Capítulo XI
“VAYA Y TRABE AMISTAD
CON LOS ÁRBOLES”
Krishnaji regresó a Madrás a principios de abril de 1948. Se alojó en
Vasanta Vihar, sede oficial de las actividades de Krishnaji en la India. Su
anfitrión era R. Madhavachari.
Vasanta Vihar era unan sólida edificación con columnas y galerías; las
puertas, las ventanas y los muebles eran de lujosa teca de Burma. En la planta
baja la casa tenía un despacho y una gran sala para reuniones, pero había muy
pocos dormitorios la habían construido deliberadamente así para que muy pocas
personas pudieran vivir en ella. Aunque la planta baja contaba con una serie
de habitaciones, Krishnaji dormía en una galería cubierta. Concedía entrevistas
en un salón que daba al césped del frente, y las discusiones públicas se
realizaban bajo los árboles. La casa estaba rodeada por higueras de Bengala,
mangos y ‘árboles de lluvia’; florecientes ‘bersali’, casias, mohures dorados y
laburnos, daban fragancia y color a los distintos verdes; y cerca de la entrada
había un lago artificial cubierto de lirios acuáticos.
Madhavachari era un brahmín austero, seguidor de la secta Madhava. Era
cándido, devoto, obstinado, y estaba empapado en una tradición monumental.
Moreno, de piel suave y tersa producto de numerosos baños de aceite habituales
en la India del sur, y con un cuerpo delgado y enhiesto, tenía muy buena
presencia; su rostro irradiaba fuerza y belleza. Pero en años posteriores
íbamos a descubrir que, debajo de su austera apariencia exterior, había una
persona muy ‘humana’. Podía divertirse con mi marido contando chistes bastante
subidos de color, y tenía muchas anécdotas de su juventud.
Krishnaji había estado discutiendo con Sanjeeva Rao y Madhavachari la
posibilidad de publicar una revista, de la cual Sanjeeva Rao, Maurice Friedman
y yo seríamos los editores. En la primera carta que nos escribió desde Madrás,
fechada el 18 de abril de 1948, me decía:
Mí
querida Pupul:
Ya
que la montaña no vendrá a Mahoma, etc....
Le
escribí a Nandini, creo que fue ayer, diciéndole que mi anfitrión había pedido
que usted y Nandini se detuvieran aquí por un día o dos antes de subir a Ooty.
Espero que ambas lo hagan. Luego podremos viajar todos juntos a Ooty;
saldríamos de aquí alrededor del 1º de mayo.
Si
aceptan la invitación de Madhavachari, cosa que espero que hagan ambas,
entonces, antes de ir a Ooty, ¡¡tenemos un nuevo trabajo para ustedes!! Confío
en que el trabajo les guste. Bromas aparte, quisiera conversar con usted y
algunas otras personas acerca de algo que hemos estado considerando aquí. Ellos
han hablado conmigo de sacar una revista con usted, Friedman y Sanjeeva Rao
como co-editores. Suena formidable, pero es algo serio. Podemos discutirlo
cuando usted venga aquí. Por favor, háganos saber si usted y Nandini pueden
venir. Si pueden hacerlo un par de días antes del 1º de mayo, eso nos dará la
oportunidad de hablar sobre el asunto.
Confío en que usted y su familia se encuentren bien. Por favor,
transmítales mi amor.
Con mucho afecto,
J.
Krishnamurti
Yo
nunca había visto Madrás, así que decidí ir. Nandini persuadió finalmente a su
marido para que le permitiera acompañarme. A nuestra llegada fuimos recibidas
por Krishnaji y Madhavachari, que se mostraron cálidos y afectuosos en la
bienvenida. Por la tarde fuimos con Madhavachari a la Sociedad Teosófica y al
Jardín del Recuerdo, los terrenos donde habían cremado a Annie Besant su samadhi. Krishnaji no vino con
nosotros. Desde su ruptura con la Sociedad Teosófica, él no había visitado la
finca en Adyar. La ruptura con la Sociedad era completa.
Al
volver del samadhi de Annie Besant, trajimos con nosotros un lirio blanco y se
lo dimos a Krishnaji. Él lo tomó con ambas manos y lo sostuvo. Pudimos ver que
estaba profundamente conmovido. Después fuimos a pasear con él por la playa de
Adyar. Krishnaji caminaba delante de nosotras, bien enhiesto su cuerpo vestido
de blanco, y los largos brazos cayendo a los costados. Cuando regresamos, sus
profundos ojos de color azul oscuro se veían distantes, su rostro parecía
exaltado. Al llegar a la casa le preguntó a Madhavachari (a quien se dirigía
como mama, ‘tío’): “¿Qué gongs fueron
los que escuché la última noche ‑dos largos y uno corto? Eran maravillosos”.
