomando atajos a través de los pinos. Él subía con movimientos elásticos las cuestas verticales, y resultaba difícil seguirle el paso. Era la estación que precede a las lluvias, y las florestas estaban opacas con las nieblas que se elevaban desde el suelo. Caminábamos con Krishnamurti, penetrando en bosques encantados donde los árboles se ocultaban en las nubes ascendentes que refulgían cuando la luz del sol las tocaba disolviéndolas igual que a las nieblas encerradas en ellas. En una ocasión, trepando por un sendero escarpado entre los pinos, dimos con tres mujeres que descendían cautelosamente la cuesta llevando en equilibrio sobre sus cabezas pesadas cargas de madera. Krishnaji se detuvo a un lado y observó cada movimiento que hacían las mujeres que pasaban junto a él. Y de pronto, sentimos ‘eso’ ‑la compasión que emanaba de él­, una tierna atención y una energía que quitaban las cargas de las mujeres que pasaban, quienes jamás supieron qué era lo que había aligerado el peso sobre sus cabezas.
   Un día, durante un paseo entre los pinos, él me preguntó de qué modo me enfrentaba yo a la gente. No supe qué quería decirme, y así se lo expresé. Cuando pasamos junto a un patriarca Toda con su hija, volvió a preguntarme: “¿Cómo se enfrenta usted a la gente? Mire a estos Todas que pasan a nuestro lado ‑ese anciano con su barba, y la jovencita con el mantón a rayas­. ¿Cuál es su respuesta a ellos?” Dije que al verlos pensaba en lo que fueron alguna vez, cuando su tribu gobernaba en las colinas de Nilgiri. Habían sido los reyes de este país, y ahora eran unos pobres vagabundos que apacentaban ganado y se amontonaban en pequeños claros del bosque. Él dijo: “Ciertamente, si usted quiere comprenderlos, no los vea a través de los propios pensamientos. ¿Por qué no los percibe de manera puramente pasiva y en estado de alerta? ¿Por qué no es sensible a ellos?” Más tarde, cuando regresábamos a casa, Krishnaji se volvió hacia mí y me dijo con un guiño del ojo: “Vaya y trabe amistad con los árboles”.
   Aunque Krishnamurti estaba descansando y en retiro, las noticias de su presencia en Ootacamund se habían extendido rápidamente.
   Jawaharlal Nehru, ahora primer ministro de la India, se hallaba en Ootacamund, y recibí un mensaje de su secretario diciendo que al primer ministro le agradaría visitar a Krishnamurti. Pero se encontró que los problemas relacionados con el manejo de la seguridad eran muy complicados, y entonces fue Krishnaji el que acudió a verlo a la Casa de Gobierno. Maurice Friedman y yo le acompañamos y estuvimos presentes durante la entrevista en el salón privado del primer ministro. Había un fuego encendido, y sobre las mesas habían colocado cuencos con claveles. Krishnaji y Nehru se sentaron en un sofá frente al fuego, mientras que Friedman y yo lo hicimos en sillas al lado del sofá. Las llamas iluminaban las dos nobles cabezas brahmánicas, los rostros puros, finamente delineados ‑uno, de las altas tierras del norte, el otro, nacido entre las más antiguas rocas sureñas de Andhra­. Los esculpidos rostros eran sensibles, con una fina piel translúcida que acentuaba los huesos y realzaba la movilidad ‑los ojos del profeta abarcaban inmensas distancias y de ellos emanaban la compasión y el silencio; los del otro, tenían la rápida, nerviosa energía de una saeta­. Nehru era un hombre de acción, romántico, con un intelecto altamente cultivado; interesado, comprometido, incansable, buscando lo incognoscible dentro de la maraña de los manejos políticos.
   Ambos hombres se mostraban tímidos, vacilaban. Les tomó un tiempo establecer contacto. Jawaharlal Nehru comenzó la conversación diciendo que había conocido a Krishnaji muchos años atrás, y que a menudo había estado pensando en lo que éste dijo. Se había sentido ansioso por volver a encontrarse nuevamente con Krishnamurti. Achyut Patwardhan y otros amigos habían hablado con Nehru detallándole el intenso trabajo que Krishnamurti estaba desarrollando en Madrás y Bombay. Nehru parecía angustiado por las matanzas y la violencia que habían estallado después de la partición y la independencia. Habló largamente de ello; él veía dos fuerzas operando en la India: una, el impulso hacia el bien; la otra, el mal. Estas fuerzas estaban en conflicto; si el bien no podía contener la propagación del mal, el mundo perecería. Krishnamurti dijo que el bien y el mal estaban siempre presentes; mientras más difícil fuera para el bien y la compasión funcionar, tanto más estaría el mal aguardando una grieta para establecerse en ella. Se necesitaba un gran estado de lucidez y percepción a fin de asegurar que el mal no pudiera penetrar y ganar fuerza. Ese estado de lucidez y percepción alerta ‑dijo K­ era lo que sostendría al hombre.
   Jawaharlal Nehru le preguntó a Krishnamurti si su enseñanza había cambiado a través de los años desde que se encontraron la última vez. Krishnaji contestó que sí, pero que no podía decir exactamente dónde ni cómo. Nehru habló después de lo que Krishnamurti había dicho sobre la transformación. Él sentía ­dijo­ que había dos maneras en que la transformación podía realizarse; transformándose uno a sí mismo y así transformando su ambiente, o el ambiente influyendo sobre el individuo y transformándolo. Ante esto, Krishnamurti intervino: “¿No es lo mismo? No puede decirse que sean dos procesos separados”. Nehru estuvo de acuerdo. Tentaba el camino, tratando de expresar la desesperación que sentía ante el estado caótico del mundo y ante lo que había sucedido en la India durante los meses recientes. Muy preocupado y no sabiendo que camino tomar, empezaba a cuestionar en profundidad sus propios pensamientos y acciones.
   “Dígame, señor”, le preguntó a Krishnaji, “yo quisiera aclarar esta confusión que siento dentro de mí. Dígame qué es la acción correcta y qué es el recto pensar”. Para nosotros que escuchábamos, era ése el perpetuo problema del despertar, que tanto inquietaba a la mente india.
   Hubo un silencio de más de tres minutos. Estábamos descubriendo que los silencios que rodeaban a Krishnaji en el diálogo, formaban parte de la comunicación; un silencio de la mente en el cual las distancias entre las mentes disminuían, de modo tal que había un contacto y una comunicación directa de mente a mente.
   Entonces habló Krishnamurti, lentamente, demorándose en cada palabra. “La acción correcta sólo es posible cuando la mente está en silencio y vemos ‘lo que es’. La acción que surge de este ver, se encuentra libre de todo motivo, libre del pasado, del pensamiento y de la causa”. Después dijo que era difícil investigar este vasto problema en tan poco tiempo. Jawaharlal Nehru escuchaba con intensidad, su mente parecía fresca y sensible, capaz de recibir y responder. Krishnaji se inclinaba hacia adelante, sus manos eran elocuentes. Dijo que, con el caos creciente en la India y en el mundo, el hombre sólo podía iniciar el proceso de regeneración dentro de sí mismo. Tenía que empezar de nuevo. Para que el mundo se salvara, unos pocos individuos tenían que liberarse de los factores que estaban corrompiendo y destruyendo el mundo. Tenían que transformarse profundamente ellos mismos para pensar creativamente y así transformar a más personas. Era de las cenizas que lo nuevo habría de surgir. “Como el ave fénix de las cenizas”, dijo Nehru.
   “Sí”, replicó Krishnaji, “porque para que haya vida tiene que haber muerte. Los antiguos comprendían esto, y es por eso que rendían culto a la vida, al amor y a la muerte”.
   Krishnaji habló después del caos en el mundo, y dijo que era una proyección del caos individual. La mente humana, atrapada en el pasado, en el tiempo como pensamiento, era una mente muerta. Una mente así no podía operar sobre el caos, sólo podía añadir más confusión. El hombre tenía que liberarse del tiempo como devenir ‑la proyección hacia el mañana­. Tenía que actuar en el ‘ahora’ y, de ese modo, transformarse.