Madhavachari quedó perplejo, dijo que él no había escuchado gongs y no sabía de
dónde habían venido los sonidos. Krishnaji insistió en que había escuchado unos
sonidos extraordinarios. K fue a su habitación y salió al cabo de cinco minutos
para decir que se había dado cuenta de algo con respecto a los gongs. Parecía
que el sonido, profundo, resonante, fuera producido por dos ventiladores
funcionando al mismo tiempo. K estaba en un estado de éxtasis, sus manos
marcaban el compás de la resonancia. Casi no habló durante toda la cena, que
comimos en thalis, y sentados en
esteras sobre el piso. (Thalis:
platos redondos de metal donde se sirve la comida en las familias tradicionales
de la India. El thali puede estar
hecho de madera, de acero inoxidable o de piedra. Sobre el thali, se colocan pequeños tazones redondos con diversos vegetales
y lentejas, mientras que el arroz y los rotis
o panes de trigo integral, se ponen sobre el thali mismo.)
Tarde
en la noche nos despertamos con el sonido de la voz de Krishnaji que nos
llamaba desde la galería donde acostumbraba dormir. Su voz sonaba débil, y nos
quedamos azoradas pensando que estaba enfermo. Después de mucha vacilación,
fuimos hasta el portal que da a la galería y le preguntamos si se sentía mal.
Él estaba llamando a alguien, su voz era frágil y parecía la de un niño.
Repetía: “Krishna se ha ido ¿cuándo volverá?” Sus ojos estaban abiertos, pero
no reconocía a nadie. Luego pareció advertir nuestra presencia y preguntó:
“¿Eres tú, Rosalind?” Y enseguida: “¡Oh, sí, sí, él sabe de ti, está todo bien,
por favor siéntate aquí, espera aquí!”. Luego, al cabo de un rato: “No dejen el
cuerpo solo, y no tengan miedo”. La voz empezó a llamar a ‘Krishna’ nuevamente.
Entonces se tapó la boca con la mano y exclamó: “Ha dicho que no lo llamen”.
Después, con la voz de un niño: “¿Cuándo va a volver? ¿Volverá pronto?” Esto
siguió así por un rato; luego se aquietó, y otra vez comenzó a gritar llamando
a ‘Krishna’, y volvió a reprenderse a sí mismo.
Casi
una hora después, su voz se había vuelto alegre. “Ha regresado, ¿lo ven? Ellos
están aquí, inmaculados”. Sus manos expresaban un estado de plenitud. Y
entonces la voz cambió y era nuevamente la voz familiar de Krishnaji. Se
levantó, disculpándose por habernos despertado. Nos acompañó a nuestra
habitación y se fue. Lo extraño que había sido todo esto nos dejó perplejas;
estábamos aturdidas y no dormimos en toda la noche. A la mañana siguiente se le
veía fresco y joven. Lo interrogamos acerca de lo que había ocurrido. Rió y
dijo que no lo sabía. ¿Podíamos nosotras describir lo que había pasado? Lo
hicimos. Dijo que hablaríamos de ello en alguna otra ocasión, lo cual nos dio a
entender que en ese momento él no deseaba discutir más el asunto. Al otro día
nosotras regresamos a Bombay.
Las
tensiones y la ominosa amenaza de guerra en Europa, alteraron los planes de
Krishnaji para el verano. Se decidió que no regresaría a Europa ni a los EE.UU.
sino que permanecería en la India durante mayo y junio. Miss Hilla Petit y
Maurice Friedman fueron quienes lo hospedaron. Miss Petit había alquilado
Sedgemore, una casa en Ootacamund ‑Ooty, como la llamábamos una estación
arbolada en las colinas de Nilgiri a una altura de ocho mil pies. Las
estaciones en las colinas de la India, con sus frondosos bosques, sus avenidas
sombreadas, sus senderos de espireas y sus jardines exquisitamente
ornamentados, se habían planeado para crear el ambiente de la campiña inglesa.
Los ingleses crearon estos retiros boscosos para escapar del calor reinante en
las llanuras durante los largos veranos.
En
1948, estas estaciones en las colinas aún no habían sido afectadas por los
cambios que tenían lugar en la India. Las cabañas y los grandes ‘bungalows’ se
apiñaban entre los árboles y daban a prados de color verde esmeralda; flores
silvestres, margaritas, nomeolvides y dientes de león florecían con discreta
elegancia entre el pasto, y las laderas de las colinas estaban densamente
pobladas de pinos, eucaliptos y palmeras. Era ésta una región ondulada, sin
ninguna de las escarpadas rocas y gargantas de los Himalayas del norte. Los
jardines que rodeaban las casas resplandecían de rosas, fucsias, amapolas y
pensamientos. Las viejas paredes de las casas se hallaban cubiertas con plantas
trepadoras de rosas y glicinas.
La
ventana en el dormitorio de Krishnaji daba a un espeso bosquecillo de
eucaliptos de color verde plateado; las ramas y las hojas se entrelazaban para
formar una bóveda de esbeltos troncos que se alzaban verticalmente hacia el
cielo. Shanta Rao, un íntimo amigo de Friedman, había venido desde Madrás y
también estaba viviendo en la casa.
Krishnaji
nos escribió a Nandini y a mí para que nos reuniéramos con él en Ootacamund.
Acabábamos de regresar de Madrás donde le habíamos visto. Echando una mirada
hacia atrás, parece incomprensible que Krishnaji no considerara ni por un
momento si eso era posible para nosotras, si aparecería el dinero para el viaje
y la estadía en Ooty, si Nandini obtendría el permiso para venir. Yo tenía
libertad para viajar dentro de las restricciones que imponían mis no muy
abundantes finanzas, pero con Nandini la situación era por completo diferente.
Las desavenencias con su esposo se estaban profundizando; aunque éste y su
familia eran muy ricos, también eran ortodoxos y muy conservadores. Nandini no
disponía de medios propios independientes.
Pero
con Krishnaji siempre había sido así. Cuando dentro de él surgía una necesidad
y se expresaba, ello ‘ocurría’ ‑se superaban todos los obstáculos. Y así
Nandini, sus hijos, su suegro Sir Chunilal Mehta, y yo con mi hija Radhika
llegamos a Ootacamund en la tercera semana de mayo, Jamnadas Dwarkadas se unió
a nosotros unos días más tarde. Encontramos que Krishnaji se había recobrado de
una enfermedad y que le había crecido la barba mientras estuvo en cama. Hacía
frío, y Krishnaji llevaba puesto un largo y flotante choga de tus de lana
natural. (Choga: Un abrigo suelto de
lana o de seda con un botón en el frente. Lo llevan los hombres encima de las
vestiduras indias como una protección contra el frío. Tus: Fino tejido de lana hilado a mano. Hecho con la lana de ovejas
que pastorean a una altura de ocho mil pies, es tejido por familias de
tejedores tradicionales en Srinagar, Kashmir. Una manta de tus de seis yardas de largo, puede hacerse pasar a través de un
anillo.) Los grandes y penetrantes ojos, el rostro barbado y las largas vestiduras,
le daban un aspecto bíblico.
Emprendimos con él largas caminatas, tomando atajos a través de los
pinos. Él subía con movimientos elásticos las cuestas verticales, y resultaba
difícil seguirle el paso. Era la estación que precede a las lluvias, y las
florestas estaban opacas con las nieblas que se elevaban desde el suelo.
Caminábamos con Krishnamurti, penetrando en bosques encantados donde los
árboles se ocultaban en las nubes ascendentes que refulgían cuando la luz del
sol las tocaba disolviéndolas igual que a las nieblas encerradas en ellas. En
una ocasión, trepando por un sendero escarpado entre los pinos, dimos con tres
mujeres que descendían cautelosamente la cuesta llevando en equilibrio sobre
sus cabezas pesadas cargas de madera. Krishnaji se detuvo a un lado y observó
cada movimiento que hacían las mujeres que pasaban junto a él. Y de pronto,
sentimos ‘eso’ ‑la compasión que emanaba de él, una tierna atención y una
energía que quitaban las cargas de las mujeres que pasaban, quienes jamás supieron
qué era lo que había aligerado el peso sobre sus cabezas.
Un
día, durante un paseo entre los pinos, él me preguntó de qué modo me enfrentaba
yo a la gente. No supe qué quería decirme, y así se lo expresé. Cuando pasamos
junto a un patriarca Toda con su
hija, volvió a preguntarme: “¿Cómo se enfrenta usted a la gente? Mire a estos Todas que pasan a nuestro lado ‑ese
anciano con su barba, y la jovencita con el mantón a rayas. ¿Cuál es su
respuesta a ellos?” Dije que al verlos pensaba en lo que fueron alguna vez,
cuando su tribu gobernaba en las colinas de Nilgiri. Habían sido los reyes de
este país, y ahora eran unos pobres vagabundos que apacentaban ganado y se
amontonaban en pequeños claros del bosque. Él dijo: “Ciertamente, si usted
quiere comprenderlos, no los vea a través de los propios pensamientos. ¿Por qué
no los percibe de manera puramente pasiva y en estado de alerta? ¿Por qué no es
sensible a ellos?” Más tarde, cuando regresábamos a casa, Krishnaji se volvió
hacia mí y me dijo con un guiño del ojo: “Vaya y trabe amistad con los
árboles”.
Aunque Krishnamurti estaba descansando y en retiro, las noticias de su
presencia en Ootacamund se habían extendido rápidamente.
Jawaharlal Nehru, ahora primer ministro de la India, se hallaba en
Ootacamund, y recibí un mensaje de su secretario diciendo que al primer
ministro le agradaría visitar a Krishnamurti. Pero se encontró que los
problemas relacionados con el manejo de la seguridad eran muy complicados, y
entonces fue Krishnaji el que acudió a verlo a la Casa de Gobierno. Maurice
Friedman y yo le acompañamos y estuvimos presentes durante la entrevista en el
salón privado del primer ministro. Había un fuego encendido, y sobre las mesas
habían colocado cuencos con claveles. Krishnaji y Nehru se sentaron en un sofá
frente al fuego, mientras que Friedman y yo lo hicimos en sillas al lado del
sofá. Las llamas iluminaban las dos nobles cabezas brahmánicas, los rostros
puros, finamente delineados ‑uno, de las altas tierras del norte, el otro,
nacido entre las más antiguas rocas sureñas de Andhra. Los esculpidos rostros
eran sensibles, con una fina piel translúcida que acentuaba los huesos y
realzaba la movilidad ‑los ojos del profeta abarcaban inmensas distancias y de
ellos emanaban la compasión y el silencio; los del otro, tenían la rápida,
nerviosa energía de una saeta. Nehru era un hombre de acción, romántico, con
un intelecto altamente cultivado; interesado, comprometido, incansable,
buscando lo incognoscible dentro de la maraña de los manejos políticos.