   El profeta y el héroe político hablaron durante más de una hora y media. El cielo del atardecer se había oscurecido y la estrella vespertina se había hundido tras el horizonte cuando salimos del salón. El primer ministro nos escoltó hasta el automóvil, y en la despedida hubo gracia y afecto. Prometieron volver a encontrarse en el invierno, cuando Krishnaji estuviera en Delhi. Más tarde Krishnaji, quien escribía diariamente en un libro de notas, registró estas observaciones:

   Él era un político muy famoso, realista, intensamente sincero y fervorosamente patriótico. Ni estrecho de mente ni egoísta, su ambición no era para sí mismo, sino para una idea y para el pueblo. No era un mero orador ruidoso y elocuente ni un cazador de votos; había sufrido por la causa que defendía, y, extrañamente, no estaba amargado; parecía más un erudito que un político. Pero la política era su vida misma, y el partido le obedecía, aunque más bien nerviosamente. Era un soñador, pero todo eso lo había dejado de lado por la política1.

   Hacia fines de mayo ocurrieron ciertos incidentes que arrojaron luz sobre la secreta vida mística de Krishnamurti.
   En agosto de 1922, en Ojai, cuando Krishnaji estaba experimentando un violento despertar, le acompañaban dos fieles amigos. Eso fue así en la mayoría de las ocasiones similares en su vida, y el énfasis en las ‘dos personas’ no es accidental. Desde la juventud de Krishnaji, Annie Besant había insistido en que dos personas estuvieran siempre con Krishnaji para proteger el cuerpo. La protección del cuerpo del sabio cuando éste pasa por los procesos místicos de mutación y traslación de la conciencia, se halla profundamente arraigada en la tradición mística hindú. Durante este período, el cuerpo es inmensamente sensible, vulnerable, y está vacío de todo sentido del ego.
   En el Valle del Indus hay una pictografía en la cual el profeta, sentado en meditación con las piernas cruzadas, está flanqueado por dos cobras erguidas. En otra imagen que representa el instante de la creación, una planta que brota del vientre de una mujer, tiene dos tigres feroces que protegen el instante del misterio. Una leyenda describe el cuerpo de Adi Sankaracharya (el exponente del Advaita y reputado fundador de la escuela de filosofía Advaita Vedanta) cuando éste yacía, en la cueva de Amarnath, en Kashmir. Por algún tiempo el cuerpo permaneció vacío, porque Sankaracharya había ocupado el cuerpo de un rey a fin de que, sin destruir la inocencia de su propio cuerpo, pudiera experimentar el sexo y la paternidad, y así responder al reto de Sharda, la esposa del Madan Misra de Mahishmati, que había desafiado al gran Acharya en una discusión sostenida en Varanasi. Mientras el cuerpo yacía indefenso en Amarnath, dos discípulos de Sankaracharya lo asistían y cuidaban a fin de que no sufriera ningún daño. La necesidad de proteger el cuerpo, ha sido la principal y quizá la única función de quienes se encontraban presentes cuando Krishnaji experimentaba enormes transformaciones de energía que activaban áreas del cerebro que anteriormente habían permanecido sin operar. No es fundado atribuir ‑como puede haberse hecho­ otra significación a la relación de Krishnaji con estas personas. El único punto válido es que hubo personas en quienes Krishnaji depositó su confianza para que velaran porque el cuerpo no sufriera daño alguno, y que, sobre todo, no tuvieran fuertes reacciones emocionales ­como el miedo y otras­ ante lo que ocurría.
   Los sucesos en Ooty se prolongaron por un período de tres semanas, desde el 28 ó 29 de mayo de 1948 hasta el 20 de junio. Tuvieron lugar en la habitación que Krishnaji ocupaba en Sedgemoor. Mi hermana Nandini y yo estuvimos presentes, y para nosotras fue una experiencia desconcertante. Maurice Friedman, indudablemente, les había explicado a Shanta Rao y a Miss Petit algo de lo que estaba sucediendo, familiarizado como se hallaba con las secretas tradiciones místicas de los sabios de este país. De todos modos, no había nada que pudiéramos hacer.