Ambos
hombres se mostraban tímidos, vacilaban. Les tomó un tiempo establecer
contacto. Jawaharlal Nehru comenzó la conversación diciendo que había conocido
a Krishnaji muchos años atrás, y que a menudo había estado pensando en lo que
éste dijo. Se había sentido ansioso por volver a encontrarse nuevamente con
Krishnamurti. Achyut Patwardhan y otros amigos habían hablado con Nehru
detallándole el intenso trabajo que Krishnamurti estaba desarrollando en Madrás
y Bombay. Nehru parecía angustiado por las matanzas y la violencia que habían
estallado después de la partición y la independencia. Habló largamente de ello;
él veía dos fuerzas operando en la India: una, el impulso hacia el bien; la
otra, el mal. Estas fuerzas estaban en conflicto; si el bien no podía contener
la propagación del mal, el mundo perecería. Krishnamurti dijo que el bien y el
mal estaban siempre presentes; mientras más difícil fuera para el bien y la
compasión funcionar, tanto más estaría el mal aguardando una grieta para
establecerse en ella. Se necesitaba un gran estado de lucidez y percepción a
fin de asegurar que el mal no pudiera penetrar y ganar fuerza. Ese estado de
lucidez y percepción alerta ‑dijo K era lo que sostendría al hombre.
Jawaharlal Nehru le preguntó a Krishnamurti si su enseñanza había
cambiado a través de los años desde que se encontraron la última vez. Krishnaji
contestó que sí, pero que no podía decir exactamente dónde ni cómo. Nehru habló
después de lo que Krishnamurti había dicho sobre la transformación. Él sentía
dijo que había dos maneras en que la transformación podía realizarse;
transformándose uno a sí mismo y así transformando su ambiente, o el ambiente
influyendo sobre el individuo y transformándolo. Ante esto, Krishnamurti
intervino: “¿No es lo mismo? No puede decirse que sean dos procesos separados”.
Nehru estuvo de acuerdo. Tentaba el camino, tratando de expresar la
desesperación que sentía ante el estado caótico del mundo y ante lo que había
sucedido en la India durante los meses recientes. Muy preocupado y no sabiendo
que camino tomar, empezaba a cuestionar en profundidad sus propios pensamientos
y acciones.
“Dígame, señor”, le preguntó a Krishnaji, “yo quisiera aclarar esta
confusión que siento dentro de mí. Dígame qué es la acción correcta y qué es el
recto pensar”. Para nosotros que escuchábamos, era ése el perpetuo problema del
despertar, que tanto inquietaba a la mente india.
Hubo
un silencio de más de tres minutos. Estábamos descubriendo que los silencios
que rodeaban a Krishnaji en el diálogo, formaban parte de la comunicación; un
silencio de la mente en el cual las distancias entre las mentes disminuían, de
modo tal que había un contacto y una comunicación directa de mente a mente.
Entonces habló Krishnamurti, lentamente, demorándose en cada palabra.
“La acción correcta sólo es posible cuando la mente está en silencio y vemos
‘lo que es’. La acción que surge de este ver, se encuentra libre de todo
motivo, libre del pasado, del pensamiento y de la causa”. Después dijo que era
difícil investigar este vasto problema en tan poco tiempo. Jawaharlal Nehru
escuchaba con intensidad, su mente parecía fresca y sensible, capaz de recibir
y responder. Krishnaji se inclinaba hacia adelante, sus manos eran elocuentes.
Dijo que, con el caos creciente en la India y en el mundo, el hombre sólo podía
iniciar el proceso de regeneración dentro de sí mismo. Tenía que empezar de
nuevo. Para que el mundo se salvara, unos pocos individuos tenían que liberarse
de los factores que estaban corrompiendo y destruyendo el mundo. Tenían que
transformarse profundamente ellos mismos para pensar creativamente y así
transformar a más personas. Era de las cenizas que lo nuevo habría de surgir.
“Como el ave fénix de las cenizas”, dijo Nehru.
“Sí”,
replicó Krishnaji, “porque para que haya vida tiene que haber muerte. Los
antiguos comprendían esto, y es por eso que rendían culto a la vida, al amor y
a la muerte”.
Krishnaji habló después del caos en el mundo, y dijo que era una
proyección del caos individual. La mente humana, atrapada en el pasado, en el
tiempo como pensamiento, era una mente muerta. Una mente así no podía operar
sobre el caos, sólo podía añadir más confusión. El hombre tenía que liberarse
del tiempo como devenir ‑la proyección hacia el mañana. Tenía que actuar en el
‘ahora’ y, de ese modo, transformarse.
El
profeta y el héroe político hablaron durante más de una hora y media. El cielo
del atardecer se había oscurecido y la estrella vespertina se había hundido
tras el horizonte cuando salimos del salón. El primer ministro nos escoltó
hasta el automóvil, y en la despedida hubo gracia y afecto. Prometieron volver
a encontrarse en el invierno, cuando Krishnaji estuviera en Delhi. Más tarde
Krishnaji, quien escribía diariamente en un libro de notas, registró estas
observaciones:
Él
era un político muy famoso, realista, intensamente sincero y fervorosamente
patriótico. Ni estrecho de mente ni egoísta, su ambición no era para sí mismo,
sino para una idea y para el pueblo. No era un mero orador ruidoso y elocuente
ni un cazador de votos; había sufrido por la causa que defendía, y,
extrañamente, no estaba amargado; parecía más un erudito que un político. Pero
la política era su vida misma, y el partido le obedecía, aunque más bien
nerviosamente. Era un soñador, pero todo eso lo había dejado de lado por la
política1.
Hacia
fines de mayo ocurrieron ciertos incidentes que arrojaron luz sobre la secreta
vida mística de Krishnamurti.
En
agosto de 1922, en Ojai, cuando Krishnaji estaba experimentando un violento
despertar, le acompañaban dos fieles amigos. Eso fue así en la mayoría de las
ocasiones similares en su vida, y el énfasis en las ‘dos personas’ no es
accidental. Desde la juventud de Krishnaji, Annie Besant había insistido en que
dos personas estuvieran siempre con Krishnaji para proteger el cuerpo. La
protección del cuerpo del sabio cuando éste pasa por los procesos místicos de
mutación y traslación de la conciencia, se halla profundamente arraigada en la
tradición mística hindú. Durante este período, el cuerpo es inmensamente
sensible, vulnerable, y está vacío de todo sentido del ego.
En el
Valle del Indus hay una pictografía en la cual el profeta, sentado en
meditación con las piernas cruzadas, está flanqueado por dos cobras erguidas.
En otra imagen que representa el instante de la creación, una planta que brota
del vientre de una mujer, tiene dos tigres feroces que protegen el instante del
misterio. Una leyenda describe el cuerpo de Adi Sankaracharya (el exponente del
Advaita y reputado fundador de la escuela de filosofía Advaita Vedanta) cuando
éste yacía, en la cueva de Amarnath, en Kashmir. Por algún tiempo el cuerpo
permaneció vacío, porque Sankaracharya había ocupado el cuerpo de un rey a fin
de que, sin destruir la inocencia de su propio cuerpo, pudiera experimentar el
sexo y la paternidad, y así responder al reto de Sharda, la esposa del Madan
Misra de Mahishmati, que había desafiado al gran Acharya en una discusión
sostenida en Varanasi. Mientras el cuerpo yacía indefenso en Amarnath, dos discípulos
de Sankaracharya lo asistían y cuidaban a fin de que no sufriera ningún daño.
La necesidad de proteger el cuerpo, ha sido la principal y quizá la única
función de quienes se encontraban presentes cuando Krishnaji experimentaba
enormes transformaciones de energía que activaban áreas del cerebro que
anteriormente habían permanecido sin operar. No es fundado atribuir ‑como puede
haberse hecho otra significación a la relación de Krishnaji con estas
personas. El único punto válido es que hubo personas en quienes Krishnaji
depositó su confianza para que velaran porque el cuerpo no sufriera daño
alguno, y que, sobre todo, no tuvieran fuertes reacciones emocionales como el
miedo y otras ante lo que ocurría.
Los
sucesos en Ooty se prolongaron por un período de tres semanas, desde el 28 ó 29
de mayo de 1948 hasta el 20 de junio. Tuvieron lugar en la habitación que
Krishnaji ocupaba en Sedgemoor. Mi hermana Nandini y yo estuvimos presentes, y
para nosotras fue una experiencia desconcertante. Maurice Friedman,
indudablemente, les había explicado a Shanta Rao y a Miss Petit algo de lo que
estaba sucediendo, familiarizado como se hallaba con las secretas tradiciones
místicas de los sabios de este país. De todos modos, no había nada que
pudiéramos hacer.
Ello comenzó
una tarde cuando Krishnaji había salido a dar un paseo con nosotros. Primero
dijo que no se sentía bien, y preguntó si podíamos volver a la casa. Cuando le
preguntamos si quería ver a un médico, dijo: “No, no se trata de eso”. No
explicó nada más. Cuando llegamos a la casa, fue a su habitación, diciéndole a
Friedman que de ninguna manera debía molestársele; pero nos pidió a Nandini y a
mí que entráramos en la habitación. Cerró la puerta y después nos dijo que,
cualquier cosa que ocurriera, no nos asustáramos, y que de ningún modo
llamáramos a un médico. Nos pidió a ambas que nos sentáramos tranquilamente y
que lo vigiláramos. No tenía que haber temor. No debíamos hablarle ni
reanimarlo, pero sí cerrarle la boca si se desmayaba. Bajo ninguna circunstancia
debíamos dejar el cuerpo solo.
Si
bien mi relación con K me había arrebatado, yo tenía una mente escéptica y
observé muy intensamente los acontecimientos cuando estos ocurrieron.