   Ello comenzó una tarde cuando Krishnaji había salido a dar un paseo con nosotros. Primero dijo que no se sentía bien, y preguntó si podíamos volver a la casa. Cuando le preguntamos si quería ver a un médico, dijo: “No, no se trata de eso”. No explicó nada más. Cuando llegamos a la casa, fue a su habitación, diciéndole a Friedman que de ninguna manera debía molestársele; pero nos pidió a Nandini y a mí que entráramos en la habitación. Cerró la puerta y después nos dijo que, cualquier cosa que ocurriera, no nos asustáramos, y que de ningún modo llamáramos a un médico. Nos pidió a ambas que nos sentáramos tranquilamente y que lo vigiláramos. No tenía que haber temor. No debíamos hablarle ni reanimarlo, pero sí cerrarle la boca si se desmayaba. Bajo ninguna circunstancia debíamos dejar el cuerpo solo.
   Si bien mi relación con K me había arrebatado, yo tenía una mente escéptica y observé muy intensamente los acontecimientos cuando estos ocurrieron.
   Krishnaji parecía sufrir muchísimo. Se quejaba de un severo dolor de muelas y de un intenso dolor en la nuca, en la coronilla y en la espina dorsal.
   En medio de sus padecimientos decía: “Están limpiando el cerebro, ¡oh!,  completamente, lo están vaciando”. Otras veces se quejaba de un gran calor, y su cuerpo transpiraba profusamente. La intensidad del dolor variaba según fuera el área donde se concentraba. A veces se localizaba en la cabeza, en los dientes, en la nuca o en la columna vertebral. Otras veces él gemía y se agarraba el estómago. Nada aliviaba el dolor, éste venía y se iba a voluntad. Cuando el proceso operaba, el cuerpo que yacía en la cama era como una cáscara; sólo parecía hallarse presente una conciencia del cuerpo. En este estado la voz era débil, como la de un niño.
   Súbitamente, el cuerpo fue ocupado por una elevada presencian Krishnaji se incorporó sentándose con las piernas cruzadas y los ojos cerrados; el frágil cuerpo parecía crecer y llenar la habitación; había un silencio palpable, palpitante, y una fuerza inmensa se derramaba en el lugar y nos envolvía. En este estado, la voz tenía gran volumen y profundidad. Después de la primera tarde, Krishnaji comenzó a salir solo para sus paseos vespertinos, y solía pedirnos a Nandini y a mí que después fuéramos a la casa. Al principio, las experiencias empezaban a las 6 p.m. y terminaban alrededor de las 8,30 p.m., pero luego prosiguieron a veces hasta la medianoche. En los días en que tenía entrevistas con la gente (Jawaharlal Nehru, por ejemplo) no sucedía nada. Hacia el final, los períodos se prolongaron más aún, y en una ocasión duraron toda la noche. En ningún momento habló él de suciedad ni expresó deseos de abandonar la habitación como lo había hecho en Ojai, pese a que Sedgemoor no era particularmente limpio; tampoco habló de pensamientos perturbadores. En una oportunidad le pidió a Nandini que sostuviera su mano, porque de otro modo podría escabullirse y no regresar.
   Mientras se encontraba en medio de estas penosas pruebas, su cuerpo solía agitarse en la cama. Tenía accesos de escalofríos, gritaba llamando a Krishna, y después se tapaba la boca con la mano diciendo:
   “No debo llamarlo”.

   30 de mayo de 1948: (He tratado de conservar las anotaciones de lo que Krishnaji decía en estos estados místicos. Algunas de esas anotaciones se han perdido. Sin embargo he reproducido aquí las notas que sí existen, y Nandini me ha ayudado a reconstruir el resto). Krishnamurti se preparaba para dar un paseo, cuando de pronto dijo que se sentía demasiado débil y fuera de su cuerpo. Exclamó: “¡Qué dolor tengo!” Se tomó la parte posterior de la cabeza y se acostó. En pocos minutos el Krishnaji que conocíamos no estaba ahí. Durante dos horas le vimos atravesar por un intenso dolor. Dijo que le dolía la parte posterior del cuello, que le molestaban los dientes, que su estómago estaba duro e hinchado, y gemía y se lo apretaba. Por momentos gritaba. Se desmayó varias veces. Cuando volvió en sí la primera vez, dijo: “Ciérrenme la boca cuando me desmayo”.