Krishnaji parecía sufrir muchísimo. Se quejaba de un severo dolor de
muelas y de un intenso dolor en la nuca, en la coronilla y en la espina dorsal.
En
medio de sus padecimientos decía: “Están limpiando el cerebro, ¡oh!, completamente, lo están vaciando”. Otras
veces se quejaba de un gran calor, y su cuerpo transpiraba profusamente. La
intensidad del dolor variaba según fuera el área donde se concentraba. A veces
se localizaba en la cabeza, en los dientes, en la nuca o en la columna
vertebral. Otras veces él gemía y se agarraba el estómago. Nada aliviaba el
dolor, éste venía y se iba a voluntad. Cuando el proceso operaba, el cuerpo que
yacía en la cama era como una cáscara; sólo parecía hallarse presente una
conciencia del cuerpo. En este estado la voz era débil, como la de un niño.
Súbitamente, el cuerpo fue ocupado por una elevada presencian Krishnaji
se incorporó sentándose con las piernas cruzadas y los ojos cerrados; el frágil
cuerpo parecía crecer y llenar la habitación; había un silencio palpable,
palpitante, y una fuerza inmensa se derramaba en el lugar y nos envolvía. En
este estado, la voz tenía gran volumen y profundidad. Después de la primera
tarde, Krishnaji comenzó a salir solo para sus paseos vespertinos, y solía
pedirnos a Nandini y a mí que después fuéramos a la casa. Al principio, las
experiencias empezaban a las 6 p.m. y terminaban alrededor de las 8,30 p.m.,
pero luego prosiguieron a veces hasta la medianoche. En los días en que tenía
entrevistas con la gente (Jawaharlal Nehru, por ejemplo) no sucedía nada. Hacia
el final, los períodos se prolongaron más aún, y en una ocasión duraron toda la
noche. En ningún momento habló él de suciedad ni expresó deseos de abandonar la
habitación como lo había hecho en Ojai, pese a que Sedgemoor no era
particularmente limpio; tampoco habló de pensamientos perturbadores. En una
oportunidad le pidió a Nandini que sostuviera su mano, porque de otro modo
podría escabullirse y no regresar.
Mientras se encontraba en medio de estas penosas pruebas, su cuerpo
solía agitarse en la cama. Tenía accesos de escalofríos, gritaba llamando a
Krishna, y después se tapaba la boca con la mano diciendo:
“No
debo llamarlo”.
30 de mayo de 1948: (He tratado de
conservar las anotaciones de lo que Krishnaji decía en estos estados místicos.
Algunas de esas anotaciones se han perdido. Sin embargo he reproducido aquí las
notas que sí existen, y Nandini me ha ayudado a reconstruir el resto).
Krishnamurti se preparaba para dar un paseo, cuando de pronto dijo que se
sentía demasiado débil y fuera de su cuerpo. Exclamó: “¡Qué dolor tengo!” Se
tomó la parte posterior de la cabeza y se acostó. En pocos minutos el Krishnaji
que conocíamos no estaba ahí. Durante dos horas le vimos atravesar por un
intenso dolor. Dijo que le dolía la parte posterior del cuello, que le
molestaban los dientes, que su estómago estaba duro e hinchado, y gemía y se lo
apretaba. Por momentos gritaba. Se desmayó varias veces. Cuando volvió en sí la
primera vez, dijo: “Ciérrenme la boca cuando me desmayo”.
Prosiguió: “Amma ‑oh, Dios, dame la paz. Sé lo que ellos tratan de
hacer. Díganle que regrese. Sé cuando se ha alcanzado el límite del dolor ‑entonces
ellos regresarán. Ellos saben hasta dónde el cuerpo puede soportar. Si
enloquezco, cuiden de mí ‑no es que vaya a enloquecer. Ellos son muy
cuidadosos con el cuerpo. ¡Me siento tan viejo! Sólo un pedacito de mí está
funcionando. Soy como un juguete de goma indio con el que un niño está jugando.
Es el niño el que le da vida”.
Su
rostro, cuando esto estaba sucediendo, se veía consumido y atormentado por el
dolor. Apretaba constantemente los puños y las lágrimas manaban de sus ojos.
Después de dos horas, se desmayó nuevamente. Cuando volvió en sí dijo: “El
dolor ha desaparecido. En lo profundo de mí sé lo que ha ocurrido. Me han
provisto de gasolina. El tanque está lleno”.
Después dijo que hablaría para no pensar en el dolor que experimentaba
internamente. “¿Han visto el sol y las suaves nubes cargadas de lluvia? Estas
pasan cubriendo el sol, y entonces la lluvia cae con estrépito sobre la tierra
que aguarda como una matriz abierta. Y lo lava todo dejándolo limpio ‑cada
flor, cada hoja. Hay fragancia, hay frescura. Después las nubes pasan y el sol
sale tocando cada hoja, cada flor. La tierna flor pequeña que es como una niña
que los hombres pueden destruir. ¿Han visto los rostros que tienen los ricos,
tan fuertemente ocupados con sus capitales y su enriquecimiento? ¿Qué saben
ellos del amor? ¿Han sentido ustedes alguna vez cada rama de un árbol, han
tocado una hoja, se han sentado junto a un niño harapiento? ¿Saben?, cuando iba
manejando en dirección al aeródromo, vi a una madre que estaba lavándole las
nalgas a un niño. Era algo hermoso. Ninguno lo advirtió; todo lo que conocen es
el dinero, y el crudo sexo de sus mujeres; para ellos el amor es sólo sexo. Uno
sostiene la mano de una mujer; entonces ella no es ‘una mujer’; eso es amor.
¿Saben ustedes lo que es amar? Tienen maridos e hijos. Pero, ¿cómo podrían
saberlo? Ustedes no pueden retener una nube en una jaula de oro”.
Permaneció en silencio por un rato, y después dijo: “Este dolor hace que
mi cuerpo sea como el acero. Así de flexible, de dúctil, sin un solo
pensamiento. Es como un pulimento ‑un examen”. Le preguntamos si no podía
detener el dolor. Contestó: “Usted ha tenido un hijo. ¿Puede detenerlo una vez
que comienza a llegar?” Luego agregó: “Esta noche van a entretenerse conmigo.
Veo cómo la tormenta se está concentrando. ¡Oh, Cristo!”
Después de un rato, Maurice trajo un poco de sopa y luego se fue.
Krishnaji había encendido la luz. Ahora se sentó con las piernas cruzadas y el
cuerpo erecto. El dolor había desaparecido de su rostro. Tenía los ojos
cerrados. Parecía crecer. Sentimos que un poder tremendo se derramaba a
raudales dentro de él. Había una palpitación en la atmósfera. Llenaba la
habitación. Nuestros ojos y oídos también se llenaban con eso y con el sonido,
aunque no había sonido; y cada poro de nuestros cuerpos sentía un contacto,
pero no había nada en la habitación. Entonces abrió los ojos y dijo: “Algo
ocurrió ‑¿vieron ustedes alguna cosa?” Le dijimos lo que habíamos sentido. Él
dijo: “Mi rostro será diferente mañana”. Se acostó y su mano se extendió en un
gesto de plenitud. Dijo: “Seré como una gota de lluvia puro”. Después de unos
cuantos minutos nos dijo que estaba muy bien, y que podíamos irnos a casa.
17 de junio de 1948: Krishnaji salió
para un paseo a solas. Nos pidió a Nandini y a mí que le esperáramos. Nos
sentamos junto al fuego y le esperamos. Entró en la habitación como si fuera un
extraño. Se dirigió derecho a la mesa y escribió algo en su carpeta. Después de
un rato advirtió nuestra presencia. Vino y se sentó cerca del fuego. Nos
preguntó qué habíamos estado haciendo, y dijo que había caminado mucho más allá
del Club de Golf. En la distancia alguien tocaba una flauta, y él permaneció en
silencio, escuchando con mucha atención. Fue sólo después de que eso terminó,
que Krishnaji pareció hallarse en un estado semiconsciente. Dos veces mientras
estuvo sentado ahí, esa tremenda presencia llenó su ser. Crecía en estatura
delante de nosotras. Sus ojos estaban entrecerrados, su rostro quieto e
inmensamente bello.
Después se acostó en la cama, y ahí sólo estaba el cuerpo. La voz que
venía de él era la de una frágil criatura. El Krishnaji que conocíamos no
estaba ahí. El cuerpo comenzó diciendo que estaba muy lastimado por dentro, que
ellos lo habían estado quemando internamente; que le dolía toda la cabeza.
Temblaba y empezó a decir que algo había sucedido durante el paseo. Se volvió
hacia nosotras y preguntó: “¿Lo vieron regresar?” No podría sincronizar el
cuerpo y la mente. Por momentos sentía que todavía se encontraba en los
bosques. “Ellos vinieron y lo cubrieron con hojas”. Dijo: “¿Saben? Mañana ya no
le habría visto; por poco no vuelve”. Seguía palpándose el cuerpo para ver si estaba,
todo ahí. Prosiguió: “Debo volver y averiguar qué ha sucedido durante el paseo.
Algo sucedió, y ellos regresaron corriendo. Pero no sé si yo he regresado.
Pueden haber quedado pedacitos de mí en el camino”. Dos veces se levantó de la
cama y fue hasta la puerta, pero volvió a acostarse. Después se durmió. Cuando
despertó, se palpó a sí mismo y miró con asombro sus manos.
18 de junio de 1948: Krishnaji nos pidió
que viniéramos alrededor de las siete de la noche, El estaba fuera. Llegó un
poco más tarde. Otra vez era un extraño. Escribió algo en el libro de notas y
luego vino y se sentó con nosotras. Dijo: “Pensamientos de mi plática en
Bangalore acuden en abundancia. Estoy otra vez despierto”. Cerró los ojos, y
por un rato estuvo sentado derecho, en silencio. Después se quejó de un dolor y
se acostó. Sentía que estaba ardiendo. Exclamó: “¿Saben? Descubrí qué ocurrió
durante el paseo. El volvió plenamente y tomó el mando por completo. Por eso no
supe si yo había vuelto. No sabía nada”. Un poco más tarde: “Entonces, en ese
vacío había una luz y una tempestad, y ese día fui atormentado en el viento.