   Prosiguió: “Amma ‑oh, Dios, dame la paz­. Sé lo que ellos tratan de hacer. Díganle que regrese. Sé cuando se ha alcanzado el límite del dolor ‑entonces ellos regresarán­. Ellos saben hasta dónde el cuerpo puede soportar. Si enloquezco, cuiden de mí ‑no es que vaya a enloquecer­. Ellos son muy cuidadosos con el cuerpo. ¡Me siento tan viejo! Sólo un pedacito de mí está funcionando. Soy como un juguete de goma indio con el que un niño está jugando. Es el niño el que le da vida”.
   Su rostro, cuando esto estaba sucediendo, se veía consumido y atormentado por el dolor. Apretaba constantemente los puños y las lágrimas manaban de sus ojos. Después de dos horas, se desmayó nuevamente. Cuando volvió en sí dijo: “El dolor ha desaparecido. En lo profundo de mí sé lo que ha ocurrido. Me han provisto de gasolina. El tanque está lleno”.
   Después dijo que hablaría para no pensar en el dolor que experimentaba internamente. “¿Han visto el sol y las suaves nubes cargadas de lluvia? Estas pasan cubriendo el sol, y entonces la lluvia cae con estrépito sobre la tierra que aguarda como una matriz abierta. Y lo lava todo dejándolo limpio ‑cada flor, cada hoja­. Hay fragancia, hay frescura. Después las nubes pasan y el sol sale tocando cada hoja, cada flor. La tierna flor pequeña que es como una niña que los hombres pueden destruir. ¿Han visto los rostros que tienen los ricos, tan fuertemente ocupados con sus capitales y su enriquecimiento? ¿Qué saben ellos del amor? ¿Han sentido ustedes alguna vez cada rama de un árbol, han tocado una hoja, se han sentado junto a un niño harapiento? ¿Saben?, cuando iba manejando en dirección al aeródromo, vi a una madre que estaba lavándole las nalgas a un niño. Era algo hermoso. Ninguno lo advirtió; todo lo que conocen es el dinero, y el crudo sexo de sus mujeres; para ellos el amor es sólo sexo. Uno sostiene la mano de una mujer; entonces ella no es ‘una mujer’; eso es amor. ¿Saben ustedes lo que es amar? Tienen maridos e hijos. Pero, ¿cómo podrían saberlo? Ustedes no pueden retener una nube en una jaula de oro”.
   Permaneció en silencio por un rato, y después dijo: “Este dolor hace que mi cuerpo sea como el acero. Así de flexible, de dúctil, sin un solo pensamiento. Es como un pulimento ‑un examen­”. Le preguntamos si no podía detener el dolor. Contestó: “Usted ha tenido un hijo. ¿Puede detenerlo una vez que comienza a llegar?” Luego agregó: “Esta noche van a entretenerse conmigo. Veo cómo la tormenta se está concentrando. ¡Oh, Cristo!”
   Después de un rato, Maurice trajo un poco de sopa y luego se fue. Krishnaji había encendido la luz. Ahora se sentó con las piernas cruzadas y el cuerpo erecto. El dolor había desaparecido de su rostro. Tenía los ojos cerrados. Parecía crecer. Sentimos que un poder tremendo se derramaba a raudales dentro de él. Había una palpitación en la atmósfera. Llenaba la habitación. Nuestros ojos y oídos también se llenaban con eso y con el sonido, aunque no había sonido; y cada poro de nuestros cuerpos sentía un contacto, pero no había nada en la habitación. Entonces abrió los ojos y dijo: “Algo ocurrió ‑¿vieron ustedes alguna cosa?­” Le dijimos lo que habíamos sentido. Él dijo: “Mi rostro será diferente mañana”. Se acostó y su mano se extendió en un gesto de plenitud. Dijo: “Seré como una gota de lluvia ­puro­”. Después de unos cuantos minutos nos dijo que estaba muy bien, y que podíamos irnos a casa.

   17 de junio de 1948: Krishnaji salió para un paseo a solas. Nos pidió a Nandini y a mí que le esperáramos. Nos sentamos junto al fuego y le esperamos. Entró en la habitación como si fuera un extraño. Se dirigió derecho a la mesa y escribió algo en su carpeta. Después de un rato advirtió nuestra presencia. Vino y se sentó cerca del fuego. Nos preguntó qué habíamos estado haciendo, y dijo que había caminado mucho más allá del Club de Golf. En la distancia alguien tocaba una flauta, y él permaneció en silencio, escuchando con mucha atención. Fue sólo después de que eso terminó, que Krishnaji pareció hallarse en un estado semiconsciente. Dos veces mientras estuvo sentado ahí, esa tremenda presencia llenó su ser. Crecía en estatura delante de nosotras. Sus ojos estaban entrecerrados, su rostro quieto e inmensamente bello.
   Después se acostó en la cama, y ahí sólo estaba el cuerpo. La voz que venía de él era la de una frágil criatura. El Krishnaji que conocíamos no estaba ahí. El cuerpo comenzó diciendo que estaba muy lastimado por dentro, que ellos lo habían estado quemando internamente; que le dolía toda la cabeza. Temblaba y empezó a decir que algo había sucedido durante el paseo. Se volvió hacia nosotras y preguntó: “¿Lo vieron regresar?” No podría sincronizar el cuerpo y la mente. Por momentos sentía que todavía se encontraba en los bosques. “Ellos vinieron y lo cubrieron con hojas”. Dijo: “¿Saben? Mañana ya no le habría visto; por poco no vuelve”. Seguía palpándose el cuerpo para ver si estaba, todo ahí. Prosiguió: “Debo volver y averiguar qué ha sucedido durante el paseo. Algo sucedió, y ellos regresaron corriendo. Pero no sé si yo he regresado. Pueden haber quedado pedacitos de mí en el camino”. Dos veces se levantó de la cama y fue hasta la puerta, pero volvió a acostarse. Después se durmió. Cuando despertó, se palpó a sí mismo y miró con asombro sus manos.

   18 de junio de 1948: Krishnaji nos pidió que viniéramos alrededor de las siete de la noche, El estaba fuera. Llegó un poco más tarde. Otra vez era un extraño. Escribió algo en el libro de notas y luego vino y se sentó con nosotras. Dijo: “Pensamientos de mi plática en Bangalore acuden en abundancia. Estoy otra vez despierto”. Cerró los ojos, y por un rato estuvo sentado derecho, en silencio. Después se quejó de un dolor y se acostó. Sentía que estaba ardiendo. Exclamó: “¿Saben? Descubrí qué ocurrió durante el paseo. El volvió plenamente y tomó el mando por completo. Por eso no supe si yo había vuelto. No sabía nada”. Un poco más tarde: “Entonces, en ese vacío había una luz y una tempestad, y ese día fui atormentado en el viento. ¿Saben que ese vacío no tiene horizonte ‑que se extiende sin límites­?” Su mano se movía para indicar el espacio vacío.
   Y un rato después: “Ellos me han quemado para que pueda haber un vacío mayor. Quieren ver cuánto de Él puede venir”.  Más adelante: “¿Conocen el vacío, cuando no hay un solo pensamiento? ¿Cuando la mente está por completo vacía? ¿Pero cómo podían conocerlo? Es este vacío el que trae poder ‑no el poder que la gente conoce, no el poder del dinero, el poder de la posición, o el poder del marido sobre la esposa­”. Hizo una pausa. “Este es un poder duro. Como el que hay en una dínamo. ¿Saben? durante el paseo yo estuve en éxtasis. Jamás había llorado de ese modo. Mientras caminaba me crucé con un hombre pobre. Me vio llorando y pensó que yo había perdido una madre o una hermana. Entonces me sonrió y yo no podía entender”. De pronto dijo: “Tuve una percepción ‑el tiempo y el vacío­ eso es. Espero recordarlo cuando despierte”.