¿Saben que ese vacío no tiene horizonte ‑que se extiende sin límites?” Su mano
se movía para indicar el espacio vacío.
Y un
rato después: “Ellos me han quemado para que pueda haber un vacío mayor.
Quieren ver cuánto de Él puede venir”.
Más adelante: “¿Conocen el vacío, cuando no hay un solo pensamiento?
¿Cuando la mente está por completo vacía? ¿Pero cómo podían conocerlo? Es este
vacío el que trae poder ‑no el poder que la gente conoce, no el poder del
dinero, el poder de la posición, o el poder del marido sobre la esposa”. Hizo
una pausa. “Este es un poder duro. Como el que hay en una dínamo. ¿Saben?
durante el paseo yo estuve en éxtasis. Jamás había llorado de ese modo.
Mientras caminaba me crucé con un hombre pobre. Me vio llorando y pensó que yo
había perdido una madre o una hermana. Entonces me sonrió y yo no podía
entender”. De pronto dijo: “Tuve una percepción ‑el tiempo y el vacío eso es.
Espero recordarlo cuando despierte”.
Empezó a decir que no podía soportarlo, que estaba todo quemado y
lastimado por dentro. Entonces súbitamente se incorporó y dijo”: ¡No se
muevan!”, y de nuevo le vimos como la otra noche. Su rostro estaba en la oscuridad,
pero el fuego se elevaba y su sombra se alargaba sobre la pared. Todo dolor
había desaparecido del rostro. Los ojos estaban cerrados, el cuerpo latía como
si algún poder estuviera penetrando dentro de él. Su rostro palpitaba. Todo él
parecía crecer y llenar la habitación. Permaneció sentado sin movimiento alguno
por cerca de tres minutos y después se desmayó. Al despertar, estaba calmado y
sereno.
Aunque las notas que tomamos durante la última noche se han perdido,
Nandini y yo recordamos la ocasión vívidamente.
Krishnaji había estado sufriendo un dolor agudísimo en la cabeza y en la
parte posterior del cuello, su estómago estaba hinchado, las lágrimas fluían
por su rostro. De pronto cayó hacia atrás sobre la cama y se quedó
completamente quieto. Los rastros de dolor y fatiga habían desaparecido, como
ocurre en la muerte. Entonces la vida y una inmensidad comenzaron a
manifestarse en sus facciones. El rostro era inmensamente bello. No tenía edad,
el tiempo no lo había tocado. Los ojos se abrieron, pero no hubo
reconocimiento. El cuerpo irradiaba luz; una quietud y una vastedad iluminaban
el rostro. El silencio era líquido y denso, como la miel; se derramaba a
raudales dentro de la habitación y en nuestras mentes y nuestros cuerpos,
llenando cada célula del cerebro, borrando toda huella del tiempo y de la
memoria. Sentimos un contacto sin presencia alguna, un viento que soplaba sin
que hubiera un solo movimiento. No pudimos evitar que nuestras manos se
plegaran en pranams. Por algunos
minutos él permaneció inmóvil; luego sus ojos se abrieron. Después de un rato
nos vio y dijo: “¿Vieron ustedes ese rostro?” No esperó una respuesta.
Permaneció tendido en silencio. Entonces dijo: “El Buda estuvo aquí, son
ustedes bienaventuradas”.
Nosotras volvimos al hotel, y el silencio vino con nosotras y nos
envolvió durante algunos de los días que siguieron. Estábamos embargadas por
una presencia que nos invadía. La mayor parte del tiempo estuvimos en la
habitación con Krishnaji; aunque no teníamos ningún papel que jugar, nuestra
presencia parecía necesaria. Durante los sucesos no había en él nada personal ‑ni
emoción, ni relación alguna con nosotras. La terrible prueba parecía física, y
sin embargo al día siguiente no dejaba ninguna huella en su rostro ni en su
cuerpo. Estaba inflamado de energía ‑alegre, afanoso y juvenil. Ni una sola de
las palabras que pronunciaba tenía alusiones psicológicas. Había autoridad,
profundidad y poder en el silencio que en cada oportunidad impregnaba la
habitación y la atmósfera. Más tarde, Nandini y yo comparamos nuestras notas y
descubrimos que ambas habíamos tenido idénticas experiencias.
Cuando nosotras abandonamos Ootacamund, Krishnamurti nos pidió: “Vayan a
Bombay para descansar. Han pasado ustedes por una experiencia muy severa”.
En
una de las cartas que posteriormente me escribió, K se refería brevemente a lo
que había ocurrido. Cierta mañana yo le había preguntado cuál era la razón para
las dos voces ‑la débil voz del niño y la normal de Krishnamurti. Dijo
entonces que parecía como si alguna entidad saliera del cuerpo y alguna entidad
reingresara al cuerpo. Ahora, en su carta Krishnamurti explicaba: “Esto no es
así. No es que haya dos entidades”. Agregaba que más adelante hablaría al
respecto; pero habrían de pasar muchos años antes de que volviera a referirse a
ello.