   Empezó a decir que no podía soportarlo, que estaba todo quemado y lastimado por dentro. Entonces súbitamente se incorporó y dijo”: ¡No se muevan!”, y de nuevo le vimos como la otra noche. Su rostro estaba en la oscuridad, pero el fuego se elevaba y su sombra se alargaba sobre la pared. Todo dolor había desaparecido del rostro. Los ojos estaban cerrados, el cuerpo latía como si algún poder estuviera penetrando dentro de él. Su rostro palpitaba. Todo él parecía crecer y llenar la habitación. Permaneció sentado sin movimiento alguno por cerca de tres minutos y después se desmayó. Al despertar, estaba calmado y sereno.

   Aunque las notas que tomamos durante la última noche se han perdido, Nandini y yo recordamos la ocasión vívidamente.
   Krishnaji había estado sufriendo un dolor agudísimo en la cabeza y en la parte posterior del cuello, su estómago estaba hinchado, las lágrimas fluían por su rostro. De pronto cayó hacia atrás sobre la cama y se quedó completamente quieto. Los rastros de dolor y fatiga habían desaparecido, como ocurre en la muerte. Entonces la vida y una inmensidad comenzaron a manifestarse en sus facciones. El rostro era inmensamente bello. No tenía edad, el tiempo no lo había tocado. Los ojos se abrieron, pero no hubo reconocimiento. El cuerpo irradiaba luz; una quietud y una vastedad iluminaban el rostro. El silencio era líquido y denso, como la miel; se derramaba a raudales dentro de la habitación y en nuestras mentes y nuestros cuerpos, llenando cada célula del cerebro, borrando toda huella del tiempo y de la memoria. Sentimos un contacto sin presencia alguna, un viento que soplaba sin que hubiera un solo movimiento. No pudimos evitar que nuestras manos se plegaran en pranams. Por algunos minutos él permaneció inmóvil; luego sus ojos se abrieron. Después de un rato nos vio y dijo: “¿Vieron ustedes ese rostro?” No esperó una respuesta. Permaneció tendido en silencio. Entonces dijo: “El Buda estuvo aquí, son ustedes bienaventuradas”.
   Nosotras volvimos al hotel, y el silencio vino con nosotras y nos envolvió durante algunos de los días que siguieron. Estábamos embargadas por una presencia que nos invadía. La mayor parte del tiempo estuvimos en la habitación con Krishnaji; aunque no teníamos ningún papel que jugar, nuestra presencia parecía necesaria. Durante los sucesos no había en él nada personal ‑ni emoción, ni relación alguna con nosotras. La terrible prueba parecía física, y sin embargo al día siguiente no dejaba ninguna huella en su rostro ni en su cuerpo. Estaba inflamado de energía ‑alegre, afanoso y juvenil­. Ni una sola de las palabras que pronunciaba tenía alusiones psicológicas. Había autoridad, profundidad y poder en el silencio que en cada oportunidad impregnaba la habitación y la atmósfera. Más tarde, Nandini y yo comparamos nuestras notas y descubrimos que ambas habíamos tenido idénticas experiencias.
   Cuando nosotras abandonamos Ootacamund, Krishnamurti nos pidió: “Vayan a Bombay para descansar. Han pasado ustedes por una experiencia muy severa”.
   En una de las cartas que posteriormente me escribió, K se refería brevemente a lo que había ocurrido. Cierta mañana yo le había preguntado cuál era la razón para las dos voces ‑la débil voz del niño y la normal de Krishnamurti­. Dijo entonces que parecía como si alguna entidad saliera del cuerpo y alguna entidad reingresara al cuerpo. Ahora, en su carta Krishnamurti explicaba: “Esto no es así. No es que haya dos entidades”. Agregaba que más adelante hablaría al respecto; pero habrían de pasar muchos años antes de que volviera a referirse a ello.